La intriga del funeral inconveniente, Eduardo Mendoza, p. 57
Rosemarie había sido una niña
risueña y revoltosa hasta los once o doce años de edad, momento en que se
volvió retraída y como abismada en sus pensamientos. En el colegio adquirió fama
de altiva y distante; no tenía amigas y parecía refractaria a los fogosos y
efímeros enamoramientos primaverales propios de la adolescencia hasta que, a
poco de concluido el bachillerato, se cruzó en su camino un joven de origen
oscuro, que decía ser primo de Rafa Nadal y, como éste, tenista profesional con
un futuro brillante. Para granjearse su interés, Rosemarie se hizo pasar por la
primogénita de un rico terrateniente urbano: no había barrio de Barcelona donde
su padre no tuviera terrenos, bien edificables, bien gravables con censos
fiduciarios. Confiados en estas vagas premisas, ambos decidieron irse a vivir
juntos a Madrid, donde el tenista tenia su residencia. El señor y la señora
Alibey se hacían cruces.
—Hija, no le conocemos de nada
—le hacían ver-, ni siquiera te ha enseñado la foto de él con Rafa Nadal.
Al llegar a Madrid, Rosemarie
descubrió que el tenista vivía en un apartamento pequeño y mal ventilado que
compartía con otros dos zánganos; que no sólo no era pariente de Rafa Nadal,
sino que no era tenista: ni siquiera tenía una raqueta. Era un cazadotes
ingenuo que se había creído las mentiras de Rosemarie y contaba con la fortuna
de ella para resolver su subsistencia. La relación se rompió de inmediato y
ella regresó a Barcelona. La humillación sufrida acentuó su retraimiento; buscó
un trabajo rutinario en una oficina, se independizó y a pesar de su temprana
edad se consideraba a sí misma una solterona irredenta.

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