Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad.
El 11 de marzo
de 2004 Madrid sufrió un ataque terrorista y 190 personas saltaron por los
aires en trenes de cercanías. Diez minutos después de que las bombas
estallaran, sonó mi móvil. Entonces yo tenía veinticuatro años. Treinta minutos
después estaba en la estación de Santa Eugenia detrás de un cordón policial y
diecinueve días después estaba sentada en el sofá de Jamal Zougam, el presunto
autor material de los atentados del 11-M, entrevistando a su madre, Aicha Achab
y a sus hermanas, Samira y Zineb. Las dos semanas que transcurrieron entre las
bombas y aquella entrevista me las pasé en la calle, en los hospitales, en la
morgue, en la mezquita de la M-30, en Lavapiés, en la Elipa… Y descansé en
pequeñas habitaciones, en cuartos blancos siempre demasiado pequeños con
víctimas, con piscólogos, con abogados, con periodistas, con miembros del
SAMUR, con directores de colegio, con voluntarios, con madres… Hacía frío en
todas partes. Recuerdo ese frío porque nunca se fue del todo.
resto del contenido que no se vera.

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