Tras mi rastro, Gregor von Rezzori, p. 398
Fue por eso que el patriota
alemán que habita en mí se rebeló contra el hecho de que se exigiera a los
alemanes tener una mala conciencia colectiva. No obstante, ese patriota que me
habita se vino abajo cuando caminé por las calles de Auschwitz. Uno puede
llenar con imágenes las barracas vacías que allí se ven, algunas de esas imágenes
las hemos visto. Lo que supera toda imaginación se apila en vitrinas y
contenedores: toneladas de zapatos, centenares de maletas, miles de bolsos,
monederos, billeteras y carteras. Todo apilado por separado, numerado,
clasificado. Y gafas, prótesis dentales y auditivas. Y cabello, enormes
depósitos llenos de cabello. Cabello humano como esquileo de ovejas. Hasta un
rollo de tela podría confeccionarse con ellos. Eso es más atroz que todo
martirio, todo dolor o humillación. Ese concienzudo aprovechamiento, el
meticuloso almacenaje, su amontonamiento, lleva el crimen a otra dimensión que
no puede comprenderse a través de conceptos morales. El asesinato de pueblos
enteros, la tortura y la crueldad son tan antiguos como la bestial humanidad
que destroza este planeta. También el despojo de todas las posesiones, la
profanación de las víctimas: todo eso existió ya antes. Pero esto no. No ese
amor por el orden del hombre pequeño en su impulso destructivo. No esa
meticulosa reflexión sobre las ventajas que pudieran sacarse del crimen. El
patriota alemán que me habita hubo de confesarse entonces: en eso ningún otro
pueblo nos iguala.

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