Jardines de Porta Venezia
Milán, verano de 1943
El mono grita. Arquea el lomo
para escupir su aliento a través de su laringe ensanchada, golpea con la lengua
el hueso hioides a la altura de la cuarta vértebra cervical, lanza al cielo la
blasfemia de sus nalgas lampiñas, su ano protruido, y grita a todo pulmón. Con
las mandíbulas tan desencajadas que se le entrecierran los ojos, los dientes de
sable al desnudo, la cabeza echada hacia atrás en un espasmo ciego, el mono con
hocico de perro grita enloquecido.
Es un grito lancinante, una
sirena histérica que desgarra el cielo de nuevo silente. El rugido de los
cuatrimotores se ha desvanecido en la lejanía, el estallido de las bombas ha
cesado, los humanos guardan silencio, temerosos casi de atraer la atención de
los devastadores; yacen mudos, extenuados y circunspectos. Por un breve
instante, toda vida superviviente contiene la respiración. Es una noche clara y
hermosa, una tibia noche de verano, iluminada casi como si fuera de día por la
luna llena, por la tenue luz de las bengalas que caen lentamente y por las
llamas de las hogueras. Una noche desfigurada por el aullido del babuino.

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