La estrella de la mañana, KO Knausgard, p. 324
Un estudiante que trabajó allí
unas semanas antes ese verano dijo que Karl Frode se parecía a un filósofo, a
Hvitgensten. Me enseñó una foto en el teléfono, y la verdad es que se parecía
muchísimo. El pelo rizado, los ojos redondos con la mirada perdida, la cara
alargada y las comisuras de los labios hacia abajo. Karl Frode tenía las
mejillas más redondas, pero aparte de eso, eran como gemelos.
Karl Frode había vivido en esa
institución casi toda su vida. Después de la época en la que dormían con
correas por la noche, había adquirido la costumbre de llevar un cinturón que le
mantenía sujeto el pantalón. Otra cosa que se había torcido en él era la
masturbación. Solo podía practicarla estando de pie entre los setos fuera del
edificio, mirando hacia las ventanas. Y en las ventanas tenía que haber un
reflejo de nubes. Lo sacaban a veces cuando el tiempo lo permitía y esperaban
fumando de espaldas, él estaba un poco más allá con los pantalones bajados
hasta las rodillas masturbándose. Era algo inofensivo, pero no obstante no se
hablaba de ello.
Le puse la margarina delante.
-Ja ja. Ja ja-dijo.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-No es mantequilla, es margarina
-dijo.
-Sí, en eso tienes razón -dije-.
Pero llamamos mantequilla a las dos cosas, ¿no?
Se quedó quieto, mirando la mesa.
Una mosca se posó en el borde de la mantequilla. Otra en el queso, bien visible en contraste con lo amarillo.
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