"Él se lo buscó", dijo el honorable Giulio Andreotti, con el cadáver aún caliente.
Pier Paolo Pasolini murió víctima de una conspiración política
El escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini no fue asesinado por el joven Pino Pelosi sino en una emboscada premeditada, según las hipótesis del Ayuntamiento de Roma, presentadas ayer, jueves, por el abogado Guido Clavi, quien ha pedido a la Fiscalía de la ciudad la reapertura de la investigación sobre el asesinato, ocurrido en la noche del 2 de noviembre de 1975 en un descampado de Ostia, localidad costera cercana a la capital.El asesinato del director habría sido fruto de una emboscada premeditada con el fin de acabar con "una voz incómoda en la Italia de los años setenta", la de un intelectual que se "alzaba contra la clase dirigente", y no un acto de defensa de Pelosi, que entonces tenía 17 años, explicó. En la noche del asesinato, Pasolini habría ido a la plaza del Cinquecento no a seducir a chicos, sino porque tenía una cita con quien aseguraba ser el autor del robo de unos de los rollos de su película Saló.
Un vitalista desesperadoAniversario de la muerte de Pasolini «¿Yo? Una desesperada vitalidad». Esta autodefinición contenida en uno de sus mejores poemas no puede ser más clarividente. Vitalista desesperado, intelectual hipercrítico, martillo de los poderosos, develador de tabúes, lobo solitario siempre en los márgenes de la sociedad, pesimista de la inteligencia y optimista de la voluntad, parafraseando a su querido Gramsci, Pier Paolo Pasoolini (1922-1975) fue un hombre en lucha constante consigo mismo.
«Ha muerto un poeta», dijo Alberto Moravia cuando fue asesinado. Y lo era en el sentido de lo que escribió en Las bellas banderas (1962): «Los poetas, estos indignados eternos, estos campeones de la rabia intelectual, de la furia filosófica». Ellos eran los encargados, como lo fue Pasolini, de crear artificialmente «estados de emergencia» para despertar y sacudir las conciencias «normalizadas».
A punto de cumplirse 30 años de su asesinato, el Círculo de Bellas Artes de Madrid está recordando a uno de los creadores más inquietantes del siglo XX, con la exposición Palabra de corsario (título inspirado en sus polémicos Escritos corsarios), la proyección de sus grandes largometrajes y de documentales inéditos y la celebración de un congreso sobre su vasta obra literaria y cinematográfica. La muestra, que puede contemplarse hasta el 30 de octubre, reúne 500 piezas (textos manuscritos o mecanografiados por el artista, artículos periodísticos, dibujos originales, primeras ediciones, libros anotados, fotografías) y es una de más ambiciosas que se le han dedicado, incluso en Italia.
El comisario de la misma, Alessandro Ryker, asegura que ha pretendido «devolverle su condición de literato puro que en un momento de su vida coge una cámara a hombros para seguir expresándose literariamente». Las más de 25.000 páginas que recogen sus obras completas avalan su trayectoria como escritor; las 1,2 millones de citas en Interenet demuestran su vigencia.
La exposición se inicia y se cierra con dos fotografías de Pasolini desnudo. La primera le muestra cuando era un bebé regordete de cara asustadiza; la última, es de octubre de 1975, días antes de ser asesinado, y se le ve sentado en una cama leyendo atentamente un libro. Cincuenta y tres años separan ambas instantáneas, una vida que quedó segada el 2 de noviembre de 1975.
Hijo de un teniente de infantería, acérrimo fascista, y de una maestra a la que siempre adoró, Pasolini nació en Bolonia el 5 de marzo de 1922. Con poco más de tres años tuvo una experiencia que le hizo consciente de su homosexualidad y marcó su existencia. Años más tarde la bautizó como teta veleta el «agudo sentimiento sexual» que sintió al ver las piernas de unos jovencitos que jugaban en un jardín. «Si lo recuerdo siento perfectamente, en mis vísceras, la ternura, la ansiedad y la violencia del deseo», escribió. «Lo más importante en mi vida ha sido mi madre / se ha sumado, sólo ahora, Ninetto» (Poeta de las cenizas, 1966), escribió en referencia a su actor preferido y amante Ninetto Davoli.
Su homosexualidad le creó problemas a lo largo de su vida, no sólo con los sectores más conservadores, sino con su propio partido. Pasolini se afilió al PCI en 1948, pero fue expulsado al año siguiente tras ser denunciado por corrupción de menores y actos obscenos en un lugar público por los Carabineros de Cordovado. «Mal que os pese, soy y seguiré siendo comunista, en el sentido más auténtico de la palabara», respondió a sus camaradas que lo habían echado por «indignidad moral y política», sin esperar siquiera a que fuera juzgado.
«No sólo hay que comprometerse con la escritura / sino con la vida», escribió en Poeta de las cenizas. Pasolini nunca hizo concesiones, despreciaba las convenciones y vivió al límite. Para fortuna de los estudiosos «no tiene pudores, no oculta nada, tiene una absoluta libertad de pensamiento» (Ryker).
Fue un comunista muy alejado de la ortodoxia que tuvo tres ídolos, Cristo, Marx y Freud, un homosexual cuya obra no puede emparantarse con la cultura gay, un ateo que realizó El Evangelio según Mateo (1964), una de las mejores películas religiosas de la historia, un anticlerical que reconocía que dentro de él estaba la «fuerza poderosa» de dos mil años de cristianismo. «La profunda e irresuelta contradicción pasoliniana nacía del hecho de que estaba seguro, incontrovertible y angustiosamente seguro de no poder salvar a nadie; ni siquiera a sí mismo», escribe su biógrafo Enzo Sicialiano en Vida de Pasolini.
«Pagó un precio muy alto por permanecer limpio y mantener su patente de corso», afirma Ryker, que apunta que en torno a su muerte se ha creado una «auténtica mitología», con teorías e interpretaciones esotéricas de todo tipo, aunque en su opinión la más válida es la de la muerte política de una de las mentes más lúcidas del siglo pasado.
Hace apenas cinco meses el asesino confeso de Pasolini, Giuseppe Pino Pelosi, que sólo cumplió siete años en la cárcel, hizo unas trascendentales revelaciones sobre el crimen a un programa de televisión. Afirmó que fueron tres hombres cuarentones, con acento del sur, quienes apalearon hasta destrozarlo al intelectual a los gritos de «¡cerdo comunista!», «¡maricón!» y «¡guarro!». Esto corroboraría la tesis de que su asesinato en la madrugada del 2 de noviembre en un descampado de Ostia respondió a un plan perfectamente organizado para acallar su voz y no al arrebato de un chapero de 17 años que trataba de defenderse de Pasolini, como en la época denunció Oriana Fallaci.
«A Pasolini se le reservaba una puesta en escena diabólicamente casual», afirma Siciliano en su libro. «El acusador público del Poder, del régimen que gobernaba Italia hacía 30 años, era liquidado, obligado violentamente a callar, y a callar del modo más sofisticado y denigrante: en un pequeño campo de fútbol de la periferia romana, a manos de un muchacho de mala vida al que quería darle por el culo».
En la tarde del 1 de noviembre de 1975 Pasolini recibió en su casa al periodista Furio Colombo y le concedió una entrevista que quiso que se titulara premonitoriamente «Estamos todos en peligro». El intelectual se había convertido en un crítico cada vez más inaceptable para la Italia dominada por la Democracia Cristiana, a la que criticaba sin piedad. Había pedido el procesamiento de los «jerarcas políticos», adelántandose a lo que mucho después sería la revolución de «Manos limpias». Además, el uso del erotismo, la violencia y la depravación humamana en películas como Porcile, la Trilogía de la vida (El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches) y, sobre todo, en la última, Saló o los 120 días de Sodoma, escandalizaron a los bienpensantes y le enemistaron irreversiblemente con la Iglesia y los sectores más conservadores. En palabras de Giulio Andreotti, Pasolini «se lo había buscado».
Había sido acusado de inconformista patológico, exhibicionista morboso e ideólogo reaccionario, porque era un nostálgico de las tradiciones perdidas. Su lucha encarnizada contra el consumismo, el desarrollismo y el destructivo proceso de homologación cultural ?que le llevó a proponer la abolición de la televisión y de la escuela obligatoria? le convirtió en un fustigador implacable. En cierta ocasión Pasolini se declaró «amigo sólo de los perros», alguien «obligado a vivir al margen de las instituciones como un bandido». «Tengo la mentalidad de un animal herido, expulsado de la manada», declaró a Jean Duflot.
Nuevos enigmas sobre PasoliniUn filme de Sergio Citti refuerza la tesis del asesinato político
ENRIC GONZÁLEZ - Roma EL PAÍS - 28-10-2005
Pier Paolo Pasolini es, 30 años después de morir, el difunto más vivo de Italia. Su torrencial producción de poesía, ensayo, novela, cine, polémica y escándalo (en estos dos últimos géneros fue un maestro supremo), abundante en fogonazos de clarividencia y en errores estrepitosos, sigue siendo tan incómoda como las presuntas circunstancias de su asesinato. Todo lo pasoliniano es tan actual que el Ayuntamiento de Roma ha decidido acudir a los tribunales para que se reabra el sumario sobre la muerte del artista: una película-testamento de Sergio Citti aporta nuevos datos que refuerzan la tesis del crimen político.
Este mes, Italia se llenará de homenajes a Pasolini. Su obra, denostada entonces tanto por el partido comunista (que le expulsó en 1950) como por la Democracia Cristiana, será trillada y ensalzada hasta la saciedad, bajo la sombra perenne de un final infame: oficialmente, Pasolini perdió la vida cuando intentó violentar a un muchacho en un descampado y la víctima, revolviéndose, le mató a golpes. "Él se lo buscó", dijo el honorable Giulio Andreotti, con el cadáver aún caliente.
Pero entre las innumerables proyecciones de películas con motivo del trigésimo aniversario destaca una muy especial. Sergio Citti, cineasta, coguionista y amigo de Pasolini, fallecido hace unas semanas, dejó como testamento una filmación del descampado de Ostia donde se produjo, en la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975, la terrible agresión. La filmación, realizada por el propio Citti días después del suceso, demuestra que la sentencia que condenó a Roberto Pelosi como autor único no se sostiene en absoluto.
El propio Pelosi afirma ahora que no fue él quien mató a Pasolini, sino tres hombres con acento del sur que esperaban en el descampado. Citti, que nunca fue escuchado por la policía o los tribunales, dejó antes de morir una grabación complementaria a las secuencias filmadas en 1975, en la que asegura que en la noche fatídica Pasolini no acudió a la estación Termini de Roma en busca de un chapero, sino para recuperar unas bobinas de Saló que habían sido robadas. "Pelosi fue sólo el cebo para atraer a Pasolini a una emboscada", declaró ayer el abogado Guido Calvi.
El mensual MicroMega, la más prestigiosa revista italiana de filosofía y arte, rinde homenaje a Pasolini en el número que aparece hoy con una exhaustiva investigación sobre los hechos del 1 de noviembre de 1975. Aporta tal número de nuevos datos sólidos que la tesis del violador muerto a manos de un chapero se desmorona por completo. Alguien planeó la muerte de Pasolini, y tres personas la ejecutaron a conciencia. El cadáver quedó convertido en "un grumo de sangre", en palabras del abogado Calvi, con todos los dedos rotos y los órganos internos reventados. Para pasarle por encima con un coche después de pegarle una brutal paliza, como establecía la sentencia definitiva, Pelosi (sin la menor mancha en la ropa) tuvo que circular por un barrizal casi infranqueable. La filmación de Citti, basada en los testimonios de un testigo, parece demostrar con claridad que había en el lugar otro automóvil, el de los auténticos asesinos.
Pasolini, católico, marxista y homosexual, no sólo enfurecía al Gobierno, al partido comunista y a la Iglesia: fue capaz de profetizar que Italia se hundiría en un piélago de corrupción y que la televisión se convertiría en un monstruo. "Entre 1969 y 1975, en Italia se registraron tres matanzas con bomba y más de 4.000 atentados; el asesinato de Pasolini", dice Calvi, "fue sólo un capítulo más en aquella estrategia de la tensión".
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
OLORES DEL TROPICO
Pureza, Jonathan Franzen, p. 308-309
El trópico fue una revelación
olfativa. Se dio cuenta de que, por el hecho de proceder de un lugar templado
como la otra Santa Cruz, su Santa Cruz, era como una persona que hubiera
desarrollado la vista en un lugar de luz escasa. Había tal escasez relativa de
olores en California que la interconexión de todos los olores posibles no
llegaba a hacerse evidente. Pip recordaba a una profesora de la universidad que
explicaba por qué todos los colores que el ojo humano es capaz de distinguir se
pueden representar en una rueda de colores bidimensional: porque la retina
tiene receptores para tres colores. Si la evolución hubiese dado a la retina un
cuarto receptor, habría resultado necesaria una esfera de colores tridimensional
para representar todas las distintas maneras en que un color se fundía con
otro. Pip se había resistido a creérselo,
pero los aromas de Los Volcanes la estaban convenciendo. ¡Cuántos olores distintos
sólo para la tierra! En un lugar tenía un olor reconocible a clavo, en otro a
bagre; una marga arenosa parecía hecha de cítricos y tiza, otras desprendían
elementos de pachulí o de rábano picante. ¿Acaso había algún olor que no
pudieran emitir los hongos en el trópico? Pip rebuscó en el bosque, saliéndose
de los senderos, hasta que dio con la seta de la que emanaba un olor a café
tostado tan potente que le recordaba el de la mofeta, lo cual a su vez le
recordaba el chocolate, que le recordaba el atún; los olores del bosque emitían
cada una de esas notas e hicieron que tomara conciencia, por primera vez, de
los receptores que, en su nariz, se encargaban
de distinguirlos. El mismo receptor que se había activado ante el cannabis en
California respondía también a las cebollas silvestres en Bolivia. En menos de
un kilómetro a la redonda en torno al recinto había cinco olores florales en el
espectro común de las margaritas, que ya de por sí emitían un olor muy similar
al de la orina de cabra secada por el sol. Al caminar por los senderos, Pip imaginaba
cómo debían de sentirse los perros, que no consideraban repulsivo ningún olor y
experimentaban el mundo como un paisaje multidimensional en el que se sucedían,
sin solución de continuidad, olores interesantes y relacionados entre sí. ¿No era
esto como el cielo? ¿Como experimentar el éxtasis sin tomar éxtasis?
LA BOMBA
Pureza, Jonathan Franzen, p. 27
Qué terriblemente fácil había
resultado transformar el uranio que brindaba la naturaleza en esferas huecas de
plutonio, rellenar esas esferas de tritio y rodearlas de explosivos y de deuterio, todo ello con un tamaño tan
minúsculo que la capacidad de incinerar a millones de personas cabía en la
parte abierta de la camioneta de Cody Flayner. Qué fácil. Muchísimo más fácil
que ganar la guerra a las drogas o acabar con la pobreza del mundo, que curar
el cáncer o arreglar Palestina. Según la teoría de Tom, si los humanos no
habíamos recibido todavía ningún mensaje de algún ser extraterrestre inteligente
era porque todas las civilizaciones, sin excepción, terminaban destruyéndose en
cuanto alcanzaban la capacidad de mandar mensajes y apenas aguantaban unas
pocas décadas en una galaxia que tenía ya millones de años; dejaban de existir
en un parpadeo tan rápido que, incluso si en la galaxia abundaban planetas
parecidos a la Tierra, la posibilidad de que una civilización durara lo
suficiente para recibir un mensaje de otra era casi nula de tan diminuta, y
todo por lo condenadamente fácil que resultaba dividir el átomo. A Leila no le
gustaba esa teoría, pero tampoco tenía una mejor. Su opinión a propósito de
cualquier escenario posible del apocalipsis se resumía en «por favor, quiero ser
la primera en morir»; sin embargo, se había obligado a leer algunas crónicas de
Hiroshima y Nagasaki, sobre lo que significaba tener la piel chamuscada por
completo y sin embargo seguir viva, tambaleándote por la calle. Si deseaba que
la historia de Amarillo fuera importante no era sólo por el bien de Pip. El
miedo que el mundo sentía ante las armas nucleares era inexplicablemente distinto
del que a ella le provocaban las discusiones y los vómitos: cuanto más tardaba
en llegar el fin del mundo entre hongos nucleares, menos miedo parecía tener la
gente. La Segunda Guerra Mundial se recordaba más por el exterminio de los
judíos, o más incluso por el bombardeo de Dresde o el sitio de Leningrado, que
por lo ocurrido en Japón en dos mañanas de agosto.
MADRE E HIJA
Pureza, Jonathan Franzen, p.16
No es que Pip se sintiera bien
burlándose de su madre. Pero su relación estaba siempre contaminada por el
«riesgo moral», una expresión muy útil que había aprendido en los textos de
economía. Pip era como un banco demasiado grande para quebrar en el sistema
económico de su madre, una empleada demasiado indispensable para despedirla por
un problema de actitud. Algunos de sus amigos de Oakland tenían también padres
problemáticos, pero conseguían hablar con ellos a diario sin que se dieran
momentos de innecesaria rareza, porque incluso los más problemáticos contaban
con intereses que iban más allá de un hijo único. Por lo que concernía a su
madre, Pip lo era todo.
-Bueno, creo que hoy no puedo ir
a trabajar -dijo su madre-. Lo único que hace soportable ese trabajo es mi
Deber, y no puedo conectar con el Deber teniendo ese «plomo de pescar>> invisible
tirándome del párpado.
-Mamá, no puedes volver a faltar.
Ni siquiera estamos en julio. ¿Y si luego coges la gripe de verdad, o algo
parecido?
-Y mientras tanto, todo el mundo
pensando qué hace esta mujer a la que se le está cayendo media cara hacia el
hombro metiéndome la compra en la bolsa. Ni te imaginas la envidia que le tengo
a tu cubículo. La invisibilidad que te da.
-No idealicemos el cubículo -dijo
Pip.
-Es lo más terrible de nuestros
cuerpos. Son tan visibles, tan visibles ...
Aunque padecía una depresión
crónica, la madre de Pip no estaba loca. Se las había arreglado para conservar
su empleo de cajera en el New Leaf Community Market de Felton durante más de
diez años y, en cuanto Pip renunció a su manera de pensar y se adaptó a la de
su madre, pudo seguir a la perfección lo que le estaba diciendo.
SE LOS NOMBRES
De Pasolini o la noche de las luciérnagas, p. 228-229
Del secretario de Estado de
Richard Nixon y Gerald Ford, el alemán Heinz Alfred (llamado Henry) Kissinger,
primer culpable de la estrategia Gladio, a Cario Digilio (alias Tío Otro), coordinador de las operaciones de la CIA en
Italia nororiental durante una década, o a Cario Fumagalli, del Movimiento de
Acción Revolucionaria, encargado del boicot de los tendidos eléctricos en los
alrededores de Milán y otras ciudades, atribuyéndoselo a comandos de izquierda, con objeto de ir suscitando
reacciones encaminadas a justificar la instauración en Italia de una república
presidencial. De los jefes de la CIA William Colby y Vernon Walters a los
falsos suicidas, silenciados por miedo a que revelaran datos de los atentados,
Armando Calzolari, militante del Frente Nacional que fue hallado junto al cadáver de su perro en un pozo, o, con algunos
otros, Vittorio Ambrosini, abogado y agente doble {entre Lenin y Mussolini,
según él), que al parecer ·iba a informar al ministro Restivo acerca de las
bombas de Piazza Fontana.
La lista es larga, pero podría
extenderse a lo desmesurado. Donacelia está considerándola bajo el rumor de la
lluvia y en sus intervalos repasa las palabras del poeta publicadas en su día
en el Comere de/la Sera: «Sé los nombres de los responsables de lo que llaman
golpe (y en realidad es una serie de golpes para instaurar un sistema de
protección del poder) [… ].Sé los nombres del "vértice" que ha
manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los
neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los
"desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes [
... ]. Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de
los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de
los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como
asesinos y sicarios [ ... ) . Sé todos estos nombres, pero no tengo pruebas. Ni
siquiera tengo indicios. Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que
intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al
respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos, a veces
lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro
político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la
arbitrariedad, la locura y el misterio”.
BUENAS NOCHES
Retratos de Will, Ann Beattie, p. 183
Es un error dejar a un niño solo
a oscuras bajo el peso de la manta y el peso todavía mayor de tus palabras tranquilizadoras
cuando él sabe perfectamente que el monstruo sigue en la habitación. Mientras
las persianas permanezcan abiertas -y así deben permanecer para que la luz de
la luna pueda colarse dentro-, la rama del árbol quedará transformada para
siempre en la sombra de un murciélago cuyas alas empezarán a moverse al viento
en cuanto la puerta se cierre. En caso de que el niño sea tan insensato como
para cerrar los ojos, el albornoz que cubre la silla -bien extendido para que la
capucha no proyecte en la pared la silueta de una inmensa punta de flecha- se convertirá
en una momia resuelta a sorber/e el aliento, a arrebatárselo.
Decirle al niño que lo verás por
la mañana y sonreír/e mientras bajas la cabeza resulta tan poco convincente y
tan poco adecuado como quedarse en la proa de un barco que se hunde,
aplaudiendo mientras se arrían los botes salvavidas. Como si el mar no
estuviera agitado. Como si nuestro
destino lo dirigiera algo benévolo. Como si las palabras pudieran mitigar una
oscuridad tan real como la de la noche.
Fotograma de ¿Qué fue de Baby Jane?
INCIPIT 536. PUREZA / JONATHAN FRANZEN
LUNES
-Ay, preciosa, cuánto me alegro
de oír tu voz -dijo la madre de la chica por teléfono-. Me está traicionando el
cuerpo otra vez. A veces creo que mi vida no es más que un largo proceso de traiciones
del cuerpo.
-Como todas las vidas, ¿no? -dijo
Pip.
Había adoptado la costumbre de
llamar a su madre desde Renewable Solutions durante la pausa de la comida. Esto
mitigaba en parte su sensación de no valer para ese trabajo, de tener un trabajo para el que nadie podía valer, o de
ser una persona que en realidad no valía para ningún trabajo; y además, al cabo
de veinte minutos, podía decir con sinceridad que tenía que seguir trabajando.
-Se me cierra el párpado del ojo
izquierdo -explicó sumadre-. Es como si tuviera un peso que tirase hacia abajo,
como uno de esos plomos diminutos que usan los pescadores, o algo parecido.
-¿Ahora mismo?
-A ratos. No sé si será parálisis
de Bell.
-Sea lo que sea la parálisis de
Bell, estoy segura de que no la tienes.
-¿Y cómo puedes estar tan segura,
preciosa? Si ni siquiera sabes qué es.
-No sé ... Quizá porque tampoco
tenías la enfermedad de Graves. Ni hipertiroidismo. Ni melanoma.
MATAR A UN NIÑO
Retratos de Will, Ann Beattie, p. 165
Will se pasó los seis primeros
meses de su vida llorando; primero los cólicos, luego una reacción alérgica
tras otra cuando Jody dejó de darle el pecho porque tenía los pezones agrietadísimos.
Jody lo había obligado a levantarse en plena noche la mitad de las veces que
tenían que calmar a Will, y él lo había arrullado, lo había engatusado con
palabras que a Will no le decían nada; lo había acunado, lo había paseado. En
otras ocasiones había observado, incrédulo, la garganta rosada del niño.
Todavía soñaba con la boca abierta de Will, con sus ojos húmedos y jaspeados,
con el pulso que le latía en la garganta
y la cara que se le volvía morada.
Fueron muchas las madrugadas en las que Wayne pensó en embutirle un pañal en la
boca, obstruirle las fosas nasales, en sostenerlo boca abajo, en sofocarlo
tapándole la cara con una almohada. Y nunca le hizo daño. A veces no trataba de
consolarlo y se limitaba a cogerlo en brazos, pero nunca le había pegado un
tirón a la pierna cuando le cambiaba los pañales ni le había dado esa leche de
fórmula asquerosa sin echarse antes una gota en la muñeca para probar. Lo más
terrible de los bebés es que te arrebataban la dignidad; eran exactamente
iguales que los oficiales del ejército que, para que alcanzaras el éxito, re
vejaban tanto que sólo podías terminar o triunfando o totalmente hundido. En
todos aquellos momentos con Will, en mitad de la noche, había sentido justo lo
contrario de lo que un padre entregado debería haber sentido.
Fotograma de ¿Quién puede matar a un niño?
SER NIÑO
Retratos de Will, Ann Beattie, p. 120
No puede haber prueba más
determinante de la cordura de una persona que haber sido capaz de sobrevivir a
la infancia. Aunque los adultos la idealizan y la presentan como una época de
libertad, la infancia es, en realidad, el momento en que con mayor insistencia
se obliga al niño a reprimir sus deseos. Distinguidos por los poetas como
personas de enorme sabiduría, los niños, en realidad, suelen verse amordazados.
Los adultos se mantienen cuerdos
descartando la especulación excesiva. Se desviven por ver continuidad cuando apenas
si ven nada. Pero esto al niño no le sale de forma natural. O está totalmente
inmerso en el momento presente, o ya está pensando en lo que vendrá luego. El
niño siempre se pregunta «¿y si?» El niño es capaz de percibir continuidad en
una muñeca, en un tren, en un yoyó. Aunque la habitación del niño parezca un
caótico campo de batalla, es probable que tenga un orden muy preciso. Qué
descorazonador resulta que, por el capricho de una madre, se derrumben pueblos
enteros y los animales del zoo terminen amontonados en la caja de los juguetes
sin que se haya tenido en cuenta cuáles son enemigos naturales.
Mientras que los niños imaginan
espontáneamente, los padres persiguen el orden de un modo compulsivo. Se marcan
límites, aunque la fatiga puede erosionar hasta la más resuelta determinación
de los padres. Puede que, a cuatro patas, el progenitor se muestre dispuesto a
colaborar en la reconstrucción del pueblo.
SER PAREJA
Retratos de Will, Anne Beattie, p. 87-88
Mientras subía por las escaleras,
Jody pensaba en lo extraño que era entrar en la vida de otro. Ahora el perro de
abajo la reconocía. Y las pequeñas cosas que rodeaban la vida de Mel también le
daban la bienvenida. Uno no se limita a asumir la vida de alguien; como un
imán, atraes todo aquello que rodea la vida de la otra persona: el saludo del cartero,
el empleado de la gasolinera que os sonríe a los dos, el camarero que pregunta “¿Qué
tal?” dirigiéndose a las dos caras, la esposa del compañero de trabajo que te invita
a comer. Antes de que pudieras darte cuenta, ya tenías un vaso preferido; el
pintalabios que te habías dejado olvidado terminaría en una bandejita, al fondo
del lavabo. Te escondería el cepillo de dientes para que cuando llegaras a tu
casa tuvieras que comprarte uno nuevo. Y cuando regresaras, ahí verías tu cepillo,
en el vaso. Y te darías cuenta de que la historia ya iba muy en serio cuando en
su apartamento empezaran a proliferar tus cosas: las cosas que te compró para
que fueran tuyas en caso de que no te hubieras olvidado las suficientes en su
casa. Cuando dejara de llevar su camisa azul a la tintorería y la metiera en la
colada de casa porque esa camisa ya se había convertido en tu camisón favorito.
Cuando te comprara una planta en vez de un ramo de flores con la intención de
que lo llamaras para asegurarse de que la había regado. Cuando las sudaderas empezaran
a ser unisex y a mezclarse. Cuando en la nevera ya hubiera fotos de los dos.
Cuando lo llamaran otras mujeres y él no cerrara la puerta ni bajara la voz y, después
de colgar, se comportara como si nada hubiera interrumpido vuestra
conversación.
ADOLESCENCIA
La ley del menor, Ian McEwan, p. 146-147
Newcastle pertenecía a una época
de su vida y se sentía como en casa allí. De adolescente lo había visitado
varias veces, durante las enfermedades recurrentes de su madre, para pasar una temporada
con sus primas predilectas. El tío Fred era dentista y el hombre más rico que
había conocido. La tía Simone daba clases de francés en un centro de enseñanza
secundaria. En la casa reinaba un caos agradable, una liberación respecto de
los dominios impolutos y asfixiantes de
su madre en Finchley. Sus primas, de una edad cercana a la suya, eran alegres y
revoltosas y la obligaban a salir por la noche a cumplir misiones aterradoras
que incluían el consumo de alcohol y a cuatro chicos apasionados de la música,
de pelo largo hasta la cintura y bigotes caídos, que parecían unos libertinos
pero resultaron ser majos. A sus padres les habría asombrado y consternado
saber que su estudiosa hija de dieciséis años era una cara conocida en algunos
clubs, bebía aguardiente de cerezas y cubalibres y ya tenía su primer amante.
Y, lo mismo que sus primas, era una fan incondicional y una ayudante novata de
una banda de blues que tocaba gratis, y las tres arrastraban amplificadores y
las piezas de la batería para meterlos en una furgoneta herrumbrosa que siempre
se averiaba. A menudo ella afinaba las guitarras. Su emancipación tuvo mucho que
ver con el hecho de que sus visitas eran infrecuentes y nunca duraban más de
tres semanas. Si se hubiera quedado más tiempo -lo que nunca fue posible- quizá
le hubiesen permitido cantar los blues. Quizá se hubiera casado con Keith, el
cantante solista al que ella tímidamente adoraba, que tocaba la armónica y
tenía un brazo atrofiado.
DIVORCIOS
La ley del menor, Ian Mcewan, p. 133-134
Tenía la impresión, aunque los
hechos no lo confirmaron, de que a finales del verano de 2012 las rupturas y los
sinsabores de matrimonios y parejas crecieron en Gran Bretaña como una
monstruosa marea de primavera que barrió hogares enteros, dispersó posesiones y
sueños optimistas y ahogó a los que no tenían un poderoso instinto de
supervivencia. Promesas de amor fueron desmentidas o reescritas, compañeros
antaño benévolos se convirtieron en taimados contendientes que se agazapaban
detrás de un abogado, sin reparar en gastos. Objetos domésticos en otro tiempo
menospreciados fueron disputados acerbamente, una confianza antes natural fue
sustituida por «arreglos» meticulosamente redactados. En la mente de los
protagonistas, la historia del matrimonio fue escrita de nuevo como un estado
que siempre había sido un fracaso y el amor pasó a ser un espejismo. ¿Y los
hijos? Naipes de un juego, fichas de negociación utilizadas por las madres,
sujetos de negligencia económica o emocional por parte de los padres; el
pretexto para acusaciones de malos tratos reales, imaginados o cínicamente
inventados, normalmente por las madres, en ocasiones por los padres; niños aturdidos
que iban y venían cada semana de una casa a otra en virtud de acuerdos entre
progenitores, abrigos olvidados en algún sitio o plumieres estentóreamente
esgrimidos por un abogado a otro; niños condenados a ver a sus padres una o dos
veces al mes; o nunca, ya que los hombres más resueltos desaparecían en la
forja de un matrimonio cálido y nuevo para engendrar una nueva prole.
¿Y el dinero? Ahora las monedas
acuñadas eran verdaderas a medias y a medias puras argucias. Maridos rapaces contra
mujeres codiciosas que maniobraban ambos como países al final de una guerra,
llevándose de las ruinas los despojos que podían antes de la retirada
definitiva. Hombres que ocultaban sus ingresos en cuentas del extranjero; mujeres
que reclamaban una vida tranquila para siempre. Madres que impedían a sus hijos
que vieran a su padre, a pesar de las órdenes judiciales; maridos que pegaban a
su mujer y a sus hijos, esposas que mentían, rencorosas, un cónyuge o el otro,
o los dos, borrachos, o drogadictos, o psicóticos; y otra vez niños, forzados a
cuidar de padres incompetentes, niños que habían sufrido auténticos abusos, sexuales,
mentales o ambos, y cuyo testimonio se transmitía en la pantalla al tribunal. Y
más allá del alcance de Fíona, en casos reservados que trascendían a los
tribunales de familia y se juzgaban en las vistas penales, niños torturados, o
que morían de inanición, o apaleados hasta la muerte, o de los que expulsaban
los malos espíritus en el curso de ritos animistas, padrastros jóvenes y
monstruosos que les rompían los huesos a bebés que aún caminaban a gatas en
presencia de madres dóciles y de cortas luces, y drogas, alcohol, hogares
sumidos en una pobreza extrema, vecinos indiferentes que hacían oídos sordos a
los gritos, y asistentes sociales negligentes o agobiados que no intervenían.
MADRE O TRABAJADORA
La ley del menor, Martin Amis, p. 52-63
a medida que sus años fértiles pasaban de largo hasta caducar, y ella casi
estaba demasiado atareada para darse cuenta.
Era una historia que se contaba
mejor deprisa. Después de los exámenes finales, más exámenes, después obtuvo el
título de abogada, siguió el período de prácticas, una invitación afortunada a
bufetes prestigiosos, algunos éxitos tempranos defendiendo casos desesperados:
qué sensato había sido aplazar la maternidad hasta el comienzo de la treintena.
Y cuando aquellos años depararon casos complejos e interesantes, y más éxitos.
Jack también dudaba y abogaba por esperar uno o dos años más. Luego llegaron los
treinta y cinco, cuando él enseñaba en Pittsburgh y ella hacía jornadas de
trabajo de catorce horas, zambulléndose más a fondo en el derecho de familia al
mismo tiempo que se retrasaba la suya propia, a pesar de las visitas de
sobrinos y sobrinas. En los años siguientes circularon rumores de que podrían
elegirla precozmente para la magistratura, y necesitaba estar en activo. Pero
no la eligieron, aún no. Y cuando ya había cumplido los cuarenta surgieron inquietudes
respecto a los embarazos tardíos y el autismo. Poco después, más visitantes
jóvenes a Gray's lnn Square, bulliciosos y exigentes sobrinos nietos, le
recordaron lo difícil que sería encajar a un hijo en su estilo de vida.
Siguieron compungidas ideas de adopción, algunas pesquisas de tanteo, y a lo
largo de los acelerados años posteriores, tormentos ocasionales originados por
las dudas, decisiones firmes sobre madres de alquiler tomadas a altas horas de
la noche y descartadas a la mañana siguiente con las prisas para llegar al
trabajo. Y cuando por fin, a las nueve y media de una mañana, juró su cargo en
el edificio de los Reales Tribunales de Justicia ante el presidente y prestó
los dos juramentos requeridos, el de lealtad y el judicial, en presencia de
doscientos colegas con pelucas y se presentó orgullosamente ante ellos con su
toga, tema de una ingeniosa alocución,
supo que la partida había terminado y que pertenecía a la ley del mismo modo
que otras mujeres habían sido esposas de Cristo.
INCIPIT 535. LA MUJER LOCA / JUAN JOSE MILLAS
Pobrema, por ejemplo, jamás había
sido escrita ni pronunciada, no estaba en ningún libro ni en ningún periódico,
no formaba parte de ninguna canción, de ningún verso, ni de manual alguno de
instrucciones. Nadie la añadiría a la lista de la compra. Pobrema estaba excluida
del mundo de las palabras, que no toleraban su presencia. Si se acercaba a un
libro le cerraban el paso antes de que cruzara la cubierta; si a un diálogo,
era rechazada por los que participaban en él; si a un taller de etiquetas o
rótulos, terminaba en el cubo de la basura, junto a los desperdicios de la
jornada. Inhábil para pertenecer a nada o a nadie, se ocultaba durante el día y
por la noche salía a respirar, pegándose, como los insectos nocturnos, a las
ventanas en las que había luz. Si descubría a alguien escribiendo o hablando al
otro lado, in tentaba llamar discretamente su atención con la esperanza de que
solicitara sus servicios. Lejos de eso, la gente corría las cortinas o bajaba
las persianas como quien vuelve la vista frente a un espectáculo desagradable.
INCIPIT 534. MEMORIAS DEL SUBSUELO / FIODOR M. DOSTOIEVSKI
EL SUBSUELO
Soy un hombre enfermo ... Soy
malo. No tengo nada de simpático. Creo estar enfermo del hígado, aunque, después
de todo, no entiendo de eso ni sé, a punto fijo, dónde tengo el mal. No me cuido,
ni nunca me he cuidado, por más que profeso estimación a la Medicina y a los médicos,
pues soy sumamente supersticioso, cuando menos lo bastante para tener fe en la
Medicina. (Mi ilustración me permitiría no ser supersticioso, y, sin embargo,
lo soy ... ) No, caballero; si no me cuido es por pura maldad; eso es. ¿Acaso no
puede usted comprenderlo? Pues bien, caballero: lo entiendo yo, y basta.. Sin
duda no acertaría yo a aplicarle a quien perjudico en este caso con mi maldad.
Me hago perfecta cuenta de que, no cuidándome,
no perjudico a nadie, ni siquiera a los médicos; mejor que nadie en el mundo, sé
que sólo a mí mismo me hago dañó. No importa;. si no me cuido es por malicia.
¿Que tengo enfermo el hígado? ¡Pues, que reviente¡
CONSEJOS A LOS HIJOS
Pero fue Leander quien dijo la
última palabra. Al abrir el ejemplar de las obras de Shakespeare que perteneció
a Aaron, cuando ya había comenzado a llover, Coverly encontró una nota escrita
por su padre. «Consejos a mis hijos -decía-. No poner nunca whisky en botella
de agua caliente al cruzar fronteras de países o estados secos. La goma
estropeará el sabor. No hacer nunca el amor con los pantalones puestos. Después
de whisky, cerveza, se sube a la cabeza. Al revés, nada que temer. No tomar
nunca manzanas, melocotones, peras, etcétera, bebiendo whisky, excepto en
comidas largas estilo francés que terminan con fruta. Otras viandas tienen
efectos mitigantes. No dormir nunca a la luz de la luna. Comprobado por los
científicos que induce a la locura.
Si la cabecera de la cama está
junto a la ventana, en las noches claras correr las cortinas antes de
acostarse. No sostener nunca un puro en ángulo recto con los dedos. Muy paleto.
Sostener el puro en diagonal. Quitar la vitola o no, como se prefiera. No
llevar nunca corbata roja. En las fiestas tener siempre bebidas ligeras para
las señoras. El efecto de las fuentes en el sexo débil es a veces desastroso. Bañarse
en agua fría todas las mañanas. Desagradable pero estimulante. También reduce
las callosidades. Cortarse el pelo una vez por semana. Llevar traje oscuro
después de las seis de la tarde. Tomar un plato fresco para desayunar, si es
posible. Evitar arrodillarse en los suelos de piedra de iglesias no caldeadas. La
humedad eclesiástica produce canas prematuras. El miedo tiene el sabor de un
cuchillo herrumbroso, no dejarlo entrar en casa. El valor tiene el sabor de la
sangre. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce.
Confiar en el Señor.
DELLE DONNE
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 342
Moses sabía que si concedemos que
en los hombres hay vestigios de ritos sexuales -que si la naturalidad de su
postura cuando le pusieron en las manos por primera vez un palo de hockey, el
placer que le proporcionaban los equipos de deportes que había en el armario de
West Farm, o la sensación, experimentada
durante la melé de un partido de pelota un día de lluvia, de estar mirando, en
los últimos minutos de luz y de juego, al pasado remoto de su especie, si todo eso
tenía alguna validez-, debe de haber ritos y ceremonias equivalentes para el
sexo opuesto. Con eso, Mases no se refería a la habilidad para metamorfosearse
velozmente, sino a otra cosa, relacionada quizá con la capacidad que poseen las
mujeres hermosas de evocar paisajes, una sensación de terrible distancia, como
si sus ojos descansaran en un horizonte que ningún hombre hubiese visto. Había
cierta evidencia física de ello: sus voces se hacían más suaves y sus pupilas se
dilataban y parecía que estuvieran recordando una travesía femenina por aguas
femeninas hasta una isla amurallada en la que se entregaban, por la naturaleza
de su mente y de sus órganos, a ritos secretos que renovarían sus encantadoras y
creativas reservas de tristeza. Mases no esperaba llegar a saber nunca lo que
sucedía en la mente de Melissa, pero, al ver ahora que sus pupilas se dilataban
y su hermoso rostro adquiría una expresión profundamente pensativa, comprendió que
sería inútil preguntarle. Ella estaba recordando la travesía o había visto el
horizonte y el efecto era el de despertar en ella vagas y tormentosas ansias,
pero que Badger encajara de algún modo en esos recuerdos era lo que le
preocupaba.
SEXO Y MATRIMONIO
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 329-330
-Pero yo te quiero -dijo él,
esperanzado.
-Hay hombres que se traen trabajo
de la oficina a casa -dijo ella-. La mayoría de los hombres lo hacen. La
mayoría de los hombres que yo conozco. -Su voz parecía secarse mientras él la
escuchaba, perder sus notas más profundas a medida que sus sentimientos se
estrechaban-. Y la mayoría de los hombres de negocios tienen que viajar mucho·.
Pasan mucho tiempo lejos de sus mujeres. Tienen otros desahogos además del sexo. Al menos, la mayoría de los
hombres sanos. Juegan al squash.
-Yo juego al squash.
-Nunca has jugado al squash desde
que yo te conozco.
-Pues antes jugaba.
-Desde luego -dijo ella-, si es
absolutamente necesario para ti hacerme el amor, lo haremos, pero creo que
deberías comprender que no es algo tan crucial.
-Con tanto hablar has conseguido
ahorrarte un polvo -dijo él fríamente.
-Oh, qué odioso y egoísta eres
-dijo ella, sacudiendo la cabeza-. Tu manera de pensar es grosera y mezquina.
Lo único que quieres es hacerme daño.
-Lo que quería es hacerte el amor
-dijo él-. Esa idea me ha alegrado durante todo el día. Cuando te lo pido
tiernamente, te vas al tocador y te llenas la cabeza de horquillas. Yo me
sentía cariñoso -añadió con tristeza-, ahora me siento furioso y violento.
-¿Y supongo que todos tus malos
sentimientos van dirigidos contra mí? -preguntó ella-. Ya te he dicho que no puedo
ser todo lo que tú deseas. No puedo ser esposa, hija y madre, todo al mismo
tiempo. Es demasiado pedir.
-Yo no deseo que seas mi madre ni
mi hija -dijo él ásperamente-. Tengo madre y tendré hijos. No me faltarán.
Deseo que seas mi mujer, y tú te
llenas la cabeza de horquillas.
DEBERES MATRIMONIALES
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 336-337
Una vez lo rechacé sin pensar.
Una vez, cuando empezó a tocarme, le contesté de malos modos. Olvídate un poco
de eso, Charlie, le dije. Helen Sturmer dice que su marido solo lo hace una vez
al mes. ¿Por qué no intentas ser como él? Bueno, pues fue como el fin del
mundo. Tenía que haber visto usted cómo se le oscureció la cara. Era terrible.
Hasta la sangre de sus venas se oscureció. Nunca lo vi tan enfadado en mi vida.
Se fue de casa. Llega la hora de cenar y no ha vuelto. Me acosté esperando que
llegara, pero, cuando me desperté, la cama estaba vacía. Cuatro noches esperé a
que volviera a casa, pero no apareció. Al fin, pongo un anuncio en el
periódico. Eso era cuando vivíamos en Albany. Por favor, vuelve a casa,
Charlie. Eso es todo lo que digo. Me costó dos dólares cincuenta. Bueno, pues
puse el anuncio el viernes por la noche y el sábado por la mañana oigo su llave
en la cerradura. Sube las escaleras, todo sonrisas, con un gran ramo de rosas
en la mano y una sola idea en la cabeza. Bueno, son solo las diez de la mañana
y tengo casi toda la casa por hacer. Los platos del desayuno están en el fregadero
y la cama está sin hacer. Es muy difícil para una mujer ponerse cariñosa antes
de tener hecho su trabajo, pero, aunque todas las mesas estaban cubiertas de polvo, yo sabía cuál era mi obligación.
»Algunas veces --dijo- se me
hacía cuesta arriba. Me impedía cultivarme. Hay muchas cosas importantes que él
me impidió ver, como después de la guerra cuando el desfile pasó justo debajo
de nuestras ventanas con el mariscal Foch y todo. Yo estaba deseando ver el
desfile y no llegué a verlo. Él estaba sobre mí cuando Lindbergh voló sobre el
Atlántico y cuando ese rey inglés, como se llame, dejó la corona por amor e
hizo un discurso por la radio, no pude oír ni palabra. Pero cuando me acuerdo
de él ahora, así es como lo recuerdo, con esa cara tan triste que quería decir
que estaba cariñoso. Nunca tenía bastante y ahora, Dios le bendiga al
pobrecito, está en una fría tumba».
MUJERES
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 325-326
Se sentó ante el tocador y se
quitó los pendientes, las pulseras y el collar de perlas y empezó a estirarse
el pelo con el cepillo.
Moses sabía que las mujeres
pueden adquirir muchas formas; que, en las convulsiones del amor, son capaces
de adquirir el aspecto de cualquier bestia o belleza de la tierra o el mar -fuego,
cuevas, la dulzura del tiempo de la cosecha- y de proyectar en la mente, como
la luz en el agua, su más brillante imaginería, y no le preocupaba que ese don para
la metamorfosis fuera utilizado en apoyo de toda clase de intrigas venales y
mezquinas para engrandecerse. Mases había aprendido que era conveniente tener
en cuenta las actitudes que con mayor frecuencia adoptaban las mujeres que amaba,
de manera que cuando una mujer cariñosa parecía transformarse de repente, por
algún motivo que solo ella conocía, en
una solterona, él estuviera preparado para ello y no hubiese mucho peligro de
que perdiera la esperanza que sustentaba su paciencia, porque, si bien las
mujeres podían metamorfosearse a voluntad, él había descubierto que no eran
capaces de mantener esos papeles durante mucho tiempo y que, si él lograba
soportar, pacientemente, un disfraz o una destemplanza o una falsa modestia,
esta desaparecía pronto. Ahora observó los cambios que se habían producido en
su mujer de piel dorada, intentando descubrir qué papel estaba representando.
Representaba la castidad, una
castidad desdichada e implacable. Representaba a una solterona insatisfecha.
Ella miró despectivamente el lugar donde él había dejado caer su ropa,
apartando los ojos al mismo tiempo del punto donde él se erguía en cueros.
-Quisiera que aprendieses a
recoger tus cosas, Moses -dijo, con un sonsonete que él no reconocía.
PARLAMENTO DE PROSPERO
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 245
-No es eso -dijo Leander-. Es
otra cosa. Cuando me muera, quiero que en mi entierro lean el parlamento de
Próspero.
-¿Qué parlamento es ese?
-preguntó Honora. -Nuestros festejos acabaron ya -dijo Leander, poniéndose en
pie--. Nuestros actores, como os predije, no eran sino espectros y se han
desvanecido en el aire, en la nada --declamó, y su estilo declamatorio se
inspiraba en parte en los actores shakespearianos de su juventud, en parte en
la ampulosidad y el sonsonete de la presentación de un combate de boxeo y en
parte en el tonillo de los desaparecidos cobradores de tranvías y coches de
caballos que habían convertido en una cantinela los nombres de los lugares de
su ruta. Su voz se elevaba e ilustraba la poesía con gestos muy literales- .. .
y, al igual que el tejido sin urdimbre de esta visión, las torres coronadas de
nubes, los espléndidos palacioso, los solemnes templos, el gran orbe mismo, sí,
todo aquello que este heredó, se disolverá y, así como este inmaterial cortejo se
evaporó, no dejará el menor rastro –dejó caer las manos, bajó la voz-. Somos de
la misma sustancia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve
existencia concluye con un sueño.
Luego se despidió y se fue.
INCIPIT 533. LA ZONA DE INTERES / MARTIN AMIS
l. THOMSEN: PRIMERA IMPRESIÓN
No me era extraño el resplandor
del relámpago; no me era extraño el rayo. Con una experiencia envidiable en
ambas cosas, no me era extraño el aguacero; el aguacero y luego el sol y el
arcoíris.
Ella volvía de la Ciudad Vieja
con sus dos hijas, y se hallaban ya muy dentro de la Zona de Interés. Delante
de ellas, a la espera para recibirlas, se extendía una avenida -casi una
columnata- de arces, cuyas ramas y hojas lobuladas se entrelazaban en lo alto.
A última hora de una tarde de verano, llena de mosquitos diminutos y brillantes
... Mi cuaderno está abierto sobre un tocón, y la brisa hace fluctuar con curiosidad
sus hojas.
Alta, ancha y llena, y, sin
embargo, de paso liviano, con un vestido estriado blanco que le llegaba hasta
los tobillos y un sombrero de paja de color crema con una banda negra, y un
bolso de paja bamboleante (las niñas, también de blanco, también llevaban sombreros
y bolsos de paja), entraba y salía de tramos de una calidez leonada,
amarillenta, difusa. Reía con la cabeza hacia atrás, y la garganta tensa. Yo le
seguía el paso, en paralelo, con mi chaqueta de tweed hecha a medida y mis pantalones
de sarga, con mi tablero de pinzas y mi pluma estilográfica.
Ahora las tres cruzaban el camino
de entrada a la Academia Ecuestre. Rodeada traviesamente por las niñas, dejó
atrás el molino de viento ornamental, el alto palo de mayo, los patíbulos de tres
ruedas, el percherón atado con descuido a la bomba de agua de hieno, y siguió
hacia delante.
INCIPIT 532. LA LEY DEL MENOR / IAN MCEWAN
Londres. Una semana después de
iniciado el Trinity Term. Clima implacable de junio. Fiona Maye, magistrada del
Tribunal Superior de Justicia, tumbada de espaldas una noche de domingo en un
diván de su domicilio, miraba por encima de sus pies, enfundados en unas
medias, hacia el fondo de la habitación, hacia unas estanterías empotradas, parcialmente
visibles junto a la chimenea y, a un costado, al lado de una ventana alta, a
una litografía de Renoir de una bañista, comprada treinta años antes por cincuenta
libras. Probablemente falsa. Debajo, en el centro de una mesa redonda de nogal,
un jarrón azul. No recordaba de dónde lo había sacado. Ni cuándo fue la última vez
que lo llenó de flores. La chimenea llevaba un año sin encenderse. Gotas de
lluvia ennegrecidas caían con un sonido de tictac en la rejilla a intervalos
irregulares, sobre un papel de periódico hecho una bola. Una alfombra de Bujará
cubría los anchos tablones encerados del suelo. En el borde de la visión
periférica, un piano de media cola
INCIPIT 531. EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO / EDUARDO MENDOZA
Que los dioses te guarden, Fabio,
de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos
envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla,
como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del
Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues
es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en
una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un
país más lejano, leí en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la
sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar
su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando
todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo
de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo
mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua. Pero no
son mis infortunios lo que me propongo relatar en esta carta, sino la curiosa
situación en que ahora me hallo y la gente con la que he trabado conocimiento.
SEXO
Crónica de los Wapshot, John Cheever, p. 157
Bueno, mi madre me dijo que me
desnudara, agarró el látigo de mi bisabuelo, Benjamín, y me azotó hasta abrirme
la espalda. Había sangre por toda la pared. Mi espalda estaba tan mal que ella
se asustó, pero, claro, no se atrevió a llamar a un médico porque hubiera sido
muy violento, pero lo peor es que no pude bañarme en todo el verano. Si hubiera
ido a nadar, la gente hubiera visto aquellas heridas. No pude nadar en todo el
verano.
-¿Cree que esto ha influido en su
actitud hacia las mujeres?
-Bueno, señor, en mi pueblo no es
fácil enorgullecerse de ser un hombre. Quiero decir que las mujeres tienen
mucho poder. Son buenas y tienen buena intención, pero a veces resultan
abrumadoras. A veces te parece que no está bien ser un hombre. Verá, hay una
historia que cuentan sobre Howie Pritchard. Dicen que en su noche de bodas
metió el pie en el orinal y se meó por la pata abajo para que su mujer no oyera
el ruido. No debería haber hecho eso. Si eres un hombre, creo que hay que estar
orgulloso y contento de ello.
-¿Ha tenido usted alguna
experiencia sexual?
-Dos veces -dijo Coverly-. La
primera fue con la señora Maddern. Supongo que no debería decir su nombre, pero
en el pueblo todo el mundo sabe cómo es ella y es viuda.
-¿Y la otra experiencia?
-También fue con la señora
Maddern.
-¿Ha tenido usted alguna
experiencia homosexual?
-Bueno, creo que ya sé a lo que
se refiere -dijo Coverly-. Lo hice mucho cuando era joven, pero hace mucho tiempo que juré dejarlo. Pero me parece a mí
que hay cantidad de esos por aquí. Más de lo que yo esperaba. Hay uno donde yo
vivo ahora. Siempre me está pidiendo que entre en su cuarto a ver fotografías.
Me gustaría que me dejara en paz. Verá, señor, si hay una cosa en el mundo que
no quisiera ser es un marica.
-¿Querría usted hablarme de sus
sueños?
PARIS
París, Marcos Giral Torrente, p.130
No afloró de pronto sino que lo
hizo en un momento en el que sus llamadas se habían hecho más urgentes, más emotivas
y más imprevisibles, si cabe, de lo acostumbrado. Valiéndome de un recurso no
muy correcto porque otorga excesiva rotundidad a una intuición que es de por sí
evanescente, diría que desde hacía algún tiempo no parecían obedecer a la
rutinaria y perentoria necesidad de saber de mí, sino que surgían de una
necesidad más egoísta, como cuando uno, porque se encuentra solo o preocupado y
llega esa noche oscura en que todas las dudas se acumulan y nos hieren y no
vemos salida a una vida que se nos antoja irrevocablemente prefigurada por nosotros
mismos, necesita el contacto de alguien querido, no tanto porque este alguien
vaya a darnos la respuesta imposible, como porque escuchar su voz, sentirlo
cerca y que nos reconozca, nos ayuda a reafirmarnos en el camino elegido, a
afianzar nuestra elección por encima de todos los errores y aciertos que ya no
alcanzamos a rectificar. De esto no me
di cuenta entonces, repito que tampoco estoy seguro de que fuera así. Es, tan
sólo, un presentimiento que me asalta retrospectivamente, la impresión
indemostrable de que mi madre se demoraba más por teléfono, de que sus llamadas
eran más desordenadas aún de lo habitual, y sobre todo el recelo, éste sí
sentido mientras sucedía aunque enseguida
rechazado y olvidado, de que no las hacía siempre para hablar conmigo, que a
veces quiso eludirme, llamar cuando pensaba que yo no estaba, encontrar sola a
mi tía.
EL TAMAÑO
Yo maldigo el río del tiempo, Peter Petterson, p. 81-82
aquel episodio del libro de
Hemingway, París era una .fiesta, en el que el propio Hemingway y su colega
Scott Fitzgerald, más establecido y mayor que él, entran en el servicio de una
cafetería en la esquina de la rue Jacob con la rue de Saint-Peres, en París,
para echarle un vistazo al tamaño del aparato de Fitzgerald. Su mujer Zelda se
había expresado con desdén diciendo que el grado de felicidad en tales asuntos
era una cuestión de longitud y que Fitzgerald, tal y como estaba montado, nunca
podría hacer feliz a una mujer;· el hombre estaba destrozado. Pero en el servicio,
Hemingway pudo constatar que todo estaba en orden, tú estás perfectamente, Scott,
le dijo, pero visto así desde arriba te vas a llevar una impresión equivocada,
mírate de perfil en un espejo, le aleccionó, y luego te vas al Louvre y miras
las estatuas que tienen allí, y verás cómo sales muy bien parado. Y no es que
fueran malos consejos, pero cuando volví
a leer aquello después de haber cumplido los treinta, esto es, ese mismo año
del que estamos hablando, 1983, en lo primero que me fijé fue en el tono
despectivo con que estaba escrito el episodio. Más de treinta años después de
París, Hemingway seguía sintiendo la necesidad de hundir a Fitzgerald, y eso
que Fitzgerald iba ya para abajo en el momento en que tuvo lugar el episodio, y
acabaría su vida casi olvidado y enfangado en el alcohol, mientras que
Hemingway iba para arriba y permanecería en la cima mucho tiempo. Aquello
evidenciaba una mezquindad que veía aparecer una y otra vez en su obra, y
sentía en especial lo dolorosa que era la escena del servicio de la rue Jacob,
como si se tratara de mí personalmente, y empecé a cavilar sobre hasta qué
punto marcaba la obra de Hemingway el hecho de que no cabía duda de que podía
ser un cabrón, y creo que habría podido llevar aquel razonamiento muy lejos, y
aportar muchos ejemplos, si en ese mismo momento
INCIPIT 530. EL ESCUDO DE JOTAN / RAFAEL SANCHEZ FERLOSIO
Dos tiros habían rajado el
silencio de la mancha, y a las voces del hombre saltaron los otros de sus
escondites, y acudían aprisa, restregando y haciendo sonar la maleza, de la que
apenas asomaban las cabezas y los hombros por encima de las jaras, mientras él
los veía venir, con las piernas abiertas, inmóvil, con la escopeta en sus
brazos, cruzada delante del pecho, y los miraba con toda su sonrisa, conforme
iban llegando, uno a uno, y formaban el corro alrededor de la loba moribunda,
que aún se debatía y manchaba de sangre los cantos rodados, en un pequeño claro
del jaral, donde los cortos hilillos de hierba de febrero raleaban mojados
todavía por el rocío de la mañana. El alcalde fue el último en llegar, cojeando
y abriéndose camino con la culata de su arma, por entre la espesura de altos matorrales,
a la mirada de todos los otros, que le abrían un hueco en el corro y guardaban
silencio, como esperando a ver lo que decía; y primero miró unos instantes a la
loba y después levantó la cabeza hacia la cara del que la había derribado y
dijo:
NO CAMBIAMOS DE GOLPE
París, Marcos Giralt Torrente, p. 139
Resulta difícil no cuartear el
tiempo cuando se reflexiona sobre el pasado, no dividirlo en bloques de acuerdo
con el paTRón de los hechos que más nos marcaron, no adjudicarle poderes que en
si mismo no tiene, no pensar en él como si la llegada de una fecha tuviera
capacidad para transformarnos radicalmente. Hasta la muerte de mi padre fui de
este o de este otro modo, decimos, cuando en realidad deberíamos decir que en
esa fecha algo que ya estaba en nosotros empezó a manifestarse o a hacerse
visible. Semejante sinsentido es el reflejo de un error mayor, el de creer que
cambiamos de golpe y no poco a poco, corno si simultáneamente no pudieran influir
en nosotros impulsos opuestos.
INCIIT 529. HOMENAJE A MELVILLE / JEAN GIONO
La traducción de Moby Dick, de
Herman Melville, empezada supuestamente el 16 de noviembre de 1936, se terminó
el 10 de diciembre de 1939. Pero mucho
antes de comenzar ese trabajo durante por lo menos cinco o seis años, ese libro
ha sido mi acompañante extranjero. En mis paseos por las colinas lo llevaba regularmente
conmigo. Y entonces, cuando a veces me tocaba abordar esas grandes soledades
onduladas como el mar pero inmóviles, no tenía más que sentarme, apoyar la
espalda en el tronco de un pino y sacar del bolsillo ese libro que ya empezaba
a agitarse
INCIPIT 528. LA CURA SCHOPENHAUER / IRVIN D.YALOM
Cada vez que respiramos
ahuyentamos la muerte que constantemente nos acecha{ ... ] La muerte saldrá vencedora,
pues desde que nacemos se convierte en nuestro sino, aunque juega brevemente
con su presa antes de tragársela. Sin embargo, perseveramos en vivir la vida con
gran interés y mucho afán, del mismo modo que hinchamos una pompa de jabón tan
grande como nos es posible, aun a sabiendas de que reventará.
Julius conocía tan bien como
cualquiera los sermones sobre la vida y la muerte. Con los estoicos afirmaba
que «tan pronto nacemos empezamos a morir», y con Epicuro razonaba que «Si
donde yo estoy no está la muerte, y donde está la muerte no estoy yo, ¿por qué
temerla?» En su condición de médico y psiquiatra, había susurrado estas mismas
palabras de consuelo a oídos de moribundos.
Aun cuando estaba convencido de
que estas sombrías reflexiones eran de utilidad para sus pacientes, nunca pensó
que algún día pudieran tener relación con él. Es decir, hasta aquel momento
terrible que iba a cambiar su vida para siempre.
Había ocurrido cuatro semanas
atrás, durante su chequeo anual. Su internista, Herb Katz -viejo amigo y
compañero de facultad-, acababa de concluir su reconocimiento y, como siempre,
le dijo que se vistiera y pasara luego al despacho. Herb estaba sentado a su
mesa, hojeando el historial de Julius.
-En conjunto, se te ve bastante
bien para ser un viejales de sesenta y cinco años. La próstata está un poco
hinchada, pero la mía también. Hemograma, colesterol y niveles de lípidos, todo
correcto, gracias a los medicamentos y a tu dieta.
HIJOS UNICOS
París, Marcos Giralt Torrente, p.103
Cuando se es hijo único, cuando
no se tiene el espejo de unos hermanos donde mirarse, la inseguridad sobre lo
que somos parece mayor que si los tuviéramos, que si hubiéramos crecido aliado
de alguien que ha tenido las mismas influencias, los mismos padres, y aun así
es nítidamente diferente de ellos y por supuesto de nosotros. Cuando no hay hermanos
al lado en los que descargar peso, los padres son lo único, la única
referencia, nuestro único punto de mira. Todo empieza y se agota en uno y
fenómenos tales como la traición, el amor, la admiración o el deber se sienten
con mayor intensidad. Los lazos son más fuerces o marcan más, y muy a menudo
resulta difícil distinguir lo propio de lo heredado. No tenemos con quién
contrastar, la soledad nos ahoga. ¿Con quién compartir o descargar peso? ¿A
quién preguntar, a quién responder, a quién culpar? ¿Cómo tomar distancia?
¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo
disponemos de una mirada y esa mirada está tamizada, influida además, por
nuestro propio ser único? Cuando no se tienen hermanos todo parece diseñado especialmente
para nosotros. El peligro es que tendemos a magnificar y que de cada palabra
que nos dicen, de cada mirada recibida o de cada desaire que nos hacen, de cada
suceso presenciado, intuido, que nos cuentan o que no sucede siquiera, sacamos
conclusiones infinitas. De ahí que nos atemos más y que nos equivoquemos
también más. Puede que sobreestimemos a nuestros padres, que nos sea más
difícil la necesaria ruptura, y puede que en ocasiones no los valoremos como
merecen. Todo puede dolernos más, y más que cualquier otra cosa nuestro propio
ser único. Estamos solos.
MENTIRAS
París, Marcos Giral Torrente, p. 102
Lo que me inquieta en el fondo es
el manido dilema de si no contar es exactamente mentir, si la mentira para
serlo necesita ser deliberada, si desde el momento en que ocultamos algo, en
que no lo contamos porque no nos parece oportuno ni conveniente, estarnos
mintiendo, o si, por el contrario, el engaño, por llamarlo de algún modo, surge
en esos casos por accidente, se instala con el correr del tiempo cuando, tras
esperar el momento adecuado para contar y no llegar éste y ser cada vez más
difícil hablar, una cosa acaba siendo igual a la otra. Lo cual inevitablemente
me hace desembocar en la cuestión de si, por muy cerca que nos sintamos de
quienes nos rodean, podemos estar seguros de lo que sabemos sobre ellos, de si
aquello que nos cuentan es todo y no sólo una parte, y también de si saber o no
saber modifica en algo nuestra vida.
INFANCIA RECUPERADA
París de Marcos Giralt Torrente, p. 46-47
Algo distinto es lo que ocurre
con las horas inmensas que se mantienen despobladas, con codo ese tiempo
perdido que no sé encerrar en imágenes ni acierto tampoco a recuperar por medio
de la palabra. Suele decirse que es con la vejez cuando las imágenes de la
infancia regresan, y que hasta entonces perduran en la nebulosa, un túnel cada
vez más profundo de paredes lisas e iguales del que sólo penden unas pocas
bombillas insuficientes para iluminarlo en toda su extensión. Tal vez la
sensación de vado proceda de ahí, y tenga que esperar a esa edad para que lo
que ahora es sombra se nutra de luz, para que las figuras y las conversaciones,
los temores y las horas gastadas en común, los juegos y también las discusiones
y los momentos de tensión que sin duda hubo, se presenten de nuevo ante mí tal
y como fueron, distintos unos de otros. Mi madre por las mañanas al
despertarme; mi madre metiéndome prisa para que no perdiera el autobús del
colegio; mi madre saliendo de casa para ir al suyo en coche; mi madre en casa,
cuando yo regresaba a las seis y ella ya estaba allí desde el mediodía; mi
madre empeñándose en que hiciera los deberes; mi madre preocupada; mi madre
alegre; mi madre como única espectadora de mis gracias de niño; mi madre
leyéndome los libros que por mi mismo no leía; mi madre contestando a mis
preguntas; mi madre mandándome a la cama y viniendo luego a darme un beso; mi madre
cerrando la puerta; mi madre dejándose acariciar o acariciándome ella... Idas y
venidas del colegio; fines de semana que, antes de llegar, crecían ante mis
ojos para apagarse, una vez llegados, con el gris mortecino de cada domingo; días
distintos y a la vez iguales, días cortos y largos, días en los que al regresar
a casa sólo la tenía a ella. Los instantes por evocar son muchos y se anulan
entre sí, se superponen unos a otros con la fuerza de lo que no se altera.
INFANCIA RECORDADA
De París de Marcos Giralt Torrente, p. 59
Cuando una parte fundamental de
lo que nos rodea en la infancia no ha permanecido siempre inamovible, cuando no
se nos mostró desde el principio tal y como de verdad era, sino que se nos
ocultó o disfrazó hasta un momento determinado y tuvimos luego que recapitular
y aprender a considerarlo bajo una perspectiva nueva, ya nada adquiere consistencia
de certeza. La doblez, el engaño, nos vuelven desconfiados y la verdad así
revelada, lo que uno ha vivido o experimentado y lo que sólo es materia de
especulación se mezclan sin que sea fácil diferenciarlos. Las intuiciones
adquieren igual peso que las evidencias y, si hay ocasiones en las que
acertamos, hay a cambio otras muchas en las que no llegarnos a distinguir lo
realmente sabido de lo simplemente imaginado, en que vernos sombras chinescas
donde sólo hay una pared, una sombra y una palma mecida por el viento. Si además
esa realidad revelada no es corriente y comienza, por el contrario, a vivirse
como natural porque lo es para quien nos la ha revelado, para quien nos quitó
la venda, la madeja de la confusión se complica más.
TERAPIA
De Algún día todo esto te será útil de Peter Cameron, p. 184-185
-Ayer hice algo que estuvo muy
mal.
Ella pareció un poco alarmada,
pero lo superó enseguida.
-¿Sí? ¿Qué hiciste?
Le conté lo que le había hecho a
John y cómo había reaccionado él.
Ella guardó silencio durante un
momento. Comprendí que aún pensaba en la mujer del loro y el 11 de septiembre,
que trataba de imaginar la relación que había entre eso y John y se preguntaba
cómo debería planteármelo. Esa era la otra cosa que empezaba a irritarme de la
terapia: la suposición de que todo estaba relacionado y, cuantas más relaciones
pudieras establecer, tanto mejor. Me recordaba aquellos rompecabezas que
hacíamos en primaria, en los que trazabas líneas entre figuras iguales en
diferentes columnas y finalmente tenías demasiadas líneas y todo estaba
conectado en una gran maraña.
-¿Por qué crees que hiciste eso?
-me preguntó la doctora.
-Creo que quería demostrar que
podía ser esa otra persona, alguien capaz de atraer a John. Y pensé que si podía
concebir a esa persona y convencer a John de que existía, entonces, de alguna
manera, yo podría ser esa persona o aspirar a serlo. Sé que parece estúpido,
pero a mí me parecía inteligente. No me di cuenta de que estaba engañando a
John.
-Así pues, ¿te interesa John?
-¿Si me interesa? ¿Qué quiere
decir?
-Creo que sabes lo que quiero
decir.
No dije nada. Pensé que
preferiría no haber sacado aquello a relucir y estar hablando todavía de la
señora desaparecida.
-¿Qué querías que pasara anoche
con John? –me preguntó ella.
-No lo sé -respondí-. No sé qué
es lo que pasa cuando dos personas tienen mutuo interés ... ¿o se dice que se
interesan una por la otra? Nunca estoy seguro de cómo es mejor decirlo.
-No creo que importe.
-Claro que importa. Una manera
debe de ser correcta y la otra no. Y si no te esmeras por decirlo bien, estás
causando ...
-¿Causando qué?
-Una decepción al mundo. Las
pequeñas cosas, como usar correctamente el lenguaje, son lo que hace funcionar al
mundo. Funcionar correctamente, quiero decir. Si no hacemos caso de esas
pequeñas cosas, el caos se impondrá. Esa clase de errores son pequeñas grietas
en la presa y usted cree que no
importan, pero se acumulan, sus errores y los de todos los demás, y entonces sí
que importan.
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