Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

PU YI


Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 132

Uno de esos domingos burgueses y culpables, fueron al Jardín Botánico. En la mañana, Luz Elena reunió a los niños y les dijo: “Hoy van a conocer a alguien especial”. Les habló de Pu Yi, el último emperador de China. A Sergio le entusiasmó la idea de conocer a un hombre que había sido más poderoso que un rey; y llegó al jardín con los ojos bien abiertos. En la sala principal los recibió un funcionario igual a todos, con el mismo traje azul de todos, con la misma hospitalidad en sus maneras, pero que se movía por sus dominios con la espalda recta y la cabeza en alto, como si buscara algo en el horizonte. Llevaba gafas redondas y un rictus en la boca que sólo podía llamarse orgullo, aunque parecía extraordinariamente torpe (más de una vez en esos breves minutos tropezó con algo, y en una oportunidad, al hacer un gesto con la mano, golpeó sus propias gafas y las mandó por los aires). Les habló del lugar y sus maravillas, y así supo Sergio que el hombre no era un funcionario cualquiera, sino que era el responsable del jardín. Pero entonces entendió: el hombre, a pesar de su traje y su oficio, no era sólo un jardinero. Era Pu Yi.

El antiguo emperador no dijo una sola palabra acerca de su pasado, ni nadie le hizo una sola pregunta a pesar de que todos sabían quién era y cómo había sido su vida anterior: aquella sesión de turismo y jardinería había sido lo más parecido a un pacto de silencio sobre un pasado vergonzante. Sergio tuvo la urgencia inexplicable de volver a verlo, así que se separó del grupo y regresó corriendo al lugar donde se habían despedido. Y allí lo vio, acurrucado entre flores, con unas tijeras de jardín en la mano derecha. En la otra mano llevaba las gafas, y Sergio se dio cuenta de que se las había quitado pata limpiarse la cara. Lo tenía de perfil y estaba lejos, de manera que no se veía claramente, pero Sergio imaginó que el antiguo emperador estaba llorando. Al día siguiente, de regreso en la escuela, le habló a un profesor de la visita. El profesor hizo una mueca de asco.

“Un traidor”, dijo. “Pero se ha reformado, la Revolución lo ha reformado. Ha reconocido sus crímenes, ha reconocido que su vida pasada no tiene valor y se ha arrepentido de haberla llevado. Y Mao lo ha recibido, porque Mao es generoso.”


GORRIONES CHINOS



Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 126

Una tarde, poco antes de que comenzara la escuela, fue a buscarlo Yanduy, el amigo uruguayo, para invitarlo a cazar gorriones. Llevaba una carabina neumática en cada mano. Afuera hacía tres grados bajo cero, pero Sergio ya sabía que los gorriones eran una plaga: se comían las semillas de trigo y arroz que eran del pueblo. Se decía que unos años antes, hacia 1959, la plaga había sido tan intensa que la gente de las aldeas se organizó para salir todos los días, a las doce en punto, con la misión única de hacer ruido. Reventaban cohetes y hacían sonar las matracas y los gongs y las campanas, y consiguieron armar tanto alboroto durante tanto tiempo que los gorriones empezaron a morir de infarto, agotados por no poder descansar. Aquel año las cosechas se salvaron de los gorriones; pero los gusanos (de los que los gorriones se alimentaban) las invadieron y las destrozaron, y los aldeanos tuvieron que regresar al viejo sistema de los espantapájaros. Ahora, en el parque de los bambúes, apostados junto a las plantaciones de las comunas populares, Sergio eliminaba los gorriones a tiros certeros. Se había quitado los guantes para disparar mejor y el frío le hacía doler las manos, pero sentía que estaba cumpliendo una misión revolucionaria. Allí, junto a los pastos helados, se entrenaba para un futuro más arduo, y al volver caminando al hotel, cuando un inglés anónimo comenzó a tirarle piedras mientras lo llamaba asesino y le gritaba que dejara en paz a los pájaros, volvió a sentirlo, y el pecho se le llenó de algo parecido al orgullo.


LA RETIRADA


Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 42

La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a las incertidumbres del exilio. La frontera estaba cerrada y no quedaba más remedio que esperar, pero mientras esperaban, mientras pasaban las horas morosas del primer día y luego del segundo, la comida se iba acabando y las mujeres se iban poniendo más nerviosas, acaso conscientes de algo que los hijos ignoraban. Ciertas esperas son horribles porque no tienen conclusión visible, porque no están a la vista los poderes capaces de ponerles fin o de hacer que ocurra lo que volvería a poner el mundo en movimiento: por ejemplo, que las autoridades -¿pero quiénes son, dónde están?- den la orden de que se abra una frontera. Y en eso estaban Fausto y su hermano Mauro, preguntándose quién podía dar la orden y por qué se había negado hasta ahora a darla, cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido,. Y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras.

“¡A esconderse!”, gritó alguien.

Pero no había dónde hacerlo. Fausto se refugió detrás del Hispano-Suiza, pero enseguida, cuando el avión pasó de largo, tuvo la sospecha de que el ataque no había terminado, y se dio cuenta de que la parte de atrás, cuando viene un avión de un lado, era la parte de adelante cuando el avión viene del otro. Y así fue: el avión hizo un giro en el aire y volvió desde la dirección contraria. Fausto se metió entonces debajo del Hispano-Suiza, y allí, con la cara contra el suelo de tierra y sintiendo las piedras en la piel, oyó de nuevo el rugido y las metralletas y reconoció el grito de Josefina, que era un grito de miedo y de rabia: “¡Hijos de puta!”. Y entonces se hizo de nuevo el silencio. El ataque había pasado sin dejar muertos: caras de miedo por todas partes, mujeres llorando, niños recostados en las ruedas de los carros, orificios de bala -oscuros ojos que nos miran- en algunas carrocerías. Pero no muertos. Ni heridos tampoco. Era inverosímil.


INCIPIT 1.179. CUENTOS COMPLETOS / RICARDO PIGLIA


PRÓLOGO

(a la edición de 2006)

La primera edición de La invasión es de 1967 y no he vuelto a publicarlo desde entonces. V arias veces estuve por reeditarlo y siempre me distrajeron otros proyectos. En un sentido me gustaría imaginarlo como un manuscrito perdido y vuelto a encontrar; una obra olvidada en un cajón.

Cuarenta años es un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo. No necesariamente es este el caso, ni tampoco la supervivencia es una virtud en sí misma (muchos libros pésimos han sobrevivido y libros excelentes han sido negados), pero de todos modos si me decido a publicarlo es porque no le veo demasiadas diferencias con los libros que he escrito desde entonces. N o me parece que un escritor escriba mejor a medida que avanza o que mejore con los años (a menudo es más bien al revés). A la larga pensarnos que escribimos distinto y siempre escribimos del mismo modo, con los mismos errores y los mismos -escasos y siempre sorpresivos- aciertos.

He releído y revisado varias veces los diez cuentos de la edición original y he realizado varias modificaciones y algunos ajustes. En general se trató sobre todo de corres y de supresiones. Ya  sabemos que -como decía Hemingway- todo lo que podamos sacar de un cuento lo va a mejorar. El único relato que reescribí por completo fue “Tarde de amor”. No me convencía la primera versión y poco tiempo después de publicar el libro volví a escribirlo manteniendo la situación inicial pero cambiando los personajes.


INICPIT 1.178 LEON EN EL JARDIN / FAULKNER


El 25 de septiembre de 1997 se han cumplido cien años del nacimiento de William Faulkner, y aunque sigue siendo uno de los escritores del siglo más estudiados por los críticos y más imitados por sus colegas o descendientes, parece como si el aniversario notorio le llegara en un momento de su posteridad algo indeciso. El número de tesis, monografías y análisis universitarios no ha menguado en exceso en los últimos años, pero algunas tendencias o «escuelas» predominantes hoy en su país de origen se esfuerzan por omitirlo, orillarlo y propiciar su olvido, al ser culpable de los cuatro pecados capitales de nuestros pacatos y oportunistas tiempos, a saber: era varón, era blanco, era anglosajón y no es difícil tildarlo -tanto a él como a su literatura- de machista (de eso, en realidad, resulta fácil tildar a cualquiera, desde los simplistas, fanáticos y capciosos baremos utilizados en la actualidad a menudo). La literatura, los textos, han sido convertidos asombrosamente en un elemento secundario a la hora de estudiar y valorar la literatura y los textos. También es culpable sin remisión de un quinto pecado muy grave: está muerto.


SIGLO XX


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 368

En cambio, un siglo tocaba a su fin. El siglo XIX había sido el siglo de las ideologías; el siglo xx había sido el de las empresas colectivas, tan colosales como desastrosas. Fue una etapa de guerras y exterminio, de dictaduras sangrientas y amenaza nuclear. Tanta gente murió que los supervivientes no se consideraron afortunados, sino cobardes. Ahora, los que crecimos a la sombra de las matanzas no podíamos entender que a partir de un momento las hegemonías se iban a decidir en los bancos centrales y en las bolsas de valores. Por más que el calendario sólo fuera una convención mecánica con fines de organización, no podía negar el impacto simbólico de aquel inminente cambio de página. Yo era un hijo del siglo xx y una parte esencial de mí se iría con él. Por supuesto, todo seguiría igual, pero en la época que se avecinaba, yo sería un simple huésped, quizá porque siempre me ha costado menos entender las ideas que entender a las personas.

De Sodoma y Gomorra sólo se salvó la familia de Lot, pero en el transcurso de la huida, la mujer de Lot volvió la vista atrás y se convirtió en una estatua de sal. No se sabe la razón de aquella terrible metamorfosis. Tal vez vio que después de la violenta cólera de Jehová, en las ciudades malditas continuaba la juerga. Como el estupor la convirtió en estatua, no pudo comunicar lo que había visto, y como la estatua era de sal y, por consiguiente, estaba destinada a disolverse con las primeras lluvias, ni siquiera pudo dejar un humilde recordatorio de su perplejidad.


VENECIA


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 330

me escucharon cuando les referí cómo los huesos de san Marcos, evangelista y domador de leones, habían sido sustraídos de Alejandría y llevados de contrabando a Venecia, donde actualmente reposaban en la basílica de su nombre, si bien el león se había quedado fuera, subido a una columna, como los perros a la puerta de un supermercado; y cómo, unos siglos más tarde, los venecianos habían tratado de repetir la hazaña apoderándose de los restos de san Nicolás, muy preciados por sus ·efectos calmantes sobre las tempestades. En aquella ocasión, sin embargo, la operación quedó frustrada, porque se les adelantaron los habitantes de Bari, desde cuyo puerto aún hoy san Nicolás de Bari vela por el comercio marítimo de aquella ciudad. Para compensar la pérdida, los venecianos se habían hecho nada menos que con la cabeza de san Jorge, para la cual Palladio había diseñado la basílica de San Giorgio Maggiore. Con aquellas explicaciones los tenía resignados a las visitas y yo me entretenía, porque, una vez superada la primera impresión, Venecia siempre me ha parecido una ciudad más curiosa que bonita. Algunas iglesias y palacios poseen una innegable belleza y armonía, pero el conjunto resulta exagerado y un tanto absurdo. No hay razones convincentes, ni estratégicas ni prácticas, para levantar toda una ciudad en el agua, sobre piIones, pudiendo asentarla unos pocos kilómetros más adentro, en lugar menos insalubre y sin tanta complicación. Probablemente su planteamiento se debió al deseo de imitar la magnificencia de Constantinopla, con la que los venecianos tenían estrechos vínculos y donde, según todas las crónicas de la época, imperaba un mal gusto espantoso, hasta que en 1453los otomanos, gente refinada, la conquistaron y procedieron a destruirla sistemáticamente. Venecia se libró de la destrucción y acabó convertida en una atracción turística que, con un poco de esfuerzo, se liquida en dos o tres días, transcurridos los cuales, la ciudad rechaza y avasalla al forastero, que siente que cada rincón le recuerda la inferioridad estética de su lugar de procedencia.


ANDY WARHOL


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 178

- Andy Warhol fue el último artista que habló el lenguaje de su clase. Me refiero a su clase social. Andy era el representante de la clase media y su portavoz en el campo de la expresión plástica. Su imaginario no era el de los intelectuales ni el de los visionarios, sino el de la clase media. Andy era un hombre modesto. Se rodeó de tipos exuberantes, pero él era de una modestia provinciana. En el Studio 54 seguía siendo un monje de clausura. Como artista pertenecía a un modelo que empezó en el Renacimiento y acabó hace unos meses, cuando enterramos a Andy en el cementerio de su pueblo. Entre los retratos de Marilyn, de Elizabeth Taylor o de Mao y los frescos de Pi ero della Francesca hay diferencias técnicas, pero unos y otros responden a una misma razón. Todos los que he citado antes, los Rothkos, los Rauschenberg, pintan su visión de la realidad, su universo interior, son profetas. Andy pintó lo que había visto en la cocina de su madre y se quedó tan ancho. Detergentes, sopa enlatada y portadas de revista dominical. El mundo lo celebró como si hubieran aterrizado los marcianos en Times Square. Él se cuidó mucho de deshacer el malentendido. Usted me ha preguntado si soy pesimista. No lo sé. No sé lo que vendrá ahora. Eso lo decidirán el mercado y las  tendencias ...


PRIMATOLOGOS


Transbordo en Berlin, Eduardo Mendoza, p. 170

Los primatólogos de referencia son más ingenuos que san Francisco de Asís. Jarre Goodall, la que más. Es inteligente, tiene una formación sólida, habría podido ser una científica importante. Pero se pasó una temporada en Gombe y luego ha escrito literatura juvenil, nada más. Y lo mismo podríamos decir de Frans de Waal o de Craig Stanford. Los simios les han engañado de mala manera. Si los bonobos fueran como ellos los describen, se habrían extinguido hace milenios. ¡Simios pacifistas! La agresividad es un elemento esencial en cualquier ser vivo. Hasta en las florecillas del campo. La evolución es una lucha continua. ¿O no han leído a Nietzsche? En el caso de los seres humanos, Homero convirtió en literatura una brutalidad que existía, en su forma más extensa y descarnada, desde el origen de los tiempos. Hoy los primatólogos tratan de hacer lo mismo con la conducta de los primates. Pero no nos engañemos: si los primates siguen evolucionando y alcanzan el raciocinio humano, cosa que está por ver, lo harán gracias a la ferocidad y a los bajos instintos. Si algo distingue a los humanos de las fieras es la capacidad de empatía, de generosidad y de perdón. Unas cualidades que no habrían desarrollado si la existencia no estuviera regida por la enemistad y la guerra. Sin la selva no habría tal cosa como la ley de la selva, y sin la ley de la selva, no habría ley.

-Entiendo su argumentación, pero sigo sin saber sobre qué material trabaja usted.

-Básicamente, me paso el día encerrado en la biblioteca. Alguna vez he visitado centros donde hay chimpancés en cautividad. Unos sitios malolientes y muy poco gratos de ver, créame; pero por razones empíricas he de observar a los primates en su elemento natural.

-¿El elemento natural de los primates no es la libertad?

-No, no, todo lo contrario. Los primates son seres sociales, como nosotros y como la mayoría de los animales. Su elemento natural, como el nuestro, es una estructura predeterminada, limitada y sometida a normas muy rígidas. ¿Quién es más representativo del ser humano, Mowgli o un vendedor de enciclopedias a domicilio? El individuo es un ovillo enmarañado de impulsos contradictorios, acciones instintivas y autoengaño. Como máximo es material para novelistas. A los científicos sólo nos debería interesar el ser social, cuya conducta se puede reducir a unas pautas verificables y susceptibles de ser reducidas a patrones más o menos fijos.


INCIPIT 1.177. TRANSBORDO EN MOSCU / EDUARDO MENDOZA

It was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity.

Barcelona (de nuestros enviados especiales)

PREGUNTA. -Dentro de unos días vas a contraer matrimonio. ¿Qué significa para ti este acontecimiento?

RESPUESTA. -Bueno, verá, esta boda, como todas las bodas, es importante para los contrayentes, para sus allegados y para nadie más. Desde el punto de vista social, tiene la importancia que el público y los medios de difusión le quieran dar. Ustedes se mostraron interesados y aquí estoy yo, a su entera disposición.

Yo quería casarme del modo más discreto posible, en el registro civil, con dos testigos y media docena de familiares. Al final nos acabó casando el obispo en Pedralbes, con la iglesia abarrotada.


INCIPIT 1.176. LA ANOMALIA / HERVE LE TELLIER


BLAKE

Matar a alguien no es nada del otro mundo. Basta con observar, vigilar, reflexionar mucho y, llegado el momento, vaciarse. Eso es. Vaciarse. Apañárselas para que el universo se contraiga, para que se contraiga hasta condensarse en el cañón de un fusil o en la punta de un cuchillo. Eso es todo. No hacerse preguntas, no dejarse llevar por furia, seguir el protocolo, actuar metódicamente. Blake cómo hacerlo, y lo sabe desde hace tanto que ya ni cuándo empezó a saberlo. El resto cae por su propio peso.

Blake hace de la muerte de los demás su vida. Que 'le venga con lecciones de moral. A la ética responde con estadísticas. Porque a Blake que lo perdonen, pero un ministro de Sanidad recorta los presupuestos,c uando se suprime un escáner aquí, un médico allá y una reanimación acullá, ya se imagina que está acortando considerablemente la vida de miles de desconocidos. Responsable, no culpable, dicen. Blake es justo Y, de todos modos, no tiene por qué justificarse. Le trae sin cuidado.


DANCING


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 120

No exagero al decir que Gdansk fue hasta hace muy poco la llave del Báltico. Por esta causa participó activamente en las llamadas cruzadas del Norte, y aquí dirimieron sus diferencias reyes y príncipes, por no hablar de la orden de los Templarios, la de los Caballeros Teutones y la de los Hermanos de la Espada de Livonia. Posteriormente, Gdansk formó parte de la Liga Hanseática: ustedes habrán observado la influencia holandesa en las construcciones, tan similares a las casas nobles de Amsterdam o Utrecht, por citar dos ejemplos. El viento de la Historia, siempre cambiante, a menudo tormentoso, quiso que la ciudad pasara a pertenecer al reino de Prusia, con el nombre de Danzig, por el que es más conocida en el mundo entero. Durante siglos, Danzig fue una ciudad populosa, próspera, cosmopolita y culta. Algunos de sus hijos han adquirido justo renombre universal. Así Gabriel Fahrenheit, que aquí nació y realizó sus estudios, aunque fue en Amsterdam donde hizo su invento señero: el termómetro de mercurio, si bien echó a perder su utilidad práctica al fijar el punto de congelación del agua en los 32 grados Farenheit y el de ebullición en los 212 grados Farenheit, con el consiguiente desconcierto de quien debe usarlo. También nació en Danzig el filósofo Schopenhauer, hombre excéntrico y avinagrado.

Hizo una pausa para ver si habíamos asimilado aquella información y si deseábamos hacer alguna pregunta, y, ante nuestro atento silencio, se sirvió un vaso de vodka, lo apuró de un trago y prosiguió.

-Finalizada la Primera Guerra Mundial, Danzig fue devuelta a Polonia y pasó a llamarse Gdansk.

Unos años más tarde, Hitler reclamó la ciudad y el corredor que la une a Prusia, como antes había hecho con la región de los Sudetes. Cuidado, no quiero decir que Hitler fuera un buen tipo. Hizo cosas censurables. Pero en el caso de Danzig, no le faltaban razones de peso. El SS por ciento de sus ciudadanos eran de etnia y lengua alemanas. Si les hubieran preguntado a ellos, no sé cuál habría sido el resultado de la consulta. Pero eso no se le ocurrió a nadie, o nadie quiso hacerlo. El gobierno polaco se cerró en banda y empezó un tira y afloja: el uno que sí y que sí, y los otros, que no y que no, hasta que, harto de porfiar, al Führer se le hincharon las narices y dijo: conque ésas tenemos, ¿eh? Pues vais a ver. Porque no sé si ustedes saben que Hitler era austriaco y los austriacos y los polacos siempre han andado a la greña. Total, que envió a la Luftwaffe y en unas horas de Gdansk ya no quedaba nada. Inglaterra y Francia tomaron cartas en el asunto, Stalin no podía quedarse de brazos cruzados ... Total: la destrucción completa de Polonia en unos días y, eventualmente, la de Alemania también.


LA CLASE MEDIA


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 104

-Eso no es verdad: para la riqueza no hay límite, pero el que no tiene nada ya no puede ser más pobre. Lo que sí ocurrirá es que desaparecerá la dase media, y como los analistas pertenecéis a la clase media, veis el fenómeno como si fuera el fin del mundo. Y eso tampoco es cierto. Si desaparece la clase media es porque se lo merece. Es una clase despreciable, si es que se puede considerar una clase. Jamás ha actuado como tal. Es un grupo individualista, egoísta y cobarde. Desprecia al proletario y se burla de su vulgaridad, porque se cree refinado, cuando sólo es una parodia de los ricos. La clase alta tiene el poder; la clase obrera tiene la fuerza y tiene capacidad de organización y de sacrificio. Pero la clase media, ¿qué cualidades puede mostrar? Es una medianía plañidera y servil, cumplidora de la ley, fiel a los preceptos de la Iglesia, leal al que manda, respetuosa de la jerarquía hasta la abyección. Fue creada por la clase dominante cuando el pueblo se puso farruco, como un señuelo para engatusar a los pobres: pórtate bien, trabaja duro y pasarás de ser un desgraciado a ser un desgraciado de clase media, podrás empeñarte hasta las cejas para enviar a tus hijos a una buena escuela, comprarte un coche malo y una segunda residencia en un lugar horrible. La clase media se creó para que consumiera lo que fabricaba la clase obrera y votara a los conservadores. Desengáñate, Anamari: la clase media es el colonialismo en casa.


William Shakespeare


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 81

-¿Es realmente William Shakespeare un buen escritor? He ahí una cuestión no exenta de trascendencia. Mi respuesta es clara: Wliliam Shakespeare no es bueno, es grande. ¿Dónde reside la diferencia? Trataré de explicarlo.

Bebió un largo trago de whisky con soda y se enjugó los labios con un pañuelo a cuadros que sacó del bolsillo del pantalón antes de continuar su alocución.

-Probadas y admitidas están la riqueza de su léxico, el ritmo de sus frases, la originalidad y belleza de sus imágenes poéticas. Como dramaturgo, sin embargo, sus méritos son menos. Los argumentos de sus obras están copiados de aquí y de allá, por lo general son confusos, a veces banales, en ocasiones, ambas cosas. De los personajes, mejor no hablar: Hamlet es un demente; Otelo, un necio; Romeo y Julieta, dos tontainas excitados; Macbeth, un mangante. ¿Y los reyes? Unos delincuentes sin escrúpulos. ¿Es ésta forma de representar a la más alta instancia de la nación?

Al oír aquella severa crítica, no se pudo contener sir Ambrose.

-¡Que me ahorquen, coronel, nunca había considerado al pobre Will bajo este prisma!

Sin atender a la exclamación de su consocio, prosiguió el docto militar.

-No obstante, queda la grandeza. La cual no proviene de sus méritos literarios, sino de su autoridad. Lo mismo sucede con las Sagradas Escrituras. La mayoría de los textos no se entienden, pero en ellos percibimos la voz del Señor y con eso basta. Cuando Cristo se dirige a sus discípulos y proclama: En verdad, en verdad os digo ... ¿qué importa lo que viene luego? Por lo general, una simpleza o un galimatías. Pero hemos escuchado la voz del Señor, y no podemos dejar de estremecernos. Y con Shakespeare, otro tanto. Ser o no ser, ¿qué carajo significa? Nadie lo sabe. Probablemente una idiotez. Pero uno escucha estos cuatro vocablos y de inmediato queda deslumbrado por el resplandor de la cultura universal.


INGLES


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 69

-El principal producto de exportación de Inglaterra es el estilo. Nadie intenta copiar el carácter, la conducta o los modales de un alemán o de  un italiano, y no digamos los de un americano o un ruso. Incluso quienes lo son procuran ocultarlo y se sienten halagados si les dicen que no parecen ser lo que son. En cambio, a todo el mundo le gusta que le tomen por inglés. O lo que pasa por ser el prototipo de un inglés. Obviamente, se trata de un burdo fraude. No digo que en Inglaterra no haya personas que respondan a la imagen del gentleman. También debe de haber españoles divertidos, franceses galantes y chinos taimados, como los pintan en las películas. Pero son la excepción a la regla. El inglés medio es un ser atroz. Todo el poderío inglés proviene de la revolución industrial. Eso duró un par de siglos. Luego la industria se fue a otras latitudes y aquí se quedó el proletariado. Hoy en día somos una nación de hombres ineptos y rudimentarios. Por suerte, el fútbol canaliza las energías de este ejército de brutos desocupados. Si un día la realidad trascendiera de nuestras fronteras, adiós al ideal del inglés acicalado, pudiente, con unos modales exquisitos y un innato desprecio por el resto de la humanidad.


11S


La anomalía, Hervé Le Tellier, p. 108

El de septiembre, a las 8.14 horas, uno de los controladores de Boston se extraña al ver que el transpondedor del vuelo 11 de American Airlines no emite señal. Seis minutos después, una azafata de a bordo llama al número que puede, que no es otro que el número de reservas de American Airlines. Informa de que el avión ha sido secuestrado y de que ha habido varios asesinatos. Cuando logran verificar su identidad, son ya las 8.25 y un supervisor avisa al Air Traffic Control. Ben Sliney y los controladores aéreos descubren entonces, por el eco radar, que el AA11 se dirige directamente a Nueva York. El protocolo en caso de secuestro aéreo -olvidémonos del manual que obliga al piloto, aquí apuñalado, a marcar el código 7500 en el transpondedor- exige avisar al cuartel general de la aviación civil. En el cuartel general, un coordinador «especializado en secuestros» tiene que contactar con determinada unidad del Pentágono, que a su vez debe dar parte al despacho del secretario de Defensa, quien a su vez debe informar al ministro, cuya decisión debe recorrer el camino inverso a través de la misma cadena. Solo entonces los responsables del Centro de Comando Militar Nacional pueden dar la orden de despegar a los cazas para que intercepten al avión secuestrado. Y, como tras la guerra fría el número de bases militares ha bajado de veintiséis a siete, las dos únicas bases que quedan en la Costa Este son la de Otis, cerca de Boston, y la de Langley, sede de la CIA, próxima a Washington.

Como todo esto tomaría demasiado tiempo, el 11 de septiembre de 2001 el supervisor de Boston decide, apremiado por la situación, llamar directamente a la base militar de Otis. Al no tener potestad para hacerlo, en Otis le piden que informe al comando militar regional noreste, en Rome, en el estado de Nueva York. El supervisor llama y le vuelven a decir que no está respetando el protocolo. No obstante, convencido de la urgencia de la situación y actuando él mismo sin autorización del Departamento de Defensa, el coronel Robert Marr pide a la base de Otis que preparen los cazas para el despegue.

Mucho antes de que las conclusiones oficiales de la Comisión del 11-S lo confirmen, el Pentágono sabe que ese día todo ha funcionado mal en la cadena de decisiones. Así que resuelve crear un grupo de trabajo interno cuya tarea sea proponer otro protocolo de actuación en situación de crisis. Y dicho grupo subcontrata, para todo lo que tenga que ver con la formalización, al departamento de Matemáticas Aplicadas del Massachusetts Institute of Technology. Es entonces cuando entra en juego el nombre de Adrian Miller.


CIENTIFICOS


Los espejismos de la certeza, Siri Hustvedt, p. 368

Los científicos y los estudiosos tienen una mente y, por tanto, un inconsciente, y éste influye en lo que cada uno cree y percibe. William James reconoció sin reparos la conexión entre el temperamento de una persona y sus ideas. Según él, había filósofos de mentalidad dura y filósofos de mentalidad blanda, y unos y otros estarían siempre enfrentados. El carácter desempeña un papel importante en las ideas que una persona abraza, y eso, según James, nunca cambiará mientras la gente siga pensando. Hay personas que se inclinan hacia lo duro y otras hacia lo blando, y lo hacen por motivos conscientes e inconscientes. Lo duro podría describirse como atómico, mecánico, racional y totalmente inteligible. Lo blando, en cambio, es más parecido a una gémula, corpóreo, emocional y más ambiguo. En nuestra cultura lo primero se suele codificar como masculino y lo segundo como femenino, aunque es obvio que nadie necesita identificarse como hombre o mujer para sostener opiniones de cualquier tipo.

Por otra parte, cada persona tiene una historia, un relato que la ha modelado, por así decirlo. He perdido la cuenta de la cantidad de neurólogos que he conocido que sufren de migraña o que tienen algún familiar con daño cerebral. También he conocido a muchos psiquiatras y psicoanalistas que crecieron con padres o hermanos con una enfermedad mental, o que han tenido ellos mismos una niñez difícil. A personas que han dedicado su vida a estudiar el suicidio a raíz de que un ser querido se quitara la vida. A neurocientíficos cuya personalidad se refleja en su trabajo. Los que son rígidos, contenidos y socialmente reservados parecen producir obras de alcance limitado y rigurosas en su metodología. Suelen mostrar poco interés en la literatura y la filosofía, y les cuesta ver la importancia de éstas en general. En cambio, los que son afables y cordiales producen obras de mayor alcance y más proclives a la conjetura. También es más probable que mencionen el trabajo que se ha realizado en otras disciplinas. No entro a valorar la calidad. Hay obras de alcance limitado magníficas y obras de gran alcance magníficas también. Estos científicos suelen omitir las historias personales en sus publicaciones, pero sería absurdo no reconocer la influencia que tienen los acontecimientos emocionales no sólo en el trabajo que una persona decide realizar, sino en cómo lo realiza. Las razones por las que algunas ideas nos atraen y otras nos producen rechazo no son siempre conscientes.


PREGUNTAS


Los espejismos de la certeza, Siri Hustvedt, p. 264

La tecnología seguirá avanzando. La ingeniería genética cambiará el futuro. Todavía se necesitan cuerpos humanos para la reproducción, pero ya hay interferencias en el proceso. Podría decirse que cualquier persona con un marcapasos o una prótesis es un ciborg. Por otra parte, ¿las dentaduras postizas, las patas de palo y los ojos de cristal no se han visto durante un tiempo como material ciborg? ¿No es el bastón del ciego una prolongación de sí mismo? Cada vez más mujeres que pueden permitírselo están congelando sus óvulos. La investigación biológica sin duda descubrirá nuevas formas de concebir qué somos y cómo crecernos. Existe una disciplina llamada vida artificial húmeda, o vida-A húmeda, que está intentando crear células artificiales a partir de componentes bioquímicos que se autoorganizan y se autorreplican y están hechos de sustancias orgánicas e inorgánicas. Son híbridos, no entidades puramente artificiales. Los autómatas celulares, inventados por primera vez por Von Neumann, se han convertido en un mundo en sí mismos,  simulaciones por ordenador de patrones de células simples que derivan en sistemas complejos cuando se ejecutan el tiempo suficiente. Hay programas de vída artificial blanda, como Tierra, un software que crea programas de evolución espontánea que se reproducen, mutan y evolucionan en la memoria del ordenador. El creador de Tierra, Torn Ray, no cree que su programa simule vida. Él cree que es vida, pero la mayoría de las personas a las que  se lo he consultado no están de acuerdo con él.

Las definiciones son peliagudas. ¿Qué es una simulación de la vida y qué es la vida real? Un virus es una criatura parásita peculiar que está viva y muerta. ¿Qué distingue la emoción real de la simulada? Cuando un actor se siente triste de verdad al meterse en su papel, ¿la emoción simulada se vuelve real? ¿Qué es una mente y qué es un cerebro? ¿Son dos cosas diferentes o una misma? Si la mente no es el cerebro, ¿en qué se diferencian? Y si son diferentes, ¿cómo podrían interactuar? Si creo que me pondré bien porque el médico viene a verme y me da una pastilla, ¿de qué modo ese estado “psicológico” se convierte en un proceso de curación  mediante la liberación de opioides en el cerebro? ¿Existe un modelo teórico para la mente que pueda asimilar las complejidades orgánicas del cerebro cuando aún no se comprenden esas mismas complejidades?

Lo que cada vez está más claro es que los elegantes modelos matemáticos reduccionistas tan queridos por los físicos, una gran cantidad de filósofos y los paladines de la TCM, no han generado criaturas artificiales como nosotros.


UTOPIA


Los espejismos de la certeza, Siri Hustvedt, p. 260

El optimismo de Moravec sigue intacto. En 2009, aunque reconocía los errores de las predicciones tempranas de la IA, pronuncia él mismo otra: «Creo que hacia 2040 alcanzaremos por fin el objetivo original de la robótica, así como un pilar temático de la ciencia ficción: una máquina de libre movimiento con las capacidades intelectuales de un ser humano»?

El pensamiento utópico no es nada nuevo. Ha tomado muchas formas, desde la República justa de Platón (que admitía como gobernantes a las mujeres, pero no a los poetas) hasta el hombre feliz en el estado de naturaleza de Rousseau, pasando por las falanges de Fourier, en las que todos trabajan por el bien colectivo y, por supuesto, el paraíso comunista. En un famoso pasaje cerca del final de Literatura y revolución, León Trotski predijo el nuevo mundo del hombre comunista: “El hombre se hará incomparablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo será más armonioso, sus movimientos más rítmicos, su voz más melodiosa. Las formas de su existencia adquirirán una cualidad fuertemente dramática. El hombre medio alcanzará la talla de un Aristóteles, de un Goethe, de un Marx. Y por encima de estas alturas se elevarán cimas nuevas”. Leí por primera vez este pasaje sentada en un cubículo de la biblioteca de mi universidad. Estaba haciendo un trabajo sobre el realismo socialista, la lamentable forma de arte aprobada por la República Soviética. Tenía veintiún años y recuerdo que, incluso esperanzada como estaba en hacer un mundo mejor, pensé que el tipo estaba loco. Sin embargo, aliado de la retórica de Moravec sobre nuestro futuro posbiológico, el lenguaje de Trotski suena casi insípido. Aun a riesgo de parecer amargada, no soy ni mucho menos la única en señalar que, aunque las fantasías utópicas han tomado muchas formas, tienen en común el fracaso. Ni un solo experimento utópico en la historia de la raza humana ha tenido éxito.


LA INFORMACION


Los espejismos dela certeza, Siri Hustvedt. p. 130

Estamos ahogándonos en información.

La idea de Wiener es a la vez simple y preocupante. La información pasa a ser totalmente independiente de su sustancia. Es el patrón, y no el significado, lo que cuenta. La palabra información puede que sea la más dúctil de la cultura contemporánea. En 1984, A. M. Schrader publicó en un artículo las setecientas definiciones de ciencia de la información que había encontrado entre 1900 y 1981, y describió el estado de la cuestión como de «caos conceptual” Según el texto que uno esté leyendo, la palabra puede significar el patrón de comunicación entre una fuente y un receptor, como para Wiener y Shannon. Pero también puede referirse al contenido de un supuesto “estado cognitivo”, el significado de una oración desde el punto de vista de la lingüística, o un concepto de la física que parece haberse integrado de alguna manera al léxico. En esta última definición, no se precisa del ojo, el oído o el cuerpo para absorber la información y entenderla. Está presente antes de que aparezca cualquier pensador. La misma disposición en sí de los átomos y las moléculas es información. En La información y la estructura interna del universo, Tom Stonier escribe: “La información existe. No necesita ser percibida para existir. [ ... ] No requiere una inteligencia que la interprete. No necesita tener un significado para existir. Existe sin más”. Confieso que creo que parte del problema radica en lo que se entiende por la palabra información, que sin ciertos giros en la historia de la ciencia y la tecnología, tal vez no se le habría ocurrido a nadie hablar de información como una propiedad intrínseca del mundo material, y que esta concepción de la “información” tiene una historia retórica. En esta afirmación  no hay una percepción del uso del lenguaje. Si uno define la “información” como patrones de la realidad que tienen el potencial de ser leídos e interpretados, entonces el mundo está realmente repleto de información de todo tipo, natural y no natural.


LA HEREDABILIDAD Y LAS HISTORIAS DE GEMELOS


Los espejismos de la certeze, Siri Hustvedt, p.85

Cuando tenía dieciocho años, entreví la cara de mi padre en la mía mientras daba la espalda al espejo. A veces también he visto la de mi madre, sobre todo ahora que voy envejeciendo. De vez en cuando asoma en el reflejo de mi propio rostro mayor. Es evidente que no somos obra de nuestra propia creación, y que, si tenemos hijos, dejamos algo de nosotros mismos en ellos. Es también evidente que, mucho antes de que existiera la disciplina que hoy conocemos como genética, teníamos claro que heredábamos ciertos rasgos de nuestros padres, rasgos que podían estar visiblemente presentes en nosotros. El hecho de que la relación entre el genotipo y el fenotipo no sea la de un diseño o código perfecto, no significa que George no tenga la nariz de su tía Zelda. Por otra parte, muchos nos hemos sorprendido «actuando” como uno de nuestros padres y hemos pensado: Oh, Dios mío, esto es exactamente lo que mi madre solía decir (o hacer). Tiene sentido hablar de estos rasgos como heredados o hereditarios. Un rasgo heredable no es más que un rasgo en un hijo que se asemeja al de uno de sus progenitores, pero esta correspondencia no tiene por qué ser genética. Los niños ricos suelen nacer de padres ricos, pero no por ello la riqueza tiene causas genéticas. ¿Y qué hay de los comportamientos? ¿Camino como mi madre porque crecí con ella y la vi caminar y gesticular durante años o porque tengo una inclinación innata a caminar de esa manera?


INCIPIT 1.175. LOS ESPEJISMOS DE LA CEERTEZA / SIRI HUSTVEDT


ENTRANDO Y SALIENDO

A pesar de las predicciones entusiastas de que las innovaciones tecnológicas abrirán paso a los úteros artificiales y a la vida eterna, sigue siendo cierto que todos los seres humanos nacemos del cuerpo de nuestra madre y morimos. Nadie escoge nacer, y aunque algunas personas deciden morir, muchas preferiríamos no hacerlo. Los principios y los finales, la vida y la muerte, no son conceptos simples. Determinar cuándo empieza la “Vida” es desde hace mucho una cuestión filosófica, así como el objeto de un debate político enardecido. También hay confusión acerca de qué define la “muerte”, aunque, en cuanto un cadáver empieza a pudrirse, se desvanecen todas las dudas. Todos los mamíferos se originan en un espacio materno. Aun así, este hecho evidente, que un feto, algo que hemos sido todas las personas, se encuentre conectado físicamente a su madre y no pueda sobrevivir sin ella, ha desempeñado un papel relativamente pequeño en la corriente dominante del pensamiento filosófico y científico en torno a qué somos los seres humanos.


INCIPIT 1.174. TRIGO LIMPIO / JUAN MANUEL GIL


LA MÁQUINA DE RAYOS EQUIS

Este comienzo no es el principio, pero puede que sea una buena manera de empezar. En la primera mitad de los años noventa, el aeropuerto de Almería vivió una de sus transformaciones más importantes. Como suele ocurrir con estos asuntos, el ministerio decidió ampliar la pista de despegue y aterrizaje sin tener en cuenta a los vecinos de los barrios aledaños. Eso se tradujo en protestas y manifestaciones que, aunque no llevaron a ningún lado, trajeron de cabeza a los políticos locales y regionales de aquellos años. Como mi barrio era el más afectado por aquella descomunal obra pública, los vecinos salieron a la calle a llevarse por delante a quien fuera necesario. Yo mismo, siendo un niño de apenas nueve o diez años, me recuerdo sentado en mitad de la carretera nacional 340, o intentando acceder a la terminal de salidas -que era la misma que la de llegadas- con el rostro cubierto por la camiseta, o apedreando los camiones que movían perezosamente la tierra de un lado a otro o llamando hijos de puta a los periodistas de Televisión Española, sin siquiera saber por qué. La típica historia de David contra Goliat.


EPIGENETICA


Los límites de la certeza, Siri Hustvedt, p. 56

Queda mucho por hacer en la epigenética, y algunos biólogos moleculares se muestran escépticos en cuanto a los hallazgos de Meaney y esperan que se lleven a cabo más investigaciones que reproduzcan los experimentos. Las ratas no son personas, y a las personas no se las puede someter a los experimentos agresivos que se realizan rutinariamente en criaturas de laboratorio, pero hay estudios que indican que el trauma temprano, por ejemplo, también afecta la metilación y la expresión génica en los seres humanos. Más sorprendente quizá sea que se haya recuperado la noción epigenética hace tiempo desacreditada de que los padres transmiten a sus hijos las características adquiridas a lo largo de su vida, una idea que convirtió al naturalista y teórico evolucionista francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) en el hazmerreír de la ciencia. Aunque a menudo se cree que Darwin y Lamarck defendían ideas opuestas, Darwin no contradijo a Lamarck. Él también creía que algunas características adquiridas eran heredables. En cuanto al estrés, esa palabra que hoy día se utiliza para todo tipo de males, se sabe desde hace mucho tiempo que el abandono y los shocks de distinta índole afectan al desarrollo infantil. Lo que nadie sabía era que esas experiencias podían alterar factores no genéticos que, sin embargo, influyen en el comportamiento de los genes y en cómo se expresan los de una persona, y que esto podía transmitirse a la siguiente generación.

La idea de M. de que el sentido de privilegio puede atribuirse directamente a los genes no ha sido corroborada por la investigación genética, lo que no es lo mismo que decir que no existe una dinámica hereditaria. El camino que va de los genes a la estructura de un organismo es  más bien tortuoso y depende de muchos factores, entre ellos los cuidados que recibe un animal los primeros años de vida. Sin embargo, persiste la “idea” de que los genes funcionan como un «programa”. El biólogo François Jacob lanzó la metáfora en 1970: «El programa es un modelo tomado de las computadoras electrónicas. Equipara el material genético de un óvulo con la cinta magnética de una computadora" Esta ecuación da por hecho que, como en un ordenador, toda la lógica está contenida en la secuencia de ADN. Ya en la década de 1950, la genetista Barbara McClintock encontró indicios de que los genes no eran un mensaje lineal estático inscrito en la secuencia del ADN. Todo esto es bien conocido y ha sido expuesto de forma reiterada en múltiples formas tanto por personas que realizan investigaciones genéticas como por filósofos de la ciencia.


ESQUILO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 183

El mejor testigo de ese periodo fue Esquilo, que combatió contra los persas y escribió la pieza teatral más antigua de las que han sobrevivido, Los persas (472 a. C.), para celebrar la victoria griega. Esquilo murió en la década de 450, en la cúspide del poder ateniense, unos años en que las instituciones políticas fundamentales de la democracia (la Asamblea, el Consejo y los tribunales) alcanzaron su pleno desarrollo. Sin embargo, para las primeras dos décadas de la Guerra del Peloponeso, nuestra mejor ventana contemporánea para asomarnos a la mentalidad ateniense son Tucídides y los festivales. El capítulo concluye con Sócrates, el enigmático filósofo estrechamente vinculado a los otros tres atenienses que dejaron constancia del rumbo desastroso que tomó la ciudad en los últimos años de la guerra, entre 413 y 404 a. C., y su parcial recuperación posterior: el soldado Jenofonte, el comediógrafo Aristófanes y el filósofo Platón.

Con la revolución de 507 a. C., seguida de la resistencia triunfal al imperialismo en 490 y entre 480 y 479, se sentaron las bases de la cultura cosmopolita e innovadora de la que se nutrió la receptividad ateniense. Además de las Hístorias de Heródoto, la mejor fuente sobre esas guerras es la tragedia Los persas (Esquilo, 472 a. C.). En la época de la revolución democrática, el autor, nacido en 525 a. C., era un joven impresionable de apenas dieciocho años, hijo de una familia aristocrática que vivía a poco más de diez kilómetros al oeste de la ciudad, en la zona ribereña de Eleusis, famosa por su antiguo culto a Deméter. Vino al mundo dos años después de la muerte del tirano ateniense Pisístrato, durante el gobierno de sus despóticos hijos, Hipias e Hiparco. Hiparco murió asesinado en 514 a. C., cuando Eurípides solo tenía once años; según la propaganda democrática ateniense, un tiranicidio que pasó a simbolizar la liberación del pueblo del despótico hijo de Pisístrato. A quienes lo mataron, Harmodio y Aristogitón, se les rindió homenaje con alegres cánticos que se entonaban en las tabernas y un famoso conjunto de estatuas en un lugar prominente del ágora (la plaza del mercado). A pesar de todo, siguieron otros siete años de tensión entre los Pisistrátidas y el pueblo.

Los dirigentes de quienes se oponían a Hiparco e Hipias fueron los Alcmeónidas, una familia que por tradición apoyaba a los ciudadanos de las clases bajas y con la que Esquilo se alió políticamente. Se decía que descendían de Alcmeón, tataranieto de Néstor de Pilos. El alcmeónida más destacado de su generación fue Clístenes, nacido hacia 570 a. C. Era hijo del estadista Megacles, pero el linaje de la madre era aún más importante,  pues su abuelo materno fue Clístenes de Sición, un tirano prominente. Por lo tanto, el joven tenía credenciales ancestrales como líder y amigo del pueblo a la vez.


ATENAS, SOCIEDAD ABIERTA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 179
En la Atenas democrática de los siglos V y IV a. C., la civilización griega alcanzó el apogeo de su creatividad. De las comunidades helénicas estudiadas en este libro, es posible que los atenienses de la época clásica fueran los únicos que demostraron poseer las diez características que definieron la mentalidad de los griegos antiguos. Tenían una curiosidad insaciable, eran marineros excelentes, desconfiados por naturaleza de cualquier persona con alguna clase de poder, muy competitivos, maestros en el arte de la oratoria, amantes de la risa hasta el punto de llegar a institucionalizar la comedia y, además, adictos a los pasatiempos placenteros. Con todo, no cabe duda de que el rasgo más característico del carácter ateniense, impreso en cada uno de sus logros colectivos, fue su apertura, tanto a la innovación como a la hora de adoptar ideas foráneas y expresar su subjetividad.

La democracia ateniense, a la que el estadista Solón había allanado el terreno constitucional a principios del siglo VI a. C. -si bien no se instauró hasta 507 a. C.- fue un sistema de gobierno muy novedoso: los atenienses son «siempre amigos de novedades, muy agudos para inventar los medios de las cosas en su pensamiento, y más diligentes para ejecutar las ya pensadas y ponerlas en obra», dijo, según Tucídides, que era oriundo de Atenas, un diplomático corintio. Se enorgullecían también de su apertura cultural. En un discurso de elogio a los soldados caídos en el campo de batalla durante el verano de 431 a. C., Pericles, en su Discurso fúnebre, alabó así a sus conciudadanos: «Tenemos la ciudad abierta a todos y nunca impedimos a nadie, expulsando a los extranjeros, que la visite o contemple -a no ser tratándose de alguna cosa secreta de que pudiera sacar provecho el enemigo al verla.» Esta frase fundamental demuestra que la apertura ateniense no fue solo un proceso unívoco. Los atenienses, siempre receptivos a las ideas nuevas que llegaban del exterior, acogían sin reservas a los forasteros; tampoco les daba miedo permitir que otros examinaran su modo de vida desde dentro. Esa honradez social y psicológica estaba a su vez íntimamente relacionada con su inmenso talento para analizar sin tapujos, en el teatro y la filosofía, las emociones y el comportamiento humanos.

Esa apertura a nuevas ideas los ayudó a convertirse en unos marinos excelentes en muy poco tiempo, aunque relativamente tarde, solo cuando vieron aproximarse la amenaza del imperio persa.


1.173. TOMAS NEVINSON / JAVIER MARIAS


Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer. A las mujeres no se las toca, no se les pega, no se les hace daño físico y el verbal se les evita al máximo, a esto último ellas no corresponden. Es más, se las protege y respeta y se les cede el paso, se las escuda y ayuda si llevan un niño en su vientre o en brazos o en un cochecito, les ofrece uno su asiento en el autobús y en el metro, incluso se las resguarda al andar por la calle alejándolas del tráfico o de lo que se arrojaba desde los balcones en otros tiempos, y si un barco zozobra y amenaza con irse a pique, los botes son para ellas y para sus vástagos pequeños (que les pertenecen más que a los hombres), al menos las primeras plazas. Cuando se va a fusilar en masa, a veces se les perdona la vida y se las aparta; se las deja sin maridos, sin padres, sin hermanos y aun sin hijos adolescentes ni por supuesto adultos, pero a ellas se les permite seguir viviendo enloquecidas de dolor como a espectros sufrientes, que sin embargo cumplen años y envejecen, encadenados al recuerdo de la pérdida de su mundo. Se convierten en depositarias de la memoria por fuerza, son las únicas que quedan cuando parece que no queda nadie, y las únicas que cuentan lo habido.

Bueno, todo esto me enseñaron de niño y todo esto era antes, y no siempre ni a rajatabla. Era antes y en la teoría, no en la práctica.


LOS BARBAROS


El Cazador Celeste, Roberto Calasso

Según Platón, Egipto y Mesopotarnia reconocieron bastante antes que Grecia cierta verdad acerca de los «dioses del cosmos” -los astros- gracias a la «belleza de sus estados», por la cual el cielo siempre está despejado y brillante. Cosa que no debe desalentarnos, más bien al contrario: “Pero tengamos en cuenta que los griegos han perfeccionado todo lo que han recibido de los bárbaros y lo han elaborado hasta su perfección [télos].» En pocas palabras se dice aquí la diferencia irreductible entre los griegos y cualesquiera otros: el culto y la práctica de la perfección. Los griegos no pretenden haber inventado nada. Son conscientes de ser un pueblo joven, rodeado de civilizaciones sabias “desde hace muchos milenios». Su pretensión es, en todo caso, “que los griegos, con su educación, con el auxilio del oráculo de Delfos y su fidelidad en la observancia de las leyes, tributarán a todos estos dioses un culto realmente más excelente y adecuado que el culto y las tradiciones procedentes de los bárbaros». Pretensión inmensa, que al mismo tiempo ilumina con la máxima claridad la relación de los griegos con todos los bárbaros. Es verdad, allí se los reconocía provistos de doctrinas verdaderas y de origen remoto, pero necesitados de un perfeccionamiento que solo los griegos se consideraban en condiciones de ofrecer. Declaraciones, al mismo tiempo, de extrema humildad y de desenfrenada altanería. Grecia estaba fundada sobre esa combinación, según el viejo Platón -el testimonio más autorizado con que contamos.

Los bárbaros eran, entonces, lo contrario de lo que la palabra ha terminado por significar entre los modernos. No eran pueblos nuevos, rústicos, inarticulados, fuertes. Eran civilizaciones más antiguas que Grecia -sobre todo Egipto, Mesopotarnia y Persia-, que habían alcanzado una sabiduría tan alta como inmóvil. Algo los había fijado y vuelto rígidos. Ahora les tocaba a los griegos cumplir con la inmensa obra que los había precedido, volviéndola más flexible y ágil. Además, simplificándola. Ese fue el genio y el prodigio de los griegos. Nietzsche lo definió así: “La superior naturaleza moral de los griegos se revela en su sentido de totalidad y de simplificación; ellos se contentan al mostrarse como el hombre simplificado, del mismo modo en que nos contenta la vista de los animales.»


LOS JUEGOS OLIMPICOS


El Cazador Celeste, Calasso, p. 330

Los juegos olímpicos no solo eran no-primitivos sino decididamente, en cierto sentido, no-religiosos [ .. .]. Por el contrario, el culto de Dioniso y de Orfeo me parecía, con todos sus defectos y licencias, esencialmente religioso.” Jane Harrison tenía el don de la franqueza. Sabía hacer explícito lo que varios colegas suyos (Murray, Cornford, A. B. Cook) percibían pero no se atrevían a declarar.

Lo que destaca en sus palabras es la afirmación de que los Olímpicos eran algo no-religioso. ¿Cómo se pudo llegar a un tal vuelco de la situación? Habían pasado algunos milenios y ahora una estudiosa de Cambridge se encontraba con que Zeus, Apolo, Mrodita y Atenea eran extraños al sentimiento religioso, porque eran superficiales. Seguramente esa sensación era compartida no solo por algunos de sus colegas sino por cierto clima europeo hacia el año 1911.

Además de superficiales y por tanto despreciables, los Olímpicos son abismales. Nietzsche lo había dicho: “Aquellos griegos eran superficiales, ¡por profundidad!” Cuanto más se indagan las historias de los Olímpicos, tanto más se advierte una resistencia a cualquier intento de explicación. Son los dioses quienes explican a quien intenta explicarlos, no al revés.Lo que podía inducir al equívoco a Jane Harrison es que el carácter abismal iba acompañado de una invencible fragancia. Eran ligeras, aquellas figuras, y acaso insinuaban un presagio de precariedad, como un ramo de flores frescas. No imponían esa gravedad que, en Europa, se solía asociar con todo lo religioso. Europa había perdido algo por el camino, Europa había ido reduciendo progresivamente todo sentido de lo religioso. Los olímpicos, en cambio, permanecían intactos. Su irreductible extrañeza residía en eso: eran dioses, pero no se dejaban estorbar por sentimientos de contrición. El sentido de superficialidad que para algunos emanaban era algo que otros dioses mediterráneos no habían llegado a conquistar. Por eso los Olímpicos eran a tal punto dóciles y no se resistían a ser estatuas. Como tales, después de muchos siglos, siguen existiendo. Tienen el privilegio de no pedir ofrendas. Vuelven a ser lo que acaso fueron desde el principio: imágenes de la vida autosuficiente, exentas, soberanas.


LUPERCALES


El Cazador Celeste, Calasso, p. 196

Ovidio arriesga una imprudente explicación que nada explica acerca del origen de las lupercales, fiesta antigua y rústica. Unos mil novecientos años más tarde, James Frazer trató de dar razón de ese rito desconcertante. Según su reconstrucción, jóvenes completamente desnudos, con excepción de un cinturón de piel, corrían alrededor del perímetro de la Roma antigua. Con tiras de piel que habían arrancado de las cabras sacrificadas por los lupercales azotaban a quienquiera que se encontraran, pero sobre todo a las mujeres, «que ofrecían las manos para recibir los golpes, convencidas de que era una manera segura de obtener descendencia y un buen parto·. El relato de Frazer es eufemístico y no dice los detalles que todavía hoy «permanecen sin explicación», como observó Dumézil: después de haber  sacrificado a las cabras, los lupercales tienen que untarse la frente de sangre con un cuchillo, después otros jóvenes secan la sangre con un trozo de lana embebido en leche -y «los jóvenes tienen que reír después de que la sangre haya sido secada”. Esto escribió Plutarco. De esa sangre y de esa risa obligada nadie ha sabido dar razón. En cuanto a las mujeres azotadas en las manos, no siempre el rito debía limitarse a esto. En un mosaico encontrado en Túnez se ve a una mujer levantada por dos jóvenes por las axilas y las piernas, mientras un Luperco está a punto de azotarla en la parte inferior del cuerpo, desnudada.

Frazer describió las lupercales con el mismo tono impasible con el que había descrito los ritos sangrientos de muchas tribus ignotas. Esas descripciones se yuxtaponen fácilmente. Pero en el caso de las lupercales era de rigor referirse también a las crónicas de Roma, y en particular a lo que había sucedido el 15 de febrero del 44 a. C., un mes antes del asesinato de César y un año antes del nacimiento de Ovidio. Recordaba que el 15 de febrero era, en Roma, un día especial: «Una vez al año, durante un día, el equilibro entre el mundo regulado, explorado, acotado, y el mundo salvaje se rompía: Fauno lo ocupaba todo.”


JAMESIANA


El Cazador Caleste, Roberto Calasso, p. 168

De hecho, el obstáculo mayor, si se quiere comprender algo de la prehistoria, está dado por el hecho de que en el ínterin la vida de los hombres se ha aliviado enormemente. A tal punto que el mundo puede incluso no ejercer ya ninguna presión sobre quien lo observa. Al menos en determinadas situaciones experimentales, como la que se alcanzó en el siglo XIX, ante todo en los miembros de la alta burguesía que vivía de rentas, en los años de la reina Victoria. Este era el material humano predilecto de Henry James. Este, en lugar de sílex afilados, disponía de frases dejadas caer en conversaciones, anécdotas, chismes, visitas, banquetes, paseos. Sobre la base de todo eso, James reconstruía una maraña de lazos que no tenían prácticamente ninguna relación con el mundo exterior. La naturaleza era un escenario ocasional. Todo se desarrollaba en interiores, ocasionalmente en la calle o en jardines. ¿Qué podía pasar cuando el alivio, la decisión de deshacerse del mundo como de un lastre molesto, se volvía una regla de vida conscientemente practicada?

Entre los cuentos más importantes de Henry James hay algunos que no llegó a escribir. Son los «pequeños sujets de nouvelles,, embriones nunca desarrollados que solo conocemos por las anotaciones en los Cuadernos. Sin embargo, se tiene a veces la sospecha de que precisamente fuera esa su forma final la más adecuada para una historia que, en innumerables ocasiones, había nacido de una frase dicha por alguien en conversaciones, durante una de las innumerables ocasiones mundanas de las que James participaba -y que eran el terreno mismo, continuamente movido y removido, de su obra. Así sucede con una frase que le había dicho Mrs. Procter, en la que James reconoce el “minúsculo germen para un cuento diminuto”, del que solo nos queda un apunte.

En Torquay, el28 de octubre de 1895, James anotó estas palabras en su cuaderno: “Recuerdo cómo Mrs. Procter me dijo una vez que, habiendo tenido una vida repleta de problemas, sufrimientos, cargas y devastaciones, la posibilidad de sentarse a leer un libro constituía para ella, en sus años otoñales, un placer singular, un lujo profundamente sentido: tan grande era el sentimiento de seguridad que de ello emanaba, la certeza de que, tras haber sobrevivido a tantas cosas, nada podía ocurrir/e ahora. Prácticamente nunca había gozado de ese placer en tal grado y manera; y día tras día disfrutaba de él como si fuese nuevo. Tal vez exagero un poco la declaración de su éxtasis personal, pero lo cierto es que hizo el comentario y entonces me impresionó muchísimo. Ahora vuelve a mí con la sugerencia del minúsculo germen de un cuento diminuto.»


INCIPIT 1.172. INDEPENDENCIA / JAVIER CERCAS


Melchor irrumpió en el local y, abriéndose paso entre los clientes, se dirigió a la barra, se sentó en un taburete y pidió un whisky. El camarero lo miró como si fuera un extraterrestre.

-¿Qué haces aquí? -preguntó.

-Tranquilo -contestó Melchor-. Vengo en son de paz.

-¿En son de paz?

-Eso es. Me vas a poner el whisky, ¿sí o no?

El camarero tardó en contestar.

-¿Solo o con hielo?

-Solo.

Eran más de las tres de la madrugada, pero el sitio todavía estaba bastante concurrido. Varias chicas bailaban desnudas o semidesnudas en la pasarela iluminada que recorría el centro de la sala principal, acribilladas por luces estroboscópicas, mientras algunos hombres las observaban con ojos hambrientos; aquí y allá, otras chicas, solas, en parejas o en grupos, aguardaban la llegada de los últimos clientes. O el final de la noche. Por los altavoces sonaba Like a Virgin, una vieja canción de Madonna.

-Si no lo veo, no lo creo -oyó Melchor a su espalda. Mientras el camarero le servía el whisky, el hombre que acababa de hablar se sentó en un taburete junto al policía.

INCIPIT 1.171. NOMBRE FALSO / PIGLIA


NOTA PRELIMINAR

Escribí los relatos de este libro en distintas épocas pero siempre en el mismo lugar. En aquel tiempo vivía en un departamento de la calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires, y cuando pienso en estos cuentos me acuerdo de una ventana que daba a las azoteas y las cúpulas y los edificios de la ciudad. Supongo que el hecho de haberlos escrito mirando cada tanto la claridad de esa ventana les da para mí cierta unidad: como si las historias hubieran estado ahí, del otro lado del vidrio.

«Las actas del juicio”, “Mata Hari 55”, y «El Laucha Benítez” son de mediados de los años 60 y me traen el recuerdo de una época en la que descubría las múltiples posibilidades de la literatura y las extrañas tensiones entre ficción y realidad. Inspirados en hechos reales (en un caso, el asesinato del general Urquiza, un caudillo federal del siglo XIX; en otro caso, las actividades clandestinas de los «comandos civiles» que participaron en la revolución que derrocó a Perón en 1955


ROHIPNOL


Tomás Nevinson, Javier Marías. p. 608

Ahora sí abrió Centurión el paquete de Pérez Nuix. Tenía tiempo de sobra, pero mejor no improvisar. Se llevó la sorpresa de que contenía lo que le había pedido y algo más, había dos fármacos. El solicitado era Rohipnol (si se escribe así, no lo sé, nunca más lo he tenido en la mano y del97 hace mucho tiempo), que, como su nombre insinúa, posee efectos hipnóticos, o más bien aturdidores y anuladores de la voluntad: pérdida total de la conciencia o casi, borradura del tiempo, dificultad o imposibilidad de recordar lo sucedido bajo su influencia, o si acaso una especie de confusión radical, nadie está seguro de que pasara lo que algunos fogonazos o alucinaciones retrospectivos lo inducen a figurarse que pasó. Depende de las personas, a veces hay un blanco absoluto. Era una droga bastante utilizada desde finales de los ochenta para desvalijar en su casa a incautos tras un inicio de seducción, o tras la  consumación. La empleaban chaperos y putas, que efectuaban la primera parte del trabajo (seducción y administración en una bebida) y después avisaban a sus compinches para que se encargaran de limpiar el chalet o el piso con pericia y celeridad. Las secuelas eran inexistentes o mínimas en los afectados: sólo esfuerzos ímprobos para despertar, niebla densa o impenetrables nubes, y más a menudo un completo vacío, jamás se enteraban de lo acontecido durante su trance, o por los resultados nada más. También se valían de ella violadores contumaces y arteros, reacios a usar la fuerza y temerosos de la ley. Dormían a la víctima o la dejaban fuera de juego, algunas ni tenían conciencia de haber sufrido el ataque y por tanto no denunciaban; si luego notaban escozor, irritación y hasta dolores, tendían que fueran vírgenes, podían no percatarse de la penetración, sobre todo si había sido exclusivamente digital. Hoy me temo que aún recurren a ese fármaco y a similares los violadores más cobardes, los que actúan en grupo. En 1997 esta práctica no estaba tan extendida, hasta los delincuentes eran menos salvajes y animalescos.

Miguel Ángel Blanco



Tomas Nevinson, Javier Marías, p. 405

En la madrugada del día 13, domingo, murió en ese hospital donostiarra.

Por lo visto los miembros del comando tuvieron prisa, lo cual hizo sospechar que se trataba de 'un secuestro corto' y que, fuera cual fuese la reacción del Gobierno, pensaban ejecutar a su rehén. A las cuatro y diez de la tarde del sábado 12, los terroristas metieron a Miguel Ángel Blanco en el maletero de un coche, un Seat Toledo azul oscuro al parecer, y lo llevaron hasta un descampado de Lasarte-Oria. Irantzu Gallastegui o 'Amaia' se quedó al volante del vehículo, mientras sus compañeros -Gaztelu o 'Txapote' era además su pareja sentimental o sexual- obligaron a su prisionero a caminar una treintena de metros por un sendero. Entonces Geresta Mujika o 'Ttotto' lo forzó a arrodillarse, siempre atado de manos, no recuerdo si por delante o a la espalda, y a las cinco menos diez, cincuenta minutos después de la expiración del plazo dado, Gaztelu o 'Txapote', que ya había matado a sangre fría otras veces a personas desarmadas, le pegó dos tiros con una pistola Beretta de calibre 22 Long Rifle según la sentencia de 1998 en un juicio con los acusados in absentia, todavía no habían sido atrapados. La primera bala le entró más o menos detrás de la oreja derecha. La segunda, o 'de ajusticiamiento', le fue disparada en la nuca y fue la que lo mató.

La rabia, la ira, la frustración por el desenlace de la siniestra cuenta contrarreloj, se apoderaron del país. De nuevo se sucedieron las manifestaciones multitudinarias, tan indignadas como impotentes, en todas las ciudades y pueblos, y nunca ETA fue tan odiada ni tan maldecida, ni siquiera tras los atentados masivos de 1987 en los que de alguna manera que siempre he desconocido había participado Magdalena O rúe O'Dea. Hasta presos de la organización habían pedido, en los días previos, la liberación del concejal. En el propio País Vasco, donde contaba con muchos seguidores y no pocos hinchas de salón, la gente se revolvió contra ella mayoritariamente, boicoteó o dejó de comprar en los negocios y tiendas regentados por simpatizantes suyos, que jamás se habían ocultado, al contrario: habían presumido y se habían beneficiado de su proximidad; y en algunas localidades se intentó asaltar o incendiar las respetadas sedes de Herri Batasuna, el partido que era su brazo político y que hoy se llama de otra forma, sin haber cambiado en absoluto (sólo que ya no hay violencia ni 'lucha armada'). La policía defendió esas sedes, mientras los manifestantes gritaban a los agentes: '¡No los protejáis, que después os matarán!'.


LA VIA LACTEA


El Cazador Celeste, Calasso, p. 183

Aunque los héroes eran hijos o descendientes de Zeus y de una mortal, lo cual los acercaba a los dioses, estaban destinados a morir, igual que los hombres. Para volverse inmortales era necesario chupar la leche de Hera, la primera enemiga de las madres de los héroes. Tercera consorte de Zeus, Hera había engendrado a Ares, Hebe e Ilitia -todas ellas habitantes del Olimpo. La leche de Hera era permanente. Podía ser chupada por quien que, de otro modo, estuviera destinado a morir. A cada instante, Hera se encontraba en la condición de las mujeres que acaban de dar a luz. En ese estado, perseguía a las  mujeres parturientas o que estaban a punto de dar a luz, preñadas por el semen de Zeus. No era uno de los secretos menores de la fisiología divina.

En esto pensaba Zeus mientras Hera dormía. Acercó a su seno al pequeño Hércules, ya condenado a sus trabajos. Zeus no quería que un día desapareciera en el Hades. Hércules se agarró a un pezón de Hera y empezó a chupar con ardor, como un amante. Hera se revolvió y lo rechazó. La leche seguía fluyendo, sin embargo, y haciendo un gran arco salpicó el cielo. Las gotas formaban grumos en la bóveda oscura, en una larga cinta desflecada. Otras gotas fueron a dar sobre la tierra, esparcidas entre los campos y los desiertos. Así se formó la Vía Láctea. En la tierra despuntaron los lirios blancos, los mismos que un día el arcángel Gabriel llevaría a María, en el momento de la Anunciación.


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