Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 548. EL REY PALIDO / DF WALLACE

AÑO DE GLAD
Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi postura es conscientemente congruente con la forma de nú dura silla. Es una fría habitación en la administración de la universidad con las paredes forradas de madera, con cuadros al estilo Reoúngton, y ventanas dobles que la protegen de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos quedan   aislados por la sala de recepción por la que acabamos de entrar el tío Charles, el señor DeLintyyo.
Yo estoy aquí dentro.
Tres rostros perentorios se sitúan encima de sendas americanas ligeras de verano y anchas corbatas de seda en la otra punta de una pulida mesa de conferencias de pino que brilla con la luz cual telaraña del atardecer de Arizona. Son tres decanos: el de admisiones, el de asuntos académicos y el de asuntos deportivos. No sé qué rostro pertenece a quién. Creo estar dando una imagen neutra, quizá incluso agradable, aunque se me ha aconsejado que es preferible que ande por la senda de la neutralidad y que ni siquiera intente lo que a mí me parecería una expresión amable o una sonrisa.

Me he decidido por cruzar las piernas, espero que cuidadosamente, el tobillo sobre la rodilla, las manos juntas sobre los pantalones. Tengo los dedos entrelazados en una sucesión especular de lo que a mí me parece una letra equis. El personal restante de la sala de entrevistas incluye a: el director de redacción de la universidad, el entrenador del primer equipo de tenis y A. DeLint, prorrector de mi academia. A mi lado está C. T.; los demás están respectivamente sentados, de pie y de pie en la periferia de mi visión. El entrenador de tenis juguetea con unas monedas. Hay algo vagamente estomacal en el olor de la habitación. La suela de alta tracción de mi maravillosa zapatilla Nike corre paralela al bamboleante zapatón deportivo del hermanastro de mi madre, presente en su condición de director de estudios de mi escuela, sentado en la que espero que sea la silla de mi derecha y también de cara a los  decanos.

CRISIS ECONOMICA

Las dimensiones infinitas, AG Porta, p. 47-48
Ahora, cuando hasta los barrenderos de la calle lo sabían de sobra, el ministro de Economía reconocía que aquélla era la mayor crisis que se había desatado desde que tenía uso de razón. Seguramente un ministro no puede decir lo que piensa, ni puede salir en televisión cuando los ciudadanos todavía duermen el sueño de los justos para explicarles que la fiesta ha terminado y que va a ser mejor que ahorren para los tiempos que se avecinan, porque entonces todo el mundo, incluyéndome a mí, se le echaría encima. Pero yo, un  rookie de nada, ya sabía hacía tiempo que esto terminaría así......-es decir, mal-y me reventaba que el ministro y el presidente de gobierno hubiesen estado haciéndose el tonto de aquella manera. En la página contigua, otro presidente, el de la patronal de las pequeñas y medianas empresas, escribía que sus asociados se ahogaban por falta de crédito. Pensé que sería bueno que les arreglaran los problemas porque en el fondo, aunque yo no entendiera de macroeconomía, sí tenía claro que de otro modo pronto no tendría de qué comer. En mi cartera no había más que un par de grandes empresas, las demás eran medianas. Es lo que tiene ser el último de la fila de la delegación española de una multinacional con sede en Fráncfort. Pasé las páginas y me fui a ver qué ocurría en Estados Unidos. Allí los congresistas ponían condiciones para prestar dinero a los bancos, exigiendo cosas tales como que se limitaran las indemnizaciones de sus ejecutivos. De todos modos, en todas partes cuecen habas y a una corresponsal en Nueva York recuerdo haberle leido algo así como que la Reserva Federal había rescatado Bear Stearns por treinta mil millones de dólares y lo había regalado a JPM Chase; que Lehman Brothers se había declarado en bancarrota y que Goldman Sachs y Margan Stanley cambiaban de categoría para convertirse en bancos de barrio. Eso sí, recibiendo todos los beneficios de los capitales de emergencia, es decir, el dinero de los contribuyentes. 

LOS GLASS Y SIMENON

Las dimensiones finitas, AGPorta, p. 54
Decía que de haberla conocido, Seymour Glass no se habría suicidado nunca, lo que, sin embargo, no dejaría de ser un mal asunto para la causa de la literatura. Regresé a casa eufórico. Aquel día-pero también durante toda la semana y algún tiempo después, incluso ahora muchas veces-lo primero que hicieron mis ojos al subir al autobús fue buscar a   Albertíne. De todos modos, en aquellos instantes pensé que se me acumulaba el trabajo, así que investigué en internet qué podía encontrar sobre Simenon. Éste era un prolífico autor a quien ya había oído nombrar y cuyo nombre nunca en la vida se me hubiera ocurrido citar ante Albertine, ya que era, o debía de ser según mis intuiciones, uno de esos autores de novelas policíacas no demasiado bien considerados por los intelectuales. No todo encaja a la perfección en el manual para moverse entre los expertos con pedigrí y sus prejuicios. Allí descubrí por primera vez que muchos tenían sus manías, pero que a los verdaderos entendidos no les importaba saltarse de vez en cuando alguna norma no escrita. A aquello lo llamaban epatar. Yo todavía no estaba maduro para epatar en nada, así que quise mostrarme prudente. Tenía pendiente acabar la lista de personajes de la familia Glass que inundaban las obras de aquel preciado autor de culto-otra palabra que aprendí pronto-llamado Salinger. Antes de Simenon quería acabar con aquello. Pensé que ésa era una de las posibles maneras de saldar la deuda que había contraído con el escritor que me había  permitido conocer a Albertine.
(En la imagen Seymour Glass por David Richardson)

SOBRE LOS GLASS

La dimensiones infinitas AGPorta, p.41-42
Además del tal Seymour Glass y de su hermana Boo Boo y del sobrino Lionel, anoté a Franny, cuyo nombre le daba título a uno de los dos relatos del libro, y a Zooey, el menor de todos, quien también contaba con su propio relato. Anoté a Buddy, el mayor de los hermanos vivos y a los dos gemelos Walt y Waker, el primero de los cuales había muerto en Japón en 19 4 5. Ahí descubrí que el aviador que muere en el relato titulado «El tío Wiggily en Connecticut» es ese gemelo llamado Walter Glass. En total anoté siete hermanos que a lo largo de los años habían ido apareciendo en un concurso radiofónico llamado «Este niño es un sabio». Además me ocupé de Bessie-la madre-y de Les-el padre-, y también de personajes que podrían haber pertenecido a la familia Glass o que les andabana la zaga, como, por ejemplo, el Teddy superdotado que igualmente participaba en concursos de niños sabios, que hablaba de las dimensiones finitas y que, tal como había sucedido con algunos hermanos Glass, había tenido que enfrentarse en sendas épocas de su vida a un grupo examinador de Boston. Lo más revelador que encontré, sin embargo, fue que aquella Franny era una mujer de la especie de Albertine. Es imposible que yo sepa describir por qué se daba aquella similitud, si al fin y al cabo el escritor no hacía más que enlazar una conversación tras otra sin que ocurriera nada especial. La tal Franny era contraria a todo lo que gustaba a los muchachos y muchachas de su edad, gente bien, todo hay que decirlo, que iban a la universidad y que a ella le parecían excesivamente estúpidos. De Zooey saqué una imagen parecida, sólo que la clase de  conversación que mantenía, primero con su madre y después con Franny, era de un género distinto a la de la historia anterior. Me aprendí bien de qué iba aquello. Aparentemente, los dos relatos giraban alrededor de Franny. En el primero le descubríamos un cierto desorden emocional y en el segundo lo preocupados que estaban los demás por ella, ya que no dejaba de llorar a causa de un repentino embrollo con su espiritualidad. Lo curioso es que, de pronto, el lector se daba cuenta de que todo aquello no guardaba relación con  Franny sino con Seymour, el hermano mayor suicidado en el cuento del pez plátano. No había manera de quitar de en medio a aquel tipo. Siempre estaba presente. Cuanto hicieran los hermanos tenía que ser comparado o guardaba relación con Seymour. Era como si antes de morir hubiera esparcido tanta mierda entre su familia que años más tarde todavía no hubieran podido quitársela de encima. 

CAMBIOS

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 195-196
Dista mucho de estar claro el modo en que tales acontecimientos pronostican cambios conducentes a que mi nuevo vecino sea un sal6n de masaje vietnamita. Pero ocurre: como placas tectónicas, cuyo movimiento no se percibe hasta que llega el más violento y entonces tu calidad de vida desaparece en una tarde.

Vale la pena observar todas las señales: cuántas visitas al mes hace la perrera municipal a tu calle; si la señora de la acera de enfrente se casa con su jardinero jamaicano para conseguirle la tarjeta de residencia; cuántas veces aparece un perro ladrando en el tejado de la casa de aliado, como en Bangalore o Karachi; cuántos coreanos del mismo grupo familiar compran casa en el espacio de dos años. La semana pasada salí a echar agua a la acera para quitar la nieve fundida y evitar que el cartero, que al parecer se llama Scott Fitzgerald, diera un resbalón y acabara denunciándome. Y justo entre la crujiente hierba encontré la parte superior de una dentadura postiza: tan íntima y horrorosa como una parte del cuerpo humano. Quién sabe por qué la habrían dejado allí; para gastar una broma, por frustración, como acto de venganza, o s6lo como señal de las cosas que están por venir y que no pueden interpretarse en esta etapa tardía de la civilizaci6n. Mi viejo amigo ya fallecido, Carter Knott (una víctima del Alzheimer que una noche de invierno se fue a hacer kayak más allá del faro de Barnegat y no logró encontrar la costa), me decía: “Los genios son los que descubren las tendencias, Frank, quienes distinguen Ori6n mientras que los demás gilipollas sólo vemos una aglomeración de estrellas preciosas.” Estoy seguro de que nunca tendré tiempo ni genialidad suficientes para descubrir las tendencias que me rodean aquí y ahora, en mi barrio. 

DEL DIVORCIO

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 136-137
En mi opinión, ese yo representa de forma verosímil la mitad de la venturosa unión de dos almas buenas que todo casamiento promete sellar pero no logra realizar en la mayor parte de los casos, como ocurrió con nosotros tanto tiempo ha. Prosigo con esto por la posibilidad de que largos años de divorcio, más la aparición de la vejez y el valor agregado de la enfermedad mortal, ponga al fin algo de esa ventura a nuestro alcance. Ya veremos.
La preocupación de Ann por la verdad esencial es, por supuesto, lo que acosa a la mayor parte de los divorciados, en especial si el cónyuge desechado sigue vivo. El punto de vista de Ann es fundamentalmente esencialista, según lo denominan los casuistas en el Seminario. Hace años,  cuando nuestro hijo Ralph murió tan joven y durante una temporada yo anduve perplejo por las cosas de la vida, la mala suerte y un desconsuelo de grado casi manicomial, con la consecuencia de que nuestro matrimonio se precipitó por la pendiente, Ann llegó a convencerse de que yo, en esencia, no la quería lo suficiente. De otro modo habríamos seguido casados.
Arraigada en ese convencimiento está la milenaria búsqueda del filósofo de lo que es real y lo que no, con el matrimonio como un terreno de pruebas semejante a Arenas Blancas. Si Ann (éste es mi punto de vista sobre su punto de vista) lograra hacerme reconocer que sí, es cierto, realmente no la quería -o si la quería, en aquella época no la quise lo suficiente-, entonces ella estaría en condiciones de una vez por todas, antes de morirse, de saber algo verdadero, algo en lo que podría confiar plenamente: mi perfidia. Mientras que su propia esencia es, desde luego, lo contrario de la perfidia -bondad fundamental-, ya que está convencida de que con toda seguridad me quería lo suficiente.

Mi opinión es que en aquellos atroces días de hace tanto tiempo yo quería a Ann con todo el amor que cabía en mí. Si no era suficiente, al menos reventó las costuras.

TERCERA EDAD

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 134-135
Ann, sin embargo, está empleando bien su dinero, y anda por aquí tan contenta como un pez de colores. Carnage Hill anuncia todo menos la disuasión. En el vestíbulo se exhibe su “Certificado Platinum” de la Federación de la Sociedad de la Tercera Edad Bien Vivida, con sede en DalLas: el centro nacional de investigación sobre el significado de la muerte. El objetivo de Carnage Hill es poner al envejecimiento una nueva etiqueta, la de fenómeno que debe esperarse con impaciencia. Por tanto, nadie que tRabaje dentro lleva uniforme. Land's End suministra una ropa informal elegante, de colores serios y suave al cacto. A nadie se le llama “empleado” ni se le trata como a tal. En cambio, da la impresión de que hay unos amables “desconocidos”, atentos a todo, bien vestidos, bien arreglados, que se toman interés y ofrecen ayuda a quienquiera que la necesite. La mitad de los cuidadores son asiáticos, más eficientes en este tipo de cosas que los anglosajones, los negros y los habituales italianos de Jersey. Todo en el interior es sostenible, solar, verde, gestionado por sensores, sin papel y sin intervención manual, y es caro más allá de lo imaginable. Hay Prius de cortesía en un garaje subterráneo con climatización geotérmica. A través de dispositivos inalámbricos se informa a los residentes de cuándo deben tomarse la medicación. En las televisiones, juegos de ordenador registran el nivel basal cognitivo de los residentes (si es que recuerdan cómo se juega). Hay incluso cementerios virtuales que los invitan a grabar vídeos de sí mismos de modo que sus seres queridos puedan ver a la da Ola cuando aún tenía cerebro. “Envejecer es una experiencia multidisciplinar”, informa el folleto corporativo, Muses, a los solicitantes. Carnage Hill, siguiendo esa idea, es, pues, un “laboratorio viviente para norteamericanos canosos”.

WE SALUTE YOU

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 42-53
La otra lectura que hay en el coche es un ejemplar de We Salute You, la publicación que los voluntarios entregamos a cada retornado de Irak y Afganistán un momento después de estrecharle la mano y exclamar: «¡Bienvenido a casa! ¡Gracias por tu servicio!» We Salute You es una provechosa reserva de información imprescindible sobre cualquier cosa que el soldado de permiso pueda necesitar, querer o encontrar durante las primeras seis horas de su estancia en Estados Unidos (suponiendo que nadie vaya a buscarlo, lo que sorprendentemente ocurre gran parte de las veces). Lo publica en Ohio un conciliábulo de fanáticos de derechas de esos foros de la libertad que en el fondo, sin embargo, hacen un trabajo virguero porque no llenan nuestra revista de gilipolleces de la edad de piedra sobre el control de armamento, lo malo que es el aborto que si suelen incorporar a sus habituales circulares en contra de Obama. Lo sé porque en vista de que recibía tales publicaciones en casa puse una queja en Correos, después de lo cual siguieron viniendo hasta pasadas las elecciones, aunque para entonces los chiflados de Ohio ya debían de saber que el mensaje no había surtido efecto.

We Salute You se distribuye en todos los puertos de entrada de tropas de Estados Unidos: Los Ángeles, Nueva York-Newark, Boston, Houston, Seattle,  incluso Detroit. Se compone de veinte páginas de color gris (están preparando una edición en línea) repletas de importantes números de teléfono, direcciones electrónicas y postales para cualquier zona geográfica del suelo patrio en la que el soldado de caballería, infante de marina o integrante de las fuerzas aéreas ponga primero los pies. Se incluyen números de teléfono para ataques de pánico, suicidio, abuso de drogas y alcohol. […] Incluso el teléfono de Sócrates, Asociación para una Muerte Digna, donde psicólogos con títulos de Oberlin y Macalester intentan apartar del abismo al soldado al tiempo que parecen entender que la muerte puede ser la única solución.

LOS EFECTOS DE LA DROGA

El rey pálido, DF p. 469
¿Y sabéis lo que aquello quería decir? Que en aquella caja había 224 gramos de metanfetamina pura farmacéutica. ¿Sabéis el efecto que hasta la metanfetamina de mierda adulterada en un laboratorio casero puede tener en el sistema nervioso de un chaval de veinte años?
-Yo la habría vendido y habría usado los beneficios para invertir en plata Y luego habría ido a mis profesores y les habría tirado de las barbas y les habría dicho que ahora podía comprarlos y venderlos si me daba la gana, y que se chuparan aquello si querían.
-No vendimos lo bastante, os lo aseguro. Pero lo que colocamos sembró el caos. Las clases eran un zoo. Los mismos chicos con granos que antes se sentaban en la última fila y nunca decían ni pío ahora se dedicaban a agarrar a sus profesores por las solapas y a citar la teoría de la plusvalía con voz de interrogadores de las SS; auténticos pilares de la Asociación Newman ahora se dedicaban a copular lánguidamente en las escaleras de la biblioteca; la enfermería estaba asediada por estudiantes de filosofía suplicando que alguien les apagara la cabeza; toda la defensa del equipo de fútbol americano de la Washington University fue encarcelada por asaltar al repartidor del agua del equipo de la Kansas State. Las mismas alumnas cuyos hímenes antes se podían usar como puertas de cámaras acorazadas ahora estaban haciéndolo en la maleza de aliado de la Lambda Pi. La mayor parte de los dos meses siguientes los pasamos haciendo de Rescatadores, en la furgoneta, contestando llamadas de emergencia de chicos que habían comprado una décima de gramo de aquello y ahora tenían a sus novias colgadas del techo por las uñas, haciendo rechinar sus dientes blancos y perfectos hasta dejárselos en puras encías. ¡Patrulla de Rescate!

-Nos pasamos una semana seguida despiertos, todos hasta las cejas de metanfetamina y sin bajar nunca del colocón, porque bajar de la metanfetamina es como pasar una gripe terrible mientras estás en el infierno, y a Boyce le habían salido marcas permanentes en las manos de lo fuerte que agarraba el volante de la furgoneta, y todos teníamos unos ojos que parecían de esos que venden en las tiendas de artículos de broma, y lo más cerca que estábamos de comer eran los estremecimientos de asco que nos venían cada vez que veíamos el letrero de un restaurante

LA CLAVE DE LA VIDA MODERNA

El rey pálido, DF Wallace, p. 477-478
Lo aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de Peoría, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera en la Agencia, me puso por encima de la media, el hecho de entender aquella verdad a una edad en que la mayoría de gente solamente está empezando a sospechar los principios básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía tu madre; de que el corazón humano está chiflado.
 Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero lo que es más importante, descubrí -de la única manera en que un hombre aprende realmente las cosas importantes- el verdadero talento que se requiere para triunfar en una burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que busca con sus test.
La clave es cierta capacidad que subyace a todas estas cualidades, más o menos igual que la capacidad  de respirar y bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones. La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 yo conocí a dos hombres que lo eran.

Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

SEXO

El rey pálido, DF Wallace, p.500-501
-Bueno, a veces hay que aceptar una forma elusiva de decir las cosas ¿no? Hay cosas que no se pueden decir directamente o serían asquerosas: ¿Te imaginas a alguien preguntando: «¿Te atraigo sexualmente?».
-Pues la verdad es que sí.
-Pero resultaría tremendamente incómodo preguntarlo así, ¿no?
-Puedo entender que resultara incómodo o hasta desagradable, sobre todo si la otra persona no sintiera atracción sexual. Estoy bastante seguro de  que dentro de la pregunta directa va englobada la sugerencia de que el que la hace se siente sexualmente atraído por la otra persona y quiere saber si el sentimiento es recíproco. De manera que sí, esto quiere decir que yo me equivocaba. La pregunta subyacente también engloba una serie de cuestiones o supuestos. Tienes razón: la cuestión de la atracción sexual parece ser una cuestión de la que no es posible hablar siendo completamente directos. Ahora la expresión de Rand es lo bastante condescendiente como para resultar irritante o molesta a la gran mayoría de las personas con las que pudiera estar hablando.
-¿Y por qué crees que es así?
Drinion hace una pausa momentánea.
-Creo que probablemente sea porque a la gente le resulta intensamente desagradable el rechazo sexual directo, de. manera que cuanto menos directamente expreses la información sobre tu atracción sexual a alguien, menos directamente te sentirás rechazado si no hay una manifestación correspondiente de atracción.
-Hay algo bastante fatigoso en ti -observa Rand-. En hablar contigo.
Drinion asiente con la cabeza.
-Es como si fueras al mismo tiempo interesante y muy aburrido.
-Ciertamente me han dicho que soy aburrido.
-Lo de Señor Excitación.
-Es obvio que es un apodo sarcástico.
-¿Has salido alguna vez con una chica?
-No.
-¿Le has pedido a alguien para salir o has expresado atracción por alguien?
-No.
-¿No te sientes un poco solo?
Hay una pequeña pausa.
-Creo que no.
- ¿Crees que te darías cuenta en caso de que así fuera?
-Creo que sí.
-¿Sabes qué está sonando ahora mismo en la máquina de discos?
-Sí.
-¿No serás marica por casualidad?
-Creo que no.
-¿Crees que no?-dice Rand.

-Creo que en realidad no soy nada. Creo que nunca he sentido lo que tú llamas atracción sexual.

LO REAL

El rey pálido, DFWallace, p.257
-¿Tediosa? ¿Exigente? ¿Prosaica? ¿Mecánica hasta el hastío? A veces. ¿A menudo tediosa? Quizá. Pero ¿valiente? ¿Valiosa? ¿Digna, dulce? ¿Romántica? ¿Caballerosa? ¿Heroica? -Sus pausas no eran simplemente efectistas;  por lo menos no del todo-. Caballeros -dijo-.. . y con esto quiero decir, por supuesto, adolescentes tardíos que aspiran a la hombría ... caballeros, aquí tienen la verdad: el verdadero coraje consiste en soportar el tedio minuto a minuto y dentro de un espacio cerrado. Esa resistencia, fijense, es la síntesis de lo que hoy día, en este mundo que no hemos creado ni ustedes ni yo, constituye el heroísmo. El heroísmo. -Miró a su alrededor de forma enfatica, calibrando las reacciones de los presentes. Nadie se rió y unos cuantos de los presentes parecieron perplejos. Me acuerdo de que a mí me estaban viniendo ganas de ir al retrete. Bajo las luces fluorescentes del aula, el profesor no proyectaba sombra en ninguna dirección-. Y me refiero -dijo- a un heroísmo verdadero, no al heroísmo que puedan encontrar en las peliculas o en los cuentos infantiles. Ahora se están acercando ustedes al final de la infancia, están listos para el peso de la verdad, para cargar con él. La verdad es que el heroísmo de sus relatos infantiles no era un valor verdadero. Era puro teatro. El gesto grandioso, el momento de la elección, el peligro mortal, el enemigo exterior, la batalla en el momento del clímax cuyo resultado lo resuelve todo ... todo está diseñado para parecer heroico, para excitar y gratificar al público. Al público. -Hizo un gesto que no puedo describir-. Caballeros, bienvenidos al mundo de la realidad: aquí no hay público. No hay nadie para aplaudirlos ni para admirarlos. No hay nadie para verlos. ¿Entienden? Esta es la verdad: el heroísmo verdadero no recibe ninguna ovación y no entretiene a nadie. Nadie hace cola para verlo. A nadie le interesa. Hizo otra pausa y sonrió de una forma que no fue autoparódica para nada.

-El heroísmo verdadero son ustedes a solas en su puesto de trabajo. El verdadero heroísmo son los minutos, las horas, las semanas y los años enteros de ejercer la probidad y la meticulosidad en silencio, con precisión y sensatez: sin nadie que los vea ni les aplauda. Así es el mundo. Solamente ustedes y su trabajo, sentados a su mesa. Ustedes y la declaración de la renta, ustedes y los datos de liquidez, ustedes y el protocolo de inventario, ustedes y la tabla de depreciación, ustedes y los números. 

DEL DOLOR

El rey pálido, DF Wallace, 440-441
Los estudios de la algesia humana han establecido que las estructuras músculo- esqueléticas más sensibles a la estimulación dolorosa son: el periostio Y las cápsulas articulares. Los tendones, los ligamentos y los huesos subcoodrales están clasificados como significativamente sensibles al dolor, mientras que la sensibilidad del músculo y del hueso cortical se ha  establecido como moderada y la del cartílago articular y fibrocartílago como leve.
El dolor es una experiencia completamente subjetiva y por consiguiente “inaccesible” en tanto que objeto de diagnóstico. Las consideraciones relativas a los tipos de personalidad también complican la evaluación. Como regla general, sin embargo, la conducta observada del paciente con dolor puede ofrecer una medida de a) la intensidad del dolor y b) la capacidad del paciente para lidiar con él.
Entre las falacias comunes sobre el dolor se cuentan las siguientes: o La gente que tiene una enfermedad critica o heridas graves siempre experimenta un dolor intenso. o Cuanto mayor es el dolor, mayor es el alcance y la gravedad de los daños. o El dolor fuerte y crónico es síntoma de enfermedad incurable.
De hecho, los pacientes que tienen enfermedades críticas o heridas graves no experimentan necesariamente un dolor intenso. La intensidad observada del dolor tampoco es directamente proporcional al alcance ni la gravedad de los daños; la relación entre ambas cosas también depende de si los “itinerarios del dolor” del sistema espino-talámico anterolateral están intactos y funcionan dentro de las normas establecidas. Además, la personalidad  de un paciente neurótico puede acentuar la sensación de dolor mientras que una personalidad estoica o resistente puede reducir la intensidad con que esta se percibe.

Nadie se lo preguntó nunca. Su padre solo creía que tenía un niño excéntrico.

ESCATOLOGIA

El rey pálido, DFWallace, p. 383
-De esa forma en que la crueldad se arremolina y cambia de objetivo en un grupo de niños, en cualquier momento te puede convertir en su víctima, todo el mundo está intentando cambiar de posición todo el tiempo: ahora eres tú el cruel, ahora eres el objeto de la crueldad de otro.
-Y no hay nada como mearse o cagarse encima en un grupo que está jugando al béisbol o a patear una lata o lo que sea, por pura excitación o por no querer dejar el partido ni un momento, para convertirte en la diana de las burlas y las mofas de todo el mundo. Para el resto de tu vida te conviertes en el chaval que se cagó encima mientras jugaba a patear la lata, y solo hicieron falta unos cuantos placajes para que todo el mundo supiera que habías sido tú, y daba igual que pasaran los años, daba igual que estuvieras en el baile de fin de curso del instituto: todo el mundo seguía sabiendo que eras el chaval que se cagó encima en 1961.
Nadie dijo nada. No se oía nada más que las bobinas al girar. La niebla les daba a las farolas un aire fantasmal. Era la cuarta hora de una vigilancia del tercer turno de la División de Investigación Criminal en el Hobby 'n Coin de Peoría. No había viento; la niebla se limitaba a flotar.
-Pero es un poder terrible, también, cuando eres niño, el haber entrado en contacto con la mierda. Eras el hazmerreír de todos, pero también podías hacerlos huir si te les acercabas con lo que fuera que había entrado en contacto con la mierda, podías hacer que echaran a correr   entre gritos.
Los dos agentes más jóvenes llevaban sendas gafas de sol plegadas y sujetas por una patilla a las mangas de la camisa.

-Esa obsesión que tienen los niños por la mierda y la mierda de perro y por entrar en contacto con la mierda hay que conectarla con el aprendizaje de usar el retrete y con su primera infancia, que en esa época de su vida no les queda tan lejos.

INCIPIT 547. HOMENAJE A PAUL AUSTER



EL CAZADOR DE COINCIDENCIAS  por Justo Navarro

En 1960 o 1961 Paul Auster fue de excursión al bosque. No era el escritor Paul Auster, sino un colegial de trece o catorce años que se llamaba Paul Auster, pasaba el verano en un campamento al norte del estado de Nueva York y treinta años después escribiría una novela llamada Leviatán. El día que Paul Auster fue de excursión al bosque estalló una tormenta: una tempestad de agua, rayos y truenos envolvió a los excursionistas. Paul Auster recuerda que los rayos caían como lanzas. Los excursionistas atravesaban un bosque: uno dijo que, si se alejaban de los árboles, si encontraban un claro, estarían más seguros. Tuvieron suerte: encontraron un claro aislado por alambre de púas, más allá de los peligros del bosque. Los exploradores se pusieron en fila para pasar bajo la alambrada

INCIPIT 545. LA ISLA DE HORMIGON / JG BALLARD

Poco después de las tres de la tarde del 22 de abril de 1973, un arquitecto de treinta y cinco años llamado Robert Maitland conducía por el carril rápido de salida del cinturón oeste de Londres. A quinientos metros del enlace con la recién construida bifurcación de la autopista M4 cuando el Jaguar ya había superado el límite de velocidad de cien kilómetros por hora, el neumático delantero izquierdo reventó. Robert Maitland creyó que la explosión de aire que rebotaba contra el parapeto de cemento le estallaba dentro de su propio cráneo. Durante los breves segundos que precedieron al choque, se aferró a los radios del volante, aturdido por el impacto de su cabeza contra el borde cromado de la ventanilla. El coche dio bandazos de un lado a otro, cruzando los carriles desiertos, y le sacudió los brazos como a una marioneta. El neumático despedazado trazó una diagonal negra por encima de las líneas blancas que marcaban la larga curva de la autopista. Fuera de control, el coche atravesó una valla provisional de madera colocada en el arcén y se precipitó por la ladera del terraplén de hierba. Veinticinco metros más adelante, se detuvo contra el chasis oxidado de un taxi que estaba volcado. Apenas herido por la violenta tangente que había rasguñado su vida, Robert Maitland quedó tendido sobre el volante, con la chaqueta y los pantalones salpicados con fragmentos de parabrisas, como un traje de luces.

INCIPIT 546. MADRE NOCHE / KURT VONNEGUT

TIGLAT-PILASOR
Me llamo Howard W. Campbell Jr. Soy norteamericano de nacimiento, nazi por reputación y apátrida por vocación.
Escribo este libro en el año 1961.
Lo dedico a Tuvia Friedmann, diiector del Instituto de Documentación de Criminales de Guerra, en Haifa, y a cualquier otra persona interesada.
¿Por qué podría interesarte este libro al señor Friedmann?
Porque lo ha escrito un hombre sobre el que recaen sospechas de que es un criminal de guerra. El señor Friedmann es especialista en ese tipo de personas. Y a había manifestado su ansiedad por reunir todos los escritos que yo pudiese agregar a sus archivos sobre las villanías nazis. Lo ansía tanto que me ha proporcionado una máquina de escribir, servicio taquigráfico gratis y el uso de ayudantes de investigación encargados de reunir todos los datos que pueda necesitar a los efectos de que mi narración sea completa y exacta.
Estoy tras las rejas.
Estoy tras las rejas en una preciosa celda nueva de la vieja Jerusalén.
Aguardo el justo juicio a que me someterá la República de Israel por mis crímenes de guerra.

La máquina de escribir que me ha dado el señor Friedmann resulta extraña y apropiada a la vez. 

INCIPIT 544. LA LOCURA DE ALMAYER / JOSEPH CONRAD

-¡Kaspar! ¡Makan!
La aguda voz familiar sacó a Almayer de su sueño, y volvió desde un espléndido porvenir a la desagradable realidad del presente. Una voz que también era desagradable. La había oído durante muchos años, y cada año le gustaba menos. No importaba, todo se acabaría muy pronto.

Se revolvió con inquietud, pero no hizo caso a la llamada. Acodado a la balaustrada del porche, continuó mirando fijamente el gran río que fluía, indiferente y apresurado, ante sus ojos. Le gustaba observarlo al atardecer, quizá porque a esa hora el sol del ocaso extendía un brillante tinte dorado sobre las aguas del Pantai, y los pensamientos de Almayer estaban a menudo centrados en el oro; en el oro que no había podido obtener; en el oro que otros habían obtenido, fraudulentamente, por supuesto; y en el oro que tenía la intención de conseguir por medio de sus propios honestos esfuerzos

DEL RECUERDO

El rey pálido, DF Wallace, p. 254-255
Una de las rarezas de la memoria humana es que los recuerdos más nítidos y detallados no suelen tratar de las cosas más significativas. No son el bosque, por decirlo de algún modo. No es solamente que los recuerdos verdaderos sean fragmentarios; creo que pasa también que la relevancia y el significado general son conceptuales, mientras que los fragmentos de experiencia que se quedan atrapados y luego con los años son más fáciles de recuperar son de naturaleza sensorial. Vivimos dentro de cuerpos, al fin y al cabo. Ejemplos al azar de fragmentos que recuerdo: pasillos interiores largos y sin ventanas, la quemazón de mis brazos justo antes de que me viera obligado a dejar el equipaje un momento en el suelo. El ruido y la cadencia particular de los tacones de la señorita Neti-Neti cuando golpeaban el suelo, que era de linóleo marrón oscuro y olía mucho a cera en medio de aquel aire inmóvil y emitía una serie interminable de reflejos en forma de paréntesis relucientes allí donde un empleado de mantenimiento había pasa do su máquina de encerar de un lado a otro del pasillo vacío por la noche. El  lugar era un laberinto de pasillos, escaleras y salidas de incendios con letrero en clave. Muchos de los pasillos parecían ser más curvados que rectos, algo que recuerdo haber pensado que era una ilusión causada por la perspectiva; el exterior del CRE no tenía nada redondeado ni radial. En resumen, el lugar era demasiado abrumadoramente complejo y repetitivo como para describir con ningún grado de detalle la primera vez que uno llegaba a él 
(En la foto, Caaveiro)

DE LA AUTORIDAD

El rey pálido, DF Wallace, p. 254-255
Y se le formó una sonrisita en la boca mientras decía “Muy bien”. Pero estaba claro que ni estaba bromeando ni tampoco restándole importancia a lo que estaba a punto de decir, de esa manera en que muchos profesores de humanidades de por entonces solían burlarse de sí mismos o de sus hortaciones a fin de evitar parecer poco enrollados. Solamente más adelante, después de entrar en el CFA de la Agenda, me daría cuenta de que aquel sustituto era el primer instructor que yo había visto en ninguna de las universidades por las que había pasado ociosamente que parecía cien por cien indiferente al hecho de caer bien o de que los alumnos lo vieran enrollado o simpático, y me daría cuenta -más adelante, después de entrar en la Agencia- de qué cualidad tan poderosa podía ser aquella clase de indiferencia en una figura de autoridad. En realidad, visto a posteriori, puede que aquel sustituto fuera la primera figura de autoridad genuina que yo conocía en la vida, me refiero a la primera figura dotada de una “autoridad” verdadera, y no del simple poder para juzgarte o apretarte las clavijas desde su lado de la barrera generacional, y por primera vez en la vida fui consciente de que el término ”autoridad” era algo real y auténtico, de que una autoridad auténtica no era lo mismo que un amigo o alguien a quien le importabas, pero que a pesar de ello la autoridad podía ser buena para ti, y también de que la relación de autoridad no era ni "democrática" ni una relación de igual a igual, y sin embargo podía tener valor para ambas partes, para las dos personas de la relación. Creo que no me estoy explicando muy bien: pero es cierto que me sentí destacado de los demás, ensartado por aquellos ojos de una manera que no me gustó ni me disgustó pero de la que ciertamente fui consciente. Era cierta clase de poder que él ejercía y que yo le dejaba de forma voluntaria que ejerciera. Me di cuenta de que el respeto no era lo mismo que la coacción, aunque se trataba de una clase de poder. Era todo muy extraño. También me di cuenta de que ahora él tenía las manos juntas detrás de la espalda, con algo parecido a esa posición militar de «descanso en un desfile». 
En la imagen Henry James por JS Sargent

LIBERTAD Y SOLEDAD

El rey pálido, DF Wallace, p. 218-219
Yo nunca supe con certeza si él echaba de menos a mi madre o si estaba triste. Cuando pienso en ello ahora, me doy cuenta de que se sentía solo, de que para él era muy dificil estar  divorciado y solo en aquella casa de Libertyville. En cierto sentido es probable que él se sintiera libre después del divorcio, lo cual tiene sus aspectos positivos, por supuesto: podía ir y venir cuando le diera la gana, y cuando me estaba apretando las clavijas por algo no tenía que preocuparse por elegir las palabras con cuidado ni por discutir con alguien que me iba a defender pasara lo que pasara. Pero en el continuo psicológico, esa clase de libertad también está muy cerca de la soledad. La única gente con la que estás realmente libre de esa manera son los desconocidos, y en este sentido mi padre tenía razón en que el dinero y el capitalismo equivalen a la libertad, puesto que comprar o vender algo no te obliga a nada salvo a lo que pone en el contrato; aunque también existe el contrato social, que es donde entra la obligación a pagar los impuestos que a cada uno le corresponden, y creo que mi padre habría estado de acuerdo con la afirmación del señor Glendenning de que La libertad verdadera es la libertad para obedecer la ley. Probablemente todo esto no tenga mucho sentido. En cualquier caso, llegado este punto todo esto no es más que especulación abstracta, porque la verdad es que yo nunca hablé ni con mi padre ni con mi madre sobre qué pensaban ellos de sus vidas adultas. Simplemente no es la clase de cuestión que los padres se sientan a hablar abiertamente con sus hijos, o por lo menos no lo era en aquella época.

En cualquier caso, probablemente resulte útil proporcionar cierta información de fondo. La forma más sencilla de definir un impuesto es decir que el importe del impuesto, simbolizado por la letra I, es igual al producto de la base impositiva por la tasa. Esto suele representarse como I = B x T, de lo que se deriva que T = I / B, que es la fórmula para determinar si una tasa impositiva es progresiva, regresiva o proporcional

TEDIO Y DOLOR

El rey pálido, DF Wallace, p. 194-105
Para mí, por lo menos de forma retrospectiva, la pregunta interesante de verdad es por qué el tedio resulta ser un impedimento tan poderoso para la atención. Por qué nos apartamos instintivamente de lo aburrido. Tal vez sea porque el aburrimiento es intrínsecamente doloroso; tal vez sea de ahí de donde vienen expresiones como aburrimiento atroz o aburrimiento mortal. Pero puede que haya más. Puede que el aburrimiento esté asociado con el dolor psíquico porque algo que resulta aburrido u opaco no consigue suministrar el bastante estímulo como para distraer a la gente de otra clase más profunda de dolor que está siempre presente, aunque solamente sea a un nivel ambiental muy bajo, y que la mayoría de nosotros nos pasamos casi todo nuestro tiempo y energía intentando distraernos para no sentir, o por lo menos para no sentirlo de forma directa o con toda nuestra atención. Cierto, todo esto es bastante confuso, y cuesta hablar de ello en abstracto ... pero está claro que tiene que haber algo detrás no solamente del hecho de que haya hilo musical en los lugares aburridos o tediosos, sino de que ya hayan puesto hasta televisión en las salas de espera, junto a las cajas de los supermercados, en las puertas de embarque de los aeropuertos o en los asientos traseros de los coches todoterreno. Walkmans, iPods, Black/B erries y teléfonos móviles que se ajustan a la cabeza. El terror al silencio carente de distracciones. No se me ocurre nadie que  hoy día crea realmente que la supuesta sociedad de la información actual sea  una simple cuestión de información. Todo el mundo sabe que en el fondo hay algo más.

La cuestión relevante de cara a esta autobiografia es que durante mi estancia en la Agencia yo aprendí algo sobre el tedio, la información y la complejidad irrelevante. Sobre el hecho de abrirse paso por el tedio igual que uno se abre paso por un terreno, con sus desniveles y sus bosques y sus yermos interminables. Aprendí sobre el tema de forma extensa y exquisita durante aquel año sabático. Y desde entonces me he dado cuenta, tanto en el trabajo como en el ocio y en el tiempo que pasarnos con los amigos y basta en la intimidad de la vida familiar, de que la gente de carne y hueso no habla mucho del tedio. De esas partes de la vida que son y deben ser tediosas. ¿A qué se debe ese silencio? Tal vez sea porque el tema resulta en sí  mismo tedioso ... Lo que pasa es que entonces volvemos otra vez al punto de partida, que   resulta tedioso e irritante. Y, sin embargo, yo sospecho que hay algo más ... muchísimo más, delante de nuestras mismas narices, oculto precisamente por el hecho de ser tan grande.

DE HACIENDA

El rey pálido, DF Wallace, p.150
-Creo que ya de pequeñito me imaginaba a los hombres de Hacienda como esa otra clase de héroes institucionales, burocráticos, héroes con hache minúscula: como la policía, los bomberos, los asistentes sociales, la Cruz Roja y los empleados de VISTA, la gente que lleva los registros del subsidio por invalidez y hasta ciertos tipos de clero y voluntarios religiosos; gente que intenta cerrar con suturas o con vendas todas esas heridas que la gente más egoísta, vanidosa, desconsiderada y egocéntrica le está infligiendo siempre a la comunidad. Quiero decir que se parecen más a la policía y a los bomberos y al clero que a esa otra gente a la que todo el mundo conoce y que sale en los periódicos por el trabajo que hacen. No estoy hablando de esa clase de héroes que “ponen sus vidas en juego”. Supongo que lo que estoy diciendo es que hay otras clases. Y yo quería ser uno de ellos. De esos que todavía parecían más heroicos porque nadie los aplaudía y nadie pensaba nunca en ellos, y si pensaban en ellos era para considerarlos enemigos. La clase de persona que se apunta al Comité de Limpieza en lugar de tocar en la orquesta del baile o de ir de acompañante de la reina del baile de graduación, ya me entiende usted. Esa gente callada que limpia y hace el trabajo sucio de los demás. Ya sabe.

TRAS LA MUERTE

El rey pálido, DFWallace, p. 166
-Tal vez no sea metafísica. Tal vez sea algo existencial. Estoy hablando de ese miedo profundo que tiene el ciudadano individual americano, ese mismo miedo básico que tenemos vosotros y yo y que tiene todo el mundo pero del que no habla nadie salvo los existencialistas con su prosa francesa recargada. O Pascal. Nuestra pequeñez, nuestra insignificancia y mortalidad, la vuestra y la mía, esa cosa en la que nos pasamos todo el tiempo sin pensar directamente, el hecho de que somos diminutos y estamos a merced de grandes fuerzas y de que el tiempo nunca deja de correr y cada día hemos perdido un día más que no volverá nunca y de que nuestras infancias se han terminado y también nuestra adolescencia y el vigor de la juventud y pronto también nuestra vida adulta, de que todo lo que vemos a nuestro alrededor se está descomponiendo y muriéndose todo el tiempo, que todo se está extinguiendo, y lo mismo pasa con nosotros, conmigo, y teniendo en cuenta lo deprisa que han pasado los primeros cuarenta y dos años, ya no falta mucho para que yo también me extinga, ¿quién iba a imaginarse que existía una forma más veraz de llamarlo que morirse? Extinguirse, el mismo sonido de la palabra hace que me sienta igual que me siento al anochecer en los domingos de invierno
-Y no solo eso, sino que todo el mundo que me conoce o que sabe que existo se va a morir, y a su vez todo el mundo que conoce a esa gente o que es remotamente posible que haya oído hablar de mí se va a morir, y así sucesivamente, y todas esas lápidas y monumentos que hemos plantado para asegurarnos de que se nos recuerde, durarán ... ¿cuánto? ¿Cien años?  ¿Doscientos ... ? Y entonces se desplomarán, y la hierba y los insectos que se alimentarán de mi descomposición también se morirán, igual que su descendencia; o en el caso de que me incineren, los árboles que se nutran de mis cenizas arrastradas por el viento se morirán o bien los talarán y se pudrirán, y mi urna se pudrirá, y antes de tres o cuatro generaciones como mucho será como si no hubiese existido.

DROGAS

El rey pálido, DF Wallace, p. 213
No soy la persona más inteligente del mundo pero incluso durante aquel periodo patético y carente de rumbo en el fondo yo sabía que había algo más allá de mi vida y de mí mismo que los simples apetitos psicológicos de placer y vanidad que dejaba que me dominaran. Que existían niveles dentro de mí que no eran ninguna farsa y no eran infantiles, sino profundos, y que no eran abstractos sino mucho más reales en verdad que mi ropa o que la imagen que yo tenía de mí mismo, y que centelleaban de una forma casi sagrada -lo digo en serio, no me estoy limitando a presentarlo de forma más dramática de lo que era en realidad-, y que estas partes más reales y profundas de mí no consistían en impulsos ni en apetitos sino en pura y simple atención y conciencia, que es lo que yo tendría si conseguía permanecer despierto sin las anfetas.

Pero no lo conseguía. Tal como ya he mencionado, después de que se me pasara el efecto ni siquiera solía acordarme de qué era lo que me había parecido tan claro y profundo de las cosas de las que había llegado a ser consciente en aquel sillón verde y barato del anterior inquilino, que alguien había dejado abandonado en la sala de estar al marcharse de la residencia, y que tenía algo roto o doblado en el armazón por debajo de los cojines y se torcía un poco a un lado cuando intentabas reclinarte hacia atrás, de manera que tenías que sentarte en él con la espalda muy recta y erguida, lo cual se hacía tato. Todo el incidente del desdoblamiento quedaba medio emborronado mentalmente a la mañana siguiente, sobre todo si me despertaba tarde -algo bastante habitual, debido a los efectos que tenía sobre el sueño un fármaco que era esencialmente anfetaminas-y más o menos tenía que levantarme pitando e irme corriendo a clase sin ver a nadie ni nada de lo que me rodeaba. En esencia, yo era uno de esos tipos a quienes les aterra llegar tarde pero aun así parece que siempre llegan tarde. Si entraba tarde en una clase, a menudo me pasaba que al principio me sentía demasiado tenso y nervioso para poder seguir lo que estaba pasando. Sé que el miedo a llegar tarde lo he heredado de mi padre. Además, es cierto que a veces la conciencia intensificada y la articulación de mí mismo que comportaban los Obetroles podía ir demasiado lejos: Ahora soy consciente de que soy consciente de estar sentado aquí con la espalda incómodamente recta, ahora soy consciente de estar sintiendo un picor en el costado izquierdo del cuello, ahora soy consciente de estar deliberando sobre si me rasco o no, ahora soy consciente de estar prestando atención a esa deliberación y a la sensación que me produce la ambivalencia sobre el hecho de rascarme y al efecto que están teniendo

EL PEQUEÑO MUNDO DE UN PERRO

El rey pálido, DF Wallace, p. 141
-Nuestra casa estaba fuera de la ciudad, junto a una de las carreteras asfaltadas. Teníamos un perro muy grande que mi padre tenía encadenado en el jardín. Un perro grande que era parte pastor alemán, Yo odiaba aquella cadena, pero no teníamos cerca y estábamos justo al lado de la carretera. Y el perro también odiaba la cadena. Pero tenía dignidad. Lo que hacía era no estirar nunca la cadena del todo. Ni siquiera llegaba al punto en que se tensaba. Aunque el cartero parara el coche delante, o un vendedor. Por pura dignidad, aquel perro fingía que prefería quedarse dentro de la zona que marcaba la longitud de la cadena. No había nada fuera de aquella zona que le interesara. Simplemente tenía cero interés. Así que ni se fijaba en la cadena. No la odiaba. La cadena. Se limitaba a hacerla irrelevante. Tal vez no estuviera  fingiendo, tal vez fuera verdad que había elegido que aquel circulito fuera su pequeño mundo. Tenía poder. Toda su vida era aquella cadena. Me encantaba aquel perro, coño.

¿QUE TE PASA?

De El rey pálido de DFWallace, p. 32-33
-El quinto efecto tiene más que ver contigo y con cómo te perciben los demás. Es poderoso aunque su uso es más restringido. Presta atención, joven. Con la próxima persona adecuada con la que estés teniendo una conversación informal, te detienes de golpe en medio de la   conversación y miras a esa persona de cerca y le dices: «¿Qué te pasa? Se lo dices en tono preocupado. Y él te dirá: ¿A qué te refieres?. Y tú le dices:  Te pasa algo. Lo noto. ¿Qué es?. Y el tipo se quedará estupefacto y dirá: ¿ Cómo lo has sabido?¡ No se da cuenta de que a todo el mundo le pasa algo siempre!. Y a menudo más de una cosa. No sabe que todo el mundo siempre lleva a cuestas algún problema y cree estar ejerciendo un control y una fuerza de voluntad enormes para impedir que lo vean los demás, al tiempo que piensa que a los demás nunca les pasa nada malo. Así es la gente. De repente les preguntas qué les pasa y tanto si responden abriéndote su corazón y contándotelo todo como si lo niegan y fingen que andas desencaminado, pensarán que eres un tipo perceptivo y comprensivo. O bien te estarán  agradecidos y te abrirán su corazón, o bien se quedarán asustados y empezarán a evitarte. Las dos reacciones resultan útiles, tal como ya veremos. Puedes jugarlo de ambas maneras. Esto funciona más del noventa por ciento de las veces. 
(En la imagen DFWallace en Los Simpsons)

INCIPIT 543. FRANCAMENTE, FRANK / RICHARD FORD

Extrañas fragancias lleva en la costa el agitado aire invernal esta mañana, dos semanas antes de Navidad. Balsámicos vapores en un mar sombrío causan expectación en los incautos.
Es, no hay duda, el aroma a reparación y rehabilitación de viviendas a gran escala. Madera recién aserrada, PVC blanco y limpio, el tufulo a lejía del Sakrete, el picor de la silicona, el efluvio dulzón de la tela asfáltica y el alcohol desnaturalizado. La almidonada esencia del Tyvek mezclada con la urdimbre sulfurosa del mar y el hedor proveniente de la bahía de Barnegat. Es el aire del desastre en toda regla. En mi nariz --experta en esas cosas en otro tiempo- nada huele a ruina de forma tan fragante como los primeros intentos de rescate.
Lo noto primero en el semáforo rojo de Hooper Avenue, y luego cuando lleno el depósito de mi Sonata en la Hess, antes de dirigirme al puente hacia Toms Rlver y Sea-Clift. Aquí, entre los intensos olores de la gasolinera, una brisa invernal me agita el pelo mientras los dólares se me van como en una tragaperras bajo las crecientes nubes de diciembre.

INCIPIT 542. LAS DIMENSIONES FINITAS / A.G.PORTA

Si de verdad consideran que puede interesarles esta historia, espero que no les importe que el tono de algunos pasajes, la voz o lo que sea, les recuerde el tono, la voz o lo que sea de una de las novelas más conocidas de la segunda mitad del siglo xx. Les pido que me disculpen por ello, porque la verdad es que en mi vida no he leído más que unas pocas obras y casi todas de ese mismo autor, motivo por el que me gustaría que cuando se lo recuerde no me lo tengan en cuenta. Este relato trata de mi breve relación con alguien a quien conocí en unas circunstancias realmente excepcionales. Por el momento creo que es suficiente información.  Así que dejen que me remita a la época en la que esta historia debería dar comienzo, en septiembre de 2008, a la vuelta del verano, cuando la empresa para la que trabajaba cambió de sede y Jeanine me pidió un respiro, o así fue como lo entendí, porque lo que verdaderamente dijo es que necesitaba tiempo para pasear. Entonces ella se quedó en su piso y yo me mudé a un estudio que tiempo antes había comprado junto a La Maquinista, cuando todavía disfrutaba de cierta capacidad inversora. La Maquinista era por aquel entonces, y sigue siéndolo ahora años más tarde, un moderno centro comercial situado en la frontera de uno de los barrios más antiguos y extremos de Barcelona, y no era, ni es, el mejor de los lugares adonde un consultor de empresas como yo--casi un rookie-podía irse a vivir, aunque tampoco fuera el peor; simplemente se trataba del lugar donde había materializado aquella inversión. Me mudé mientras pensaba en los artículos que venían publicándose en la prensa desde mucho antes del verano y que pronosticaban una crisis económica monumental

EL ASESINATO DE MARILYN

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 940-941
La puta del Presidente era una alcohólica y una drogadicta, de manera que su muerte no sorprendería a nadie en Hollywood y sus alrededores. Sobre su mesilla de noche había un sórdido despliegue de frascos de pastillas, ampollas y un vaso medio lleno de un líquido turbio. junto a la ventana vibraba y zumbaba un pequeño aparato de aire acondicionado ineficaz para purificar el punzante hedor femenino mezclado con polvos de talco y perfume, toallas y sábanas sucias y un penetrante olor a una sustancia química que hacía llorar los ojos del Francotirador; dio gracias por llevar un pasamontañas de tejido tupido, que le protegía la boca y la nariz de ese aire enrarecido.
«El sujeto no ofrecerá resistencia.» Las palabras de R. E, confirmadas.

La mujer estaba desnuda, cubierta por una sábana blanca como si ya estuviese en la camilla del forense. La sábana se adhería a su cuerpo febril, marcando el vientre, las caderas y los pechos de una manera a la vez excitante y repugnante. Debajo de la sábana, ¡las piernas lascivamente abiertas, con una rodilla semiflexionadal Uno de sus pechos, el izquierdo, estaba prácticamente al descubierto. El Francotirador habría querido taparlo. El enmarañado cabello platinado, semejante al de una muñeca y fantasmagóricamente pálido, era casi invisible sobre la almohada. Su piel también era fantasmagóricamente pálida. El Francotirador había visto muchas veces a esta mujer y siempre le había sorprendido la blancura y la antinatural suavidad de esa piel. Y lo que el mundo, con su cobarde servilismo, llamaba belleza. También los grandes pájaros del cielo, las águilas reales y los halcones peregrinos, eran hermosos en vuelo y sin embargo podían reducirse a simple carne para después colgar sus cadáveres de unos postes. Ahora sabes lo que eres. Ahora ves el poder del Francotirador. Los párpados de la mujer temblaron, como si hubiese oído sus pensamientos, pero el Francotirador no tuvo miedo; en semejante estado, «el sujeto, podía abrir los ojos y sin embargo no ver nada, perdida en sus sueños y ajena a todo lo que la rodeaba. Su boca estaba flácida como un tajo cortado en la cara, y los músculos de sus mejillas se movían espasmódicamente, como si  quisiera hablar. De hecho, gimió en voz baja. Tembló. Tenía el brazo izquierdo sobre la frente, enmarcando su cabeza. Exhibiendo una axila cuyos pelos rubios oscuros brillaron a la luz de la linterna, inspirando repugnancia al Francotirador. Sacó una jeringuilla del maletín. Un médico contratado por la Agencia la había preparado con Nembutal líquido. Aunque el Francotirador llevaba guantes, éstos eran de fino látex, como los que usaría un cirujano. Sin prisa alguna, el hombre dio vueltas alrededor de la cama, calculando el mejor ángulo de ataque. Debía ser un ataque rápido y certero tal como le habían ordenado. Lo ideal habría sido sentarse a horcajadas sobre su objetivo, pero no podía arriesgarse a despertarla. Finalmente, se inclinó sobre el lado izquierdo de la mujer inconsciente y mientras ella respiraba hondo, levantando la caja torácica, le hundió la aguja de quince centímetros en el corazón.

MARILYN EN 1941

Blonde: una novela sobre MM, JCOates, p.934
El blanco traje de baño de 1941. «Esa encantadora y estúpida jovencita. Todos la conocíamos, por supuesto. Tenía un traje de baño nuevo, blanco, bonito, de una pieza, con tirantes  cruzados en la parte delantera y la espalda descubierta, y ese monumento de mujer tenía una figura espectacular y una melena ondulada que caía sobre su espalda, pero el traje de baño era de una tela barata y cuando se metió en el agua (sucedió en Will Rogers Beach) se volvió casi transparente, se le veía el vello del pubis y los pezones, pero ella no parecía notarlo mientras corría y chillaba entre las olas, y Bucky se puso rojo de furia y debió de decirle algo porque al final la tranquilizó, le ató una toalla a la cintura y la obligó a ponerse una de sus camisas, que le quedaba tan grande que parecía una tienda de campaña inflada por el viento. Se quedó cohibida y no dijo una sola palabra más durante el resto del día. Aunque nunca lo hacíamos en su cara, nos burlábamos mucho de ella, era una especie de chiste entre nosotros; cuando Bucky y su chica, Norma jeane, no estaban delante, nos reíamos como hienas.

MARILYN Y ARTHUR MILLER

Blonde, una novela sobre Marilyn Monroe, JCOates, p. 792
Miedo escénico. Porque no podía expresar la ira. Porque podía expresar con estilo y sutileza todas las emociones menos la ira. Porque podía expresar el dolor físico, la confusión, el temor, el sufrimiento moral, pero no podía presentarse de manera convincente como instrumento de tales reacciones en otros. No en escena. Su debilidad, el temblor de la voz cuando la alzaba con enfado. En son de queja, encolerizada. ¡Pero no, no podía! Y alguno, situado al fondo del local donde ensayaban (fue en Manhattan, en el New York Ensemble, y ella sin micrófono), gritaba: «Perdona, Marilyn, pero no te oigo.» El hombre que era su amante o que había deseado ser su amante, al igual que todos sus amantes convencido de que sólo él conocía el secreto que resolvería el enigma, la maldición de Monroe, le dijo que como actriz debía aprender a expresar la ira, que ella sería entonces una gran actriz o que al menos tendría una oportunidad para serlo, él guiaría su trabajo, él le elegiría los papeles, la dirigiría, haría de ella una gran actriz de teatro; bromeando y reprendiéndola incluso mientras copulaban (sin dejar de hablar como solía, con lentitud y desconcierto, medio abstraído, más que en el momento del orgasmo, y aun así por poco tiempo, como si fuera un paréntesis) y diciéndole que sabía por qué no era capaz de expresar la ira, ¿lo sabía ella?, y ella negó con la cabeza, y él dijo Porque quieres que te amemos, Marilyn, quieres que el mundo te ame y no te destruya, aunque tú destruirlas el mundo y temes que conozcamos tu secreto, ¿no crees?, y ella huyó de él y amó a su amigo el Dramaturgo, y se casó con el Dramaturgo, que la conoció como Magda y que apenas llegaría a conocerla.
(En la foto el matrimonio acompañado de Yves Montand y Simone Signoret)

MARILYN Y BILLY WILDER

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 794
Se rumoreaba que Marilyn y W “se entendían y habían acabado mal”. Oíamos a W echarle la bronca, no en la cara, sino en la espalda que se alejaba. La llamaba por teléfono al ver que no llegaba pero no conseguía localizarla; a veces se retrasaba cinco horas, seis horas, o no aparecía. Los problemas de espalda de W comenzaron durante el rodaje de Con faldas y a lo loco, con contracturas. Enviaron al ayudante de W a buscarla a la caravana (estábamos entonces en exteriores, en Coronado Beach, para rodar la secuencia de Florida, y allí estaba Sugar Kane totalmente maquillada y con el traje de baño, hacía una hora que estaba lista y nos estaba esperando, de pie, con impaciencia, leyendo un libro que seguramente seria de ciencia ficción, El origen de las especies, y el ayudante de W dijo: «Señorita Monroe, W la espera», y Marilyn, sin mirarlo ni inmutarse, va y le suelta: «Dile a W que le den por el culo.»

Sus comienzos como joven promesa de la pantalla. Monroe era astuta y práctica. Adquiría los muchos fármacos que tomaba (Benzedrina, Dexedrina, Miltown, Dexamyl, Seconal, Nembutal, etcétera) en distintos drugstores de Hollywood y Beverly Hills, del mismo modo que consultaba a diversos médicos, sin que ninguno conociera y ni siquiera sospechara (por lo menos es lo que dirían después de su muerte) los servicios que prestaban los demás. Pero su drugstore favorito, según diría en las entrevistas, sería siempre Schwab's. «Donde Marilyn comenzó a prometer como actriz mientras Richard Widmark le miraba el culo.»

MARILYN Y TONI CURTIS

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 790-791
En el cerrado dormitorio trasero de la casa de Whittier Orive un hombre decía con ternura Norma ya sabes que me preocupo mucho por ti, y ella decía sí lo sé, con la cabeza puesta en Sugar Kane y en la sesión de rodaje del día siguiente, que era una escena de amor entre Sugar Kane y un hombre que (en la película) la adoraba y que interpretaba e, un actor que (en la vida real) había acabado por despreciar a Marilyn Monroe. Su conducta infantil y egoísta, su reiterada incapacidad para llegar al estudio a tiempo Y, una vez allí, su incapacidad para recordar frases, por mezquindad, por estupidez o porque las drogas le estuvieran derritiendo los sesos, obligaban a C y a los demás a repetir las tomas, y se sabía que su propia actuación en la película era cada dia peor, y W. el director, se inclinaría por Monroe en el montaje definitivo, porque la atracción principal de la película era Monroe, la muy guarra. Y por eso la despreciaba C, y en la culminante escena del beso le habría gustado escupir a Sugar Kane en aquella falsa cara de ingenua que tenía. ya que por entonces el simple roce de la legendaria pile de Monroe le revolvía las tripas, y  sería enemigo de Monroe durante toda la vida, ¡y la de cosas que contó de ella después de muerta! Así pues, al día siguiente, delante de las cámaras, aquellos dos tenían que besarse fingiendo pasión e incluso afecto, y el público tenía que creérselo, y era esta perspectiva a la que daba vueltas mientras un hombre le decía con voz suplicante ¿Qué puedo hacer por ti cariño? Por los dos. Recordó con un estremecimiento de culpa que aquel hombre que quería confortarla, aquel hombre adusto, honrado y medio calvo, era su marido. ¿Qué puedo hacer por nosotros, cariño, por los dos, dímelo? Quiso hablar, pero tenía algodón en la boca. 

MARILYN Y AVA

Blonde: una novela sobre MM, JC Oates, p. 815
-Bueno, me ... titubeó la Actriz Rubia-me daría vergüenza hablar así.
La Morena se echó a reír.
-A mí me dan vergüenza muy pocas cosas.
Pero la Actriz Rubia insistió.
-Actuar es una forma de vivir. No sólo por dinero. Es ... bueno, ya lo sabes. Un arte.
La turbaba hablar con tanta vehemencia.
-Tonterías --dijo la Morena-. Actuar no es más que actuar.
Pero quiero ser una gran actriz. Seré una gran actriz.
Compadeciéndola tal vez, al ver su expresión, la Morena cambió de tema y se puso a hablar de los hombres. Graciosos y crueles. De los hombres que conocían las dos, jefazos de los estudios, productores particulares. Actores, directores, guionistas, agentes y escurridizos y fantasmales inquilinos de la cultura marginal. Claro que había follado con Z, «para subir. ¿Quién no?»  también había jodido, hacía años, con «Shinn, aquel judío retaco y sexy», e incluso ahora echaba de menos a l. E. También con Chaplin. Bueno, con Charlie padre y con Charlie hijo. Con Edward G. Robinson padre y con Edward G. Robinson hijo. «A estos dos, a Cass y a Eddy G, también te los tiraste tú, ¿verdad, Norma?» Con Sinatra, con quien había estado casada durante unos cuantos años de inestabilidad. Frankie, a quien había dejado de respetar el día que quiso matarse con somníferos.
-Por amor. Por amor a mí. Llamaron a una ambulancia, no a mí, y lo salvaron. Así se lo dije a él: «So panoli. Toman somníferos las mujeres. Los hombres se ahorcan o se saltan la tapa de los sesos. » Nunca me perdonó, pero a otras mujeres aún las perdonó menos.
La Actriz Rubia habló entre titubeos de lo mucho que admiraba a Sinatra el cantante.

-No es malo -prosiguió la Morena, encogiéndose de hombros--. Si te gustan las ñoñerias blandengues de los blancos americanos. A mí lo que me va es el sonido negro sucio, el jazz, el rock. Frankie era bueno jodiendo. Cuando no estaba borracho o drogado. Era puro nervio. Un esqueleto saltarín con la polla a punto. 

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