Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NABOKOVIANA


Madre de corazón atómico, Agustín Fernández Mallo, p. 39

Naturalmente, ni el oso siente venganza, ni la flor deja entrar nada. Se trata de un falso documental, un relato moralizante. Esa clase de reportajes en nada se diferencian de la fábula de los tres cerditos, en la que también los animales y las plantas hablan y piensan y actúan con arreglo al entendimiento humano. A este tipo de cosas me refiero cuando digo que él nunca me contó la fábula de los tres cerditos, ni la de las flores que abren sus pétalos tras conocer las intenciones de los colibríes. Por el contrario, me dio a entender que los propios procesos naturales pueden constituirse en sí mismos en materia de ficción, y esto afecta directamente a la idea que cada uno tiene acerca de la estructura misma de la realidad. La expresión tabla periódica, dicha en aquel ambiente bucólico-natural de mediados de agosto, constituye ya por sí misma una clase de realidad que implica al mundo de las reacciones químicas, las mismas que desde los tiempos de la alquimia nos han llevado una y otra vez al reino de lo fantástico y, no obstante, al de lo radicalmente real: los arándanos que al día siguiente verteríamos en una botella de orujo y cuya reacción química los adultos beberían un año más tarde en alguna sobremesa, o, sin ir más lejos, mis pies dentro de unas reales pero inverosímiles botas de plástico -katiuskas amarillas-, asados en pleno verano. La más radical realidad fantástica ya está ahí, en esos arándanos transformados en licor, en esas katiuskas metamorfoseadas en horno, no hace falta inventarles a las cosas un lirismo que de por sí ya poseen. Pero hay que encontrarlo, educar el ojo para llegar a ver esa parte aparentemente irreal que hay en todo cuanto nos rodea, y después tener la habilidad para contarla. Las malas narraciones cuentan una verdad a medias. Las buenas narraciones cuentan una verdad y media. Es ese plus -ese «y media»- que se superpone a la prosaica y conocida realidad cotidiana el que sin descanso hay que buscar porque forma parte de nuestra vida real. Supongo que todo ello tiene que ver con aquello que decía Nabokov acerca de la ficción,  cuando aseguraba no entender para qué sirve imaginar libros o representar hechos que de alguna manera no hayan ocurrido realmente o pudieran ocurrir. Nabokov, además de escritor, era entomólogo, estudioso de las mariposas.


INCIPÌT 1.470. ENSAYO GENERAL / MILENA BUSQUETS


LO QUE HE PERDIDO

Ya no tendré más hijos, no volveré a sentir el calor de un bebé propio contra mi pecho, la ligera repugnancia al cambiar un pañal y la satisfacción (tan banal, tan completa) una vez el niño está limpio, tranquilo y reluciente. Ni la identificación, ni el reconocimiento, ni el afán de protección. Tres kilos y medio de peso ya no significarán nada para mí. No volveré a creer que algo milagroso ha sucedido y que lo tengo entre los brazos. No habrá más ropa diminuta que lavar, ni cuna de mimbre con cortinas de encaje agitadas por la brisa, ni biberones apilados como torres en el fregadero, ni mantas espumosas de color rosa más pequeñas que mis chales.

Paso por delante de la sección de pañales del supermercado sin detenerme, mirándolos de reojo e intentando recordar la época en que ir a comprarlos era parte de nuestra vida cotidiana y quedarse sin ninguno un drama terrible, tan grave como quedarse sin tabaco unos años antes, cuando nos encantaba fumar


INCIPIT 1.469. CUCHILLO / SALMAN RUSHDIE


CUCHILLO

A las once menos cuarto del 12 de agosto de 2022, un soleado viernes por la mañana en el norte del estado de Nueva York, fui agredido y casi asesinado por un joven armado con un cuchillo poco después de subir yo al escenario del anfiteatro de Chautauqua para hablar de la importancia de mantener a los escritores a salvo de todo riesgo.

Yo estaba con Henry Reese, creador junto con su esposa, Diane Sarnuels, del proyecto Ciudad Asilo de Pittsburgh, que brinda refugio a una serie de escritores cuya seguridad corre peligro en sus países respectivos. Era de esto de lo que íbamos a hablar en Chautauqua Henry y yo: de la creación en Norteamérica de espacios seguros para autores extranjeros, y de mi implicación en los inicios de dicho proyecto. La charla formaba parte de una semana de actos en la Chautauqua Institution bajo el lema: «Más que un refugio: Redefinir el hogar norteamericano”.

La conversación entre ambos no tuvo lugar. Como iba a descubrir enseguida, aquel día el anfiteatro no era un espacio seguro para mí.

Todavía veo el momento a cámara lenta. Sigo con la mirada al hombre que se destaca de entre el público y corre hacia mí. Veo cada paso de su precipitada carrera. Me veo a mí mismo poniéndome de pie y volviéndome hacia él. (Continúo de cara a él. En ningún momento le doy la espalda.


SALMAN


Cuchillo, Salman Rushdie, p. 80

Día 7, a las once de la mañana, Eliza me puso su portátil delante para que viera a amigos y aliados congregarse en los escalones de la Biblioteca Pública de Nueva York en un acto de solidaridad. Justo una semana antes, yo estaba tendido en el escenario de aquel anfiteatro de Chautauqua, pensando que me moría, intentando no morir. Y ahora cientos de personas se hallaban reunidas en la Quinta Avenida «apoyando a Salman». Estaba mi amigo el maravilloso novelista Colurn McCann, diciendo de mí “Je suis Salman” tal como yo y muchos otros, a raíz de los asesinatos de dibujantes de Charlie Hebdo el 7 de enero de 2015, habíamos dicho “Je suis Charlie”. Fue muy emocionante y a la vez extraño, convertirse en eslogan.

Suzanne Nossel, CEO de PEN América, la organización de escritores de la que yo era expresidente, hizo apasionados comentarios. «Cuando el asesino potencial hundió su cuchillo en el cuello de Salman Rushdie, hizo algo más que perforar la carne de un renombrado autor. Hendió el tiempo, volviéndonos a todos bruscamente conscientes de que los horrores del pasado no habían quedado en absoluto atrás. Cruzó líneas fronterizas haciendo posible que el largo brazo de un gobierno vengativo llegara hasta un remanso de paz. Pinchó nuestra serenidad, nos dejó despiertos por la noche contemplando el absoluto horror de aquellos momentos sobre el escenario, en Chautauqua. E hizo añicos nuestra confortabilidad, obligándonos a considerar lo frágil de la libertad que disfrutamos». Esta alocución -y las que siguieron- me dejó al borde del llanto, pero también pensé: «No le atribuyas tanto poder, Suzanne. Nosotros no nos dejarnos destrozar tan fácilmente. No hagas que ese joven parezca un ángel exterminador. Solo es un pobre payaso que tuvo un golpe de suerte».

Hubo más de una docena de oradores, entre ellos amigos queridos como Kiran Desai, Paul Auster, A.M. Holmes o Francesco Clemente.


PAUL AUSTER


Cuchillo, Salman Rushdie, p. 170

Fui a visitar a Paul Auster en su casa de Park Slope, en Brooklyn. Qué mal año había tenido: primero la muerte de su nieta y luego la de su hijo. Y ahora el cáncer. Paul había empezado quimioterapia y ya no tenía pelo, él, que siempre había lucido un pelo precioso. Ahora se cubría la cabeza con una gorra. Estaba más delgado. Pero mantenía el buen ánimo. Tenían que darle cuatro dosis de quimio en intervalos de tres semanas, además de inmunoterapia. Confiaban en que así se reduciría el tumor. Después de eso, cuatro o seis semanas para recuperarse de los efectos debilitadores de la quimioterapia, y después, confiaba él, al quirófano. La operación requiriría extirpar dos de los tres lóbulos de uno de los pulmones, Le recordé que el dramaturgo y más tarde presidente checo Václav Havel, también fumador empedernido, acabó con la mitad de un pulmón tras ser intervenido, pero que se las apañó bastante bien así. Paul se echó a reír y dijo que esperaba salir mejor parado. Fue estupendo verle y oírle reír. Me alegró que se mostrara optimista. Pero el cáncer es muy traicionero. Solo puedes cruzar los dedos y esperar que la suerte te acompañe.


ANAGRAMA


Ensayo general, Milena Busquets, p. 39

En la actualidad voy a la editorial que publica mis libros una o dos veces al año. Fui hace unos días. Es una editorial bonita, limpia, luminosa y aireada en un edificio clásico justo al lado de Paseo de Gracia. De momento, no es un lugar romántico. El fútil cuestionamiento del amor romántico -que viene acompañado de la fantasiosa idea (que ya se intentó y fracasó en los años setenta) de que el amor debe ser un experimento social y no el lugar donde nos recogemos para intentar salvar nuestra alma- ha expulsado al romanticismo de la mayoría de los ámbitos, mentales y físicos. Donde no ha sido expulsado, ha sido sustituido por un débil sucedáneo: la cursilería, que es una forma de puritanismo. El despacho de arquitectura de los hijos de Ricardo Bofill en Sant Just sigue siendo un lugar romántico. La sede original de mi editorial también lo era. Estaba en Sarria y me parecía un lugar mítico (para mí mítico y romántico son casi lo mismo), por allí habían pasado Javier Marías, Ian McEwan, Richard Ford, Patricia Highsmith, Hanif Kureishi. Por la nueva, de momento, solo hemos pasado nosotros. Silvia Sesé me contó que el Premio Herralde había quedado desierto y que, como no habría cóctel de celebración, estaban pensando en hacer una fiesta para bailar en diciembre.

Antes de marcharme, pasé a saludar a Jorge Herralde. Su despacho era la única parte de la oficina que estaba en penumbra, me pareció que había una vieja butaca de cuero, una alfombra, algunos cojines, que él llevaba un viejo jersey de cashmere con cuello de pico como los que llevaba mi abuelo. Solo una lámpara de mesa iluminaba la habitación, el foco perfectamente dirigido hacia el texto que leía Jorge. 

¿Cuándo empezamos a pensar que hacía falta tanta luz para todo?


ROMEO Y JULIETA


Ensayo general, Milena Busquets, p. 21

Romeo y Julieta se hubiesen acabado separando, lo sabe todo el mundo. Dos adolescentes apasionados y malcriados, dos niños bien soñadores y noveleros no hubiesen tolerado que su amor se debilitase y se transformase en una amistad, una hermandad, una asociación o como se llame ahora, tampoco hubiesen aceptado tener una relación abierta o permitido que entrasen terceras personas en la partida, aunque eran jóvenes, no eran tontos, en el amor solo existe un número, el dos, ni el uno, ni el tres, ni el cuatro, ni el cinco. Romeo y Julieta no hubiesen claudicado ante el paso del tiempo, ante el temor a estar solos o ante el miedo a la enfermedad, a la vejez y a la pobreza. Romeo y Julieta nunca se hubiesen convertido en un equipo, él nunca la hubiese llamado «mamá» -he tenido suerte en esta vida, me han llamado «puta» alguna vez, pero nunca ningún hombre (a excepción de mis hijos, claro) se ha atrevido a llamarme «mamá-, ella nunca le hubiese repetido lo mismo quince veces y él no le hubiese dicho jamás que era una pesada. Aun así, me alegro de que Shakespeare se lo impidiese


INCIPT 1.468. LA ULTIMA FUNCION / LUIS LANDERO


Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas o, como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer de un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia. Todo esto y más sucedió entre el invierno y la primavera del año 1994, en San Albín, o solo Montealbín, que de las dos formas se le puede llamar a este  lugar, o más bien se le llamaba, porque hace ya tiempo que está abandonado de Dios y de los hombres, como tantos otros de por aquí, de estas sierras pobres de la periferia de Madrid, lindantes ya con Guadalajara y con Segovia, y que tuvieron, aunque cueste creerlo, sus tiempos de esplendor. Y el último, y sin duda el más grande, de esos esplendores, sobrevino precisamente durante esos meses, y con aquella magnífica, deslumbrante explosión, y después de tantos siglos de historia, se extinguió definitivamente este lugar.


INCIPIT 1.467. LA HISTORIA DE MI MAQUINA DE ESCRIBIR / PAUL AUSTER


Tres años y medio después, volví a Estados Unidos.

Era julio de 197 4, y cuando deshice las maletas aquella primera tarde en Nueva York, descubrí que mi pequeña máquina de escribir, una Hermes, estaba destrozada. Con la tapa abollada, las teclas dobladas, torcidas y deformes, no parecía tener la más remota posibilidad de arreglo.

No podía comprarme una nueva. En aquella época rara vez me sobraba el dinero, pero en aquel preciso momento estaba sin blanca.


DFW


El tenis como experiencia religiosa, DFW, p. 46

; cerveza por tres dólares y medio, palomitas por dos dólares y medio,31 etcétera.32

31. ( ... unas palomitas de esas de color amarillo intenso y atiborradas de sal que es indispensable acompañar con una bebida; lo mismo se puede decir de los pretzels de masa esponjosa grandes y calientes que se venden en las casetas y de los pretzels estilo carrito de la calle de Manhattan, recubiertos de esos granos de sal tan grandes que hay que arrancarlos de un mordisco y masticarlos por separado. Los pretzels del Open de Estados Unidos valen tres dólares, salvo en la caseta del Internacional Food Village situada en el lado sur de la Pista Estadio, una especie de orgía comprimida de puesto de comida y comedor abarrotado, donde los precios de los pretzels están rebajados a dos dólares y medio la unidad).

32. Piensen, por ejemplo, en una escuálida barrita de helado Haagen-Dazs -escuálida de verdad, da para cinco bocados como mucho- que cuesta la vil cantidad de tres dólares, y como sucede con casí toda la comida de las casetas de aquí, uno se siente extorsionado y escandalizado por su precio hasta el momento en que la muerde y descubre que es una barrita magnífica de helado Hiiagen-Dazs. Lo cierto es que cuando estás hambriento de tanto que has tomado el sol y el aire fresco y de tantos partidos que has visto y de tanto salivar  empáticamente como un poseso de ver al resto del público zampar, las barritas Haigen-Dasz siguen sin valer tres dólares, pero sí que valen dos dólares y medio. Lo mismo pasa con los refrescos y las palomitas; lo mismo con los perritos co11 chucrut que se venden en las casetas humeantes de Caney Island Refreshment, por un precio que a primera vista parece completamente demente e inaceptable de cuatro dólares; luego, sin embargo, descubres que son superlargos y que están buenísimos, y que el chucrut es de ese superpringoso y que huele mucho y que da asco cuando no te apetece el chucrut pero que resulta extáticamente delicioso cuando sí que te apetece. Y aunque me quejé en ambas ocasiones, me compré dos perritos con chucrut, y tengo que admitir que me satisficieron con una intensidad que valía, por lo menos, tres dólares con veinticinco.



GULA


La última función, Luis Landero, p. 119

Y lo llevó a una churrasquería. Nada más sentarse, se apoderó de la carta y dijo: «Déjame a mí, yo pido por los dos». De entrantes, pidió algo así como torreznos, mollejas, riñones, tres tipos de morcilla, callos, croquetas, albóndigas de liebre, pasteles de cordero, sesos de ternera... , de primero pidió un potaje de garbanzos, y por encima dos chuletones de buey, con sus guarniciones de patatas y pimientos fritos, y de postre una tabla de quesos y una tarta de hojaldre con nata y chocolate ... Nada más servirles el primer plato, Amalia se puso unos lentes con ceremonioso aire profesoral, y aquella fue la señal para empezar a comer y a beber. Amalia comía con concentración, pulcritud y eficacia, y Tito, que era torpe y de poco comer, esforzándose, dando tajos inciertos con el cuchillo en toda aquella carnicería, y dejando su lado de la mesa lleno de manchas, huesos, mondas y pellejos. Amalia se comió también lo que él dejó. Había engordado, aunque no en la medida en que comía, y su boca, aquella boca perezosa y pueril, seguía allí, masticando, engullendo, saboreando, relamiéndose, y tan sensual y tentadora como siempre.

Pasaron la tarde juntos, se contaron en esbozo sus vidas, merendaron chocolate con ensaimada, recordaron luego los viejos tiempos, y cenaron en un italiano, donde no faltó el risotto, la pizza y la lasaña. Aquella mujer era una auténtica tragaldabas. Y, según comía y bebía, Tito observó que se ponía insinuante, lúbrica, mimosa. Así que remataron el día en casa de Tito, y entre chupitos de licor, juegos, bromas y risas, acabaron en la cama, y ella se comportaba allí lo mismo que en la mesa, insaciable y voraz. Porque, como Tito no tardó en descubrir, en Amalia la lujuria y la gula iban siempre juntas, y no existían una sin la otra, y se alentaban y provocaban entre sí. Era todo la misma cosa.

 En la imagen, fragmento de la Mesa de los pecados capitales, de Hieronymus Bosch. 

NUEVA YORK


Gontahm Handbook, Paul Auster

Sonreír

Sonríe cuando la situación no lo imponga. Sonríe cuando estés enfadada, cuando te sientas desdichada, cuando sientas que la vida te maltrata, y observa el efecto que eso produce. Sonríe a los desconocidos por la calle. Nueva York puede ser peligrosa, así que tienes que ser prudente. Si lo prefieres, sonríe solamente a las mujeres (los hombres son brutos, hay que evitar que se formen una idea equivocada).

Sonríe, sin embargo, tan a menudo como te sea posible a la gente que no conoces. Sonríe al empleado de banca que te da tu dinero, a la camarera que te trae la comida, a la persona que se sienta frente a ti en el metro.

Fíjate si alguno de ellos te sonríe a su vez.

Lleva la cuenta del número de sonrisas que te dirigen cada día.

No te decepciones cuando la gente no te devuelva la sonrisa.

Considera cada sonrisa que te dedican como un precioso regalo

Hablar con desconocidos

Algunas personas te dirigirán la palabra una vez que tú les hayas sonreído. Debes prepararte para ello con algunos comentarios aduladores.


LANDERO


La última lección de Luis Landero, p. 49

Esas palabras eran estructura y coyuntura. Fue oírlas y entenderlas y quedar prendado de esas nociones que parecían capaces de explicar tantas cosas. La estructura era la unidad y armonía de las piezas, lo compacto, el conjunto, el todo, lo perdurable, lo fuerte y esencial, lo magro, en tanto que la coyuntura nombraba lo pasajero, lo accesorio, lo circunstancial. Eran palabras con argumento, palabras que hacían mucho bulto conceptual. En ellas vio Tito un botín de sabiduría, un filón de conocimiento, una herramienta multiuso, aplicable a infinidad de problemas. Es más: no había apenas cuestión que escapase al alcance significativo de esas dos palabras. Hasta los amores podían ser estructurales o coyunturales, y lo mismo la poesía, las comidas, la relación con los demás, los hechos históricos o los menudos del día a día de la vida.

Otra vez, nos contaba, un profesor dijo: «Las dos vertientes del problema», e hizo con las manos un tejadito a dos aguas, a modo de ilustración. De pronto, a Tito se le hizo la luz. Vislumbró zonas de la realidad desconocidas hasta entonces. Todo tenía al menos dos vertientes, todas las cosas hacían figuras poliédricas. Era una idea tan plástica que se podía ver, casi tocar con las manos. Era casi poesía. Las dos o tres o cuatro vertientes de un amor o una pena, por ejemplo. iQué tesoro de conocimiento en tan breves palabras! Y en otra clase oyó decir que, como en los globos aerostáticos, a veces es preciso echar por la borda lo superfluo para poder así ganar altura. ¿Había algo en la vida de cualquier persona, y en cualquier lugar y en cualquier época, que no quedara iluminado y descifrado bajo el resplandor de esa imagen tan potente y tan sabia? Y otro profesor dijo un día que, al igual que la reja del arado ahonda y remueve la tierra para vivificarla, así el artista o el filósofo remueve las ilusiones y rutinas mentales de una sociedad débil y adormecida para infundirle nuevos bríos.


Adoptar un lugar


Gotham Handbook, Paul Auster

En Nueva York no solamente se descuida a las personas. También se descuidan las cosas. No pienso sólo en las cosas importantes como los puentes o las vías del metro, sino también en las pequeñas cosas en las que apenas reparamos y que tenemos delante de las narices: trozos de acera o de muro, bancos públicos. Fíjate bien en los objetos que te rodean y verás que casi todos están en ruinas.

Elige un lugar en la ciudad y piensa en él como si te perteneciese. No importa ni dónde esté ni qué lugar sea. La esquina de una calle, una boca de metro, un árbol del parque. Asume este sitio como si tú fueras la responsable. Límpialo. Adórnalo. Piensa en él como si fuera una extensión de tu ser. Ten hacia él el amor propio que tendrías por tu propia casa.

Acude todos los días a la misma hora. Quédate una hora a observar lo que sucede, a anotar a todos los que pasan, si se paran o hacen cualquier cosa. Toma notas, haz fotografías. Graba  estas observaciones cotidianas, y mira si puedes aprender algo de estas personas, del lugar o de ti misma. Sonríe a los que se acerquen. Háblales siempre que te sea posible. Si no sabes qué decirles, empieza hablando del tiempo.

5 de marzo de 1994


1.466. EL TENIS COMO EXPERIENCIA RELIGIOSA / DFW


DEMOCRACIA Y COMERCIO

EN EL OPEN DE ESTADOS UNIDOS

Ahora mismo son las 15.30 del 3 de septiembre, el domingo del Fin de Semana del Día del Trabajo, esa festividad que ha llegado a representar el corchete derecho del verano americano. Pero además, el F. de S. del D. del T. siempre cae en medio del Open de Estados Unidos 1; coincide con las rondas tercera y cuarta, la chicha del torneo, el momento de la guerra de trincheras y de los apellidos largos y complicados. Ahora mismo, en la Pista Estadio del Centro Nacional del Tenis -un altísimo hexágono 2 cuyos lados N, S, E y O tienen carteles exteriores

1. Precedido de “La USTA les ofrece el”

2. En realidad, si uno incluye la Pista Tribuna anexa, el complejo tiene más aspecto de cabeza cortada con un muñón de cuello.


INCIPIT 1.465. UNA SOMBRA BLANCA / CARME RIERA


Le había ocurrido otras veces. Quizá porque estaba acostumbrada a memorizar. Pero nunca una frase, «el tiempo amortajado por telarañas de niebla», se le había quedado grabada de un modo tan insistente sin conseguir, no obstante, recordar su procedencia. Tal vez, aventuraba, la habría leído en una novela de Coetzee, su autor preferido, alguna de cuyas obras solía llevarse consigo en los viajes. O en el librero de una partitura. Últimamente recibía muchas. A menudo de jóvenes compositores, o no tan jóvenes. Algunos le pedían apoyo: «Si aceptara el papel escrito a su medida, para su voz excepcional, todo sería más fácil». Otros se conformaban con que les diera consejos que tendrían en cuenta de manera absoluta, insistían, aunque lo que solicitaran, de modo menos o más encubierto, fuera una recomendación.

Repetía la frase, tan literaria, en exceso libresca, porque le parecía que traducía con palabras lo que le había ocurrido durante ese «tiempo amortajado», al que necesitaba volver. Solo así podría diluirse la niebla que le permitiría contemplarlo, tras limpiar las telarañas que lo cubrían. Si era capaz de hacerlo se sentiría por fin a salvo. Y por eso iba a exigir a su representante que aplazara por un año los contratos firmados, le gustara o no, le costara mucho o poco esfuerzo, porque su decisión era absolutamente irrevocable.

Se había comprometido consigo misma a resucitar «el tiempo amortajado» poco antes de que Pandora Brunellesky muriera, cuando esta le contó lo que había sucedido en Fosclluc después de su marcha del pueblo.


DFW


El tenis como experiencia religiosa, DFW, p. 48

Ahora un bramido enorme que hace temblar toda la superestructura de la Pista Estadio indica que las fuerzas de la democracia y la libertad humana han ganado el tercer set.33

33. Y a fin de quedar debidamente impresionados por el volumen de consumo de las casetas, tienen que recordar ustedes el engorro que es ir a buscar algo a las casetas cuando uno está mirando un partido de tenis profesional. Piensen por ejemplo en la Pista Estadio. Primero toca abandonar tu asiento durante la pausa nonagésimo segunda entre juegos, luego tienes que bajar haciendo un eslalom por las rampas abarrotadas de la pista hasta la caseta más cercana, aguantar en una cola larga y hobbesiana, abonar una cantidad cercana a la extorsión y luego arrastrarte de vuelta rampa arriba, bamboleándote y zigzagueando para que los codazos de la gente no te tiren al suelo tus preciosos aperitivos adquiridos en las casetas y los añadan al crujiente sustrato orgánico de artículos derramados sobre el que caminas .. Y, por supuesto, para cuando encuentras la rampa que lleva de vuelta a tu sector de asientos, la pausa nonagésimo segunda del partido ya hace rato que se acabó, y normalmente también la siguiente, de manera que ya te has perdido por lo menos dos juegos, y el partido se ha reanudado, y los ujieres, que protegen las gruesas cadenas te impiden que vuelvas a entrar, y tienes que quedarte ahí en un pasillo de cemento sin ventilación con el suelo pegajoso y en bajada, apretujado entre montones de otras personas que también se marcharon para buscar un aperitivo y ahora están esperando a la siguiente pausa del juego para regresar a sus asientos, todos apiñados ahí, con el hielo derritiéndose y el chucrut coagulándose y tratando de ponerse de puntillas para asomarse por el diminuto arco encadenado de luz que hay al final del túnel y así divisar tal vez un vislumbre verde de pelota o algún fragmento surrealista del muslo izquierdo de Philippoussis corriendo poderosamente hacia la red o algo parecido ... La paciencia de los neoyorquinos para las multitudes, las colas y las esperas resulta muy impresionante si no estás acostumbrado a ella; son capaces de permanecer todos inactivos en lugares sin aire durante periodos extensos, con unas expresiones en los ojos que indican esa combinación neoyorquina única de meditación y depresión clínica, claramente infelices pero sin quejarse para nada.


RECUERDOS


El tenis como experiencai religiosa, DFW, p. 50

Los souvenirs realmente potentes y grandes se venden en el lado E de la Pista Estadio, en una zona situada entre el Infiniti descendently el Tablero de IBM que informa del decurso del partido. Hay raquetas, calzado, bolsas de deporte, chándales y camisetas en venta en las casetas respectivas de Yonex, Fila, Nike,34 Head y William Serbin. Hay una caseta de la USTA que ofrece camisetas gratuitas de la USTA a los miembros de pago de la USTA (ser miembro carece básicamente de valor a menos que quieras jugar en los eventos deportivos de la USTA, en cuyo caso no tienes más remedio que hacerte miembro).

34. El souvenir más popular del Open 95 parece ser un pañuelo para la cabeza blanco y con esa pequeña alita solitaria distintiva de Nike* que si te lo atas bien a la cabeza te queda justo en la frente. Un accesorio indumentario popularizado por ya saben ustedes quién. Todos los chavales que vi en Flushing Meadow llevaban uno de esos pañuelos blancos Nike, y una imagen bastante común el domingo era la de un padre agobiado intentando atarle el pañuelo en la posición correcta en la frente a su hijo mientras este se dedicaba a apoyarse primero en un pie y luego en el otro, impaciente. (Créanme, mejor no les digo el precio de venta al público de estos pañuelos.)

* Las implicaciones clásico-peloponesias del nombre Nike y de hacer que todos esos chavales vayan por ahí con alitas de Nike en la frente como si fuera ceniza del Miércoles de Ceniza me parecen demasiado obvias como para perder el tiempo explicándolas.


LA BELLEZA


El tenis como experiencia religiosa, DFW, p. 70

La belleza no es la meta de los deportes de competición, y sin embargo los deportes de élite son un vehículo perfecto para la expresión de la belleza humana. La relación que guardan ambas cosas entre sí viene a ser un poco como la que hay entre la valentía y la guerra.

La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo. 1

1. Tener cuerpo presenta muchos inconvenientes. Si esto no es lo bastante obvio como para que a nadie le hagan falta ejemplos, limitémonos a mencionar rápidamente el dolor, las llagas, los malos olores, las náuseas, el envejecimiento, la fuerza de la gravedad, la sepsis, la torpeza, la enfermedad y las limitaciones físicas: todos y cada uno de los cismas entre nuestra voluntad física y nuestra capacidad real. ¿Acaso alguien duda de que necesitemos ayuda para reconciliarnos con la corporalidad? ¿Que la ansiemos? Al fin y al cabo, el que se muere es el cuerpo.

Tener cuerpo también presenta ventajas maravillosas, simplemente se trata de ventajas que cuestan mucho más de sentir y apreciar a tiempo real. A la manera de ciertas epifanías sensuales culminantes y escasas («¡Me alegro mucho de tener ojos para poder ver esta salida del sol”, etcétera ), los grandes atletas parecen catalizar nuestra conciencia de lo glorioso que es tocar y percibir, movernos por el espacio e interactuar con la materia. Cierto, los grandes atletas son capaces de hacer con sus cuerpos cosas que los demás solo podemos soñar con hacer. Pero se trata de unos sueños importantes, que compensan  muchas cosas.


BORGES


No callar, Javier Cercas, p. 525

Cuentan que en 1941, justo después de leer «El jardín de senderos que se bifurcan» -primera parte de lo que tres años más tarde sería Ficciones-, Alfonso Reyes declaró: «Por fin tenemos en Latinoamérica alguien comparable a Shakespeare y a Cervantes». Llevaba razón: Borges es el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo); su impacto, sin embargo, ha sido mucho más inmediato, y en un sentido preciso mucho más acusado, al menos en nuestra lengua. Podría argumentarse, en efecto, que la literatura en español conoce hasta Borges dos grandes revoluciones: la primera protagonizada por Garcilaso, que adaptó al castellano la música del italiano o de ciertos poetas italianos (sobre todo Petrarca) y la segunda protagonizada por Rubén Darío, que adaptó al castellano la música del francés o de ciertos poetas simbolistas franceses (sobre todo Verlaine). Borges desencadena la tercera revolución, y lo hace en parte mediante un procedimiento análogo al de las dos anteriores: adaptando al castellano la música de ciertos prosistas ingleses laterales o al menos laterales para los ingleses ( quizá sobre todo De Quincey, Stevenson, Chesterton). El resultado es que, así como existe en la literatura de nuestra lengua un antes y un después de Garcilaso y de Rubén, porque fue imposible escribir en castellano después de ellos igual que antes de ellos, existe en nuestra literatura un antes y un después de Borges, porque, a menos que se quiera incurrir en la irrelevancia, es imposible escribir después de Borges como se escribía antes de Borges. Hay algo, sin embargo, que aleja a Borges de Garcilaso y Rubén y que vuelve a acercarlo a Cervantes, y es que su influencia no ha quedado circunscrita al ámbito de nuestra lengua, sino que permea el de la entera literatura occidental; con una diferencia: Cervantes tardó siglo y medio en ser entendido con plenitud fuera de su lengua -dentro de su lengua apenas ha empezado a serlo hace un siglo-, mientras que la obra de muchos narradores fundamentales de nuestro tiempo no se entiende sin la obra de Borges. Por decirlo de una sola vez: si existe eso que suele llamarse posmodernidad -entendida como una reacción modernísima contra la modernidad-, Borges es su fundador.


LEPANTO


No callar, Javier Cercas, p. 491

Lepanto, donde se vivió «la más alta ocasión que vieron los siglos», como Cervantes llamó a aquella batalla en el Quijote para defenderse de las maldades de Alejandro Fernández de  Avellaneda, seudónimo del autor del Quijote apócrifo. Según Martín de Riquer, Avellaneda era un tal Jerónimo de Pasamonte, y, de camino hacia Lepanto, Ayén nos revela que su segundo apellido es Pasamonte y que desciende del enemigo de Cervantes. «Si algún día cuento este viaje», me digo, «nadie me creerá.» Lepanto resulta ser un pueblecito marinero con una fortaleza y una estatua de Cervantes que en realidad representa a don Quijote. Frente a sus costas tuvo lugar el combate, el 7 de octubre de 1571. Aquel día Cervantes tenía tanta fiebre que sus mandos le pidieron que se quedara en la bodega de su nave, porque no estaba en condiciones de luchar; Cervantes, recién cumplidos veinticuatro años, se negó en redondo: según varios testimonios, alegó, «muy enojado», que «más quería morir peleando que no meterse bajo cubierta» y pidió a su capitán que le «pusiese en la parte y lugar que fuese más peligrosa y que allí estaría y moriría peleando». iQué loco!, se dirá. ¡A punto estuvo ese insensato de inmolarse en aquella carnicería y de privarnos no solo de la mejor novela jamás escrita, sino de la novela moderna, lo que hubiera hecho de este mundo un lugar mucho peor! Es verdad. Pero también es verdad que si Cervantes no hubiera sido en su juventud un chalado capaz de morir por sus ideales, en su vejez nunca habría podido escribir el Quijote: al fin y al cabo, una de las cosas que dice ese libro infinito es que un hombre siempre tiene que estar dispuesto a jugárselo todo por las cosas en las que cree, aunque haga el más absoluto de los ridículos, aunque el mundo entero se ría de él tanto como seguimos riendo de don Quijote.


SEMPRUN


Destino y memoria: Cien años de Jorge Semprún, p. 315

El aspecto físico de Jorge Semprún mostraba un gran cansancio cuando en abril de 2010 asistió a la conmemoración del 65 aniversario de la liberación del campo de Buchenwald, invitado por la ministra-presidenta del Gobierno regional de Turingia, Christine Lieberlmecht, y el director del memorial de Buchenwald-Dora, el profesor Volkhard Knigge. Hacía pensar en la fragilidad de un hombre que siempre había destacado tanto por su apariencia firme, resuelta e indudablemente atractiva (el crítico Walter Haubrich le llamaba Beau Jorge Semprún), como por su energía. Y también hicieron pensar en su fragilidad, de forma inequívoca además, sus palabras de unos días antes: «Por última vez, pues, el próximo de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que creo que tengo que decir». Y lo que tenía que decir, y dijo, fue que en la literatura quedaba la única posibilidad de supervivencia de la memoria de los campos de concentración. De los muchos campos que ha conocido el siglo XX: para empezar, los campos franceses de Saint-Cyprien, Argeles-sur-Mero o Barcares, que acogieron a unos exhaustos y famélicos republicanos españoles en 1939 y que nunca imaginaron aquel (mal) trato recibido por el país vecino. Pero la década de los treinta conoció las atrocidades del terrible Gulag siberiano cuyo horror fue denunciado tempranamente, entre otros, por Alexander Solzhenitsyn en su obra Un día en la vida de Iván Denísovich, de 1963, y muy pronto al Gulag le sucedieron los campos de concentración y exterminio concebidos por el nazismo, los Lager, distribuidos por una amplia zona geográfica, entre Alemania, Austria y Polonia, y que superaron con creces cualquier maldad conocida y practicada por el ser humano hasta  la fecha.


Buonarroti


Perspectivas, Laurent Binet, p. 258

Vasari a Bronzino

Durante la primera quincena de diciembre, nuestro divino Buonarroti se fue varios días a los montes de Espoleto, donde le gusta pasear por los bosques y disfrutar de la compañía de los ermitaños, alejado de la agitación romana. Regresó alrededor del 15 o el 16 y luego no se movió hasta finales de mes. Cada día iba a la basílica a trabajar en su cúpula, obra titánica en la que cualquier otro que no fuera él ya habría renunciado por desaliento. El 30 fue recibido por el camarero del papa, mi señor Pier Giovanni Aliotti, obispo de Forli, que le produjo un nuevo espanto cuando le volvió a contar el proyecto de Su Santidad de recubrir por completo sus frescos de la Sixtina, del que se viene quejando amargamente a sus buenos amigos mis señores Sebastiano del Piombo y Daniele da Volterra. Por la noche, al entrar en su casa, le dieron un queso de Casteldurante, enviado por la viuda de su querido Urbino, cuyos hijos son sus ahijados y de los que se ocupa siempre que puede, así como una carta que, al parecer, lo sumió en un estado de agitación fuera de lo común, teniendo en cuenta su carácter ya de por sí bilioso. Me han dado esta información los dos Antonio que cuidan de él desde la muerte de Urbino y con los que compartió generosamente ese queso que tanto le gusta la mañana del 31. Fue visto, a tercera hora, montando el corcel que le regaló tiempo atrás Pablo III, con el que no cabalga más que en muy raras ocasiones. No acudió ese día a las obras de la basílica, pero eso no extrañó a nadie, ya que esas ausencias son frecuentes y prolongadas, ocupado como está en otros trabajos. Por lo demás, estuvo de vuelta al día siguiente a hora de vísperas


INCIPIT 1.464. CORTAZAR DE LA A A LA Z


¿Por qué un álbum biográfico?  Porque no podíamos esperar más. La Internacional Cronopia reclamaba ya con demasiada insistencia una nueva aproximación al escritor y al hombre. Lo previsible era otra biografía, pero cómo olvidar lo que dijo en una entrevista en 1981: «No soy muy amigo de la biografía en detalle, de la documentación en detalle. Eso, que lo hagan los  demás cuando yo haya muerto». Frente a tanta tristeza pensamos en la enorme diversión de sus libros-almanaque y decidimos intentar un volumen afín a su espíritu anticonvencional, antisolemne.

¿Recuerdan que a fines de los 40, tímido y desconocido, se dejó empujar por un amigo hasta las puertas del British Council de Buenos Aires donde un señor extraordinariamente parecido a una langosta recorrió con aire consternado un capítulo de Imagen de John Keats en el que Keats y Cortázar se paseaban por el barrio de Flores hablando de tantas cosas, y le devolvió el manuscrito con una sonrisa cadavérica? «Fue una lástima porque era un hermoso libro, suelto y despeinado, lleno de interpolaciones y saltos y grandes aletazos y zambullidas, un libro como los que aman los poetas y los cronopios.» ¿Por qué no intentar algo parecido? ¿Un diccionario biográfico ilustrado?, ¿una fotobiografía autocomentada con retratos de todas las épocas y las primeras ediciones de todos sus libros?, ¿una antología de textos acompañada de objetos y cuadros que fueron suyos, con reproducciones de manuscritos y mecanuscritos originales y algunos inéditos?

El alfabeto, ese invento griego que apenas ha cambiado en 3.000 años y que los niños aprenden con facilidad pasmosa, nos pareció el mejor modo de ordenar/ desordenar los materiales. Nada de pautas cronológicas o temáticas; que las palabras marquen su propio ritmo, que el libro sea a su manera muchos libros pero que pueda leerse sobre todo de dos modos: en la forma corriente (de la A a la Z) o de manera salteada, siguiendo la espiral de la curiosidad y del AZar. Que quien mire las imágenes y lea las palabras que siguen, sepa -como la invitación que es su obra, como fue  su vida- «abrir las puertas para salir a jugar”.

Carles Álvarez Garriga


INICPIT 1.463. PERSPECTIVAS / LAURENT BINET


PREFACIO

Después de todo, que no se diga de mí que no sé rectificar.

Tenía opiniones muy firmes sobre Florencia y los florentinos: gente razonable, instruida, bien educada, incluso amable, pero carente de pasiones, inepta para lo trágico y la locura. ¡Nada que ver con Bolonia, Roma o Nápoles! ¿Por qué, si no (pensaba yo), Miguel Angel había huido de su patria para nunca más volver? Roma, a la que sin embargo vilipendió toda su vida, era el entorno que necesitaba. ¿ Y los otros? ¡Dante, Petrarca, Da Vinci, Galileo! Fugitivos y exiliados. Florencia producía genios y luego los expulsaba, o no sabía cómo retenerlos, y esta era la razón de que hubiera dejado de brillar desde la Edad Media. Yo querría haber vivido en la época de los güelfos y los gibelinos, pero no mucho después, porque pienso que pasado, pongamos, 1492 y después de la muerte del Magnífico, todo se había acabado por allí.


MANIERA


Perspectivas, Laurent Binet, p. 244

Vasari a Miguel Angel

Pero, poco a poco, todos nosotros, Sarto, Rosso, Salviati, Pontormo, Bronzino, vos mismo incluso y vuestros amigos romanos, hemos deseado liberarnos de ella, la hemos abandonado, la hemos menospreciado. Y hemos empezado a estirar los cuerpos, a hacerlos flotar en el espacio, a alargar los escorzos, a crear paisajes ensoñados y a deformar lo real más que a realzarlo según unos principios matemáticos que juzgábamos demasiado austeros. El orden, la simetría, todo eso se nos hizo insoportable. Nunca hemos renegado de nuestros grandes ancestros, Brunelleschi, Masaccio, Uccello, pero, sin dejar de rendirles homenaje, los hemos apartado a un lado, como a unos viejos pesados que desvarían y a quienes se relega a un extremo de la mesa en los banquetes y los demás invitados no les dirigen la palabra más que con algunas frases banales, por mera educación, para saludarlos, sin tenerlos en cuenta el resto de la comida, cuando en realidad sin ellos no habría platos ni vino ni banquete. Sin ellos, no habría nadie a la mesa, ¿verdad?

Hoy que le debo la vida, me siento muy ingrato por haber sido capaz de escribir tiempo atrás que Paolo Uccello había desperdiciado el talento y la salud en sus investigaciones sobre la perspectiva. Y qué cruel me parece Donatello, que se burlaba de su amigo y lo interpelaba entre risas: «¡Eh, Paolo! Tu perspectiva te hace confundir lo cierto con lo incierto. ¡Todo eso no son más que disparates! ». Y la verdad es que ahora pienso lo contrario. No hay nada más cierto que la perspectiva, es lo único esencial y lo más eterno. Más que todas las batallas y todos los poemas y todos los tratados de Maquiavelo o Castiglione, la perspectiva ha hecho inmortal a nuestra Toscana, y por ella se hablará de nosotros por los siglos de los siglos, de la China a las Américas.


LOLITA LUZ DE MI VIDA


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 470

Sin imitar el estilo explicativo de las famosas conferencias de Nabokov (sin mostrar diagramas de los perfiles de las cadenas montañosas, ni mapas de carreteras, ni carteritas de cerillas de esas que dan en los hoteles, entre otras cosas), no estaría de más determinar qué ocurre realmente en Lolita desde un punto de vista moral. ¿De veras es tan indecente, aunque sólo sea sobre el papel? Por más que se distancie, con su habitual altivez, del mundo «de las trampillas de las carboneras y los callejones sin salida», los maníacos jadeantes y los policías furiosos, Humbert Humbert es, sin la menor duda, un pervertido en el sentido más clásico: carece de escrúpulos, recurre a la astucia y a la superchería para lograr sus fines y (sobre todo) cuida mucho los detalles. Aparca su coche a las puertas de los colegios femeninos, por ejemplo, y hace que Lolita lo masturbe mientras contempla a las alumnas que van saliendo. Y, en cierta ocasión, Humbert le exige que lo haga, nada más y nada menos que en un aula de la escuela adonde va, a cambio de sesenta y cinco centavos, en tanto que admira el cabello de una de sus compañeras, rubio platino, sentada delante de ellos. El precio de las felaciones alcanzó un máximo de cuatro dólares por sesión antes de que Humbert lo redujera «drásticamente [ ... ] porque explotaba su deseo de participar en las actividades teatrales de la escuela haciéndole conseguir mi permiso de la manera más dura y nauseabunda». Por otra parte, le hace el cunnilingus a su hijastra aunque ésta guarde cama a causa de la fiebre que le provoca un serio resfriado: «no pude resistir la tentación de disfrutar de los insospechados placeres que me deparaba el exquisito calorcillo de su piel”


K.


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 386

En cuanto obra de arte, el relato breve «El fogonero» está mucho mejor desarrollado que la novela América, de la que es el primer capítulo. Las novelas son -deliberadamente- premiosas. «Son epopeyas de la suspensión y el aplazamiento, y habría sido imposible pulirlas hasta convertirlas en obras de arte.» Es en los relatos breves donde el genio de Kafka brilla de manera más inequívoca: en la modulación; en el ritmo, en la manera indirecta de decir las cosas, en la exquisita y significativa intensidad de sus finales. He aquí, por ejemplo, las últimas líneas de «Un artista del hambre», la historia de un artista circense cuyo número consiste en ayunos de cuarenta días, durante los cuales permanece solo, encerrado en una jaula. Poco a poco el arte de ayunar va pasando de moda; olvidado, el artista del hambre muere tras los barrotes de su jaula sin que nadie se dé cuenta:

«¡Bien, hay que limpiar toda esta porquería”, exclamó el encargado, y enterraron al artista del hambre junto con la paja. Encerraron entonces en la jaula a una joven pantera. Fue un evidente alivio para todos, incluidos los más estólidos, ver al salvaje animal dando vueltas por aquella jaula que había estado tanto tiempo triste y carente de vida. Nada le faltaba[ ... ] ni siquiera parecía añorar la libertad; daba la sensación de que aquel noble cuerpo, tan bien provisto de todo lo que necesitaba que se diría que estaba a punto de reventar, llevaba consigo su libertad allá donde fuera: en los dientes, al parecer; y la profunda alegría que daba a la pantera sentirse viva hacía tan intenso el olor de su aliento, que los espectadores situados más cerca de ella casi no podían tenerse en pie a causa del mareo. Sin embargo, haciendo un esfuerzo deliberado, se agolparon alrededor de la jaula y, una vez allí, ya no se movieron.”


Plegarias atendidas


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 299

Esta larga novela «acerca de los riquísimos» iba a ser la obra maestra de Capote, o, por lo menos, eso aseguraba. Este libro, que recicla, magnificándolo, el pasado de su autor, incorpora veinte años de cartas y diarios tremendamente íntimos y pregona a los cuatro vientos las soñolientas confidencias de sensibleras anfitrionas de la alta sociedad y de millonarios  chismosos, iba a ser un tour de force despiadadamente escandaloso, a pesar de lo cual emularía la soberbia arquitectura de Proust. O, al menos, eso aseguraba Capote.

Los riquísimos pensaban que Capote era su mascota, su perrillo faldero. Pero lo cierto es que era su malévolo cronista. Aquel hombre encantador y de voz suave que se tumbaba en una chaise-longue o se sentaba a los pies de la cama era, en realidad, un satírico inmisericorde que aguardaba que llegara su momento. “¿Qué esperaban?», comentó Capote. «Soy escritor.»

Pero ¿qué esperaba, exactamente, Capote? Cuando cuatro secciones de la novela aparecieron en Esquire, en 1975 y 1976, los riquísimos lo dejaron de lado. Y Capote, en vez de no darle importancia, en vez de seguir adelante como escritor, tuvo una crisis nerviosa y se hundió bajo el peso de toneladas de drogas y ríos de alcohol. Más adelante trató de sugerir que no lo había pasado tan mal, realmente, y de amenazar con vengarse. Lo cierto era que los riquísimos nunca le habían caído demasiado bien. Las secciones publicadas constituían meras advertencias: La novela crecía fuerte y lozana en su invernadero. No tenía miedo. «Esperen», dijo, «a leer el resto.»

Gore Vidal fue uno de los que no se creyeron que hubiera un «resto». He aquí lo que dijo en una entrevista en 1979: “Como esto es los Estados Unidos, si proclamas lo suficiente a los cuatro vientos que has escrito una obra inexistente, se convertirá en algo positivamente palpable. Sería estupendo que le concedieran el premio Nobel aduciendo la fuerza literaria de Plegarias atendidas, obra que, por descontado, no ha escrito. En Esquire se publicaron unos fragmentos inconexos de lo que hubiera debido ser una novela de chismorreos. El resto es silencio, y pleitos, [ ... ] y mucha palabrería en la televisión.”


NABOKOVIANA


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 226

El abuelo de nuestro biografiado fue ministro de Justicia con los zares Alejandro II y Alejandro III. Su hogar era culto, serio, ilustrado: «en la mesa se hablaba francés, en el cuarto de los niños, inglés, y en el resto de la mansión, ruso». El padre de Nabokov, un destacado liberal que formó parte del gobierno provisional tras la caída de los zares (y por el que Trotski sentía especial animadversión), era tan «europeo», que enviaba sus camisas a Londres para que se las lavaran y plancharan.

Tolstói acarició el cabello del niño Vladimir. Mandelstam dio conferencias en la escuela a la que asistía. Al llegar a la adolescencia, heredó una fortuna de un millón de rublos, lo que le aseguraba la independencia económica. Publicó algunos libros de poemas en ediciones privadas y se dedicó a cortejar a toda muchacha que se le ponía a tiro, lo que le dio cierta fama de conquistador en San Petersburgo. Algunos de sus amigos poetas mayores que él, alistados en los regimientos de húsares del ejército blanco, ya habían conocido una muerte prematura.

Los bolcheviques dispararon contra el barco en el que huyó de Crimea con su familia. Ninguno de sus miembros volvería a ver su patria. Los Nabokov aceptaron con resignación tener que dejar la opulencia de la Rusia prerrevolucionaria por las privaciones y la mezquindad del exilio. Vladimir pasó tres años, en los que no escasearon los romances, estudiando en el Trinity College de Cambridge (el estilo del señor Field muestra una desesperante inseguridad durante todo este capítulo), tras los cuales se trasladó a Berlín, la meca de los émigrés. Fue allí donde Nabokov padre fue asesinado, en el curso de una conferencia que daba un político de cuyas ideas discrepaba, pero al que trató de proteger de las balas de un anarquista.


LO


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 248

Es probable que muchos lectores piensen que la rigidez moral de El hechicero -comparada con la decadente complejiad de Lolita- tiene que ver con la ortodoxia rusa. Pertenece, sin duda, al período berlinés de Nabokov, y, de modo más específico, a la serie de obras llenas de grotesca crueldad que va de Rey, Dama, Valet a Desesperación. Bien, el caso es que constituye una pequeña obra de arte, que sorprende de veras por su implacable mordacidad. El traductor  merece un elogio muy especial. Es posible que, paradójicamente, la muerte de Nabokov haya liberado al que había sido su colaborador en tantas ocasiones, pues El hechicero no puede ser una obra más nabokoviana.

La evidente persistencia del tema de la obsesión por las nínfulas resulta sorprendente, pero sólo porque la trama argumental es sorprendente. No es más persistente que el interés de Nabokov por los dobles, los espejos, el ajedrez o la paranoia, e incluso es mucho menos persistente que su interés por el tema del artiste manqué, con el cual, no obstante, se relaciona de un modo importante. Lolita tiene una intención redentora. Como narrador, Humbert nos da algo con la intención de que lo miremos de un modo favorable: su diabólico libro. Y también nos da un completo estado de cuentas moral acerca de este sombrío tema. El delito es grave, y el precio que hay que pagar por él se especifica con todo detalle. Fue necesario el libro posterior y, paradójicamente, más «antiguo» para hacer el balance final de las cantidades involucradas. Al igual que en un hospital estadounidense, hay que responder de todas las fundas de almohada manchadas de lágrimas y de todos los pedazos de papel higiénico utilizados.


INCIPIT 1.462. LA GUERRA CONTRA EL CLICHE / MARTIN AMIS


Mientras planeaba en actitud autocomplaciente este volumen, siempre pensé que incluiría en él una breve sección llamada -digamos- «Literatura y Sociedad», en la cual recopilaría mis escritos relativos a esos temas (textos acerca de F. R. Leavis, Lionel Trilling y algunas figuras menores, como lan Robinson y Denis Donoghue). En cierta época, la frase «Literatura y  sociedad» estuvo tan presente en boca de todos que se hizo merecedora de una abreviación: Lit & Soc. Y la Lit & Soc, creía recordar, me había interesado durante muchos años. Pero al revisar los manuscritos acumulados sólo encontré un puñado de ensayos, escritos todos, ominosamente, a comienzos de los setenta (cuando yo estaba al principio de la veintena). Tras releerlos, jugueteé con la idea de titular esa pequeña sección «Literatura y Sociedad: el debate desaparecido». Luego decidí que más valía que mi debate desapareciera también. Aquellos textos me parecían vehementes, arrogantes y afectadamente aburridos. Y, lo que supongo que era lo más importante, sentía que la Lit & Soc y el ejercicio de la crítica literaria estaban muertos y acabados.

Esa época me parece ahora tan remota, que la encuentro irreconocible. Tenía un empleo fijo en el Times Literary Supplement. Por aquel entonces ya empezaba a manifestar cierta  discrepancia respecto del ejercicio de la crítica literaria y el concepto Lit & Soc cuando asistía a las reuniones del consejo de redacción


INCIPIT 1.461. SINCERAMENTE TUYO, SHURIK / L. ULITSKAYA


El padre del niño, Aleksandr Siguizmúndovich Levandovski -un hombre de aspecto demoníaco, un tanto deteriorado, de nariz aguileña y rizos tupidos que, resignado, había dejado de teñirse después de los cincuenta años-, prometía desde temprana edad llegar a ser un genio de la música. Desde que cumpliera los ocho años, daba conciertos y recitales, como un joven Mozart, pero hacia los dieciséis todo se detuvo, como si la estrella de su éxito se hubiera apagado en algún lugar del firmamento. Algunos jóvenes pianistas, dotados de habilidades decentes pero mediocres) comenzaron a aventajarle y, tras finalizar sus estudios en el conservatorio de Kiev con matrícula de honor, se convirtió poco a poco en acompañante. Podía decirse que era un acompañante sensible, riguroso, único. Actuaba con violinistas y violonchelistas de primera categoría, que incluso se lo disputaban un poco. Pero su papel siempre era secundario. En el mejor de los casos figuraba en el cartel como «al piano» y, en el peor, con dos letras: «ac». En ese «ac» residía la infelicidad de su vida, una daga siempre clavada en el hígado. Los antiguos consideraban que el hígado es el órgano que más se resiente por la envidia. Por supuesto, nadie cree en esas tonterías heredadas de Hipócrates, pero, en efecto, el hígado de Aleksandr Siguizmúndovich padecía crisis continuadas.


Hannibal, de Thomas Harris


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 211

Hannibal, de Thomas Harris

Mason Verger, el «malo» de Hannibal, de Thomas Harris, es un ser de inconcebible vesania. Su pasatiempo favorito consiste en dirigirse a cualquiera de los «niños afroamericanos” - huérfanos, a ser posible- que tiene a su alrededor y decirle cosas horribles: tu madre de acogida no te quiere a causa del color de tu piel; tu gatito tendrá un accidente y morirá. Cuando el crío se echa a llorar, una enfermera le limpia las lágrimas con una gasa «y luego la escurre en la copa del martini de Mason, que está en la nevera de la sala de juegos, junto a la naranjada y los demás refrescos». ¡Qué tío más malo! ¡Y qué martini más malo! Pero Mason Verger encuentra las lágrimas de huérfano afroamericano tan dulces y embriagadoras como el mejor Tanqueray. Así de increíblemente malvado es ese tío.

Y así acaba la página 66. Y todavía quedan otras cuatrocientas veinte. Admirador de Harris desde hace mucho tiempo, al final acabé el libro, no sin muchos cansinos bostezos, muchas incoercibles caídas de la cabeza sobre el pecho y mucho ahuecar los brazos para que se me ventilaran los sobacos. Al evaluar una novela como Hannibal, -que muestra gran interés por los cerdos (gorrinos comedores de hombres, criados para desarrollar su lado más salvaje), parece adecuado proclamar a los cuatro vientos que es, sin disputa, una cerdada con todas las de la ley: gruñe, resopla y hoza, y tiene cuatro perniles con sus correspondientes pies y una rizada colita.


Andy Warhol


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p.67

Casi todas las mañanas Andy Warhol llamaba por teléfono a su ex secretaria, Pat Hackett, y le explicaba, deshilvanadamente, lo que había hecho el día anterior. Ella, según explica, tomó «notas extensas» y las mecanografió «mientras los ecos de la voz de Andy seguían frescos en ¡ni mente». Así que es eso lo que reseñamos aquí: ochocientas páginas -medio millón de palabras de ecos de la voz de Andy.

Pero la cosa resulta efectiva, hasta cierto punto. “Peter Boyle y su nueva, creo, esposa estaban allí.» «La princesa Marina de, supongo, Grecia vino a comer.» «Nell se desnudó, más o menos.» «Raymond [ está] allí posando para David Hockney. Raymond coge el avión para ir a posar.» La edición de la señora Hackett da la sensación de ser afectuosa y escrupulosa, y acierta al no tratar de proteger a Andy. Al cabo de un rato, uno comienza a confiar en esa voz, la de Andy, aquel murmullo vacilante, aquel cascado farfullar. La fuente de inspiración de los Diarios es lo trivial; y es que en la vida cotidiana de esta humanidad cada vez más longeva los que son alguien y los don nadie acaban confundiéndose.

Por otra parte, en el libro cabe todo el mundo; o, al menos, todos aquellos que son alguien. «Fuimos a Studio 54, y allí estaban todos.» «A veces vas a sitios en los que no hay nadie importante.» «Todos eran alguien [ ... ] todo el mundo vino después de los premios. Faye Dunaway y Raquel Welch y todos los demás.» Pero ¿quiénes son todos? O ¿quiénes son todos los demás? Pues Loulou de la Falaise y Monique Van Vooren [...] Andy también iba a todas partes, tanto si se trataba de lugares importantes como si no. Fue a la inauguración de una escalera mecánica en Bergdorf Goodman, a Regine's para el  cumpleaños de Julio Iglesias, a la apertura de una tienda de helados en Palm Beach, a Tavern on the Green para un «rollo» ( término que utiliza mucho) en el que anunciaría que Don King iba a ser el nuevo manager de The Jacksons, al Waldorf Astoria para la fiesta de la muñeca Barbie, a un lugar innominado para ser jurado en un concurso de imitadoras de Madonna y otro lugar innominado para serlo en un concurso de senos desnudos.


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