Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

TRANS


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 39

The Iron Lady, de Hugo Young

Mitterrand pensaba de ella que tenía los ojos de Calígula y la boca de Marilyn Monroe. «En su presencia», dijo Zbigniew Brzezinski, «uno olvida rápidamente que es mujer. No me da la impresión de ser realmente femenina.» En 1979 Tass la llamó la Dama de Hierro; pero ya en 1984 Yasser Arafat la había calificado de «Hombre de Hierro». Cuando un entrevistador le dijo a Gloria Steinem que los ingleses nunca creyeron que tendrían como primer ministro a una mujer, le respondió: “y no la tienen.» Así que, mientras la hija del tendero anda por el Kremlin y la Casa Blanca, mientras traumatiza a Helmut Schmidt en Luxemburgo o impresiona a Lech Walesa en los astilleros de Gdansk, los que la observan parecen compartir un mismo temor: que un buen día la señora Thatcher se encamine hacia el servicio equivocado. Cauto, como siempre, Ronald Reagan se refirió a ella como «una de mis personas favoritas». Y después la propia interesada buscó una especie de impersonalidad en el nos de la realeza.

La señora Thatcher es la única cosa interesante de la política británica; y lo único interesante de la señora Thatcher es que no es hombre. Habiendo conseguido los mismos logros, poseedor del mismo estilo y la misma «visión», un Marvyn Thatcher o un Marmaduke Thatcher sería tan aburrido como la lluvia, tan aburrido como el tráfico de Londres, tan aburrido como la prosperidad fosforescente, o más bien la vulgaridad de boutique de la Inglaterra de Teacher.


K.


La guerra contra el cliché, Martin Amis, p. 383

La edición de The Complete Short Stories, publicada por Penguin, se inicia, ingeniosamente, con «Dos parábolas a modo de introducción”, ambas de una extensión que apenas supera una página. En la primera, «Ante la Ley», un campesino se acerca a las puertas de la Ley y le pide al formidable portero que le deje entrar. «Ahora no es posible, es la respuesta que reciben sus reiteradas peticiones. Si cruzara la puerta, tendría que enfrentarse a otros porteros, cada uno de ellos más formidable que el anterior. «El tercero es tan terrible”, le dice el primero, «que incluso yo tengo miedo de mirarlo a los ojos.» El campesino se sienta y espera. Pasan los meses. Pasan los años. A punto de morir de viejo, el campesino le pregunta al portero, con su último aliento, cómo es que nadie más se ha presentado ante las puertas de la Ley a pedir que le dejaran entrar. El portero grita a la oreja del moribundo: «Nadie más podía entrar por estas puertas, pues fueron construidas exclusivamente para ti. Ahora voy a cerrarlas.»

En la segunda parábola, «Un mensaje imperial», un emperador a punto de morir te envía un mensaje, «a ti, el más humilde de sus súbditos, esa sombra insignificante que tiembla en la más remota lejanía ante el sol imperial». El mensaje es tan importante, que el emperador ha hecho que se lo repitan al oído, con un susurro, mientras yace en su lecho de muerte. El mensajero, «un hombre fuerte, infatigable», emprende inmediatamente el viaje, para lo cual tiene que cruzar primero las antesalas, abarrotadas de gente. Pero la multitud no para de aumentar y las cámaras parecen inacabables; pasará toda una vida antes de que consiga salir de las habitaciones más retiradas del palacio. «Y si al final alcanzara el portalón exterior -cosa que nunca, nunca, ocurrirá-, encontraría ante sí la capital imperial, el centro del mundo, congestionada hasta reventar...» Así que nunca recibirás ese mensaje. «Pero siéntate junto a la ventana al atardecer y suéñalo para ti.»


MARTIN AMIS


La guerra contra el cliché, Martin Amis, p. 12

Acaso lo más fantástico de aquel momento cultural haya sido la impresión de que la cultura artística era la triunfadora.

Los historiadores literarios llaman a esa época la Era de la Crítica. Se considera que se inició en 1948, con la publicación de Notas para una definición de la cultura, de Eliot, y La gran tradición, de Leavis. ¿Qué acabó con ella? La respuesta más concisa podría consistir en una sencilla palabra de cuatro letras: OPEP. En los años sesenta se podía pasar con diez chelines a la semana: durmiendo en suelos ajenos y viviendo a costa de los amigos y perorando -sobre crítica literaria, por ejemplo- para que te pagaran la cena. Pero, de repente, un simple billete de autobús pasó a costar diez chelines. El alza de los precios del petróleo, seguida por la inflación y luego por la estanflación (estancamiento económico acompañado de inflación), mostró que la crítica literaria era una de las muchas fruslerías de la clase ociosa sin las cuales nos las tendríamos que arreglar. Bueno, ése era el sentir general. Pero ahora resulta claro que la crítica literaria ya estaba condenada. Explícitamente o no, se había basado en una estructura de niveles y jerarquías; tenía que ver con la élite del talento. Y esa estructura se desmoronó en cuanto las fuerzas de la democratización convergieron y arremetieron contra ella.

Esas fuerzas -sin comparación las más potentes en nuestra cultura- prosiguieron su arremetida. Y ahora han chocado contra una barrera natural. Algunas ciudadelas, es cierto, han resultado expugnables. Se puede conseguir la riqueza aun careciendo de talento (gracias a la lotería, por ejemplo). Y también la fama (humillándose en algún programa de televisión, por ejemplo; claro que esto siempre será mejor que el antiguo método consistente en asesinar a los personajes famosos para heredar su aura). Pero el talento no es algo que se pueda adquirir: hay que tenerlo. Por lo tanto, debe ser eliminado.


Buchenwald


Destino y memoria:cien años de  J. Semprún, p. 330

El narrador, y no hay duda de que este remite a Semprún en el ciclo dedicado a Buchenwald, había declarado en sus primeros libros, y con una cierta imprudencia, haber sido feliz allí, al  conseguir para sí mismo una atmósfera de altísimo nivel intelectual: recitaba «La fileuse» de Paul Valéry en el edificio de las letrinas, mientras otro compañero le respondía con versos de Baudelaire; declamaba, también en compañía, y a voz en grito, el lied de Lorelei, en alemán, entre el ruido ensordecedor de decenas de pares de zuecos, exhaustos, yendo a sus barracones. En el Lager, Semprún no solo leyó la Lógica de Hegel, La voluntad de poder de Nietzsche y un ensayo de Schelling sobre la libertad, sino que descubrió la poesía de René Char, pudo hablar de san Agustín, leyó a William Faullmer y mantuvo un tenso cruce de espadas intelectual con un teniente americano de origen alemán, el teniente Rosenfeld, que no solo conocía las Nouvelles conversations de Goethe avec Eckermann, de Léon Blum, sino que era un experto en Heidegger, en Goethe y en Bertolt Brecht. Con dicho teniente  Rosenfeld, el preso 44. 904 se pasearía asimismo por Weimar, una vez liberado el campo por parte de las tropas estadounidenses. Ambos hombres visitarían las dos casas de Goethe: la casa-museo del Frauenplan, en el centro, y la más modesta del Gartenhaus, donde el escritor vivía felizmente con Christiane Vulpius, resguardado de la estricta etiqueta cortesana.


INCIPIT 1.460. LOS ALEMANES / SERGIO DEL MOLINO


l. Fede

Iré a ver a papá, le dije. Claro que iré. Ya había decidido ir antes de que me clavase el codo con la mirada, y mucho antes de que chasqueara la lengua y suspirase. Se le pone cara de adolescente cuando se enfada, pensé, pero a lo mejor sólo se la veo yo. Serán cosas de hermanos.

Cuando bajé del taxi y me encaminé a la cancela, Eva me vio venir y cruzó los brazos. Rígida, ni adelantó una pierna para salir a mi encuentro. Esperó a que llegase y ni siquiera respondió a mi abrazo. Le di un beso en la mejilla, un beso de verdad, de los que manchan, y no se movió ni me saludó. ¿Vienes directo, sin pasar por casa de papá?, me dijo, como si yo tuviera la culpa de los horarios de Iberia, como si hubiese urdido una trama de trenes retrasados y vuelos cancelados.

-¿No has traído maleta? Pensé que te quedabas unos días, hasta la despedida, al menos -dijo, mirando la mochila que llevaba a la espalda, una mochila pequeña donde sólo cabían dos camisas y una muda.

-No quería facturar, ya me apañaré. Que sí, joder, me quedo unos días, claro que me quedo unos días.

-Bien, porque habrá que decidir qué hacemos con los papeles de Gabi y hay que firmar un montón de cosas. Eso, decidamos ahora. Arreglémoslo todo en la puerta del cementerio, antes de que me vuelva a escapar y no responda a los correos y finja que mi vida no tiene nada que ver con la vuestra.


INCIPIT 1.459. TESIS SOBRE UNA DOMESTICACION / CAMILA SOSA VILLADA


Prólogo

Humanas y divinas

Qué injusto es generalizar, pero qué complicadas son las actrices. Así, directamente, en femenino del plural. No es menos cierto que también son vulnerables, desde ese lugar que te otorga la sobreexposición y el vivir en un continuo exorcismo de entrar y salir de distintos personajes. Hay incluso algunas que llegan a creérselos, devoradas por su ficción, en una batalla en la que la realidad y el engaño acaban dándose la mano.

Camila es consciente de todo ello y sabe que el alma de una actriz vale por dos, a veces incluso por tres. Y el alma de una travestí también. Conviven en un baile de incoherencias, debilidades y virtudes, que por un momento las hace más humanas que al resto de los mortales. Ella lo sabe. O lo ha vivido. No renuncia a plasmar la fragilidad de esa actriz a la que libremente pones cara, pero tampoco rehúye demostrar sus miserias, esas mismas que la bajan de un escenario para convertirla en hermana, amiga o madre.


FAULKNER


Destino y memoria: cien años de Jorge Semprún, p. 312

Absalón! novela también estaba en la biblioteca de Buchenwald ... La leyó usted en alemán. 

-Eso es -digo-, ya sabe usted lo mucho que me gusta Faulkner. Sartoris es una de las novelas que más me han marcado. Pero iAbsalón, Absalón! lleva al extremo, de forma obsesiva, la complejidad del relato faulkneriano, siempre construido hacia atrás, hacia el pasado, en una espiral vertiginosa. La memoria es lo que cuenta, lo que gobierna la acción profusa del relato, lo que lo hace avanzar. .. Recuerda usted sin duda nuestras conversaciones de hace dos años ... Hemingway construye la eternidad del instante presente a través de un relato casi cinematográfico ... Faulkner, por su parte, persigue interminablemente la reconstrucción aleatoria del pasado: de su densidad, de su opacidad, de su ambigüedad fundamentales ... Mi problema, que no es técnico sino moral, es que no consigo, por medio de la escritura, penetrar en el presente del campo, narrarlo en presente ... Como si existiera una prohibición de la figuración en presente ... De este modo, en todos mis borradores la cosa empieza antes, o después, o alrededor, pero nunca empieza dentro del campo. Y cuando por fin he conseguido llegar al interior, cuando estoy dentro, la escritura se bloquea ... Me alcanza la angustia, vuelvo a sumirme en el vacío, abandono ... Para volver a empezar de otro modo, en otro lugar, de forma distinta ... Y el mismo proceso vuelve a repetirse ...


SANCHEZ DRAGO


Destino y memoria: cien años de Jorge Semprún, p. 160

Por su parte, en España, el trabajo de la policía continuaba sin tregua. De ahí que, aún dando palos de ciego, el celo vigilante diera inesperados 'resultados positivos para sus intereses. En esta ocasión, además, no hubo necesidad de aplicar la tortura. El seguimiento policial a Fernando Sánchez Dragó, de regreso en Madrid desde Italia a comienzos del verano de 1963 con materiales sospechosos, dio lugar a su detención y a la de otros siete, sus contactos de esos días. En la comisaría, cuando fue interrogado, la policía refirió que el detenido, «al margen de las diligencias que le eran instruidas», declaró que  había sabido que el ganador del Premio Formentor de ese año, Jorge Semprún Maura, cuya foto acababa de ver en una revista en Italia, había sido su instructor en el partido comunista, donde usaba nombres como Federico Artigas. La policía concluye en su informe que, a partir de ese momento, quedó establecida la personalidad de Agustín-Federico (algunos de los nombres por los que lo habría conocido Sánchez Dragó en sus años de militancia comunista) y Jorge Semprún, lo que «acreditó de tal suerte su extraordinario rango de agitador al servicio del comunismo». Por fortuna, el denunciado se encontraba en París a buen recaudo, pero en los meses siguientes advertiría con extrañeza que agentes de la policía española desplazados a la capital francesa, como hacían con frecuencia, ahora vigilaban sus movimientos como nunca antes lo habían hecho. Así lo comunicaría en sus reuniones de la dirección del partido.


Huelga Nacional Pacífica (o Patriótica)

Destino y memoria: cien años de Jorge Semprún, p. 142

El PCE empezó a sondear a fuerzas minoritarias de derecha e izquierda para atraerlos a su propuesta fetiche, la Huelga Nacional Pacífica (o Patriótica), la HNP, para el 18 de junio de 1959, de la que de nuevo Santiago Carrillo era su valedor principal. Tan repentina como arriesgada apuesta causó sorpresa indisimulada en algunos miembros de la dirección del partido corno la misma secretaria general, preventivamente dejada al margen de la decisión.

De nuevo la movilización de recursos materiales y humanos fue extraordinaria, corno lo sería también la de la policía en alerta, con una vigilancia paralizante. Los dirigentes en Madrid, reforzados de nuevo con enviados desde París, se preparaban para el asalto final, con lemas parecidos a los de la anterior «jornada", aunque en esta ocasión, en su fuero interno no las tuvieran todas consigo, caso de Pradera, quizá de Federico Sánchez y de Muñoz Suay (según sus recuerdos de aquellos días previos al día señalado). Cuando finalmente sonó el día H, la respuesta popular apenas se oyó. El fracaso de la huelga era indudable para cualquiera de los testigos. Se produjeron detenciones muy graves, corno la de Simón Sánchez Montero el día anterior a la convocatoria y las de muchos militantes de los grupos que siguieron al PCE, decepcionados por el escaso respeto político que les habían mostrado los comunistas en la preparación y a lo largo de la jornada.

Las detenciones no alteraron los hábitos de Semprún. Siguió viviendo en su mismo domicilio, adoptando las precauciones de rigor pero confiado en que sus camaradas detenidos resistirían  las torturas policiales que con seguridad les serían  inflingidas.


La extracción de la piedra de la locura


La piedra de la locura, B.Labatut, p. 9

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror.  

Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destina dos a viajar muy lejos. Las ciencias,cada una avanzando en su propia dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad, y sobre el espantoso lugar que ocuparnos en ella, que nos volveremos locos producto de esa revelación, o huiremos de la luz hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura. » En el cuento, un hombre va tras los pasos de una secta que intenta despertar a un dios antediluviano sumido en un sueño eterno. Durante su búsqueda, el protagonista se topa con reportajes y noticias sobre extraños brotes de histeria colectiva, pánico, locura grupal y arrebatos de manía, todos relacionados con tres pequeñas estatuas de un ídolo cuya forma, completamente antinatural, parecía estar dotada de una malignidad intrínseca. Una de esas efigies fue modelada en arcilla por un escultor de Rhode Island, quien vio la silueta del ídolo durante una pesadilla particularmente vívida; otra fue confiscada por un policía que participó en una redada durante la celebración de un rito vudú en los pantanos de Nueva Orleans, mientras que la tercera cayó en manos de un marinero noruego, quien la encontró en los farellones de una isla ciclópea que surgió de golpe en medio de las olas del Pacífico Sur, una tierra maldita cuyos colosales paisajes violentaban las leyes de la perspectiva, creando un entorno tan anómalo que uno de los compañeros de barco del noruego perdió la cabeza luego de contemplar algo demasiado horroroso corno para poder ser comprendido: un ser descomunal e incrustado de tantas capas de tiempo que hacía que no solo la humanidad sino el mundo entero pareciera joven y fugaz en comparación.


INCIPIT 1.458. DESTINO Y MEMORIA: CIEN AÑOS DE JORGE SEMPRUN


... nunca tuve el deseo de volver a Weimar-Buchenwald. Por eso le dije a Peter Merseburger que no contara conmigo para su programa de televisión. Me negué sin pensarlo siquiera, inmediatamente.

Pero aquella noche volví a soñar con Buchenwald. No fue el sueño habitual, pesadilla más bien, que tantas veces me había despertado durante los largos años de la memoria. No volví a oír, como solía, en el circuito interno de los altavoces, la voz nocturna, áspera, irritada, del Sturmführer de guardia en la torre de control. Aquella voz que, en las noches de alerta, cuando las escuadrillas de bombarderos aliados se adentraban en el corazón helado de Alemania, mandaba que se apagara el crematorio para que las altas llamas cobrizas no permitieran que los pilotos anglo-americanos se orientaran. Krematorium, ausmachenl, decía aquella voz. Entré en el sueño de Buchenwald, aquella noche, tembloroso, como siempre, angustiado, como siempre. Pero no fue el sueño habitual. No fue un sueño angustioso, finalmente. No oí la voz del suboficial de guardia, mandando que se apagara el crematorio.


INCIPIT 1.457. LA PIEDRA DE LA LOCURA / BENJAMIN LABATUT


La extracción de la piedra de la locura

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror. Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos.


CHILE


La piedra de la locura, Benjamin Labatut, p. 23

Yo sentí esto con particular intensidad en Chile, el país donde vivo: aquí, luego de los años de pesadilla de la dictadura de Pinochet, todos nos sumamos a la fila, bajamos la cabeza y seguimos las reglas. No había más que un camino por donde avanzar, y prácticamente nadie se atrevió a cuestionar lo que estaba pasando a medida que una forma de capitalismo neoliberal especialmente perversa empezaba a adueñarse de nuestra nueva democracia, enredando todas las hebras de nuestro tejido social alrededor de sus garras. Casi todos nos quedamos callados, porque casi todos sentíamos miedo. Miedo al cambio, miedo a volver a la bestialidad, miedo a que regresaran los hombres armados en medio de la noche, miedo a que abrieran nuestras puertas a patadas y nos arrastraran a las cámaras de tortura que los servicios secretos habían dejado esparcidas a lo largo del país, al interior de casas que, si uno las viera de reojo, juraría a pies juntillas que eran hogares comunes y corrientes, sin saber que en su interior habían ocurrido escenas infernales que ni siquiera Lovecraft podría haber imaginado. Jóvenes y ancianos, mujeres embarazadas, niños y niñas pequeñas: la electricidad fluyó a través de todos, mientras que perros y ratas fueron entrenados para hacer cosas indescriptibles. Sin embargo, los militares no volvieron. Pinochet finalmente murió, y entramos en un largo periodo de calma y normalidad.


La vida es bella


V13, Emmanuel Carrère, p. 235

Farid Kharkhach es el más extraño de los acusados secundarios. Es el intermediario que proporcionó a la célula documentos de identidad falsos. Como en su expediente no hay ningún rastro de radicalización, la fiscalía ha dicho que pactó por codicia con el yihadismo. Esa codicia le reportó los 300 euros por los cuales está en prisión desde hace seis años, y no está nada seguro de que lo liberen. A lo largo de todo el juicio ha sorprendido su personalidad soñadora, su verborrea súbita, su soledad (no conoce a ninguno de los otros acusados) o la increíble y casi burlesca sucesión de chascos y de mala suerte que han merecido que mi compañera de equipo Violette Lazard lo haya apodado Parid el Cenizo. Marie Lefrancq, una de sus abogadas, lo describe como un padre de familia afectuoso que no se ha atrevido a explicar a sus hijos pequeños por qué no estaba en casa desde hacía seis años. Al principio les dijo que estaba enfermo y que recibía tratamiento en Francia. Y después, cuando los niños fueron a visitarlo a la cárcel, dijo que se había hecho carcelero. No me lo invento. Aunque no la haya presenciado, Marie Lefrancq garantiza la autenticidad de la escena: Parid Kharkhach recibe a sus hijos en el locutorio y les asegura que no está detenido, sino que es un celador. No sé cómo es eso realmente posible, pero me he acordado de otra película, La vida es bella, en la que Roberto Benigni hace creer a su hijito que los campos de concentración nazis son un juego divertido de la caza del tesoro, y he pensado que, si Kharkhach no sale muy mal parado, podrá decirse sin remordimientos que su historia tan triste es un tema increíble de comedia.


DEFENSA


V13 Emmanuel Carrère, p. 225

Pero también lo acusan de haber acompañado a Abdeslam cuando iba a alquilar coches, lo cual puede tipificarse como ATM, «asociación terrorista de malhechores»: veinte años. Toda la  estrategia de sus abogados, que van desplegando desde el principio del juicio como quien avanza sus piezas en el ajedrez, va a consistir en que supriman la T: asociación de malhechores a secas. No voy a adelantar las alegaciones que formularan Negar y Nogueras el 14 de junio: solo me limito a transcribir lo que me respondió Nogueras, ante un vaso de vino blanco, cuando le planteé en Les Deux Palais la eterna cuestión del límite: ¿existe un límite? ¿Causas que te negarías a defender? «Si me preguntas eso, quiere decir que no has comprendido qué es ser abogado. Yo no defiendo ninguna causa, pero no rechazo a ningún acusado. Vergès, en cambio, defendía causas. No solo defendía a Poi Pot o a Carlos, sino también lo que habían hecho. Estaba de acuerdo con ellos. Nosotros, por poner el ejemplo de los delitos peor vistos, evidentemente no defendemos la pedofilia o el terrorismo, pero estamos dispuestos a defender a un pedófilo o a un terrorista. Hay que defenderlos, es la ley. Claro que a veces me cuesta, por supuesto, es más fácil defender a un atracador con el que yo podría ir a tomar unas copas cuando salga que a un tío que se excita viendo vídeos de decapitaciones, pero es esencial distinguir en re la persona y el acto. Ser abogado es eso: hacer todo lo posible para  que al acusado se le juzgue con arreglo al derecho y no según las pasiones. Y luego, cuando todo el mundo le haya dado la espalda, ser el último en tender la mano de nuevo.»


INCIPIT 1.456. ESTARE SOLA Y SIN FIESTA / SARA BARQUINERO


El organismo vivo más grande del mundo es un hongo de ochocientas noventa hectáreas. Vive en un bosque de Oregón, Estados Unidos. Empezó siendo una única espora, apenas del tamaño de una bacteria. Invisible. Después, lo conquistó todo. Infectó suelo y árboles con sus filamentos, hizo de sus vidas un hogar. Casi letal: una fuerza que primero invade y arrebata y luego consuela y ayuda.

En el año 2000 científicos estadounidenses descubrieron que se trataba de un único espécimen. Árboles perennes milenarios morían en distintas partes del bosque a kilómetros de distancia, sin motivo. Una civilización más antigua podría haber pensado que se trataba de la obra de un dios, justo o cruel, que exigía la muerte de un árbol como sacrificio o necesidad. Tal vez solo por capricho. Los americanos buscaron una causa común, y allí estaba: el mismo ADN, firmándolo todo. Una repetición perpetua de la misma enfermedad, que hacía del bosque un cuerpo único, perfecto.

Por su tamaño, dice la revista, debe llevar unos dos mil quinientos años sobre la Tierra. A pesar de esto, nadie nunca se ha preocupado de darle un nombre propio, como sí lo tienen otros  fenómenos más fugaces pero agresivos. Tifones, huracanes. Solo tiene el de especie: Armillaria ostoyae.


INCIPIT 1.455. ¿HACIA DONDE VAMOS? / ANGEL VIÑAS


¿Qué es España y hacia dónde va?

España es para mí una cultura y, por consiguiente, una forma de entender la vida. Lo que la hace única es su historia: desde la romanización hasta la actualidad. Y lo más importante de esa historia son dos fenómenos: fue uno de los primeros imperios occidentales de la Edad Moderna y también el primero en perderlo. En general, no tuvo buenos reyes y, salvo uno, todos fueron abominables en la Casa de Borbón desde antes de la Revolución francesa.  Previamente, había participado en las guerras de religión como abanderada de la Iglesia católica, persiguió a los protestantes y fue bastante reacia a aceptar los frutos de la Ilustración. Se opuso a la Revolución francesa, combatió a Napoleón y quedó relativamente apartada de los grandes fenómenos históricos del siglo XIX: revoluciones burguesas, industrialización y desarrollo económico y del movimiento obrero subsiguiente. No consiguió formar un Estado con la fortaleza de los adversarios seculares: Francia y Gran Bretaña.

¿Se hizo débil?

Tampoco participó en las guerras europeas del XIX ni en la primera guerra mundial. Sus élites miraron siempre hacia Francia y/o Gran Bretaña, pero solo superficialmente y en busca de asideros, en el pensamiento liberal y también en el conservador. Su aportación a las  transformaciones siderales de entre 1812 y 1930 fue débil. También al pensamiento filosófico y epistemológico moderno.


BATACLAN


V13, Emmanuel Carrère, p. 214

Entre otros, pienso en aquel joven que por entonces tenía veintiún años y que salió indemne del Bataclan. Durante tres años, disociación total. Ningún recuerdo. Pero sí un malestar, la sensación de que la gente lo mira raro. Ideas negras pero confusas. Pesadillas sin imágenes. Siluetas indistintas, en la periferia del campo de visión. Resaca permanente que combate con alcohol. Sensación de haber hecho algo malo, pero ¿qué? Se le escapa. Al cabo de tres años, se somete a una EMDR (terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares), que ahora sirve para todo, pero que se inventó para el estrés postraumático. Todo vuelve, de pronto. Sabe que actuó mal. Para alcanzar la salida, empujó, aplastó, pisoteó. Se convirtió en una máquina de supervivencia totalmente indiferente a todo lo demás. Si ese hubiera sido el precio por sobrevivir, habría utilizado como escudos a sus seres más queridos. Ahora vive, sí, pero una vida arruinada. Otros han sido héroes, él no. Incesantemente se ve empujando, aplastando, pisoteando. Esta película se desarrollará constantemente en su cabeza hasta el día de su muerte. Está avergonzado. Por eso ha venido. Para pedir perdón a los que pisoteó. Si alguno de ellos está presente y lo escucha, al menos ya es algo. Está bien. Solloza. Se va. Y o también me voy: por hoy ya tengo bastante. Al día siguiente, una amiga abogada me dice que me he perdido algo; es una norma de la crónica judicial: siempre te pierdes algo cuando te vas. Justo después del joven carcomido por la culpa, otro superviviente del Bataclan, visiblemente más distendido, ha empezado su testimonio diciendo que acababa de escuchar la declaración del joven y que quería decir lo siguiente: «A mí me pisoteó alguien y me rompió dos costillas. Solamente dos costillas rotas. Así que quizá fuiste tú el que me pisoteaste, quizá fue otro, no lo sabremos nunca, pero, si fuiste tú, quiero que sepas que no es nada grave, dos costillas rotas. Me salvé, estoy vivo, soy feliz, no te guardo rencor, hiciste lo que pudiste, todos hicimos lo mismo, espero que todavía estés en la sala para escuchar lo que digo». El joven ya no estaba, pero mi amiga abogada corrió al vestíbulo en su busca. Lo alcanzó en la escalera del juzgado. Si hicieran una película, terminaría con esta imagen.


La invasión de los ladrones de cuerpos


V13, Emmanuel Carrère, p. 135

Los que seguimos el juicio ya empleamos el término como si fuera algo que conociéramos de toda la vida. Algunos abogados abusan de la expresión. En vez de decir «mentira» dicen taqiyya, que es más fino. Sin embargo, la taqiyya no es exactamente lo mismo que la práctica totalmente habitual de que un acusado mienta al juez de instrucción. Históricamente, la taqiyya es el fingimiento que practica el creyente cuando no tiene la libertad de vivir su religión a la luz del día. Así lo hacían los musulmanes y los chiitas bajo los califas abasidas del siglo VIII, y los musulmanes y los judíos marranos en la España católica del siglo XV. Los yihadistas de hoy, que se mueven como submarinos en una sociedad a la que odian y que aspiran a destruir, han convertido este fingimiento en una segunda piel. Para engañar a los infieles hay que mezclarse con ellos, aparentar que son musulmanes amables, deseosos de  rezar sin molestar a nadie, en el respeto del pacto republicano. La taqiyya es un poderoso motor de paranoia que angustia las noches de jueces y policías antiterroristas: tener un aspecto inofensivo, o sinceramente arrepentido, ¿no constituye la prueba de que eres monstruosamente peligroso? Es como en la vieja película de ciencia ficción de los años cincuenta La invasión de los ladrones de cuerpos, donde extraterrestres maléficos toman posesión, uno tras otro, de los habitantes de una aldea pacífica. Nada permite distinguir a los verdaderos terrícolas, si aún quedan, de quienes los han reemplazado. Detrás del rostro  familiar de tu vecino puede esconderse un frío monstruo. En su versión rigorista, el islam prohíbe tomar alcohol, fumar, jugar en un casino, perseguir faldas, escuchar música. ¿Qué hará, para dar el pego, un yihadista que se apresta a actuar? Tomar alcohol, fumar, jugar en el casino, perseguir faldas, escuchar música, como los kamikazes del 11 de septiembre o, en  nuestro caso, como Salah Abdeslam.


MARCEL PROUST


Días de lectura, Marcel Proust, p. 132

Para mí, la memoria voluntaria, que es sobre todo una memoria de la inteligencia y de los ojos, sólo nos da del pasado aspectos sin veracidad, pero si un olor, un sabor recuperados en circunstancias muy diferentes, despiertan en nosotros a nuestro pesar el pasado, nos damos cuenta de hasta qué punto este pasado era diferente de lo que creíamos recordar, lo que dibujaba nuestra memoria voluntaria, como los malos pintores, con colores sin veracidad. En este primer volumen, el narrador, que habla en primera persona (y que no soy yo) recupera de repente años, jardines, seres olvidados en el sabor de un sorbo de té en el que ha mojado un trozo de magdalena; sin duda lo recordaba todo, pero sin color, sin encanto. He podido hacerle decir que, como en el juego japonés en el que sumergirnos tenues bolas de papel que, una vez dentro de la taza, se estiran, se retuercen se convierten en flores y personajes, todas las flores de su jardín y los nenúfares del Vivonne, y la buena gente del pueblo, y las casitas, la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo ello toma forma, se vuelve sólido y brota, con la ciudad y los jardines, de la taza de té.

Yo creo que el artista sólo debería pedir a los recuerdos involuntarios la materia prima de su obra. En primer lugar, precisamente porque son involuntarios, se forman solos, atraídos por una semejanza de -un instante, tienen un cuño de autenticidad. Además, nos devuelven las cosas en una dosificación exacta de la memoria y del olvido. Finalmente, como nos hacen saborear la misma sensación en circunstancias muy diferentes, la liberan de toda contingencia, nos devuelven su esencia extratemporal, que es precisamente el contenido de la belleza del estilo, esa verdad universal y necesaria que sólo traduce precisamente la belleza del estilo.


Días de lectura


Días de lectura, Marcel Proust, p. 59

Tal vez no haya días más plenamente vividos en nuestra infancia que aquellos que creímos dejar pasar sin vivirlos, aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo lo que al parecer los llenaba para los demás y que nosotros apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino: el juego para el cual venía a buscarnos un amigo en medio del pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos hacían levantar los ojos de la página o cambiar de sirio, la merienda que nos habían obligado a llevarnos y que dejábamos en el banco a nuestro lado, sin tocarla, mientras encima de nuestra cabeza el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena para la cual teníamos que regresar y durante la cual sólo pensábamos en subir enseguida para terminar el capítulo interrumpido; todo eso, de lo cual la lectura habría debido impedirnos ver todo lo que no fuese la inoportunidad, la lectura al contrario lo grababa en nosotros como un recuerdo tan dulce (mucho más precioso para nosotros ahora que lo que entonces leíamos con amor) que, si alguna vez hoy volvemos a hojear esos libros de antaño, ya sólo lo hacemos como si fuesen los únicos almanaques que hemos conservado del pasado y con la esperanza de ver reflejados en sus páginas estanques y caserones que han dejado de existir.


INCIPIT 1.454. UNA RED VIVA / DAVID EAGLEMAN


1. EL TEJIDO VIVO Y ELÉCTRICO

Imagine lo siguiente: en lugar de enviar un vehículo de exploración de doscientos kilos a Marte, mandamos al planeta una sola esfera que cabe en el extremo de una aguja. La esfera, utilizando energía de las fuentes que la rodean, se divide en un ejército diversificado de esferas parecidas. Las esferas se unen entre sí y de ellas comienzan a brotar diversos accesorios: ruedas, lentes, sensores de temperatura y un completo sistema de dirección interno. Se quedaría atónito al ver cómo se va formando ese sistema.

Sin embargo, solo hay que ir a cualquier guardería para encontrarnos con algo parecido. Allí podrá observar a niños pequeños que lloran y que comenzaron siendo apenas un solo óvulo microscópico fertilizado; ahora, en cambio, se están desarrollando para convertirse en seres humanos enormes, repletos de detectores de fotones, apéndices multiarticulados, sensores de presión, bombas de sangre y una maquinaria para metabolizar la energía de todo cuanto les rodea.

Y ni siquiera es esta la mejor parte de los humanos: hay algo mucho más sorprendente. Nuestra maquinaria no está completamente preprogramada, sino que descifra el mundo interactuando con él. Nos enfrentamos a tareas diversas y sabemos cómo abordarlas.


INCIPIT 1.453. TRES NOVELAS DE EPOCA / ALAN PAULS

 


A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando. Tiene cuatro años, o eso le han dicho. Ante el estupor de sus abuelos y su madre, reunidos en el living de Ortega y Gasset, el departamento de tres ambientes del que su padre, por lo que él recuerde sin ninguna explicación, desaparece unos ocho meses atrás llevándose su olor a tabaco, su reloj de bolsillo y su colección de camisas con monograma de la camisería Castríllón, y al que ahora vuelve casi todos los sábados por la mañana, sin duda no con la puntualidad que desearía su madre, para apretar el botón del portero eléctrico y pedir, no importa quién lo atienda, con ese tono crispado que él más tarde aprende a reconocer como el sello de fábrica del estado en que queda su relación con las mujeres después de tener hijos con ellas, ¡que baje de una vez!, él cruza la sala a toda carrera, vestido con el patético traje de Superman que acaban de regalarle, y con los brazos extendidos hacia adelante, en una burda simulación de vuelo, pato entablillado, momia o sonámbulo, atraviesa y hace pedazos el vidrio de la puerta-ventana que da al balcón. Un segundo después vuelve en sí como de un desmayo. Se descubre de pie entre macetas, apenas un poco acalorado y temblando. Se mira las manos y ve como dibujados dos o tres hilitos de sangre que le recorren las palmas.


NABOKOV


Monstruos, Claire Dederer, p. 160

Mi yo preadolescente convirtió a Humbert Humbert y Vladimir Nabokov en una misma persona. Es posible, incluso probable, que el escritor, que entendía bien la física de la lectura, buscara esa confusión. Lolita está narrada como unas (ficticias) memorias: Humbert le habla directamente al lector. Al utilizar esa primera persona -la voz del narrador confesional- Humbert se convierte en el autor del libro. Nabokov está jugando con la fórmula «Humbert Humbert, c'est moi».

Lo que sabemos de la biografía de un creador afecta al modo en que vemos su obra, pero en este caso lo que sabemos de la obra afecta al modo en que nos acercamos a la biografía del autor. ¿Cuál es el diagrama de Venn de los deseos de Humbert y los de Nabokov?

Desde su temprana obra en ruso El hechicero y hasta su novela póstuma, El original de Laura, Nabokov nos habla de hombres que tienen relaciones sexuales con chicas muy jóvenes o que intentan tener relaciones sexuales con chicas muy jóvenes o que intentan (pero sin ponerle mucho empeño) no tener relaciones sexuales con chicas muy jóvenes. Pero no hay ninguna  prueba de que Nabokov albergara en su corazón deseos pedófilos. Nabokov, sin duda, hubiera sentido un enorme desprecio por cualquier intento de averiguar lo que había en su corazón. La idea misma de que el escritor tuviera un corazón cuesta un poco de imaginar. Esta lectora se pregunta si no tenía quizá novelas en lugar de corazón. En cualquier caso, Nabokov opinaba que, más que el enfoque biográfico de la vida de un creador, lo que importaba era el rastro que dejaba en la página: «La mejor parte de una biografía de escritor no es el registro de sus aventuras, sino la historia de su estilo».


SARTRE


Un bárbaro en París, Vargas Llosa, p. 193

En la exposición de la Biblioteca Nacional aparece un aspecto de la biografía de Sartre que nunca se ha aclarado del todo. ¿Fue de veras un resistente contra el ocupante nazi? Perteneció a una de las muchas organizaciones de intelectuales de la Resistencia, sí, pero es obvio que esta pertenencia fue mucho más teórica que práctica, pues bajo la ocupación anduvo muy atareado: fue profesor, reemplazando incluso en un liceo a un educador expulsado de su puesto por ser judío -el episodio ha sido objeto de virulentas discusiones en los últimos meses-, y escribió y publicó todos sus libros y estrenó sus obras, aprobadas por la censura alemana. A diferencia de resistentes como Camus o Malraux, que se jugaron la vida en los años de la guerra, no parece que Sartre arriesgara demasiado con su militancia. ¿Tal vez inconscientemente quiso borrar ese incómodo pasado con las posturas cada vez más extremistas que adoptó luego de la liberación? No es imposible. Uno de los temas recurrentes de su filosofía fue el de la mala conciencia, que, según él, condiciona la vida burguesa, induciendo constantemente a hombres y mujeres de esta clase social a hacer trampas, a disfrazar su verdadera personalidad bajo máscaras mentirosas. En el mejor de sus ensayos, San Genet, comediante y mártir, ilustró con penetrante agudeza este sistema psicológico-moral por el cual, según él, el burgués se esconde de sí mismo, se niega y reniega todo el tiempo, huyendo de esa conciencia sucia que lo acusa. Tal vez sea cierto, en su caso. Tal vez, el temible despotricador de los demócratas, el anarcocomunista contumaz, el «mao» incandescente, era sólo un desesperado burgués multiplicando las poses para que nadie recordara la apatía y prudencia que mostró frente a los nazis cuando las papas quemaban y el compromiso no era una prestidigitación retórica sino una elección de vida o muerte.


INCIPIT 1.452. BAUMGARTNER / PAUL AUSTER



Baumgartner está sentado a su escritorio de la habitación de la planta alta, que, según los casos, denomina estudio, cogitorium o madriguera. Pluma en mano, va por la mitad de una frase del tercer capítulo de su monografía sobre los seudónimos de Kierkegaard cuando se da cuenta de que el libro donde viene la cita que le hace falta para acabarla está abajo, en el  salón, donde lo dejó anoche antes de acostarse. Mientras baja a buscar el libro, se acuerda también de que ha prometido llamar a su hermana esta mañana, a las diez, y como ya es casi la hora decide ir a la cocina y hacer la llamada antes de recoger el libro del salón. Al entrar en la cocina, sin embargo, un olor acre y penetrante lo detiene bruscamente.


INCIPIT 1.451. CABINET D'AMATEUR / VILA.MATAS


Cabinet d’amateur,

una novela oblicua

Enrique Vila-Matas

De los museos -que tantas veces atravieso corriendo como en Bande a part, de Godard- lo que más me interesó siempre fueron los retratos pintados. Hay en ellos una escenificación mínima, muy codificada, en la que al pintor le queda muy poco margen, y aún así, si hay un gran artista al otro lado, una y otra vez consigue que se produzca en el cuadro ese gran milagro de la presencia real. Es, sin ir más lejos lo que sucede, por ejemplo, con los espectrales retratos de Manet.

A veces, esa presencia real no se asoma al mundo desde una pintura, ni desde la vida corriente, y nos encontramos entonces con "apariciones fantasmales", de las que sabe mucho Dominique Gonzalez-Foerster, que en las dos últimas décadas ha trabajado con pasión en ellas, encarnándolas en los más diversos escenarios.DGF (Dominique Gonzalez-Foerster) ha sido Fitzcarraldo, Lola Montez, Edgar Allan Poe, Marlene Dietrich, Franz Kafka ... No descarto que su gusto por esas "súbitas" apariciones provenga de la instalación que en 2001 tituló Petite. En esa obra, una niña, en un cuarto acristalado, veía cómo aparecía y desaparecía en la pared una figura que invadía y transformaba el espacio. DGF cuenta que, cuando tenía la edad de la niña de Pe tite, pasaba mucho tiempo entre el espacio construido y el espacio pensado o imaginado. Le pregunté hace poco cómo veía Petite ahora y me dijo que en la actualidad esa obra no tenía únicamente el significado de un regreso a aquel estado infantil, Sino que era también la rememoración de aquella pionera primera "aparición'' suya, que había tenido lugar en Yokohama, en Japón, en un país con tantos fantasmas y tantos espacios cerrados, todos siempre muy inspiradores.


DE SASTRE


Un bárbaro en Paris, Mario Vargas LLosa, p.149

Decía que frente a un niño que se muere de hambre La náusea no sirve de nada, no vale nada. ¿Significaba esto que escribir novelas o poemas era algo inútil, o, peor, inmoral, mientras hubiera injusticias sociales? Al parecer sí, pues en el mismo reportaje aconsejaba a los escritores de los nuevos países africanos que renunciaran a escribir por el momento y se dedicaran más bien a la enseñanza y otras tareas más urgentes, a fin de construir un país donde más tarde fuera posible la literatura.

Recuerdo haber pensado, repensado, vuelto a pensar en ese reportaje, con la deprimente sensación de haber sido traicionado. Quien nos había enseñado que la literatura era algo tan importante que no se podía jugar con ella, que los libros eran actos que modificaban la vida, súbitamente nos decía que no era así, que, a fin de cuentas, no servía de gran cosa frente a los problemas serios; se trataba de un lujo que se podían permitir los países prósperos y justos, pero no los pobres e injustos, como el mío. Para esa época ya no había argumento capaz de librarme de la literatura, de modo que el reportaje sirvió más bien para librarme de Sartre: se rompió el hechizo, ese vínculo irracional que une al mandarín con sus secuaces. Me acuerdo muy bien de la consternación que significó darme cuenta de que el hombre más inteligente del mundo podía también -aunque fuese en un momento de desánimo- decir tonterías. Y, en cierta forma, era refrescante, después de tantos años de respetuoso acatamiento, polemizar mentalmente con él y desbaratarlo a preguntas. ¿A partir de qué coeficiente de proteínas per cápita en un país era ya ético escribir novelas? ¿Qué índices debían alcanzar la renta nacional, la escolaridad, la mortalidad, la salubridad, para que no fuera inmoral pintar un cuadro, componer una cantata o tallar una escultura? ¿Qué quehaceres humanos resisten la comparación con los niños muertos más airosamente que las novelas? ¿La astrología? ¿La arquitectura? ¿Vale más el palacio de Versalles que un niño muerto? ¿Cuántos niños muertos equivalen a la teoría de los quanta?


PAUL AUSTER


Baumgartner, Paul Auster, p. 144

Nada que hacer, piensa, nada en absoluto. La pérdida de memoria a corto plazo forma inevitablemente parte de hacerse viejo, y si no es olvidarse de subirse la cremallera, es ir a registrar la casa en busca de las gafas de lectura mientras las llevas en la mano, o bajar a realizar dos pequeñas tareas, coger un libro del salón y servirse un vaso de zumo en la cocina para luego volver a la planta de arriba con el zumo pero no con el libro, o si no con nada, porque una tercera cosa te ha distraído en la planta baja y has vuelto arriba con las manos vacías y habiendo olvidado para qué bajaste en un principio. No es que no le pasaran esas cosas cuando era joven, o que no olvidara el nombre de esa actriz, de aquel escritor o del secretario de Comercio, pero cuanto más viejo te haces, con mayor frecuencia te ocurren esas cosas, y si empiezan a suceder tan a menudo que ya apenas sabes dónde estás y no puedes realizar un seguimiento de tus últimos pasos, estás acabado, aún vivo, pero acabado. Antes lo llamaban senectud. Ahora, demencia senil, pero de un modo u otro, Baumgartner es consciente de que si al final acaba así, aún le queda bastante camino por recorrer.


FRANKIE BOYLE

 


Baumgartner, Paul Auster, p. 60

Frankie Boyle nunca llegó a las selvas de Vietnam. Cinco semanas después de alistarse sufrió un accidente durante un ejercicio de instrucción básica en Fort Dix cuando un lanzacohetes falló y le estalló en las manos. La explosión lo hizo pedazos, convirtiéndolo en una masa de fragmentos que salieron disparados y se esparcieron por el aire en todas direcciones antes de caer de nuevo a tierra. Cuando llegó la ambulancia en busca de los trozos dispersos, estuvieron más de dos horas sobre el terreno recogiendo restos de dedos de manos y pies, de brazos y piernas, junto con numerosas porciones de carne achicharrada y huesos rotos sin identificar, pero con el sol empezando a ponerse hacia el horizonte y la proximidad de la noche, dieron la  búsqueda por terminada. Pese a tales esfuerzos, el día que lo enterraron quedaba tan poco de Frankie Boyle que el contenido de su ataúd pesaba veintisiete kilos y medio.


PALESTINA E ISRAEL


Un bárbaro en París., Vargas Llosa, p. 148

Será difícil, para los que conozcan a Sartre sólo a través de sus libros, saber hasta qué punto las cosas que dijo, o dejó de decir, o se pensó que podía haber dicho, repercutían en miles de miles de personas y se tornaban, en ellas, formas de comportamiento, «elección » vital. Pienso en mi amigo Michael, que ayunó y salió semidesnudo al invierno de París hasta volverse tuberculoso para no ir a pelear en la «sucia guerra» de Argelia, y en mi buhardilla atiborrada de propaganda del FLN argelino que escondí allí porque «había que comprometerse».

Por Sartre nos tapamos los oídos para no escuchar, en su debido momento, la lección política de Camus, pero, en cambio, gracias a Sartre y a Les Temps Modernes nos abrimos camino a través de la complejidad del caso palestino-israelí que nos resultaba desgarrador. ¿Quién tenía la razón? ¿Era Israel, como sostenía buena parte de la izquierda, una simple hechura artificial del imperialismo? ¿Había que creer que las injusticias cometidas por Israel contra los palestinos eran moralmente idénticas a las cometidas por los nazis contra los judíos? Sartre nos salvó del esquematismo y la visión unilateral. Es uno de los problemas en que su posición fue siempre consistente, lúcida, valerosa, esclarecedora. Él entendió que podía haber dos posiciones igualmente justas y sin embargo contradictorias, que tanto palestinos como israelíes fundaban legítimamente su derecho a tener una patria y que, por lo tanto, había que defender la tesis -que parecía entonces imposible, pero que ahora, gracias a Egipto, ya no lo parece tanto- de que el problema sólo se resolvería cuando Israel consintiera en la creación de un Estado palestino y los palestinos, por su parte, reconocieran la existencia de Israel.


DE LA LECTURA


Los últimos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 92

dejar la lectura de algunos libros. He renunciado más de una vez a El hombre sin atributos, Proust (un volumen de siete, dos veces), Los hermanos Karamazov (lo acabo de comprobar: entre las páginas 80 y 81 encontré la cuenta de un restaurante de Bolonia de 2012; pensaba que había avanzado más, en alguna fecha posterior), Los embajadores ( cada vez poseído por la convicción, a la vez borrosa e insistente, de que mis gafas de leer estaban cambiando de graduación a mitad de frase), y casi todo Faulkner. Me parece que leí Luz de agosto cuando tenía veinte años (las anotaciones lo demuestran), pero desistí de releerlo después de cincuenta páginas cuando tenía sesenta. El ruido y la furia fue un juego de niños: tres páginas bastaron para convencerme de que nunca lo lograría. Creo a la gente que dice que El ruido y la furia se vuelve genial cuando llegas a la segunda parte o, idealmente, cuando lo lees entero por segunda vez; lo que rara vez escuchas es cómo pasar de la primera parte por primera vez. Ojalá hubiera leído El hombre sin atributos y todo Dostoievski cuando tenía poco más de veinte años. Es extraño que resulte más fácil leer libros difíciles cuando uno sabía menos sobre libros y lectura. Y qué curioso el estatus de Dostoievski: uno de los más grandes, todo el mundo está de acuerdo, pero el mejor momento para leerlo parece ser cuando estás al final de la adolescencia, mientras tu gusto está en proceso de formación ... gracias a la experiencia de leer a escritores corno Dostoievski. (Hablarnos de crecer gracias a ciertos escritores y libros -El guardián entre el centeno o Trampa 22-, pero tal vez registren, corno las marcas de nuestra estatura en el marco de la puerta donde vivíamos de pequeños, cuánto nos han ayudado a crecer más allá de nosotros mismos). 


INCIPIT 1.450. EL DIA DE LA LIBERACION / GEORGE SAUNDERS


Es el tercer día del Ínterin.

Para nosotros, un Ínterin de lo más largo.

Y nos pasamos el día preguntándonos: ¿Cuándo volverá el señor U. a la Consola? ¿Están contentos los Untermeyer (el señor U., la señora U. y el hijo adulto Mike)? En caso de que sí, ¿por qué? Y en caso de que no, ¿por qué no? ¿Cuándo será la próxima vez que nos pedirán que Hablemos? ¿De qué y en qué tono?

Nos lo preguntamos con avidez. Aunque no en voz alta. Porque puede haber una Penalización. Te pueden Desamarrar ante las miradas inquietas de los demás y llevarte a una Zona de Penalización. ( Que aquí, en casa de los Untermeyer, es un cobertizo situado en el jardín.) La Penalización te la pasas sentado a oscuras entre palas. Puedes hablar. Pero no puedes Hablar. ¿Cómo ibas a poder? Para disfrutar de la euforia especial del Hablar, hay que estar Amarrado. Al Muro de Hablar.


INCIPIT 1.449. REPUBLICA LUMINOSA / ANDRES BARBA


Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor. Si tiene la mía respondo que comprender no es más que recomponer lo que solo hemos visto fragmentariamente, si es más joven le pregunto si cree o no en los malos presagios. Casi siempre me contestan que no, como si creer en ellos supusiera tenerle poco aprecio a la libertad. Yo no hago más preguntas y les cuento entonces mi versión de los hechos, porque es lo único que tengo y porque sería inútil convencerlos de que no se trata tanto de que aprecien la libertad como de que no crean tan ingenuamente en la justicia. Si yo fuese un poco más enérgico o un poco menos cobarde, comenzaría mi historia siempre con la misma frase: Casi todo el mundo tiene lo que se merece y los malos presagios existen. Vaya que si existen.


JAMESIANA


Los últimos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 168

La relación entre renunciar y continuar existe en todas las permutaciones y excepciones concebibles. Así como El periodista deportivo se centra en un escritor que renunció después de un libro, Henry James, en su relato «Los años intermedios», publicado por primera vez en 1893 y recopilado dos años después en Terminaciones, trata de un escritor que, como sugiere el título, está acabado a mitad de su carrera. Dencombe ha recibido una copia de su libro «más reciente», quizá el último, Los años intermedios. Durante varios años ha sido consciente «del reflujo del tiempo, de la reducción de oportunidades; y ahora no sentía tanto que su última oportunidad se estaba acabando como que realmente ya no existía. Había hecho todo lo que tenía que hacer y, sin embargo, no había hecho lo que quería». Después de desenvolver el libro, comienza a leer y gradualmente se «apaciguó y se tranquilizó. Todo le volvió a la memoria, pero le volvió en medio del asombro, le volvió, sobre todo, con una belleza elevada y magnífica. Leía su propia prosa, giraba sus propias hojas y, mientras estaba allí sentado con el sol primaveral sobre la página, sentía una emoción peculiar e intensa. Su carrera había terminado, sin duda, pero había terminado, después de todo, con aquello». Este sentimiento de satisfacción y plenitud pronto da paso a algo más, «el atisbo de un posible indulto», la sensación de que tal vez aún no está del todo acabado. Y no solo eso. Quizá es solo ahora cuando ha llegado a la verdadera posesión de su talento. Lo que necesita es una extensión y así, mientras pasa las últimas páginas, suspira: «¡Ah, por tener otra oportunidad!».


Enrique Vila-Matas Bartleby


Los últimos días de Roger Federer, Geoff Dyer, p. 160

De joven, el narrador del libro de Enrique Vila-Matas Bartleby y compaía publicó una novela corta, pero durante los últimos veinticinco años no ha escrito nada. Eso cambia cuando comienza un «diario que también va a ser un libro de notas a pie de página comentando un texto invisible». Inspirándose en el escribiente de Melville, quien respondía a todas las peticiones con «Preferiría no hacerlo», se embarca en un estudio ensayístico de escritores como Rimbaud o Robert Walser que, por la razón que sea, dejaron de escribir. Y así, «después de veinticinco años de silencio», comienza a escribir de nuevo «sobre los diferentes secretos últimos de algunos de los más llamativos casos de creadores que renunciaron a la escritura». El anticanon resultante es amplio, sus implicaciones preocupantes, como la pregunta «por qué no escribo, inevitablemente desemboca en otra interrogación mucho más azorante: ¿por qué escribí?». A pesar de todo el juego del libro, el riesgo para el prolífico Vila-Matas es alto. «Escribí Bartleby y compañía porque sentía una fuerte pulsión negativa y quería abandonar la literatura -dijo en una entrevista-. Esto fue paradójico, porque al ocuparme de los que habían dejado de escribir, fui capaz de seguir escribiendo».


VEJEZ


Los úlitmos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 160

Una cosa es verme desplazado hacia los márgenes del mercado sexual, pero sentir que he quedado permanentemente excluido es una perspectiva terrible. Lo único peor es haberte autoexpulsado de ese mercado con el argumento de que, dado que nadie en su sano juicio podría sentirse atraído por ti, lo mejor para todos los implicados es que dejes de tener cualquier contacto sexual con el mundo, cualquier identidad sexual. Pero incluso si se evita este escenario del peor de los casos, hay muchos otros escenarios que se deben evitar, algunos de los cuales son incluso peores. ¿No es mejor optar por la jubilación anticipada que arriesgarse a que se te aplique el temible epíteto de «asqueroso»? «Asqueroso» es como el tinte utilizado para evitar que la gente vote dos veces en las elecciones, o para hacer inservibles los billetes de banco robados. Solo con que te llamen asqueroso una vez, ya te comportas como un tipo asqueroso. Así que tienes que vigilarte. Pero aquí está el tema. Un interludio de autorreflexión (¿me porto como un asqueroso?) es suficiente para arrojar una sombra de asquerosidad sobre todo lo que haces y dices. Ahí estás por la mañana siendo encantador y divertido, ni siquiera flirteando, con la atractiva mujer de poco más de treinta años que despacha en la panadería, y por la tarde eres un asqueroso. ¿Por qué? Debido a esa ligera vacilación, a ese interrogante - «No me he portado como un asqueroso, ¿verdad? »- que sentiste de vuelta a casa, mientras agarrabas la baguette aún caliente. La preocupación por evitar una posible asquerosidad puede volverte asqueroso. ¿Como sucedió esto? Como todo lo demás, es algo que se acerca sigilosamente.


NIETZSCHE


Los últimos días de Roger Federer, Geodd Dyer, p 73

«La gran suerte de Nietzsche», según Cioran, fue «haber terminado como terminó: ¡en un estado de euforia!». Cioran, que terminó vaciado por la demencia, no se refiere al final de la vida real de Nietzsche, el 25 de agosto de 1900, después de más de una década siendo cuidado por su madre, primero, y luego conservado como una efigie indefensa por su hermana. Elisabeth asumió el control no solo del cuerpo de su hermano, sino, trágicamente, de su obra, supervisando la transformación de un escritor que había escrito que «el maldito antisemitismo» había sido «la razón de la ruptura radical entre mi hermana y yo» -y cuyas palabras finales, semicoherentes, incuían la afirmación de que estaba «haciendo fusilar a todos los antisemitas»- en alguien indeleblemente asociado con Hlitler y el nazismo. «Desafortunado en vida -escribe Richard Wolin en La seducción de la sinrazón-, Nietzsche fue, en muchos  sentidos, aún más desafortunado después de muerto».

Los visitantes de la Villa Silberblick, en Weimar, que se convirtió en el hogar del filósofo incapacitado, de su hermana y del archivo que ella controlaba, escuchaban aullidos provenientes de la habitación donde Nietzsche yacía, en el piso de arriba, chillidos que sonaban como expresiones de agonía psíquica pero que no contenían ningún significado más allá del hecho biológico de que estaba vivo y era capaz de producirlos,  sin ningún recuerdo atormentador ni residuo de extinguida intuición ni lucidez destruida. Peregrinos eminentes o especialmente devotos subían a verlo, incorporado o acostado con una túnica de lino blanco, que lo hacía parecer un gurú», pero también, para nosotros, parecía él mismo, ya que fue en esta etapa cuando Hans Olde esbozó sus icónicos retratos.


El Sur de Faulkner


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 217

El Sur de Faulkner es un Sur blanco acosado por presencias negras. Incluso Luz de agosto, la novela que más claramente habla sobre la raza y el racismo, no tiene a un hombre negro en su centro, sino en realidad a un hombre cuyo destino es enfrentarse a o ser enfrentado por la negrura con10 una interpelación, una acusación desde el exterior de sí mismo.

Como historiador del Sur moderno, el logro perdurable de Faulkner es la trilogía de Snopes (El villorrio, 1940; La ciudad, 1957; La mansí6n., 1959), donde sigue la conquista del poder político a cargo de una clase de pobres blancos en ascenso en una revolución tan silenciosa, implacable y amoral como una invasión de termitas. Su crónica del ascenso del empresario perteneciente a la clase baja, rural y reaccionaria de los sureños es al mismo tiempo mordaz, elegíaca y desesperanzada: mordaz porque detesta lo que ve tanto como se siente fascinado por ello; elegíaca porque ama ese viejo mundo que va carcomiéndose ante sus ojos; y desesperanzada por muchas razones, algunas de las cuales son que, primero, el Sur que él ama se construyó, como él sabe mejor que nadie, sobre los crímenes mellizos del desposeimiento y la esclavitud; segundo, que los Snopes no son más que otros avatares de los Falkner, ladrones y violadores de la tierra en su día; y, por lo tanto, tercero, él, William «Faulkner», no tiene ningún terreno en el que sostenerse como crítico y juez.

Ningún terreno hasta que recae en las verdades eternas. «El valor y el honor y el orgullo y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad», es la letanía de virtudes recitada en Desciende, Moisés por McCaslin, que en gran medida es un portavoz del ser deseado e ideal de Faulkner, un hombre que, después de haber hecho un balance de su historia y del mundo disminuido y en rápida disminución que lo rodea, renuncia a su patrimonio, abjura de la paternidad (poniendo fin a la procesión de generaciones) y se convierte en un simple carpintero.


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