Lleva todo el día ensayando el breve Cumpleaños feliz que le cantará a Kennedy. Solo se ha levantado del piano para que la maquillen y la peinen. Y ahora, para que Jean Louis la ayude a enfundarse el vestido que él mismo ha diseñado para ella y por el que ha pagado una pequeña fortuna: doce mil dólares.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
MM
Lleva todo el día ensayando el breve Cumpleaños feliz que le cantará a Kennedy. Solo se ha levantado del piano para que la maquillen y la peinen. Y ahora, para que Jean Louis la ayude a enfundarse el vestido que él mismo ha diseñado para ella y por el que ha pagado una pequeña fortuna: doce mil dólares.
TIERRA CIMOLIA
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.50
Antes de mediados del segundo
milenio, Silvano, esta pequeña isla ya exportaba por mar, a lugares cercanos y
lejanos, la singular arcilla conocida como tierra cimolia: una arcilla
blanca-y, a veces, rojiza-formada en este mismo suelo, bajo la potente luz del
sol, por la sedimentación milenaria de infinitos cristales de calcita,
caparazones de erizo y conchas de minúsculos crustáceos. Esta tierra, que aún
hoy puedes coger y deshacer entre los dedos, era muy apreciada en las ciudades
palaciales de Creta y la península, que, a su vez, la exportaban como una
mercancía valiosa a otros puertos lejanos. La lana y los tejidos que se
inventariaban en las famosas tablillas de barro eran blanqueados con tierra
cimolia; la misma tierra, mezclada con vinagre de vino, se utilizaba para curar
inflamaciones en algunos órganos y pústulas de la piel; mezclándola, además,
con aceite, se obtenía un ungüento para aliviar los pies hinchados, que había
que dejar secar al sol y retirar, horas después, con agua de mar; y, por
último, disuelta en agua dulce, con un poco de vino, formaba un espumoso jabón
para lavarse, con el que, sin duda, se llenaron, un lejano día, aquellas elegantes
bañeras de cerámica de Cnosos y de Pilos: [asáminthos] las llaman las
tablillas, usando una palabra, para muchos pregriega, que Homero, sin embargo, utilizó
también en sus poemas.
Como ves, con sólo tirar de este
hilo-del ejemplo de esta humilde tierra arcillosa-, ya estamos hablando de
extracción mineral, de comercio, de navegación, de manufacturas textiles, de
elaboración de fármacos, de prácticas higiénicas sofisticadas y de refinamiento
cultural, muchos siglos antes de Homero. Nada de esto debiera sorprendernos si
tenemos en cuenta lo que fue, en su conjunto, el mundo del Egeo durante ese
segundo milenio antes de Cristo, y lo que fue, también, en tiempos anteriores.
SANTORINI
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 125
Antes de la explosión, Santorini
se llamaba Strongylé, «la Redonda»; después de la explosión, la mitad de Ja
isla desapareció bajo las aguas y nació, en su lugar, un pequeño archipiélago:
la media luna de Tera, la solitaria isla de Terasia, el diminuto islote de
Aspronisi, y los brotes de lava aún caliente que dan forma a Nea y a Palaia Kameni.
La visión de la cercana Po liegos, que ahí enfrente emerge con sus rocas
volcánicas del azul del mar, me ayuda a imaginar ahora cómo tuvo que ser aquel
terrible estremecimiento de la Tierra y aquel terrible golpe para la
civilización del Egeo.
Por lo que dejan inducir sus
huellas geológicas,'' la catástrofe debió de suceder más o menos así: al
principio, algunos temblores sacudieron el suelo de la isla; las casas de Akrotiri
sufrieron desperfectos, pero la situación no debió de alarmar demasiado a las
gentes, pues algunas viviendas fueron, incluso, reparadas tras los seísmos. Después,
apareció el humo, y, ante ese mal presagio, comenzó la evacuación. Las naves se
alejaban de la isla mientras una funesta columna de humo, ceniza y piedra pómez
se elevaba hacia el cielo desde dentro del cráter del volcán. Pavesas rojizas caían
sobre el mar y la tierra, como copos de nieve, de una nube ígnea que el viento
iba arrastrando, poco a poco, hacia Cárpatos, Rodas y las costas de Creta.
INCIPIT 1.336. PALABRAS DEL EGEO / PEDRO OLALLA
Esta vez, cuando bajes del barco, estarás ya tan alto como yo. Se me está haciendo larga la espera. Hoy, a primera hora, cuando todo parecía dormido todavía, me vine a caminar descalzo por la orilla del mar: mis pisadas y las olas que se deshacían suavemente en la arena fueron, durante un rato mágico, los únicos sonidos de la isla. Más tarde busqué asiento en la playa vacía, en el lugar donde ahora estoy, a la sombra de un viejo tamariz con el tronco vencido por el viento y pintado de cal hasta donde comienzan a crecerle las ramas.
La primera página en blanco de
este cuaderno en el que ahora te escribo refleja de forma cegadora la pletórica
luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo. Bien pensado, casi me
atrevería a decir que no refleja sólo la luz: que también es sensible al soplo
de esta brisa, cargada de sal y de tomillo; que el papel es uno de esos muros
calientes del camino por el que trepa alguna lagartija; una de esas paredes encaladas
del pueblo contra las que resuena el canto infatigable de las cigarras. Me
deslumbra su blanco cuando voy a escribir, y tengo que hacer sombra con la
mano. Luego, cada vez que levanto la mirada, me encuentro con el mar, de un
azul aún mucho más profundo que el del cielo. Y, ¿sabes?, así, como venida del
silencio, casi escucho tu risa de niño, tu ya lejana voz de niño, repartiendo
con asombro aquella alegría inesperada y pura que te produjo ver delfines por
primera vez. Delfines de verdad: tan reales como en tu fantasía.
INCIPIT 1.335. LOS PAPELES DE ASPERN / HENRY JAMES
Había llegado yo a tener confianza con la señora Prest; en realidad, bien poco habría avanzado yo sin ella, pues la idea fructífera, en todo el asunto, cayó de sus amistosos labios. Fue ella quien inventó el atajo, quien cortó el nudo gordiano. No se supone que sea propio de la naturaleza de las mujeres situarse, por lo general, en el punto de vista más amplio y más liberal, quiero decir, en un proyecto práctico; pero algunas veces me ha impresionado que lancen con singular serenidad una idea atrevida, a la que no habría llegado ningún hombre. «Sencillamente, pídales que le acepten a usted en plan de huésped.» No creo que yo, sin ayuda, hubiese llegado a esta conclusión. Yo andaba dando vueltas al asunto, tratando de ser ingenioso, preguntándome por qué combinación de artes podría conseguir a trabar conocimiento
PEFKES
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 185
También con frecuencia, el lecho
de las letras fueron tablillas de pino marítimo llamadas pefkes : tablillas de
la misma madera que, para hacer barcos, bajaba de los montes al mar. ¿Recuerdas
la tragedia de Hipólito y Fedra? Fedra, desesperada porque su hijastro Hipólito
no cede a la pasión amorosa que ha inspirado en ella la diosa Afrodita, decide suicidarse; pero, antes, en
venganza, escribe sobre una tablilla de pino una carta que inculpa falsamente a
Hipólito de haber intentado violarla; Teseo, indignado, maldice entonces a su
hijo ante Poseidón, y el dios hace que muera arrastrado por sus propios
caballos. Y así, cuando un honrado mensajero lleva a Teseo la triste noticia de
la muerte de Hipólito, le dice textualmente: «No llegaría a convencerme de que
tu hijo ha obrado mal / ni aunque se colgara toda la estirpe de las mujeres /
ni aunque todos los pinos del Ida se llenaran de letras».''
Llenas de referencias a las
letras, pues, están las obras literarias que recrean el tiempo de los héroes
antiguos; alguien dirá que son meras licencias poéticas, pero yo dudo mucho que
sus sabios autores cayeran reiteradamente en el anacronismo. Sin ir más lejos,
el famoso caballo de Troya llevaba grabada, en su madera, la inscripción: «Los
helenos, a Atenea, en agradecimiento por su regreso a casa».
HUMANISMO
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 282
Esa actitud, que ha cruzado los
siglos cultivando estas viejas herencias y cosechando sobre terreno hostil
humildes frutos, ha sido llamada, en ocasiones, actitud humanista. Fíjate bien
ahora en lo que voy a decirte. Históricamente, hemos necesitado esa actitud
para ir contra el dogma moral, y, así, hemos descubierto la ética; la hemos
necesitado para ir contra el fundamento divino del poder, y, así, hemos
inventado la política; la hemos necesitado para ir contra el principio de la autoridad en el
saber, y hemos inventado la ciencia; la hemos necesitado para ir contra la prepotencia
de todos los relatos, y hemos definido la dignidad del individuo; la hemos
necesitado para ir contra los administradores de la fe, y nos hemos abierto al
misterio.
Y ahora, ahora que se han
desmoronado, en parte, todas esas sólidas y opresivas certezas, seguimos
necesitando de la actitud humanista para construir con fundamento y con
honestidad en los vacíos que han dejado. Gracias a las conquistas de la ética,
de la política, de la libertad y del conocimiento, los seres humanos somos
ahora más poderosos que nunca; pero, también, más peligrosos que nunca. Nuestra
capacidad de influir sobre la realidad crece de forma exponencial; pero, a la
vez, crece, también, nuestro vacío ético, nuestro vacío existencial y nuestro
pragmatismo. Para el hombre, Silvano, es cada vez más fácil jugar a ser Dios;
y, por ello, necesitamos de la actitud humanista para ponernos límites, para
que la responsabilidad crezca a la par de la capacidad de obrar, para alumbrar
nuevos relatos sin erigir nuevas prisiones, para no desaparecer como víctimas
de nuestras propias ficciones y delirios.
EGEO
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 115
El clima de la Tierra no ha hecho
más que cambiar, oscilando entre momentos fríos y calientes, a veces moderados y
a veces extremos. A decir verdad, durante la primera mitad de su existencia,
este planeta fue un infierno de gases, cataclismos, terremotos y erupciones
volcánicas. Después, hubo varios momentos en que fue lo contrario: una silenciosa
esfera blanca, recubierta parcial o totalmente de hielo. De hecho, ha habido
siete grandes eras glaciales, y ahora, aunque no lo parezca, estamos todavía en
la última de ellas, pues la Tierra aún mantiene sus menguados y frágiles casquetes
polares.
Hace dieciocho mil años, los
hielos del norte llegaban, sin embargo, a las costas del Mediterráneo. Fue
entonces cuando comenzaron a fundirse; y, a medida que el mar crecía con el
aporte de las aguas retenidas en forma de glaciar, la tundra crecía también en
la franja de tierra deshelada que iba recibiendo otra vez los rayos olvidados
del sol. Pero aún habría de alejarse mucho el hielo para que brotaran con fuerza
la hierba y el bosque, y habría de pasar largo tiempo para que aquellas tierras
nuevas se hicieran habitables para el hombre.
Sin embargo, desde su propio
origen, el hombre paleolítico tuvo, en esta charca del Egeo, su Jardín del
Edén: vegetación frondosa, arroyos cristalinos, árboles y arbustos que lo
obsequiaban con sus frutos, cuevas donde encontrar un refugio oportuno, un mar
omnipresente de aguas claras y muy poco profundas (como las de esta bahía de
Prasa), radas llenas de peces y de otras criaturas de muy fácil captura, piedra y madera para construir sus ingenios,
caza abundante en cada estación, noches estrelladas para aprender del cielo, un
invierno benigno y una dilatada primavera.
En la imagen Medea con Teso y su padre -de él- Egeo
Deucalión y Pirra
Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.22
Dicen que, cuando el mar subió a
la tierra y las aguas cubrieron gran parte de la Hélade, los bondadosos y
devotos Deucalión y Pirra sobrevivieron al desastre en una embarcación
construida por advertencia del titán Prometeo. Una vez amainaron las aguas,
aunque desolados por ver toda la tierra silenciosa y vacía, Pirra y Deucalión
dieron gracias a Zeus, a las ninfas de la montaña y a la diosa Temis, y luego
lloraron por hallarse solos, como un triste despojo viviente de la raza humana.
Conmovida entonces Temis, pronunció, desde la helada roca de su oráculo, las oscuras
palabras que habrían de salvar a la especie: «Cubrid vuestras cabezas, desceñid
vuestras túnicas y echad a andar arrojando hacia atrás los pulidos huesos de
vuestra gran madre». Deucalión, como hijo que era del sagaz Prometeo, comprendió
que la madre era la Madre Tierra; y los huesos, las piedras que estuvieron un
día en su seno. Comenzaron, pues, a cogerlas del suelo y a arrojarlas de nuevo a
sus espaldas, y de la piedra dura se renovó la dura estirpe de los hombres. Y
de la piedra (laas) tomó su nombre el pueblo (laós).
¡Razón tenía el sabio que afirmó
que el logos es el retrato del alma! Comprender que los griegos vieron en estas
piedras acumuladas en la orilla la imagen de una humanidad es comprender el
alma de este pueblo marino. ¿Ves los cantos rodados, Silvano? ¿Los ves ahí en
la playa? Pues ahí están los griegos, ahí están los antiguos pobladores del Egeo:
nacidos de la adusta tierra, traídos y
llevados por el mar, pulidos por las olas, brillando al sol, rumoreando, todos
iguales y todos diferentes. Los griegos: «pueblo marino», como decía
Sófocles," o humildes «ranas
asomadas al mar», como decía Sócrates.
INCIPIT 1.334. FAMILIA, INFANCIA Y JUVENTUD / PIO BAROJA
Se piensa en esos postulados que sirven para caracterizar a los pueblos y para dar una base a la política, y mientras quedan vagos y sin detalles, en calidad de lemas, se sostienen; pero cuando se los quiere contemplar en sus detalles, van perdiendo los contornos, y muchas veces se advierte que no son más que palabras.
Si fueran realidades, el mundo
conocido estaría ya catalogado corno un herbario, y no daría sorpresas corno
las va dando constantemente.
El español es de este modo; el
francés, de este otro; el italiano es así, y el inglés, de esta manera. Todo
ello es mucha fantasía, y constantemente se están haciendo rectificaciones.
Hay un libro de A. Fouillée,
titulado Esquisse psychologique des peuples européens, que quiere ser
aclaratorio y definidor, con una petulancia muy francesa; pero a mí no me parece
que tenga ninguna exactitud, y creo que se puede afirmar lo contrario de lo que
afirma el autor, casi con las mismas garantías.
El mundo quizá fuera más monótono
de lo que es si se supieran con seguridad las reacciones de los pueblos; pero, en
cambio, cada país tendría más seguridad en sus ideas y en sus actos. La nación
sabría su especialidad, y cada provincia sabría la suya dentro de la nación.
INCIPIT 1.333. MANUAL CORSARIO / PP PASOLINI
Pier Paolo Pasolini nace en Bolonia el 5 de marzo de 1922.
Es el primogénito de Cario Alberto Pasolini, teniente de infantería, y de Susanna
Colussi, maestra de educación básica, con quien el padre, heredero de una
antigua familia de Rávena cuyo patrimonio ha malgastado, se casa en diciembre
de 1921 en Casarsa, para luego trasladarse a Bolonia. Susanna, primogénita de
seis hijos, es católica no practicante y tiene una clara aversión por la
retórica política, algo que dificulta la relaci6n con su marido, un militar
que, en cambio, ha hallado en los mitos nacionalistas su imagen pública, haciendo
de él un hombre sin duda valiente, pero al mismo tiempo patético y temible
debido a su pasi6n liberada de todo vínculo cultural o religioso.
debo recordar
que, junto con el
amor inicial por mi madre,
ha habido también un
amor por él: y de los sentidos.
Debo recordar mis pasitos de niño de tres años,
en una ciudad miserablemente perdida entre los montes,
con un aire ya algo
austriaco,
casi en los
manantiales de un río con nombre de museo y de guerra
y de miseria,
un río celeste entre gravas extensas al pie de las montañas,
mis pasitos a la vera
de una carretera
azotada por un sol que no era de mi vida
sino de la de mis padres,
hacia el arcén donde
mi padre, hombre
joven,
BAROJA
Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 115
HIDALGUIA
Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 46
En el norte, y sobre todo en el
País Vasco, solo hay hidalguía, es decir, idea racista y psicológica, no social
y decorativa.
En la hidalguía hay un hecho
real, que es la raza, aunque esta no se reconozca a fondo; pero ella existe. Ahora
la genealogía tiene menos valor; es más social que biológica, y las
consecuencias que se puedan sacar de ella son más aleatorias.
Sobre esta cuestión de la nobleza
se cuenta que un señor vascofrancés, que se llamaba Sagasti y Polloe, se
estableció en San Sebastián de cerero, y con sus velas y el chocolate y sus
cirios para las iglesias y los caramelos para los chicos hizo una fortuna.
Este señor tuvo varios hijos, y
el mayor fue marino y músico y compuso una Misa de Réquiem que estaba bien. Después
pretendió ser alcalde de San Sebastián; pero, al parecer, en esa época, para
ser alcalde o regidor se necesitaba tener una ejecutoria de nobleza.
Entonces un escribano, Legarda,
le resolvió la cuestión fácilmente.
En el sitio del cementerio de San
Sebastián que se llama Polloe existía, al parecer, una ruina de una casa fuerte
o castillo con este nombre. El escribano Legarda hizo que se pusiera una larga
escalera sobre la ruina. El señor Sagasti y Polloe subió unos cuantos
escalones, y después Legarda le mandó que los bajara.
Luego el escribano redactó un
documento afirmando que el señor Sagasti descendía en línea recta de la casa
fuerte de Polloe. Y era verdad; lo que permitió al marino músico ser alcalde de
San Sebastián.
Subproletariado
Lo que me atrae del
subproletariado es su rostro, porque es limpio (mientras que el del burgués es
sucio); porque es inocente (mientras que el del burgués es culpable); porque es
puro (mientras que el del burgués es vulgar); porque es religioso (mientras que
el del burgués es hipócrita); porque es loco (mientras que el del burgués es
prudente); porque es sensual (mientras que el del burgués es frío); porque es
infantil (mientras que el del burgués es adulto); porque es inmediato (mientras
que el del burgués es previsor); porque es amable (mientras que el del burgués
es insolente); porque es vulnerable (mientras que el del burgués es altivo);
porque es incompleto (mientras que el del burgués es aquilatado) porque es
confiado (mientras que el del burgués es duro); porque es tierno (mientras que
el del burgués es irónico); porque es peligroso (mientras que el del burgués es
blando); porque es feroz (mientras que
el del burgués es chantajista); porque tiene color (mientras que el del burgués
es blanco).
ROMA MALANDRINA
Manual corsario, PPPasolini, p. 152
Le digo siempre a todo el mundo, cuando tengo ocasión, que Roma es la ciudad más hermosa del mundo. De las ciudades que conozco, es aquella en la que prefiero vivir: es más, a estas alturas, no puedo concebir siquiera el vivir en otra parte. Mis peores pesadillas son aquellas en las que sueño que tengo que abandonar Roma para volver a la Italia del norte. Su belleza es, por supuesto, un misterio: podemos recurrir cuanto queramos al barroco, a la atmósfera, a la composición, toda depresiones y alturas del terreno, que le confiere continuas e inesperadas perspectivas, al Tíber que la surca y la abre en corazones maravillosos vacíos de aire, y sobre todo a la estratificación de estilos que en cada esquina donde uno gire se ofrece la vista de una sección diferente, que es un verdadero trauma debido al exceso de belleza. Pero ¿sería Roma la ciudad más hermosa del mundo si, al mismo tiempo, no fuera la ciudad más fea del mundo?
Como es natural, belleza y
fealdad están vinculadas: la segunda vuelve a la primera patética y humana, la
primera nos hace olvidar la segunda.
Los lugares de la ciudad que son
«solo» hermosos y los lugares de la ciudad «solo» feos son raros. Cuando la
belleza se aísla tiene algo de arqueológico en el mejor de los casos: pero más
a menudo es una expresión de una historia no democrática, en la que el pueblo está
ahí para aportar color, como en una estampa de Pinelli.
Y del mismo modo -y por el
contrario-, la fealdad, cuando se aísla y llega casi a lo atroz, nunca es
completamente depresiva y arisca: el hambre, el dolor son allí alegoría, la
historia es nuestra historia, la del fascismo, la de la guerra, la de la
posguerra, toda trágica, pero en progreso, y por eso llena de vida. La
esperanza no es tampoco política, puesto que el subproletariado que vive allí profesa
un comunismo confuso y bastante extraño. Es una esperanza pura; la de aquellos
que, al vivir antes de la historia, tienen aún toda la historia ante ellos:
condición anárquica e infantil. Los crímenes acerca de los que se lee cada día
en la crónica negra de Roma son todos de gente débil, aterrorizada: matan para
que no los maten, previenen el mal con el mal. Quien sale antes va el primero
con ventaja, piensa un chico del pueblo romano que se va de paseo «dentro de
Roma», siempre en guardia para liarse a mamporros, para buscar follón; su moral
es una moral de la jungla por ser, precisamente, un débil.
PPP
Manual corsario, Pier Paolo Pasolini, p. 20
Es de aquellos años el pasaje,
conocido como «teta veleta», que más tarde Pasolini explicará de la siguiente
manera:
Sucedió en Belluno, yo tenía poco
más de tres años. Lo que más me chocaba de los chicos que jugaban en los
jardines públicos enfrente de mi casa eran sus piernas, sobre todo la parte
convexa del interior de las rodillas, donde, al doblarse en la carrera, los
nervios se tensan en un gesto elegante y
violento. En aquellos nervios yo Veía un símbolo de la vida que aún debía
alcanzar; aquel gesto de jovencito corriendo representaba para mí el ser mayor.
Ahora sé que se trataba de un agudo sentimiento sexual. Si lo recuerdo siento
perfectamente, en mis vísceras, la ternura, la ansiedad y la violencia del
deseo. Era el sentido de lo inalcanzable, de lo carnal; un sentido para el que
aún no ha sido inventado un nombre. Yo lo inventé entonces y fue “teta veleta”,
Al ver aquellas piernas dobladas en la furia del juego me dije a mí mismo que
sentía, ”teta veleta”, algo parecido a un cosquilleo, una seducción, una
humillación.
BERLIN
Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 474
Berlín es un ente perezoso cuyas
células nerviosas, las neuronas que relacionan unas partes con otras y crean la
ilusión de un cuerpo único, existen gracias a que así lo permiten dos formas
imprescindibles de transporte: el metro y la bicicleta. Berlín existe porque
los viajeros del metro y los ciclistas deciden que recorren una sola ciudad, y
definen sus confines, y van de un sitio para otro dentro de esa entelequia urbana
cuyos límites son como la pintura de Leonardo, más bien cosa mentale: no les
importa cruzar siete u ocho kilómetros -canales, bosques y descampados
incluidos- para tomar una copa y luego otros cinco o seis para entrar en una discoteca,
y tres o cuatro para volver a casa, y a todos esos lugares dispersos han
decidido llamarlos Berlín. Esta mañana una joven traductora me decía que las
ciudades españolas la agobian, la asfixian sus calles, le parecen estrechas,
ruidosas, carentes de vegetación, secas y desoladas. Se quejaba: esa continuidad
de los edificios que se suceden a lo largo de kilómetros sin que apenas haya
una pausa de verde le producían asfixia. Hablaba de Madrid y Barcelona, que son
las ciudades que conoce. Lo cierto es que Berlín, incluso cuando consigue
concentrar unas cuantas calles, es un damero más bien solitario. Caminando
cerca del Pergamon Museum, por el interior del lujoso núcleo que incluye Unter
den Linden y Franziisische Strasse veo las anchas aceras apenas pobladas, las
tiendas vacías, y me pregunto cómo demonios funciona esto, quiénes son los que
viven en esos pisos elegantes, los que compran en esas tiendas y se hospedan en
esos hoteles carísimos; dónde se meten esos millones de habitantes que dicen
que tiene la ciudad cuando no hay un partido de fútbol en la pantalla gigante
del edificio Sony de la Potsdamer Platz o un concierto, eventos que sacan a la
calle a decenas de miles de personas. En otros momentos, solo el conjunto de las
grandes arterias circulatorias y sus principales ramas -unas cuantas grandes
calles que la recorren de punta a punta en varias direcciones- resultan
bulliciosos y hasta cierto punto ruidosos, pero es un sistema de circulación
estanco, que apenas admite fugas; basta con alejarte de esas calles para volver
a poder pasear tranquilamente por lugares solitarios, o entre casas en las que
parece que no vive nadie.
En la foto la casa de Bowie en Berlín
EDUCACION
NAPOLES
Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 311
Bruno Arpaia muestra un
desconsolado pesimismo al hablar de Nápoles. Según él solo una pequeña parte de
los habitantes de la ciudad trabajan en algo confesable, y a esos, el resto los
tolera con desagrado. Los trabajadores legales son el elemento extraño. Los
demás aportan una masa de labores oscuras, esfuerzos sin forma definida, pero
organizada minuciosamente. Son los dueños de la ciudad, generadores de
anticuerpos que los libran de los extraños. Nápoles, según él, está condenada a
muerte. Asegura que, cada vez que vuelve, se refuerza en esa idea. Es verdad
que, desde la última vez que la visité, han rehabilitado bastantes edificios,
incluidos unos cuantos interiores de palacios e iglesias. Pero, mientras charlamos,
caminamos entre montañas de basuras, cajas, papeles, suciedad. Lo turbio
encuentra en Nápoles un humus favorable que lo hace crecer sin control. La
violencia es cada vez más ecuménica y afecta a los propios napolitanos más atrevidos.
Los noctámbulos dejan sus monederos antes de salir de casa, se despojan de sus
joyas, relojes y teléfonos móviles. Las nuevas generaciones de delincuentes ya
no se conforman con robarte. Quieren hacerte daño, me explica Bruno. Y añade:
la marea de la violencia ha crecido imparable durante los últimos años, sin que
lo impida ninguna medida de prevención, ocupa descarada los espacios públicos.
En ese sentido, Nápoles ha empeorado. Pero tampoco puede decirse que ha
mejorado la higiene de la ciudad, que, por lo demás, siempre ha sido ínfima. Me
cuenta que su padre era geómetra y que él, con catorce o quince años, lo
acompañaba a medir los patios del Barrio de los Españoles, o de Spaccanapoli, y
que fue así como empezó a descubrir ese Nápoles de habitaciones en las que
vivían catorce o quince personas, microviviendas que, en el mejor de los casos,
contaban con un retrete que era solo un agujero metido en alguno de los armarios
de la cocina. La ducha, por supuesto, ni se conocía.
JUAN GOYTISOLO
Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 88
También Juan Goytisolo se mostró
efusivo. Nos habíamos cruzado tres o cuatro veces el día anterior, y no nos
habíamos dirigido la palabra: después de una desagradable experiencia que tuve
con él y que sería largo describir aquí, mantengo la posición de que hay que evitar
tener contactos con Goytisolo si uno no quiere acabar atrapado en alguna red de
malentendidos. Ayer me envió un emisario
para preguntarme si me parecía bien que hablásemos. Le dije que no tenía ningún
inconveniente (pensé: ¿por qué no viene él y tiene que mandarme a alguien?). Hoy
se ha acercado: Los incidentes pasan, la amistad queda, me ha dicho. Y ha
añadido: Mándame algún libro tuyo. Amigos comunes me dicen que son muy buenos, pero
yo no los he leído (pienso: ¿y por qué no te has acercado a una librería y te
has comprado alguno? Yo, los tuyos que he leído, los he comprado). Sé que no es
verdad, al menos Mimoun me consta que lo leyó y, además de leerlo, comentó a
bastantes personas que era una novela muy mala. Cualquier palabra que un
español escribe sobre Marruecos, Goytisolo la lee y la comenta, la fiscaliza,
es competencia desleal en un mercado cautivo; como Cristo ve a cualquiera que
profana un templo suyo y lo castiga. A pesar de eso, me parece miserable por mi
parte andar dándole vueltas a esas estupideces de vieja diva, lo veo tan mayor,
y, de rebote, me veo tan mayor yo mismo, que le dejo en la recepción del hotel un
ejemplar dedicado de Los viejos amigos. Es cierto que me ha producido ternura
verlo así de frágil. No me lo había parecido en el primer momento, más bien me
dio la impresión de que el tiempo no había pasado por él: tiene la cara prácticamente
igual que hace treinta años, y eso te confunde; pero habla con una voz muy
débil, está extremadamente delgado y camina con paso vacilante. Ignacio Olmos,
el director del Cervantes de aquí, de Berlín, me ha dicho que está muy mal.
Viaja con una mujer que le sirve de enfermera y a la que ayer la escuché
hablarle de no sé qué pastillas que le habían parecido muy baratas, y también
se refirió a una mantita. No pude apartar la imagen: el azote de España
acurrucado y envuelto en una mantita. Qué cabrona es la vida.
El Retablo de lsenheim
Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 294
El Retablo de lsenheim. El Cristo crucificado, descomunal y deforme, parece haber sufrido algún tipo de mutación regresiva que pusiera en relación el reino de los hombres con el de los saurios: los pies, hendidos y tumefactos. Costaría reconocer que son pies si se vieran aislados del resto de la figura; las palmas de las manos clavadas al leño, de las que surgen unos dedos que parecen más bien patas de ave; el convulso movimiento de los cuerpos de las mujeres (también los dedos de la Magdalena se levantan y tuercen como garras). Pero, sobre todo, la piel. Repugna a la vista la piel del Cristo agonizante (en la tabla inferior, ya un cadáver), tumefacta, cubierta de llagas que parecen más fruto de una enfermedad que de los tormentos que le hayan infligido los sayones. Llagas y bubas atroces también en el individuo que -en otra de las tablas- contempla cómo los repugnantes diablos arrastran a San Antonio.
La representación del dolor en
los personajes que velan al pie de la cruz muestra tal violencia que solo
consigo asociarla con un grupo escultórico en terracota que vi en Bolonia, en
Santa Maria della Vita, y que representa a las santas mujeres exhibiendo un
dolor que conecta más con lo prehumano, con lo animal, que con cualquier
concepto cristiano: dolor que no admite consuelo y suspende la razón. Sombrío,
inconsolable e inexpresable: aullido. Pasaron casi quinientos años hasta que
Munch pintó El grito. Pero he empezado diciendo que todo en el retablo resulta
monstruoso: es monstruosa la colección de demonios, que, sin embargo, nos
resulta próxima, contemporánea, como sacada de alguna de las pesadillas de
nuestro tiempo, de un cómic; o como si Dalí y Max Ernst hubieran decidido
vender alguna de sus pesadillas haciéndola pasar por un retablo del siglo XV.
La propia imagen del Cristo transfigurado parece de un tiempo que no es el
suyo. Más que un trabajo renacentista es el cuadro pintado por un hippie de los
sesenta del siglo XX iluminado por una dosis de LSD: el color sutil, de una
blancura casi transparente, del cuerpo del Cristo, la luz fosforescente del
aura, todo me hace pensar en alguno de los pósters psicodélicos que estuvieron
de moda en mi juventud, y también me parece sorprendentemente contemporánea la
composición de los guerreros que yacen a sus pies. Por cierto, que el que yace
tendido boca abajo y vestido con una armadura es, sin duda, una de las más
bellas imágenes de la historia del arte.
ESPECULACION

Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 285
Manda una burguesía salvaje,
voraz e impaciente, que ha renunciado a imponer cualquier modelo que se defina
por elevación. Especuladores que llegan de fuera con la idea de llevarse cuanto
antes su ración de tarta; y una burguesía local (y lodal) que aún no se ha
librado del poso de explotador rústico, despiadado, que trata a la tierra como
esclavo a su servicio, la España de Lorca y Benavente mal enterrada, que ahora
viaja a bordo de fulgurantes todoterrenos: codiciosos hijos de campesinos
reconvertidos en tres o cuatro decenios, incapaces de devolverle nada a la
tierra que aún embarra sus pies. Su altura estética la encuentran en los
programas televisivos, en la prensa rosa, en los gritos en el bar o en el campo
de fútbol, el estruendo de las tracas y la música empalagosa de los puticlubs
de carretera es el que empasta su espíritu. Hablan de grandes vinos, de comidas
en restaurantes de alta cocina, y se lo echan todo al gañote. Proceden también
ellos de un sombrío mundo precristiano, de un universo de dioses terrenales a
los que el futuro les parece tan improbable como el más allá. Ni siquiera han
capturado de la bolsa del cristianismo conceptos como los de la caridad, la
compasión o -hasta si me apuras- la mentira piadosa. Un laicismo despiadado que
no cree en Dios, ni en Marx, y se caga en la historia y en el porvenir (yo ya
no lo veré, no me lo comeré ni me lo follaré, ese futuro del que me hablas):
saben que, tras la carrera precipitada, llega el silencio por el que pasean
tristes las sombras. Se ríen -con razón- de ese «post tenebras spero lucem», que sirve de lema a Cervantes en su
Quijote.
INCIPIT 1.332. DIARIOS 2 / RAFAEL CHIRBES
2005
5 de marzo de 2005
¿En qué se me ha ido febrero?
Unos cuantos ratos ante el· ordenador con la mente en blanco, todo lo más
anotando unas pocas frases que pienso que pueden servir a la novela que debería
llegar. Ni siquiera me he asomado a este cuaderno. Bueno, al menos he
conseguido entregarles a los de Sobremesa un artículo largo sobre los aceites
de Castellón que, por cierto, son magníficos. ¡Ah!, y las columnitas que, desde
hace tres o cuatro meses, les escribo a los de la revista Descubrir. Algo es
algo.
8 de marzo 2005. Madrid
Tras muchas vacilaciones acerca
de si, cuando en abril vaya a Nueva York, tengo que leer un texto que escribí
hace ya algún tiempo o si tengo que limitarme a leer un capítulo de la última
novela, me doy cuenta de que, una vez más, lo que tengo que hacer es
preguntarme a mí mismo en voz alta qué voy a hacer allí, qué demonios es esto
de ser europeo (el Pen Club de Nueva York, que es el que nos invita, quiere que
hablemos de eso, de la europeidad), qué es ser escritor, o individuo en la
nueva Europa. Seguramente, sin citas interpuestas o con las citas que me
lleguen a las manos.
BONO
Diarios 2, Rafael Chirbes 140
Bono exhibe el gesto de quien ha
llegado muy arriba, la autosatisfacción de mirar por encima del hombro -y como
quien ni siquiera se ocupa de mirar- a los de su pueblo. ¿Veis a quién votáis?,
¿veis qué arriba he llegado?, ¿qué alto está vuestro paisano? !barra, a quien
vi por la tele anoche, se sostiene sobre ese mismo esqueleto psicológico, el
gallo que se ha hecho con el dominio del corral a fuerza de pico y espolón.
Esos dos hablan así, engallados, ponen las palabras de puntillas, las hacen
encocorarse y sacar pecho: como el gallo, al tiempo que cacarean se pavonean y
estiran el cuello y echan la cabeza hacia atrás, amenazando a quien les discuta
el dominio que han conseguido a fuerza de culebrear y babear al servicio de
quien podía más que ellos. Javier Ortiz me ha contado los tiempos en los que
Bono era un tímido monaguillo que le llevaba la cartera y ayudaba servilmente a
Raúl Morodo; otros me han contado los años en que Ibarra lavaba con lejía para
decolorar su camisa azul de falangista a la espera de conseguir un puesto en el
PSOE. No son personas, son más bien figuras del arte, polichinelas, grabados de
Daumier, de Goya, de Otto Dix. Cuando hablan, les dicen a sus paisanos: tú eliges, yo soy el que puede
subirte arriba o hundirte. Y, al permitirles esa elección, están convencidos de
que los hacen libres. Es el lenguaje de los padrinos sicilianos, el momento en
que los rasgos de la caricatura se ensombrecen, se vuelven amenazadores,
pinturas de la Quinta del Sordo, macabro guiñol del pim, pam, pum nacional.
INCIPIT 1.331. EL PASAJERO-STELLA MARIS / CORMAC McCARTHY
Por la noche habla nevado un poco y sus cabellos tiesos eran como de oro y cristalinos y sus ojos más helados que fríos y duros como piedras. Una bota amarilla se le había caído y yacía en la nieve a sus pies. La forma de su abrigo descansaba espolvoreada en la nieve allí donde ella lo había dejado y solo llevaba puesto un vestido blanco y pendía entre los desnudos postes grises de los árboles invernales con la cabeza gacha y las manos ligeramente vueltas hacia fuera como las de ciertas estatuas ecuménicas cuya postura reclama que su historia sea tenida en cuenta. Que se tome en consideración que el mundo en su ser más profundo está cimentado en la aflicción de sus criaturas. El cazador se puso de rodillas e hincó el rifle en la nieve con el cañón hacia arriba y se quitó los guantes y los dejó caer y juntó las manos una sobre otra. Pensó en rezar, pero no conocía ninguna oración para semejante cosa. Agachó la cabeza. Torre de marfil, dijo. Casa de oro. Largo rato estuvo allí de rodillas. Al abrir los ojos el cazador vio una cosa menuda semienterrada en la nieve y se inclinó y apartó la nieve con los dedos y era una cadena de oro con una llave metálica y un anillo de oro blanco. Se lo guardó todo en el bolsillo del chaquetón. Había oído el viento por la noche. El quehacer del viento. Un cubo de la basura chocando ruidoso contra los ladrillos que había detrás de su casa. La nieve cayendo en la oscuridad del bosque. Levantó la vista hacia aquellos fríos ojos esmaltados que despedían destellos azules en la tenue luz invernal. Se había ceñido el vestido con un fajín rojo para que pudieran encontrarla. Una pincelada de color en la escrupulosa desolación. Hoy, que era Navidad. Esta fría y apenas mentada Navidad.
IFIGENIA
AFRODITA
La mil naves, Natalie Haynes, p. 156
AQUILES
Las mil naves, Natalie Haynes, p. 121
Aun así, Tetis sabía que una vez
que mataran a Héctor, e incorporaran el nombre de Pentesilea a la larga lista de
héroes a quien Aquiles había abatido, su hijo no tardaría en cruzar el río
Estigia. Y cuando su hijo murió asesinado por Apolo (tal vez engañara a algunos
al disfrazarse del adúltero París, pero no a Tetis), ella lloró pese a que siempre
había sabido que llegaría ese día. Su cuerpo era tan hermoso que no podía creer
que estuviera muerto por una pequeña herida. Una flecha envenenada era todo lo que
había necesitado el Arquero para matar a su amado hijo. Y ahora Aquiles vivía
en la Isla de los Benditos, y Tetis sabía que se arrepentía de haber tomado la
decisión equivocada. Un día Odiseo lo encontraría en el Inframundo y le
preguntaría cómo era la muerte, y Aquiles respondería que prefería ser un
campesino vivo a un héroe muerto. Que su hijo dijera eso la llenaba de ira y vergüenza.
Estaba claro que él era mortal si valoraba su preciosa vida por encima de todo.
¿Cómo podía ser tan estúpido e ingrato cuando ella le había dado tanto? A veces
pensaba que no podía conocer a fondo la mente de su hijo porque ella nunca
moriría, pero eso sólo la llevaba a despreciarlo más: la sangre de su padre le
corría por las venas más de lo que ella había creído. Y entonces lloraba, pero
sus lágrimas no sabían a nada.
ESQUIZOFRENIA
Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 366
Hay un problema más grave con la
mayoría de las teorías y las terapias psicológicas, y es que, habitualmente, implican
que hay que culpar a alguien. Según sus modelos, tus padres o tus amigos o tú
misma o algún otro ha metido la pata. El hecho cierto es que no hay culpables.
Tú no has hecho nada horriblemente malo y tampoco lo han hecho ni tus padres ni
nadie. Todo el mundo va dando tumbos por la vida y todo el mundo comete
errores. Pero los errores no son la razón de que tú tengas problemas mentales. Anita,
yo estaría a favor de hacer que alguien se sintiera fatal y culpable, incluso
equivocadamente, si hubiera la más mínima prueba de que eso ayudaría a los
esquizofrénicos, pero no es así. Lo más frecuente es que la esquizofrenia simplemente
aterroriza y enloquece a aquellos que más desean ayudarte.
Si la psicoterapia no te ayuda,
tienes más posibilidades de entrar a formar parte de los pacientes «resistentes
a la terapia». Como si las cosas no fueran ya lo suficientemente duras, ahora se
te acusará de estar fomentándolas consciente o inconscientemente.
Si, por otra parte, te recuperas
con la psicoterapia,
puedes acabar creyendo que la
sinceridad y otras formas de virtud estaban en la raíz de tu problema, y que si
tú y los que te rodean no son siempre sabios y puros, volverás a volverte
majara otra vez. La verdad y la belleza son cosas maravillosas, pero quiero
asegurarte que, una vez recuperado, un esquizofrénico puede mentir, engañar y
ser tanto o más perverso con consecuencias no más graves que las que afrontaría
cualquier otra persona.
INCIPIT 1.330. VIAJE A PIE / JOSEP PLA
AJEDREZ
Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 470
Entre los aficionados, la mayoría
de las partidas rápidas se pierden por errores estúpidos. Esas partidas dejan
de tener gracia muy pronto: ningún jugador aprende nada. Yo soy capaz de jugar
bastante bien esas partidas, pero me cuesta mucho disfrutarlas. Gano a
jugadores con los que debería perder y pierdo con jugadores a los que debería
ganar. De cualquier manera, me dejan muy mal sabor de boca.
Los forofos de las partidas
rápidas sostienen, con igual fervor, que la posibilidad de rectificar un
movimiento arruina el juego. Es muy mal entrenamiento para un torneo y favorece
la holgazanería. A Jo mejor tienen razón. A lo mejor deberíamos afrontar las
consecuencias de nuestros errores. La vida es así de dura y todo eso.
La vida se parece mucho más a una
de esas partidas rápidas inclementes que a una partida amistosa de ajedrez, pero
tal vez sea así porque hay muchos putos jugadores de partidas rápidas por ahí.
Lo que sí espero que sea cierto
es que, de hacer las cosas bien, podamos y sepamos rectificar con la frecuencia
debida. Si todos nos esforzamos y dejamos que cualquiera corrija sus errores,
es decir, si está en nuestra mano dejar que puedan corregir sus equivocaciones
en vez de saltar de alegría ante sus fallos, podríamos conseguir que la vida fuera
mucho más agradable. Podríamos incluso ser capaces de encontrar una manera de
corregir los errores en el tiempo y reparar lo que ahora nos parecen errores
irrevocables. Para empezar, dejar que los amigos se retracten de sus
movimientos en el ajedrez sería una manera tan buena como cualquier otra de
emprender este camino.
LA LOCURA
FELIPE GONZALEZ
Un tal González, Sergio del Molino, p. 370
Históricamente, los gobiernos de
Londres, Bonn, Roma o París no han mostrado piedad con los terroristas ni remilgos
con los derechos y garantías constitucionales. Ni esa operación ni ninguna de
las suspensiones de derechos fundamentales decretadas en Irlanda del Norte ensombrecieron
la memoria de Margaret Thatcher, cuyas polémicas tienen que ver con otras
cuestiones, sobre todo económicas. No hay un episodio parecido en la historia
del terrorismo español en democracia. Nunca un comando militar se ha plantado
en mitad de Rentería y se ha puesto a disparar por la espalda a miembros de ETA
desarmados. Tampoco hubo en España nada parecido a la OAS (Organisation de l'Armée
Secrete) francesa, infestada de militares corruptos, ni se aplicó la dureza que
la República Federal de Alemania empleó contra la Fracción del Ejército Rojo,
ni hubo una organización de terrorismo fascista directamente conectada con el
partido del gobierno y la mafia, como el Ordine Nuovo italiano. Y, sin embargo,
sólo en España se ha dado un debate tan largo sobre la guerra sucia y las
cloacas, y sólo en España los jueces se han cobrado piezas de caza mayor, como
ministros.
A eso se refería Felipe cuando
hablaba de la autocontención de las fuerzas de seguridad españolas con ETA: de
una forma casi inefable -porque es imposible decir algo así sin que suene a
berrinche exculpatorio--, sienten que la historia ha sido muy cruel con ellos y
que esto se debe al sindicato del crimen, a la vanidad de un director de
periódico y al rencor de un juez vengativo. Por eso le dijo a Millás que pudo haber
volado la cúpula de ETA y que a veces se arrepentía de no haberlo hecho, porque
estaba convencido de que Mitterrand o Thatcher la habrían volado y, al día
siguiente, se habrían enfrentado a las críticas diciendo: qué queríais, eran terroristas.
Es decir: si hubiera sabido que la pringue del GAL le iba a acompañar de por
vida, al menos, que fuera con razón, a lo grande, no por las chapuzas de cuatro
coroneles que no sabían ni secuestrar a los objetivos correctos. Con esto sólo
intento entender los sentimientos y los laberintos mentales en que se han
encerrado algunos socialistas viejos para eludir la verdad y, quizá,
tranquilizar su conciencia. No creo que sea el caso de Felipe, que, hasta donde
la deja ver, parece que tiene la conciencia como una patena, pero sí es víctima
de su propia negación, del recuerdo de aquel último acto teatral de su historia
en el gobierno que impide a tantos valorarle como la grandísima figura histórica
que en verdad es y a la que ningún español debería regatear el agradecimiento.
Juan Carlos García Goena
Un tal González, Sergio del Molino, p. 347
Entre los más de ocho millones de
espectadores que vieron la entrevista en directo estaba Laura Martín, la viuda
de la última víctima del GAL, Juan Carlos García Goena, el electricista al que
dos pistoleros confundieron con un etarra y mataron con una bomba en 1987. No
era una víctima oficial, porque la guerra sucia terminó en 1986 y no se
reconocían crímenes posteriores, pero Laura se había empeñado en que toda
España recordase a su marido. Aquella noche quedó convencida de que el GAL no
era un asunto de policías y guardias, ni siquiera de funcionarios del
ministerio, sino del propio gobierno. Esperaba que Felipe asumiera alguna responsabilidad.
No penal, pues tampoco estaba claro que pudiera tenerla, pero sí política.
Esperaba que reconociese que algo se hizo muy mal en aquellos años y que él
debería haberlo sabido y parado, y que no saberlo también era grave. Le hubiera
bastado con una declaración así, una disculpa y un compromiso para ayudar a
resolver el caso abierto de su marido. Que no le dieran con la puerta en la
cara cada vez que reclamaba información, que le contestasen las canas, que
reconociesen su dolor y reparasen el crimen, como se hacía con cualquier otra
víctima.
Aquella noche, mientras sus hijas
pequeñas dormían, se propuso llegar hasta el final. Quizá todo era un juego político.
Por supuesto que Amedo y Domínguez se guiaban por su propio interés y estaba
claro que un director de periódico y un juez los usaban en sus estrategias y
venganzas. Cualquier persona informada más allá del ruido de la muy recurrente
crispación lo sabía. Pero eso no borraba las huellas de los crímenes ni llenaba
los huecos que dejaban los muertos en las camas. Detrás del resentimiento
vengativo de tantos contra un gobierno que querían desalojar para ocuparlo
ellos había un dolor real al que no se estaba haciendo caso. Hasta entonces
sólo había pedido justicia para su marido, que descubrieran a los asesinos, los
juzgasen y los condenasen. Ya no le bastaba con eso.
INCIPIT 1.329. MIRA A ESA CHICA / CRISTINA ARAUJO
Agosto de 2016
Estás sentada en el banco, el
bolso apretado contra las costillas con las dos manos, las pupilas
desenfocadas, como si te hubiesen intentado robar. Pero no te han robado. Hace
frío, lo notas sobre todo en los pies, y si estuvieras en condiciones de
pensar, pensarías, por ejemplo, que cuántas horas quedan para el amanecer. Pero
no piensas, y lo único que sientes es. Nada. Que te escuece el raspón en la
parte blanda de la rodilla. Ha tomado un color rosa húmedo, y duele horrores
cada vez que el pellejo pivota y pela un poco más de carne. No tenías ninguna
herida cuando has salido de casa. Seguramente te has arañado con esa mezcla de
arenilla y porquería que había en el suelo.
Al final de la calle, una farola
emite un zumbido discreto de electrodoméstico. Te sorbes los mocos. Llevas como
veinte minutos con la mirada perdida en una mancha de la sandalia. A ratos
cambia de forma, le crecen lóbulos, o se agranda. Pero no, en realidad no se
mueve, es solo una ilusión óptica, y en cuanto pestañeas reajusta de nuevo sus dimensiones
originales. Esa mancha, no la recuerdas tampoco.
GAL
Un tal González, Sergio del Molino, p. 340
Antes de que Margarita Robles
asumiera su cargo, Garzón hizo un último intento de figurar y se presentó en el
despacho de Belloch, haciendo corazón de cada una de sus tripas. Le dio la
enhorabuena sin efusiones y empezó a contarle, al estilo González, con
subordinadas y sin pausas, su proyecto de reforma del ministerio. Belloch lo
interrumpió en cuanto encontró un resquicio:
-Mira, Baltasar, no sigas, lo
siento, no voy a contar contigo. Te dejo lo de la droga, si quieres, pero nada
más. Garzón no dio un portazo, pero salió del ministerio dando zancadas, rojo,
humilladísimo. En su despacho de la droga pidió línea con la Moncloa, pero no
se la dieron. El presidente no se podría poner en todo el día, lo sentían mucho.
A la tercera llamada, gritó al teléfono:
-Habéis valorado muy mal mi peso
político. Ojalá no tengáis que arrepentiros.
Dimitió a los pocos días, aunque
sólo después de que Belloch dijera en público que aceptaría encantado su
renuncia.
-Este Baltasar -dijo el
biministro cuando recibió la noticia de su dimisión, en medio de un almuerzo
con su equipo del ministerio- no pilla una indirecta.
Al día siguiente, Garzón se
reincorporó a la Audiencia Nacional. Saludó a los conserjes, a los
administrativos, a los secretarios y a los ujieres. Se sentó en su despacho y llamó
a un ordenanza:
-Por favor, que me traigan todo
el sumario del GAL, y avisa a mi equipo para que nadie haga planes para la cena.
Vamos a pasar mucho rato leyendo.


























.jpg)







