Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LA FRANCE

Vida de este chico, Tobías Wolff, p. 161
Dwight estaba totalmente a favor de mandarme a París. La idea de que yo me marcharía pronto le ablandó y le inclinó a los recuerdos. Dijo que sus viajes durante la guerra le habían dado un punto de vista enteramente nuevo sobre la vida. Me dio consejos acerca de cómo tratar a los franceses y me recomendó que fuese tolerante en lo relativo a sus afeminadas costumbres. Me habló mucho del apetito de los franceses por las ranas y me enteré de que ésa era la razón de que la gente de otras naciones les llamase ranas. De una enciclopedia inglesa anterior a la Primera Guerra Mundial que había comprado en una subasta, Dwight me leyó largos pasajes sobre la historia francesa (tumultuosa, despótica, caracterizada por el gusto galo por la conspiración y la traición), la cultura francesa (llena del ingenio y la alegría galos, pero generalmente poco original, superficial, árida y atea) y del carácter nacional francés (dotado de cierta cordialidad y encanto galos, pero excitable, sensual y, en conjunto, poco de fiar).

INCIPIT 918. EL DESHIELO / LIZE SPIT

La invitación llegó hace tres semanas en un sobre exageradamente franqueado. El peso de los sellos, que a su vez debió de aumentar los portes, me llenó de esperanza  al principio: aún hay cosas que se necesitan para existir.
Encontré el sobre encima del resto del correo, una docena de cartas y folletos apilados en dos montoncitos idénticos delante de mi puerta. Aquello llevaba la firma de mi vecino: una pila por cada favor que tendría que devolverle. Debajo del sobre excesivamente franqueado había un folleto de una vidente francófona y un catálogo de una tienda de juguetes dirigido a los vecinos del piso de arriba: el correo que tiende a alterar a los niños suele ir a parar a mi buzón. También había facturas y cuatro hojas de publicidad de un supermercado barato, todos con el consabido pavo poco relleno, bizcocho de moca y vino a buen precio. Y yo, por supuesto, seguía sin tener ningún plan para Nochevieja.

Recogí el conato de barricada, entré en mi piso y, correo en mano, efectué la ronda habitual, abriendo cada puerta sin saber qué era peor: si encontrarme alguna vez con un intruso o siempre con aquellas habitaciones vacías.

INCIPIT 917. ZAMA / ANTONIO DI BENEDETTO

Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo  Llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.

Con ser tan mansa, cuidábame de la naturaleza de esta tierra, porque es infantil y capaz de arrobarme y en la lasitud semidespierta me ponía repentinos pensamientos traicioneros, de esos que no dan conformidad ni, por tiempos, sosiego. 

ITALIA

Cartas, Cheever, p. 224
Querido Bill:
                                                                                                     La Rocca, Porto Ercole, Pridi Grosetto
                                                                                                     Sábado
La gente es muy guapa, y creo que sigue siéndolo porque hay muy pocos stranieri. Quiere ser guapa y no creo que eso siga siendo posible en el mundo moderno. Nunca he visto una mezcla tan llamativa de vanidad y absoluta inocencia. Los muchachos llevan bañadores de colores llamativos, las jóvenes se tapan con mucha modestia y se cogen de la mano y juegan a un juego que nuestros niños llaman Tapar el hueco y que parece tan antiguo como el mar. Me siento en una roca a observarles con mi bañador largo de Brooks Brothers, que lleva un bañador debajo del bañador para evitar cualquier sugerencia embarazosa. Pensé en comprarme algo más deportivo, pero todos pusieron el grito en el cielo -sobre todo Iole y Susie, que gritaron más que nadie. Mi bañador no solo es ancho, sino que cuando buceo se llena de aire como un globo. Pero la gente de aquí no tiene la misma complexión que los norteamericanos, tal como se vio hace unos días cuando un apuesto norteamericano paseaba por la playa. Daba la impresión de que fuese un error.

John
(En la foto Cary Grant vigilado por Grace Kelly)

ROMA

Cartas, Cheever, p. 220
Querida Helen:
                                                                                                                              Via del Plebiscito, 107
                                                                                                                               29 de marzo
Eres muy amable y no sabes lo mucho que te lo agradezco. Borra esa repugnante sonrisa de tu cara, me ha dicho Mary en cuanto he acabado de leer tu carta, pero ahora he salido a la galería y estoy sonriendo y sonriendo en privado y riéndome y carcajeándome. Creo que he tenido mucha suerte con las reseñas y espero que se venda bien. Esta mañana voy a ir a comprar un coche; o al menos voy a intentarlo. Luego intentaré conducirlo, pues el tráfico aquí es literalmente homicida. Nada más llegar, cuando los Fiat te arrancan los botones de la chaqueta piensas “Oh, bueno, pero no matan a nadie”. Luego ves a una anciana volteada por una Vespa y rodando por la Piazza Rotounda como un barril de cerveza y ya no estás tan seguro. Después te enseñan las estadísticas, ves que en un año hay más atropellos que muertos en los combates de gladiadores y mientras recorres el corso empiezas a formarte juicios morales sobre la vida en Roma.
Mary está bien y lo que empezó siendo Frederick es ahora Federico, un niño muy bueno que también está muy bien, pero hoy hace un día frío y nublado, las wisterias están en flor y echo de menos mi país, y los niños también. La única información que tengo hoy es sobre la princesa Doria. Es encantadora, vaporosa, ingeniosa y la última de un linaje que empezó con Numa Pompilius, pero no soporta a los hombres. En la torre ha anidado un búho (encima de una familia de Filadelfia) que se pasa la noche ululando una canción sobre el final de la familia. Traen duques y condes de Inglaterra para sacarla a bailar, pero a ella no le gustan. Dan ganas de proponerle ir al psicoanalista, hasta que uno repara en que una princesa no puede tumbarse en un diván. Así que, como dice Ben, todos tenemos nuestros problemas.
Abrazos,

John

CONSEJOS A LOS HIJOS

Cartas, Cheever, p. 198
Mi padre tenía cuarenta y cuatro años cuando se publicó La crónica. Llevaba trabajando en una u otra novela desde los dieciocho. Cuando estaba en la facultad, memoricé las últimas frases del libro y al leerlas aún me parece oír su voz.
Leander, un suicida, había dejado una nota en la edición de las obras de Shakespeare de la familia.

... «Consejos a mis hijos -decía-. No poner nunca whisky en botella de agua caliente al cruzar fronteras de países o estados secos. La goma estropeará el sabor. No hacer nunca el amor con los pantalones puestos. Después de whisky, cerveza, se sube a la cabeza. Al revés, nada que temer. N o tomar nunca manzanas, melocotones, peras, etcétera, bebiendo whisky, excepto en comidas largas estilo francés que terminan con fruta. Otras viandas tienen efectos mitigantes. No dormir nunca a la luz de la luna. Comprobado por los científicos que induce a la locura. Si la cabecera de la cama está junto a la ventana, en las noches claras correr las cortinas antes de acostarse. N o sostener nunca un puro en ángulo recto con los dedos. Muy paleto. Sostener en diagonal. Quitar la vitola o no, corno se prefiera. No llevar nunca corbata roja. En las fiestas tener siempre bebidas ligeras para las señoras. El efecto de las fuertes en el sexo débil es a veces desastroso. Bañarse en agua fría todas las mañanas. Desagradable, pero estimulante. También reduce las callosidades. Cortarse el pelo una vez por semana. Llevar traje oscuro después de las seis de la tarde. Tornar un plato fresco para desayunar, si es posible. Evitar arrodillarse en los suelos de piedra de iglesias no caldeadas. La humedad eclesiástica produce canas prematuras. El miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarlo entrar en casa. El valor tiene el sabor de la sangre. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor.”

POLVO

Cartas, Cheever, p. 194
Crónica de los Wapshot había sido aceptada por el Club del Libro del Mes, lo que contribuyó mucho a su éxito. El club quería que se borrara una palabra.
“Entonces, ella abrió la puerta y salió, pero no desnuda, sino con un camisón cerrado y suelto y pasándose un trozo de seda dental por entre los dientes.
-¡Oh, Melissa! -dijo él.
-Dudo que me quieras -dijo ella con la voz tenue y desapasionada de una solterona, que le recordó cosas tenues como el humo y el polvo-. A veces pienso que no me quieres en absoluto y, desde luego, te importa demasiado el sexo, oh, demasiado ...
-Pero yo te quiero -dijo él, esperanzado.
-Hay hombres que se traen trabajo de la oficina a casa –dijo ella-. La mayoría de los hombres lo hacen. La mayoría de los hombres que yo conozco. -Su voz parecía secarse mientras él la escuchaba, perder sus notas más profundas a medida que sus sentimientos se estrechaban-. Y la mayoría de los hombres de negocios tienen que viajar mucho. Pasan mucho tiempo lejos de sus mujeres. Tiene otros desahogos además del sexo. Al menos, la mayoría de los hombres sanos. Juegan al squash.
-Yo juego al squash.
-Nunca has jugado al squash desde que yo te conozco.
-Pues antes jugaba.
-Desde luego -dijo ella-, si es absolutamente necesario para ti hacerme el amor, lo haremos, pero creo que deberías comprender que no es algo tan crucial.
-Con tanto hablar has conseguido ahorrarte un polvo -dijo el fríamente.”

El Club del Libro del Mes quería saber si era imprescindible que usara la palabra «polvo». El cuento en el que se inspiraba esta parte de la novela se había publicado en The New Yorker sin la palabra en cuestión. Aparte de la probabilidad de un aumento de las ventas, el acuerdo con el club incluía una considerable cantidad de dinero. Pero mi padre se mostró inflexible. The New Yorker le había apoyado y publicado sus relatos desde que tenía veinte años, y haría casi cualquier cosa por The New Yorker. Pero este era su libro y esa era la palabra adecuada. Bessie aceptó, y volvió a la mesa de negociaciones. Tuvo éxito y así fue como los miembros del Club del Libro del Mes vieron publicada por primera vez en su vida la palabra “polvo”.

COMED COMED

Cartas, Cheever, p. 158
La cocinera que teníamos aquel año era una polaca llamada Anna Ostrovick, contratada exclusivamente para el verano. Era excelente: una mujer grande, gorda, cordial, diligente, que se tomaba su trabajo muy en serio. Le gustaba cocinar, y que la gente apreciara y comiera los alimentos que preparaba, y siempre que la veíamos insistía en que comiéramos. Hacía bollos calientes, croissants y brioches dos o tres veces por semana para desayunar y los traía ella misma al comedor diciendo: «¡Coman, coman, coman!». Cuando la doncella devolvía los platos sucios a la antecocina, a veces oíamos decir a Anna, que estaba allí esperando: «¡Excelente! Comen”. Daba de comer al que recogía la basura, al lechero Y al jardinero. “¡Coma!”, les decía. Los jueves por la tarde iba al cine con la doncella, pero no disfrutaba con las películas, porque los actores estaban demasiado delgados. Se pasaba hora y media en la sala a oscuras aguardando ansiosamente a que apareciese alguien con aspecto de disfrutar comiendo. Para Anna, Bette Davis no pasaba de ser una mujer con aspecto de no comer bien. “¡Están todos tan flacos!”, decía al salir del cine. Por las noches, después de habernos atiborrado y de fregar las cazuelas y las sartenes, recogía las sobras y salía fuera para alimentar a la creación. Aquel año teníamos unos cuantos pollos, y aunque para entonces ya estaban todos descansando en sus perchas, les arrojaba los alimentos en el comedero y exhortaba a las aves dormidas para que comieran. También alimentaba a los pájaros cantores del jardín, y a las ardillas del patio trasero. Su presencia en el límite del jardín y su voz apremiante -oíamos perfectamente su «Comed, comed, comed»- estaban ya, como la salva de cañón en el club náutico y la luz del faro Heron, ligadas a aquel momento del dia. «Comed, comed, comed>>, le oíamos decir a Anna. “Comed, comed ...”. Y ya se había hecho de noche.

INCIPIT 916. EN LA CARCEL DE FALCONER / CHEEVER

La entrada principal a Falconer -la única entrada de los convictos, sus visitantes y el personal- estaba coronada por un escudo de armas que representaba a la Libertad, la Justicia y, entre ambas, el poder soberano del gobierno. La Libertad llevaba cofia y sostenía una pica. El gobierno era el Aguila federal que sostenía una rama de olivo y estaba armada con flechas de caza. La Justicia era una figura convencional; con los ojos tapados, indefinidamente erótica con su vestido de pliegues colgantes y armada con la espada del verdugo. El bajorrelieve era de bronce, pero aparecía ya negro -el negro de la antracita sin pulir o el ónix-. Cuántos centenares habían pasado bajo esta figura, el último emblema que la mayoría de ellos vería, el esfuerzo del hombre para interpretar con símbolos el misterio del encarcelamiento. Centenares, quizá miles, mejor millones. Sobre el escudo de armas se desgranaban los nombres del lugar: Cárcel Falconer, 1871, Reformatorio Falconer, Penitenciaría Federal Falconer, Prisión Estatal Falconer, Correccional Falconer; y el último, que nunca había sido aceptado: Casa del Alba. Ahora los presos eran internos, los gilipollas eran empleados y el carcelero jefe se llamaba superintendente. Dios sabe que la fama es caprichosa, pero Falconer -con su espacio limitado para dos mil malandrines- era tan famosa como Newgate.

INCIPIT 915. CARTAS / CHEEVER

AÑOS TREINTA: INICIOS
Esta carta se escribió desde la casa de mis abuelos en Quincy, Massachusetts. Mi padre había estado hacía poco en la fiesta en casa de los Cowley, una fiesta a la que asistieron muchos famosos, uno de los cuales puede que fuese Mae West. El nombre de Curtis Glover no vuelve a aparecer. Fritz es un diminutivo de Fred. Reproduzco la carta tal como la encontré, por lo que las elipsis son las que son y no indican que haya eliminado ningún fragmento. Los errores ortográficos también son suyos. Es con mucho el texto de mi padre peor escrito que he visto nunca, pero no se desanimen, no es indicativo de lo que vendrá después.
malcolm cowley:
ayer por la tarde se pasó por casa Curtís Glover “Para discutir los problemas educativos”. Recordarás (Jamás había oído hablar de él) que se escapó del instituto hace unos años y que huyó de dartmouth hace dos años. nos vimos con el punto en común de ser radicales ... «ser radical en la norteamérica de nuestros días implica estar solo. es sentirte marginado, y como tanta gente te desprecia, un poco inferior...”
Hacía mucho que no me divertía tanto.
Era alto, rubio, de tez pálida y sonrosada, caderas anchas y boca floja. Tenía una risa nasal, comía las tostadas con cuchillo y tenedor y leía puntualmente the new republic. carecía de entusiasmo, de pasión y de barbilla. N os despedimos con la promesa de escribirnos.
el año que viene va a impartir clases de matemáticas en un instituto.

en cualquier caso fue muy divertido, obviamente huyó de la universidad por las malas compañías y no por problemas educativos. ahora está en harvard. cree que spengler es un poco desagradable y Joyce

ECFRASIS

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 263
Las pinturas de Pollock, en la suite inmensa y desolada, lo confortaban. Cada reproducción, tras ser disfrutada, estudiada a veces durante horas, era arrancada del libro, hecha pedazos diminutos y arrojada al váter. El agua se la llevaba lejos. O'Hara gozaba de la disolución de los cuadros en texturas. De aquel trenzado de elementos idénticos, como miles de abejas, como gotas de lluvia, como nieve cayendo vista por un microscopio, que se repetían de un extremo al otro del lienzo. Disfrutaba al constatar que en las obras de Pollock no había comienzo, medio ni conclusión. All over, decían los críticos. Todo dado allí, presente sin fin, desarrollo pleno, un latido unánime, de una vez y para siempre. Sin estudios preliminares. Sin dubitaciones inadecuadas. Sin bocetos que entregar a los coleccionistas del futuro.
Pollock no pintaba argumentos. Pollock no pintaba paisajes. Pollock no pintaba geometrías.
Pollock pintaba una experiencia.

Aquellos cuadros, en Shanghái, bajo el influjo de millones de vidas, se le mostraban en su desnuda transparencia. Como fragmentos del mundo sin enmarcar. Como si el mundo fuera una inmensa, inacabable pared, y el artista, eventualmente, hubiera decidido sustraer alguna de sus etapas al deterioro, al desorden. Y él allí, cada atardecer, con las luces declinando, mientras convertía aquel orgullo en pedacitos de papel que arrojaba al retrete. Las constelaciones de color que germinaban, daban fruto y morían. La obra de un hombre que había construido su genio sobre la imposibilidad de encontrar un tema. Todo lanzado a un desagüe. Sin mala conciencia. Sin premura ni cálculo. También sin dilación ni desamparo. Impunemente.

CALAVERAS

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 241
En consecuencia, será el rostro quien lo exprese todo. Dos minutos y quince segundos de metraje. Un reto asombroso para cualquier actor que se precie. Una menudencia si se considera desde la perspectiva del paso del tiempo; un cómputo insoportable, en apariencia infinito, cuando la lente fija su atención en un único rostro. Ciento treinta y cinco segundos de absorción completa, con el resto de estímulos visuales y auditivos fuera de campo, con la angustia detenida en un rostro destinado a expresar en ese plano cuanto sucede antes del impacto. La cámara escrutando con escrúpulo cada arruga y cada músculo facial, el complejo, milagroso escenario que un rostro de hombre puede llegar a significar, la atención fijada sobre la cara desnuda y expuesta, sin un lugar donde esconderse, confiando en probar que, si se mira con atención el rostro de una persona, sin vergüenza ni recelo, como si ella no supiera que está siendo estudiada, alcanzaremos a ver el lugar más terrible al que esa persona llegará. Que si se mira con atención a alguien se acabará descubriendo, por debajo del músculo y la vena, por debajo de los gestos habituales y de la fea o hermosa encarnadura, la llama primordial de la calavera, la estación a la que, tarde o temprano, estamos destinados a llegar. Calaveras de reyes y reinas. Calaveras de príncipes y princesas. Calaveras de zares, delfines y validos. Calaveras de virreyes, emperadores y ministros. Calaveras de pilotos y pasajeros. Calaveras atildadas y descompuestas. Calaveras de estudiantes de Arte, lingüistas sin palabras, hombres maduros que han pasado una mala noche. Todas corrompidas por el gusano primordial. Todas reunidas bajo la fétida carcasa del tiempo, vueltas polvo, vueltas ruido, vueltas gas, humo, fósforo, movimiento que nadie escucha vagando por el espacio frío, silente, inagotable. Ciento treinta y cinco segundos de solemne fatalidad durante los que el plano final de El cielo se desploma centra su relato en ese rostro del hombre que cae y cae y cae mientras en torno suyo, audible pero no encarnado, presente pero inaprensible, cuanto se escucha es el aullido de la aceleración primordial, la caída sin retorno, el sonido asombrado de la vida a punto de convertirse en residuo para forenses, abono mineral, el tránsito de un hombre que murmura o bisbisea o reza antes de que el vértigo lo iguale a la nada de la que un dia lejano surgió.

CRONENBERG

Homo Lubitz, Ricardo Fernández Salmón, p. 223
La voz de Cronenberg puntualizó que Andreas Lubitz era el síntoma de una enfermedad que se llevaba gestando hacía muchísimo tiempo en el organismo occidental, largos años de ausencia y deterioro, una época espléndida y a la vez inocua. Ese síntoma, precisó la voz de Cronenberg, era la angustia ante el vacío. Cronenberg dijo que consideraba a Andreas Lubitz un enfermo de nihilismo, pero sin el cariz romántico de los primitivos nihilistas, los jóvenes rusos que se inmolaban en aras de un futuro mejor. No. Andreas Lubitz era un nihilista del narcisismo, un hombre débil y estúpido que quiso jugar a ser dios, cualquier dios, y que al poner en cuarentena los panteones nos hizo percibir la aterradora presencia del vacío. Un vacío tanto más implacable en la medida en que transparentaba un cúmulo de decisiones egoístas: falta de reconocimiento y éxito, deudas de dinero, la puesta en duda de una personalidad. La sala contenía el aliento. Venecia no estaba preparada para la filosofía. No el día 1 de septiembre del año 2026, con aquellas mujeres hermosísimas vistiendo trajes de diez mil dólares, con aquella suave luz enmarcando la Laguna como una joya imperecedera, con aquella procesión de inane esplendor que los actores, las actrices, su fama breve y brutal, la fama de los idiotas y de los muertos, irradiaba en torno suyo como flecos de un cometa que se desintegra. Por eso O'Hara sintió que Cronenberg hablaba sólo para él, que esa conversación había comenzado en una cafetería de Nueva York en marzo del año anterior, cuando en un ejemplar atrasado de Variety la noticia del rodaje de cierta película había llamado su atención. Y que esa conversación, que O'Hara llevaba manteniendo consigo mismo hacía años, ese diálogo en torno a los accidentes, la atracción de la muerte y el resplandor del vacío se había encarnado en una obra titulada El cielo se desploma, una obra que un público tan hueco como la encarnación del síntoma que lo devoraba se estaba obstinando en repudiar.

ANDREAS LUBITZ

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 223
La voz de Cronenberg expresó su convencimiento de que Andreas Lubitz era un síntoma. Y de que él, Cronenberg, había filmado síntomas durante toda su vida de cineasta. Síntomas del calvario y del éxtasis. Síntomas de la enfermedad y de la violencia. Síntomas de las nuevas parusías. La voz de Cronenberg puntualizó que Andreas Lubitz era el síntoma de una enfermedad que se llevaba gestando hacía muchísimo tiempo en el organísmo occidental, largos años de ausencia y deterioro, una época espléndida y a la vez inocua. Ese síntoma, precisó la voz de Cronenberg, era la angustia ante el vacío. Cronenberg dijo que consideraba a Andreas Lubitz un enfermo de nihilismo, pero sin el cariz romántico de los primitivos nihilistas, los jóvenes rusos que se inmolaban en aras de un futuro mejor. No. Andreas Lubitz era un nihilista del narcisismo, un hombre débil y estúpido que quiso jugar a ser dios, cualquier dios, y que al poner en cuarentena los panteones nos hizo percibir la aterradora presencia del vacío. Un vacío tanto más implacable en la medida en que transparentaba un cúmulo de decisiones egoístas: falta de reconocimiento y éxito, deudas de dinero, la puesta en duda de una personalidad. La sala contenía el aliento. Venecia no estaba preparada para la filosofía. No el día 1 de septiembre del año 2026, con aquellas mujeres hermosísimas vistiendo trajes de diez mil dólares, con aquella suave luz enmarcando la Laguna como una joya imperecedera, con aquella procesión de inane esplendor que los actores, las actrices, su fama breve y brutal, la fama de los idiotas y de los muertos, irradiaba en torno suyo como flecos de un cometa que se desintegra. Por eso O'Hara sintió que Cronenberg hablaba sólo para él, que esa conversación había comenzado en una cafetería de Nueva York en marzo del año anterior, cuando en un ejemplar atrasado de Variety la noticia del rodaje de cierta película había llamado su atención. Y que esa conversación, que O'Hara llevaba manteniendo consigo mismo hacía años, ese  diálogo en torno a los accidentes, la atracción de la muerte y el resplandor del vacío se había encarnado en una obra titulada El cielo se desploma, una obra que un público tan hueco como la encarnación del síntoma que lo devoraba se estaba obstinando en repudiar.

MAS ACCIDENTES

Homo Lubitz, Ricardo Menéndez Salmón, p. 75
-Un accidente -dijo O'Hara- es por definición algo indeseable, que uno no querría sufrir. Pero a todo el mundo, lo confiese o no, le atraen los accidentes. Hay una paradoja ahí. El accidente -anunció mostrando las palmas de sus manos, como un vendedor de gracia- es algo que anhelamos en secreto, la resolución de toda expectativa. Que el paracaídas no se abra tras el salto. Que el monoplaza se desintegre al tomar el piloto una curva. Cualquier accidente es un sumidero. A él van a parar nuestros temores. También nuestros anhelos.
Zhao se permitió un parpadeo y una expresión en su rostro que a O'Hara, a falta de una reflexión más sosegada, le pareció que mostraba la sombra de una duda, un escepticismo que combinaba el marjal con la acidez de estómago, la habitual negligencia de los orientales ante todo conato de explicación.
-El hombre -prosiguió O'Hara- es un animal que disfruta oliendo la sangre en las autopistas. Pasa en su coche, rodeado de su familia, y echa un vistazo a los miembros esparcidos por el pavimento. -Una fea risa le sacudió el pecho, dejando a la vista unos dientes amarillos, grandes y cuadrados, como ventanas iluminadas en la noche-. Luego quizá vomite o, si es un cínico redomado, incluso es posible que se santigüe o acuda a confesarse, pero habrá vivido un segundo de inefable placer al contemplar la carnicería.
-El accidente como lugar de consuelo -dijo Zhao.

-Es una definición plausible -dijo O'Hara-. Algo que te recuerda tu mortalidad, pero que al pasar de largo te protege de la mala suerte. Como la muerte ajena. Que siempre reconforta, porque tú no eres el muerto.

INCIPIT 914. EL LEGADO DE LOS ESPIAS / JOHN LE CARRRE

Lo que sigue es una relación verídica -la mejor que puedo ofrecer- de mi participación en la operación británica de desinformación, de nombre en clave Carambola, organizada a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta contra el servicio de inteligencia de Alemania Oriental (Stasi), y que tuvo como resultado la muerte del mejor agente secreto británico con el que he trabajado y de la mujer inocente por la que dio su vida.

Un funcionario profesional de los servicios de inteligencia no es más inmune a los sentimientos que el resto de la humanidad. Lo importante para él es la medida en que puede suprimirlos, ya sea en tiempo real o, como en mi caso, cincuenta años después. Hasta hace un par de meses, mientras yacía por la noche en la apartada granja bretona donde vivo, oyendo los mugidos de las vacas y el parloteo de las gallinas, solía enfrentarme con resuelta determinación a las voces acusadoras que de tanto en tanto intentaban perturbar mi sueño. Era demasiado joven –protestaba yo-, demasiado inocente, demasiado ingenuo, demasiado novato.  Si queréis cortar cabezas -les decía a las voces-, buscad a los grandes maestros del engaño: a George  Smiley y a su jefe, Control.

INCIPIT 913. HOMO LUBITZ / RICARDO MENENDEZ SALMON

DOCTOR FAUSTO
O'Hara contempló el Bund desde su suite en la planta 82 del Grand Hyatt Shanghai, un hotel de lujo construido dentro de la Jin Mao Tower. El Huangpu despedía un color tóxico, como si en sus aguas fermentara un gigantesco cadáver. Esplendores. Caídas. Auges y apocalipsis yuxtapuestos. Una civilización en proceso de éxtasis y pudrición.
Veinticuatro años antes, ell8 de febrero del 2001, un hombre llamado Han Qizhi había ascendido el exoesqueleto de la Jin Mao Tower vestido con ropa de calle y valiéndose de sus manos desnudas. Cuando la policía lo detuvo tras escalar cuatrocientos metros, presentaba síntomas de congelación y estaba cubierto de sangre. O'Hara asumió que Han Qizhi, el alpinista urbano, era una razonable metáfora de la inefabilidad asiática. Porque China era un sueño y una pesadilla a la vez. Y ni el uno ni la otra eran posibles de explicar de manera satisfactoria.

Llevaba dieciocho meses moviéndose en el arco de dos mil trescientos quilómetros que separaba Pekín de Hong Kong. Transcurrido ese tiempo debía confesar que no entendía gran cosa. Los chinos eran inescrutables. 

ARTE

Homo Lubizt, Eduardo Menéndez Salmón, p. 193
PERMAFROST
Deambulando por las salas del Palazzo Grassi, O'Hara recordó una sentencia de Osear Wilde: «Las personas superficiales son las únicas que no juzgan por las apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”. El aviso para navegantes del inquilino de la cárcel de Reading prevenía contra la sabiduría de las madres («Las apariencias engañan”) y contra la enseñanza desencantada de la filosofía (“Los sentidos son falibles”), al tiempo que advertía de cierta mística de lo secreto. Con su proverbial amor por la paradoja, Wilde desvelaba continentes enteros de realidad. Había que aceptar que eran las cosas, y no las apariencias, las que mentían.
El nombre del fotógrafo lo sedujo: Placer Maduro. Más cuando comprendió que era un hombre. Y más aún al saber que su nombre era real, no un seudónimo. Pensó en los padres del futuro artista, nacido en México, con gratitud. Había gente de talento incluso para bautizar a sus hijos. 

La exposición se titulaba Permafrost. Arrancaba con un umbral -una cortina vegetal que cubría el horizonte- y concluía con la más célebre de las imágenes platónicas, la metáfora más pregnante que la literatura occidental había logrado generar en veinticinco siglos de escritura: la sombra de un árbol reflejada en un muro, la caverna en la que el hombre habitaba, fata morgana del mundo y sus anhelos. Entre ambas imágenes, principio y fin de un recorrido que era una metafísica de la mirada pero también una ontología del paisaje, discurría un universo de líneas rectas y arcos quebrados, de abismos que eran puntos de fuga y paralelepípedos que hablaban de estancias cardinales, la geometría de la materia dispuesta ante el ojo mágico de la lente, que era también el ojo de un observador voraz pero clínico, que apuntaba pero parecía ausente, y que sólo en contadas ocasiones intervenía sobre la extensión del mundo. Pues si todo punto de vista escondía una decisión de orden moral, Placer Maduro, el autor de Permafrost, parecía ser un estoico.

ACCIDENTES

Homo Lubitz, Eduardeo Menéndez Salmón, p. 137
-El accidente -dijo O'Hara, como quien saborea una golosina-. El problema de problemas. El nudo gordiano. Usted lanza una piedra en un lago, genera una onda y se va. Pero vive ajena a las consecuencias de su acción.
O'Hara miró su cóctel sin alcohol e hizo un gesto de conformidad. Sus manos estaban abiertas ante él como un joyero vacío.
-Decía que, si lanza una piedra a un estanque, jamás podrá hacerse cargo de todas las consecuencias de esa acción. Pero vivimos como si no fuera así. Pensamos que cada acción conlleva una reacción, cuando en realidad cada acción que ejecutamos no termina nunca, sigue produciendo sus efectos durante el resto del tiempo. Y no me refiero al tiempo de nuestra vida. Me refiero también al tiempo en que ya no estaremos. Fijémonos en su concepción. Usted piensa en ella como si la acción de sus padres sólo hubiera engendrado a Amanda Behrens. ¿Me equivoco? Pero usted sabe que eso no es cierto, que su acción no termina ahí. Un abismo se abre ante nosotros. Porque la acción de sus padres ha impactado sobre todas las vidas que, en un momento u otro, han entrado, entran o entrarán en contacto con su propia vida, con la vida de Amanda Behrens. Y porque seguirá haciéndolo cuando sus padres y usted sean sólo un recuerdo, in el uso cuando ya no quede nadie en este mundo que los haya conocido.
-Es como si cada acción -prosiguió al fin-, por mínima que fuera, por minúscula que se nos antoje, contuviera dentro de sí la semilla de cuanto sucederá. Es abrumador. Es desconsolador. Es demasiado para la vida de cualquier hombre.
-No sé dónde quiere llegar -dijo Amanda.

-Volvamos al accidente -dijo O'Hara-. El accidente es la acción que revela la pluralidad de las demás acciones, la acción que, al vincularse a la fatalidad, al azar, a una instancia que suponemos ciega, nos permite salvar el resto de acciones al considerarlas orientadas a un fin mensurable. Toda acción que no colapsa en accidente nos parece sensata. 

VENECIA

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 125
Venecia se le presentaba a O'Hara como la primera vez que la había visitado veinticinco años atrás, cuando era un universitario arrogante, un bárbaro americano: sin lugares intrascendentes, espacios muertos ni transiciones átonas. Porque si en la mayoría de las ciudades abundaban lugares que sólo existían para conducir de un punto a otro, lugares de paso o no lugares que vinculaban entre sí los lugares de estancia o afirmación, en Venecia, en cambio, el lugar de paso, el no lugar, había sido abolido. Cada metro de la ciudad importaba, encerraba una promesa de belleza, un escenario para el reposo y la contemplación.
Venecia era la sede de todas las fugas y anhelos, ciento dieciocho islas que hacían del asombro su expectativa. Y él estaba ahora allí, habitante de una de las teselas del mosaico, tentado de estrechar entre sus brazos a la rolliza Musa de la Arquitectura que compartía el ventanal hasta sellar sus labios con un beso efervescente. Pero en vez de eso se retiró del mirador, condescendió en escuchar hasta el fin los encantos de un producto que ya había decidido adquirir y galanteó con la signara Cortinovis al modo nacional, con una mezcla de teatralidad y descaro, dejándola creer que su figura sensual, escapada de algún lienzo profano del Quattrocento, había jugado un papel importante en la decisión de O'Hara, lo cual, siendo indudablemente falso, no por ello dejaba de aproxímarse a la verdad.

Una de las sensaciones más placenteras que se experimentaba en un lugar tan sacralizado por la costumbre y los manuales era perderse. Durante las primeras semanas en su nueva casa, regresando a Giudecca a bordo del último vaporetto, comprendió que la pérdida del rumbo no era sólo una categoría náutica, sino también psicológica. Nada mejor para entender la experiencia veneciana que salir sin brújula ni mapa, dejarse conducir por el instinto o, llegado a una encrucijada, tomar por el lado menos transitado. Porque en Venecia, como en ninguna otra ciudad, el extravío comportaba un beneficio, una garantía para el hallazgo, la certidumbre de que cada nudo deshecho regalaba alguna maravilla: una estatua insolente, un balcón sobre el agua, ropa tendida como banderas ondeando al viento de la Historia.

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