Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

POTEMKIN


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 155
Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular, durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la propia zarina. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces cuando Shuvalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de Estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “Qué sucede, Excelencias? ¿En qué puedo servir a Sus Excelencias?”, preguntó el servicial Shuvalkin. Le explicaron lo que sucedía y lamentaron no poder hacer uso de sus servicios. “Si es así, Señorías -dijo Shuvalkin-, confiadme las actas, os lo ruego.” Los consejeros de Estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuvalkin, con el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin siquiera dudarlo, abrió la puerta y constató que esta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y mordiéndose las uñas. Shuvalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y, sin perder tiempo, la puso en la mano de Potemkin, mientras colocaba un acta sobre su regazo. Potemkin, medio dormido y después de echar un vistazo ausente al intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el siguiente documento, y otra ... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuvalkin cerró el portafolio, se lo puso bajo el brazo y sin más salió, tal como había venido. Enarbolando las actas hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de Estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Pero nadie dijo nada. El grupo se quedó de una pieza. Shuvalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces cuando su mirada recayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuvalkin, Shuvalkin, Shuvalkin ...

DESEO DE SER PIEL ROJA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 162
El íntimo «deseo de ser un piel roja” pudo haber traspasado esa gran pena: “Si uno fuera de verdad un piel roja, siempre alerta, y sobre el corcel galopante, sesgado en el aire, vibrara una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, ya sin cuello ni cabeza de caballo» Y Es verdad que este deseo contiene muchas cosas. Pero la propia satisfacción traiciona su secreto.
Y esa satisfacción Kafka la encuentra en América. El nombre del héroe de su novela ya nos indica la singular particularidad de América. Mientras que en las otras novelas el autor solo se refería a una apenas murmurada inicial, aquí experimenta su renacimiento en la nueva tierra con un nombre completo. Y lo experimenta en el teatro natural de Oklahoma del último capítulo. “En la esquina de una calle, Karl vio un cartel con el siguiente anuncio: "¡En el hipódromo de Clayton se contrata hoy; desde las seis de la mañana hasta la medianoche, personal para el teatro de Oklahoma! ¡El gran teatro de Oklahoma os llama! ¡Solo hoy os llama, solo una vez! ¡Quien deje pasar esta oportunidad la pierde para siempre! ¡Quien piense en el futuro es de los nuestros! ¡Todo el mundo es bienvenido! ¡Quien quiera ser un artista, que se presente! ¡Somos el teatro que puede emplear a todos, a cada uno en su puesto! ¡Felicitamos ya a quien se decida por nosotros! ¡Pero daos prisa para que podáis entrar antes de medianoche! ¡A las doce cerrará todo, para no abrirse más! ¡Maldito el que no nos crea! ¡En marcha! ¡Para Clayton!».

INCIPIT 890. UNA NOCHE EN EL PARAISO / LUCIA BERLIN


Los joyeros musicales
“Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.”
Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.
Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal... con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.
Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.
-Sentaos, queremos que estéis en el ajo.
Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.
-Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.
-¡Joyeros a mansalva! -dijo Jake con una risita.
-Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

SANCHO PANZA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 153
Es enormemente significativo que Kafka no haya creado la figura del hombre más religioso, del hombre bueno, pero que sí la haya sabido identificar. ¿Y en quién? En nadie más que en Sancho Panza, que se libró de sus tratos promiscuos con el demonio al lograr darle otro objeto para sus tropelías distinto de él mismo. Así es como llevaba una vida tranquila en la que no necesitaba olvidar nada.
“Sancho Panza, quien por cierto nunca se jactó de ello», dice la breve y magnífica interpretación de Kafka, «logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, apartar de sí a su demonio -al que más tarde dio el nombre de don Quijote- por el método de proporcionarle una gran cantidad de libros de caballerías y novelas de bandoleros, hasta el punto de que aquel, desatado, dio en llevar a cabo los actos más demenciales, aunque sin causar perjuicio a nadie, debido precisamente a la ausencia de su objeto predeterminado, que debería haber sido el propio Sancho Panza. A pesar de que era un hombre libre, Sancho Panza decidió, quizá a causa de cierto sentido de la responsabilidad, seguir tranquilamente a don Quijote en sus correrías, y disfrutó así hasta el fin de su vida de un provechoso entretenimiento».
Si las novelas del escritor son los campos bien cuidados que deja tras sí, el nuevo volumen de historias, del que hemos tomado esta interpretación, es la bolsa del sembrador llena de semillas con su fuerza natural intacta. De ellas sabemos que, al cabo de milenios, al sacarlas de las tumbas a la luz del día, seguirán dando su fruto.

PENELOPE CRUZ


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 518
En la puerta ve a un niño famélico quien a su vez no le quita los ojos de encima. Pe se levanta y sale y le pregunta al niño qué le pasa. El niño le dice si le puede dar un vaso de leche. Curioso, pues Pe no está bebiendo leche. En cualquier caso nuestra actriz consigue un vaso de leche y se lo lleva al niño, que sigue en la puerta. Acto seguido el niño bebe el vaso de leche ante la atenta mirada de Pe. Cuando se lo acaba, cuenta Pe, la mirada de agradecimiento y de felicidad del niño la lleva a pensar en la cantidad de cosas que ella posee y que no necesita, aunque allí Pe se equivoca, pues todo, absolutamente todo lo que posee, lo necesita. Al cabo de unos días Pe mantiene una larga conversación filosófica y también de orden práctico con la madre Teresa de Calcuta. En determinado momento Pe le cuenta esta historia. Habla de lo necesario y de lo superfluo, de ser y no ser, de ser con relación a y de no ser en relación ¿con qué?, ¿y cómo?, ¿y a final de cuentas qué es eso de ser?, ¿ser tú misma?, Pe se hace un lío. La madre Teresa, mientras tanto, no para de moverse como una comadreja reumática de un lado a otro de la habitación o del porche que las cobija, mientras el sol de Calcuta, el sol balsámico y también el sol de los muertos vivientes, espolvorea sus postreros rayos imantado ya por el oeste. Eso, eso, dice la madre Teresa de Calcuta, y luego murmura algo que Pe no entiende. ¿Qué?, dice Pe en inglés. Sé tú misma. No te preocupes por arreglar el mundo, dice la madre Teresa, ayuda, ayuda, ayuda a uno, dale un vaso de leche a uno y ya será suficiente, apadrina a un niño, sólo a uno, y ya será suficiente, dice la madre Teresa en italiano y con evidente mal humor. Al caer la noche Pe vuelve al hotel. Se ducha, se cambia de ropa, se pone unas gotas de perfume sin poder dejar de pensar en las palabras de la madre Teresa. A la hora de los postres, de golpe, la iluminación. Todo consiste en sacar un pellizco microscópico de los ahorros. Todo consiste en no atribularse. Tú dale a un niño indio doce mil pesetas al año y ya estarás  haciendo algo. Y no te atribules ni tengas mala conciencia. No fumes, come frutos secos y no tengas mala conciencia. El ahorro y el bien están indisolublemente unidos.

DE LOS ESCRITORES


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 515
¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour? Poca cosa. Literatura. Pero la literatura no vale nada si no va acompañada de algo más refulgente que el mero acto de sobrevivir. La literatura, sobre todo en Latinoamérica, y sospecho que también en España, es éxito, éxito social, claro, es decir, es grandes tirajes, traducciones a más de treinta idiomas (yo puedo nombrar veinte idiomas, pero a partir del idioma número 25 empiezo a tener problemas, no porque crea que el idioma número 26 no existe sino porque me cuesta imaginar una industria editorial y unos lectores birmanos temblando de emoción con los avatares mágico-realistas de Eva Luna), casa en Nueva York o Los Ángeles, cenas con grandes mandatarios (para que así descubramos que Bill Clinton puede recitar de memoria párrafos enteros de Huckleberry Finn con la misma soltura con que el presidente Aznar lee a Cernuda), portadas en Newsweek y anticipos millonarios.
Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. Firmar libros, sonreír, viajar a lugares desconocidos, sonreír, hacer de payaso en los programas del corazón, sonreír mucho, sobre todo no morder la mano que les da de comer, asistir a ferias de libros y contestar de buen talante las preguntas más cretinas, sonreír en las peores situaciones, poner cara de inteligentes, controlar el crecimiento demográfico, dar siempre las gracias.

SANTA BARBARA


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 484
santa Bárbara. ¿Por qué siempre estaba acompañada por un pavo real y por una torre? Un pavo real y una torre. ¿Qué significaba? 14. Una tarde se lo pregunté al cura. ¿Cómo es que te interesan estas cosas?, me preguntó a su vez. No lo sé, padre, por curiosidad, le respondí. ¿Sabes que la curiosidad es una mala costumbre?, dijo. Lo sé, padre, pero mí curiosidad es sana, yo siempre le rezo a santa Bárbara. Haces bien, hijo, dijo el cura, santa Bárbara tiene buena mano con los pobres, tú sigue rezándole. Pero lo que yo quiero es saber lo del pavo real y la torre, dije yo. El pavo real, dijo el cura, es símbolo de inmortalidad. La torre tiene tres ventanas, ¿lo has notado? Pues las ventanas están puestas en la torre para representar las palabras de la santa, que dijo que la luz entró en ella o iluminó su casa por las ventanas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Lo entiendes? 15. No tengo estudios, padre, pero tengo juicio y sé discernir, le respondí. 16. Después me iba a ocupar mí lugar, el lugar que me pertenecía, y pedía hasta que la iglesia cerraba las puertas. En la palma de la mano siempre me dejaba una moneda. Las otras, en el bolsillo. Y aguantaba el hambre aunque viera a otros comer pan o trozos de salchichón y queso. Yo pensaba. Pensaba y estudiaba sin moverme de las escalinatas. 17.Así supe que el padre de santa Bárbara, un señor poderoso llamado Díóscuro, la hizo encerrar en una torre, es decir, la encarceló, debido a los pretendientes que la acosaban. Y supe que santa Bárbara antes de entrar en la torre se bautizó a sí misma con las aguas de un estanque o de un regadío o de una pileta donde los campesinos almacenaban el agua de la lluvia. Y supe que escapó de la torre, la torre de las tres ventanas por donde entró la luz, pero fue detenida y llevada ante el juez. Y el juez la condenó a muerte. 18. Todo lo que  enseñan los curas está frío.

INCIPIT 889. NEMESIS / PHILIP ROTH


El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos. En el ángulo sudoeste de la ciudad, en el barrio judío de Weequahic, apenas nos enteramos, como tampoco oímos hablar de la siguiente serie de casos desperdigados por casi todos los barrios de Newark excepto el nuestro. Hubo que esperar a la festividad del Cuatro de Julio, cuando ya se habían registrado cuarenta casos en la ciudad, para que en la primera plana del periódico vespertino apareciera una noticia titulada “Las autoridades sanitarias alertan a los padres sobre la polio”, donde se citaba al doctor William Kittell, inspector del Consejo de Sanidad, quien había prevenido a los padres para que observaran detenidamente a sus hijos y, en caso de que un niño mostrara síntomas como dolor de cabeza, garganta irritada, náuseas, rigidez de cuello, dolor en las articulaciones o fiebre se pusieran en contacto con el médico. Aunque el doctor Kittell reconocía que cuarenta casos de polio eran más del doble de los que solían producirse al comienzo de la temporada, quería dejar claro que aquella ciudad de 429.000 habitantes en modo alguno sufría lo que podría considerarse una epidemia de poliomielitis. Aquel verano, como todos, había motivos de preocupación, y era necesario adoptar las medidas higiénicas apropiadas, pero aún no había razones para que cundiera la alarma que, veintiocho años atrás, habían mostrado los padres durante el brote más largo de la enfermedad jamás producido

INCIPIT 888. AHORA ME RINDO / ALVARO ENRIGUE


Al principio las cosas aparecen. La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbrarnos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos. Por ejemplo la pradera: un territorio interminable de pastos .Uros. No hay árboles: los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno. En el centro del llano, hay que poner a unos misioneros españoles y un templo, luego unos colonos, un pueblo de cuatro cruces. Alguien pensó que ese pueblo era algo y le puso un nombre: Janos. Tal vez porque tenía dos caras. Una miraba al imperio español desde uno de sus bordes, el lugar donde empezaba a borrarse. La otra miraba al desierto y sus órganos: Apachería.
En algún momento el sitio resultó estratégico: tenía pozos artesianos. Mandaron unos soldados, construyeron un presidio amedrentar a los habitantes originales del terreno y darles sensación de seguridad productiva a los colonos que ya han dejado de ser españoles y ahora eran criollos, negros, keralombardos, chinos, irlandeses. Llegaban pocas migrantes, se casaban con indias, sus hijos ya eran otra cosa: ·chiles, altuenses, mexicanos, sabrá Dios. Luego otro sintió que debería medrar con el trabajo de los ganaderos, los comerciantes, el panadero y la maestra y puso una alcaldía que aunque estaba centro parecía que había quedado afuera solo porque Janos era tan chico que no tenía periferia.

EL POLICIA DE LAS RATAS


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 434
Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros policías. Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el trabajo, que a su vez había conocido a mi tía y a quien le gustaba hablar de ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo. Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo policía, me sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos muy de vez en tanto. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitados. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad. ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no podemos practicar, por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si, por ejemplo, surge un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el próximo poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por lo que el poeta se ve privado acaso del único que apreciar su esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente se detenga en su ajetreo cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción para que al declamador se le permita sin trabajar. Al contrario, hacemos todo lo que está en  nuestras manos, que no es mucho, para procurarle al diferente un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es, básicamente un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un castillo naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos.

EL OJO SILVA


Cuentos completos, Bolaño, p. 220
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre -aunque los niños no suelen tener más de siete años- sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.

DON JM MORELOS


Ahora me rindo, Alvaro Enrigues, p. 86
Unas horas después, tras alguna mesa redonda seguramente sin concurrencia, regresamos Miquel y yo en taxi al modestísimo hotel madrileño que la editorial había podido pagarnos. No era tarde, pero ya estaba cansado, por lo que se quedó dormido al poco de que arrancara el coche. Abrió los ojos cuando pasábamos frente al Palacio Real, iluminado a todo trapo. Me preguntó qué era aquello y se lo dije. Antes de volverse a dormir anotó con una sabiduría que habría sido imposible en sus vigilias de niño: Está muy bien que haya rey si eres el rey.
Tapé mi plumín y me lo metí en la bolsa interior del saco, pensando que en la parte de afuera de mi hijo había una ambición, pero que en la de adentro había un republicano, que si quería estudiar en Europa podíamos ahorrar, que si traicionaba ese instinto iba a terminar jodiéndole otros. Me deshice en disculpas frente al cónsul antes de salir casi corriendo de su oficina y del edificio que la albergaba y de la cuadra en que está asentado. Ya en el metro, me senté en una de las bancas de madera de la sala de espera y le escribí a Miquel un largo mensaje de texto que, decía que en 1815 a don José María Morelos le habían metido carbón ardiente por el culo para que jurara lealtad al rey, que al terminar con los alaridos dijo que no, así que le hicieron una incisión en los huevos, le sacaron lo que haya adentro y le pusieron dos piedras de sal y se los cerraron de nuevo. Como permaneció impávido, lo mandaron fusilar, pero al día siguiente. En la madrugada de su sacrificio, pidió, sin quejarse del escozor salvaje que habrá sentido en los testículos, un puro para fumárselo después del desayuno y antes de que lo ejecutaran de rodillas y por la espalda. Él mismo se ató la venda de los ojos. Esa resistencia de apache, le escribí a Miquel, no puede pasar en vano entre nosotros.

DIOS


Némesis, Philip Roth, p. 197
Dios mató a mi madre cuando estaba dando a luz. Dios me dio un ladrón por padre. Cuando era veinteañero, Dios me dio la polio, que contagié a mi vez a una docena de niños, probablemente más, incluida la hermana de Marcia, incluido usted, casi con toda seguridad. Incluido Donald Kaplow, que murió en un pulmón de acero en el hospital de Stroudsburg, en agosto de 1944. ¿Hasta dónde debería llegar mi amargura? Dígamelo usted. -Lo díjo de un modo cáustico, en el mismo tono en que había afirmado que un día el Dios de Marcia la traicionaría y también le clavaría un cuchillo en la espalda.
-No seré yo quien culpe a una víctima de la polio, joven o mayor, por no poder superar totalmente la angustia de una enfermedad que jamás termina -repliqué-. Claro que uno se amarga al pensar que es permanente. Pero, al cabo del tiempo, tiene que haber algo más. Habla usted de Dios. ¿Cree todavía en ese Dios al que menosprecia?
-Sí. Alguien ha tenido que hacer el mundo.
-Dios el gran criminal-dije-. Pero si Dios es el criminal, no es posible que usted lo sea también.
-De acuerdo, es un enigma médico. Soy un enigma médico -replicó Bucky confusamente.
¿Quería decir tal vez que era un enigma teológico? ¿Era esa su versión de la doctrina gnóstica propia de un hombre corriente, con un Demiurgo maligno incluido? ¿Es la divinidad adversa a nuestra existencia en la tierra? Desde luego, las pruebas que su experiencia le permitia presentar no eran desdeñables. Solo un demonio podía inventar la polio. Solo un demonio podía inventar a Horace. Solo un demonio podía inventar la Segunda Guerra Mundial. Súmalo todo, y el demonio vence. El demonio es omnipotente. El concepto que Bucky tenía de Dios, tal como yo lo entendía, era el de un ser omnipotente cuya naturaleza y cuyos propósitos no era posible aducir con la dudosa evidencia bíblica sino mediante una irrefutable prueba histórica, recogida durante una vida pasada en este planeta en pleno siglo xx. Su concepto de Dios era el de un ser omnipotente no constituido por la unión de tres personas en una divinidad, como en el cristianismo, sino de dos: un jodido enfermo y un genio maligno.

CHIRICAHUAS


Ahora me rindo, Alvaro Enrigue, p. 78
John G. Bourke, del tercero de caballería destacado en Fort Craig, Nuevo México, no era un hijo de puta. Nacido en Filadelfia, descendiente de migrantes irlandeses, se escapó de casa a los dieciséis años para enlistarse en el ejército del Norte durante la Guerra de Secesión estadounidense porque detestaba la esclavitud.
Terminada la guerra civil, pidió ser destacado en el suroeste de los Estados U nidos: la antigüedad y las culturas originarias le interesaban seriamente. Llegó a capitán bajo el mando del general George Crook en la década de los setenta del siglo XIX. Cubría para el tercero de caballería, entre otras cosas, la función de agregado de prensa. Escribía muy bien. Bourke estuvo presente en la campaña de la Sierra Madre al final de la cual Gerónimo entregó su falsa rendición en el Cañón de los Embudos. Era, además de un militar competente y un diarista compulsivo, un etnólogo aficionado, a ratos brillante. Escribió un volumen falto de humor, pero no de genio, sobre la caca y el pipí llamado Ritos escatológicos de todas las naciones. En estos días, traduzco algunos capítulos de sus notas sobre la campaña de 1883 bajo el mando de George Crook, publicadas por la Universidad de Nebraska en un volumen llamado An Apache Campaign in the Sierra Madre.
Dice de los chiricahuas, por ejemplo: «Probablemente un artista podría objetar que muchos de ellos eran de talla reducida, sin embargo los buscadores resistirían cualquier requerimiento  crítico para la anatomía desde cualquier otro punto de vista. Eran de pecho amplio y fornido, con los hombros perfectamente rectos y las extremidades bien proporcionadas, poderosas y  musculares, sin dejar de ser ligeras. Tenían las manos y los pies pequeños, delgados y nervudos; la cabeza bien formada y el semblante iluminado con una expresión agradable y amistosa, que habría sido más constante sin el aspecto salvaje de las mechas desgreñadas y gitanas que no se les meten en la cara gracias a una banda gruesa y lisa de tela roja con que se las aprietan. Sus ojos son brillantes, claros y directos, expresan en general bienestar y buen humor.»

NIÑOS APACHES


Ahora me rindo, Alvaro Enrigue,. p. 53
Los niños recibían otro tratamiento. Apenas los capturaban, solían desnudarlos, atarlos a una estaca cubiertos de grasa de burro y dejarlos al sol, para que se volvieran morenos. Los dejaban largo tiempo sin comer, como si los estuvieran limpiando por dentro -el proceso de adaptación no era grato-. Cuando ya estaban prietos y al borde de la muerte por inanición, se los asignaban a alguna abuela, que los acostumbraba lentamente a su nueva dieta y les enseñaba a comunicarse en apache. Les endurecían el carácter sometiéndolos a pruebas brutales y al escarnio de los demás niños si no podían imponerse. Cuando consideraban que ya estaban más o menos adaptados, los entregaban a una familia en la que los trataban exactamente igual que al resto de los hijos naturales de los padres.
Es cierto que el crecimiento de un niño apache era infinitamente más duro que el de un criollo o un gringo porque el entrenamiento militar de los guerreros comenzaba desde los seis o siete años, pero también es cierto que todos los mexicanos y estadounidenses que convivieron un periodo con los chiricahuas coinciden en apuntar, en todos los testimonios que dejaron, que lo más notable que tenían los apaches como cultura era la cantidad de tiempo y atención que les prodigaban a sus hijos. El jefe Nana, aterrador fuera de la comunidad chiricahua, era recordado por los niños apaches que años después entrevistó E ve Ball como un viejo dulcísimo y un payaso memorable, que se demoraba contándoles historias mientras sus padres estaban ocupados.
Una infancia apache tiene que haber sido, con todo, estupenda: los niños cautivos solían esconderse en la montaña cuando llegaban los soldados mexicanos o gringos, para evitar que los rescataran. En las ocasiones en que los descubrían y devolvían a sus padres, era común que huyeran de nuevo al monte a reencontrarse con su nación electa.

CHILE GAY


Entre paréntesis, Bolaño, p. 50
Hace unos años, pocos años, se quemó en Valparaíso una discoteca de ambiente homosexual. La discoteca -tal vez sólo se trataba de un pub o de un bar- era de madera y el incendio fue de proporciones notables: murieron más de veinte personas. La noticia circuló por algunas agencias. Un chileno residente en París al poco de enterarse le comentó a un amigo mío su asombro por la noticia: según él, en Chile no existían homosexuales, por lo que era absolutamente imposible que se hubiera incendiado un bar de tales características. La noticia sólo podía interpretarse como un error garrafal de la agencia de prensa o como un deseo consciente de hacerle daño al país. Este chileno, alma bendita, vivía en París desde hacia tiempo, no era un campesino de Chillán ni un talador de árboles de Aysén, sino que vivía en la capital de Francia en donde tenia además un trabajo y todos sus papeles en regla. Iba al cine de vez en cuando y de vez en cuando se acostaba con una mujer. A veces leía libros en español y a menudo leía el periódico en francés. Para colmo, creo que era de izquierdas, aunque eso poco tiene que ver con esta historia. Sin embargo no podía creer que en Valparaíso, puerto cantado por Daría y Neruda, se pudieran reunir en un bar más de veinte homosexuales. Probablemente pesaba en su vasta inconsciencia la información recibida en nuestra infancia,  es decir que en Chile todos somos valientes, que en Chile no llora nadie y que en Chile sólo hay puros corazones.

ARQUILOCO DE PAROS


Entre paréntesis, Roberto Bolaño, p. 56
En cualquier caso, lo cierto es que el escritor trabaja esté donde esté, incluso cuando duerme, algo que no ocurre con los otros oficios. Los actores, se puede aducir, siempre trabajan, pero no es lo mismo: el escritor escribe y tiene conciencia de escribir, mientras que el actor, en una situación límite, sólo aúlla. Los policías siempre son policías, pero tampoco es lo mismo, una cosa es ser y otra cosa es trabajar. El escritor es y trabaja en cualquier situación. El policía sólo es. Lo mismo se puede aplicar al asesino profesional, al militar, al banquero. Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura.
Arquíloco, poeta griego del siglo VII antes de Cristo, es ejemplar en este caso. Nacido en la isla de Paros, fue mercenario y según la leyenda murió en combate. Podemos imaginarnos su vida vagabunda por diferentes ciudades de Grecia.
En uno de sus fragmentos, Arquíloco no tiene el menor empacho en decirnos que, en un momento de una batalla, probablemente una escaramuza, abandona sus armas y echa a correr, para los griegos sin ninguna duda el mayor signo de la vergüenza, no digamos ya para un soldado que se tiene que ganar el pan con su valor en la lucha. Arquíloco, en versión de Juan Ferraté, dice: Un tracia es quien lleva, ufano, mi escudo: lo eché, sin querer, junto a un arbusto, al buen arnés sin reproche, pero yo me salvé. ¿Qué me importa, a mí, aquel escudo? ¡Bah! Lo vuelvo a comprar que no sea peor.
Y sobre Arquíloco dice Carlos García Gual : hubo de emigrar de su isla para ganarse la vida, como soldado de fortuna, con su lanza. Conoció la guerra como un menester penoso, no como el lugar de las hazañas heroicas. Cuenta en unos versos que hicieron famoso su cinismo cómo escapó de un combate tras arrojar el escudo. Es significativa su desenvoltura al confesar tan bochornoso acto. (El escudo es, en la táctica hoplítica, el arma que protege el flanco del compañero inmediato, el emblema del coraje del guerrero, que nunca debe perderse. “Volved con el escudo o sobre el escudo”, se decía en Esparta.) Al poeta, pragmático, le interesaba salvaguardar su vida, no el código del honor ni el renombre.

INCIPIT 887. TEORIA DE LA RELIGION Y EL CULPABLE / BATAILLE


Esta Teoría de la religión esboza lo que sería un trabajo acabado; he intentado expresar un pensamiento móvil sin buscar su estado definitivo.
Una filosofla es una suma coherente o no es, pero expresa al individuo, no a la indisoluble humanidad. Debe mantener, en consecuencia, una apertura sobre los desarrollos que seguirán en el pensamiento humano ... , donde los que piensan, en cuanto que rechazan su alteridad, lo que no son, están ya ahogados en el universal olvido. Una filosofía no es nunca una casa, sino   una obra en construcción. Pero su inacabamiento no es el de la ciencia. La ciencia elabora una multitud de partes acabadas y solo su conjunto presenta vacíos. Mientras que en el esfuerzo de cohesión el inacabamiento no está limitado a las lagunas del pensamiento; es sobre todos los puntos, sobre cada punto, la imposibilidad del estado último.
Este principio de imposibilidad no es excusa para innegables insuficiencias, limita toda filosofía real. El sabio es quien acepta esperar. El filósofo también espera, pero no puede hacerlo por derecho. La filosofla responde desde un comienzo a una exigencia infragmentable. Nadie puede “Ser” con independencia de una respuesta a la pregunta que ella plantea

INCIPIT 886. ILUMINACIONES /WALTER BENJAMIN


SOBRE EL LENGUAJE EN GENERAL Y SOBRE EL LENGUAJE DE LOS HUMANOS
Toda expresión de la vida mental y espiritual humana puede concebirse como una especie de lenguaje, y este enfoque provoca nuevos interrogantes en todos los campos, como es propio de un método veraz. Puede hablarse de un lenguaje de la música y de la escultura; de un lenguaje de la justicia, que nada tiene que ver, de un modo inmediato, con esos en que se formulan sentencias jurídicas alemanas o inglesas; de un lenguaje de la técnica, que tampoco es la lengua profesional de los técnicos. En este contexto, el  “lenguaje” significa un principio dedicado a la comunicación de contenidos espirituales e intelectuales relativos a los objetos tratados: la técnica, el arte, la justicia o la religión. En pocas palabras, cada comunicación de contenidos espirituales e intelectuales es lenguaje y la comunicación por medio de la palabra constituye solo un caso particular del lenguaje humano, de su fundamento o de aquello que sobre él se funda (como la justicia o la poesía). Pero el ser del lenguaje no solo se extiende sobre todos los ámbitos de la expresión mental del ser humano, de alguna manera siempre  inmanente en el lenguaje, sino que se extiende sobre absolutamente todo. No existe evento o cosa, tanto en la naturaleza viva como en la inanimada, que no goce, de alguna forma, de su participación en el lenguaje, ya que en su propia esencia está el poder comunicar su contenido espiritual. Así usada, la palabra “lenguaje” no es, de ningún modo, una metáfora. Pues resulta revelador, y constituye un reconocimiento pleno de contenido, que no podamos imaginar ninguna entidad espiritual, intelectual y mental que no se comunique en la expresión

INCIPIT 885. TEORIA GENERAL DE LA BASURA / FERNANDEZ-MALLO


INTRODUCCIÓN E INTENCIONES
Línea Año Cero: el contorno de la experiencia
Piense en esto: de las lenguas hoy muertas sólo conservamos sus textos, sus grafías, pero no el registro sonoro, de modo que poca o ninguna idea tenemos de cómo los antiguos  pronunciaban sus palabras. Si pudiéramos oír hoy a un griego del siglo m a.C. pronunciar poiesis o a un romano decir rosae, no es descartable que oyéramos lo que para nosotros serían rugidos o el canto de un pájaro. Sólo pensar en la Cleopatra de Elizabeth Taylor emitiendo sonidos como de perro, ballena o robot, un escalofrío echaría por tierra gran parte de nuestra idea de cómo las civilizaciones nos hallamos temporalmente conectadas. Nos queda la materialidad muda de aquella escritura y le procuramos un paisaje sonoro, construido como verosímil fantasía. Sólo el sonido convoca el pasado en tiempo real. De ahí la importancia que se le da a las voces en los conciertos de música en vivo, los mítines políticos o el espiritismo. Que se sepa, la voz de poeta más antigua registrada son los 35 segundos de recitación del poema «América», leído en 1890 por su propio autor, Walt Whítman, y grabado en un primitivo cilindro de cera –puede encontrarse la grabación en YouTube o en otras plataformas- Apenas 35 segundos en los que además de parecer llegar el poeta desde ultratumba para hablarnos cara a cara -un vértigo parecido a si de pronto viéramos una fotografía de Sócrates-, también podemos pensar que es fundado el Año Cero de la recitación poética tal como hoy la conocemos.

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