Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.669. TODOS LOS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR / ELENA MEDEL


Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. También he conocido el deseo de lo que me faltaba a mí, un objeto valioso y su advertencia, no olvides que eres por cuanto otros fueron; o algo hermoso sin más, con una gracia distinta a todo aquello de lo que dispongo. He deseado también cuanto se me escapaba: no una risa o un gesto sino una posición, alguien que se sienta a esperar cuanto se le ha concedido, alguien que ofrece las palmas de sus manos vacías para que se las rebosen. He deseado al alcance de mi tacto, y he deseado algo que se me escaparía de poseerlo. Lujuria o impudicia, lascivia, envidia y rencor: deseo. Porque el aire me ha colmado el pecho hasta que no respirase, porque la muerte y la vida se han confundido en mí, no escribo sobre la batalla: escribo sobre el alimento.

 


INCIPIT 1.668. EL LIBRO DE PLATA / OLIVIA LAING


Regresa a pie de la Tate, con los cuadros en la cabeza, disfrutando de la tranquilidad de la tarde. Hay en el aire una deliciosa sensación de otoño, como encontrar un tramo de agua más fresca cuando nadas. Cruza a la carrera Horseferry Road, esquivando autobuses, y salta a la acera. Hay un tablón delante del kiosco. Habrá visto la foto por el rabillo del ojo y se da la vuelta al instante para leer el titular. La náusea es tan fuerte que le dobla por la cintura. No era esto lo que pretendía, no esperaba que salieran así las cosas. Se obliga a incorporarse. Tiene que ejercitar toda su capacidad de autocontrol para aparentar tranquilidad mientras camina por Tufton Street, gira la llave en la puerta doble y entra en el ascensor. Nadie lo ve.


INCIPIT 1.667. DIOS NO ES BUENO / CHRISTOPHER HITCHENS

Dicho sea suavemente


Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he advertido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón tienden a adoptar esta línea de acción), entonces no tendría que discutir únicamente con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendría también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.

Cuando era un niño de unos nueve años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme en ciencias naturales y también en historia sagrada. Nos llevaba a mis compañeros y a mí a dar largos paseos por una zona particularmente bella de la hermosa tierra en que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos; la maravilla de unos huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos) crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare, escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.


INCIPT 1.666. LA CARNE / DAVID SZALAY


A los quince años, se muda con su madre a otro pueblo y empieza en otro colegio. No es una edad fácil para hacer algo así; el orden social del colegio ya está bien establecido y le cuesta hacer amigos. Pasado un tiempo hace un amigo, otro individuo solitario. A veces quedan después de clase en el nuevo centro comercial al estilo de Occidente que acaban de abrir en el pueblo.

—¿Lo has hecho alguna vez? —le pregunta su amigo.

—No —dice István.

—Yo tampoco —dice su amigo, y en cierto modo eso facilita la confesión.

Tiene una forma sencilla y natural de hablar de sexo. Le dice a István con qué chicas del colegio fantasea, y qué fantasea hacer con ellas. Dice que a veces se masturba cuatro o cinco veces al día, e István se siente un incompetente ya que por lo general él lo hace una o dos veces. Cuando lo confiesa, su amigo dice:

—Seguro que tienes el impulso sexual bajo.

Puede que sea verdad, que él sepa.

No sabe cómo es para otra gente.

Solo tiene su experiencia personal.

Un día su amigo le dice que lo ha hecho con una chica que vive al otro lado de las vías del tren.


INCIPIT 1.665. LA COLUMNA / ADRIEN BOSC


Amanece y el río despierta.

Simone pasa entre tupidas ramas de altas retamas y sobre una alfombra de helechos, y echa a caminar a campo traviesa. Llega al talud y, a gatas, trepa hasta la trinchera; es un agujero hecho en el suelo en el que cabe justo una persona. Levanta la cabeza y se ve cubierta por numerosos álamos de fino tronco.

El aire es templado. La luz, aunque tenue, es hermosa, dorada, delicada. Una ráfaga de viento mece las copas de los árboles; una garza que anida en lo alto echa a volar y empieza a dar vueltas por encima del agua. Se oye un ruido, como el de una sombra que surgiera de la noche. El tiempo se detiene. El bosque entero resuena. La niebla, que va adensándose a medida que el sol penetra en la alameda, lo envuelve todo: la llanura ya no es sino una gran nube que cubre la tierra y la engulle. Simone no tiembla, sujeta firmemente su fusil.


ROBERT PREVOST


El pastor y los lobos, Santiago Roncagliolo, p. 107

En principio, a Robert Prevost no debía darle mucho miedo una comunidad de vida cristiana, por poderosa que fuera. Se había enfrentado a organizaciones bastante más oscuras.

Todavía hoy, el Perú es un lugar peligroso. Varias regiones han declarado el estado de emergencia ante el aumento de la delincuencia y, aun así, se registra una denuncia por extorsión cada diecinueve minutos. Bandas de crimen organizado exigen dinero a los comerciantes a cambio de no matarlos. Suelen amenazar por WhatsApp de manera genérica, pero todo el mundo sabe que debe comenzar a preocuparse cuando recibe llamadas y fotos específicas de su familia o de su negocio. Hay primeras cuotas y mensualidades de miles de dólares que los peruanos llaman «cupo». Negarse a pagar el cupo solo sirve para aumentar la cuota, a veces hasta un millón. En agosto de 2025, una bomba dejó cinco heridos y daños varias viviendas en Trujillo.

Aunque parezca increíble, en los años ochenta era peor. Desde que llegó al Perú por primera vez, a Chulucanas,  Robert Prevost se topó de cerca con la violencia. Primero la de Sendero Luminoso, el grupo armado más letal de la historia americana. Sendero operaba sobre todo en el sur de Perú, pero había abierto un frente de combate en la zona de montañas cerca de Chulucanas, justo mientras Prevost se hallaba ahí. Aspiraba a replicar la Revolución china; o acaso su versión más cruel, la camboyana. No tenían piedad. Buscaban el máximo daño al menor precio. Sus militantes no necesariamente llevaban armas ni uniforme. Perpetraban masacres con machetes y piedras. Volaban bancos y comisarías con cargas explosivas robadas de las minas, a las que consideraban un arma popular; «La humilde dinamita». Según los datos oficiales, la violencia de esos años produjo casi setenta mil muertos y desaparecidos, más de la mitad de ellos, en acciones senderistas.

Como marxistas y antiimperialistas, los senderistas tenían especial apetito por dos tipos de víctimas: los sacerdotes católicos y los norteamericanos. El padre Robert Prevost pertenecía a los dos grupos.

 


BENETIANA


Aquí me paro, Javier Marías, p. 269

La capacidad fantasmagórica

Al hablar de ensayos de Benet,  sería tan injusto como ridículo no mencionar uno de sus primeros textos, La inspiración y el estilo. aunque sólo fuera por el deslumbramiento que para muchos autores de mi generación supuso en su ya lejano día. Independientemente de eso, creo que se mantiene como uno de los ensayos literarios más originales y más importantes de las letras españolas, desde sus inicios hasta hoy. Aunque la comparación sea obligadamente inexacta, representa lo mismo que en su momento representó para los europeos Mimesis, de Erich Auerbach. Es decir, una revelación.

Pero hay un ensayo más breve, y muy posterior, que también me gustaría destacar: «¿Se sentó la Duquesa a la derecha de don Quijote? En esa pieza Benet muestra la ambigüedad, por fuerza, de toda literatura. En lo espacial, sin duda, pero también en lo temporal, en lo narrativo y en lo reflexivo. La literatura –por  supuesto, la poesía, pero en no menor grado la novela- es per se algo incompleto, impreciso y ambivalente, que requiere siempre de la imaginación del lector. Lo no dicho o no contado —lo que el autor decide no decir o no contar. O lo que no sabe decir ni contar está, sin embargo, en el texto, como si éste tuviera la capacidad fantasmagórica para mostrar también lo que no existe ni existirá nunca. Como si contuviera su espacio y su tiempo, y a la vez el revés de tiempo y espacio.

 


DE MENDOZA

Entrará en los anales


Aquí me paro, Javier Marías, p. 297

La figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales de la literatura española, sino de la entera sociedad. Nunca se ha visto nada igual en ella a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva treinta y ocho como autor publicado y querido; haber debutado con una novela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco; tras haber visto su larga trayectoria acompañada de ventas masivas que se han mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser elogiado de manera constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y también por los estudios universitarios de varios países, y contar sus novelas con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio), resulta ser un escritor al que sus colegas, lejos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás. lo admirarnos profunda y confesamente. Y no sólo eso: también los periodistas, columnistas y tertulianos -gente proclive a encontrar defectos y a poner a caldo al transeúnte- hablan bien de él y de su obra con la mayor simpatía.  Y no sólo eso: en un país en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique a algo que ellos nunca han tenido intención dc probar -recuerdo que mi padre decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible,  sino la del ama de casa a la que pone negra que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de saltar a una ruedo-, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y celebran sus hazañas.


BENETIANA

 


Aquí me paro, Javier Marías, p. 104

En el volumen conmemorativo que acompaña a esta edicíón se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan lanco. (Alcancé a entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó consigo.) La doy a conocer sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez, compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo. extraordinario. Han pasado veinticuatro años   desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis novelas que él leyó, que él conoció.   Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, v con toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces,  nadie me convencerá plenamente de que mis novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda. Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas, ¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua.  Si les place.


I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN


El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.


INCIPIT 1.663. AQUI ME PARO / JAVIER MARIAS


Aviones marineros

Hace algunos años escribí un artículo titulado «Madera de avión» en el que confesaba con guasa mis miedos a viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la ya acumulada. Pero mis traslados en avión de al menos un par de decenios me convirtieron sin falta —durante cincuenta minutos, dos horas, siete o incluso doce— en un niño de pocos años y lleno de supersticiones, que llegaba a sus diversos destinos completamente agotado tras la enorme tensión y el indecible esfuerzo de «llevar» yo mismo el aparato.


INCIPIT 1.662. EL PASTOR Y LOS LIBROS / SANTIAGO RONCAGLIOLO



El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.

Después de desayunar, uno de los archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema, conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta, me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para disimular mi aversión.

 

 


INCIPIT 1.661. MANUEL CHAVES NOGALES / FRANCISCO CANOVAS SANCHEZ


Preludio

Manuel Chaves Nogales es uno de los escritores españoles más destacados del siglo XX. Sus crónicas periodísticas y sus obras literarias le han situado en un lugar privilegiado de la edad de plata de la cultura española. Abordó de forma sencilla y sugestiva una gran variedad de temas, animado por el deseo de ampliar el número de lectores, sin rebajar la calidad de sus artículos, relatos y reportajes.

Para conocer bien a un escritor, a un científico o a un artista hay que insertarlos en las coordenadas históricas de su tiempo, en las realidades sociales, culturales, institucionales y políticas, ya que, como señaló José María Jover, de esa manera se refleja la relación existente entre la biografía, la coyuntura histórica y la obra. En el caso de Chaves Nogales, la realidad social, el contexto cultural y los sucesos históricos que vivieron España y Europa entre 1897 y 1944 —la lucha por el sufragio universal, la crisis de la democracia parlamentaria, el papel destacado de los medios de comunicación, la aparición de las ideologías totalitarias y los sucesivos conflictos bélicos…— influyeron de forma determinante en su trayectoria vital, su visión del mundo, su escritura periodística y su obra literaria y su compromiso cívico. También, en su muerte, acaecida en 1944 en el exilio londinense, cuando apenas tenía cuarenta y seis años.


INCIPIT 1.660. EL CONTABLE HINDU / DAVID LEAVITT


El hombre sentado al lado de la tarima parecía muy viejo, al menos a los ojos de su público, cuyos miembros eran casi todos muy jóvenes. En realidad no había cumplido aún los sesenta. La maldición de los hombres que aparentan menos años de los que tienen, pensaba a veces Hardy, es que en un determinado momento de su vida cruzan una línea y empiezan a parecer mayores de lo que son. Cuando estudiaba en Cambridge, lo confundían a menudo con un colegial que estaba de visita. Y cuando ya era catedrático, con un estudiante. Luego la edad le había alcanzado, y ahora le había adelantado, así que parecía la mismísima personificación del matemático mayor al que el progreso ha dejado atrás. «Las matemáticas son un juego de jóvenes» (escribiría a la vuelta dc unos años), y a él le había ido mucho mejor que a otros. Ramanujan había muerto a los treinta y tres. Los admiradores actuales, fascinados por la leyenda de Ramanujan, hacían cábalas sobre lo que podría haber conseguido de vivir más años, pero personalmente Hardy opinaba que poco más. Se había muerto con lo mejor de su trabajo ya hecho.

Esto sucedía en Harvard, en la Nueva Sala de Conferencias, el último día de agosto de 1936.

 


UNA ANECDOTA DE FERNANDEZ MALLO


El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 136

Una anécdota personal. En el año 2004. Tras permanecer seis meses convaleciente de una rotura de cadera, en una de las revisiones rutinarias, la prueba de resonancia magnético-nuclear reveló una pequeña mancha en la cabeza de mi fémur derecho. Asistí a la discusión entre el radiólogo —humano que interpreta imágenes (digamos esas “caras de Bélmez” que todos llevamos en el interior de nuestros cuerpos)—, y el traumatólogo —humano que opera, abre la carne y llega hasta el hueso, así que su reino último es el de la materia, no el de las representaciones—. En aquel caso. el radiólogo interpretaba esa mancha en mi fémur como un ente que significaba algo muy concreto, algo familiar, una forma completamente "figurativa” que se traducía en un claro principio de un proceso de necrosis, y que debia ser inmediatamente operada, pero el traumatólogo interpretaba la mancha como algo que no tenia importancia alguna, algo que nada significaba más allá de una mera forma abstracta. Tras asistir al ping pong de argumentaciones por ambas partes, cada vez más acaloradas, el traumatólogo concluyó con un grito que debió de oírse en toda la planta del hospital: “¡yo no opero una imagen!”

Repitámosla; • yo no opero una imagen». Ahi se halla el núcleo de la pregunta: ¿es la enfermedad. revelada por métodos no directos, tales como los rayos X o las reso• nancias magnéticas, la «verdadera realidad.?, o, por el contrarto, ¿son esos métodos de diagnóstico una mera representación de la realidad, y, en ese caso, como la tografia o el cine o las novelas, están sujetos a las Interpretaaones propias de los relatos y de las artes? Dicho de


LA INTELIGENCIA DE LA IA


El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211

No hay conocimiento de que nadie ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.


JAMESIANA


Cuentos autobiográficos. Volumen II, Alvaro Pombo,  p. 17

2. UN ENCUENTRO CON HENRY JAMES

La clave de mi entusiasmo por Henry James, tanto el joven como el intermedio como el último, procede de la idea de la maravilla del estar siendo consciente rodo: «The wonder of consciousness». Lo que Henry James quiere a todo trance es incrementar y refinar la atención cuidadosa de sus lectores, y en esto otra escritora inglesa de finales del siglo xx, Iris Murdoch, se le parece mucho. También sus novelas son un ejercicio de atención de los personajes y las tramas, y reclaman una concentración especial del lector. Los libros de Henry James, antes de dar con La campana de Iris Murdoch, fueron mi guía de Londres. Recuerdo que vivía en un estado de ánimo intenso que yo sentía como insustancial, vacío de significación, me sentía de más. Esto significaba entonces, quizá, la cualidad del hechizo londiense. Durante un año por lo menos, mi muy deshilvanada capacidad de leer textos largos o complicados en inglés tuvo su parte. Puedo mencionar, sin embargo, dos libros fáciles nuestro autor, y comentar después mi primera lectura de Retrato de una dama, esta ya una novela muy extensa y elaborada. El asunto a que había que prestar atención en Otra de tuerca era la circulación del otro mundo por este con un componente claro de malignidad, de mala intención. Una vez empezabas el libro, por cierto expuesto solemnemente, calmosamente al principio, luego te ibas internando, más y más, en la vida de los dos niños abandonados en una casa de campo al cuidado de criados, y el la evolución de sus almas. El segundo libro, Washington Square, era, al decir de Grahan Greene, un libro felino. Esto quería decir que, excepción hecha de la sincera pasión (equivocada) de la protagonista por el seductor que quería casarse con ella, los sentimientos de los demás personajes tenían ese carácter educado, sedoso, repentino, que parece que puede atribuirse a las panteras negras o a los tigres.

 

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INCIPIT 1.659. EL ANGEL DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO


PARTE I

Teología

BREVE APROXIMACIÓN  A LA IDEA DE ÁNGEL CAÍDO

 La tecnología en general, y en particular la Inteligencia Artificial (IA de aquí en adelante) en cualesquiera de sus etapas y modalidades, constituye un ámbito del conocimiento y creación humanos que con una fuerza que sólo puede calificarse de primigenia se ha convertido en una fuente de mitos contemporáneos, miedos y místicas exaltaciones, cuando no en una suerte de neorreligión.

Nos proponemos ver el fenómeno Inteligencia Artificial como si fuera por primera vez, no atendiendo exactamente a sus específicos análisis tecnológicos –de los cuales ya existen magníficos textos analíticos y descriptivos– sino como un vasto territorio cuyas fronteras y límites comprenden dentro de sí a lo humano; no en vano, la IA, al menos hasta la fecha, está hecha por humanos, no por otra clase de seres. Para ello, nos valdremos de diferentes dimensiones, tales como teología, antropología, física y metafísica. Lo que entre todos estamos inventando es una ciencia todavía sin nombre, la cual, en mayor o menor medida, es motivo de fascinación en todo subconjunto social. Es por ello que hablamos de tentativas, ensayos y aproximaciones, no de certezas.


INCIPIT 1.658. PANDEMIA / SLAVOJ ZIZEK


Introducción: Noli me tangere

«No me toques», según Juan 20, 17, es lo que le dijo Jesús a María Magdalena cuando ella lo reconoció después de su resurrección. ¿Cómo he de entender yo, un ateo cristiano confeso, esas palabras? En primer lugar, quiero asociarlas con la respuesta de Cristo cuando sus discípulos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado. Cristo les dice que estará allí donde haya amor entre sus creyentes. Estará allí no como una persona a la que se puede tocar, sino como el vínculo de amor y solidaridad entre la gente. De manera que «no me toques, toca y relaciónate con los demás en el espíritu del amor».


MONTAIGNE


Ese montón de espejos rotos, Gonzalo Celorio, p. 25

En 1580 Michel de Montaigne publicó el primer tomo de sus ensayos. Tenía entonces cuarenta y siete años. Como lo empezó a escribir antes de cumplir los cuarenta, es -diríamos ahora- una obra de juventud; sin embargo, en ese primer volumen aparece su ensayo “De la edad”. En él, Montaigne, retirado del mundanal ruido y confinado en una torre que metafóricamente podría calificarse de ebúrnea, se ve a sí mismo como un hombre viejo. Piensa que “ha escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos tropezaron”. Y, con su habitual gusto por las paradojas, considera que morir viejo de «muerte natural" es lo menos natural que puede ocurrir, pues lo común y universal es morir antes de llegar a la senectud. Está convencido (si es que Montaigne alguna vez tuvo alguna convicción que no fuera la de no tener ninguna) de que las responsabilidades deben asumirse en la primerísima juventud, más tardar a los veinte años. como él mismo lo hizo tras la muerte de su padre. A esa esa edad –dice- los hombres son ya lo que deben ser en lo sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de  la vida. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podemos pensar que Montaigne se opone a la la prolongación de la juventud cuando apenas se ha llegado a ella y la prolongación de la vida cuando apenas se ha alcanzado la madurez. Lo cierto es que, del siglo XVI a nuestros días, los tiempos han cambiado que respecta precisamente a la concepción del tiempo y a las edades que su transcurso va engendrando.

El creador del ensayo moderno mandó escribir estas palabras en lengua latina sobre la chimenea de su refugio:

En el año de Nuestro Señor dc 1571, a la edad de treinta y en las vísperas de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento, hastiado de esclavitud de las cortes y de los empleos públicos, pero conservando todavía la entereza de facultades, se refugió Miche de Montaigne en el regazo de las doctas vírgenes. en medio de la seguridad y la calma, para vivir así el resto de su vida, consagrando al reposo y a la libertad el sosegado aposento que heredó de sus antepasados.


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