Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

BERGOGLIO


El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas, p.30

Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el barrio de Flores, Buenos Aires, en el seno de una familia católica de clase media-baja procedente del Piamonte, Italia. Era el  mayor de cinco hermanos; los otros cuatro se llamaban Óscar, Marta, Alberto y María Elena: esta última vive todavía. El idioma de su casa era el español, pero sus abuelos le legaron el italiano, que siempre ha hablado con acento porteño. Fue un niño común y corriente, religioso y aplicado; también fue un adolescente ordinario, amigo de salir con sus amigos. Era un buen bailarín de tango. Tuvo varias novias. El 21 de septiembre de 1953, mientras bajaba por la avenida Rivadavia para reunirse con una de ellas y varios amigos, entró en la basílica de San José, se arrodilló ante un confesionario y se confesó. Bergoglio no recuerda de qué lo hizo, o prefiere no recordarlo; sí recuerda, en cambio, que su confesor fue un sacerdote de la ciudad  de Corrientes llamado Carlos Duarte Ibarra, que vivía en el Hogar Sacerdotal, que de vez en cuando decía misa en la basílica y que murió al año siguiente, de una leucemia. Cuando terminó de confesarse, Bergoglio renunció a la cita y volvió a su casa.


JUPIEN


Proust, novela familiar, p. 162

Este joven nacido en el departamento de Costas del Norte (actualmente, Costas de Armor), que había subido a París recomendado por el cura de su pueblo a un sacerdote parisino a todas luces muy bien relacionado, es a la sazón lacayo del príncipe Orloff; en pocos años ha pasado por las mejores casas (entre las que destacan la del príncipe Constantino Radziwill y la de la condesa Greffulhe). La única fotografía suya que se conserva muestra a un joven fornido a la par que elegante, de rasgos delicados a pesar de que los labios se pasaban de gruesos para ser honrados; en la pose (muy erguida, con una mano en el bolsillo), en los ojos claros que miran orgullosamente al objetivo, en el pelo con tupé, asoma cierta arrogancia, pero Le Cuziat ha tenido buenos maestros. Céleste Albaret, que no lo soportaba, solo lo veía como «una espingarda bretona» con los «ojos azules, fríos como los de un pez (los ojos de su alma)», mientras que Maurice Sachs, que lo conoció con unos años más, confirma «su mucha distinción» y la compostura de ese «rostro aristocrático y conservador". Podemos apostar a que a Proust, que se fijaba más en los morenos con bigote tipo Agostinelli que en los rubios como Le Cuziat, que no era «su tipo», no le atrajo tanto su depurado perfil como su erudición en asuntos genealógicos, que en su caso alcanzaba la categoría de ciencia exacta. Sus conocimientos sobre etiqueta, protocolo y hábitos de la aristocracia, así como sobre alianzas oficiales y oficiosas, son de esos que resultan irremplazables, fruto de la pasión por un oficio que ejercía con un celo inusual, combinado con una forma de fascinación por la intriga en el círculo de los poderosos.


MADAME PROUST


 Proust, novela familiar, p. 239

Al morir su madre, Proust le escribe a Montesquiou: «Mi vida ha perdido su único objetivo, su única dulzura, su único amor, su único consuelo». Jeanne Weil fue, cómo no, su gran amor, y la única persona con la capacidad para consolar y calmar la inextinguible angustia de aquel que a la pregunta «Para usted, ¿cuál sería la mayor desgracia?» contestaba: «Estar separado de mamá». En su biografía, George Painter tuvo este famoso acierto: «El 26 de septiembre [de 1905] murió la señora Proust y, de pronto, el Tiempo se perdió». Proust ya solo podía ponerse manos a la obra, cosa que no dejó de hacer hasta su muerte. Al poner la palabra «Fin» al final de la última cuartilla de En busca del tiempo perdido sabía que podía morirse porque, por fin, él sí que había consolado a la madre fallecida, a la que tanto le preocupaba que su «pajarito tontín» no realizase la obra para la que ella sabía en secreto que estaba destinado. ¿Sospechaba siquiera Proust que al bosquejar su novela estaba inventando un auxilio más poderoso que el cariño de una madre ausente?


LOS ZAPATOS ROJOS DE LA DUQUESA


Proust, novela familiar, Laure Murat,  p. 105

«El placer aristocrático de desagradar. .. » ¿Cuántas veces habrán repetido esta cita de Baudelaire los propios aristócratas, convencidos de que, con estas palabras, el poeta justificaba la superioridad de una elite y legitimaba su arrogancia? Más por ignorancia que por mala fe, la cita queda truncada de su primera parte, que, sin embargo, cambia no poco la intención: «Lo embriagador del mal gusto es el placer aristocrático de desagradar».

Esa íntima relación entre mal gusto y aristocracia, vulgaridad en el sentir y nobleza en el rango, no solo no es una contradicción, sino que constituye una paradoja superficial que Proust convirtió en una constante de su heptalogía, una amplia puesta en escena para quitarle la venda de los ojos a la sociedad, donde los personajes, tal y como reconoce el propio autor, resultan ser al final lo contrario de lo que aparentaban al principio. Tras el sádico aparece el tierno. Tras el hombre de mundo, el paleto. Tras una legendaria duquesa, una mujer vulgar y corriente. El hombre viril se revela como un afeminado; el noble, como un hombre innoble. En busca del tiempo perdido o el gran libro de lo inverso.

De modo que convendría recordar sin dilación a quien se empeñe en sostener que Proust es esnob que En busca del tiempo perdido es la crítica más cruel y más sutil que jamás se le haya hecho a la aristocracia francesa en la literatura.


LA ARISTORACIA


Proust, novela familiar, p. 22

Se trata de sentir cómo se crea o se pierde un ambiente, de imbuirse del arte de reavivar una conversación o de cambiar de tema con una sola palabra. Este entrenamiento mudo, que consiste en escuchar y mirar, en  leer los rostros y olfatear la atmósfera, en imitar y repetir sin consignas, me forjó una convicción profunda que podría ser el cimiento de cualquier educación: lo que se transmite de verdad no se enseña.

Y eso podría darse superlativamente en la aristocracia. El juego, que transcurre entre líneas, radica en captar, pillar e interceptar los signos subliminales del camuflaje en una vida en la que hay que borrar cualquier esfuerzo, ocultar cualquier pasión y callar cualquier sufrimiento, obedeciendo a una ortopedia mental cuyas reglas no están escritas. Nadie habla nunca de sí mismo, no se causa revuelo, se evitan los temas conflictivos porque «menuda pesadez», y resulta inconcebible mostrar cualquier emoción en público. La alegría y la tristeza, la agitación y el dolor, el entusiasmo y la melancolía tienen que ver con la clase social. «No se llora como una criada», decía una y otra vez mi bisabuela, cuyo odio por la efusión la llevó a celebrar un baile al morir uno de sus hijos, que se había alistado como voluntario y dado la vida por Francia en 1916, en vísperas de su vigésimo cumpleaños.


INCIPIT 1.554. LA INVENCION DE LA FICCION / JORGE VOLPI

Al despertar una mañana, luego de un sueño intranquilo, me descubro transformado en un monstruoso bicho. Me espanta la armadura anillada de mi abdomen y mis tres pares de patas que se retuercen en zigzag. Las imágenes están allí, vívidas y palpables, tan reales como eso que suelo llamar, tal vez a la ligera, realidad. El horror que experimento ¿es producto de un recuerdo, de una alucinación, de una fantasía? ¿De un sueño? Si por un instante no me di cuenta de que lo era, ¿quién me asegura que no sigo en su interior? Me precipito al cuarto de baño: mi rostro en el espejo es el mismo de cada mañana, solo mis ojeras lucen más pronunciadas. No parezco un bicho: aquellas imágenes artrópodas eran falsas, los rescoldos de una pesadilla. Y entonces sí despierto.

Nada angustia como un sueño dentro de un sueño, uno de los dispositivos predilectos del horror. Si despertamos en uno, ¿no nos precipitaremos en otro y otro, ad infinitum?

Borges se valió de la estratagema en numerosas ocasiones: «Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son los nombres del agua», escribió en 1985 en un poema incluido en Los conjurados. «Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. Ha soñado a Alejandro de Macedonia. Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. Ha soñado el mar y la lágrima. Ha soñado el cristal. Ha soñado que Alguien lo sueña».

Analizo la escena: mis manos transformadas en patas de insecto. ¿Qué son estas imágenes? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Son ficciones? Y, si así fuera, ¿de qué están hechas? Parafraseando a Shakespeare, de la misma materia de los sueños.


INCIPIT 1.553. PROUST, NOVELA FAMILIAR / LAURE MURAT


EL DIABLO ESTÁ EN LOS DETALLES

Me ha costado varios años entender una cosa muy sencilla. Me saltó a la vista una noche, cuando estaba viendo un episodio de Downton Abbey y me topé con una escena en la que el mayordomo, delante de la mesa puesta para la cena, saca una regla para medir la distancia entre el tenedor y el cuchillo y asegurarse de que el intervalo entre ambos cubiertos es el mismo para todos los comensales.

Ese acto nimio, ejecutado con una solemnidad sacramental, me despertó la curiosidad, aunque en ese momento no llegué a entender por qué era tan intensa ni mucho menos qué la había motivado. ¿Por qué, estando tumbada delante de la pantalla del televisor en Los Ángeles, donde vivo, a nueve mil kilómetros del Viejo Continente y tan lejos de la belle époque, me demoraba en un detalle tan anodino, casi subliminal, carente de valor en la trama? Notaba confusamente que, a través de esa medición absurda y esmerada, se estaba manifestando una señal procedente del pasado


LA VERDURIN


Proust, novela familiar, p. 66

Mucho antes de visitar el palacete Murat, Proust había frecuentado asiduamente otro salón, el de Madeleine Lemaire, pintora de rosas y personalidad de la flor y nata parisina que pasó a la posteridad por haber inspirado el personaje de la señora Verdurin. De abril a junio, «la Jefa» recibía los martes en un palacete muy exiguo en el que se apretujaban gente de mundo y artistas en boga, una concurrencia cuya principal característica era el abigarramiento y donde estaban vetados los «pelmas». Ese lugar iba a ser determinante en la vida de Proust. Madeleine Lemaire protege desde muy pronto los amores entre Marcel Proust y el compositor Reynaldo Hahn, que actúa con regularidad en su casa de París o en el palacio de Réveillon. Para Proust es una sustituta de su «madre legal», la llama su «Hermosa Madrina», y en 1896 le encomienda las ilustraciones de su primer libro, Los placeres y los días. «Dejando aparte la familia, es, de todos los seres vivientes, quien más ha hecho por mí», reconocerá más adelante el escritor, en una época en que el vínculo se había debilitado un tanto. Fue en el salón de Madeleine Lemaire donde conoció, entre otras personas, a Robert de Montesquiou, a quien tanto le debe Charlus, y también fue allí donde por lo visto oyó por primera vez la Sonata en re menor para piano y violín de Camille Saint-Saens, uno de los modelos de la frasecita de Vinteuil.

 

PROUST


Proust, novela familiar, p. 22,

Todas los testigos coinciden en un hecho: Proust hablaba igual que en su libro, no había ninguna diferencia entre la frase oral y la frase escrita. «Su habla lenta y continua. Extraordinaria abundancia de incidentes, pero sin que nunca se perdiese el hilo», apunta J acques Riviere. Una misma y única frase, confirma Paul Morand, «muy cantarina, que no acababa nunca, colmada de incidentes, de objeciones que a nadie se le ocurría formular, pero que formulaba él. Se parecía a una carretera de montaña que se sube sin llegar nunca a la cima. Muchos incidentes, que sostenían la frase como una especie de globitos de oxígeno y que la impedían bajar, llena de argucias, de arborescencias, todo muy fluido, muy suave. Muy suave y al mismo tiempo muy viril». Pues la voz de Proust, que me ronda por los oídos de lectora y de viajera por el interior del tiempo, era «insinuante pero autoritaria».


PIO PIO


 Fractal, Andrés Trapiello, p. 564

Si no recuerdo mal, la secuencia más o menos es la siguiente. En Las armas y las letras se desvelan por primera vez algunas de las actuaciones torticeras de don Pío durante la guerra, y se dan a conocer algunas de las contundentes afirmaciones que don Pío escribió por entonces en los periódicos españoles e hispanoamericanos. Algunos de estos artículos estaban perdidos y otros publicados en un libro que se editó durante la guerra en Chile y que ni don Pío, primero, ni don Julio luego quisieron reeditar, con ser primordiales en la obra de don Pío y en la literatura comprometida del momento. En esos artículos don Pío queda como un cuco, alguien que no quiere olvidar quién fue pero que se pliega a los militares fascistas y jura por el Ángel Custodio  en Salamanca en 1938 lo que le ponen por delante. Esta clase de historias, así como el reclamo que se les hacía a sus herederos para que publicaran todos esos libros excluidos de sus obras completas o permitieran que otros lo hiciesen, molestaron sobremanera al hermano de don Julio, hermano que ya llevaba las riendas de los negocios familiares, ante la enfermedad de don Julio. Dos o tres libreros de la Cuesta de Moyana amigos míos así me lo confirmaron: «Ha pasado por aquí ese hombre y va diciendo que esta se la guardan a usted». No sabe uno cómo se la querrían guardar, pero lo cierto es que a los pocos años todos esos libros cuya publicación se reclamaba en Las armas y las letras fueron apareciendo, como había exigido uno.


JB

 


Fractal, Andrés Trapiello, p. 550

El último día que le vio uno fue precisamente en una de aquellas convocatorias turnadas del hotel Palace organizadas por el amigo X. Hizo este la pregunta, «¿os conocéis?», y volvieron a oírse un «sí» y un «no», solo que en esa ocasión el sí fue suyo y el no mío. No lo dije por desairarle, sino para coincidir en algo alguna vez, y que no quedara mal ninguno de los dos. Me miró el ingeniero con los ojos inyectados de sangre, por lo que consideraba una insolencia y una grosería. No solo daba por supuesto que a él tenía que conocerle todo el mundo, sino que no se le pasaba por la cabeza que alguien al que le habían presentado ya unas ochocientas treinta veces tuviera la desvergüenza de negarlo de aquella manera.

A mí me pareció entonces más vanidoso que nunca, porque tenía la sospecha de que aquel «sí», que concedía sin duda a regañadientes, era para que su propia cotización no bajara en presencia de su contratante. Quiero decir que así es como suelen conducirse siempre los socios del Cas ( «Si está en el Club, naturalmente le conozco, y aunque no le conociera, haría como si le conociera; de eso depende tanto su prestigio como el mío propio; en este Club todos somos conocidos y todos nos conocemos; todos somos "de una familia muy conocida", todos somos "de buena familia"»). X, trabajando en Planeta, tenía entonces un cargo relevante en la directiva del Cas. Por ejemplo, creo que él había tenido algo que ver en el finalismo del Premio Planeta que le dieron a una novela suya policiaca, que también pasó sin pena ni gloria,  como suya. El Premio Planeta estaba entonces muy desprestigiado literariamente. Suele estarlo, pero cada cierto tiempo se echa mano de alguien para que enjugue sus pecados y lo dignifique, y a ello contribuyó el ingeniero, a quien, paradójicamente, no le importó prestarse a ser segundo, sin duda por estar íntimamente convencido de ser el primero, lo cual, dicho sea sinceramente, le honra.


HEMORROIDES

 


Fractal, Andrés Trapiello, p. 466

Hay un anuncio en televisión muy penoso y cutre en el que una mujer se encara con la cámara y dice, muy circunspecta: yo también las he sufrido en secreto. Su rostro es apesarado, como quien ha sido atacada a traición por una humillación vergonzosa, pero súbitamente se ilumina su rostro y muestra radiante la pomada que ha destruido a la fiera, mientras proclama su triunfo: han desaparecido. En todo el anuncio la fiera, o sea, la almorrana, no es nombrada por su nombre, que es tabú. Hay otro anuncio parecido, en el que no se muestra tampoco aquello que se quiere hacer desaparecer, uno de cucarachas, a las que tampoco se cita por su nombre. Para mí ahora una almorrana y una cucaracha son como hermanas, y el hecho de imaginarlo hace que el nervio de la muela descargue un trallazo de dolor que me eriza el cabello. Quien  no haya tomado un bañio de asiento no sabe nada de la vida. Por un lado parece que uno vive en 1748, y por otro se deprime uno tanto, que anda por ahí con la cabeza metida en el pecho, de tener que sufrirlo todo en secreto. Por esa razón viene uno a este cuaderno a contar estas cuitas pepysianas en un momento tan delicado en el que ha de levantar un nuevo edificio, otro libro más, sin pensar que se le va a venir abajo por el sótano y por la buhardilla. Casi me sonrío: llamar sótano al recto y buhardilla a la boca es gongorino. Rebasados Cervantes y Galdós lo natural es acabar en brazos de Valle-Inclán, que es corno se sabe la catedral del cante.¿Por qué se melancolizará uno por tan poco? ¿Qué es escribir un libro en mes y medio, con la boca llena de llagas y el recto comido por cucarachas? Voy a pedir el ingreso en la Internacional Surrealista, por si me dieran puntos, canjeables si no por gloria sí por leyenda.


INCIPIT 1.552. LONDRES / L-F CELINE


Al principio, cuando llegamos a Londres, a Angèle apenas la veía. Si durante el primer mes se acercó dos o tres veces a decir hola y a que me la trajinase, ya son muchas. Estaba demasiado ocupada, decía, con su Purcell, instalándose, afirmaba, en una avenida que yo aún no conocía por Marble Arch, en un bonito barrio parecido a l’Étoile pero aquí, en un rincón de un parque al estilo de Monceau, el Hyde (Haide). Yo nunca iba por allí, de común acuerdo, para no molestarlos. Me quedaba en mi zona, vamos, no pedía nada a nadie, que me dejasen en paz. No iba a ser yo motivo de complicaciones. Por eso, me escogió un cuartito en Leicester Street bastante decente, he de decir. Leicester es directamente el barrio de los placeres inmediatos, una zona lateral al bulevar, para que os hagáis una idea, justo en la esquina del Empire Theater. En la época de la que hablo, el Empire Theater era un escenario para revistas vivarachas. También era el momento de la propaganda para el frente. Se animaba a los ingleses de todas las maneras posibles para que se unieran a la danza, ¡y no veas lo difíciles de convencer que son los ingleses! Se les presentaba la cosa con música como un tremendo viaje patriótico y una luna de miel, con un torrente de fanfarrias, un pasmo de muslámenes cadenciosos, en un paraíso de flores eléctricas bien abiertas. A ver qué más querían. En el 22º regimiento de coraceros, las cosas eran más simples, pero para los gentlemen echaban el resto. Eran hombres refinados. Se los trabajaba a fuerza de sugestión, de whisky, de cigarrillos, de orgullo, de blondas, de cansancio. Yo no decía nada, observaba, era mi papel, pero, aun así, aquello me parecía un juego de niños. Cuando ya no tuve uniforme para pasear, su reclutador, con su pequeña escarapela y su bastoncito de mando, se acercaba a menudo para tantear mis sentimientos. Me daba un chute de amor propio, me tomaba por un novato. Tenía labia. Yo me pavoneaba. Le dejaba hacer. Por soñar que no quede. Cuando lo escuchaba, me rejuvenecía, volvía recompuesto de todo un infierno. Lo seguía escuchando por placer. Entonces, ¿no se me notaba lo del oído? ¿No se oía fuera? Iba diciendo que la calle donde vivía estaba un poco apartada de Piccadilly Circus, esa plaza donde hay tantos vehículos y la publicidad atesta los escaparates. Era una callecilla bastante traicionera, la nuestra, para ser sincero, con tiendas donde no se vendía gran cosa como no fuesen coños más o menos, pero a salto de mata, claro, en el entresuelo, a la inglesa. La planta baja, como si fuese un salón, era el lugar de descanso de los chulos, siempre alerta.


INCIPIT 1.551. FRACTAL DEL SALON DE LOS PASOS PERDIDOS / ANDRES TRAPIELLO


Prólogo

ESTA mañana tenía el Rastro esa grandeza de los días de invierno. Apenas había amanecido y ya estaban desplegándose los primeros puestos. Todas las cosas que iban extendiendo sobre la acera parecían oxidadas, chatarra, latón viejo; hasta los libros tenían algo de escombros. El cielo, empañado de frío, no se sabía todavía si iba a ser azul o gris, y desde Mira el Río se veían allá abajo, uno aquí, otro más allá, los vivacs encendidos. Son fuegos que meten en calderos de zinc o en bidones que cortan por la mitad y en los que hacen unos agujeros para que las llamas respiren. A veces queman una cómoda entera, con cajones y todo, o la pata de una consola que recuerda el cuello de un cisne. Alrededor hay siempre gitanos vestidos de punta en negro, muy elegantes, que parecen duques. El aire entonces se llena de un olor pestilente a barniz quemado o, por el contrario, huele a pino y a resma de papel, que se mezcla con el olorcillo a pan reciente que sale de dos tahonas que están casi juntas.

Luego X y yo, un poco cansados de hacer el zapador, hemos ido a tomar un café a uno de esos baruchos del Rastro que tienen en el escaparate tripas atadas a unos palos y cazuelas con callos fríos. Buscar libros hay que hacerlo en ayunas, como los verdugos.

El dueño no estaba. Nos ha servido una señora gorda que hacía bromas picantes con un buhonero que llevaba puesto un flamante anorak de slalom, de color rojo.


JAVIER MARIAS


Fractal, Andrés Trapiello, p. 466

AMANECE el día con un pequeño cataclismo: publicaba el periódico una andanada de Junior, el pijo volatinero, contra EHT., a propósito de cierto artículo de este en el periódico Arriba en 1945. Le reprochaba Junior a HT. que se arrodillara ante el tirano, y HT. le responde que más vale vivir de rodillas que morir de pie. Junior no se arredra y vuelve hoy con aladas palabras: «Muchos murieron» para no tener que escribir lo que escribió HT. «¡Hay que tener dignidad!» son las palabras que se sobrentienden en las esquinas de su escrito, y Junior tiene razón, y acaso, porque él sabe lo que es la dignidad, pasó su juventud dando volatines, que no es exactamente un vivir de rodillas ni un morir de pie, sino una cosa intermedia, en el aire, viviendo del aire. Franco, el gran timonel, ordenaba a HT., alehop, y HT. caía de rodillas. X, el gran novelista, decía alehop, y Junior pijoteaba volatinando. Se dirá que no son comparables el gran timonel y el gran novelista; cierto, pero la vida quiere que algunas actitudes se crucen en el camino, en una especie de grado cero del autoritarismo, ese lugar en el que la gente podía intercambiar sus atuendos y de época y de circunstancias, y no diferenciarse unos de otros.


Villa Giulia


Fractal, Andrés Trapiello, p. 166

Es un lugar extraordinariamente hermoso, una casa romana pasada por el Renacimiento, y que despierta en uno sentimientos diferentes, quizá complementarios. Por un lado, uno es feliz conociendo algo así. Pero por el hecho de conocerlo, se ve uno comprometido con esa misma belleza. No puede seguir viviendo de la misma manera. El ideal le obliga a uno a muchas cosas, la belleza lo mismo. Es difícil que ninguno de nosotros llegue a vivir jamás en una casa parecida, eso está fuera de toda duda (y los que son millonarios, tampoco tienen ningún interés, por lo general, en vivir en una casa como esa, ya que son millonarios, casi siempre, porque han estado alejados de esa manera de creer que el ideal es la Villa Giulia), pero después de haberla visto, debería llegar uno a la suya, pobre, en cualquier rincón del mundo, y tratar de que, en lo que es, se acerque lo más posible a su propio canon.

Vivir en Roma tiene además esa cotidianeidad con lo que es excepcional. Llega a ser una parte de la rutina. Todo es hermoso, llega a creer uno. Y a medida que pasan los días va encontrando uno su rutina, que es la única fértil.


FERNANDO SAVATER


Fractal, Andrés Trapiello, p. 264

NOS contaba X que estaba haciendo la mudanza de su casa. Los mozos de cuerda subían y bajaban. Sufría viéndolos arrastrar los pesados muebles, tirando de las sogas a pulso, rompiéndose los riñones. Se cruzó en las escaleras con uno de esos hombres. Cargaba con una gran banasta de mimbre blanco, llena de libros hasta los topes. Siempre que hay de por medio libros y operarios, parece que fuese a suceder un chiste de almanaque.

Al verle tan sudoroso, tan congestionado por el peso de los libros, nuestro amigo le pidió disculpas, no como si fuese culpable de que aquello pesase tanto, sino de haber contribuido a que en el mundo hubiera algunos libros más, para desdicha de los hombres de carga. Así que le dijo:

-Lo siento.

-Nada, en absoluto.

El estibador era un muchachote grande como un armario, con el cuello de un toro y la cara de un niño. El que le dijera que lo sentía debió de tomarlo como una entrada en la conversación. Se detuvo, tiró de la canasta hacia arriba, como si le fuese liviana, y dijo con alegría, de muy buen humor, confidencia por confidencia:

-Peor usted, que habrá tenido que leérselos.


PORTICO DE LA GLORIA


Fractal, Andrés Trapiello, p. 155

El Pórtico estaba encofrado por completo con andamios, de modo que pude subirme a uno de ellos y mirar de cerca aquellas figuras agrestes y rudas, con Santiago, el Pantocrátor y toda la corte celestial. Eran figuras como talladas por alguien solo con el oficio a medias, y tomadas una a una, aisladas, producirían escasa impresión o una impresión penosa, ya que no eran más que trozos inexpresivos de piedra. Muchas esculturas del románico es lo que no tienen, su barbarie, su carácter elemental, como esas figurillas que se venden para hacer los belenes. Como a las figuritas de belén no se les podía pedir a aquellas esculturas del Pórtico emociones, sentimientos, ni siquiera la belleza del cuerpo. Casi se diría que no tienen alma. Ahora, juntas, formaban un conjunto admirable, como esas polifonías antiguas que se sostienen únicamente en la voz. Emocionaba de ellas saberlas depositarias de una fe y unas vidas extraordinarias, las de todos los peregrinos que han llegado hasta ellas desde los confines de la cristiandad.

Imaginaba lo que sería un lugar como ese hace solo ochenta años, antes del boom del turismo. Un día de lluvia, un corto día de invierno, los soportales de techo tan bajo, las calles estrechas, los comercios angostos y profundos, las bombillas avaras de los curas. Cuando se ven las fotografías en blanco y negro en las guías antiguas de Otero Pedrayo, en la de Castroviejo, en los libros de Cunqueiro, se le encoge el corazón a cualquiera, del tenebrismo levítico de la localidad. Y escuchar la lluvia perpetua sobre las losas que empedran las calles, todo el día, lenta y suave, interrumpida cada hora por las campanadas graves de las iglesias y los conventos, y así un día y otro día ... Dejémoslo ya porque me estoy deprimiendo yo solo.


SOLDADITOS


Fractal, Andrés Trapiello, p. 52

SUBÍAN al cuartel por la calle Barquillo, a última hora, tres reclutas de paisano antes del toque de retreta. Jóvenes de semblante atezado y embrutecido ya por el trabajo más duro, pero con la belleza de la juventud en la línea de la boca, en el brillo de los ojos, en la firmeza del cuello. Venían sin hablarse, no hostiles, pero tampoco amigos. Compañeros pero no camaradas. Subían lentamente, de la mano del tedio. Imagino lo que habrá sido esta tarde de paseo, errantes por Madrid, que no conocen, hastiados de dar vueltas y con los pies hinchados  (llevaban las botas duras de su uniforme), con el dinero justo para haberse tomado un refresco, sin hablarse, sí, pero soltando de vez en cuando una risotada de paleto ante cualquier cosa que no comprenden para después sumirse en su silencio, en su incapacidad de verbalizar el mundo y de expresarlo.

Se me ha encogido el corazón al verlos, golpeado por su irreductible tristeza. La tristeza de sus bocas, la tristeza de sus ojos, la desoladora tristeza de unos cuerpos hechos para dormir hasta el amanecer en brazos de unas novias parecidas a ellos. Y entonces he sentido al pasar a su lado que esta noche esos niños llorarán en silencio su hombría sobre la almohada y soñarán a su modo en el regreso, en sus lejanas tierras, tal vez en los tiernos abrazos de la amada. Y me enternece su patria hecha de lágrimas y sueños, es decir, ese lugar donde ya no hay palabras, sino un lecho en medio de la noche, como cama de liebre.


INCIPIT 1.550. LOS DIALOGOS / BORGES, FERRARI


1 La identidad de los argentinos

Osvaldo Ferrari: Desde hace tiempo me interesa la idea que usted ha expresado acerca de la posible identidad de los argentinos, porque, según esa idea, la nuestra sería una identidad en pleno desarrollo. Usted ha dicho, Borges, que los argentinos, al tener una historia limitada, y provenir, a la vez, de una historia vasta como la europea, somos una nueva posibilidad de ser. Usted dijo: somos lo que queramos y lo que podamos ser.

Jorge Luis Borges: Sí, efectivamente, creo que el hecho de ser europeos en el destierro es una ventaja, ya que no estamos atados a ninguna tradición local, particular. Es decir, podemos heredar, heredamos de hecho todo el Occidente, y decir todo el Occidente es decir el Oriente, ya que lo que se llama cultura occidental es, digamos, simplificando las cosas, una mitad Grecia y la otra mitad Israel. Es decir, que somos orientales también, y debemos tratar de ser todo lo que podamos; no estamos atados por una tradición, recibimos esa vasta herencia y tenemos que tratar de enriquecerla y de proseguirla a nuestro modo, naturalmente. En cuanto a mí, yo he tratado de conocer todo lo posible pero, desde luego, ya que el mundo es de hecho infinito, lo que un individuo puede conocer es una partícula. Yo pienso a veces que la literatura es como una biblioteca infinita. "La Biblioteca de Babel" en un cuento mío, y que de esa vasta biblioteca cada individuo sólo puede leer unas páginas: pero quizás en esas páginas esté lo esencial, quizás la literatura esté repitiendo siempre las mismas cosas


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