Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

JB

 


Fractal, Andrés Trapiello, p. 550

El último día que le vio uno fue precisamente en una de aquellas convocatorias turnadas del hotel Palace organizadas por el amigo X. Hizo este la pregunta, «¿os conocéis?», y volvieron a oírse un «sí» y un «no», solo que en esa ocasión el sí fue suyo y el no mío. No lo dije por desairarle, sino para coincidir en algo alguna vez, y que no quedara mal ninguno de los dos. Me miró el ingeniero con los ojos inyectados de sangre, por lo que consideraba una insolencia y una grosería. No solo daba por supuesto que a él tenía que conocerle todo el mundo, sino que no se le pasaba por la cabeza que alguien al que le habían presentado ya unas ochocientas treinta veces tuviera la desvergüenza de negarlo de aquella manera.

A mí me pareció entonces más vanidoso que nunca, porque tenía la sospecha de que aquel «sí», que concedía sin duda a regañadientes, era para que su propia cotización no bajara en presencia de su contratante. Quiero decir que así es como suelen conducirse siempre los socios del Cas ( «Si está en el Club, naturalmente le conozco, y aunque no le conociera, haría como si le conociera; de eso depende tanto su prestigio como el mío propio; en este Club todos somos conocidos y todos nos conocemos; todos somos "de una familia muy conocida", todos somos "de buena familia"»). X, trabajando en Planeta, tenía entonces un cargo relevante en la directiva del Cas. Por ejemplo, creo que él había tenido algo que ver en el finalismo del Premio Planeta que le dieron a una novela suya policiaca, que también pasó sin pena ni gloria,  como suya. El Premio Planeta estaba entonces muy desprestigiado literariamente. Suele estarlo, pero cada cierto tiempo se echa mano de alguien para que enjugue sus pecados y lo dignifique, y a ello contribuyó el ingeniero, a quien, paradójicamente, no le importó prestarse a ser segundo, sin duda por estar íntimamente convencido de ser el primero, lo cual, dicho sea sinceramente, le honra.


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