Fractal, Andrés Trapiello, p. 550
El último día que le vio uno fue
precisamente en una de aquellas convocatorias turnadas del hotel Palace
organizadas por el amigo X. Hizo este la pregunta, «¿os conocéis?», y volvieron
a oírse un «sí» y un «no», solo que en esa ocasión el sí fue suyo y el no mío. No
lo dije por desairarle, sino para coincidir en algo alguna vez, y que no
quedara mal ninguno de los dos. Me miró el ingeniero con los ojos inyectados de
sangre, por lo que consideraba una insolencia y una grosería. No solo daba por
supuesto que a él tenía que conocerle todo el mundo, sino que no se le pasaba
por la cabeza que alguien al que le habían presentado ya unas ochocientas
treinta veces tuviera la desvergüenza de negarlo de aquella manera.
A mí me pareció entonces más
vanidoso que nunca, porque tenía la sospecha de que aquel «sí», que concedía
sin duda a regañadientes, era para que su propia cotización no bajara en
presencia de su contratante. Quiero decir que así es como suelen conducirse
siempre los socios del Cas ( «Si está en el Club, naturalmente le conozco, y
aunque no le conociera, haría como si le conociera; de eso depende tanto su prestigio
como el mío propio; en este Club todos somos conocidos y todos nos conocemos;
todos somos "de una familia muy conocida", todos somos "de buena
familia"»). X, trabajando en Planeta, tenía entonces un cargo relevante en
la directiva del Cas. Por ejemplo, creo que él había tenido algo que ver en el
finalismo del Premio Planeta que le dieron a una novela suya policiaca, que
también pasó sin pena ni gloria, como
suya. El Premio Planeta estaba entonces muy desprestigiado literariamente.
Suele estarlo, pero cada cierto tiempo se echa mano de alguien para que enjugue
sus pecados y lo dignifique, y a ello contribuyó el ingeniero, a quien,
paradójicamente, no le importó prestarse a ser segundo, sin duda por estar
íntimamente convencido de ser el primero, lo cual, dicho sea sinceramente, le
honra.
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