De Dietario voluble, de Vila Matas, p.156
• Si vas en taxi al aeropuerto, corres el peligro de que el conductor te machaque con cualquier emisora de radio fascista de esas que te insultan personalmente. Algunos taxistas son el perfecto complemento de ese estado de terror. La facturación en el aeropuerto, por otra parte, te exige estar con una antelación tan grande que a veces más te habría valido ir a pasar la noche al propio aeropuerto, lo que me lleva a intuir que pronto las discotecas serán un nuevo negocio de las terminales aéreas. Al miedo a perder el avión por la lenta facturación —agravada siempre por algún cretino que no ha hecho los deberes antes de acudir al mostrador— sucede el control policiaco y, una vez rebasado éste y tras habernos vuelto a vestir, suponiendo que no haya ninguna huelga de los famosos trabajadores de tierra o de los pilotos, llega el horror del embarque, que casi nunca significa el acceso directo al avión y que nos pone en manos de un conductor de autobús que no se acuerda del aire acondicionado y de paso juega a dar frenazos o bandazos para mortificar a los viajeros. Alcanzar el interior del avión ya no significa nada hoy en día, pues la autorización para el despegue puede tardar una infinidad en llegar, y a veces los aviones ni despegan y los pasajeros son devueltos a la puerta de embarque. Si finalmente volamos y alcanzamos nuestro destino, nos espera la más célebre de las torturas: la pérdida de las maletas. Y como guinda el taxista, que en la
ciudad a la que has llegado espera que seas extranjero, para cobrarte más.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
GALICIA
De España, de Manuel Vilas, p. 153
6. HE TURNED THE WATER INTO WINE
Un mediodía del mes de agosto del año 2002, los escritores más o menos españoles José María Pérez Alvarez y Manuel Vilas pasean por el casco viejo de Santiago de Compostela. Entran en bares y beben Viña Costeira. Vilas se queda absorto mirando a las cigalas y a los percebes y a las langostas y a los centollos y a las nécoras que exhiben en los escaparates de las marisquerías compostelanas. Vilas saluda a las langostas. Pérez Alvarez se queda perplejo ante la actitud de Vilas. Es la primera vez que se encuentran, y no entiende muy bien Pérez Alvarez la Ñscinación de Vilas ante esos bichos y menos que les hable como si Riesen vacas o caballos o perros o gatos o periquitos. Sin embargo, hay algo en la fascinación de Vilas ante las cigalas y las langos
tas que le recuerda a su infancia, a la propia infancia de Pérez Alvarez. De repente, Pérez Alvarez es feliz mirando a su nuevo amigo. Piensa que su nuevo amigo está bastante pirado, y eso le reconforta. Piensa que su nuevo amigo ha debido de salir, casi seguro, de un Seminario, o de una célula de un nuevo partido comunista reunificado. También piensa Pérez Alvarez que es casi seguro que todos los nuevos amigos que le quedan por conocer van a ser así, comó Vilas, y eso le inquieta, porque ve en ello un designio. Su nuevo amigo no se entera de nada porque sólo tiene ojos para el marisco. Qué maravilla!, grita Vilas. Comamos esos bichos, dice Vilas. No dejemos ni uno. Comámoslo todo. Entran Pérez Alvarez y Vilas en una marisquería compostelana y se piden un arroz con bogavante y vino blanco de Orense. Llevan herramientas en las manos para luchar contra las patas.
6. HE TURNED THE WATER INTO WINE
Un mediodía del mes de agosto del año 2002, los escritores más o menos españoles José María Pérez Alvarez y Manuel Vilas pasean por el casco viejo de Santiago de Compostela. Entran en bares y beben Viña Costeira. Vilas se queda absorto mirando a las cigalas y a los percebes y a las langostas y a los centollos y a las nécoras que exhiben en los escaparates de las marisquerías compostelanas. Vilas saluda a las langostas. Pérez Alvarez se queda perplejo ante la actitud de Vilas. Es la primera vez que se encuentran, y no entiende muy bien Pérez Alvarez la Ñscinación de Vilas ante esos bichos y menos que les hable como si Riesen vacas o caballos o perros o gatos o periquitos. Sin embargo, hay algo en la fascinación de Vilas ante las cigalas y las langos
tas que le recuerda a su infancia, a la propia infancia de Pérez Alvarez. De repente, Pérez Alvarez es feliz mirando a su nuevo amigo. Piensa que su nuevo amigo está bastante pirado, y eso le reconforta. Piensa que su nuevo amigo ha debido de salir, casi seguro, de un Seminario, o de una célula de un nuevo partido comunista reunificado. También piensa Pérez Alvarez que es casi seguro que todos los nuevos amigos que le quedan por conocer van a ser así, comó Vilas, y eso le inquieta, porque ve en ello un designio. Su nuevo amigo no se entera de nada porque sólo tiene ojos para el marisco. Qué maravilla!, grita Vilas. Comamos esos bichos, dice Vilas. No dejemos ni uno. Comámoslo todo. Entran Pérez Alvarez y Vilas en una marisquería compostelana y se piden un arroz con bogavante y vino blanco de Orense. Llevan herramientas en las manos para luchar contra las patas.
MELOMANIA
De Un hombre vulgar de Miquel de Palol, p. 197
Hace unos años, para la mayoría el heredero de Mozart no era Beethoven, sino Rossini.
Jaap escuchó justo la última frase al pasar y dijo:
—No sería para gente de gran talla intelectual.
—Para Stendhal.
—Ah.
Sebastian entró en el despacho para consultar algo y Eusebi fue tras él.
—Conoces —dijo, con un entusiasmo contenido que impacientaba a Sebastian, escéptico y con vergüenza ajena ante lo que siempre le habían parecido vitalismos
impostados— el estudio de Graussberger sobre los patrones temáticos de Bach?
—He leído un par de reseñas. Parece bastante delirante.
—Quizá, pero le encaja todo.
—Cuando todo encaja, busca dónde te has equivocado
—replicó en voz baja Sebastian—. Proverbio chino.
—Ha descubierto una progresión de complejidad de los patrones contrapuntísticos —prosiguió Eusebi—, y que el conjunto de la obra forma un dibujo lógico geométrico perfecto en cuyo interior, mediante un proceso de analogía y proyección similar, por ejemplo, al de los tests de inteligencia, las distintas piezas desglosadas se colocan con ayuda del ordenador según determinados parámetros para, por un lado, establecer con seguridad autorías hasta ahora dudosas para los exegetas escrupulosos, como la del aria
inicial de las Variaciones Goldberg o incluso la del «Tema Real» de la Ofrenda musical, que es suya y no del rey, y por otro completarlo llevando el mecanismo a las últimas con secuencias; es decir, cerrando la figura, que funciona como un locus mnemónico perfecto: toda la obra en la cabeza a partir de una única idea mecánica.
Hace unos años, para la mayoría el heredero de Mozart no era Beethoven, sino Rossini.
Jaap escuchó justo la última frase al pasar y dijo:
—No sería para gente de gran talla intelectual.
—Para Stendhal.
—Ah.
Sebastian entró en el despacho para consultar algo y Eusebi fue tras él.
—Conoces —dijo, con un entusiasmo contenido que impacientaba a Sebastian, escéptico y con vergüenza ajena ante lo que siempre le habían parecido vitalismos
impostados— el estudio de Graussberger sobre los patrones temáticos de Bach?
—He leído un par de reseñas. Parece bastante delirante.
—Quizá, pero le encaja todo.
—Cuando todo encaja, busca dónde te has equivocado
—replicó en voz baja Sebastian—. Proverbio chino.
—Ha descubierto una progresión de complejidad de los patrones contrapuntísticos —prosiguió Eusebi—, y que el conjunto de la obra forma un dibujo lógico geométrico perfecto en cuyo interior, mediante un proceso de analogía y proyección similar, por ejemplo, al de los tests de inteligencia, las distintas piezas desglosadas se colocan con ayuda del ordenador según determinados parámetros para, por un lado, establecer con seguridad autorías hasta ahora dudosas para los exegetas escrupulosos, como la del aria
inicial de las Variaciones Goldberg o incluso la del «Tema Real» de la Ofrenda musical, que es suya y no del rey, y por otro completarlo llevando el mecanismo a las últimas con secuencias; es decir, cerrando la figura, que funciona como un locus mnemónico perfecto: toda la obra en la cabeza a partir de una única idea mecánica.
NABOKOVIANA
De Dietario voluble de Enrique Vila-Matas, p.103-104
Sin duda, la locura de H. tiene puntos en común con Falter, fascinante personaje de Ultima Thule, un cuento de Nabokov. Falter es aquel hombre que perdió toda compasión y escrúpulo cuando en un cuarto de hotel le fue revelado de golpe “el enigma del universo» y no quiso transmitirlo a nadie más tras haberlo hecho una única vez cediendo al acoso de un psiquiatra, al que le destrozó tanto la revelación que hasta le causó la muerte. Es un cuento antológico, incluido en Una belleza rusa. Leerlo es ya de por sí una locura de una envergadura tal que hasta nos permite constatar cuánta razón llevaba aquel que dijo que las locuras son las únicas cosas que no lamentamos jamás. Pero es que, además, leerlo —eso es lo más interesante de todo— nos sitúa en mejores condiciones para tratar de resolver el enigma del universo. Aunque siempre me pregunto si nos conviene resolverlo. Yo creo que si un día diéramos con el secreto del mundo nadie tendría el valor de revelarlo.
Sin duda, la locura de H. tiene puntos en común con Falter, fascinante personaje de Ultima Thule, un cuento de Nabokov. Falter es aquel hombre que perdió toda compasión y escrúpulo cuando en un cuarto de hotel le fue revelado de golpe “el enigma del universo» y no quiso transmitirlo a nadie más tras haberlo hecho una única vez cediendo al acoso de un psiquiatra, al que le destrozó tanto la revelación que hasta le causó la muerte. Es un cuento antológico, incluido en Una belleza rusa. Leerlo es ya de por sí una locura de una envergadura tal que hasta nos permite constatar cuánta razón llevaba aquel que dijo que las locuras son las únicas cosas que no lamentamos jamás. Pero es que, además, leerlo —eso es lo más interesante de todo— nos sitúa en mejores condiciones para tratar de resolver el enigma del universo. Aunque siempre me pregunto si nos conviene resolverlo. Yo creo que si un día diéramos con el secreto del mundo nadie tendría el valor de revelarlo.
KAFKA
De España, de Manuel Vilas, p.145
La casa, en el viejo barrio de Steglitz, había aguanta do las bombas de la guerra. Y antes de marcharme, volví a tocar la cama, como quien toca la boca de su amante. La anciana nos despidió con una sonrisa llena de serpientes, crucifixiones, levantamiento de cadáveres, derrotas sin explicación. Mi amigo dijo que la abuela estaba completamente chiflada y que vete a saber de quién era la cama que nos había enseñado.
Cerré el libro, lo metí en la bolsa de la piscina y me fui a bañar con mis amigos. Abrí los ojos bajo el agua y vi una cama con un niño ahogado arado a esa cama con correas de hierro: era yo mismo. Y en efecto, me estaba ahogando, un corte de digestión me llenaba los pulmones de cloro. Vi, finalmente, un dromedario cuya cabeza era mi cabeza. Aquel bicho gigantesco me estaba conduciendo a la nada. Ya por fin en la nada, muerto por ahogamiento, vi a Kafka, quien me dio la mano y me dijo que debería caminar por la senda que se abría a mis pies durante nueve días, y que al término de esos nueve días llegaría al Paraíso. Me dijo que el nombre del paraíso había cambiado, que tal vez surgiera ante mí —dependiendo de las cronologías— con el nombre de “eurocomunismo”, o con el nombre de “solidaridad”, o con el nombre de “capitalismo social”, o con el nombre de “mercado cívico”, o con el nombre de “Francia”, o con el nombre de “España” a secas. Yo le dije que no quería ir al paraíso. Ante mi negativa, me dio una sonora bofetada, y yo me eché a llorar. Cuando dejé de llorar, Kafka me dijo
“mira, esto no se acaba nunca, el dolor es infinito, eso que creías la nada sólo es un disfraz violento y agresivo de la pena, de la Historia, que es esclavitud y crimen, porque
todo es crimen y el ser humano es maligno”.
La casa, en el viejo barrio de Steglitz, había aguanta do las bombas de la guerra. Y antes de marcharme, volví a tocar la cama, como quien toca la boca de su amante. La anciana nos despidió con una sonrisa llena de serpientes, crucifixiones, levantamiento de cadáveres, derrotas sin explicación. Mi amigo dijo que la abuela estaba completamente chiflada y que vete a saber de quién era la cama que nos había enseñado.
Cerré el libro, lo metí en la bolsa de la piscina y me fui a bañar con mis amigos. Abrí los ojos bajo el agua y vi una cama con un niño ahogado arado a esa cama con correas de hierro: era yo mismo. Y en efecto, me estaba ahogando, un corte de digestión me llenaba los pulmones de cloro. Vi, finalmente, un dromedario cuya cabeza era mi cabeza. Aquel bicho gigantesco me estaba conduciendo a la nada. Ya por fin en la nada, muerto por ahogamiento, vi a Kafka, quien me dio la mano y me dijo que debería caminar por la senda que se abría a mis pies durante nueve días, y que al término de esos nueve días llegaría al Paraíso. Me dijo que el nombre del paraíso había cambiado, que tal vez surgiera ante mí —dependiendo de las cronologías— con el nombre de “eurocomunismo”, o con el nombre de “solidaridad”, o con el nombre de “capitalismo social”, o con el nombre de “mercado cívico”, o con el nombre de “Francia”, o con el nombre de “España” a secas. Yo le dije que no quería ir al paraíso. Ante mi negativa, me dio una sonora bofetada, y yo me eché a llorar. Cuando dejé de llorar, Kafka me dijo
“mira, esto no se acaba nunca, el dolor es infinito, eso que creías la nada sólo es un disfraz violento y agresivo de la pena, de la Historia, que es esclavitud y crimen, porque
todo es crimen y el ser humano es maligno”.
FRASE DE LA SEMANA PASADA
—A esto se reduce la educación —dijo Martina con mirada rencorosa—: saber llegar al punto en que los hijos son más fuertes que tú, después de haber creado en ellos los reflejos condicionados adecuados para que no te ataquen.
De MdP
De MdP
INCIPIT 199. UN HOMBRE VULGAR / MIQUEL DE PALOL

Llegada a Twerpdyen. Alojamiento y toma de contacto. Primera noche
El hombre de la gran maleta rígida, con ruedas y asa retráctil, salió del aeropuerto, subió a un taxi y llegó a Twerpdyen bastante antes de la hora de cenar, ya de noche cerrada. Se instaló en el hotel de pocas habitaciones frente al canal y se entretuvo más de lo necesario deshaciendo el equipaje. El color fucsia desvaído de la alfombra le molestaba, en parte, quizá, porque había olvidado su última visita allí. Le molestaba haberla olvidado, le incomodaban los recuerdos circunstanciales asociados: la manta y la almohada de más en el fondo del armario, las llaves doradas, ruidos y olores, perspectivas incompletas.
¿Dijo Borggreve que vendría al aeropuerto a buscarme?, pensaba, ¿o me he confundido y hemos quedado aquí en el hotel?, y miraba el reloj. Y en cualquier caso, ¿a qué hora? Después de merodear un rato por la terminal de llegadas internacionales, un tanto angustiado porque oscurecía deprisa, había tenido que apañárselas solo. No es que
KAFKA
De España de Manuel Vilas, p. 67
Noche de marzo de 1939 en que Brod sale con prisas de su casa. En la maleta iban tres novelas: “El Proceso”, “América” y “El Castillo”. Las tres póstumas e inacabadas (tres novelas, no diez, ni quince, ni treinta, sólo tres, ¿entiendes?, pero a quién le estás hablando si no hay nadie a quien hablar). Aquella noche en Praga, fuera de la maleta se quedaron la patria, las banderas, el crimen, la mentira, la vanidad, y la mala literatura. Brod y su maleta. Max Brod y su tesoro. Max y Josef K. Max y los funcionarios de “El Castillo”. Max y Klamm. Max y Kafka.Brod Kafka y Praga. Kafka y su padre Hermann Kafka. Vemos a Brod coger esa maleta santa y subir a un tren. No la suelta en ningún momenro. Como si llevara el tesoro más grande del mundo. Y sonríe cada vez que acaricia la maleta. Y en ese momento, en el momento de la caricia y de la sonrisa, Max tiene una visión: ve en Madrid, sesenta años después, en la remota España, la fundación del Hotel Kafka 1.
1.Se trata de una Escuela de Escritores (http.://hotelkafka.com)
Max Brod alcanzó a ver, a modo de iluminación, o de visión sobrenatural, un acto público de esa escuela, ocurrido en la primavera de 2007. Ese acto fue una lectura de poesía. El poeta que leía era Sergio Gaspar (pues también le fue dado a MB. ver escrito en un cartel el nombre español del poeta, pero no pudo oír sus poemas, cosa que M.B. lamentó) .Todas estas visiones le fueron concedidas a Max Brod (o Emebé) en recompensa por su extrema bondad, por su gran amor al mundo, por su inenarrable amor absoluto a la Literatura, pues amó la literatura más que Kafka, un desconocido. Y también es verdad que la visión sobrenatural de la fundación del madrileño Hotel Kafka le fue otorgada a Emebé por casualidad. Será bueno también que Esegé entienda la naturaleza de su público, su remotísima invisibilidad —como diría Vicente Aleixandre.
Noche de marzo de 1939 en que Brod sale con prisas de su casa. En la maleta iban tres novelas: “El Proceso”, “América” y “El Castillo”. Las tres póstumas e inacabadas (tres novelas, no diez, ni quince, ni treinta, sólo tres, ¿entiendes?, pero a quién le estás hablando si no hay nadie a quien hablar). Aquella noche en Praga, fuera de la maleta se quedaron la patria, las banderas, el crimen, la mentira, la vanidad, y la mala literatura. Brod y su maleta. Max Brod y su tesoro. Max y Josef K. Max y los funcionarios de “El Castillo”. Max y Klamm. Max y Kafka.Brod Kafka y Praga. Kafka y su padre Hermann Kafka. Vemos a Brod coger esa maleta santa y subir a un tren. No la suelta en ningún momenro. Como si llevara el tesoro más grande del mundo. Y sonríe cada vez que acaricia la maleta. Y en ese momento, en el momento de la caricia y de la sonrisa, Max tiene una visión: ve en Madrid, sesenta años después, en la remota España, la fundación del Hotel Kafka 1.
1.Se trata de una Escuela de Escritores (http.://hotelkafka.com)
Max Brod alcanzó a ver, a modo de iluminación, o de visión sobrenatural, un acto público de esa escuela, ocurrido en la primavera de 2007. Ese acto fue una lectura de poesía. El poeta que leía era Sergio Gaspar (pues también le fue dado a MB. ver escrito en un cartel el nombre español del poeta, pero no pudo oír sus poemas, cosa que M.B. lamentó) .Todas estas visiones le fueron concedidas a Max Brod (o Emebé) en recompensa por su extrema bondad, por su gran amor al mundo, por su inenarrable amor absoluto a la Literatura, pues amó la literatura más que Kafka, un desconocido. Y también es verdad que la visión sobrenatural de la fundación del madrileño Hotel Kafka le fue otorgada a Emebé por casualidad. Será bueno también que Esegé entienda la naturaleza de su público, su remotísima invisibilidad —como diría Vicente Aleixandre.
EL SABER SEGUN VARIOS
De Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas, p.49
En donde V-M nos habla de la metáfora de la cerilla de Faulkner; de aquella luz que sólo nos muestra la extensión del horror
En fin. Tras un paseo neurótico por los alrededores del Museo de la Ciencia de Barcelona (estoy pendiente de la inminente operación a la que mañana voy a ser sometido, lo que en cierta forma explicaría que me haya puesto a pensar e incluso a confiar en la ciencia) me digo que ni Jules Verne ni nadie: el verdadero científico es Franz Kafka. Nunca se encadena a ninguna verdad y, sin embargo, todo son verdades. Es inagotable. Se estrellan contra él todos quienes, al querer interpretarlo por un lado u otro, reducen la infinitud de su obra. Sólo le faltó decir que el verdadero saber consiste en medir la extensión de la ignorancia.
En donde V-M nos habla de la metáfora de la cerilla de Faulkner; de aquella luz que sólo nos muestra la extensión del horror
En fin. Tras un paseo neurótico por los alrededores del Museo de la Ciencia de Barcelona (estoy pendiente de la inminente operación a la que mañana voy a ser sometido, lo que en cierta forma explicaría que me haya puesto a pensar e incluso a confiar en la ciencia) me digo que ni Jules Verne ni nadie: el verdadero científico es Franz Kafka. Nunca se encadena a ninguna verdad y, sin embargo, todo son verdades. Es inagotable. Se estrellan contra él todos quienes, al querer interpretarlo por un lado u otro, reducen la infinitud de su obra. Sólo le faltó decir que el verdadero saber consiste en medir la extensión de la ignorancia.
INCIPIT 198. LA OFENSA / RICARDO MENENDEZ SALOMON

1
Aunque por tradición familiar y expreso deseo de su padre Kurt Crüwell debería haberse hecho cargo de un reputado negocio de sastrería en el número 64 de la Gütersloher Strasse, en la ciudad de Bielefeld, no muy lejos del frondoso Teutoburger Wald y a escasas manzanas de donde décadas más tarde, entre 1966 y 1968, el aclamado arquitecto de Cleveland Philip Johnson levantaría la célebre Kunsthalle, lo cierto es que el 1 de septiembre de 1939 un suceso no por esperado menos traumático vino a cambiar sus plácidos sueños de propietario —amén de una futura posición de privilegio en el seno de la sociedad pequeñoburguesa bielefeldiana— por un destino mucho menos plácido y azaroso en grado sumo.
13
POESIA

De Reversos de Ramiro Fonte, p.159
Fonte Nova
DESARRIMADAS casiñas
Coma esquecidos parentes
E, así e rodo, aínda veciñas
Das rúas da miña mente.
Sospeito que as vosas caras
Me resultan coñecidas
Pois non é de todo avara
A lembranza nesta vida.
Puras casas mariñás,
Avergoñadas labregas
Que, coma vellas cristiás,
Ouvides campás vilegas.
No medio de herdades monas
E de abandonadas leiras,
Xunto ó muro dunha horta,
Da soidade compañeiras.
A boa constelación
De pinzas multicolores
Converte cesto balcón
Nun cadro de mil amores.
Unha amable escuridade
Flúe da porta da bodega,
E entón me envolve a saudade
Que arrastran as cousas cegas.
Reinauguro ese escenario
Das paisaxes esenciais
Perdidas nese lunario
Das lúas de nunca máis.
Xa non sei cando morreu
Aquel vello mariñeiro
Que fa da ribeira á ceo
E plantou un limoeiro.
(fonte)
¿Que murmurará esa forne,
De mín o que ela dirá
Nunha xornada de hoxe
Ou de pasadomañá?
Bu contei aqueles anos,
Mais cúlpome de esquecer
Os dous xenerosos canos
Que me deron de beber.
LA ESCRITURA TIMIDA
De Mis dos mundos, de Sergio Chejfec, p.121-122
Entonces, por un lado no encontraba motivos para no ponerme a escribir en el Café do Lago, pero por el otro es verdad que desde hacía tiempo había empezado a sentir una especie de precaución, o inseguridad, cuando en alguno de los pocos bares que tengo cerca de mi casa, después de ciertos preparativos, me disponía a abrir mi cuaderno. Me sentía amenazado, o muy observado. En realidad eran todas ideas mías, nadie se fijaba en mí ni en nadie. Hasta que una tarde, hará cosa de dos o tres años, después de concentrarme en la idea de la amenaza porque no podía sobreponerme a ella, mientras los demás clientes del café leían o escribían despreocupados, sin duda una buena cantidad de ellos eran también escritores, advertí que en realidad ocurría otra cosa, aunque parecida: lo que yo tenía era vergüenza. Me avergonzaba escribir, un sentimiento que todavía se mantiene. Y como todo lo vergonzante, si uno lo quiere poner en práctica no tiene más opción que hacerlo a escondidas.
Durante mucho tiempo consideré la escritura como una labor privada, que sin embargo debe hacerse pública en algún momento porque de lo contrario sería muy difícil que subsista, en particular y en general. Pero la vergüenza no sólo derivaba de dedicarme a algo privado ante la vista de todos, sino también de hacer algo improductivo, una cosa medianamente inútil y bastante banal. Sentía que hablarían de mí como alguien de personalidad veleidosa, capaz de perder su tiempo sin preocuparse de nada, alejado de cualquier interés relevante. Y como yo me conocía demasiado bien, no podía sino darles la razón por adelantado. Por lo tanto mi principal preocupación no pasaba por superar mis defectos y mis insensatas ilusiones de escritura, sino por no ser descubierto. A eso se reducía la vida, podía decir, mientras me acercaba a un cumpleaños crucial: a no ser descubierto. Cada quien tiene su mentira vital, sin la cual la existencia diaria y acostumbrada se desmoronaría; la mía consistía en los simulacros, de la literatura en este caso.
De tanto adoptar una actitud de escritor, había terminado siéndolo; y ahora, en una especie de pánico retrospectivo me aterrorizaba que me descubrieran, justamente cuando podía considerar despejados casi todos los peligros. Y el temor se reflejaba en lo más básico, como siempre, la faena manual y la circunstancia anónima. Ya no temía no ser publicado, ni vivir alejado del éxito o del reconocimiento, ya sabía que esas cosas estarían siempre a mi alcance, para bien o para mal; temía que alguien, pasando al lado de mi cuaderno abierto, me desenmascarara como un simple y deliberado impostor. Las hojas de mi cuaderno no contendrían frases, ni siquiera palabras, sólo dibujos que buscaban simular caligrafías, o páginas repetidas con la palabra “qué”, sobre todo “cómo”, o con sílabas desconectadas que nunca hacían sentido.
Entonces, por un lado no encontraba motivos para no ponerme a escribir en el Café do Lago, pero por el otro es verdad que desde hacía tiempo había empezado a sentir una especie de precaución, o inseguridad, cuando en alguno de los pocos bares que tengo cerca de mi casa, después de ciertos preparativos, me disponía a abrir mi cuaderno. Me sentía amenazado, o muy observado. En realidad eran todas ideas mías, nadie se fijaba en mí ni en nadie. Hasta que una tarde, hará cosa de dos o tres años, después de concentrarme en la idea de la amenaza porque no podía sobreponerme a ella, mientras los demás clientes del café leían o escribían despreocupados, sin duda una buena cantidad de ellos eran también escritores, advertí que en realidad ocurría otra cosa, aunque parecida: lo que yo tenía era vergüenza. Me avergonzaba escribir, un sentimiento que todavía se mantiene. Y como todo lo vergonzante, si uno lo quiere poner en práctica no tiene más opción que hacerlo a escondidas.
Durante mucho tiempo consideré la escritura como una labor privada, que sin embargo debe hacerse pública en algún momento porque de lo contrario sería muy difícil que subsista, en particular y en general. Pero la vergüenza no sólo derivaba de dedicarme a algo privado ante la vista de todos, sino también de hacer algo improductivo, una cosa medianamente inútil y bastante banal. Sentía que hablarían de mí como alguien de personalidad veleidosa, capaz de perder su tiempo sin preocuparse de nada, alejado de cualquier interés relevante. Y como yo me conocía demasiado bien, no podía sino darles la razón por adelantado. Por lo tanto mi principal preocupación no pasaba por superar mis defectos y mis insensatas ilusiones de escritura, sino por no ser descubierto. A eso se reducía la vida, podía decir, mientras me acercaba a un cumpleaños crucial: a no ser descubierto. Cada quien tiene su mentira vital, sin la cual la existencia diaria y acostumbrada se desmoronaría; la mía consistía en los simulacros, de la literatura en este caso.
De tanto adoptar una actitud de escritor, había terminado siéndolo; y ahora, en una especie de pánico retrospectivo me aterrorizaba que me descubrieran, justamente cuando podía considerar despejados casi todos los peligros. Y el temor se reflejaba en lo más básico, como siempre, la faena manual y la circunstancia anónima. Ya no temía no ser publicado, ni vivir alejado del éxito o del reconocimiento, ya sabía que esas cosas estarían siempre a mi alcance, para bien o para mal; temía que alguien, pasando al lado de mi cuaderno abierto, me desenmascarara como un simple y deliberado impostor. Las hojas de mi cuaderno no contendrían frases, ni siquiera palabras, sólo dibujos que buscaban simular caligrafías, o páginas repetidas con la palabra “qué”, sobre todo “cómo”, o con sílabas desconectadas que nunca hacían sentido.
POESIA

De Reversos de Ramiro Fonte
ALFA
ANTES das cores do mundo
E das sombras do rueiro,
Do regato cantareiro,
Antes do suco profundo;
Antes desas chuvias longas
Que amortecen esperanzas,
Das primixenias lembranzas
Que ó futuro se prolongan,
Vellas con escapularios,
Labreguiñas misteriosas,
Por non andaren ociosas
Completan un setenario.
Reclamo a súa clemencia
E así reparo unha ausencia.
O cativiño cristián
(sei que esta mesma canción
Naceu naquela oración)
Leva o home da súa man.
TRIESTE Y VILA-MATAS Y GONZALES SAINZ
De Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas, p.26
Esa inolvidable sensación de extrañeza y deriva volví a recuperarla días después cuando en una entrevista le preguntaron al escritor español J.González Sainz por qué vivía en Trieste y él contestó así:Más quisiera yo saberlo. Y ese no saber es una buena razón. Me siento extraño aquí, extranjero, distante, y sentirse extranjero en el mundo creo que es una de las condiciones de la escritura, habitar el mundo de una forma un poco esquinada. Cuando regreso en tren ya de noche de mis clases en Venecia y veo al final del viaje las luces de Trieste allí en el fondo, como atenazadas a la espalda por la oscuridad de las montañas del Carso, con Eslovenia atrás y a la derecha la línea de las costas de Istria, y me digo “ahí está tu casa’“allí es donde vives”, se me genera una sensación de extrañeza, de no pertenencia sino de paso, con la que me llevo bien, y que creo que es fundamental para esa forma de vivir que es escribir.
Magdalena, Chacarilla, el Virrey.
Nada más leer estas palabras de González Sainz, me dieron ganas de ir a la deriva por las calles de una ciudad para mí desconocida, pero en la que tendría mi único domicilio.
Esa inolvidable sensación de extrañeza y deriva volví a recuperarla días después cuando en una entrevista le preguntaron al escritor español J.González Sainz por qué vivía en Trieste y él contestó así:Más quisiera yo saberlo. Y ese no saber es una buena razón. Me siento extraño aquí, extranjero, distante, y sentirse extranjero en el mundo creo que es una de las condiciones de la escritura, habitar el mundo de una forma un poco esquinada. Cuando regreso en tren ya de noche de mis clases en Venecia y veo al final del viaje las luces de Trieste allí en el fondo, como atenazadas a la espalda por la oscuridad de las montañas del Carso, con Eslovenia atrás y a la derecha la línea de las costas de Istria, y me digo “ahí está tu casa’“allí es donde vives”, se me genera una sensación de extrañeza, de no pertenencia sino de paso, con la que me llevo bien, y que creo que es fundamental para esa forma de vivir que es escribir.
Magdalena, Chacarilla, el Virrey.
Nada más leer estas palabras de González Sainz, me dieron ganas de ir a la deriva por las calles de una ciudad para mí desconocida, pero en la que tendría mi único domicilio.
JAVIER MARIAS Y ¿JUAN BENET?
De Tu rostro mañana 3 de Javier María, p 412:
" Y me vino a la memoria el 'tic-tac tan descomunal' de aquel saloncito sepulcral en el cementerio de Os Prazeres que, según el viajero que 'con cierta indiscreción' lo descubrió y obrservó, 'era respecto al tic-tac normal lo que es el grito a la voz'; y me volvió la frase enigmática sugerida por el reloj despertador que lo causaba -'de aquellos que se veían en las cocinas del tiempo de nuestros padres, con su campana en casquete esférico y dos pequeñas bolas por patas'-, la frase que decía:'A mí me parece que es el tiempo la única dimensión en que pueden hablarse y comunicarse los vivos y los muertos, la única que tienen en común."
" Y me vino a la memoria el 'tic-tac tan descomunal' de aquel saloncito sepulcral en el cementerio de Os Prazeres que, según el viajero que 'con cierta indiscreción' lo descubrió y obrservó, 'era respecto al tic-tac normal lo que es el grito a la voz'; y me volvió la frase enigmática sugerida por el reloj despertador que lo causaba -'de aquellos que se veían en las cocinas del tiempo de nuestros padres, con su campana en casquete esférico y dos pequeñas bolas por patas'-, la frase que decía:'A mí me parece que es el tiempo la única dimensión en que pueden hablarse y comunicarse los vivos y los muertos, la única que tienen en común."
INCIPIT 197. MIS DOS MUNDO / SERGIO CHEJFEC

Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños, y si decido comenzar de este modo es porque dos amigos a través de sus libros me hicieron ver que estas fechas pueden ser motivo de reflexión, y de excusa o de justificación, sobre el tiempo vivido. La idea se me ocurrió en el Brasil, mientras pasaba dos días en una ciudad del sur. En realidad no entendía cómo me había plegado a trasladarme hasta allí, sin conocer a nadie y sabiendo muy poco sobre el lugar. Era por la tarde, hacía calor, y andaba caminando en busca de un parque del que no tenía casi ninguna referencia, salvo su nombre medianamente musical, y por lo tanto promisorio, según mi criterio, y el hecho de aparecer como la superficie verde más grande en el plano de la ciudad. Pensaba que siendo tan extenso sería imposible que no fuese bueno. Para mí los parques son buenos cuando no están impecables, en primer lugar, y cuando la soledad se ha apropiado de ellos de tal modo que se ha convertido en una seña propia y una divisa compartida por los caminantes, que pueden ser esporádicos, pero que desde mi punto de vista deben estar irrevocablemente abstraídos, o absortos, también un poco confundidos, como cuando se camina por un
5
EL POTLACH SEGUN LANDERO
De Retrato de un hombre inmaduro, de Luis Landero, p.188 ss.
Otras noches me convierto en multimillonario. Ríase usted de BilI Gates, de Warren Buffet, del sueco de Ikea, de ese tal Mittal, el rey del acero, de los príncipes árabes y de los potentados rusos. En mi historia, yo tengo más dinero que todos esos juntos. Una fortuna que he ido actualizando al ritmo de la economía real, que ha crecido con los años, y que ahora debe andar por los quinientos mil millones de euros.
¿Que cómo he llegado a tanto? Bueno, la historia es breve y confusa, apenas lo necesario para que parezca medianamente verosímil. Digamos que he creado un sistema informático que es la base de una red comercial cuya trama y capacidad de control se extienden por todo el planeta, hasta sus últimos rincones, y que para la economía global significa algo así como las aportaciones de Einstein a la fisica o de Picasso a la pintura. Pero ése es sólo el principio, porque luego extiendo mi imperio a la ingeniería genética, a la aeronáutica, a la automoción, a las energías alternativas, de forma que descubrimos y explotamos remedios contra toda clase de enfermedades, construimos aeronaves seguras, combustibles limpios y secretos, armas invencibles..., y hay noches en que mi capital me parece poco y lo subo al billón, y si no voy más allá es porque más allá las cifras se me hacen ya inmanejables, casi irreales.
En el Maracaná hemos hablado alguna vez de lo que cada cual haría si fuese millonario. Ya se puede imaginar usted las fantasías al uso. El único caso digno de mención es el del hombre Chicoserio, aquel al que todo le sale mal, al que le aprietan los zapatos, al que si se rasca le sale un sarpullido, si juega a los chinos siempre pierde, si se escapa una hostia le toca a él, el que no pudo ser payaso porque no había disfraz que lograra ocultar su verdadera identidad, y para el que la vida es una suma continua de pequeñas contrariedades. Ni siquiera podía elevar su protesta con cierta altura trágica porque ninguno de sus males era grave ni digno de ser contado con elocuencia o con desgarro, sino que todo en él era la adversidad hecha comedia. Así que cuando salió la conversación de lo que cada cual haría si fuese millonario, él dijo: «Si yo fiera millonario, pero millonario de los grandes, de los de miles de millones, me dedicaría a joder al prójimo. ¿Que cómo? Pues muy fácil. Por ejemplo, compraría una mañana todos los churros del Maracaná y alrededores para que la gente se quedara sin churros. Compraría un fin de semana todos los condones de las farmacias del barrio y adyacentes para que la gente no pudiera follar, el pan de todas las panaderías, los periódicos y revistas de todos los quioscos, las entradas del fútbol y los toros, dejaría sin vino a los borrachos y sin putas a los puteros”. «Pero, hombre...», intentamos decirle. Y él: «Nada, nada, que se jodan como me jodo yo!».
Otras noches me convierto en multimillonario. Ríase usted de BilI Gates, de Warren Buffet, del sueco de Ikea, de ese tal Mittal, el rey del acero, de los príncipes árabes y de los potentados rusos. En mi historia, yo tengo más dinero que todos esos juntos. Una fortuna que he ido actualizando al ritmo de la economía real, que ha crecido con los años, y que ahora debe andar por los quinientos mil millones de euros.
¿Que cómo he llegado a tanto? Bueno, la historia es breve y confusa, apenas lo necesario para que parezca medianamente verosímil. Digamos que he creado un sistema informático que es la base de una red comercial cuya trama y capacidad de control se extienden por todo el planeta, hasta sus últimos rincones, y que para la economía global significa algo así como las aportaciones de Einstein a la fisica o de Picasso a la pintura. Pero ése es sólo el principio, porque luego extiendo mi imperio a la ingeniería genética, a la aeronáutica, a la automoción, a las energías alternativas, de forma que descubrimos y explotamos remedios contra toda clase de enfermedades, construimos aeronaves seguras, combustibles limpios y secretos, armas invencibles..., y hay noches en que mi capital me parece poco y lo subo al billón, y si no voy más allá es porque más allá las cifras se me hacen ya inmanejables, casi irreales.
En el Maracaná hemos hablado alguna vez de lo que cada cual haría si fuese millonario. Ya se puede imaginar usted las fantasías al uso. El único caso digno de mención es el del hombre Chicoserio, aquel al que todo le sale mal, al que le aprietan los zapatos, al que si se rasca le sale un sarpullido, si juega a los chinos siempre pierde, si se escapa una hostia le toca a él, el que no pudo ser payaso porque no había disfraz que lograra ocultar su verdadera identidad, y para el que la vida es una suma continua de pequeñas contrariedades. Ni siquiera podía elevar su protesta con cierta altura trágica porque ninguno de sus males era grave ni digno de ser contado con elocuencia o con desgarro, sino que todo en él era la adversidad hecha comedia. Así que cuando salió la conversación de lo que cada cual haría si fuese millonario, él dijo: «Si yo fiera millonario, pero millonario de los grandes, de los de miles de millones, me dedicaría a joder al prójimo. ¿Que cómo? Pues muy fácil. Por ejemplo, compraría una mañana todos los churros del Maracaná y alrededores para que la gente se quedara sin churros. Compraría un fin de semana todos los condones de las farmacias del barrio y adyacentes para que la gente no pudiera follar, el pan de todas las panaderías, los periódicos y revistas de todos los quioscos, las entradas del fútbol y los toros, dejaría sin vino a los borrachos y sin putas a los puteros”. «Pero, hombre...», intentamos decirle. Y él: «Nada, nada, que se jodan como me jodo yo!».
POESIAS
SOBRE LAS DISTINTAS ESCUELAS DE POBREZA
De Desde la ciudad nerviosa de Vila-Matas, p. 32
No hay en los últimos años un solo viaje a París en el que, tarde o temprano, no termine cruzándome con el sempiterno clochard que está apostado a la puerta de la librería La Hune, en el boulevard Saint-Germain. Le hago aparecer en mi novela Doctor Pasavento, pero cuando le veo en París, no lo identifico con el personaje de mi libro. Y es más, espero que no se entere nunca de que aparece ahí. Y tampoco de que aparece aquí en este dietario. Me atrae irremediablemente su personalidad. No hay persona que salude más en París que este clochard, que hoy me ha hecho recordar a otros dos mendigos, también de estirpe intelectual. Uno es aquel del que hablaba a menudo Roberto Bolaño: un mendigo de Santiago de Chile que, en una esquina de la calle (hoy avenida) Ahumada, se declaraba nieto de Lev Tolstoi y pedía limosna diciendo: “Miren dónde me ha dejado la Revolución Rusa”. El otro es aquel mendigo de Madrid que Unamuno veía siempre a la puerta de una iglesia y al que un día le preguntó por qué usaba siempre la misma queja salmodiada. “Por supuesto —replicó el viejo mendigo—, hay otras escuelas; quizás usted prefiera a los naturalistas”.
No hay en los últimos años un solo viaje a París en el que, tarde o temprano, no termine cruzándome con el sempiterno clochard que está apostado a la puerta de la librería La Hune, en el boulevard Saint-Germain. Le hago aparecer en mi novela Doctor Pasavento, pero cuando le veo en París, no lo identifico con el personaje de mi libro. Y es más, espero que no se entere nunca de que aparece ahí. Y tampoco de que aparece aquí en este dietario. Me atrae irremediablemente su personalidad. No hay persona que salude más en París que este clochard, que hoy me ha hecho recordar a otros dos mendigos, también de estirpe intelectual. Uno es aquel del que hablaba a menudo Roberto Bolaño: un mendigo de Santiago de Chile que, en una esquina de la calle (hoy avenida) Ahumada, se declaraba nieto de Lev Tolstoi y pedía limosna diciendo: “Miren dónde me ha dejado la Revolución Rusa”. El otro es aquel mendigo de Madrid que Unamuno veía siempre a la puerta de una iglesia y al que un día le preguntó por qué usaba siempre la misma queja salmodiada. “Por supuesto —replicó el viejo mendigo—, hay otras escuelas; quizás usted prefiera a los naturalistas”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
WIKIPEDIA
Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia
