Campo Santo, W.G. Sebald, p. 170
Recoger por escrito esos momentos
visionarios era también para Nabokov algo que requería mucho fuerzo. Con
frecuencia tenía que trabajar durante horas en una breve secuencia de palabras,
hasta que el ritmo era exacto hasta en su última cadencia, la fuerza de la
gravedad había sido vencida y el autor, ahora en cierto modo incorpóreo, podia
alcanzar la otra orilla sobre la precaria construcción de su puente de letras.
Sin embargo, cuando la empresa tiene éxito, uno se siente llevado por la
corriente de las líneas que avanzan más y más, entrando en un reino sinuoso,
ligeramente tendente, como todo lo maravilloso, a lo surreal, y se queda, por
decirlo así, inmediatamente antes de la revelación de una verdad absoluta,
«deslumbradora», como se dice al final de La verdadera vida de Sebastian Knight
«en su esplendor y casi confortable en su perfecta sencillez». Para poner en
movimiento algo tan bello falta, según Nabokov y la teoría mesiánica de la
salvación, no un gran acontecimiento, sino sólo un diminuto esfuerzo espiritual
que libere las ideas encerradas en nuestras cabezas, que describen círculos
continuamente, en un universo en el que, como en una frase como es debido, esté
en el lugar adecuado y bien guardado. Las jugadas maestras que el escritor
tiene que hacer al componer de esas frases han sido comparadas por Nabokov con las
de una partida de ajedrez en la que los propios jugadores son piezas de otra
partida, dirigida por una mano invisible.













