Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

PIROPOS


Una súplica para Eros, Siri Hustvedt, p.167

Lo cierto es que no puedo irme de Nueva York porque estoy loca por ella, estoy locamente enamorada de esta ciudad de un modo que suelo reservar para una persona. Y en esto tampoco soy la única. Es una ciudad grande, mala y maravillosa, ruidosa, estrepitosa y desagradable pero también amable y querida. Llevo veinticuatro años viviendo en ella, y aún no se ha terminado mi historia de amor. Hay partes tan feas que me parecen maravillosas. Siempre me he sentido atraída por la basura, los grafitos, los trenes ruidosos y traqueteantes, y parece que a pesar de mi antipatía hacia ellos, les tengo bastante apego a los basureros hoscos, los taxistas mudos y los camareros demasiado encantadores. Durante un tiempo reinó el silencio en Nueva York, la inquietante calma que envuelve los ritos de duelo. Sigues percibiéndolo cerca de la Zona Cero, pero a la que te alejas de allí, la gente hace meses que ha vuelto a las andadas. Grita a las controladoras de aparcamiento. Los camioneros chillan obscenidades a los peatones imprudentes y los pasajeros que viajan de pie en el metro se empujan unos a otros. Pero, como antes, la gente se apresura a ayudar a levantar a alguien que se ha caído al suelo. Tira monedas a los vagabundos, estafadores, músicos y tropas de jóvenes que cantan en armonía con los trenes. Y los neoyorquinos de ambos sexos y de todas las clases sociales siguen echándote piropos o soltándote palabras de aliento: «Me encanta tu sombrero, cielo», «Bonito abrigo» o «Eh, tú, flaca, regálanos una sonrisa».

 

GATSBY


Una súplica para Eros, Siri Hustvedt, p. 83

Leí por vez primera El gran Gatsby cuando tenía dieciséis años y era estudiante de instituto en Northfield, Minnesota. Volví a leerlo con veintitrés años, cuando vivía en Nueva York, y lo he releído ahora a la avanzada edad de cuarenta y dos. La magia del libro me ha acompañado desde aquella primera lectura, y el recuerdo de la misma permanece nítido en mi mente debido a que, a diferencia de muchos libros que retoman a mí fundamentalmente como series de imágenes, El gran Gatsby ha dejado asimismo su rastro en mi oído como música encantada, como susurros y risas, y como la propia voz de la narrativa.

El libro comienza con el recuerdo del narrador de algo que su padre le había dicho años atrás: «Cada vez que sientas el impulso de criticar a alguien, recuerda que no todas las personas de este mundo han contado con las mismas ventajas que tú.» Como lema para una vida, la cita es un anticlímax: palabras reprimidas que imagino pronunciadas por un hombre reprimido y acaso refugiado tras las páginas de su periódico; y, sin embargo, sin esta aguada versión norteamericana del «nobleza obliga», la historia de Gatsby no podría existir. Las palabras del padre constituyen la semilla de la historia; su origen. El hombre que llegamos a conocer como Nick Carraway nos cuenta que su padre «quería ir mucho más allá» de lo que sus palabras denotan, y yo le creo. Ocultos bajo el comentario subyacen un modo de vida y todo un universo moral. Sus resonancias son dobles: en primer lugar, sabemos que las palabras del narrador se hallan vinculadas a las palabras de su padre, que procede de un lugar que es capaz de identificar, y que no ha quebrado ese vínculo; en segundo lugar, que esas palabras paternas le han modelado para ser lo que es: un hombre «inclinado a reservarse todo juicio» ...

SI ES NO




Una súplica para Eros, Siri Hustvedt, p. 70

Los convencionalismos decimonónicos del cortejo se han visto en gran medida desmontados en la segunda mitad de nuestro siglo, lo que ha deformado los códigos existentes. La gente tarda más en casarse. La importancia de la virginidad en las mujeres ya no es la misma. Las solteras trabajan, y nadie pretende que renuncien a su empleo cuando se casan. Los hombres han tenido que digerir toda una nueva serie de normas que, sin embargo, aún poseen tintes de las viejas. Después de todo, las personas aún se cortejan. Aún persiguen una u otra forma de romance -ya sea largo o corto-, y todas andan por ahí interpretando o malinterpretando las intenciones de los demás. Claramente, la Regla de Antioquía era una respuesta al caos del cortejo, a la vez que un modo de estructurar lo que parecía desbaratado, pero aún reina la ambigüedad, no sólo en la interpretación sino incluso en el propio deseo. Existen personas, y todos las hemos conocido, incapaces de decidirse. Hay personas que dicen que no cuando quieren decir que sí y que sí cuando quieren decir que no. Hay personas que quieren decir exactamente aquello que dicen y en el momento que lo dicen, para poco después desear haber dicho lo contrario. Hay personas que sucumben a la presión sexual a causa de un ansia malentendida por agradar o incluso de la compasión. Pretender que la ambigüedad no existe en las relaciones sexuales sería simplemente una estupidez.

Y luego están los momentos de interrupción: esos muros que bloquean el deseo. En la universidad, yo andaba completamente loca por un chico, pero cuando me besaba había algo en su nariz, algo relacionado con su aparente suavidad desde aquel ángulo, que me disgustaba. A mi entender, aquella nariz necesitaba más cartílago, así que mantenía los ojos cerrados. Conozco a una mujer que se enamoró de un hombre en una fiesta. Se enamoró de él rápidamente y con fuerza. Ambos regresaron al apartamento de ella presos de una fiebre erótica, besándose locamente y arrojando las prendas de vestir por doquier, hasta que la mujer dirigió la mirada al otro extremo de la habitación y vio la ropa interior del otro. Si no recuerdo mal, se trataba de la versión masculina de una braga de bikini, y al verla la atracción de ella se desvaneció súbita e irrevocablemente. Tuvo que decirle al pobre hombre que se fuera. No había explicación posible. ¿Qué podía decirle? ¿Me horrorizan tus calzoncillos?

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