De En un lugar solitario: narrativa 1973-1984, de Enrique Vila-Matas, p.17-18
Esas dos lecturas esenciales que me acompañaron duran te la redacción de En un lugar solitario fueron, por un lado el Juan Benet de Una meditación, libro clave en mi forma ción como narrador, aunque a lo largo de En un lugar solitario ni se note. Y por otro, la novela de un escritor argentino, hoy lamentablemente casi olvidado, llamado Néstor Sánchez, que había escrito un libro, Nosotros dos, de estilo cortazariano, impregnado de un voluntario sentido de la espontaneidad que se podría calificar de jazzístico.
De hecho, Claudio, el hijo de Néstor Sánchez, recordaba no hace mucho a su padre yendo a la página en blanco, «sin ningún plan de escritura», sólo con la idea de liberar allí las fuerzas puras de la improvisación; le recordaba tirado en el suelo y tecleando frenéticamente su Remington a fines de los sesenta, mientras sonaba a todo volumen un disco de John Coltrane o Sonny Rollins.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
POUND FRENTE A LA MUERTE DE JAMES JOYCE
De El espía, de Justo Navarro, p.48
Cuando James Joyce se murió en Zúrich el 13 de enero de 1941, Pound ya tenía su micrófono y lloró a Joyce el día 23 en una charla radiofónica desde Radio Roma: Joyce y Joyce, James y William, Ulises y Lord Haw-Haw, la fatalidad Joyce. Que su espíritu se encuentre con Rabelais, que las copas no estén nunca vacías, brindó Pound ante el micrófono en su primera emisión memorable. Una vez Joyce, James, había escrito una carta a un periódico, hacía mucho, en 1925. Pound me ayudó de todas las formas posibles frente a dificultades verdaderamente grandes durante siete años, antes de que lo conociera en persona, y desde entonces siempre ha estado dispuesto a darme consejo y aprecio, que yo estimo en gran medida por venir de una inteligencia de semejante discernimiento y brillantez, dijo James Joyce.
LA LLUVIA DE BORGES Y DE AGUSTIN
La lluvia
El tamaño de la gota oscila
entre 0,5 y 6,35 mm, Su velocidad de caída
entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita
va ganando masa al chocar inelásticamente
con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota
nunca se hace infinitamente grande.
El tamaño de la gota oscila
entre 0,5 y 6,35 mm, Su velocidad de caída
entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita
va ganando masa al chocar inelásticamente
con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota
nunca se hace infinitamente grande.
INCIPIT 250. PERICLES EL ATENIENSE / REX WARNER
CAPÍTULO 1
DE CLAZOMENE A SALAMINA
Se dice: «Cada hombre tiene su ciudad», pero yo tuve tres ciudades y por todas ellas siento lealtad y afecto, Ahora poseo el privilegio de disfrutar de la ciudadanía de Lampsaco y aquí espero pasar mis últimos años. Desde luego, en Atenas nunca gocé de la plena ciudadanía. Era éste un derecho que ios atenienses guardaban con mucho celo, y no menos el propio Pendes. Sin embargo, aún siento que Atenas fue mi ciudad, la ciudad de todos los jonios, la ciudad de todos los helenos. Y así deseaba Pendes que nos sintiéramos.
Pero nací en Clazomene, en la costa griega de Asia, frente al mar y junto a los largos promontorios, bajo un cielo cuyo aspecto cambia por momentos. Como sabéis, Clazomene es una de las doce ciudades jónicas, y mi padre, que poseía cierta fortuna, desempeñó a menudo cargos oficiales en nuestro templo, el Panionio, situado en el sur, frente a Samos. También participó en la gran rebelión jónica contra Persia, que tuvo lugar poco después de mi nacimiento. Es natural que no recuerde nada de esta revuelta, pero en mi infancia las nodrizas, los parientes y los amigos me referían historias de cómo el ejército jónico había emprendido una intrépida marcha tierra adentro para incendiar la capital persa de Sardes, y de cómo las noticias de este brillante éxito levantaron a las ciudades griegas desde el lejano sur de Asia Menor hasta los Dardanelos, las cuales lucharon por su libertad y por los grandes días vividos antes de la llegada de los persas. Aun antes del ataque a Sardes —en el mismo momento en que comenzó la rebelión—, Atenas, si bien por entonces libraba una guerra con la isla vecina
15
BENETIANA
Prólogo a El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo, p.9
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría,
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno:
Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real —porque el moderno dejó de serlo— se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra y de repente, llamaron a la puerta.
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría,
CARVERIANA
De principiantes, de Raymond Carver, p.270-271
-¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? —dijo Herb—. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Nos amamos y nos amamos con intensidad, todos nosotros. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y vosotros también os amáis. Ya sabéis a qué clase de amor me estoy refiriendo ahora. Al amor sexual, a esa atracción que ejerce sobre ti la otra persona, tu pareja, y también a ese amor normal y corriente, de todos los días, el amor hacia el ser de la otra persona, el amor de estar con ella, las pequeñas cosas que hacen el amor cotidiano. El amor carnal, pues, y el amor... llamémoslo sentimental, el amoroso cuidado del otro en el día a día. Pero a veces me cuesta explicar el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que imagino que antes de que podáis decirme nada, habré de decir que soy igual que Terri a ese respecto. Terri y Carl... —Pensó en ello unos segundos y luego prosiguió—: Pero en un tiempo creí que amaba a mi primera mujer más que a la vida misma, y tuvimos hijos juntos. Pero ahora la odio con todas mis fuerzas. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de ese amor? ¿Simplemente se borró del gran tablón, como si nunca hubiera estado en él, como si nunca hubiera sucedido? Lo que fue de él es lo que yo querría saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Luego está Carl. De acuerdo, volvemos a Carl. Amaba tanto a Terri que trató de matarla y acabó matándose a sí mismo. —Dejó de hablar, y sacudió la cabeza—. Vosotros dos lleváis juntos dieciocho meses, y os amáis, se os nota en todo, sencillamente resplandecéis de amor, pero también amasteis a otras personas antes de encontraros. Los dos habéis estado casados antes, como nosotros, Y probablemente amasteis a otra gente antes de eso. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible (aunque también lo bueno), la gracia que nos salva, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, y perdonadme que lo diga, si algo nos sucediera a alguno de nosotros mañana, creo que el otro, el otro miembro de la pareja, guardaría duelo durante un tiempo, claro, pero el superviviente seguirá con su vida y volverá a amar, encontrará a alguien muy pronto, y todo ese..., todo ese amor..., Dios, ¿cómo hacernos a la idea?, no acabará siendo sino un recuerdo, Y puede que ni siquiera un recuerdo.
BENETIANA
Del prólogo a En un lugar solitario: narrativa, 1973-1984, p.18-19
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Más allá de su música, de su sintonía eufórica y a la vez melancólica, esas palabras inaugurales de Mujer en el espejo contemplando el paisaje —título que hasta hace bien poco ha encubierto al verdadero, En un lugar solitario— parecen seguir diciendo, hoy en día, que en la literatura contemporánea se trata, a fin de cuentas, de saber elegir una buena cara para la noche nublada (para el pésimo tiempo que rige la vida actual de la poesía), no traicionar nunca nuestras convicciones y comprender que en nuestro principio, como decía Eliot, está el fin, y que, indagando y escribiendo, dos actividades parecidas, acabaremos siempre por caminar hacia el so silencio de nuestro hondo hogar esencial.
¿Pensaba en ese hogar hondo y solitario cuando escribí aquel primer libro? No podría jurarlo, sólo sé que actuaba por intuiciones que surgían de las influencias de Juan Benet (tenía la referencia constante de su rollo de papel continuo) y de Néstor Sánchez (que en sus libros parecía pasárselo muy bien con la victoria del estilo sobre la trama) y, si en alguna ocasión ampliaba el campo de mis influencias al cine, pensaba entonces en Iii a Lonely Place, la película de Nicholas Ray que en España se llamó En un lugar solitario y que tenía como protagonista a un bebedor compulsivo, a un cínico y agresivo guionista de Hollywood venido a menos, un tipo de extremo escepticismo incapaz de adaptarse a lo que le rodeaba, es decir, más o menos, la clase de tipo en el que temporalmente me convertí a mediados de la primera década de este siglo y que afortunadamente ya no soy, o al menos eso quiero creer.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Más allá de su música, de su sintonía eufórica y a la vez melancólica, esas palabras inaugurales de Mujer en el espejo contemplando el paisaje —título que hasta hace bien poco ha encubierto al verdadero, En un lugar solitario— parecen seguir diciendo, hoy en día, que en la literatura contemporánea se trata, a fin de cuentas, de saber elegir una buena cara para la noche nublada (para el pésimo tiempo que rige la vida actual de la poesía), no traicionar nunca nuestras convicciones y comprender que en nuestro principio, como decía Eliot, está el fin, y que, indagando y escribiendo, dos actividades parecidas, acabaremos siempre por caminar hacia el so silencio de nuestro hondo hogar esencial.
¿Pensaba en ese hogar hondo y solitario cuando escribí aquel primer libro? No podría jurarlo, sólo sé que actuaba por intuiciones que surgían de las influencias de Juan Benet (tenía la referencia constante de su rollo de papel continuo) y de Néstor Sánchez (que en sus libros parecía pasárselo muy bien con la victoria del estilo sobre la trama) y, si en alguna ocasión ampliaba el campo de mis influencias al cine, pensaba entonces en Iii a Lonely Place, la película de Nicholas Ray que en España se llamó En un lugar solitario y que tenía como protagonista a un bebedor compulsivo, a un cínico y agresivo guionista de Hollywood venido a menos, un tipo de extremo escepticismo incapaz de adaptarse a lo que le rodeaba, es decir, más o menos, la clase de tipo en el que temporalmente me convertí a mediados de la primera década de este siglo y que afortunadamente ya no soy, o al menos eso quiero creer.
PALINDROMIA
De El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, p.308-309
Mis padres no sólo no faltaban a ningún congreso sino que formaban parte del comité organizador, dice NoeI León. La Asociación estaba dividida en secciones territoriales, y mis padres se ocupaban de Cataluña y Aragón. El congreso más antiguo del que conservo recuerdos es uno que organizaron precisamente ellos en Sagás. En realidad, Sagás fue sólo la sede oficial del congreso. Allí tuvo lugar el acto de inauguración, pero el resto del congreso se desarrolló en Berga, porque Sagás era tan pequeño que ni siquiera tenía un hostal en el que pudieran hospedarse los veinticinco o treinta congresistas. Los congresos se celebraban siempre en fin de semana. Para las reuniones servía cualquier saloncito con tal de que hubiera una mesa, unas sillas de tijera, una pizarra grande y un trípode en el que colocar un panel con el escudo de la Asociación (que incluía la inevitable leyenda: «Sé verla al revés»). El sábado por la mañana había ponencias, coloquios y presentación de publicaciones. El acto central, el de la propuesta y autentificación de nuevos palindromos, ocupaba buena parte de la tarde. A lo largo de esas dos o tres horas, los congresistas iban, uno detrás de otro, sometiendo a la consideración del comité (comúnmente llamado la Mesa) los palíndromos creados durante la temporada. Se levantaba un señor y escribía en la pizarra unas cuantas frases del tipo: «Óigole ese elogio», «Amo la pacífica paloma”, “Yo dono rosas, oro no doy», etcétera. Entonces los miembros de la mesa consultaban listados y repertorios, y, una vez comprobada la originalidad de los palíndromos, certificaban oficialmente su autoría, lo que garantizaba su inclusión en la furura Gran Enciclopedia Palindrómica.
INCIPIT 249. EL ESPIA /JUSTO NAVARRO
1. LA CAÍDA
Dos partisanos lo detuvieron. Fue la mañana del 3 de mayo de 1945, en Sant’Ambrogio, Rapallo, no muy lejos de Génova, región de Liguria, y en noviembre compareció ante un tribunal en Washington. Se llamaba Pound. Vivía en Sant’Ambrogio con dos mujeres, pero estaba solo cuando llegaron los partisanos que lo llamaron traidor, ¿Qué hacía en ese momento? Traducía a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo de un nieto de Confucio.
Llevaban fusiles ametralladores, y no exactamente uniforme, sino la ropa que podría usar un mecánico que sale de caza. Eran altos, pero no demasiado, flacos, iban sin afeitar. Uno tenía gafas, sucias. No les pidió documentos. No preguntó si traían una orden de detención. No preguntó a qué autoridad representaban. No parecía aquello un asunto oficial, sino algo que debía resolverse en privado. Lo vigilaban desde el reci
Dos partisanos lo detuvieron. Fue la mañana del 3 de mayo de 1945, en Sant’Ambrogio, Rapallo, no muy lejos de Génova, región de Liguria, y en noviembre compareció ante un tribunal en Washington. Se llamaba Pound. Vivía en Sant’Ambrogio con dos mujeres, pero estaba solo cuando llegaron los partisanos que lo llamaron traidor, ¿Qué hacía en ese momento? Traducía a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo de un nieto de Confucio.
Llevaban fusiles ametralladores, y no exactamente uniforme, sino la ropa que podría usar un mecánico que sale de caza. Eran altos, pero no demasiado, flacos, iban sin afeitar. Uno tenía gafas, sucias. No les pidió documentos. No preguntó si traían una orden de detención. No preguntó a qué autoridad representaban. No parecía aquello un asunto oficial, sino algo que debía resolverse en privado. Lo vigilaban desde el reci
EL MUNDO
De Un hombre que duerme, de Perec, p. 56-57
Te sientas al fondo de un café, lees Le Monde línea por línea, sistemátícamente Es un excelente ejercicio. Lees los titulares de la primera página, «el día al día», el boletín del extranjero, los sucesos de la última página, los anuncios por palabras: ofertas de empleo, demandas de empleo, representaciones, propuestas comerciales, propiedades, fincas, terrenos pisos (venta), pisos (en construcción), pisos (compra), locales comerciales, alquileres diversos, fondos de comercio, capitales, asociaciones, cursos y clases, viajeros, coches, plazas de garaje, animales, gangas, varios; las recepciones los nacimientos, las peticiones de mano, las bodas, las necrológicas, los agradecimie05 las subastas en el Hótel Drouot, las visitas y conferencias, las defensas de tesis, los crucigramas que resuelves casi mentalmente (no es católico cuando se le bautiza: Vino; el artículo de la muerte: la; son inseparables cuando están rotos: huevos; su existencia precede a la esencia: trementina; astro rey más azar da un miliciano: soldado); las previsiones meteorológicas; los programas de radio, de televisión, los teatros y cines, las cotizaciones de la bolsa; las páginas turísticas, sociales, económicas, gastronómic5 literarias, deportivas, científicas, dramáticas, universitarias, médicas, femeninas, pedagógicas, religiosas, provinciales, aeronáuticas, urbanísticas, marítimas, judiciales, sindicales; la política mundial, las noticias del extranjero, la política francesa, los asuntos internos, las noticias breves, los grandes reportajes que se prolongan durante tres o cuatro números, los suplementos consagrados a un país, a una región, a un producto los faldones publicitarios.
Te sientas al fondo de un café, lees Le Monde línea por línea, sistemátícamente Es un excelente ejercicio. Lees los titulares de la primera página, «el día al día», el boletín del extranjero, los sucesos de la última página, los anuncios por palabras: ofertas de empleo, demandas de empleo, representaciones, propuestas comerciales, propiedades, fincas, terrenos pisos (venta), pisos (en construcción), pisos (compra), locales comerciales, alquileres diversos, fondos de comercio, capitales, asociaciones, cursos y clases, viajeros, coches, plazas de garaje, animales, gangas, varios; las recepciones los nacimientos, las peticiones de mano, las bodas, las necrológicas, los agradecimie05 las subastas en el Hótel Drouot, las visitas y conferencias, las defensas de tesis, los crucigramas que resuelves casi mentalmente (no es católico cuando se le bautiza: Vino; el artículo de la muerte: la; son inseparables cuando están rotos: huevos; su existencia precede a la esencia: trementina; astro rey más azar da un miliciano: soldado); las previsiones meteorológicas; los programas de radio, de televisión, los teatros y cines, las cotizaciones de la bolsa; las páginas turísticas, sociales, económicas, gastronómic5 literarias, deportivas, científicas, dramáticas, universitarias, médicas, femeninas, pedagógicas, religiosas, provinciales, aeronáuticas, urbanísticas, marítimas, judiciales, sindicales; la política mundial, las noticias del extranjero, la política francesa, los asuntos internos, las noticias breves, los grandes reportajes que se prolongan durante tres o cuatro números, los suplementos consagrados a un país, a una región, a un producto los faldones publicitarios.
INCIPIT 248. ESTAS RUINAS QUE VES / JORGE IBARGUENGOITIA
Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir:
—Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí.
Cuévano es ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del estado de Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro. Si no es cabeza de la diócesis es nomás porque durante el siglo pasado fue hervidero de liberales. Por esta razón, el obispo está en Pedrones, que es ciudad más grande.
—Los de Pedrones —dicen en Cuévano— confunden lo grandioso con lo grandote.
Todos están de acuerdo en que la ciudad ha visto mejores días. Para ilustrar su decadencia, suelen referirse al Oro, un pueblo fantasma que está allí cerca, que a fines del siglo XVII tenía más habitantes que los que ahora tiene Cuévano, la cual, afirman, fue una de las ciudades más importantes de la Nueva España.
—Esto que ve usted aquí —le dicen al visitante— no es más que rastrojo de lo que fue.
A lo que el recién llegado debe responder:
—Pero cómo rastrojo, si esta ciudad es una joya?
CARVERIANA
El final de Belvedere:
Dejemos de torturarnos. ¿Qué crees que podríamos hacer ahora?
—Escucha —dice—. ¿Recuerdas aquella vez que llegamos a una vieja granja, más allá de Yakima, pasado Terrace Heights, cuando recorríamos en coche los alrededores, y estuvimos en aquel pequeño camino de tierra y hacía calor y había mucho polvo? ¿Recuerdas que seguimos, y que llegamos a aquella casa vieja y preguntaste si nos podían dar un poco de agua? ¿Nos imaginas a los dos haciéndolo ahora? ¿Ir a una casa a pedir un vaso de agua?
Aquellos viejos estarán ya muertos. Uno al lado del otro, por allí, en algún cementerio. ¿Recuerdas que nos dijeron que pasáramos a tomar pastel? ¿Y que luego nos enseñaron los alrededores? ¿Y que había un belvedere allá atrás, andando un trecho? ¿No era allá atrás, bajo unos árboles? Tenía un pequeño techo puntiagudo y se le había ido la pintura y sobre los escalones crecía maleza. Y la mujer contó que años antes, quiero decir muchos años atrás, solían ir tipos a tocar allí el domingo, y que la gente se sentaba a escuchar la música. Yo pensé que también nosotros estaríamos así cuando nos hiciéramos viejos. Con dignidad. Y en un sitio fijo. Y que la gente vendría a nuestra puerta.
Así, de pronto, no sé qué decir. Luego se me ocurre:
—Holly, también recordaremos todo esto un día. Diremos: ¿te acuerdas del motel con toda aquella mierda en la piscina? —pregunto—. ¿Comprendes lo que digo, Holly?
Pero Holly sigue sentada allí en la cama con el vaso.
El Final original:
—Holly, algún día, cuando seamos viejos, recordaremos estas cosas que nos están pasando hoy. Y seremos viejos juntos, ya verás, y diremos: «Te acuerdas de aquel motel con aquella piscina asquerosa?» Y nos reiremos de las locuras que hacíamos. Ya lo verás. Todo irá bien. ¿Holly?
Pero Holly está sentada en la cama con el vaso vacío, y me mira. Luego niega con la cabeza. Lo sabe.
Voy hasta la ventana y miro a través de la cortina. Alguien dice algo abajo, y sacude la puerta de la recepción. Espero. Aprieto ios dedos contra el cristal del vaso. Rezo para que Holly me haga alguna señal. Rezo sin cerrar los ojos. Oigo un coche que arranca. Luego otro. Los coches encienden las luces y los faros iluminan la fachada del motel, y, uno tras otro, se alejan hasta adentrarse en el tráfico.
—Duane —dice Holly.
En esto, como en la mayoría de las cosas, tenía razón.
Dejemos de torturarnos. ¿Qué crees que podríamos hacer ahora?
—Escucha —dice—. ¿Recuerdas aquella vez que llegamos a una vieja granja, más allá de Yakima, pasado Terrace Heights, cuando recorríamos en coche los alrededores, y estuvimos en aquel pequeño camino de tierra y hacía calor y había mucho polvo? ¿Recuerdas que seguimos, y que llegamos a aquella casa vieja y preguntaste si nos podían dar un poco de agua? ¿Nos imaginas a los dos haciéndolo ahora? ¿Ir a una casa a pedir un vaso de agua?
Aquellos viejos estarán ya muertos. Uno al lado del otro, por allí, en algún cementerio. ¿Recuerdas que nos dijeron que pasáramos a tomar pastel? ¿Y que luego nos enseñaron los alrededores? ¿Y que había un belvedere allá atrás, andando un trecho? ¿No era allá atrás, bajo unos árboles? Tenía un pequeño techo puntiagudo y se le había ido la pintura y sobre los escalones crecía maleza. Y la mujer contó que años antes, quiero decir muchos años atrás, solían ir tipos a tocar allí el domingo, y que la gente se sentaba a escuchar la música. Yo pensé que también nosotros estaríamos así cuando nos hiciéramos viejos. Con dignidad. Y en un sitio fijo. Y que la gente vendría a nuestra puerta.
Así, de pronto, no sé qué decir. Luego se me ocurre:
—Holly, también recordaremos todo esto un día. Diremos: ¿te acuerdas del motel con toda aquella mierda en la piscina? —pregunto—. ¿Comprendes lo que digo, Holly?
Pero Holly sigue sentada allí en la cama con el vaso.
El Final original:
—Holly, algún día, cuando seamos viejos, recordaremos estas cosas que nos están pasando hoy. Y seremos viejos juntos, ya verás, y diremos: «Te acuerdas de aquel motel con aquella piscina asquerosa?» Y nos reiremos de las locuras que hacíamos. Ya lo verás. Todo irá bien. ¿Holly?
Pero Holly está sentada en la cama con el vaso vacío, y me mira. Luego niega con la cabeza. Lo sabe.
Voy hasta la ventana y miro a través de la cortina. Alguien dice algo abajo, y sacude la puerta de la recepción. Espero. Aprieto ios dedos contra el cristal del vaso. Rezo para que Holly me haga alguna señal. Rezo sin cerrar los ojos. Oigo un coche que arranca. Luego otro. Los coches encienden las luces y los faros iluminan la fachada del motel, y, uno tras otro, se alejan hasta adentrarse en el tráfico.
—Duane —dice Holly.
En esto, como en la mayoría de las cosas, tenía razón.
CONRADIANA
De El sueño del celta de Mario Vargas Llosa, p.72-73
La memoria le devolvió a Roger el recuerdo de aquel día de junio de 1890 cuando, transpirando por el húmedo calor del verano que empezaba y fastidiado por las picaduras de los mosquitos que se encarnizaban contra su piel de extranjero, llegó a Matadi ese joven capitán de la marina mercante británica. Treintañero de frente despejada, barbita negrísima, cuerpo recio y ojos hundidos, se llamaba Konrad Korzeniowski y era polaco, nacionalizado inglés hacía pocos años. Contratado por la Sociedad Anónima Belga para el Comercio con el Alto Congo, venía a servir como capitán de uno de los vaporcitos que llevaban y traían mercancías y comerciantes entre Leopoidville-Kinshasa y las lejanas cataratas de Stanley Falls, en Kisangani. Era su primer destino como capitán de barco y eso lo tenía lleno de ilusiones y proyectos. Llegaba al Congo impregnado de todas las fantasías y mitos con que Leopoldo II había acuñado su figura de gran humanitario y monarca empeñado en civilizar el Africa y librar a los congoleses de la esclavitud, el paganismo y otras barbaries. Pese a su larga experiencia viajera por los mares del Asia y de América, su don de lenguas y sus lecturas, había en el polaco algo inocente e infantil que sedujo a Roger Casement de inmediato. La simpatía fue recíproca, pues, desde ese mismo día en que se conocieron hasta tres semanas después, en que Korzeniowski partió en compañía de treinta cargadores por la ruta de las caravanas hacia LeopoldvilleKinshasa, donde debía tomar el mando de su barco Le Roi des Beiges, se vieron mañana, tarde y noche.
Hicieron paseos por los alrededores de Matadi, hasta la ya inexistente Vivi, la primera y fugaz capital de la colonia, de la que no quedaban ni los escombros, y hasta la desembocadura del río Mpozo, donde, según la leyenda, los primeros rápidos y saltos de Livingstone Falis y el Caldero del Diablo habían detenido al portugués Diego Cao, hacía cuatro siglos. En la llanura de Lufundi, Roger Casement le enseñó al joven polaco el lugar donde el explorador Henry Morton Stanley construyó su primera vivienda, desaparecida años después en un incendio. Pero, sobre todo, conversaron mucho y de muchas cosas, aunque, principalmente, de lo que ocurría en ese flamante Estado Independiente del Congo que Konrad acababa de pisar y donde Roger llevaba ya seis años. A los pocos días de amistad el marino polaco se había hecho una idea muy distinta de la que traía sobre el lugar donde venía a trabajar. Y, como dijo a Roger al despedirse, en el amanecer de ese sábado 28 de junio de 1890, rumbo a los Montes de Cristal, «desvirgado». Así se 1o dijo, con su acento pedregoso y rotundo: «Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida». Y repitió, con dramatismo: «Desvirgado».
La memoria le devolvió a Roger el recuerdo de aquel día de junio de 1890 cuando, transpirando por el húmedo calor del verano que empezaba y fastidiado por las picaduras de los mosquitos que se encarnizaban contra su piel de extranjero, llegó a Matadi ese joven capitán de la marina mercante británica. Treintañero de frente despejada, barbita negrísima, cuerpo recio y ojos hundidos, se llamaba Konrad Korzeniowski y era polaco, nacionalizado inglés hacía pocos años. Contratado por la Sociedad Anónima Belga para el Comercio con el Alto Congo, venía a servir como capitán de uno de los vaporcitos que llevaban y traían mercancías y comerciantes entre Leopoidville-Kinshasa y las lejanas cataratas de Stanley Falls, en Kisangani. Era su primer destino como capitán de barco y eso lo tenía lleno de ilusiones y proyectos. Llegaba al Congo impregnado de todas las fantasías y mitos con que Leopoldo II había acuñado su figura de gran humanitario y monarca empeñado en civilizar el Africa y librar a los congoleses de la esclavitud, el paganismo y otras barbaries. Pese a su larga experiencia viajera por los mares del Asia y de América, su don de lenguas y sus lecturas, había en el polaco algo inocente e infantil que sedujo a Roger Casement de inmediato. La simpatía fue recíproca, pues, desde ese mismo día en que se conocieron hasta tres semanas después, en que Korzeniowski partió en compañía de treinta cargadores por la ruta de las caravanas hacia LeopoldvilleKinshasa, donde debía tomar el mando de su barco Le Roi des Beiges, se vieron mañana, tarde y noche.
Hicieron paseos por los alrededores de Matadi, hasta la ya inexistente Vivi, la primera y fugaz capital de la colonia, de la que no quedaban ni los escombros, y hasta la desembocadura del río Mpozo, donde, según la leyenda, los primeros rápidos y saltos de Livingstone Falis y el Caldero del Diablo habían detenido al portugués Diego Cao, hacía cuatro siglos. En la llanura de Lufundi, Roger Casement le enseñó al joven polaco el lugar donde el explorador Henry Morton Stanley construyó su primera vivienda, desaparecida años después en un incendio. Pero, sobre todo, conversaron mucho y de muchas cosas, aunque, principalmente, de lo que ocurría en ese flamante Estado Independiente del Congo que Konrad acababa de pisar y donde Roger llevaba ya seis años. A los pocos días de amistad el marino polaco se había hecho una idea muy distinta de la que traía sobre el lugar donde venía a trabajar. Y, como dijo a Roger al despedirse, en el amanecer de ese sábado 28 de junio de 1890, rumbo a los Montes de Cristal, «desvirgado». Así se 1o dijo, con su acento pedregoso y rotundo: «Usted me ha desvirgado, Casement. Sobre Leopoldo II, sobre el Estado Independiente del Congo. Acaso, sobre la vida». Y repitió, con dramatismo: «Desvirgado».
CELEBRITIES
De los sinsabores de Bolaño, p. 217
AMISTADES DE ARCIMBOLDI
Raymond Queneau, al que consideraba su maestro y con el que se peleó en más de diez ocasiones. Cinco por carta, cuatro por teléfono y dos persona a persona, la primera con insultos y maldiciones, la segunda con miradas y gestos de desprecio.
Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo.
Raoul Duguay, poeta quebequés con el que mantuvo una relación de hospitalidad mutua: cuando Duguay estaba en Francia dormía en casa de Arcimboldi, cuando éste viajaba a Canadá o impartía cursos universitarios se alojaba en casa del francocanadiense. A propósito de los trabajos de Duguay: éste podía ser una temporada profesor de una universidad texana y a la temporada siguiente camarero en un bar de Vancouver. Cosa que tal vez pueda parecer natural en América pero que no dejaba de maravillar a Arcimboldi.
AMISTADES DE ARCIMBOLDI
Raymond Queneau, al que consideraba su maestro y con el que se peleó en más de diez ocasiones. Cinco por carta, cuatro por teléfono y dos persona a persona, la primera con insultos y maldiciones, la segunda con miradas y gestos de desprecio.
Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo.
Raoul Duguay, poeta quebequés con el que mantuvo una relación de hospitalidad mutua: cuando Duguay estaba en Francia dormía en casa de Arcimboldi, cuando éste viajaba a Canadá o impartía cursos universitarios se alojaba en casa del francocanadiense. A propósito de los trabajos de Duguay: éste podía ser una temporada profesor de una universidad texana y a la temporada siguiente camarero en un bar de Vancouver. Cosa que tal vez pueda parecer natural en América pero que no dejaba de maravillar a Arcimboldi.
LA VIDA
De Un hombre que duerme, de Georges Perec, p.39-40
No es que detestes a la gente, ¿por qué tendrías que odiarlos? ¿Por qué tendrías que odiarte? ¡Si al menos esta pertenencia a la especie humana no viniera acompañada de este insoportable jaleo, si al menos estos pocos pasos irrisorios que hemos dado en el reino animal no tuvieran que pagarse con esta indigestión perpetua de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero se paga un precio demasiado alto por estos dos pulgares oponibles, por la posición erguida, por la rotación imperfecta de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla que es la vida, estos miles y miles de requerimientos, de provocaciones, de amenazas, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de obligaciones que nunca se acaba, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de superar baches, de volver a empezar de nuevo una y otra vez, este dulce terror que insiste en regir cada día, cada hora de tu ínfima existencia!
No es que detestes a la gente, ¿por qué tendrías que odiarlos? ¿Por qué tendrías que odiarte? ¡Si al menos esta pertenencia a la especie humana no viniera acompañada de este insoportable jaleo, si al menos estos pocos pasos irrisorios que hemos dado en el reino animal no tuvieran que pagarse con esta indigestión perpetua de palabras, de proyectos, de grandes comienzos! Pero se paga un precio demasiado alto por estos dos pulgares oponibles, por la posición erguida, por la rotación imperfecta de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla que es la vida, estos miles y miles de requerimientos, de provocaciones, de amenazas, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de obligaciones que nunca se acaba, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de superar baches, de volver a empezar de nuevo una y otra vez, este dulce terror que insiste en regir cada día, cada hora de tu ínfima existencia!
CARVER CENSURADO POR SU EDITOR
Este es el triste final desaparecido -por obra del editor- del cuento ¿Dónde está todo el mundo? En el cuento El señor Café y el señor Arreglos, de Carver
Luego me preparó la cama en el sofá. Entré en el cuarto de baño. Mi madre guardaba en él un pijama de mi padre. Lo saqué del cajón, lo miré, empecé a desnudarme. Cuando salí mi madre estaba en la cocina. Me coloqué la almohada y me tendí en el sofá. Ella terminó lo que estuviera haciendo en la cocina, apagó la luz y se sentó en un extremo del sofá.
—Cariño, no quiero ser la persona que te lo diga —dijo— Me duele decirlo, pero hasta tus hijos lo saben, y me lo han dicho. Hemos hablado de ello Pero Cynthia se ve con otro hombre.
—No pasa nada —dije—. Lo sé —dije, y miré el televisor—, Se llama Ross y es alcohólico Como yo
—Cariño, vas a tener que hacer algo por ti —dijo
—Lo sé —dije, y seguí viendo la televisión, Se inclinó hacia mí y me abrazó Siguió abrazándome un momento más. Luego me soltó y se secó los ojos.
—Te despertaré por la mañana —dijo.
—No tengo gran cosa que hacer mañana, Podría seguí durmiendo un rato después de que te vayas.
Pensé: cuando te levantes y vayas al cuarto de baño y te vistas, me meteré en tu cama y me quedaré dormitando en ella, mientras escucho la radio que me llegará desde la cocina con las noticias y el tiempo.
—Cariño, estoy tan preocupada por ti,
—No te preocupes dije, Sacudí la cabeza, ora descansa un poco —dijo—. Necesitas dormir, Dormiré, Tengo mucho sueño,
—Ve la televisión todo lo que quieras dijo. Asentí con la cabeza
Se inclinó sobre mí y me besó. Sus labios parecían magullados, tumefactos, Me tapó con una manta, Luego entró en su dormitorio, Dejó la puerta abierta, y al cabo de unos minutos la oí roncar,
Me quedé allí acostado, viendo la televisión. En la pantalla había imágenes de hombres uniformados, y se oía un rumor grave, y luego se veían tanques y un hombre que utilizaba un lanzallamas, Apenas podía oír, pero no quería levantarme, Seguí viendo aquello hasta que sentí que se me cerraban los ojos. Pero désperté con un sobresalto, y con el pijama empapado en sudor, Una luz nevosa inundó la sala, Un fragor se acercaba a mí, La estancia se llenó de un griterío, Seguí tendido. No me moví,
Luego me preparó la cama en el sofá. Entré en el cuarto de baño. Mi madre guardaba en él un pijama de mi padre. Lo saqué del cajón, lo miré, empecé a desnudarme. Cuando salí mi madre estaba en la cocina. Me coloqué la almohada y me tendí en el sofá. Ella terminó lo que estuviera haciendo en la cocina, apagó la luz y se sentó en un extremo del sofá.
—Cariño, no quiero ser la persona que te lo diga —dijo— Me duele decirlo, pero hasta tus hijos lo saben, y me lo han dicho. Hemos hablado de ello Pero Cynthia se ve con otro hombre.
—No pasa nada —dije—. Lo sé —dije, y miré el televisor—, Se llama Ross y es alcohólico Como yo
—Cariño, vas a tener que hacer algo por ti —dijo
—Lo sé —dije, y seguí viendo la televisión, Se inclinó hacia mí y me abrazó Siguió abrazándome un momento más. Luego me soltó y se secó los ojos.
—Te despertaré por la mañana —dijo.
—No tengo gran cosa que hacer mañana, Podría seguí durmiendo un rato después de que te vayas.
Pensé: cuando te levantes y vayas al cuarto de baño y te vistas, me meteré en tu cama y me quedaré dormitando en ella, mientras escucho la radio que me llegará desde la cocina con las noticias y el tiempo.
—Cariño, estoy tan preocupada por ti,
—No te preocupes dije, Sacudí la cabeza, ora descansa un poco —dijo—. Necesitas dormir, Dormiré, Tengo mucho sueño,
—Ve la televisión todo lo que quieras dijo. Asentí con la cabeza
Se inclinó sobre mí y me besó. Sus labios parecían magullados, tumefactos, Me tapó con una manta, Luego entró en su dormitorio, Dejó la puerta abierta, y al cabo de unos minutos la oí roncar,
Me quedé allí acostado, viendo la televisión. En la pantalla había imágenes de hombres uniformados, y se oía un rumor grave, y luego se veían tanques y un hombre que utilizaba un lanzallamas, Apenas podía oír, pero no quería levantarme, Seguí viendo aquello hasta que sentí que se me cerraban los ojos. Pero désperté con un sobresalto, y con el pijama empapado en sudor, Una luz nevosa inundó la sala, Un fragor se acercaba a mí, La estancia se llenó de un griterío, Seguí tendido. No me moví,
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