Tiene que llover, KO Knausgard, p. 534-535
En una ocasión fue la novela
Extinción, de Thomas Bernhard, era estremecedora, tan fría como clara, y giraba
todo el tiempo en torno a la muerte; los padres y la hermana del protagonista
mueren en un accidente de coche, él va a casa a enterrarlos, lleno de odio,
como todos los personajes de Bernhard, pero en este libro había una objetividad
que no había visto antes en él, era como si las circunstancias apareciesen,
como si fueran tan sobrecogedoras y poderosas que sustituyeran a los airados y
odiosos monólogos, que la muerte convirtiera en insignificantes incluso el
mayor de los odios y la más intensa rabia, en cierto modo se estableció dentro
de él, y era frío, duro y despiadado, pero también hermoso, todo surgido a ese
ritmo insistente y minucioso de Bernhard, que se iba metiendo dentro de mí
mientras leía, y que continuaba incluso después de haber dejado el libro y
haberme puesto a mirar por la ventanilla la nieve que acababa de caer sobre el
brezo, el do salvaje que se lanzaba desfiladero abajo, y pensé, tengo que
escribir así, puedo escribir así, sólo hace falta escribir, no es ningún arte, y
empecé a formular el comienzo de una novela en la cabeza, al ritmo de Bernhard,
y salió bien, una nueva frase y otra más, el tren volvió a ponerse en marcha
con una sacudida, y yo pensaba en una frase tras otra, las cuales habían
desaparecido por completo cuando aquella tarde me senté delante del ordenador.
Las frases que había pensado estaban llenas de vida y fuerza, las que vi en la
pantalla estaban muertas y vacías.
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