Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 308
-¿Quién considera que ha sido el
escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.
-No soy aficionado a los juegos
que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?
-No le he preguntado por el mejor
escritor, sino el más importante.
-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar.
De verdad. Dígamelo usted.
-Vamos –insiste-, no sea
aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.
-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a
sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.
-Tampoco le he preguntado por los
escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más
importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un
sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.
- Kakfa.
-Ahora habla en serio.
- Beckett
-No se extravíe. Regrese al
mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de
nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.
-¿Orwell?
-Magnífico. Extraordinario, en
realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo
que los une, Le doy otra oportunidad.
-No se me ocurre nadie que los
supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.
-Stalin -anuncia Zaggia sin que
le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que
Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el
hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y
el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el
discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la
realidad diga lo que el poder necesita.






















