Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

SNOPES. BERNINI VS. CARAVAGGIO


A Bataille le parece cómico que tanto el erotismo como el misticismo lleguen a utilizar las mismas palabras e imágenes y, sin embargo, se ignoren, ya que, para él ¡no hay pared medianera entre erotismo y mística!, si bien la experiencia mística se logra plenamente, mientras que el exceso erótico puede desembocar en la imposibilidad de seguir. Aun así, Bataille explica que la experiencia erótica es quizá cercana a la santidad en su intensidad extrema. Tanto en los trances místicos como en el orgasmo se opera un desbordamiento de una alegría de ser infinita, y la única diferencia entre la experiencia mística y la erótica radica en que en el místico todo se reduce a la conciencia, sin intervención voluntaria de los cuerpos. La exaltación sexual y la mística propician la anulación del yo y lo impersonal desconoce el sentimiento de posesión: el ser se abandona. Eckhart era enfático al hablar de la liberación del yo: sólo quien se libera del yo es dueño de sí. Este olvido es también suscitado por el orgasmo –llamado en francés petite mort–, acto en que culmina la experiencia erótica.
Desintegrarse o integrarse en la atemporal impersonalidad que produce el éxtasis –palabra que significa estar fuera de sí– se llega a convertir en deseo irreprimible. Cuando se rompen las normas del Tiempo –afirma Ramón del Valle-Inclán en La lámpara maravillosa–, el instante más pequeño se rasga como un vientre preñado de eternidad. El éxtasis es el goce de sentirse engendrado en el infinito de ese instante. En El Baphomet, al referirse a la estatua de Santa Teresa, Pierre Klossowski habla del éxtasis en estos términos: Fuera de sí, el interior convertido en exterior, desplegados los pliegues del alma en las fijas volutas de mármol. […].
En cuanto a Bataille –para quien Dios ha muerto– la experiencia ateológica carece de cualquier objetivo. Para él, el último móvil es el no-móvil, lo Absoluto es el no-saber y no la constitución de otro orden. La única salida del no-saber es el éxtasis, aunque el movimiento anterior al éxtasis del no-saber es el éxtasis ante un objeto; pero al fusionarse y desaparecer el sujeto y el objeto, lo que permanece es el no-saber o la noche. Por ello el autor francés no está de acuerdo con la palabra místico. Para él la experiencia interior (los estados de éxtasis) es una experiencia desnuda, exenta de ataduras con cualquier confesión e incluso carece de origen; por tanto, la experiencia carece también de finalidad. Lo que Bataille califica de operación soberana no se subordina a nada y es indiferente a los efectos que se pueden derivar de ella. La existencia soberana, la pérdida inútil del excedente de energía, no se separa de lo imposible, de lo ilimitado (lo posible es un límite). El amado huye siempre en un poema de San Juan, donde la mujer –el alma– lo busca. Pero si el místico tiene ante Dios la actitud de súbdito, de siervo, en cambio, quien pone el ser ante sí mismo –dice Bataille– tiene la actitud de un soberano. Sólo un soberano conoce el éxtasis, a no ser que sea Dios quien lo conceda. La experiencia interior de Bataille –ateológica– es independiente de aquello a lo que los místicos la ligan. Como no hay Dios ni elementos mágicos, el misticismo plasmado por el escritor del siglo XX es en general un misticismo ateológico en el sentido de que, como en Bataille, es asistemático y no proviene de una revelación sobrenatural. La Voz que se escucha en La vida interior, de Moravia, carece de omnisciencia y desemboca en la ambigüedad en tanto posibilidad de ser interpretada como manifestación de locura. Pero, a pesar de todo esto, existe la vivencia interna. Dice Bataille: dispongo, si quiero, de estados místicos, pero a la vez opone a los misticismos la lucidez de la conciencia de sí mismo, que tiene por objeto la interioridad y, por tanto, no está subordinada al futuro, a un fin. La experiencia interior es ampliación de las posibilidades humanas hasta su límite y por ello todo apego, ya sea a un Dios, a los proyectos o a la moral, es un tipo de servidumbre, aunque Desideria, en La vida interior, llegue a servir a una supuesta Revolución, que en realidad es una voluntad de transgresión. Lo posible se experimenta siempre en el exceso y la experiencia interior no tiene otra salida que el éxtasis, donde el ser está en nosotros por exceso, de tal modo que parece que morimos. Al no haber Dios como ser sobrenatural, la experiencia mística de Bataille carece de utilidad. Esto es notorio en novelas como Madame Edwarda e Historia del ojo. También Salvador Elizondo y García Ponce conciben el erotismo místico desde una experiencia ateológica. El arte, pues, carece de utilidad en tanto palabra esencial. Así como los místicos niegan cuanto pertenece al mundo para que el alma alcance la sabiduría divina y el silencio, así el Arte niega la contingencia y se la apropia para que en el silencio lo contemplemos. Y así como el místico atribuye a Dios todo lo que es perfecto y elimina de éste todo lo negativo, todo el error (vías atributiva y negativa), el artista y el espectador percibirán el arte en términos semejantes: en el arte hay renuncia de la vida en el momento de su creación o de su goce, de modo que el contemplativo puede decir, con San Juan: Entréme donde no supe..., o Vivo sin vivir en mí.
De Erotismo, misticismo y arte de Juan Antonio Rosado.

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