Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LABATUT

 


La Antártica empieza aquí, Benjamín Labatut, p. 154

Lo primero que hice al llegar a París fue perderme. La gente le tiene miedo a eso, pero tan malo no es. Cuando uno está perdido todo lo demás está en su lugar. Y no se necesita mucho para ser músico, incluso en Francia: una medida de fracaso y otra de éxito. Con eso basta. El problema es que la gente no busca el fracaso. Creen que es cosa de esperarlo, como si fuera una consecuencia del éxito. iNada que ver! El fracaso es difícil. Para fracasar hay que esforzarse. Hay que ser un mono porfiado. Miren, por ejemplo, a los griegos. Tremendos en sus derrotas, sublimes en el fracaso. Su historia es una sucesión de caídas, cada vez más abajo, cada vez más hondo Y  más encima inventaron la tragedia. Ahí la cagaron. Se fueron al chancho. Porque ya no les bastaba con perder. Había que matar al padre y culearse a la madre Al lado de los griegos nosotros somos insectos, muy bien organizados, mucho orden y progreso, pero poco más que bichos que construyen un nido sobre el barro de sus logros. A mí nunca me interesó el éxito. Yo llegué a París buscando otra cosa.

LA ANTARTICA

 


 La Antártica empieza aquí, Benjamín Labatut, p. 45

Me puse a leer todo lo que pude encontrar sobre la Antártica.Fue el último continente descubierto por el ser humano y aún hoy, siglos después, es uno de los lugares más desconocidos del planeta. Su paisaje es tan violento y estéril que no atrae salvo a los desquiciados, al tipo de personas que organizarían una expedición al mismísimo infierno si alguien pudiese señalarles dónde queda en el mapa. El primer avistamiento de aquella tierra lo hizo un marinero holandés en 1599, y desde entonces incontables exploradores han perdido la vida tratando de conquistarla. Incluso en la actualidad, rigen sobre su territorio una serie de restricciones que no se aplican a ninguna otra parte del mundo: las actividades militares, comerciales y mineras están prohibidas, solo se permite la investigación científica. A pesar de que se han realizado decenas de viajes de reconocimiento (que incluyen una flota de submarinos enviada por Hitler a finales de la Segunda Guerra Mundial) todavía no hay mapas exactos que abarquen siquiera una décima parte de su superficie, mayor que la de México y Estados Unidos juntos. Al menos como escenario para su delirio, Riquelme había escogido bien. la Antártica era un lugar impenetrable, un vacío blanco y extraterrestre.

 


INCIPIT 1.613. LA ANTARTICA EMPIEZA AQUI / BENJAMIN LABATUT



Un verdadero soldado no es un hombre.

               A los sesenta y cuatro años, el poeta Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra cosa.

                Según las bases de nuestro máximo galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años previos a la dictadura.


La extracción de la piedra de la locura


La piedra de la locura, B.Labatut, p. 9

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror.  

Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destina dos a viajar muy lejos. Las ciencias,cada una avanzando en su propia dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad, y sobre el espantoso lugar que ocuparnos en ella, que nos volveremos locos producto de esa revelación, o huiremos de la luz hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura. » En el cuento, un hombre va tras los pasos de una secta que intenta despertar a un dios antediluviano sumido en un sueño eterno. Durante su búsqueda, el protagonista se topa con reportajes y noticias sobre extraños brotes de histeria colectiva, pánico, locura grupal y arrebatos de manía, todos relacionados con tres pequeñas estatuas de un ídolo cuya forma, completamente antinatural, parecía estar dotada de una malignidad intrínseca. Una de esas efigies fue modelada en arcilla por un escultor de Rhode Island, quien vio la silueta del ídolo durante una pesadilla particularmente vívida; otra fue confiscada por un policía que participó en una redada durante la celebración de un rito vudú en los pantanos de Nueva Orleans, mientras que la tercera cayó en manos de un marinero noruego, quien la encontró en los farellones de una isla ciclópea que surgió de golpe en medio de las olas del Pacífico Sur, una tierra maldita cuyos colosales paisajes violentaban las leyes de la perspectiva, creando un entorno tan anómalo que uno de los compañeros de barco del noruego perdió la cabeza luego de contemplar algo demasiado horroroso corno para poder ser comprendido: un ser descomunal e incrustado de tantas capas de tiempo que hacía que no solo la humanidad sino el mundo entero pareciera joven y fugaz en comparación.


INCIPIT 1.457. LA PIEDRA DE LA LOCURA / BENJAMIN LABATUT


La extracción de la piedra de la locura

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror. Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos.


CHILE


La piedra de la locura, Benjamin Labatut, p. 23

Yo sentí esto con particular intensidad en Chile, el país donde vivo: aquí, luego de los años de pesadilla de la dictadura de Pinochet, todos nos sumamos a la fila, bajamos la cabeza y seguimos las reglas. No había más que un camino por donde avanzar, y prácticamente nadie se atrevió a cuestionar lo que estaba pasando a medida que una forma de capitalismo neoliberal especialmente perversa empezaba a adueñarse de nuestra nueva democracia, enredando todas las hebras de nuestro tejido social alrededor de sus garras. Casi todos nos quedamos callados, porque casi todos sentíamos miedo. Miedo al cambio, miedo a volver a la bestialidad, miedo a que regresaran los hombres armados en medio de la noche, miedo a que abrieran nuestras puertas a patadas y nos arrastraran a las cámaras de tortura que los servicios secretos habían dejado esparcidas a lo largo del país, al interior de casas que, si uno las viera de reojo, juraría a pies juntillas que eran hogares comunes y corrientes, sin saber que en su interior habían ocurrido escenas infernales que ni siquiera Lovecraft podría haber imaginado. Jóvenes y ancianos, mujeres embarazadas, niños y niñas pequeñas: la electricidad fluyó a través de todos, mientras que perros y ratas fueron entrenados para hacer cosas indescriptibles. Sin embargo, los militares no volvieron. Pinochet finalmente murió, y entramos en un largo periodo de calma y normalidad.


Para el progreso no hay cura


MANIAC, Benjamin Labatut, p. 279

Al final, miraba hacia un futuro tan sombrío, y concebía escenarios tan macabros, que guardó silencio y se rehusó por completo a compartir el contenido de su cabeza. En la última carta que me envió, hablaba de un cambio de estado esencial, una transformación que galopaba desbocada hacia nosotros: «Las horribles posibilidades actuales de guerra atómica pueden dar paso a otras aún más espantosas. Literal y figuradamente, nos estarnos quedando sin espacio. Después de muchísimo tiempo, hemos empezado a sentir, de forma crítica, los efectos del tamaño finito y real de la Tierra. Esta es la crisis de madurez de la tecnología. En los años que quedan entre hoy y el comienzo del próximo siglo, la catástrofe global seguramente superará todos los patrones anteriores. Cuándo y dónde llegará a su fin -y a qué estado de cosas dará lugar- es algo que nadie puede 'saber. Es un consuelo muy pequeño pensar que los intereses de la humanidad puedan cambiar algún día, la curiosidad de esta época sobre la ciencia puede cesar, y es posible que la mente humana se ocupe de cosas completamente diferentes. La tecnología, después de todo, es una excreción humana, y no debe ser vista como algo ajeno, como un Otro. Es una parte de nosotros, como la tela es parte de la araña. Sin embargo, parece que el progreso cada vez más rápido de los medios técnicos da muestras de estar acercándose hacia algún tipo de singularidad esencial, un punto de inflexión en la historia de nuestra raza más allá del cual los asuntos humanos tal como los conocemos no podrán continuar. El progreso se volverá tan complejo y veloz que no podremos comprenderlo. Porque el poder tecnológico en sí es un logro ambivalente, y la ciencia es neutra por completo; provee medios de control aplicables a cualquier propósito, pero permanece indiferente ante todos. Lo que crea el peligro no es el potencial destructivo particularmente perverso de un invento en específico. El peligro es intrínseco. Para el progreso no hay cura».


VON NEUMNN


MANIAC, Benjamin Labatut, p. 266

Mi padre quería conocer la lógica interna del cerebro. […] Él estaba fascinado por la diferencia entre la forma en que el cerebro y las computadoras procesan la información, pero también veía ciertas similitudes que parecían sugerir que tal vez, en el futuro, podíamos comenzar a fusionarnos con ellas, otorgándoles una parte de nuestra conciencia, o permitiéndonos existir de forma incorpórea, en materiales más firmes que nuestra carne, para ser inmunes a la corrupción y la enfermedad. No incluyó ninguna de esas fantasías en su artículo, por supuesto, pero ese tipo de ideas le devoraban la cabeza. Sé que soñaba con alguna forma de preservar su mente extraordinaria. Le dije que su artículo me parecía impresionante, y cuando abrió los labios secos y partidos sentí un golpe de felicidad ( cada día hablaba menos) y luego se me encogió el corazón al instante, ya que en vez de comentar su artículo, o preguntar por mi matrimonio, me hizo una petición tan extraña que me llenó el alma de terror, considerando que venía de parte de él, uno de los matemáticos más importantes del siglo, tal vez el más importante de todos; quiso que le dijera dos números al azar y que le preguntara por la suma de ellos. Pensé que estaba bromeando. ¿Había recuperado su antiguo sentido del humor? Sonreí, muy nerviosa, y luego me di cuenta de que estaba hablando en serio. Durante mi visita anterior, hacía poco más de un mes, su capacidad mental había estado tan afilada como siempre. Pero ahora su genialidad se había deteriorado hasta tal punto que no era capaz de manejar siquiera la aritmética básica. Había perdido su vasto poder intelectual. No quedaba ni una huella de la facultad que lo definía como persona, y la expresión de pánico que deformó sus rasgos mientras tomaba conciencia de ello, allí frente a mis ojos, fue la situación más desgarradora que presencié a lo largo de toda mi vida. Sentí su agonía como si fuera un dolor físico en mi propio cuerpo, y solo pude murmurar un par de números -¿Cuánto es dos más nueve? ¿Cuánto es diez más cinco? ¿Cuánto es uno más uno?- antes de salir corriendo de la habitación para no llorar delante de él.

DIOS


MANIAC, Benjamin Labatut, p 247

Von Neumann pensaba que, si nuestra especie iba a sobrevivir el siglo XX, necesitábamos llenar el enorme vacío dejado por la huida de los dioses, y la única candidata viable para realizar esa extraña y esotérica transformación era la tecnología. Me dijo que un saber técnico cada vez mayor, alimentado por la ciencia, era lo que nos diferenciaba de nuestros ancestros. Porque en términos de nuestra moral, filosofía y calidad de pensamiento, no éramos mejores (de hecho, éramos más pobres) que los griegos, el pueblo védico o las pequeñas tribus nómadas que aún se aferran a la naturaleza como única fuente de gracia y verdadera medida de la existencia. Nos hemos estancado, me dijo, en todas las artes salvo en una -tékne-, en la que nuestra sabiduría se ha vuelto tan profunda y peligrosa que incluso los titanes temblarían ante ella, porque su poder hace que los viejos dioses de los bosques parezcan simples duendecillos. Pero ese mundo había desaparecido. Y la ciencia tendría que dotarnos de algo mayor a los seres humanos, mostrándonos la nueva imagen que debíamos adorar. Para Von Neumann era evidente que nuestra civilización había progresado hasta un punto tal que los asuntos de la especie ya no podían confiarse de manera segura en nuestras propias manos. Necesitábamos otra cosa. Algo superior. A medio y largo plazo, si íbamos a tener siquiera una mínima posibilidad de supervivencia, debíamos encontrar una forma de ir más allá de nosotros mismos, de superar los límites actuales de la lógica, el lenguaje y el pensamiento, para hallar soluciones a los muchos problemas que indudablemente enfrentaríamos, a medida que expandíamos nuestro dominio sobre la faz de la Tierra y -más temprano que tarde- desde allí hasta el vacío que rodea las estrellas.


VON NEUMANN


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 51

Cuando el cáncer se extendió a su cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó en el Centro Medico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explicito del Pentágono. Un coronel de la Fuerza Aerea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos dias no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático judío de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados Unidos desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica, el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la Fuerza Aerea, el Ejército y la Marina, y los jefes del Estado Mayor Militar, atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que creó la primera computadora moderna, las bases  matemáticas de la mecánica cuántica, la teoría de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la implosión de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la inteligencia artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la singularidad tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio, muriendo al igual que cualquier otro hombre.


INCIPIT 1.429. MANIAC / BENJAMIN LABATUT


En la madrugada del 25 de septiembre de 1933, el físico austriaco Paul Ehrenfest entró en el Instituto Pedagógico del profesor Jan Waterink para niños discapacitados en Ámsterdam, le disparó a Vassily, su hijo de catorce años, y luego se pegó un tiro en la cabeza.

Paul falleció al instante, mientras que Vassily agonizó durante horas antes de ser declarado muerto por los mismos médicos que lo habían cuidado desde su llegada al instituto, en enero de ese año. Su padre lo había traído a Ámsterdam luego de decidir que la clínica donde el joven había pasado casi una década, ubicada en Jena, en el corazón de Alemania, ya no era un lugar seguro para su hijo después de la llegada de los nazis al poder. Vassily ( o, más bien, Wassik, como casi todos lo llamaban) padecía síndrome de Down y había tenido que soportar severas incapacidades físicas y mentales a lo largo de toda su vida; Albert Einstein, quien amaba al padre del joven como si fuese su hermano y era un invitado habitual en la casa de los Ehrenfest en Leiden, se refería al niño como «el diminuto y paciente gateador, porque el dolor en sus articulaciones llegaba a ser tan grande que muchas veces Wassik solo podía desplazarse por el suelo, arrastrando las piernas como si fuese un pequeño cocodrilo.


OSKAR MORGENSTERN


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 158

Un extraño ángel

Para los no iniciados, para quienes no entienden la lógica que hay detrás, es una locura.

Eso explica el acrónimo que alguien inventó para la implementación más torcida de una de las ideas de von Neumann: MAD, abreviatura de Mutually Assured Destruction. Destrucción mutua asegurada. Fue la estrategia que América usó para encarar la Guerra Fría, un juego de póquer con los ojos cerrados y el dedo en el gatillo de armas tan poderosas que podían causar el fin del mundo. MAD fue una doctrina de disuasión y represalia: suponía que la única forma de impedir una guerra nuclear entre las superpotencias era que Estados Unidos y la URSS acumularan una cantidad inmensa de bombas atómicas, de manera que cualquier ataque -sin importar su razón, escala u objetivo- terminaría con la aniquilación total de ambos. Fue una locura perfectamente racional: asegurar la paz mundial llevándonos al borde del Armagedón. Esa doctrina corrupta y demencial duró cuatro décadas, y estuvo basada, para mi eterna vergüenza, en la perversión de los conceptos que von Neumann y yo establecimos en la Teoría de los juegos y del comportamiento económico.

En la imagen Oskar Morgenstern y John von Neumann en la playa 


LA BOMBA ATOMICA


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 146

Hubo quienes nos quedamos en silencio, incluso algunos rezaban mientras veíamos esa nube ominosa colgando encima de nosotros, ascendiendo al cielo como un hongo de la muerte, con toda esa radiactividad en su interior, brillando púrpura y extraterrestre, subiendo más y más hacia la estratosfera, mientras un trueno terrorífico producto de la onda de choque rebotaba a lo largo de las montañas y hacía eco una y otra vez, una y otra vez, como si fuese el tañido de una campana anunciando el fin del mundo.

Justo después de la prueba, una carta comenzó a circular entre la comunidad de físicos. Era una petición para convencer al presidente de no usar la bomba contra los japoneses. Más de ciento cincuenta miembros del Proyecto Manhattan la firmaron. Porque la guerra en Europa ya se había acabado. O sea, Hitler se había pegado un tiro en la cabeza, por Dios, no había ningún motivo válido para asesinar a más de doscientos mil civiles como lo hicimos en Japón. Si la hubiesen visto. Lo juro. Si un solo general japonés hubiese visto la prueba de la bomba, habría bastado. Pero Truman nunca recibió la carta. Aunque no habría supuesto ninguna diferencia. Las bombas que nosotros creamos ya estaban en manos de los militares. Y las iban a usar, sin importar lo que dijéramos. Hasta tenían un comité listo para elegir los mejores objetivos, pero fue von Neumann quien los convenció de que no debían detonar sus aparatos al nivel del suelo, sino más alto. Porque de esa manera la onda de choque causaría un daño incomparablemente mayor. Él mismo calculó la elevación ideal -unos dos mil pies. Y esa fue exactamente la altura a la que volaban nuestras bombas cuando estallaron sobre los techos de  esas casitas de madera, tan pintorescas, en Hiroshima y Nagasaki.


NEUMANN JANOS LAJOS


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 51

Cuando el cáncer se extendió a su cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó en el Centro Médico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explícito del Pentágono. Un coronel de la Fuerza Aérea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos días no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático judío de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados Unidos desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica, el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Marina, y los jefas del Estado Mayor Militar, atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que creó la primera computadora moderna, las bases matemáticas de la mecánica cuántica, la teoría de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la implosión de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la inteligencia artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la singularidad tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio, muriendo al igual que cualquier otro hombe.

En la imagen John von Newmann

GEORGE BOOLE


MANIAC, Benjmain Labatut, p. 43

En 1840, George Boole sufrió una visión religiosa mientras atravesaba un campo cerca de Doncaster al atardecer. De pronto, supo cómo se podían usar las matemáticas para descifrar los misteriosos procesos del pensamiento humano. Los mismos símbolos del álgebra podían emplearse para describir lo que sucedía dentro de la cabeza de las personas mientras seguían un hilo de pensamiento, expresando todos sus giros y vueltas en forma binaria. Si esto,  entonces aquello. Si aquello, entonces esto no. En 1854, Boole publicó un libro que causó sensación. Lo tituló An Investigation of the Laws of Thought. Su objetivo expreso era «investigar las leyes fundamentales de aquellas operaciones de la mente mediante las cuales se ejecuta el razonamiento ». A Boole lo impulsaba una creencia casi mesiánica en que Dios mismo le había permitido vislumbrar la verdad de la mente humana. Pero hubo quienes dudaron; el filósofo Bertrand Russell quedó asombrado por la genialidad de las matemáticas de Boole, pero no creía que él hubiese descubierto algo que tuviera que ver con el pensamiento humano. Los seres humanos, dijo Russell, no piensan de esa manera. Lo que Boole realmente estaba haciendo era otra cosa ...

ADAM CURTIS, Can 't Get You Out of My Head


INCIPIT 1.427. UN VERDOR TERRIBLE / BENJAMIN LABATUT


Durante un examen médico realizado en los meses previos a los juicios de N úremberg, los doctores notaron que las uñas de las manos y los pies de Hermann Goring estaban teñidas de un rojo furioso. Pensaron -equivocadamente- que el color se debía a su adicción a la dihidrocodeína, un analgésico del que tomaba más de cien pastillas al día. Según William Burroughs, su efecto era similar al de la heroína y al menos dos veces más fuerte que el de la codeína, pero con un filo eléctrico parecido al de la coca, razón por la cual los médicos norteamericanos se vieron obligados a curar a Goring de su dependencia antes de que compareciera frente al tribunal. No fue fácil. Cuando las fuerzas aliadas lo capturaron, el líder nazi arrastraba una maleta que no solo contenía el esmalte con que Goring se pintaba las uñas cuando se disfrazaba como Nerón, sino más de veinte mil dosis de su droga favorita, casi todo lo que quedaba de la producción alemana de ese fármaco a finales de la Segunda Guerra Mundial.


MI LIMONERO


Un verdor terrible, Benjamín Labatut, p. 212

El árbol más antiguo de mi terreno es un limón, su copa es un tupido enjambre de ramas. Hace poco, el jardinero nocturno me preguntó si yo sabía cómo morían los cítricos: cuando llegan a la vejez, si logran sobrevivir a sequías, enfermedades y a los incontables ataques de pestes, hongos y plagas, sucumben por sobreabundancia. Al alcanzar el fin de su ciclo de vida, dan una última cosecha gigantesca de limones. En su primavera final, sus flores brotan y florecen en enormes racimos y llenan el aire con un dulzor tan fragante que te hace picar la garganta y las narices a dos cuadras de distancia; sus frutos maduran todos a la vez, ramas completas se quiebran bajo su peso, y luego de un par de semanas el suelo a su alrededor está cubierto de limones podridos. Es extraño, me dijo, ver tanta exuberancia antes de la muerte. Uno puede imaginarla en el reino animal, esos millones de salmones copulando antes de caer muertos, o  los miles de millones de arenques que vuelven blancas las aguas de las costas del Pacífico con su semen y sus huevos, a lo largo de cientos de kilómetros. Pero los árboles son organismos muy diferentes, y esos espectáculos de monstruosa fertilidad no parecen propios de una planta y son más parecidos a los excesos de nuestra propia especie, con su crecimiento desbordado y fuera de todo control. Le pregunté cuánto tiempo le quedaba de vida a mi limón. Me dijo que no había forma de saberlo, al menos no sin cortar su tronco para mirar sus anillos. Pero ¿quién querría hacer una cosa así?


Schrodinger


Un verdor terrible, Labatut, p. 151

Lo maravilloso y horrible del proceso -le dijo la chica- es que las crías comenzaban a parir a sus propias hijas cuando solo tenían unas pocas horas de vida; esas nuevas criaturas se habían gestado dentro de ellas cuando aún estaban en el interior del cuerpo de la madre primigenia. Las tres generaciones anidaban una dentro de la otra, como en una muñeca rusa espantosa, formando un superorganismo que mostraba la tendencia de la naturaleza hacia la sobreabundancia, la misma que lleva a ciertas aves a empollar más crías de las que pueden alimentar, obligando al polluelo mayor a asesinar a sus hermanos, empujándolos fuera del nido. El caso de algunas especies de tiburón era aún peor, le explicó la señorita Herwig, ya que los pequeños escualos eclosionaban vivos dentro del vientre de la madre, con los dientes 1~ suficientemente desarrollados como para poder devorar a los que nacían después; esa depredación fratricida les daba los nutrientes necesarios para sobrevivir durante sus primeras semanas de vida, cuando eran tan vulnerables que podían ser carnada de los mismos peces de los que se alimentarían si lograban llegar a la adultez.  No se sentía capaz de prestar atención a una clase, le dijo, pero ¿sería posible que Herr Schrodinger la acompañara a caminar alrededor del lago, para ver si el aire frío le devolvía las fuerzas?


Alexander Grothendieck


Un verdor terrible, Benjamín Labatut, p. 77

Alexander Grothendieck reinó sobre las matemáticas como un príncipe ilustrado, atrayendo a su órbita a las mejores mentes de su generación, quienes postergaron sus propias investigaciones para participar de un proyecto tan ambicioso como radical: develar las estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos.

Su manera de enfrentar el trabajo era excepcional. Aunque fue capaz de resolver tres de las cuatro conjeturas de Weil, los mayores enigmas matemáticos de su época, a Grothendieck no le atraían los problemas difíciles ni le interesaban los resultados finales. Su afán era alcanzar una comprensión absoluta de los fundamentos, por lo que construía complejas arquitecturas teóricas alrededor de las interrogantes más simples, rodeándolas con un ejército de nuevos conceptos. Bajo la suave y paciente presión de la razón de Grothendieck, las soluciones parecían brotar por sí mismas, revelándose por voluntad propia, «como una nuez que se abre tras permanecer sumergida bajo el agua durante meses». Lo suyo fue la generalización, el zoom out llevado al paroxismo. Cualquier dilema se volvía sencillo si uno lo miraba desde la distancia suficiente. No le interesaban los números, las curvas, las rectas ni ningún otro objeto matemático en particular: lo único que importaba era la relación entre ellos. «Tenía una sensibilidad extraordinaria a la armonía de las cosas», recuerda uno de sus discípulos, Luc Illusie. «No es solo que haya introducido nuevas técnicas y probado grandes teoremas: cambió la forma en que pensamos sobre las matemáticas. »

Su obsesión fue el espacio y una de sus mayores genialidades fue expandir la noción del punto. Ante la mirada de Grothendieck, el humilde punto dejó de ser una posición sin dimensiones para bullir con complejas estructuras internas. Donde otros veían algo sin profundidad, tamaño, ancho ni largo, Alexander vio un universo entero. Desde Euclides no se había propuesto algo tan audaz.


H


Un verdor terrible, Benjamin Labatut, p. 33

Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año -cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas armadas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera-, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente.

Adi, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue enviado directamente a la batalla que en Alemania llegó a ser conocida como Kindermord bei Ypern, la matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas.


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