La Antártica empieza aquí, Benjamín Labatut, p. 154
Me puse a leer todo lo que pude encontrar sobre la Antártica.Fue el último continente descubierto por el ser humano y aún hoy, siglos después, es uno de los lugares más desconocidos del planeta. Su paisaje es tan violento y estéril que no atrae salvo a los desquiciados, al tipo de personas que organizarían una expedición al mismísimo infierno si alguien pudiese señalarles dónde queda en el mapa. El primer avistamiento de aquella tierra lo hizo un marinero holandés en 1599, y desde entonces incontables exploradores han perdido la vida tratando de conquistarla. Incluso en la actualidad, rigen sobre su territorio una serie de restricciones que no se aplican a ninguna otra parte del mundo: las actividades militares, comerciales y mineras están prohibidas, solo se permite la investigación científica. A pesar de que se han realizado decenas de viajes de reconocimiento (que incluyen una flota de submarinos enviada por Hitler a finales de la Segunda Guerra Mundial) todavía no hay mapas exactos que abarquen siquiera una décima parte de su superficie, mayor que la de México y Estados Unidos juntos. Al menos como escenario para su delirio, Riquelme había escogido bien. la Antártica era un lugar impenetrable, un vacío blanco y extraterrestre.
Un verdadero soldado no es un
hombre.
A los sesenta y cuatro años, el poeta
Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto
del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los
demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había
ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él
lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan
típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra
cosa.
Según las bases de nuestro máximo
galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al
ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de
Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la
aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había
nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles
de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años
previos a la dictadura.
Aunque apenas fue capaz de hallar
las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un
cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra
especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar
nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos.
«Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente
humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una
isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos
destina dos a viajar muy lejos. Las ciencias,cada una avanzando en su propia
dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de
todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad,
y sobre el espantoso lugar que ocuparnos en ella, que nos volveremos locos
producto de esa revelación, o huiremos de la luz hacia la paz y la seguridad de
una nueva edad oscura. » En el cuento, un hombre va tras los pasos de una secta
que intenta despertar a un dios antediluviano sumido en un sueño eterno.
Durante su búsqueda, el protagonista se topa con reportajes y noticias sobre
extraños brotes de histeria colectiva, pánico, locura grupal y arrebatos de
manía, todos relacionados con tres pequeñas estatuas de un ídolo cuya forma, completamente
antinatural, parecía estar dotada de una malignidad intrínseca. Una de esas
efigies fue modelada en arcilla por un escultor de Rhode Island, quien vio la
silueta del ídolo durante una pesadilla particularmente vívida; otra fue confiscada
por un policía que participó en una redada durante la celebración de un rito
vudú en los pantanos de Nueva Orleans, mientras que la tercera cayó en manos de
un marinero noruego, quien la encontró en los farellones de una isla ciclópea
que surgió de golpe en medio de las olas del Pacífico Sur, una tierra maldita
cuyos colosales paisajes violentaban las leyes de la perspectiva, creando un
entorno tan anómalo que uno de los compañeros de barco del noruego perdió la cabeza
luego de contemplar algo demasiado horroroso corno para poder ser comprendido: un
ser descomunal e incrustado de tantas capas de tiempo que hacía que no solo la
humanidad sino el mundo entero pareciera joven y fugaz en comparación.
Durante el verano de 1926, el
escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de
horror. Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo
cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de
Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un
antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que
puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso
del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos»,
escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de
negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos.
Yo sentí esto con particular
intensidad en Chile, el país donde vivo: aquí, luego de los años de pesadilla
de la dictadura de Pinochet, todos nos sumamos a la fila, bajamos la cabeza y
seguimos las reglas. No había más que un camino por donde avanzar, y
prácticamente nadie se atrevió a cuestionar lo que estaba pasando a medida que
una forma de capitalismo neoliberal especialmente perversa empezaba a adueñarse
de nuestra nueva democracia, enredando todas las hebras de nuestro tejido
social alrededor de sus garras. Casi todos nos quedamos callados, porque casi
todos sentíamos miedo. Miedo al cambio, miedo a volver a la bestialidad, miedo
a que regresaran los hombres armados en medio de la noche, miedo a que abrieran
nuestras puertas a patadas y nos arrastraran a las cámaras de tortura que los
servicios secretos habían dejado esparcidas a lo largo del país, al interior de
casas que, si uno las viera de reojo, juraría a pies juntillas que eran hogares
comunes y corrientes, sin saber que en su interior habían ocurrido escenas infernales
que ni siquiera Lovecraft podría haber imaginado. Jóvenes y ancianos, mujeres embarazadas,
niños y niñas pequeñas: la electricidad fluyó a través de todos, mientras que perros
y ratas fueron entrenados para hacer cosas indescriptibles. Sin embargo, los
militares no volvieron. Pinochet finalmente murió, y entramos en un largo
periodo de calma y normalidad.
Al final, miraba hacia un futuro
tan sombrío, y concebía escenarios tan macabros, que guardó silencio y se
rehusó por completo a compartir el contenido de su cabeza. En la última carta que
me envió, hablaba de un cambio de estado esencial, una transformación que
galopaba desbocada hacia nosotros: «Las horribles posibilidades actuales de
guerra atómica pueden dar paso a otras aún más espantosas. Literal y figuradamente,
nos estarnos quedando sin espacio. Después de muchísimo tiempo, hemos empezado
a sentir, de forma crítica, los efectos del tamaño finito y real de la Tierra. Esta
es la crisis de madurez de la tecnología. En los años que quedan entre hoy y el
comienzo del próximo siglo, la catástrofe global seguramente superará todos los
patrones anteriores. Cuándo y dónde llegará a su fin -y a qué estado de cosas
dará lugar- es algo que nadie puede 'saber. Es un consuelo muy pequeño pensar
que los intereses de la humanidad puedan cambiar algún día, la curiosidad de
esta época sobre la ciencia puede cesar, y es posible que la mente humana se
ocupe de cosas completamente diferentes. La tecnología, después de todo, es una
excreción humana, y no debe ser vista como algo ajeno, como un Otro. Es una
parte de nosotros, como la tela es parte de la araña. Sin embargo, parece que
el progreso cada vez más rápido de los medios técnicos da muestras de estar acercándose
hacia algún tipo de singularidad esencial, un punto de inflexión en la historia
de nuestra raza más allá del cual los asuntos humanos tal como los conocemos no
podrán continuar. El progreso se volverá tan complejo y veloz que no podremos
comprenderlo. Porque el poder tecnológico en sí es un logro ambivalente, y la
ciencia es neutra por completo; provee medios de control aplicables a cualquier
propósito, pero permanece indiferente ante todos. Lo que crea el peligro no es
el potencial destructivo particularmente perverso de un invento en específico.
El peligro es intrínseco. Para el progreso no hay cura».
Mi padre quería conocer la lógica
interna del cerebro. […] Él estaba fascinado por la diferencia entre la forma en
que el cerebro y las computadoras procesan la información, pero también veía
ciertas similitudes que parecían sugerir que tal vez, en el futuro, podíamos
comenzar a fusionarnos con ellas, otorgándoles una parte de nuestra conciencia,
o permitiéndonos existir de forma incorpórea, en materiales más firmes que
nuestra carne, para ser inmunes a la corrupción y la enfermedad. No incluyó
ninguna de esas fantasías en su artículo, por supuesto, pero ese tipo de ideas
le devoraban la cabeza. Sé que soñaba con alguna forma de preservar su mente
extraordinaria. Le dije que su artículo me parecía impresionante, y cuando abrió
los labios secos y partidos sentí un golpe de felicidad ( cada día hablaba
menos) y luego se me encogió el corazón al instante, ya que en vez de comentar
su artículo, o preguntar por mi matrimonio, me hizo una petición tan extraña
que me llenó el alma de terror, considerando que venía de parte de él, uno de
los matemáticos más importantes del siglo, tal vez el más importante de todos;
quiso que le dijera dos números al azar y que le preguntara por la suma de
ellos. Pensé que estaba bromeando. ¿Había recuperado su antiguo sentido del
humor? Sonreí, muy nerviosa, y luego me di cuenta de que estaba hablando en
serio. Durante mi visita anterior, hacía poco más de un mes, su capacidad
mental había estado tan afilada como siempre. Pero ahora su genialidad se había
deteriorado hasta tal punto que no era capaz de manejar siquiera la aritmética básica.
Había perdido su vasto poder intelectual. No quedaba ni una huella de la
facultad que lo definía como persona, y la expresión de pánico que deformó sus
rasgos mientras tomaba conciencia de ello, allí frente a mis ojos, fue la
situación más desgarradora que presencié a lo largo de toda mi vida. Sentí su
agonía como si fuera un dolor físico en mi propio cuerpo, y solo pude murmurar
un par de números -¿Cuánto es dos más nueve? ¿Cuánto es diez más cinco? ¿Cuánto
es uno más uno?- antes de salir corriendo de la habitación para no llorar
delante de él.
Von Neumann pensaba que, si
nuestra especie iba a sobrevivir el siglo XX, necesitábamos llenar el enorme vacío
dejado por la huida de los dioses, y la única candidata viable para realizar
esa extraña y esotérica transformación era la tecnología. Me dijo que un saber
técnico cada vez mayor, alimentado por la ciencia, era lo que nos diferenciaba
de nuestros ancestros. Porque en términos de nuestra moral, filosofía y calidad
de pensamiento, no éramos mejores (de hecho, éramos más pobres) que los
griegos, el pueblo védico o las pequeñas tribus nómadas que aún se aferran a la
naturaleza como única fuente de gracia y verdadera medida de la existencia. Nos
hemos estancado, me dijo, en todas las artes salvo en una -tékne-, en la que
nuestra sabiduría se ha vuelto tan profunda y peligrosa que incluso los titanes
temblarían ante ella, porque su poder hace que los viejos dioses de los bosques
parezcan simples duendecillos. Pero ese mundo había desaparecido. Y la ciencia
tendría que dotarnos de algo mayor a los seres humanos, mostrándonos la nueva
imagen que debíamos adorar. Para Von Neumann era evidente que nuestra
civilización había progresado hasta un punto tal que los asuntos de la especie
ya no podían confiarse de manera segura en nuestras propias manos.
Necesitábamos otra cosa. Algo superior. A medio y largo plazo, si íbamos a
tener siquiera una mínima posibilidad de supervivencia, debíamos encontrar una
forma de ir más allá de nosotros mismos, de superar los límites actuales de la
lógica, el lenguaje y el pensamiento, para hallar soluciones a los muchos
problemas que indudablemente enfrentaríamos, a medida que expandíamos nuestro
dominio sobre la faz de la Tierra y -más temprano que tarde- desde allí hasta
el vacío que rodea las estrellas.
Cuando el cáncer se extendió a su
cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó
en el Centro Medico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la
puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explicito del Pentágono. Un coronel de
la Fuerza Aerea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta
fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos dias
no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático judío
de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados Unidos
desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el
contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica,
el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la
Fuerza Aerea, el Ejército y la Marina, y los jefes del Estado Mayor Militar,
atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que
les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que
creó la primera computadora moderna, las bases matemáticas de la mecánica cuántica, la teoría
de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la implosión
de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la inteligencia
artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la singularidad
tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio, muriendo al
igual que cualquier otro hombre.
Paul falleció al instante,
mientras que Vassily agonizó durante horas antes de ser declarado muerto por
los mismos médicos que lo habían cuidado desde su llegada al instituto, en
enero de ese año. Su padre lo había traído a Ámsterdam luego de decidir que la
clínica donde el joven había pasado casi una década, ubicada en Jena, en el
corazón de Alemania, ya no era un lugar seguro para su hijo después de la
llegada de los nazis al poder. Vassily ( o, más bien, Wassik, como casi todos
lo llamaban) padecía síndrome de Down y había tenido que soportar severas
incapacidades físicas y mentales a lo largo de toda su vida; Albert Einstein,
quien amaba al padre del joven como si fuese su hermano y era un invitado
habitual en la casa de los Ehrenfest en Leiden, se refería al niño como «el
diminuto y paciente gateador, porque el dolor en sus articulaciones llegaba a
ser tan grande que muchas veces Wassik solo podía desplazarse por el suelo,
arrastrando las piernas como si fuese un pequeño cocodrilo.
Un extraño ángel
Para los no iniciados, para
quienes no entienden la lógica que hay detrás, es una locura.
Eso explica el acrónimo que
alguien inventó para la implementación más torcida de una de las ideas de von Neumann:
MAD, abreviatura de Mutually Assured Destruction. Destrucción mutua asegurada.
Fue la estrategia que América usó para encarar la Guerra Fría, un juego de
póquer con los ojos cerrados y el dedo en el gatillo de armas tan poderosas que
podían causar el fin del mundo. MAD fue una doctrina de disuasión y represalia:
suponía que la única forma de impedir una guerra nuclear entre las
superpotencias era que Estados Unidos y la URSS acumularan una cantidad inmensa
de bombas atómicas, de manera que cualquier ataque -sin importar su razón,
escala u objetivo- terminaría con la aniquilación total de ambos. Fue una
locura perfectamente racional: asegurar la paz mundial llevándonos al borde del
Armagedón. Esa doctrina corrupta y demencial duró cuatro décadas, y estuvo
basada, para mi eterna vergüenza, en la perversión de los conceptos que von
Neumann y yo establecimos en la Teoría de los juegos y del comportamiento económico.
En la imagen Oskar Morgenstern y John von Neumann en la playa
Hubo quienes nos quedamos en
silencio, incluso algunos rezaban mientras veíamos esa nube ominosa colgando
encima de nosotros, ascendiendo al cielo como un hongo de la muerte, con toda
esa radiactividad en su interior, brillando púrpura y extraterrestre, subiendo
más y más hacia la estratosfera, mientras un trueno terrorífico producto de la
onda de choque rebotaba a lo largo de las montañas y hacía eco una y otra vez,
una y otra vez, como si fuese el tañido de una campana anunciando el fin del
mundo.
Justo después de la prueba, una
carta comenzó a circular entre la comunidad de físicos. Era una petición para convencer
al presidente de no usar la bomba contra los japoneses. Más de ciento cincuenta
miembros del Proyecto Manhattan la firmaron. Porque la guerra en Europa ya se había
acabado. O sea, Hitler se había pegado un tiro en la cabeza, por Dios, no había
ningún motivo válido para asesinar a más de doscientos mil civiles como lo
hicimos en Japón. Si la hubiesen visto. Lo juro. Si un solo general japonés hubiese
visto la prueba de la bomba, habría bastado. Pero Truman nunca recibió la
carta. Aunque no habría supuesto ninguna diferencia. Las bombas que nosotros creamos
ya estaban en manos de los militares. Y las iban a usar, sin importar lo que
dijéramos. Hasta tenían un comité listo para elegir los mejores objetivos, pero
fue von Neumann quien los convenció de que no debían detonar sus aparatos al
nivel del suelo, sino más alto. Porque de esa manera la onda de choque causaría
un daño incomparablemente mayor. Él mismo calculó la elevación ideal -unos dos
mil pies. Y esa fue exactamente la altura a la que volaban nuestras bombas
cuando estallaron sobre los techos de esas
casitas de madera, tan pintorescas, en Hiroshima y Nagasaki.
Cuando el cáncer se extendió a su
cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó
en el Centro Médico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la
puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explícito del Pentágono. Un coronel de
la Fuerza Aérea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta
fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos días
no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático
judío de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados
Unidos desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el
contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica,
el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la
Fuerza Aérea, el Ejército y la Marina, y los jefas del Estado Mayor Militar,
atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que
les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que
creó la primera computadora moderna, las bases matemáticas de la mecánica cuántica,
la teoría de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la
implosión de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la
inteligencia artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la
singularidad tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio,
muriendo al igual que cualquier otro hombe.
En la imagen John von Newmann
En 1840, George Boole sufrió una
visión religiosa mientras atravesaba un campo cerca de Doncaster al atardecer. De
pronto, supo cómo se podían usar las matemáticas para descifrar los misteriosos
procesos del pensamiento humano. Los mismos símbolos del álgebra podían
emplearse para describir lo que sucedía dentro de la cabeza de las personas mientras
seguían un hilo de pensamiento, expresando todos sus giros y vueltas en forma
binaria. Si esto, entonces aquello. Si
aquello, entonces esto no. En 1854, Boole publicó un libro que causó sensación.
Lo tituló An Investigation of the Laws of Thought. Su objetivo expreso era
«investigar las leyes fundamentales de aquellas operaciones de la mente
mediante las cuales se ejecuta el razonamiento ». A Boole lo impulsaba una
creencia casi mesiánica en que Dios mismo le había permitido vislumbrar la
verdad de la mente humana. Pero hubo quienes dudaron; el filósofo Bertrand
Russell quedó asombrado por la genialidad de las matemáticas de Boole, pero no
creía que él hubiese descubierto algo que tuviera que ver con el pensamiento humano.
Los seres humanos, dijo Russell, no piensan de esa manera. Lo que Boole
realmente estaba haciendo era otra cosa ...
ADAM CURTIS, Can 't Get You Out of My Head
El árbol más antiguo de mi
terreno es un limón, su copa es un tupido enjambre de ramas. Hace poco, el
jardinero nocturno me preguntó si yo sabía cómo morían los cítricos: cuando
llegan a la vejez, si logran sobrevivir a sequías, enfermedades y a los
incontables ataques de pestes, hongos y plagas, sucumben por sobreabundancia.
Al alcanzar el fin de su ciclo de vida, dan una última cosecha gigantesca de
limones. En su primavera final, sus flores brotan y florecen en enormes racimos
y llenan el aire con un dulzor tan fragante que te hace picar la garganta y las
narices a dos cuadras de distancia; sus frutos maduran todos a la vez, ramas
completas se quiebran bajo su peso, y luego de un par de semanas el suelo a su
alrededor está cubierto de limones podridos. Es extraño, me dijo, ver tanta
exuberancia antes de la muerte. Uno puede imaginarla en el reino animal, esos millones
de salmones copulando antes de caer muertos, o los miles de millones de arenques que vuelven
blancas las aguas de las costas del Pacífico con su semen y sus huevos, a lo
largo de cientos de kilómetros. Pero los árboles son organismos muy diferentes,
y esos espectáculos de monstruosa fertilidad no parecen propios de una planta y
son más parecidos a los excesos de nuestra propia especie, con su crecimiento
desbordado y fuera de todo control. Le pregunté cuánto tiempo le quedaba de
vida a mi limón. Me dijo que no había forma de saberlo, al menos no sin cortar
su tronco para mirar sus anillos. Pero ¿quién querría hacer una cosa así?
Lo maravilloso y horrible del
proceso -le dijo la chica- es que las crías comenzaban a parir a sus propias hijas
cuando solo tenían unas pocas horas de vida; esas nuevas criaturas se habían
gestado dentro de ellas cuando aún estaban en el interior del cuerpo de la
madre primigenia. Las tres generaciones anidaban una dentro de la otra, como en
una muñeca rusa espantosa, formando un superorganismo que mostraba la tendencia
de la naturaleza hacia la sobreabundancia, la misma que lleva a ciertas aves a
empollar más crías de las que pueden alimentar, obligando al polluelo mayor a
asesinar a sus hermanos, empujándolos fuera del nido. El caso de algunas
especies de tiburón era aún peor, le explicó la señorita Herwig, ya que los
pequeños escualos eclosionaban vivos dentro del vientre de la madre, con los dientes
1~ suficientemente desarrollados como para poder devorar a los que nacían
después; esa depredación fratricida les daba los nutrientes necesarios para
sobrevivir durante sus primeras semanas de vida, cuando eran tan vulnerables
que podían ser carnada de los mismos peces de los que se alimentarían si
lograban llegar a la adultez. No se
sentía capaz de prestar atención a una clase, le dijo, pero ¿sería posible que
Herr Schrodinger la acompañara a caminar alrededor del lago, para ver si el
aire frío le devolvía las fuerzas?
Alexander Grothendieck reinó sobre las matemáticas como un príncipe ilustrado, atrayendo a su órbita a las mejores mentes de su generación, quienes postergaron sus propias investigaciones para participar de un proyecto tan ambicioso como radical: develar las estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos.
Su manera de enfrentar el trabajo
era excepcional. Aunque fue capaz de resolver tres de las cuatro conjeturas de
Weil, los mayores enigmas matemáticos de su época, a Grothendieck no le atraían
los problemas difíciles ni le interesaban los resultados finales. Su afán era
alcanzar una comprensión absoluta de los fundamentos, por lo que construía
complejas arquitecturas teóricas alrededor de las interrogantes más simples, rodeándolas
con un ejército de nuevos conceptos. Bajo la suave y paciente presión de la
razón de Grothendieck, las soluciones parecían brotar por sí mismas,
revelándose por voluntad propia, «como una nuez que se abre tras permanecer
sumergida bajo el agua durante meses». Lo suyo fue la generalización, el zoom
out llevado al paroxismo. Cualquier dilema se volvía sencillo si uno lo miraba
desde la distancia suficiente. No le interesaban los números, las curvas, las
rectas ni ningún otro objeto matemático en particular: lo único que importaba era
la relación entre ellos. «Tenía una sensibilidad extraordinaria a la armonía de
las cosas», recuerda uno de sus discípulos, Luc Illusie. «No es solo que haya introducido
nuevas técnicas y probado grandes teoremas: cambió la forma en que pensamos
sobre las matemáticas. »
Su obsesión fue el espacio y una
de sus mayores genialidades fue expandir la noción del punto. Ante la mirada de
Grothendieck, el humilde punto dejó de ser una posición sin dimensiones para
bullir con complejas estructuras internas. Donde otros veían algo sin profundidad,
tamaño, ancho ni largo, Alexander vio un universo entero. Desde Euclides no se
había propuesto algo tan audaz.
Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año -cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas armadas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera-, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente.
Adi, como lo llamaban
cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue enviado directamente a la
batalla que en Alemania llegó a ser conocida como Kindermord bei Ypern, la
matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados
murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban
su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió
la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su
Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del
frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y
llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas
y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas.