Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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PAQUITA


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 143

Francisco Paulina Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde medía uno sesenta; como era delgado y tenía la cabeza grande, además de muy redonda y medio calva, lo apodaron «el Cerillita”. Su rostro de rasgos blandos era difícil de dibujar; no había nada que destacara en su expresión, salvo el leve bigote fascista y una dichosa papada. Quizás lo más atípico en él era la voz atiplada y llena de aire, dicen que por una sinusitis crónica. Sonaba como una trompetilla dentro de una orza tapada. También dicen que solo tenía un huevo, motivo de burlas incluso entre los suyos. Nunca fue religioso: en la Legión lo llamaban «el general de las tres emes»: sin miedo, sin mujeres y sin misa. Sin embargo, parece que el sentimiento religioso se le despertó -muy convenientemente- empezada la Guerra Civil. En cuanto a su carácter, los que lo conocieron afirman que era afable, aunque algo cenaoscuras; los que lo sufrieron, en cambio, dicen que cruel y acomplejado. Esto último es un rasgo típico en los dictadores modernos: el sentimiento de fracaso y el trauma infantil, así como una grave falta de amo,: Stalin sufrió los malos tratos de un padre borracho e intemperado; Hitler, que de pequeño mojaba la cama, fue igualmente ridiculizado por su progenitor, además de rechazado en la escuela de arte; a Mussolini lo criaron en el odio tras el tajante diagnóstico del médico de la familia, que lo calificó de retrasado mental. Franco se crio igualmente a la sombra de un padre malévolo que pegaba a su esposa embarazada, que le rompió el brazo a su hijo mayor al pillarlo en plena masturbación y que insultaba a Franco por su voz amanerada llamándolo «Paquita”.


LA COLLARES


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 152

La mujer era muy religiosa. Había conocido a Franco en Tarna un día cazando perdices. Su padre no veía con buenos ojos que se casara con alguien de apariencia tan mísera y de donnadie, en vez de con un joven de relumbrón, pero la onerosa de Carmen tenía mejor ojo que su padre, y desde aquella cacería ya nunca más se separó de él. Intuyó que junto a aquel hombrecillo podría mantener su mayor afición aparte de ir a misa: las joyas. Misa y joyas, una relación que de por sí dice más de ella que cualquier biografía. Fue tal el derroche en joyería que la apodaron «la Collares»; incluso le sujetaban el cuello entre varios cuando se quitaba las joyas, pues se le había alargado como a las mujeres padaung.

Aquella noche previa a la huida de Franco hacia el continente africano, Carmen se informó sobre la orientación de los presbiterios de los templos en la costa atlántica francesa y sobre las joyerías de la zona, repitiéndose la creencia de que la que bien vive, bien acaba. Una pensando en diamantes y rezos; el otro, en sangre y palacios.

Por cierto, hay quien dice que la Collares nunca estuvo embarazada, que su hija Carmencita fue fruto de una historia entre el hermano de Franco, Ramón, y una prostituta -apodada la Gaviota- que murió a los días de parir. Las malas lenguas decían que Carmen Polo era estéril, que habría sufrido una vibriosis ocasionada por las bacterias que contenían las perlas vivas que se colgaba del cuello.


FRANCO HA MUERTO


Franco, Julián Casanova, p. 378

En mayo de 1925, el rey Alfonso XIII le había regalado una medalla de la Virgen y le había pedido que la llevara siempre «pues ella, tan familiar y española, seguramente te protegerá». El brazo de santa Teresa formó parte de la atribución de las victorias de Franco, en su guerra y en su paz, a la protección sobrenatural. Durante la ocupación de Málaga en febrero de 1937, un soldado del ejército de Franco halló la mano izquierda de la santa en la maleta abandonada del coronel republicano José Eduardo Villalba. La mano, conservada en un relicario de plata y alhajada con varios anillos, había sido sustraída del convento de las carmelitas descalzas de Ronda. Tras un acto de desagravio, la reliquia fue entregada al Generalísimo, quien a partir de ese momento se sintió siempre guiado por la «Santa de la Raza».

La agonía duró varios días, con disparatadas intervenciones del marqués de Villaverde frente al equipo médico que le trataba, decenas de mandatarios en los pasillos del hospital y colas de penitentes fuera y ante el palacio de El Pardo. En la noche del 19 de noviembre, a petición de su hija, le retiraron los tubos y goteros. Murió oficialmente a las 5.25 de la madrugada del jueves 20 de noviembre de 1975, el mismo día y mes en que había sido fusilado José Antonio Primo de Rivera y que Franco decretó día de luto nacional desde 1938.


INCIPIT 1.546, FRANCO / JULIAN CASANOVA


FRANCISCO FRANCO, LLAMADO EL CAUDILLO

RÉQUIEM

A las 14.15 horas del domingo 23 de noviembre de 1975 una losa de granito de 1.500 kilos cubrió la fosa preparada para dar sepultura al Caudillo en la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, junto a la tumba de José Antonio Primo de Rivera.

El NO-DO y TVE inmortalizaron esos tres días con imágenes y sonidos de la época. Cuando se conoció la noticia del fallecimiento, las banderas ondearon a media asta en todos los edificios públicos. Hubo luto oficial durante treinta días. Se suspendieron todas las clases y actividades académicas en los centros docentes, los espectáculos y actos públicos, las bolsas y las operaciones bancarias con moneda extranjera. Los diarios lanzaron varias ediciones. En las tiendas de confección de Madrid se agotaron las existencias de corbatas negras. A media mañana del 20 de noviembre, el féretro que contenía el cuerpo de Franco fue trasladado desde la Residencia Sanitaria de La Paz hasta el palacio de El Pardo. El cadáver, vestido con su uniforme de capitán general, fue velado de manera privada por su viuda, su hija y sus nietos, miembros del Consejo de Regencia, el presidente del Gobierno y los príncipes de España. Destacaba su cabeza embalsamada, el rostro sereno de un anciano, con las manos cubiertas con guantes blancos.


EVITA PERON


Franco, Julián Casanova, p. 252

En las diferentes visitas por Madrid, Evita, de veintiocho años, y doña Carmen, de cuarenta y siete, rivalizaron en trajes, mantillas y sombreros. Evita pidió a doña Carmen que la llevara a visitar los barrios pobres de Madrid, que había muchos, bajó del coche, recorrió las calles y entró en casas y chabolas. A doña Carmen «no le gustaba ir a los barrios obreros y cada vez que podía los tildaba de "rojos"». Evita declaró después que en su viaje a España había percibido claramente las diferencias entre el régimen peronista y la ·ctadura de Franco y así se lo dijo a doña Carmen, «la gorda»: “La aguanté durante un rato, hasta que no pude más y le dije que su marido no gobernaba con los votos del pueblo sino con la imposición de una victoria. A la gorda no le gustó ni medio».

En sus discursos repitió que Argentina tenía dos banderas, «justicia social, menos pobres y menos ricos», aunque los acompañaba de palabras como «patria», «raza» y se arrodilló ante la Macarena, la Moreneta y la Virgen del Pilar. Abandonó España desde Barcelona: «Tendría que pediros mi corazón, el corazón que os entregué al llegar, pero siento que debo irme con el vuestro en mi pecho, dejándoos para siempre el mío. ¡Adiós, España mía! ¡Viva la España inmortal!». Después viajó a Portugal, Francia, Suiza y fue recibida por el papa Pío XII en el Vaticano. Evita murió de cáncer el 26 de julio de 1952, a los treinta y tres años, cuando su estrella brillaba en lo más alto. Juan Domingo Perón, derrocado en 1955, buscó asilo en varios países de América Latina hasta que lo encontró en España en enero de 1960, junto a María Estela Martínez, «Isabelita», con quien contrajo matrimonio el 5 de enero de 1961. Perón llegó al Gobierno cuando los fascismos habían sido derrotados en Europa y basó su populismo en la legitimidad electoral con la que accedió al poder, en el liderazgo efectivo, en un fuerte nacionalismo y en el apoyo a una cultura popular. Una democracia autoritaria gobernada, como le recordó Evita a doña Carmen, con «los votos del pueblo». En España, el matrimonio Perón vivió primero en Torremolinos y después en Madrid hasta 1972.


Y EL PAZO DE MEIRAS


Franco, Julián Casanova, p. 283

Unos meses antes, en marzo de ese año, Julio Muñoz Rodríguez de Aguilar, gobernador civil de La Coruña, y Pedro Barrié de la Maza, un rico financiero gallego, habían creado una Junta Pro Pazo para adquirir por medio de una «suscripción popular» la mansión rural que había pertenecido a la escritora Emilia Pardo Bazán. La fórmula de «suscripción popular», que en realidad era «suscripción obligatoria», fue utilizada también por otros jerarcas militares como Queipo de Llano o Varela para amasar propiedades. En la tarde de ese 5 de diciembre, la Junta Pro Pazo, tras una recepción a las primeras autoridades civiles y militares, entregó en el salón azul de las Torres de Meirás dos pergaminos con la «ofrenda donación» «al fundador del nuevo Imperio», quien aceptó «el obsequio gustoso, por venir de una donación de mis queridos paisanos». La mansión y finca quedó inscrita en el registro en 1941 a nombre de Franco. Muñoz Rodríguez de Aguilar fue compensado con el cargo del jefe de la Casa Civil del Generalísimo y administrador del Patrimonio Nacional y a Barrié de la Maza Franco le otorgó en 1955 el título del conde de Fenosa.

Doña Carmen se había encaprichado con el palacete Comide de La Coruña y, el 3 de agosto de 1962, Barrié de la Maza, presidente desde 1939 del Banco Pastor, se lo transmitió en propiedad tras adquirirlo en subasta el día anterior José Luis Amor Fernández, subjefe provincial del Movimiento. La casa natal de Franco en El Ferrol, que heredó tras la muerte de su padre en 1942, fue reformada y ampliada años después a voluntad de doña Carmen, quien adquirió muebles, antigüedades, porcelanas de Sargadelos, joyas y pinturas, pagados con fondos municipales. Un discreto caserón se convirtió en un suntuoso palacete.


ESPAÑA 1956


Franco, Julián Casanova, p. 298

Las iniciativas aperturistas de Ruiz-Giménez crearon asimismo tensiones entre dirigentes del SEU vinculados al Movimiento y pequeños grupos disidentes antifranquistas. El principal escenario fue la Universidad de Madrid. Al amparo de Pedro Laín Entralgo el rector nombrado por Ruiz-Giménez, algunos estudiantes de izquierda y falangistas radicales pidieron en enero de 1956 la celebración de un Congreso de Escritores Jóvenes, en el que, como recordó años más tarde Dionisia Ridruejo, «los jóvenes universitarios intercambiaran sus ideas con alguna comodidad, dando ocasión a un diálogo que les esclareciera mejor que a un silencio que les envenenara». Este congreso, apoyado por el propio Ridruejo y por Laín, fue prohibido por el ministro de Gobernación, Blas Pérez, y los estudiantes, entre los que se encontraban Enrique Múgica, Ramón Tamames y Javier Pradera, redactaron un manifiesto, que recogió tres mil firmas, en el que se pedía un sindicato más representativo. Hubo enfrentamientos en la Facultad de Derecho de San Bernardo, con falangistas golpeando a estudiantes, y el 9 de febrero un grupo armado de la Guardia de Franco, que regresaba de la conmemoración del Día del Estudiante Caído, en memoria de Matías Montero, un falangista muerto en unos disturbios en 1934, se enzarzó en una pelea con estudiantes antifranquistas. Uno de los falangistas cayó herido, posiblemente por el disparo accidental de una de las pistolas que llevaban sus compañeros.

La prensa falangista culpó de los incidentes a agitadores comunistas. En el consejo de ministros que se celebró al día siguiente, Franco suspendió por tres meses cinco artículos de aquella seudoconstitución llamada Fuero de los Españoles, cerró la Universidad de Madrid y cesó a Pedro Laín. Como prueba de que muy pocos asuntos eran para él más importantes que la caza, se marchó después a una cacería en compañía de varios ministros


Las manos manchadas de sangre


Filek, Martínez de Pisón, p. 143

Franco había anunciado que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían que temer represalias. Pero sus promesas de clemencia resultaron falsas. Con el fin del conflicto se desató una inmisericorde persecución del adversario político. Cerca de medio millón de republicanos vivían en condiciones deplorables en prisiones y campos de concentración. Un sistema judicial carente de las mínimas garantías condenaba a los soldados del Ejército Popular a las penas más elevadas por auxilio o adhesión a la rebelión. Quienes habían militado en organizaciones políticas o sindicales de izquierda no corrían mejor suerte. Cuando un republicano era condenado a muerte, sus familiares se apresuraban a implorar avales entre gente del bando vencedor. Si el aval procedía de una figura influyente, la pena capital solía ser conmutada por la de treinta años de reclusión. En la primerísima posguerra, más de cincuenta mil republicanos fueron fusilados, lo que da una idea del ensañamiento practicado sobre los vencidos. Además, con arreglo a una aberración jurídica que llevaba el nombre de Ley de Responsabilidades Políticas, las familias de éstos podían ser despojadas de  su patrimonio, convertido en botín de guerra para los vencedores. Hasta los moderados y los tibios corrían serios peligros en la nueva España. Sólo estaban libres de toda sospecha los que con su sacrificio o su valor habían acreditado sobradamente su adhesión a la causa: excautivos, excombatientes, quintacolumnistas, viudas y huérfanos de caídos.


FRANQUISMO


Ovejas negras, Félix de Azúa, p. 138

El franquismo, frente a lo que dicen algunos ideólogos actuales, no era una ideología sino un sistema de dominio económico basado en la corrupción, el apoyo de las oligarquías regionales y el desprecio de la herencia ilustrada, es decir, de las libertades individuales, los derechos ciudadanos, el respeto a las personas jurídicas y así sucesivamente. Frente a los insumisos se alzaban las fuerzas de choque: grupos violentos como los que aporreaban a estudiantes (y cuyo dirigente en Cataluña es hoy un firme pilar del sistema), policía, ejército, jerarquía católica, jueces ultras, sindicalistas orgánicos y demás angelitos.

De toda aquella violencia de Estado apenas queda nada que no sea residual. Los órganos del Régimen, como la prensa del movimiento y los colaboracionistas tipo La Vanguardia Española de Cataluña ( que sigue en las mismas manos), se han ido adaptando a las circunstancias y casi todos pertenecen ahora a los grupos feudales de cada autonomía. Las escuadras criminales han desaparecido y sólo quedan los paramilitares vascos (apoyados por la burguesía más franquista de España) como residuo del totalitarismo nacionalista. Este proceso es lo que seconoce como «el milagro de la transición».

Lo que no ha desaparecido en absoluto son los grandes consorcios y monopolios franquistas, los cuales siguen actuando con la misma impunidad, muchas veces dirigidos por las mismas familias y con las mismas indelicadas maneras en las que se maleducaron durante cuarenta años. Sería realmente encomiable que, además de retirar placas y estatuas, Zapatero dedicara algún esfuerzo a suprimir las prácticas franquistas que todavía usan estas arrogantes compañías, hoy, dicen, privatizadas, como si alguna vez hubieran sido realmente públicas.

El franquismo fáctico de estas empresas se muestra en el desprecio al ciudadano, la concepción del cliente como esclavo o cautivo, la irresponsabilidad de su cúpula de consejeros, los inmensos privilegios de que disfrutan y la irremediable chapuza que producen.


FRANCO Y ESPAÑA


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 63
Un país confortable, con todas sus peculiaridades escrupulosamente conservadas para ser mostrado al exterior, porque el país necesitaba de la aprobación de los forasteros para soportar el peso individual de una secreta vergüenza.
Sobre esta paulatina e irreversible descomposición, Franco había presidido durante cuatro décadas. En contra de la opinión oficial de sus opositores, nunca fue un fascista. No tuvo una ideología precisa ni un proyecto de Estado. Se limitó a ser, del principio al final, una herramienta eficaz al servicio de la España tridentina, petrificada e in tolerante, con cuyos valores se identificaba a ciegas. Con implacable frialdad primero y luego con paciente astucia, aniquiló a la sociedad y luego curó las heridas de los supervivientes con un goteo de inocuos estupefacientes. A cambio de sumisión, trabajo, sacrificios y desvelos, los españoles pudieron ir adquiriendo un pequeño automóvil, un televisor, una segunda residencia y otros lujos que, para ellos, constituían inmerecidas dádivas.
Con el lento paso de los años, de aquel país que un día intentó salir del marasmo de siglos, aunque eso supusiera asomarse al abismo, ya no quedaban ni los despojos. Incluso Franco había sido asimilado al sosegado entorno cotidiano por el inofensivo método de recubrirlo de chistes. Bajo un palio de imitaciones y cuchufletas, lejano, inaccesible, hermético, convertido en un muñeco de pimpampum, Franco dejó que el paso del tiempo y su quebrantada salud lo fueran convirtiendo en la caricatura que los españoles preferían ver en lugar de la monstruosa realidad. De este modo la rebeldía se convirtió en nostalgia y la combatividad, en machacona cantinela de beodo. El ímpetu y el propósito desaparecieron para siempre.

FRANCO Y EL REY


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 55
Al anuncio de la muerte de Franco siguió un periodo de angustiosa incertidumbre para los que vivíamos la situación de lejos. De España no llegaban noticias fidedignas y la prensa local apenas se ocupaba de lo que consideraba un acontecimiento intrascendente. Para los americanos, como para el resto del mundo, Franco había pasado a ser una figura anacrónica, un grotesco remanente de los temibles líderes fascistas, desaparecidos hacía mucho, reconvertido con el tiempo en un blando lacayo de los Estados Unidos, a cuyos dictados se plegaba con el máximo servilismo para ser recompensado con el máximo desprecio.
Nosotros distábamos mucho de compartir aquella visión reduccionista.
-Esto acabará mal.
-Qué va. No pasará nada. Los tiempos son otros. Demasiada inversión extranjera, demasiada estrategia en juego. Nadie está para líos.
-Según esa teoría, nunca pasaría nada.
-Y así es. Sólo hay conflictos en países dejados de la mano de Dios. Repúblicas bananeras, pequeñas regiones africanas o asiáticas que no sabrías situar en el mapa.
A Franco lo enterraron en el Valle de los Caídos, entre unas muestras de dolor y devoción multitudinarias, mal orquestadas, que no convencían a nadie.
Al cabo de una semana el príncipe Juan Carlos, al que habíamos conocido cuando pasó por Nueva York, fue coronado en la iglesia de San Jerónimo el Real.
-Lo primero que ha hecho el tío ha sido jurar fidelidad a las leyes del Movimiento. Estamos apañados.
-No le quedaba otra salida. París bien vale una misa. Además, una cosa es jurar las leyes y otra, cumplirlas. Dale tiempo.

1975


Aguirre el magnífico, Manuel Vicent, p. 149
Puesto que Franco había gobernado España durante treinta y nueve años como un cuartel, llegado el momento su muerte consistió en entregar su cuchara del rancho al sargento, que en este caso era el propio Satanás. El dictador se despidió de este mundo con cinco penas de muerte, que fueron ejecutadas en Hoyo de Manzanares al alba un septiembre negro en la noche más larga, mientras en la radio sonaba Con un sorbito de champán, de Los Brincos, y todo el mundo empezaba a creer que llegaban nuevos tiempos a España. Flanqueado por el brazo incorrupto de Santa Teresa, por el manto de la Virgen del Pilar y por toda suerte de reliquias, incluida la sangre sólida de San Pantaleón, su cuerpo formaba la parte menos interesante de un: circuito de cables adherido a un monitor cibernético. La habitación de la clínica era a medias un cuadro de la España negra de Solana y un puesto de control aeroespacial, preparado para un despegue inmediato. Puertas y rampas.
Antes de ser trasladado al hospital de La Paz, los progres acudían a El Pardo en peregrinación nocturna a enterarse de la cuenta atrás, y el próximo fin del dictador era celebrado con solomillos de choto, de venado, conejos con tomate, platos típicos de los mesones de El Pardo.

FALANGE

El monarca de las sombras, Javier Cercas, p. 75
A principios de 1936 Falange era todavía en España un partido muy minoritario; en las elecciones de febrero de aquel año apenas obtuvo un asiento de diputado: el de José Antonio Primo de Rivera, su líder. El partido como tal no existía en Ibahernando, y sus candidatos nacionales jamás cosecharon allí un solo voto. Pero nada de esto significa que Manuel Mena no hubiera podido ser atraído en Cáceres por el idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vítalisrno irracionalísta y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en toda Europa; al contrario: Falange era un partido que, con su vocación antisisterna, su prestigio jovíal de novedad absoluta, su nimbo irresistible de semiclandestinidad, su rechazo de la distinción tradicional entre derecha e izquierda, su propuesta de una síntesis superadora de ambas, su perfecto caos ideológico, su apuesta simultánea e imposible por el nacionalismo patriótico y la revolución igualitaria y su demagogia cautivadora, parecía fabricado a medida para abducir a un estudiante recién salido de su pueblo que, con apenas dieciséis años, en aquel trance histórico decisivo soñara con acabar de un solo tajo redentor con el miedo y la pobreza que acechaban a su familia y con el   hambre, la humillación y la injusticia que había visto a diario en las calles de su infancia y su adolescencia, todo ello sin poner en peligro el orden social y permitiéndole identificarse además con el elitismo aristocrático de José Antonio, marqués de Estella. No sabernos si don José Cerrillo, el amigo de su familia con el que convivía en Cáceres, pertenecía en aquel momento a Falange; lo más probable es que no. Pero no hay duda de que a principios de aquel año Cáceres era una de las provincias españolas con mayor número de afiliados al partido; tampoco de que Manuel Mena pudo asistir al segundo mitin de José Antonio en Cáceres, el 19 de enero de 1936, en el Norba, un teatro situado en el paseo de Cánovas. Allí pudo ver cómo el joven jefe de Falange se dirigía a una muchedumbre de camaradas venidos de toda Extremadura, enfundado en su camisa azul reglamentaria e interrumpido por el estruendo   reincidente de sus ovaciones, con palabras corno éstas: “La gran tarea de nuestra generación consiste en desmontar el sistema capitalista, cuyas últimas consecuencias fatales son la acumulación de capital en grandes empresas y la proletarización de las masas”. O como éstas: «El proceso de hipertrofia capitalista no acaba más que de dos maneras: o interrumpiéndolo por la decisión, heroica incluso, de algunos que participan en sus ventajas, o aguardando a la catástrofe revolucionaria que, al incendiar el edificio capitalista, pegue fuego de paso a inmensos acervos de cultura y de espiritualidad. Nosotros preferirnos el derribo al incendio”. E incluso corno éstas: «Para cerrar el paso al marxismo no es votos lo que hace falta, sino pechos resueltos, como los de estos veinticuatro camaradas caídos que, por cerrarle el paso, dejaron en la calle sus vidas frescas. Pero hay algo más que hacer que oponerse al marxismo. Hay que hacer a España. Menos "abajo esto", "contra lo otro"y más "Arriba España". "Por España, Una, Grande y Libre." "Por la Patria, el Pan y la Justicia''.

PACO, PACO, PACO

Años lentos, Fernando Aramburu, p. 77
El comienzo de la partida
Me viene ahora a la memoria un lunes caluroso de septiembre, por la tarde, en que volviendo del dentista con mi tía nos llegamos a la calle de Hernani a ver pasar a Franco. Mucha gente se apretaba en las aceras, tanta que nos costó encontrar un hueco, y aun mi tía, que era muy discutidora, estuvo porfiando con un señor hasta que este se dignó hacernos sitio de mala gana a su costado.
Algunas personas sostenían pancartas de bienvenida, y a cada trecho podía verse un policía con gorra de plato y cara de pocos amigos, y también en las azoteas. Numerosos vecinos de los alrededores, atendiendo a la solicitud hecha pública de víspera por el alcalde, habían adornado ventanas y balcones con la bandera de España.

A mi tía lo que la molestaba de la visita anual de Franco era que las tiendas de ultramarinos subían los precios de sus productos y en casa había restricciones de agua, decían que porque la necesitaban para lavar los caballos de la escolta del Generalísimo, aunque yo aquel día sólo vi acompañamiento de motoristas.

FLECHAS Y PELAYOS

La higuera, Ramiro Pinilla, p. 89
-La mujer del anfitrión también debe sentarse con los invitados -dice Eduardo-. iSeñora! -llama. Coge de un brazo a la criada que no es Pancha y que está abriendo una botella de vino-. Di a tu señora que no empezaremos sin ella.
-¿Señora? -arruga la frente la criada que no se llama Pancha.
Entonces aparece Cipriana y dice:
-Yo ya he comido.
-Pues la queremos ver mañana en esta mesa -dice Eduardo.
-Mañana me toca ayuno -dice Cipriana pasando la mirada por todos nosotros, sobre todo por nuestras camisas azules. El desaire no ha podido molestar al alcalde, que no la quiere en la mesa, y, en cuanto a mis compañeros, la miran ofendidos, aunque no se dirigen al alcalde exigiéndole que haga de aquella roja una sumisa mujer española, y yo ni siquiera busco la razón, pues ahora estoy recogiendo la mirada de Cipriana, que no la aparta de mí.
Precedidos de un alboroto aparecen Adolfo y Benito, los hijos del matrimonio. Visten ya el uniforme azul de los Flechas y Pelayos. No saludan a nadie y se pegan por una silla habiendo varias libres.
-iQué se dice al entrar? -les pregunta su padre.
La pareja sigue enzarzada. El alcalde nos previene con una señal confidencial antes de lanzar con calor:
-iFranco, Franco, Franco!
Los mocitos se paran, se ponen firmes, dos brazos se levantan con una energía que conmueve y suenan dos vocecitas capaces de mover al más tibio espíritu patriótico:
-iViva Franco! iArriba España!
Pero mis ojos vuelven a Cipriana, a su mirada. Dice el alcalde: -Han llegado tarde por las clases intensivas de falangismo juvenil que recibe un grupito de elegidos. iHay que recuperar el tiempo perdido! Sus uniformes de Flechas y Pelayos se han cortado y cosido en veinticuatro horas.
La mirada de Cipriana me está trasmitiendo que no me preocupe. Su cocido de garbanzos tiene tan buena aceptación que muchos repiten, y cuando ella pregunta: "¿ Quiénes quieren los sacramentos?», todos nos quedamos suspensos, excepto el alcalde, sus hijos y las dos criadas.
-Se refiere a los tropiezos -se apresura a decir el alcalde.
Los tropiezos resultan ser las costillas, la morcilla, el tocino, el chorizo, el jamón y más ingredientes que en esta tierra de rojos llaman sacramentos, una herejía que por sí sola justificaría la guerra.
-Son cosas de los tripones que andan por ahí -bromea el alcalde.
-Si lo vuelvo a oír fuera de esta casa, al cabrón que lo diga le pego un tiro asegura Luis  Ceberio.
Lo conozco y lo haría.
El alcalde arroja un buen trozo de pan a su mujer con innecesaria violencia.
-Y tú, olvida tus palabrotas del Puerto Viejo, las cosas han cambiado -le dice.

-Tú también saliste de ese Puerto Viejo, donde hablamos bien clarito. Tú mismo decías ihostias! y imecagüen Dios! Hasta antesdeayer

EXAMENES PATRIOTICOS

De Ahora empieza lo malo de J. Marías, p. 415
Sí se tenía probada lealtad al régimen, no hacía falta demostrar los delitos de nadie, bastaba con la acusación para que se dieran por ciertos, con rarísimas excepciones. Colaboró con la policía lo necesario, a la que dio buenos soplos para que lo respetara y creyera. Una vez concluida la limpieza más urgente, supongo que se dio cuenta de que podía aprovechar sus saberes durante largo tiempo y en beneficio propio, si los dosificaba. Reanudó los estudios, decidió especializarse en Pediatría, caminó sobre una alfombra de ahí en adelante. En esos 'Exámenes patrióticos o de Estado' del año 40 -Vidal volvió a trazar comillas en el aire, sería por sus estancias en Houston-, tras la reapertura de la Universidad en el otoño del 39, a quienes hubieran luchado en el bando vencedor y hubieran apoyado por tanto al Glorioso Movimiento Nacional, se les otorgó el 'Aprobado Patriótico' en exámenes públicos a los que se presentaban luciendo el uniforme, algunos con cartuchera y pistola al cinto. Todo esto lo sé por el Doctor Naval, que tiene una edad parecida, un par de años más joven, y que aguantó aquí cierto tiempo hasta que le surgió algo fuera y pudo salir gracias a un pariente suyo diplomático que le consiguió el pasaporte. Así fueron por lo visto las cosas, aunque hoy nos suenen a película exagerada y mala, o a caricatura. Naval, riéndose un poco al contármelo, se imaginaba perfectamente a Van Vechten vestido de Alférez Provisional para la ocasión, pero no creía que llevara la pistola, demasiado calculador ya entonces para tanta fanfarronería. En todo caso se le entregó el título académico oficial, considerándose terminados sus estudios.

TEORIA DE LAS CATASTROFES

De Catalanes todos de Javier Pérez Andújar, p.166-167
La tarde del 24 de septiembre de 1962, festividad de la Virgen de la Merced, protectora de Barcelona, empezó a caer agua de forma sobrehumana. Siguió lloviendo despiadadamente durante toda la noche sobre la ciudad y sobre los pueblos vecinos como hada décadas que no se veía. El agua reclamó su privilegio de paso y entonces los arroyos secos se llenaron de corrientes impetuosas y los ríos crecieron y se salieron de sus cauces. Se convirtió el río Besós en una sedienta, insaciable lengua que recorría puerta por puerta las barracas de todos aquellos desgraciados que no habían tenido más remedio que vivir en sus orillas, mientras las clases altas se estaban forrando con la especulación del suelo y de la vivienda. Camino del mar, aquella riada se llevaba cuanto encontraba de por medio. Chabolas, barracas, casetas ... Todo tipo de vivienda y lo que estas guardaban en su interior. Muebles, maletas, ropas, peines, sartenes, fotos de la familia, recuerdos del pueblo. Se veía gente muerta arrastrada por el río. También vacas y cabras ahogándose en la corriente. Camas como barcas a la deriva. Murieron más de setecientas personas a lo largo de aquella noche. De perdidos al río. Los pobres no tienen más patrimonio que los refranes. Los primeros en hacer correr la noticia del desastre fueron los radioaficionados. Parece que a España siempre la hayan salvado los aficionados.
Después de escuchar misa, un toque de clarín anunció a las 9.47 del martes 3 de octubre la presencia, en la puerta principal del Palacio de Pedralbes, del Rolls-Royce en el que recorrerían las enfangadas zonas de la catástrofe S.E. el Jefe de Estado, el Generalísimo Franco, y el  vicepresidente de gobierno Agustín Muñoz Grandes. Les seguía una infinita caravana de  relucientes vehículos oficiales. Prácticamente todo el Consejo de Ministros: el ministro de la Presidencia, almirante Carrero Blanco, que sabía mucho de las cosas del agua; Jorge Vigón, ministro de Obras Públicas y juanista empedernido en un país de donjuanes; José Solís Ruiz, ministro secretario general del Movimiento, a quien llamaban «la sonrisa del Régimen)) en un régimen que ya había empezado a exportar sonrisas a través del cantante Raphael, el tenista Manolo Santana y el matador el Cordobés; Manuel Fraga Iribarne, ese hombre; Gregario López-Bravo, ministro de Industria y supernumerario del Opus Dei como un superhéroe de la Marvel; Alberto Ullastres, ministro de Comercio y también del Opus Dei ... La imponente comitiva de estas autoridades iba seguida por los automóviles del capitán general de Cataluña Luis de Lamo Peris (especialista en declararles consejos de guerra a todo tipo de anarquistas y comunistas catalanes); el presidente de la Diputación de Barcelona, Joaquín Buxó de Abaigar, marqués de Castell-Florite; el diputado provincial José Luis Bruna de Quixano (que ya en democracia sería condenado a más de veinte años de cárcel por malversación de caudales públicos en la Zona Franca), y el director general de Prensa, Manuel Jiménez Quílez (autor del ensayo Libertad de prensa y soberanía informativa). Partió la larga caravana del franquismo hacia la zona afectada con la misma expectación que irían las familias en coche los domingos a ver. Las fieras en cautividad de Río León Safari.
-Montano, conduce despacio. Que se nos vea bien.
-A la orden, Su Excelencia.
-Escucha una cosa, Montano.
-Usted dirá, Su Excelencia.
-¿Tu familia vive aún en Alcantarilla?
Montano miró por el retrovisor al Caudillo con los ojos húmedos de emoción, y levantó su labio leporino en muestra de gratitud.
-Ahí seguimos, gracias a Dios.
-Pues hacéis muy bien. No sabéis lo que tenéis. Fíjate qué les ha pasado a estos desgraciados por falta de alcantarillas.
Aquella mañana, el Caudillo y su impresionante séquito visitaron las localidades de San Adrián del Besós, Moneada, Ripollet y Sabadell; y por la tarde estuvieron en Molins de Rey, Papiol, Rubí, Les Fonts y Tarrasa.
-Qué bonitos son todos los pueblos de España, ¿verdad, Montano?
-Unos más y otros menos, Su Excelencia.

-¿Qué pasa? ¿No te gusta Barcelona? Ay, cómo sois los españoles. Solo os gusta vuestro pueblo. 

¡PACO PACO PACO¡

De As pontes do ceo de Ramiro Fonte, p.479-480


-¿Aínda non pasou Franco? -pregunta a iso das dez menos cuarto unha que acaba de chegar. Trátase dunha solteirona que non ten nada que facer a aquela hora e vén sentar nunha das titas desocupadas, mesmo debaixo das árbores da estrada.
- Parece que hoxe se atrasa - di un pamparrán que por alí aparece.
Non é a primeira vez que a parella de municipais percorre as rúas e, se por acaso sorprende un bo número de rapazas xogando á ía, comínaas a que vaian á curva saudar o Caudillo.
Os policías da secreta abandonan precipitadamente os coches. Dentro dun Land Rover, un garda civil comunícase por radiofrecuencia. Os axentes de circulación fan soar o silbato. Comezan a deter a tódolos vehículos. Tanto coches particulares como autobuses de transporte. O Ideal que se dirixe a Ferrol, aínda menos mal, tivo sorte, e xa vai pola Ponte de Pedra.
- Xá vén -asegura Francisca Iglesias Calvo. E a primeira dunha serie de falsas alarmas. O vento trae as dúas badaladas das e media.
A xenre fártase de agardar. Pero, á altura da Academia, xa son visibles os faros das motos da Guardia de Franco. Em cuestión de segundos, aparecen no cruzamento. Frean o xusto na curva fechada, e empurran dunha áulica caravana, composta por media ducia de vehículos.
Entón prodúcese unha amigable discusión entre as testemuñas presenciais. Cadaquén recolle unha opinión distinta sobre o acontecemenro.
-¿Onde ía?
-Ia no terceiro.
-Non, que ía no cuarto ...
En certas ocasións óbrase o milagreo Os motoristas reducen a velocidade na recta, e entran devagariño na curva, asubiando. E, detrás deles, así fan tódolos vehículos. A algunhas mulleres dálles tempo a aplaudir e a berrar:
-¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!
No automóbil de maiores dimensións acéndese un ha luz. Aman esquerda do Generalísimo, trémula e sen tento, pero aínda cruel, elabora un aceno que pode estar destinado quer a un cativiño, quer á nai que porta o filio no colo, quer a unha das rapazas en flor.
Paréceme que vin na efixie baleira do vello o rostro dos retratos oficiais. A luz do coche apágase.
-Ia no segundo.
-Non sei ande tes os ollos. Ia no terceiro.
Nesta ocasión tampouco non hai xeito de pór de acordo ás testemuñas presenciais.
Como lles sucede a tódolos tiranos que se apropian durante langas décadas da vida dun pobo, o Generalísimo deixa atrás Pontedeume convencido de que a historia non o condenará. Pensa nun extraordinario reo, nas nerviosas convulsións do peixe prateado na red e do truel, e sostén unha conversa imaxinaria con ese home que guía os seus pasiños curtOS e tementes palas enchoupadas marxes que lamben as augas burbullantes do río. A historia escríbena case sempre os gañadores. Nunca as vítimas. Só, en especiais circunstancias, os sobreviventes.

JAMESIANA

De La Heredera de Henry James, p. 80-81 –ed.de 1952-

- Ten la bondad de decirme lo que ocurre en esta casa - le dijo en un tono que a él le pareció genial, dadas las circunstancias.
- ¿Lo que ocurre, Austin? - exclamó mistress Penniman -. ¿A qué te refieres? Creo que no lo sé. Me parece que anoche la gata gris tuvo cría.
- ¿A sus años? - dijo el doctor _. ¡Es un escándalo! Ten la bondad de ocuparte de que ahoguen a todos los gatitos. Bien, ¿qué más ha sucedido?
- ¡Pobres gatitos! - exclamó mistress Penniman
-. ¡No los ahogaré por nada de este mundo! Su hermano fumó en silencio durante unos minutos.
- Esa simpatía por los gatos, Lavinia -dijo, al fin -, proviene de un elemento felino en tu carácter.
- Los gatos son tan graciosos, tan limpios - dijo mistress Penniman sonriendo.
-Y muy cautelosos. Tú eres el símbolo de la gracia y de la limpieza; también te falta sinceridad.
- A ti no, querido.

FRANCISCO FRANCO

De Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, p. 304-305
Pronto estuvieron a una distancia tan corta que habría podido tocarlos con sólo alargar el brazo el señor duque de la Igualada y el general Franco. Conteniendo la respiración oyó decir a este último con voz metálica:
—Una cosa está fuera de discusión, excelencia. El asunto compete al Ejército español. ¡En exclusiva! Si ese protegido de usted y su cuadrilla de pistoleretes quieren participar en cualquier actividad, deberán hacerlo con total subordinación a la milicia y actuarán cuándo y cómo se les ordene, sin oposición ni antinomia. De no ser así deberán afrontar las consecuencias de su indisciplina. La situación es grave y no podemos permitirnos arbitrariedades, Hágaselo saber a su protegido, excelencia, tal cual se lo he dicho. Simpatizo con el patriotismo de esos muchachos, no lo niego, y me hago cargo de su impaciencia, pero el asunto compete en exclusiva al Ejército español y a nadie más.
—Así mismo se lo transmitiré, mi general, pierda usted cuidado —dijo el duque—, pero el general Mola me había dado a entender.., su punto de vista al respecto...
—Mola es un gran militar, un patriota ejemplar y una gran persona —dijo Franco bajando la voz—, pero a veces le domina el sentimentalismo. Y Queipo de Llano es un tolondrón. La situación es grave y alguien ha de conservar la cabeza clara y la sangre fría. La guerra que se ave cina la ganará el que sepa mantener el orden en sus filas.
Ya se habían alejado y Anthony se deslizaba en la dirección opuesta, cuando vio venir a los otros dos generales y recuperó a toda prisa su rincón sombrío. Desde allí distin
guió el acento vinoso de Queipo de Llano.
—Emilio, si esperamos a que Franquito se decida, nos darán las uvas. Por exceso de tino nos ganarán la mano los bolcheviques, y entonces ya me dirás tú cómo lidiamos ese toro. Créeme, Emilio: el que da primero da dos veces.
—No es fácil coordinar a tanta gente. Hay mucha indecisión y mucha prudencia
—Entonces, no coordinemos. Echa a la calle a los requetés, Emilio, Si hay una escabechina, se acabarán las vacilaciones, En lo esencial, todo el mundo está de acuerdo. El lastre son las discrepancias y las rencillas personales Por no hablar del canguelo de algunos, o de la ambición de otros: Sanjurjo quiere dirigir la sublevación; Goded espera lo mismo, y Franquito a la chita callando se alzará con el santo y la limosna si no andamos listos. Si tú no tomas el mando, no iremos a ninguna parte, Emilio, te lo digo yo.
—Te escucho, Gonzalo, pero no conviene precipitarse Tú todo lo arreglas a cañonazos y aquí la cosa tiene su complejidad.

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