Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.206. PRISION PERPETUA / RICARDO PIGLIA


Una vez mi padre me dio un consejo que nunca pude olvidar:«¡También los paranoicos tienen enemigos!», me dijo, a los gritos, en el teléfono, tratando de hacerse entender desde la lejanía, en febrero o marzo de 1957. No era un consejo pero siempre lo usé así: una máxima privada que condensa la experiencia de una vida. Esa frase era el fin de un relato, el cristal donde se reflejaba la catástrofe. Mi padre había estado casi un año preso porque salió a defender a Perón en el 55 y de golpe la historia argentina le parecía un complot tramado para destruirlo.

Se crió en el campo, un médico de provincia que cuando tomaba y estaba alegre enfurecía a mi madre cantando «La pulpera de Santa Lucía» con una variante obscena que había aprendido en un prostíbulo de Trenque Lauquen. Se hizo peronista en el 45 y fue peronista toda la vida. Los acontecimientos se encadenaron para hacerlo abdicar pero él se mantuvo firme. Salió de la cárcel y se siguió reuniendo con los compañeros del movimiento (como los llamaba), que venían a casa a imaginar la vuelta de Perón.

Hay hombres sobrios y aplomados, a los que la desgracia los quiebra por adentro, sin que se vea. No saben quejarse, son ceremoniosos y gentiles, piensan que los demás actuarán con la misma magnanimidad que ellos usan en la vida.


PULP FICTION


Cuentos completos, Ricardo Piglia, p. 780

Le gustaba el título, remitía a las revistas de bajo precio, hechas con pulpa de papel, sobre todo Black-Mask, donde habían publicado sus relatos Hammet, Chandler, Goodis; recordó, mientras pasaban en la pantalla la publicidad comercial y la cola de la próxima película, al “Capitán” Joseph T. Shaw, que estaba a cargo de esa pulp magazine y que no había escrito nunca una línea pero fue el verdadero creador del género policial duro. Las luces de la sala se habían prendido y luego se habían apagado creando la expectativa del oscuro ritual imaginario que iba a empezar, y Renzi se descubrió viendo la frase que estaba pensando, como si  estuviera escrita ante sus ojos: «Y esto es, sin duda, lo que reconoce Hammetr al dedicarle a Shaw Cosecha roja, su primera novela.”

La película no tenía mucho que ver con la historia del género, no era una remake al estilo de Chínatown, más bien estaba en una serie nueva, el neo-noir, o polar, no se trataba de encuadrarla en el género, pensaba con el área izquierda del, cerebro, Renzi, mientras que con la zona derecha se enganchaba con la película y sentía la violencia de la acción con emociones varias. Sorpresa, satisfacción, serenidad y también seriedad. Los diálogos, por ejemplo, eran muy buenos, pensaría luego, al salir del cine, conversando con Carola, su mujer, con la que se encontraría en el Babieca, en la esquina de Riobamba, ella no iba a ver películas de moda y menos historias fabricadas por Hollywood para producir efectos universales en un público que tenía una edad mental, emocional y sexual, diría ella más tarde, comentando la película en la cena, de doce años o catorce años, para quienes el cine norteamericano estaba hecho desde que la tele, y ahora internet y los teléfonos celulares, les quitaban audiencia a las películas, para no hablar de los conciertos de rack y sus efectos lumínicos, con bengalas, estallidos y muñequitos disfrazados de músicos contraculturales. Ella sonreiría, imbatible y hermosa, tomando bitter con Coca-Cola en el bar donde se habían citado cuando Emilio hubiera salido del cine. «No voy por principios a ver ninguna película que no esté prohibida para menores de dieciocho años. Pronto van a prohibir para menores de veintidós años las películas de Godard, de Cassavettes, de Tarkovski y de Antonioni.» Era cierto, coincidiría Emilio, que en el cine, en las retrospectivas de Ozu o de Bergman, se encontraban en el hall del San Martín con veteranos como ellos, viejos amigos, gente grande que pertenecía a una cultura olvidada.


K


Cuentos completos, Piglia, p 277

La historia de las relaciones entre Kafka y Max Brod es conocida: en el momento de morir, Kafka le ordena a su amigo que queme todos sus manuscritos, es decir, que destruya El castillo, El proceso, etc., como si nunca hubieran sido escritos. Gesto ambiguo, habría que decir que ese mandato es el último gran relato kafkiano. Max Brod se ve sumergido en el mismo sentimiento de culpa y de postergación típico en los textos que debe destruir. Está obligado a elegir: ¿traiciona a su amigo o traicionar a la literatura? Fidelidad contradictoria, doble ley que lo sitúa -como vemos- en el espacio clásico de Kafka. Sin embargo no es aventurado pensar que la gran duda (y en esto también tiene algo de razón Kostia), la gran tentación de Max Brod no fue publicar los textos o quemarlos. En el juego de esta doble obediencia puedo pensar que la respuesta del enigma estaba en la orden misma: si Kafka hubiera deseado realmente destruir sus manuscritos, él mismo los habría quemado. Tampoco es aventurado pensar que otra duda asedió en algún momento a Max Brod. La duda fue (debió de ser) esta: «Nadie -salvo yo, salvo Kafka que ha muerto- conoce la existencia de estos escritos. Entonces: ¿publicarlos con el nombre de Kafka o firmarlos y hacerlos aparecer como míos? Estos textos ya no son de nadie: no son de su autor, que no los quiso. No son de nadie.” ¿La inmortalidad, la fama o el simple papel de albacea, del suave y humilde ayudante que dedica su vida a la mayor gloria de un escritor entrañable pero desconocido? Reverso de Eróstrato (que fascinó a Kafka), la elección de Max Brod lo ennoblece pero a la vez -por una extraña paradoja, otra vez, típica de Kafka- lo aniquila. ¿No hubiera complacido mejor (¿no podemos pensar que eso deseaba?) al genio distante y perverso de Franz Kafka un Max Brod que usurpa la fama del difunto y que en el momento de morir revela a alguien (a otro albacea servicial, a otro Max Brod) la propiedad secreta de esos textos?


ENTENDER A LAS MUJERES

Cuentos completos, Piglia, p. 151

Quienes entendían a las mujeres escribían libros muy elegantes: Flaubert, Henry James. Quienes no las entendían escribían libros caóticos: Melville, Malcolm Lowry. Había que hacer una teoría sobre esa relación. Kerouac había escrito su confesión en una noche y Pavese su libro a lo largo de treinta años, pero la cuestión era la misma. Connolly: un verano en Londres. Todo era una cuestión de intensidad. De metamorfosis.

Los libros escritos por amor a una mujer, durante el amor o después del amor. Se podría hacer una cartografía. Los que no pueden separarse de una mujer (F. Scott Fitzgerald) y escriben sobre ella. Los que se separan de todas las mujeres (Kafka) y no escriben sobre ellas en absoluto. Los que son abandonados (Pavese) y le escriben a ella. Transformaciones de Beatrice.

Entender a las mujeres. Pavese era incapaz. Pero había sospechado algo. Renzi recordó una observación muy sagaz en el principio mismo de El oficio de vivir y la leyó ahora en el Manuscrito, en la vitrina.

«2/0ctubre/1936. Estoy desolado por haber descuidado siempre hasta ahora las formas, las maneras, por no haberme hecho un estilo de comportamiento. ¿Por qué las mujeres en general tienen mejores maneras que los hombres? Porque deben esperarlo todo de su efecto formal, mientras los hombres lo esperan todo del contenido de sus actos. Hay que volverse más mujer.»

Si se hubiera vuelto más mujer se habría salvado. Buscaba la forma en la vida. Así se entiende el título del Diario (y su fracaso). Solo había aprendido a escribir.


CESARE PAVESE


Cuentos completos, Piglia, p. 144

Esa misma tarde una amiga de Pavese, Bona, lo encontró por casualidad en la via Po. Estaban en plena feria de agosto, la ciudad vacía, como ahora. Con la mirada ardiente, Pavese   caminaba a grandes pasos y parecía afiebrado. Bona tuvo que seguirlo hasta el cercano café Florio. Estaba enamorado de una actriz norteamericana y ella lo había abandonado. No podía dejar de pensar en esa mujer. La veía en todos lados. Pavese le dijo que estaba en Turín de incógnito, que quería descansar, nadie tenía que saber que lo había visto. Estuvo firme y sosegado, implacable y exacto. Fueron luego a cenar a una cervecería a la orilla del Po. Charlaron con serenidad, de cosas sin importancia. De pronto, mirando el agua oscura del río, observó que no le habría gustado ahogarse. «Mejor el veneno”, dijo. Se separaron hacia medianoche.

Luego, presumiblemente, Pavese había estado rondando la ciudad vacía hasta que al fin había vuelto a subir al hotel tarde en la noche. El recepcionista lo había visto entrar y Pavese le había pedido que no lo molestaran. La luz estuvo encendida toda la noche. A la madrugada del 18 de agosto, escribió la última página de su Diario.

Lo que tememos más secretamente siempre ocurre. Escribo: oh, tú, ten piedad ¿Y luego? Basta un poco de coraje. Cuanto más determinado y preciso el dolor, más se debate el imtinto de vida, y cae la idea del suicidio. Al pensar en ello, parecía fácil. Sin embargo mujeres frágiles lo han hecho. Se requiere humildad, no orgullo. Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.

El Diario terminaba ahí. Todo estaba decidido.

Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse. Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía. Busca la  fuerza para matarse. Qué hizo. Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo.


INCIPIT 1.179. CUENTOS COMPLETOS / RICARDO PIGLIA


PRÓLOGO

(a la edición de 2006)

La primera edición de La invasión es de 1967 y no he vuelto a publicarlo desde entonces. V arias veces estuve por reeditarlo y siempre me distrajeron otros proyectos. En un sentido me gustaría imaginarlo como un manuscrito perdido y vuelto a encontrar; una obra olvidada en un cajón.

Cuarenta años es un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo. No necesariamente es este el caso, ni tampoco la supervivencia es una virtud en sí misma (muchos libros pésimos han sobrevivido y libros excelentes han sido negados), pero de todos modos si me decido a publicarlo es porque no le veo demasiadas diferencias con los libros que he escrito desde entonces. N o me parece que un escritor escriba mejor a medida que avanza o que mejore con los años (a menudo es más bien al revés). A la larga pensarnos que escribimos distinto y siempre escribimos del mismo modo, con los mismos errores y los mismos -escasos y siempre sorpresivos- aciertos.

He releído y revisado varias veces los diez cuentos de la edición original y he realizado varias modificaciones y algunos ajustes. En general se trató sobre todo de corres y de supresiones. Ya  sabemos que -como decía Hemingway- todo lo que podamos sacar de un cuento lo va a mejorar. El único relato que reescribí por completo fue “Tarde de amor”. No me convencía la primera versión y poco tiempo después de publicar el libro volví a escribirlo manteniendo la situación inicial pero cambiando los personajes.


INCIPIT 1.171. NOMBRE FALSO / PIGLIA


NOTA PRELIMINAR

Escribí los relatos de este libro en distintas épocas pero siempre en el mismo lugar. En aquel tiempo vivía en un departamento de la calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires, y cuando pienso en estos cuentos me acuerdo de una ventana que daba a las azoteas y las cúpulas y los edificios de la ciudad. Supongo que el hecho de haberlos escrito mirando cada tanto la claridad de esa ventana les da para mí cierta unidad: como si las historias hubieran estado ahí, del otro lado del vidrio.

«Las actas del juicio”, “Mata Hari 55”, y «El Laucha Benítez” son de mediados de los años 60 y me traen el recuerdo de una época en la que descubría las múltiples posibilidades de la literatura y las extrañas tensiones entre ficción y realidad. Inspirados en hechos reales (en un caso, el asesinato del general Urquiza, un caudillo federal del siglo XIX; en otro caso, las actividades clandestinas de los «comandos civiles» que participaron en la revolución que derrocó a Perón en 1955


INCIPIT 830. RESPIRACION ARTIFICIAL / RICARDO PIGLIA

¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él, en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan joven que al principio me costó reconocerla. La foto es de 1941; atrás él había escrito la fecha y después, como si buscara orientarme, transcribió las dos líneas del poema inglés que ahora sirve de epígrafe a este relato. No hubo otra tragedia en la historia de mi familia; ningún otro héroe digno de ser recordado. Varias versiones circulaban en secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna, mujer que llevaba el increíble  nombre de Esperancita y de la que se decía que era delicada del corazón y que siempre dormía con la luz encendida y que en sus horas de melancolía rezaba en voz alta para que Dios pudiera oírla, el hermano de mi madre había desaparecido a los seis

POR FIN ME SUCEDIO ALGO

De Respiración artifical de Ricardo Piglia, p.26
Era siempre elusivo y si hubiera que buscar un lugar donde pueda decirse que quiso anticipar lo que pasó, sólo podría encontrar esta especie de frágil estampa. Estoy convencido de que nunca nos sucede nada que no hayamos previsto, nada pata lo que no estemos preparados.   Nos han tocado malos tiempos, como a todos los hombres, y hay que aprender a vivir sin ilusiones. El amigo de un amigo tuvo una vez un accidente: un tipo medio loco lo atacó con una navaja y lo tuvo secuestrado en el baño de un bar casi tres horas. Quería que le dieran un auto y pasaporte y que lo dejaran cruzar al Brasil, de lo contrario iba a tener que matarlo (al amigo de mi amigo). El loco temblaba como un endemoniado y le puso la navaja en la garganta y en un momento dado lo obligó a arrodillarse y a rezar el padrenuestro. La cosa se iba poniendo cada vez peor, cuando de golpe al loco se le pasó el revire y soltó el arma y empezó a pedirle disculpas a codo el mundo. Un momento de nervios lo tiene cualquiera, decía. El amigo de mi amigo salió del baño caminando como dormido y se apoyó en una pared y dijo: Por fin me ha sucedido algo. Por fin me ha sucedido algo, ¿no es sensacional?, me escribía Maggi.

AMOR Y TEMBLOR

De Blanco nocturno, de Ricardo Piglia, p. 133
—La ética es como el amor —dijo Renzi—, Se vive en presente, las consecuencias no importan. Si uno piensa en el pasado es porque ya perdió la pasión.
—Tenés que escribir estas grandes verdades nocturnas.
—Claro —dijo Renzi—. El sacrificio más grande es acatar la segunda ética (1)
—,Segunda ética? Demasiado para mí... Disculpen, señores periodistas, pero se me hace tarde,.,
—dijo Cueto, y empezó a levantarse,
(1). En relación con el crimen político, G. Lukács, en sus notas para un libro sobre Dostoievski (1916), cita a Bakunin:
El asesinato no está permitido, es una culpa absoluta e imperdonable; ciertamente no puede, pero debe ser ejecutado. Como el heroe trágico, el auténtico revolucionario afronta el mal y acepta sus consecuencias. Sólo el crimen realizado por el hombre que sabe firmemente y fuera de toda duda que el asesinato no puede ser aprobado bajo ninguna circunstancia, es de naturaleza moral. De ese modo Lukács distingue entre la primera ética —o ética kantiana-, que delimita los deberes según las necesidades inmediatas de la sociedad, y la segunda ética, centrada en la trascendencia. Y Lukács cita Temor y temblor, de Kierkegaard:
El contacto directo con la trascendencia en la vida lleva al crimen, a la locura y al absurdo (nota de Renzi).

INCIPIT 268. BLANCO NOCTURNO / RICARDO PIGLIA


Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un menaje à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.
Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.
13

ECONOMIA

De Blanco nocturno, de Ricardo Vigila, p. 288
«Imputar a los medios de producción industrial una acción perniciosa sobre los afectos es reconocerles una potencia moral. ¿Acaso las acciones económicas no forman una estructura de sentimientos constituida por las reacciones y las emociones? Hay una sexualidad en la economía que excede la normalidad conyugal destinada a la reproducción natural» (dictado a Schultz).

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