Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.305. AQUI COMEZA O MAR / BLANCA RIESTRA


Naquel intre detido, naquel lugar sobre un recanto, coincidiron forzas ignotas. A adolescente X está sentada fronte ao comezo de todo.

Ela, claro, non sabe que sexa o comezo de cousa ningunha, está máis ben convencida de levar moito tempo no asunto. E está mesmo farta. Farta, di, deixando que as palabras saian da boca como bólas. Bota bólas que caen para adiante, aos seus pés. Onte  mercou nuns almacéns vetustos da fonte de San Andrés un vestido de flores acrílicas que ela considera o máis do punk. Teno sobre o leito, estendido, xunto uns botíns de punteira, e olla para el con algo semellante ao desexo.

Pero hoxe certa tristura faille entender que non paga a pena intentar nada.

Que que intenta? Pois intenta divertirse. Máis adiante, verase forzada a procurar outras causas que aínda non dá imaxinado, cousas inextricables, mesmo infames: gañar cartas, pagar o aluguer, ser feliz. Agora non, agora non quere máis que troulear.

Sentada no chan, enriba dela, arde un póster dos Pagues. Acaba de decidir que non sairá. É unha decisión firme, repítese, mentres pecha o seu diario infantil, onde vai anotando estados de ánimo


INCIPIT 1.304. UNA HISTORIA RIDICULA / LUIS LANDER0


No creo pecar de orgullo, como demostraré a lo largo de mi exposición, si comienzo diciendo que soy un hombre con ciertas cualidades. Quizá no resulte especialmente apuesto y llamativo, pero sí educado, discreto, concienzudo, culto y buen conversador. Todos cuantos me conocen saben, o deberían saber, de mi honradez y rectitud. En otros tiempos tuve un buen puesto de trabajo y un piso en propiedad. ¿Mi visión del mundo y de la vida? Trágica y trascendente. ¿Mi historia? De amor, de odio, de venganzas, de burlas y de ofensas. Me llamo Marcial Pérez Armel, resido en Madrid, y tengo en muy alta estima el viejo concepto del honor.

Algún malicioso dirá: «Sí, pero careces de estudios superiores». A lo que yo respondería que, sobre este asunto de los estudios, habría mucho que hablar. Fidel y Víctor, por ejemplo, los otros dos pretendientes de Pepita, y por tanto rivales míos, uno era historiador, y el otro violinista.


PORNO

El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 99

Sentencia de pasillo: «Si algo corre, vuela, navega o folla, la mejor inversión es alquilar, nunca comprar». Esta máxima la escucho muchas veces en la oficina, siempre a los chicos, siempre cuando no hay tías a la vista. Y después me río con ellos, como uno más.

He aprendido a reírme de los chistes preferidos de mis compañeros y de algunos jefes porque me gusta estar de buen humor y porque no quiero ser una amargada ni tener cara de Fiera. Al contrario: soy tan divertida y tan cómplice que formo parte del grupo de WhatsApp de directivos y mandos intermedios, donde no participa ninguna otra mujer. Es el grupo adonde llegan los comentarios jugosos sobre las reuniones importantes, y también ofertas de buenos vinos, rumores sobre ascensos, despidos anunciados en primicia, infidelidades y fichajes sexualmente interesantes, con especial atención a las becarias. Se comparten también muchas noticias de prensa deportiva y algunas económicas relativas a fusiones, adquisiciones y posibilidades laborales. Se compara la Cialis con la Viagra porque hay muchos tíos mayores que quieren follar como si fueran jóvenes, y en general abundan los chistes sobre putas (tienen una verdadera fijación con ellas, aunque creo que más de la mitad de ellos no se ha atrevido nunca a pagar por sexo). En cambio, todos consumen porno gratis en internet y bromean sobre Pornhub con la naturalidad con que un niño lo hace sobre TikTok. PornHub es el sexto portal más visitado del mundo, con 42. 000 millones de visitas al año y una media de 115 millones diarias. El perfil sociodemográfico de los usuarios es casi idéntico en cualquier rincón del planeta y el 70 por ciento son varones, así que el producto está hecho para sus gustos sexuales, que, por otro lado, se formaron viendo esta clase de porno.


EL LOBO DE WALL STREET


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 70

Estamos en 2013, me he convertido en una profesional Over 100 y Martín Scorsese acaba de estrenar su película sobre Wall Street. En el trabajo todo el mundo la ha visto y todos aseguran que es genial; yo también lo digo, aunque no  entiendo bien qué tiene que ver con nosotros ni por qué nos gusta tanto. En todo caso, más allá de las inclinaciones de compañeros, tiene cinco nominaciones a los Oscars y la crítica internacional asegura que Leonardo di Caprio está inmenso en el papel de Jarcian Belfort, el broker multimillonario de origen humilde en quien se inspira la cinta. La historia maneja dos tesis fundamentales: que la acumulación de dinero es un deseo íntimo de todas las personas del mundo, y que a todos nos encantaría triunfar como Belfort, aunque sea estafando, porque el dinero es en realidad una forma de alquimia contemporánea: lo único capaz de convertir el mal en  bien. Por eso resulta que ganar dinero es siempre admirable y bueno, incluso estafando, porque entonces es también síntoma de inteligencia. Siempre que no te pillen. Como si lo mejor para uno no tuviera nada que ver con lo mejor para la mayoría. Como si todos deseáramos llevar los trajes carísimos que viste Belfort, esnifar sus drogas, subir en su yate, vivir en su ático, acostarnos con su mujer y follarnos a sus putas. La película retrata el capitalismo salvaje de los noventa, pero despierta una increíble empatía entre la audiencia masculina de los dos mil. Como si trabajáramos rodeados de gente así. O rodeadas de tíos así.


ARPIAS


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 171

De pronto, se oyó de nuevo el sarcasmo de aquella voz odiosa diciendo: «¿Romántico, poeta, bohemio y matarife?, ¿vísceras de día y versos por la noche?». Y yo repliqué que, precisamente, no hay artista romántico que no tenga una parte sombría, marginal y canalla. Yo admiro a esos vagabundos que no han entregado a la miseria las mejores prendas de su carácter: esa es la verdadera elegancia y la verdadera dignidad. Y cuando la voz preguntó que quién me había dicho a mí que yo servía para ser escritor y bohemio, yo dije sin más que donde no llegase el talento llegaría la apariencia. En el amor, todas las trampas para conquistar a la amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo, todos fingimos ser mejores y más atractivos de lo que en verdad somos. Los pájaros hinchan el papo y esponjan el plumaje, el sapo y la cigarra cantan con una potencia que excede a su tamaño, el león su melena, el ciervo el aparato de su cuerna, qué menos que yo me engalanase con las modestas prendas de un escritor en ciernes. Así fue como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté convertido en un ente sublime y ridículo a la vez, y también a la vez sabio y estúpido, como esos animales fabulosos que tenían a un tiempo garras, pico y pezuñas.


MARCIAL


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 119

También comprendo la música clásica, y la admiro y respeto. Aunque no la oigo mucho, no me pierdo jamás el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Otro ejemplo. Yo he escuchado versos de García Lorca, imposibles de entender de tan raros y oscuros, pero algo en mi corazón decía: «Son bellos, son terribles, y están cargados de verdad». Yo tuve un profesor que me hizo leer obras que me gustaron, a pesar de que tampoco yo soy un gran lector de libros de literatura: las Leyendas y Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, Misericordia de Pérez Galdós, Crimen y castigo de Dostoievski, el Lazarillo, Miguel de Unamuno y su sentimiento trágico de la vida, e incluso el Quijote. Yo estoy abierto a todo, aunque he de decir que tengo debilidad por las novelas policíacas, de detectives deductivos. Pero, por encima de todo, mi lectura favorita, además del diccionario ilustrado, es una enciclopedia universal que tengo en cinco gruesos tomos, y algunas revistas de divulgación, entre ellas el Reader's Digest, que es de lo más amena e instructiva, y de la que poseo cientos de ejemplares, comprados en lotes de segunda mano. Me gusta la brevedad y la variedad de temas, como creo que se habrá observado ya en esta exposición.

Pero, volviendo al cuento, al escuchar que Pepita era experta en arte, y que ella misma era artista, a mí se me oscureció el mundo. He aquí que el amor, y su tiranía, me obligaba una vez más a fingir, a añadir nuevas trazas a mi personalidad, a decir, como efectivamente dije, que, aunque no entendía mucho de arte, a mí el arte me subyugaba, esa misma odiosa palabra usé, y que me encantaría ver algunas pinturas y dibujos suyos.


INCIPIT. 1.303. LA REINA VICTORIA / LYTTON STRACHEY


En 1817, el seis de noviembre, murió la princesa Charlotte, hija única del príncipe Regente, heredera de la corona de Inglaterra. No pudo decirse que su corta vida hubiera sido muy feliz. Era de naturaleza impulsiva, caprichosa y vehemente, y aunque siempre quiso ser libre, no lo logró. Había crecido entre violentas disputas familiares, se la había separado tempranamente de una madre excéntrica y de mala reputación, y la habían dejado al cuidado de un padre egoísta y de mala reputación. Al cumplir diecisiete años, su padre decidió que tenía que casarse con el príncipe de Orange; al principio, ella se mostró de acuerdo; pero, de repente, se enamoró del príncipe Augusto de Prusia, y decidió anular el compromiso previo. No fue éste su primer amor, ya antes había mantenido una relación epistolar clandestina con un capitán, un tal Hess. El príncipe Augusto estaba casado, se trataba de un matrimonio morganático; pero ella no lo sabía, y él no se lo dijo. Mientras ella daba largas a las negociaciones con el príncipe de Orange, los soberanos coligados -en junio de 1814- llegaron a Londres para celebrar la victoria. Con ellos, en el séquito del emperador de Rusia, llegó el joven y apuesto príncipe  Leopoldo de Sajonia-Coburgo. Pretendió que la Princesa se fijara en él, pero ella, con el corazón en otra parte, no le hizo mucho caso. Al mes siguiente, el príncipe Regente, tras descubrir que su hija se veía en secreto con el príncipe Augusto, decidió aparecer en escena, y, tras despedir a todo el servicio de la Princesa, la condenó a prisión incondicional en Windsor Park. «¡Dios todopoderoso me otorgue paciencia!», exclamó ella, hincándose de rodillas, presa de angustiada agitación; pero se puso en pie de un salto, bajó corriendo por las escaleras de atrás, salió a la calle, detuvo un carruaje de alquiler, y se dirigió a casa de su madre en Bayswater.

INICPIT 1.302. AGUA Y JABON / MARTA D. RIEZU


La anécdota es conocida. Preguntaron a Cecil Beaton qué es la elegancia, y respondió: agua y jabón. Que es lo mismo que decir: lo elegante es lo sencillo, lo honesto, lo de toda la vida.

La elegancia involuntaria no tiene que ver con la moda, ni con el dinero, ni con lo estético. La asocio a la persona que aporta y apacigua, a la alegría discreta, al gesto generoso. Ensancha y afina nuestro mundo. Está siempre cerca del silencio, el bien común, la paciencia, la naturaleza, la voluntad de construir y conservar.

Si la elegancia les suena demasiado pretenciosa, piensen en la gracia. Es más viva y menos solemne, y también tiene carácter e integridad. Se trata, en fin, de una cualidad escurridiza no siempre evidente, y que puede surgir en cualquier momento, si las circunstancias son las adecuadas.

Sé que es una paradoja escribir sobre lo que prefiere pasar inadvertido y huye del mercadeo y el ruido. Lo que aparece en este libro no necesita ser reivindicado, pero creo que algo interesante merece recibir halagos una y otra vez. Disfruto mucho la complicidad de la admiración conjunta y me he permitido el entusiasmo del aprendiz.


LOS DEDOS DE LOS PIES


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 69

En toda mi vida profesional, jamás he visto los dedos de los pies de ningún hombre en el trabajo. Nuestro cuerpo, en cambio, está siempre expuesto. Y no lo digo solo por las sandalias. Un buen cuerpo en una mujer que va al trabajo sigue siendo lo mismo que un traje caro en el cuerpo de un hombre.

En todo caso, ni Directiva Decepcionada ni yo estamos dispuestas a mostrar el menor atisbo de debilidad y menos aún de victimismo. Así que tirarnos el papel de manos al cesto de mimbre que hay bajo el lavabo y salimos como si nada. Ella pegada a sus pestañas y yo a mi determinación. Porque yo, ya lo he decidido, voy a ser aceptada en el bando de los chicos.

De todas formas, aunque pensaba pedir una hamburguesa de buey, cambio de parecer después de sus indicaciones y me inclino por el steak tartare con pan de cristal y patata rejilla. Los remilgos de Directiva Decepcionada me parecen excesivos, pero comprendo que me conviene ser más aséptica con la comida. De primer plato, el señor Over500 pide espárragos blancos tibios con vinagreta de tomates y cuando llegan se los come con la mano. Se cuelga del cuello una servilleta desplegada a modo de babero y permite que el aceite se deslice suavemente por cada pieza. Me doy cuenta de que el espárrago en su mano entrando, tierno, en su boca es una forma de poder. Los dos hombres más jóvenes de la mesa, mi competencia directa, pedirán hamburguesa de buey y tataki de atún rojo, respectivamente. Me digo que el del tataki puede ser un rival. El otro ha pedido kétchup, así que parece un niño malcriado. Diría que está perdido, salvo que sea el hijo mimado de alguien que importe.


MARTINEZ SORIA


Agua y jabón, Marta D. Riezu, p. 33

Martínez Soria me gusta dirigido por Sáenz de Heredia o Mariano Ozores, pero sus mejores películas las firmó con Pedro Lazaga: El turismo es un gran invento, Abuelo Made in Spain, Hay que educar a papá, Estoy hecho un chaval ¡ Vaya par de gemelos!, y su cúspide: la sainetesca La ciudad no es para mí, en origen una obra de teatro protagonizada por él y firmada con seudónimo por Lázaro Carreter. Tramas tardofranquistas sobre esfuerzo, honor, ahorro y familia, sin mención alguna a la política.
En La ciudad no es para mí Martínez Soria encarna al arquetipo de pueblerino inocente, incontaminado por las maldades de la urbe. Ese cateto encantador (supuestamente fácil de timar, pero astuto) viste boina, faja, pantalones de pana, señala las cosas con la garrota, tiene un fortísimo acento maño y juega al mus. Y bebe anisete, como el Johnny Ola de El Padrino. La incorrección política de esas películas chirriaba incluso hace décadas. La aprensión hacia el extranjero (el miedo a los negros), las manos muy largas (tocando un escote: «quería ver si esto era un lunarcico, o una cagadica de mosca»), el deseo hacia las turistas en contraposición a la esposa fea y castradora, el miedo a que una hija se quede «embarazada de un plimboy o el recelo al universitario progre («usted se cree que porque tiene el bechillerato nos va a avasallar a todos»).
Cuanto más se hace pasar por tonto alguien, más listo sospecho que es. La elegancia involuntaria de Martínez Soria fue sintonizar perfectamente con los desvelos de la España de la posguerra. Vivió en la Gracia rumbera, tuvo el carnet de la CNT y representó a Shakespeare y Moliere. El rústico que miraba los muslos de las suecas programaba en su teatro -el T alía, que compró en 1960- La casa de Bernarda Alba, con Ismael Merlo haciendo de Bernarda. Era un maniático del orden y la dicción, escrupuloso con las deudas. Un hombre de pocas palabras, serio, muy aragonés.

Algunas notas sobre la indumentaria


Agua y jabón, Marta D. Riezu, p. 78.

Afirmar que si vas vestido con corrección se te abren las puertas es impopular, pero es cierto, y hay que aprovecharlo a nuestro favor. La ropa es un efecto multiplicador de lo que somos; si alguien es educadísimo, bondadoso e inteligente y encima viste bien, imaginen la potencia del resultado. Todo lo primero es lo crucial, pero lo último es la capa de barniz. Las apariencias seguirán siendo decisivas, y obligan a estar a la altura. Aquí entraría el manoseado debate de qué es ir bien vestido. Para mí se resume en: ir limpio y preparado para tu desempeño. La propiedad va unida a los límites, que son líneas imaginarias sanísimas que todos necesitamos aprender ( cuanto antes mejor) para no hacer el ridículo y prosperar en la vida. La pulcritud y la compostura no tienen ideología, ni van ligadas a la renta ni al apellido ni al cargo.

Ahorra mucho tiempo vestir con restricciones y tener un uniforme identificativo.

Vestirse en soledad, sin imponer a nadie la visión horripilante de las piernas con calcetines.

Esa edad en la que nos damos cuenta de que tenemos el mismo cuerpo que nuestros padres.

Ser extravagante pero no ostentoso. Esto último significa que la gente sabe exactamente dónde se ha comprado y cuánto se ha pagado por ello.

Las personas que visten con gracia cuentan con tres certidumbres: la confianza en la mezcla dispar, la confianza en que lo que llevan les sienta bien y la confianza en anteponer el propio juicio al de los demás.

El estilo es lo que repetimos a nuestro pesar.

Nuestros padres creían (y hacían bien) que la ropa remendada y las camisas gastadas eran síntoma de honestidad.


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