Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Comunismo y religión


Manual corsario, PP Pasolini, p. 472

Lo coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el noventa por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no solo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.

La Guerra Fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.

Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del «diálogo» no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.

Por tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.

Para terminar, quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).


GODARD


Salidas de tono, Félix de Azúa, p. 191

Como a tantos otros, tampoco a mí me ha escandalizado la audacia de los prelados católicos que han tildado de «sacrílega » la última película de Godard. ¡Ojalá fuera sacrílega! Lo cierto es que Godard es un pelmazo de muchísimo cuidado desde hace un montón de años y que sigue agarrado a la cámara como otros derelictos se agarran a la frasca de aguardiente. De haber osado una película verdaderamente sacrílega y obscena, es posible que hubiera salido del túnel impotente en el que se consume como suizo y como cineasta, y como cineasta suizo.

Ahora bien, la falta de respeto de los católico-islámicos hacia la pornografía es algo lamentable. ¡Mira que confundir a ese hoy scout inflado de libros de bolsillo con un autor sacrílego! El sacrilegio es algo de dificilísima obtención; no todo el mundo está capacitado para renovar el género. Sacrílegos, lo que se dice sacrílegos, en los últimos documentos años han sido escasísimos: Voltaire, Nietzsche, Dostoievski, Buñuel... cuatro gatos. Para poder construir un sacrilegio de altura, un sacrilegio que no sea como una blasfemia de autobús, hay que ser teólogo y el pobre Godard no conoce ni el primer capítulo de la Teodicea.

Pero la clientela de Wojtila tampoco. El único sacrilegio real de los últimos años han sido los disparos de Ali Agca, cuya monumental estupidez ha acabado por deslucir el teocidio. Ese turco de aspecto prehistórico le pegó de tiros al representante de Jesucristo, a su Vicario en la tierra, el Administrador del Redentor. Sin embargo, los católicos no han dejado de mirarle y oírle; y lo que todavía es más significativo, el propio Wojtila acudió a comprobar de cerca la complexión antropoide del sacrílego y cuchicheó con él durante un buen rato; lo que no ha hecho, ni hará, con Godard. ¿Por qué puede permitirse la contemplación inocente de ese pornógrafo televisivo que dice ser Jesucristo, pero no se permite la visión de una película francesa? Porque Ali Agca SÓLO atentó contra un cuerpo vivo, en tanto que Godard se ha atrevido a utilizar imágenes y símbolos que son propiedad privada del inconsciente colectivo católico, cuya policía del símbolo es de las más crueles que han existido jamás.


LA HIJA DE JAIRO


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 338

De esta historia, me gusta sobre todo la frase: «Señor, no soy digno de recibirte, pero di una sola palabra y mi pequeño estará curado», que en la misa viene a ser: «Señor, no soy digno de recibirte en mi morada, pero di una sola palabra y estaré curado.»

Una historia muy parecida es la del jefe de la sinagoga Jairo, cuya hija de doce años está moribunda. Al igual que el centurión, Jairo pide socorro a Jesús. Éste se dispone a ponerse en camino cuando se abre un paréntesis en el relato. Nota que alguien toca el borde de su manto. Se detiene, pregunta: «¿Quién me ha tocado?» «Nadie en particular», dice Pedro: «Maestro, las gentes te aprietan y te oprimen.» «No», dice Jesús, «alguien me ha tocado, porque he sentido que una fuerza ha salido de mí.» Entonces una mujer se arroja a sus pies. Sangra desde hace mucho tiempo por donde sangran las mujeres, pero ella continuamente, y esta impureza permanente convierte su vida en un infierno. «Hija mía», dice Jesús, «tu fe te ha salvado. Ve en paz.» Cerrado el paréntesis, va a reemprender el camino cuando llega de casa de Jairo un criado que porta la terrible noticia: la niña ha muerto. El padre se desploma. «No temas», le dice Jesús. «Si tienes confianza se salvará.» Y por más que le digan lo que diría yo, que es demasiado tarde, que si está muerta está muerta, Jesús va. Al entrar en la casa con el padre y la madre les dice: «No lloréis, no está muerta. Duerme.» Después despierta a la pequeña, que al instante se pone a jugar.


PANADERIAS


El Reino, E. Carrère, p. 160

¿De verdad? ¿Era tan sencillo? Nos cuesta un poco aceptarlo. Al instante pensamos en un cisma, en una herejía. Es porque estamos acostumbrados a considerar que todas las religiones son más o menos totalitarias, mientras que en la Antigüedad no lo eran en absoluto. Sobre   este punto, como sobre muchos otros relativos a la civilización grecorromana, me remito a Paul Veyne, que no es sólo un gran historiador sino un escritor maravilloso. Como Renan, me ha acompañado a lo largo de los años dedicados a escribir este libro, y siempre he disfrutado de su compañía: de su alacridad, su gracejo, su gusto por el detalle. Pues bien, Paul Veyne dice que los lugares de culto en el mundo grecorromano eran pequeñas empresas privadas, el templo de Isis de una ciudad tenía con el templo de Isis de otra la misma relación que, pongamos, dos panaderías entre sí. Un extranjero podía dedicar un templo a una divinidad de su país del mismo modo que abriría hoy día un restaurante de especialidades exóticas. El público decidía si entraba o no. Si aparecía un competidor, lo peor que podía ocurrir era que se llevase a la clientela, como le reprochaban a Pablo que hiciera.Ya los judíos se despreocupaban menos de estas cuestiones, pero fueron los cristianos los que inventaron la centralización religiosa, con su jerarquía, su Credo válido para todo el mundo, sus sanciones para quien se aparta del sistema. Esta invención, en la época de que hablamos, ni siquiera se hallaba todavía en sus balbuceos. Más que a una guerra de religiones, cuyo simple concepto era incomprensible para los antiguos, lo que trato de describir se parecía más a un fenómeno que se observa a menudo en las escuelas de yoga y de artes marciales, y sin duda en otros círculos, pero yo hablo de lo que conozco. Un alumno adelantado se decide a enseñar y arrastra con él a una parte de sus condiscípulos. El maestro rezonga, más o menos abiertamente. Algunos alumnos, con ánimo de concordia, siguen un curso con uno, otro curso con el otro y dicen que está bien, que los dos se completan. Al fin y al cabo, la mayoría elige.


INDIOS


Recuerdos, sueños, pensamientos, CG Jung

El pueblo indio es extremadamente reservado e impenetrable por completo en lo que respecta a su religión. Del ejercicio de su culto hace intencionadamente un misterio. Es algo tan celosamente guardado que abandoné sin esperanzas el camino de la pregunta directa. Nunca anteriormente había notado aún tal atmósfera de misterio, pues las religiones de los actuales pueblos civilizados son todas accesibles; sus sacramentos hace ya mucho tiempo que han dejado de ser misteriosos. Pero aquí el aire estaba saturado de misterio, lo que era consciente para todos, pero inaccesible a los blancos. Esta extraña situación me recordó a Eleusis, cuyo secreto era conocido por una nación y, sin embargo, nunca fue revelado. Comprendí lo que sintió un Pausanias o Herodoto cuando escribía « ... no me está permitido citar el nombre de aquel Dios». Sin embargo, no lo sentí como un secreto insidioso, sino como un secreto vital, cuya revelación comportaba peligro tanto para el individuo como para la colectividad. El guardar el secreto da al “pueblo” orgullo y fuerza de resistencia frente al predominío del blanco. Le da unidad y firmeza y se siente como certeza que los “pueblos” existirán como colectividad independiente mientras sus misterios no sean desvelados.

Me resultó asombroso ver cómo varía la expresión del indio cuando habla de sus concepciones religiosas. En la vida corriente demuestra el indio un notable autodominio y dignidad, hasta una indiferencia casi apática. Si, por el contrario, habla de cuestiones que tienen relación con sus misterios, experimenta una súbita emoción que no puede ocultar, hecho que contribuía mucho a mi curiosidad. Tal como ya dije, tuve que abandonar por inútil el interrogatorio directo. Pero si quería saber algo esencial hacía observaciones de tanteo y me fijaba en el rostro de mi interlocutor en los para mí bien conocidos gestos emotivos. Si yo había acertado en lo esencial, el indio callaba o daba una respuesta evasiva, pero con todos los signos de una profunda emoción, con frecuencia se le saltaban las lágrimas de los ojos. Sus concepciones no son para él teoría alguna (que debería ser de naturaleza muy especial para poder provocar lágrimas), sino hechos de significado tan grande y conmovedor como las realidades externas que les corresponden.


LOS HERMANOS DE JESUS


Las ratas, José Bianco, p. 103
-No es sólo en el Cap. XIII, 55, de San Mateo, como parece entenderlo el Sr. X, donde se trata este asunto que ha motivado tantas discusiones (aquí, para mayor claridad, transcribo los pasajes alusivos de la Biblia: S. Mateo: XII, 46, 47, 48; XIII, 56; S. Marcos: III, 31, 32, 33, 34; VI, 3; S. Lucas: II, 7; VIII, 19, 21, 20; S. Juan: II, 12, 5; S. Pablo, Corintios: IX, 5; Gálatas: I, 19). De la lectura de estos textos han surgido tres teorías: la elvidiana, a que se refiere el Sr. X: sostiene que los hermanos y hermanas de Jesús nacieron de José y María, después de él; la epifánica: nacieron de un primer matrimonio de José; la hierominiana, a la que se adhiere San Jerónimo: erao hijos de Cleofás y de una hermana de la Virgen llamada también Maria. Es la doctrina sustentada por la Iglesia y defendida por sus grandes pensadores.
-¿Por qué no cita los Hechos de los Apóstoles?
-Es verdad; después de comer, si usted me presta una Biblia ...
-No se necesita Biblia. Apunte; I, 14: “ ... perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Bueno, aquí finaliza el preámbulo. Y ahora ¿a cuál de las tres teorías piensa usted adherirse?
-A la primera, qué duda cabe -respondió Sweitzer-. ¿Cómo empezaría usted?
Bernardo no pudo resistir el afán de lucirse; contestó con aire profesora!:
-Yo empezarla diciendo: Es verdad que en hebreo y arameo existe una sola voz para designar los términos hermano y primo, pero no es esa razón suficiente para torcer el significado de los textos. Porque nos encontramos en presencia de un idioma como el griego, rico en vocablos, que tiene una palabra para decir hermano (adelphos), otra para decir primo hermano  (adelphidus) y otra para decir primo (anepsios). La comunidad de Antioquía era un medio bilingüe y alli se efectuó el paso de la forma aramea a la forma griega de la tradición. Goguel cita un versículo de Pablo (Colosenses, IV, 10) donde se dice: “ ... y Marcos, sobrino de Bernabé”. Si Pablo en sus otros escritos habla de los hermanos de Jesús, no hay motivo para que se confunda un término con otro.
Hizo una pausa. Continuó:
-Oh, habría tanto que agregar. Tertuliano acepta que María tuvo de José muchos hijos. También lo afirmaban la Secta de los Ebionitas y Victoria de Petan, mártir cristiano, muerto en  el 303. Hegesippa dice que Judas era hermano, según la carne, del Salvador. La Didascalia dice que Jacobo, Obispo de Jerusalén, era según la carne hermano de Nuestro Señor. Epifanio reprocha la ceguera de Apolonio, quien enseñaba que María había tenido hijos después del nacimiento de Jesús.

DE LA RELIGION

El dolor de los demás, MA Hernández, p. 161
Me reconocí en esas páginas. Su lectura me condujo directamente hacia los años en que la religión también había sido para mí el nodo central en torno al que giraba la vida. Hace ya bastante tiempo que logré distanciarme, pero no puedo entender mi infancia y mi adolescencia sin la presencia constante de la Iglesia. Como Carrere, hubo un tiempo en que la religión fue el eje de mi existencia.

Sin embargo, a diferencia de él, yo nunca tuve fe ni fui un devoto. Al menos no con la intensidad que él describe en su libro. Para mí todo aquello no era más que una rutina, una inercia de la que no sabía muy bien cómo escapar. Los años de monaguillo, la misa semanal, las confesiones, las lecturas de los domingos, los viacrucis, las catequesis, las reuniones con el párroco, las visitas al convento ... Nunca llegué a creérmelo del todo. ¿Por qué lo hacía, entonces? Me lo he preguntado muchas veces y creo que al final he logrado dar con una respuesta. Lo hacía por lo mismo que he hecho muchas cosas en esta vida: por compromiso. Por una especie de deber adquirido del que no sabía cómo salir. Porque se suponía que eso era lo que me correspondía hacer en ese momento y no tenía el coraje de negarme. Por no decepcionar a mi madre o a mi hermano. Porque era más fácil seguir haciéndolo que decir que no. Por eso fui monaguillo hasta los catorce años y acudí a misa todas las semanas hasta pasados los veinticinco, por eso hice la confirmación y me casé por la Iglesia, y por eso aún siento cierta culpabilidad cuando oigo las campanas sonar los domingos por la mañana y me quedo durmiendo en la cama. Porque la Iglesia está dentro de mí. La Iglesia y todo lo que representa. La culpa, el pecado, los prejuicios. También algunas cosas buenas. La caridad, la responsabilidad, el sacrificio, la piedad. Supongo que uno nunca deja de ser cristiano, aunque deje de creer, o incluso aunque nunca haya sido devoto. La Iglesia camina sobre nosotros y da forma a nuestra subjetividad. Se queda ahí para siempre, como un virus residente.

CURAS DE COLEGIO

La catedral y el niño, Eduardo Blanco Amor, p. 290
En medio del bloque de tedio y desazón en que viví los cuatro años que siguieron, quietos, transparentes, iguales, como enormes masas de cristal, asoman aquí y allá, como moviéndose con vida propia en la aplastante rutina de la vida escolar, unos cuantos sucesos y figuras luchando por sobrevivir en el recuerdo. El padre Galiano, por ejemplo, muy joven, pálido como la cera, con sus ojos negrísimos, cuyo hermoso mirar alternaba entre la violencia y el miedo, que permanecía largos ratos improvisando en el armonio del oratorio chico u observando, muy detenidamente, una flor o un insecto. Los otros frailes no le querían bien, a pesar de que era el mejor de ellos. Sus clases de historia natural parecían hermosos relatos poéticos, y sus ejecuciones en el armonio nos hacían rezar con verdadera unción. Pero los frailes no le querían. Le hablaban con una frialdad distante y no se permitían con él las chanzas, mamolas y arrimones que los más jóvenes cambiaban entre sí, con aquel casto exceso de fuerzas que andaba siempre rezumándole por los rosados cachetes y cosquilleándole en los músculos. El padre Galiano era el único que nos acariciaba las mejillas. A veces tenía desvanecimientos que nos asustaban mucho. Casi siempre le daban al estar tocando el órgano, en la iglesia. Se dejaba caer suavemente, con la frente apoyada en el tablero de los registros. Cuando estábamos allí los cantores, ensayando con él misas, motetes y villancicos, lo auxiliábamos en seguida sin dar cuenta a nadie, pues sus desmayos solían ser muy pasajeros, volviendo pronto en sí y mirándonos sonriente y dulce, como pidiéndonos perdón por haberse dormido. Mas alguna vez le sobrevenían en medio de la función religiosa; y desde el coro de la capilla o desde abajo, cuando tocaba solo, advertíamos el accidente por un acorde, prolongado más de la cuenta, que se iba extinguiendo hasta cesar, terminando en un par de notas desafinadas o en una sola, como una queja ridícula o como un balido. Cuando tal sucedía, un relámpago de ceños pasaba por la comunidad y el organista sustituto, un hombrón montañés, gran jugador de pelota, saltaba, como un mono, sobre teclado y empezaba a alborotar con una de aquellas melopeas amazurcadas, escritas para las comunidades industriales por otros clérigos igualmente horros de gusto y de fe. Luego veíamos cómo se llevaban al padre Galiano dos legos, algunas veces apoyado en ellos, por su pie, y otras en vilo, con los ojos cerrados y los brazos bamboleantes, como un herido mortal. Mas esto le sucedía muy pocas veces y estaba sobradamente compensado por las infinitas que nos hacía gozar, soñar y creer con sus serenas melodías. 

LA TORRE DE BABEL

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p.57-58
 En los tiempos más remotos no faltaron personas interesadas en esta cuestión. Herodoto refiere el caso de un faraón de Egipto llamado Psamético l. Hombre con inclinaciones científicas, y con objeto de averiguar cuál era el idioma primigenio de la humanidad, tomó a dos niños recién nacidos y los encomendó al cuidado de un pastor con la condición de que los niños no oyeran pronunciar nunca una sola palabra. De este modo, razonaba Psamético I, cuando los niños empezaran a hablar, entre sí o con el pastor, lo harían en el lenguaje original de la humanidad. Transcurrido cierto tiempo, los niños articularon finalmente algo parecido a la palabra bekos. Esta palabra, en el idioma frigio de su tiempo, significaba pan. La conclusión era que los niños, espontáneamente, pedían al pastor que los alimentara y lo hacían en el primer idioma del mundo, o sea, el frigio. Herodoto no refiere si los niños continuaron hablando frigio o si con este primer hallazgo se dio por concluido el experimento. Desde luego, nadie le prestó mucho crédito. El pan es un invento muy posterior al lenguaje. Estudiosos contemporáneos de Herodoto ya rebatían la validez del experimento y alegaban que el sonido bekos se limitaba a reproducir el balido de las cabras o las ovejas del pastor, en cuya compañía habían crecido los niños, lo cual, de paso, demostraría que el lenguaje se adquiere por asimilación, es decir, de oídas. En lugar de proseguir con la historia de la investigación lingüística, Herodoto prefiere continuar relatando el triste destino de los Psaméticos. A Psamético II se le sublevó una parte importante del ejército, que decidió irse a otro país y ofrecer allí sus servicios. Cuando Psamético II trató de disuadirlos diciendo que no debían abandonar a sus mujeres y a sus hijos, los sublevados se levantaron los faldones y respondieron que mientras tuvieran aquello no les faltarían mujeres ni hijos. Así lo cuenta Herodoto, amigo de chocarrerías. Psamético III, último de la saga de tal nombre, fue derrotado por los persas, su hijo fue descuartizado en su presencia, él llevado a la ciudad de Susa y poco después, cuando conspiraba para recuperar el poder, envenenado.

Hay quien dice que la leyenda de la Torre de Babel proviene de las ruinas del zigurat de la ciudad de Ur, en lo que hoy es Irak. Herodoto describe esta imponente construcción en los mismos libros de historia en los que aparecen los tres Psaméticos. Actualmente se pueden ver aún las ruinas del zigurat, cuya restauración reciente debemos a Sadam Hussein.

EL ARCA DE NOE

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 51
A unos niños acostumbrados a ver películas de submarinos y portaviones y cohetes que van al espacio y lectores de Julio Verne, el arca de Noé nos debía de parecer una chapuza. Por este motivo y por lo de los animales, lo del diluvio no se lo tomaba nadie con la seriedad que merecía.

Después de dar las medidas del arca Jehová ordenaba a Moisés que metiera dentro a todo lo que vive, dos de cada especie, macho y hembra. No se entiende el porqué de este experimento. Si quería acabar con la vida sobre la tierra, no tenía más que hacerlo. Y si la quería conservar, lo mismo. Lo de los animales parecía un juego, sobre todo a unos niños que no estábamos tan lejos de las visitas al zoo y al circo. Algunos nos preguntábamos si además de la pareja de elefantes, jirafas, búfalos, rinocerontes y otros animales fáciles de identificar en la ilustración, Noé también embarcó dos pulgas, dos cucarachas y cosas parecidas. Aunque eso ocurría al principio de los tiempos, nadie se preguntaba en cambio si todavía quedaban dinosaurios o mamuts sobre la tierra. En cambio no dejaba de resultamos interesante e incluso conmovedor que durante los cuarenta días y cuarenta noches, que es lo que duró el diluvio, hubo entre los ocupantes del arca un pacto de no agresión. De lo contrario, habrían  desembarcado la mitad de los animales que embarcaron, y quizá ninguno de los humanos, incluido Noé. Pero lo cierto es que los carnívoros y las bestias de presa, al menos en esa  ocasión, se comportaron.

SAN JUAN LIMOSNERO

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 16-17
Por contraste, muy poco se hablaba de moral o de lo que hoy llamaríamos ética. Unas cuantas normas preventivas, como no robar y no mentir y, sobre todo, no caer en las tentaciones de la carne, obedecer a los superiores, y una norma de carácter positivo que aparentemente englobaba a la totalidad, la de dar limosna a los pobres, generalmente en forma de pan seco. Para ilustrar esta buena obra, nada mejor que la vida de san Juan Limosnero. Este santo medieval era en vida un hombre rico y en extremo avaro. Nunca socorría a los pobres y había prohibido a sus criados que dieran limosna. Un día llamó a la puerta un pobre hambriento. Un criado compasivo le abrió la puerta y le dijo que no podía darle nada, porque el amo se enojaría sobremanera. Sin embargo movido a compasión, y aprovechando la ausencia del amo, el criado fue a buscar algo con que socorrer al mendigo. Cuando regresaba con un trozo de pan duro, el amo lo sorprendió, montó en cólera, le arrebató el mendrugo y lo arrojó a la cabeza del mendigo. Este lo cogió y se fue corriendo. Aquella misma noche murió el amo y su alma compareció ante el Altísimo. En una balanza, el demonio depositó la enorme cantidad de malas obras que el difunto había realizado durante su vida. Pero cuando estaba a punto de caer sobre él la sentencia condenatoria, se adelantó un ángel con el mendrugo que unas horas antes había dado con tan malas formas al mendigo. Al punto la balanza se venció hacia el otro lado. En aquel instante, despertó: todo había sido un sueño y también una revelación sobre el valor de la caridad. A partir de aquel momento su actitud cambió de tal modo que hoy es venerado con el nombre de san Juan Limosnero. En Venecia, cerca del Rialto, hay una pequeña iglesia dedicada a este santo ejemplar: San Giovanni Elemosinario.

Cuento esto para recalcar la insólita distinción entre el aspecto mitológico de la religión y el aspecto práctico. Algunos teólogos heterodoxos han llegado a proponer que no existe un dios, sino dos; uno, responsable de la creación del universo y los seres vivos, incluido el hombre, y otro, autor de los principios morales. Al primero le traería sin cuidado lo que sus criaturas hacen o dejan de hacer. El segundo sería un maniático, pendiente del estricto cumplimiento de unas normas tan minuciosas como arbitrarias. Es notable en casi todas las religiones de las que tengo conocimiento, la insistencia y la importancia de las obligaciones formales, en apariencia superfluas, en la medida en que su incumplimiento no afecta en nada a un Ser todopoderoso ni, en muchos casos, al prójimo. 

RELIGION

La barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 14-15
Aunque no soy creyente, crecí en un mundo dominado por la religión y recibí una instrucción religiosa no sé si sólida, pero si muy tenaz. La mayor parte de las manifestaciones religiosas me son conocidas en mayor o menor grado de intensidad. En mi niñez y juventud la religión en España era un hecho indiscutible para la inmensa mayoría de la población. Mi familia no era practicante, salvo en ocasiones sociales, y si era creyente, lo era por inercia. En aquella época, pertenecer a la religión católica era lo natural. Bastaba con dejarse llevar por la corriente. No creer en Dios no solo era un acto de rebeldía y una postura antisocial, sino que requería un notable esfuerzo intelectual. Eran ateos unos pocos filósofos, y esta excentricidad les era perdonada e incluso consentida porque su oficio consistía precisamente en pensar cosas raras y en decir lo contrario de lo que decía el común de los mortales. Para el resto, todas las etapas y acontecimientos de la vida, desde los más importantes hasta los más nimios, estaban incluidos en el patrón de las normas y prácticas religiosas. El nacer y el morir, por supuesto; como el casarse, el pecar y el obtener el perdón; y también el despertarse, el sentarse a la mesa, el subir a un transporte público, el saludarse y el estornudar. Salir de la religión era salir de la comunidad, convertirse en lo que nadie quería ser, un bicho raro.

De la enseñanza se ocupaban en gran parte las órdenes religiosas y, como se puede suponer, la presencia de la religión en nuestra educación era abrumadora. Había rezos continuos, misas frecuentes y una dosis considerable de adoctrinamiento. Este adoctrinamiento consistía en aprender de memoria un rígido y pintoresco organigrama moral consistente en diez mandamientos; tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad;  las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, sin que nadie aclarase en qué consistía cada una de ellas; siete pecados capitales: ira, gula, lujuria, soberbia, avaricia, envidia y pereza, todos ellos fácilmente identificables, a poco que uno hiciera introspección, y sus correspondientes virtudes; cuatro novísimos o postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria, y un largo etcétera, del que cabe destacar una lista de obras de misericordia que acababa con visitar a los enfermos y presos y enterrar a los muertos. Creo haber cumplido bien que mal con lo de los enfermos, en alguna ocasión con los presos, pero espero no tener ocasión de enterrar físicamente a ningún muerto, un acto cuyo mero enunciado siempre trae a mi imaginación una escena recurrente en las películas del oeste.

INCIPIT 849. LAS BARBAS DEL PROFETA / EDUARDO MENDOZA

l. FANTASIA Y FICCIÓN
SIEMPRE QUE ME preguntan cuáles han sido las lecturas o los autores que más han influido en mi carrera literaria respondo sin vacilar que las lecturas infantiles, a menudo anónimas o de autores apenas identificados, fácilmente olvidados. En estas lecturas minúsculas, por fuerza simples y candorosas, adquirí la fascinación por la palabra escrita y a través de ellas penetré en el mundo de la ficción, en el que he habitado felizmente desde entonces. Quien lea esto puede pensar que me he evadido de la realidad para vivir en un mundo imaginario. Puede ser, pero quisiera pensar lo contrario. No hay que confundir ficción con fantasía. La fantasía no depende de la invención. Es parte de la naturaleza humana, tanto de los que leen como de los que no. Existe en forma de sueño, de temores, de ilusiones, de esperanzas y de elucubraciones. La ficción selecciona y estructura las fantasías y las encuadra, bien que mal, en nuestra contradictoria y confusa realidad.

Mi afición por las obras de ficción y mi deseo de crear una ficción propia semejante a la que antes habían creado otros para mi deleite, se formó en una época en la que era ignorante y maleable, como todos los niños. En mi formación intervino menos el gusto que las circunstancias, y solo parcialmente el azar.

CRISTO EN LA CRUZ

El libro negro de los muertos, A.S. Byatt, p. 64-65
La visión fue bastante convencional, en cierto sentido. Fue una visión de Cristo en la cruz; no una aparición celestial, sino el resultado de un examen anormalmente minucioso de la estatua exhibida en la iglesia de su parroquia, una talla en madera pintada, ni buena ni mala, una mediocre talla común y corriente de un cuerpo humano penosamente suspendido de los clavos que le atravesaban las palmas de las manos, que no estaban retorcidas de dolor ni desfiguradas por la tensión, sino extendidas en un gesto de bendición. El cuerpo está mal, pensó, el peso desgarraría los músculos y tendones mucho antes de que el hombre muriera. En algunos crucifijos había un soporte para los pies. En éste no. Los pies estaban cruzados, y un mismo clavo atravesaba de un modo imposible ambos tobillos. El artista había puesto algún cuidado en representar el tormento de los músculos del torso, los brazos y los muslos. La herida abierta bajo el corazón tenía una viscosidad muy real; una sangre pintada irreal e inmovilizada salia de ella en regueros, y el autor había disfrutado haciéndolos muy variados. No había manchas de sangre en el taparrabo, que ocultaba cuidadosamente el sexo. El rostro era estilizado. Alargado, de piel tersa, con los párpados bajos, cerrados como en el sueño, y la boca entreabierta, sin dejar ver los dientes. Una sangre más artística goteaba de las mordeduras de la corona de espina en el cabello revuelto. La carne muerta o agonizante -.-la escultura no era lo bastante buena para saber si se trataba de una o de otra- tenía un color crema con reflejos rosados. Pensó: «Pertenezco a una religión que adora la forma de un hombre muerto o agonizante». Se dio cuenta de que no creía, ni había creído nunca, que la muerte física de ese hombre se hubiera vuelto hacia atrás, ni que él hubiera ascendido al cielo, pues el cielo no existía, y todas las descripciones humanas del cielo dejaban patéticamente claro que el ser humano es incapaz de imaginarlo lo bastante bien para que su perspectiva resulte atrayente. No encontraría a la pobre Rosalie en tal lugar, y tenía la impresión de que ni siquiera quería hacerlo. N o creía que esa desagradable muerte hubiera de ningún modo borrado los pecados del mundo: el desenfreno de Rosalie, las maniobras de obstrucción y el empecinamiento de la Iglesia, la muerte de sus abuelos por la explosión de sendas bombas, uno -su abuelo paterno- durante la guerra y otro -su abuelo materno en tiempos de paz. Nunca había creído nada de esto, en absoluto. Se imaginó la época -su vida entera-en que habría dicho que creía, y se horrorizó al percibirla como un enorme refrigerador zumbando a su espalda, en el que lo que él había sido conservaba su forma, ni muerta ni viva, en suspensión. Era un ser humano encorvado bajo el peso de un refrigerador del tamaño de un hombre.

INCIPIT 803. QUE ES EL BUDISMO / JL BORGES

EL BUDDHA LEGENDARIO
Paul Deussen ha observado que la leyenda del Buddha es un testimonio, no de lo que el Buddha fue, sino de lo que llegó a ser en muy poco tiempo; otros investigadores agregan que en lo legendario, en lo mítico, fa esencia del budismo ha encontrado su expresión más  profunda. La leyenda nos revela lo que creyeron innumerables generaciones de hombres piadosos y sigue perdurando en la mente de gran parte de la humanidad.

La biografía empieza en el cielo. El Bodhisattva (el que llegará a ser el Buddha, título que significa «el Despierto») ha logrado, por méritos acumulados en infinitas encarnaciones anteriores, nacer en el cuarto cielo de los dioses. Mira, desde lo alto, la tierra y considera el siglo, el continente, el reino y la casta en que renacerá: para ser el Buddha y salvar a los hombres. Elige a su madre, la reina Maya (este nombre significa la fuerza mágica que crea el ilusorio universo), mujer de Suddhodana, que es rey en la dudad de Kapilavastu, al sur del Nepal. Maya sueña que en su costado entra un elefante de seis colmillos, con el cuerpo del color de la nieve y la cabeza de color del rubí. Al despertar, la reina no siente dolor ni siquiera peso, sino bienestar y agilidad. Los dioses crean un palacio en su cuerpo; en ese recinto el Bodhisattva espera su hora rezando. 

LA FE

El testigo, Juan Villoro, p. 273
-¿Se ha preguntado por qué Jesús resucitó ante unos cuantos? Si lo hubiera hecho ante todos, en forma categórica, no habría dudas del prodigio. Escogió a unos cuantos testigos. ¿Por qué?
-Supongo que me lo va a decir.
-Me interesa mucho la idea del dios oculto. Jesús no se hace evidente, no para todos, así convierte la fe en algo especulativo: «Bienaventurados los que creen sin haber visto.» Ese ocultamiemo es lo que da fuerza a la libertad de creer; ante la falta de una certeza absoluta, podemos tener fe o no tenerla, debemos elegir. Seda muy fácil creer lo obvio.
-0 vivir sin todas esas complicaciones.

-Tiene razón. La fe es un problema voluntario. Nuestro Ramón estaría de acuerdo. No sé hasta qué punto llegó a reflexionar en esto, pero ya Dostoievski había tratado el tema con una claridad canija. Seria muy aburrido tener fe en un mundo resuelto; el enigma de la creación es que no ha terminado, somos parte del borrador y tenemos que decidir; a veces la aceptación piadosa y la libertad se oponen; fue lo que el poeta experimentó de manera ejemplar. ¿Qué sentido tiene estar aquí? ¡Acaban de matarle a un amigo, don Julio! La creación no está saliendo muy bien, que digamos, y le voy a decir otra cosa: tengo miedo de que Félix Rovirosa la empeore otro poquito. Cuando él me habla de revelar misterios en horario triple A, recuerdo las bondades del dios oculto. ¿Qué le parece esta prédica de banqueta?

CRISTEROS

El testigo, Juan Villoro, p. 233
Entre las fotos de los cristeros, le sorprendió una en que se fusilaban relojes para detener el tiempo de la historia. El pueblo en armas de Cristo Rey fue dueño de su tiempo por tres años. Luego desapareció de la memoria oficial. Seguramente, la vocación de martirio facilitó la derrota. Julio leyó en la carta de un combatiente: «¡Qué fácil está el cielo ahora!11 Una fra.se celebratoria, escrita por alguien más dispuesto a morir que a luchar. La vida ultraterrena era recompensa suficiente.
En un país de caudillos, a los cristeros les faltaron jefes. Aunque algunos sacerdotes fueron comandantes decisivos y se contrató a Gorostieta para definir la táctica militar, en esencia no hubo otro líder que Cristo. Costaba trabajo describir esa rebelión sin mayor estrategia que las tropas articuladas por el repicar de los campanarios.

En otra carta leyó que un batallón no se preocupaba de no haber comulgado porque muy pronto recibiría el bautizo de la sangre. La felicidad de la muerte o su conversión en hecho sacramental resultaban intolerables para Julio. Se senda revisando testimonios talibanes después del 11 de septiembre. Al mismo tiempo, no podía ser indiferente ante la veracidad del sufrimiento, la inocencia de esas voces, la pureza y la severa necesidad de su fe. En el país derrotado por esa guerra surgió el PAN, la opción política de los católicos, que sin embargo ya era difícil asociar con los cristeros.

CIELO E INFIERNO

Los papeles de Puttermesser, Cynthia Ozick, p.324
¿Una falla? No, no hay falla alguna en el Paraíso. Eso  es un vestigio de las obsoletas nociones terrenales de Puttermesser. Indudablemente, el Paraíso no tiene fallas, pero tiene su Secreto. (PRSD, recordarán ustedes, termina en sod.) Sod: ¡el significado secreto del Paraíso! Y ahora Puttermesser está a punto de descubrirlo. Es integral, está hecho de la misma sustancia del Edén, que es la eternidad. La eternidad no promete la permanencia de ninguna experiencia. Si el tiempo no existe, tampoco existe la duración. Sin relojes que la midan, ¿qué es la duración? Pero en la eternidad del Paraíso, ¿qué sentido tiene decir cuánto dura algo?
En el Paraíso, donde la vista y la lucidez, interior y exterior, lo dulce y lo salado, la lógica y la ilógica están entremezclados como en un caleidoscopio, nada es permanente. Nada perdura. Todo es efímero. Nada es largo ni corto; solo existe la incomensurabilidad del ser. Sólo el ser dura para siempre; o llámenlo, si quieren, esencia o alma. Pero las imágenes en el interior del alma se mueven, se desprenden, vagan. El Paraíso es un sueño que lleva la inscripción que tenía el sello de Salomón: Esto también pasará.

Y ese es el significado del Paraíso: la verdad de Salomón. Esa es la otra razón de la notoria frialdad del Paraíso; es por eso que todo aquel que es absolutamente feliz en el Paraíso, más feliz de lo que había sido nunca, pronto se volverá prodigiosamente infeliz, más infeliz de lo que había sido nunca. Un sueño que florece solo para deshacerse trae más miseria que un sueño que nunca se hizo realidad. 
El significado secreto del Paraíso es que también en él está el infierno.(Grabado de Blake)

IGLESIA EN CHIAPAS

De After Henry James, p. 164-165
Domingo barre la calle, riega las plantas, limpia el patio, encera los pisos de ladrillos barnizados, cuida la casa. Es ligero y pequeño, ya lo dije, no camina, se desliza, y tiene una voz muy suave que revela su origen, es un indio de la región de Chiapas, probablemente de la etnia tzotzil, aunque ya no viste la ropa que sus hermanos suelen usar en Chamula, cuya plaza ostenta una iglesia sobria y salvaje, a la que no se puede entrar sin permiso del Ayuntamiento.
Los santos no están en sus nichos sino en el suelo, ataviados igual que los feligreses, y delante de ellos arde el incienso. Dentro de la iglesia, familias enteras, incluyendo niños, abuelos, perros y gatos. Muchos se emborrachan dentro ingiriendo los peores aguardientes. Los fieles rezan fervorosamente: si el santo elegido no cumple sus promesas, lo castigan poniéndolo de cabeza.

Yo he ido varias veces a Chiapas y a San Juan Chamula: en una ocasión me expulsaron de la iglesia, mi blanquecina apariencia les debió molestar y es probable que también mi estatura.

UNA CONFESION

De La recta intención de Andrés Barba, p. 56-57
El sacerdote es joven y guapo. De una hermosura casi obscena, casi morbosa. Ha llegado tarde pero se acerca a Mamá con una expresividad que demuestra su falta de recursos y que, a la vez, le salva a los ojos de ella. Cada segundo que llega es antiguo, cada sentimiento vivido. Le pregunta al doctor su nombre y él responde, antes de marcharse, que María Antonia.
“María Antonia Alonso, dice mamá.
“Mada Antonia, ¿está dispuesta para confesarse?”, pregunta el sacerdote.
“No tengo nada de lo que confesarme, le he llamado para que me bendiga.”
“Todos tenemos algo de lo que confesarnos --dice el joven sacerdote, consiguiendo que su perplejidad no se note demasiado-. El justo peca siete veces al día, dijo el Señor.”
“No me interesa lo que haga el justo -responde Mamá-, como decía ése: he luchado el buen combate y ahora exijo mi corona.”
“El texto de San Pablo no es exactamente así, dice he luchado el buen combate, he guardado la fe, y ahora espero la corona de la justicia que me estaba reservada.”
La precisión del joven sacerdote irrita ligeramente a  Mamá, que no puede evitar revolverse en la cama con desesperación.
“Eso, quiero mi corona.”
“Espero, dice San Pablo.”
“Es lo mismo.”
Hay un silencio breve en el que la vida se hace de pronto más cruel que absurda y en el que Mamá se convierte de nuevo en María Antonia Alonso volviendo de la fábrica, gritando en el teléfono a Joaquín que revisen los marcos hasta que los hayan pulido correctamente.
“No tengo nada de lo que arrepentirme --dice Mamá otra vez-, pido lo que es mío, nada más que lo que es mío, eso es lo que pido -y después, mirándola a ella como a una traidora inexcusable-, y amor, pido también amor.”
El sacerdote ha notado su repulsión a esas últimas palabras porque la ha mirado más de lo necesario. Ahora siente de nuevo el peso de Mamá, la artificiosidad con que se santigua, piensa: “No me has querido, arrepiéntete.” El sacerdote pone un corporal sobre la cama, junto a Mamá, y una hostia consagrada a la que trata con frágil, casi ridícula, dulzura. Después abre su misal y recita:

“Te recomiendo, querida hermana María Antonia, a Dios omnipotente, te entrego al mismo que te creó para que vuelvas con tu Dios, que te formó del barro de la tierra.”

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