Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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JüNGER


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes

 Recuerdo las palabras de un personaje de Gaite en su novela Lo raro es vivir, dice: «Las vidas van siempre en borrador, tal que así las padecemos, nunca da tiempo a pasarlas en limpio».

En Italia, al ver a un monje encendiendo una vela, Jünger tiene la sensación de hundirse en el tiempo: no me refiero a cobrar consciencia del sentimiento melancólico que se apodera de nosotros cuando vemos cosas antiguas, sino al sentimiento de caída física; se abre un abismo. Las numerosas páginas que, en este volumen, dedica a Roma están llenas de estas caídas, de estas imantaciones. Coincide su estancia romana con la aparición en los periódicos de noticias sobre las subversiones de mayo del 68, entre las que recoge la historia de unos estudiantes que le gritaron al profesor: «Deja ya en paz a Tasso y háblanos del Che Guevara». Al parecer, tras el incidente, el profesor, un hombre sensible, se cortó las venas y luego se arrojó por un balcón. El periódico daba cuenta de que había ingresado moribundo en el hospital, donde permanecía agonizante, mientras Jünger vaticinaba: «Hasta nueva orden, todos los enjuiciamientos de la situación que partan de que aún existen valores que transmitir son errados. El valor es sustituido por el número; lo trágico, por el accidente; el destino, por la estadística; el héroe, por el criminal; el príncipe, por el cacique; Dios, por "el bien"». Reflexiones del aristócrata que siente que el mundo se le ha escapado de las manos.


INCIPIT 124. VENGANZA TARDIA / ERNST JUNGER

El camino que conducía a la escuela era lo más bello que ésta ofrecía, por eso a Wolfram le hubiera gustado prolongarlo el mayor tiempo posible. Pero entonces habría llegado tarde, y llegar tarde era una falta grave.
Con la agitación, no encontraba la puerta correcta; incluso se equivocaba de planta y estorbaba la clase de otros cursos. Los maestros, que en su mayoría llevaban cuello alto y quevedos, le clavaban una mirada feroz, mientras los alumnos se alegraban de la interrupción. Tardaba casi un cuarto de hora en poder balbucear una disculpa; sin embargo, tal retraso no admitía disculpa. Antes de que le dieran permiso para tomar asiento, se llevaba una reprimenda: «Contigo sólo valen los escarmientos», y recibía una amonestación en el diario de clase. Para colmo, no cuidaba su uniforme;

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