Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.458. DESTINO Y MEMORIA: CIEN AÑOS DE JORGE SEMPRUN


... nunca tuve el deseo de volver a Weimar-Buchenwald. Por eso le dije a Peter Merseburger que no contara conmigo para su programa de televisión. Me negué sin pensarlo siquiera, inmediatamente.

Pero aquella noche volví a soñar con Buchenwald. No fue el sueño habitual, pesadilla más bien, que tantas veces me había despertado durante los largos años de la memoria. No volví a oír, como solía, en el circuito interno de los altavoces, la voz nocturna, áspera, irritada, del Sturmführer de guardia en la torre de control. Aquella voz que, en las noches de alerta, cuando las escuadrillas de bombarderos aliados se adentraban en el corazón helado de Alemania, mandaba que se apagara el crematorio para que las altas llamas cobrizas no permitieran que los pilotos anglo-americanos se orientaran. Krematorium, ausmachenl, decía aquella voz. Entré en el sueño de Buchenwald, aquella noche, tembloroso, como siempre, angustiado, como siempre. Pero no fue el sueño habitual. No fue un sueño angustioso, finalmente. No oí la voz del suboficial de guardia, mandando que se apagara el crematorio.


INCIPIT 1.457. LA PIEDRA DE LA LOCURA / BENJAMIN LABATUT


La extracción de la piedra de la locura

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror. Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos.


CHILE


La piedra de la locura, Benjamin Labatut, p. 23

Yo sentí esto con particular intensidad en Chile, el país donde vivo: aquí, luego de los años de pesadilla de la dictadura de Pinochet, todos nos sumamos a la fila, bajamos la cabeza y seguimos las reglas. No había más que un camino por donde avanzar, y prácticamente nadie se atrevió a cuestionar lo que estaba pasando a medida que una forma de capitalismo neoliberal especialmente perversa empezaba a adueñarse de nuestra nueva democracia, enredando todas las hebras de nuestro tejido social alrededor de sus garras. Casi todos nos quedamos callados, porque casi todos sentíamos miedo. Miedo al cambio, miedo a volver a la bestialidad, miedo a que regresaran los hombres armados en medio de la noche, miedo a que abrieran nuestras puertas a patadas y nos arrastraran a las cámaras de tortura que los servicios secretos habían dejado esparcidas a lo largo del país, al interior de casas que, si uno las viera de reojo, juraría a pies juntillas que eran hogares comunes y corrientes, sin saber que en su interior habían ocurrido escenas infernales que ni siquiera Lovecraft podría haber imaginado. Jóvenes y ancianos, mujeres embarazadas, niños y niñas pequeñas: la electricidad fluyó a través de todos, mientras que perros y ratas fueron entrenados para hacer cosas indescriptibles. Sin embargo, los militares no volvieron. Pinochet finalmente murió, y entramos en un largo periodo de calma y normalidad.


La vida es bella


V13, Emmanuel Carrère, p. 235

Farid Kharkhach es el más extraño de los acusados secundarios. Es el intermediario que proporcionó a la célula documentos de identidad falsos. Como en su expediente no hay ningún rastro de radicalización, la fiscalía ha dicho que pactó por codicia con el yihadismo. Esa codicia le reportó los 300 euros por los cuales está en prisión desde hace seis años, y no está nada seguro de que lo liberen. A lo largo de todo el juicio ha sorprendido su personalidad soñadora, su verborrea súbita, su soledad (no conoce a ninguno de los otros acusados) o la increíble y casi burlesca sucesión de chascos y de mala suerte que han merecido que mi compañera de equipo Violette Lazard lo haya apodado Parid el Cenizo. Marie Lefrancq, una de sus abogadas, lo describe como un padre de familia afectuoso que no se ha atrevido a explicar a sus hijos pequeños por qué no estaba en casa desde hacía seis años. Al principio les dijo que estaba enfermo y que recibía tratamiento en Francia. Y después, cuando los niños fueron a visitarlo a la cárcel, dijo que se había hecho carcelero. No me lo invento. Aunque no la haya presenciado, Marie Lefrancq garantiza la autenticidad de la escena: Parid Kharkhach recibe a sus hijos en el locutorio y les asegura que no está detenido, sino que es un celador. No sé cómo es eso realmente posible, pero me he acordado de otra película, La vida es bella, en la que Roberto Benigni hace creer a su hijito que los campos de concentración nazis son un juego divertido de la caza del tesoro, y he pensado que, si Kharkhach no sale muy mal parado, podrá decirse sin remordimientos que su historia tan triste es un tema increíble de comedia.


DEFENSA


V13 Emmanuel Carrère, p. 225

Pero también lo acusan de haber acompañado a Abdeslam cuando iba a alquilar coches, lo cual puede tipificarse como ATM, «asociación terrorista de malhechores»: veinte años. Toda la  estrategia de sus abogados, que van desplegando desde el principio del juicio como quien avanza sus piezas en el ajedrez, va a consistir en que supriman la T: asociación de malhechores a secas. No voy a adelantar las alegaciones que formularan Negar y Nogueras el 14 de junio: solo me limito a transcribir lo que me respondió Nogueras, ante un vaso de vino blanco, cuando le planteé en Les Deux Palais la eterna cuestión del límite: ¿existe un límite? ¿Causas que te negarías a defender? «Si me preguntas eso, quiere decir que no has comprendido qué es ser abogado. Yo no defiendo ninguna causa, pero no rechazo a ningún acusado. Vergès, en cambio, defendía causas. No solo defendía a Poi Pot o a Carlos, sino también lo que habían hecho. Estaba de acuerdo con ellos. Nosotros, por poner el ejemplo de los delitos peor vistos, evidentemente no defendemos la pedofilia o el terrorismo, pero estamos dispuestos a defender a un pedófilo o a un terrorista. Hay que defenderlos, es la ley. Claro que a veces me cuesta, por supuesto, es más fácil defender a un atracador con el que yo podría ir a tomar unas copas cuando salga que a un tío que se excita viendo vídeos de decapitaciones, pero es esencial distinguir en re la persona y el acto. Ser abogado es eso: hacer todo lo posible para  que al acusado se le juzgue con arreglo al derecho y no según las pasiones. Y luego, cuando todo el mundo le haya dado la espalda, ser el último en tender la mano de nuevo.»


INCIPIT 1.456. ESTARE SOLA Y SIN FIESTA / SARA BARQUINERO


El organismo vivo más grande del mundo es un hongo de ochocientas noventa hectáreas. Vive en un bosque de Oregón, Estados Unidos. Empezó siendo una única espora, apenas del tamaño de una bacteria. Invisible. Después, lo conquistó todo. Infectó suelo y árboles con sus filamentos, hizo de sus vidas un hogar. Casi letal: una fuerza que primero invade y arrebata y luego consuela y ayuda.

En el año 2000 científicos estadounidenses descubrieron que se trataba de un único espécimen. Árboles perennes milenarios morían en distintas partes del bosque a kilómetros de distancia, sin motivo. Una civilización más antigua podría haber pensado que se trataba de la obra de un dios, justo o cruel, que exigía la muerte de un árbol como sacrificio o necesidad. Tal vez solo por capricho. Los americanos buscaron una causa común, y allí estaba: el mismo ADN, firmándolo todo. Una repetición perpetua de la misma enfermedad, que hacía del bosque un cuerpo único, perfecto.

Por su tamaño, dice la revista, debe llevar unos dos mil quinientos años sobre la Tierra. A pesar de esto, nadie nunca se ha preocupado de darle un nombre propio, como sí lo tienen otros  fenómenos más fugaces pero agresivos. Tifones, huracanes. Solo tiene el de especie: Armillaria ostoyae.


INCIPIT 1.455. ¿HACIA DONDE VAMOS? / ANGEL VIÑAS


¿Qué es España y hacia dónde va?

España es para mí una cultura y, por consiguiente, una forma de entender la vida. Lo que la hace única es su historia: desde la romanización hasta la actualidad. Y lo más importante de esa historia son dos fenómenos: fue uno de los primeros imperios occidentales de la Edad Moderna y también el primero en perderlo. En general, no tuvo buenos reyes y, salvo uno, todos fueron abominables en la Casa de Borbón desde antes de la Revolución francesa.  Previamente, había participado en las guerras de religión como abanderada de la Iglesia católica, persiguió a los protestantes y fue bastante reacia a aceptar los frutos de la Ilustración. Se opuso a la Revolución francesa, combatió a Napoleón y quedó relativamente apartada de los grandes fenómenos históricos del siglo XIX: revoluciones burguesas, industrialización y desarrollo económico y del movimiento obrero subsiguiente. No consiguió formar un Estado con la fortaleza de los adversarios seculares: Francia y Gran Bretaña.

¿Se hizo débil?

Tampoco participó en las guerras europeas del XIX ni en la primera guerra mundial. Sus élites miraron siempre hacia Francia y/o Gran Bretaña, pero solo superficialmente y en busca de asideros, en el pensamiento liberal y también en el conservador. Su aportación a las  transformaciones siderales de entre 1812 y 1930 fue débil. También al pensamiento filosófico y epistemológico moderno.


BATACLAN


V13, Emmanuel Carrère, p. 214

Entre otros, pienso en aquel joven que por entonces tenía veintiún años y que salió indemne del Bataclan. Durante tres años, disociación total. Ningún recuerdo. Pero sí un malestar, la sensación de que la gente lo mira raro. Ideas negras pero confusas. Pesadillas sin imágenes. Siluetas indistintas, en la periferia del campo de visión. Resaca permanente que combate con alcohol. Sensación de haber hecho algo malo, pero ¿qué? Se le escapa. Al cabo de tres años, se somete a una EMDR (terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares), que ahora sirve para todo, pero que se inventó para el estrés postraumático. Todo vuelve, de pronto. Sabe que actuó mal. Para alcanzar la salida, empujó, aplastó, pisoteó. Se convirtió en una máquina de supervivencia totalmente indiferente a todo lo demás. Si ese hubiera sido el precio por sobrevivir, habría utilizado como escudos a sus seres más queridos. Ahora vive, sí, pero una vida arruinada. Otros han sido héroes, él no. Incesantemente se ve empujando, aplastando, pisoteando. Esta película se desarrollará constantemente en su cabeza hasta el día de su muerte. Está avergonzado. Por eso ha venido. Para pedir perdón a los que pisoteó. Si alguno de ellos está presente y lo escucha, al menos ya es algo. Está bien. Solloza. Se va. Y o también me voy: por hoy ya tengo bastante. Al día siguiente, una amiga abogada me dice que me he perdido algo; es una norma de la crónica judicial: siempre te pierdes algo cuando te vas. Justo después del joven carcomido por la culpa, otro superviviente del Bataclan, visiblemente más distendido, ha empezado su testimonio diciendo que acababa de escuchar la declaración del joven y que quería decir lo siguiente: «A mí me pisoteó alguien y me rompió dos costillas. Solamente dos costillas rotas. Así que quizá fuiste tú el que me pisoteaste, quizá fue otro, no lo sabremos nunca, pero, si fuiste tú, quiero que sepas que no es nada grave, dos costillas rotas. Me salvé, estoy vivo, soy feliz, no te guardo rencor, hiciste lo que pudiste, todos hicimos lo mismo, espero que todavía estés en la sala para escuchar lo que digo». El joven ya no estaba, pero mi amiga abogada corrió al vestíbulo en su busca. Lo alcanzó en la escalera del juzgado. Si hicieran una película, terminaría con esta imagen.


La invasión de los ladrones de cuerpos


V13, Emmanuel Carrère, p. 135

Los que seguimos el juicio ya empleamos el término como si fuera algo que conociéramos de toda la vida. Algunos abogados abusan de la expresión. En vez de decir «mentira» dicen taqiyya, que es más fino. Sin embargo, la taqiyya no es exactamente lo mismo que la práctica totalmente habitual de que un acusado mienta al juez de instrucción. Históricamente, la taqiyya es el fingimiento que practica el creyente cuando no tiene la libertad de vivir su religión a la luz del día. Así lo hacían los musulmanes y los chiitas bajo los califas abasidas del siglo VIII, y los musulmanes y los judíos marranos en la España católica del siglo XV. Los yihadistas de hoy, que se mueven como submarinos en una sociedad a la que odian y que aspiran a destruir, han convertido este fingimiento en una segunda piel. Para engañar a los infieles hay que mezclarse con ellos, aparentar que son musulmanes amables, deseosos de  rezar sin molestar a nadie, en el respeto del pacto republicano. La taqiyya es un poderoso motor de paranoia que angustia las noches de jueces y policías antiterroristas: tener un aspecto inofensivo, o sinceramente arrepentido, ¿no constituye la prueba de que eres monstruosamente peligroso? Es como en la vieja película de ciencia ficción de los años cincuenta La invasión de los ladrones de cuerpos, donde extraterrestres maléficos toman posesión, uno tras otro, de los habitantes de una aldea pacífica. Nada permite distinguir a los verdaderos terrícolas, si aún quedan, de quienes los han reemplazado. Detrás del rostro  familiar de tu vecino puede esconderse un frío monstruo. En su versión rigorista, el islam prohíbe tomar alcohol, fumar, jugar en un casino, perseguir faldas, escuchar música. ¿Qué hará, para dar el pego, un yihadista que se apresta a actuar? Tomar alcohol, fumar, jugar en el casino, perseguir faldas, escuchar música, como los kamikazes del 11 de septiembre o, en  nuestro caso, como Salah Abdeslam.


MARCEL PROUST


Días de lectura, Marcel Proust, p. 132

Para mí, la memoria voluntaria, que es sobre todo una memoria de la inteligencia y de los ojos, sólo nos da del pasado aspectos sin veracidad, pero si un olor, un sabor recuperados en circunstancias muy diferentes, despiertan en nosotros a nuestro pesar el pasado, nos damos cuenta de hasta qué punto este pasado era diferente de lo que creíamos recordar, lo que dibujaba nuestra memoria voluntaria, como los malos pintores, con colores sin veracidad. En este primer volumen, el narrador, que habla en primera persona (y que no soy yo) recupera de repente años, jardines, seres olvidados en el sabor de un sorbo de té en el que ha mojado un trozo de magdalena; sin duda lo recordaba todo, pero sin color, sin encanto. He podido hacerle decir que, como en el juego japonés en el que sumergirnos tenues bolas de papel que, una vez dentro de la taza, se estiran, se retuercen se convierten en flores y personajes, todas las flores de su jardín y los nenúfares del Vivonne, y la buena gente del pueblo, y las casitas, la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo ello toma forma, se vuelve sólido y brota, con la ciudad y los jardines, de la taza de té.

Yo creo que el artista sólo debería pedir a los recuerdos involuntarios la materia prima de su obra. En primer lugar, precisamente porque son involuntarios, se forman solos, atraídos por una semejanza de -un instante, tienen un cuño de autenticidad. Además, nos devuelven las cosas en una dosificación exacta de la memoria y del olvido. Finalmente, como nos hacen saborear la misma sensación en circunstancias muy diferentes, la liberan de toda contingencia, nos devuelven su esencia extratemporal, que es precisamente el contenido de la belleza del estilo, esa verdad universal y necesaria que sólo traduce precisamente la belleza del estilo.


Días de lectura


Días de lectura, Marcel Proust, p. 59

Tal vez no haya días más plenamente vividos en nuestra infancia que aquellos que creímos dejar pasar sin vivirlos, aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo lo que al parecer los llenaba para los demás y que nosotros apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino: el juego para el cual venía a buscarnos un amigo en medio del pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos hacían levantar los ojos de la página o cambiar de sirio, la merienda que nos habían obligado a llevarnos y que dejábamos en el banco a nuestro lado, sin tocarla, mientras encima de nuestra cabeza el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena para la cual teníamos que regresar y durante la cual sólo pensábamos en subir enseguida para terminar el capítulo interrumpido; todo eso, de lo cual la lectura habría debido impedirnos ver todo lo que no fuese la inoportunidad, la lectura al contrario lo grababa en nosotros como un recuerdo tan dulce (mucho más precioso para nosotros ahora que lo que entonces leíamos con amor) que, si alguna vez hoy volvemos a hojear esos libros de antaño, ya sólo lo hacemos como si fuesen los únicos almanaques que hemos conservado del pasado y con la esperanza de ver reflejados en sus páginas estanques y caserones que han dejado de existir.


INCIPIT 1.454. UNA RED VIVA / DAVID EAGLEMAN


1. EL TEJIDO VIVO Y ELÉCTRICO

Imagine lo siguiente: en lugar de enviar un vehículo de exploración de doscientos kilos a Marte, mandamos al planeta una sola esfera que cabe en el extremo de una aguja. La esfera, utilizando energía de las fuentes que la rodean, se divide en un ejército diversificado de esferas parecidas. Las esferas se unen entre sí y de ellas comienzan a brotar diversos accesorios: ruedas, lentes, sensores de temperatura y un completo sistema de dirección interno. Se quedaría atónito al ver cómo se va formando ese sistema.

Sin embargo, solo hay que ir a cualquier guardería para encontrarnos con algo parecido. Allí podrá observar a niños pequeños que lloran y que comenzaron siendo apenas un solo óvulo microscópico fertilizado; ahora, en cambio, se están desarrollando para convertirse en seres humanos enormes, repletos de detectores de fotones, apéndices multiarticulados, sensores de presión, bombas de sangre y una maquinaria para metabolizar la energía de todo cuanto les rodea.

Y ni siquiera es esta la mejor parte de los humanos: hay algo mucho más sorprendente. Nuestra maquinaria no está completamente preprogramada, sino que descifra el mundo interactuando con él. Nos enfrentamos a tareas diversas y sabemos cómo abordarlas.


INCIPIT 1.453. TRES NOVELAS DE EPOCA / ALAN PAULS

 


A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando. Tiene cuatro años, o eso le han dicho. Ante el estupor de sus abuelos y su madre, reunidos en el living de Ortega y Gasset, el departamento de tres ambientes del que su padre, por lo que él recuerde sin ninguna explicación, desaparece unos ocho meses atrás llevándose su olor a tabaco, su reloj de bolsillo y su colección de camisas con monograma de la camisería Castríllón, y al que ahora vuelve casi todos los sábados por la mañana, sin duda no con la puntualidad que desearía su madre, para apretar el botón del portero eléctrico y pedir, no importa quién lo atienda, con ese tono crispado que él más tarde aprende a reconocer como el sello de fábrica del estado en que queda su relación con las mujeres después de tener hijos con ellas, ¡que baje de una vez!, él cruza la sala a toda carrera, vestido con el patético traje de Superman que acaban de regalarle, y con los brazos extendidos hacia adelante, en una burda simulación de vuelo, pato entablillado, momia o sonámbulo, atraviesa y hace pedazos el vidrio de la puerta-ventana que da al balcón. Un segundo después vuelve en sí como de un desmayo. Se descubre de pie entre macetas, apenas un poco acalorado y temblando. Se mira las manos y ve como dibujados dos o tres hilitos de sangre que le recorren las palmas.


NABOKOV


Monstruos, Claire Dederer, p. 160

Mi yo preadolescente convirtió a Humbert Humbert y Vladimir Nabokov en una misma persona. Es posible, incluso probable, que el escritor, que entendía bien la física de la lectura, buscara esa confusión. Lolita está narrada como unas (ficticias) memorias: Humbert le habla directamente al lector. Al utilizar esa primera persona -la voz del narrador confesional- Humbert se convierte en el autor del libro. Nabokov está jugando con la fórmula «Humbert Humbert, c'est moi».

Lo que sabemos de la biografía de un creador afecta al modo en que vemos su obra, pero en este caso lo que sabemos de la obra afecta al modo en que nos acercamos a la biografía del autor. ¿Cuál es el diagrama de Venn de los deseos de Humbert y los de Nabokov?

Desde su temprana obra en ruso El hechicero y hasta su novela póstuma, El original de Laura, Nabokov nos habla de hombres que tienen relaciones sexuales con chicas muy jóvenes o que intentan tener relaciones sexuales con chicas muy jóvenes o que intentan (pero sin ponerle mucho empeño) no tener relaciones sexuales con chicas muy jóvenes. Pero no hay ninguna  prueba de que Nabokov albergara en su corazón deseos pedófilos. Nabokov, sin duda, hubiera sentido un enorme desprecio por cualquier intento de averiguar lo que había en su corazón. La idea misma de que el escritor tuviera un corazón cuesta un poco de imaginar. Esta lectora se pregunta si no tenía quizá novelas en lugar de corazón. En cualquier caso, Nabokov opinaba que, más que el enfoque biográfico de la vida de un creador, lo que importaba era el rastro que dejaba en la página: «La mejor parte de una biografía de escritor no es el registro de sus aventuras, sino la historia de su estilo».


SARTRE


Un bárbaro en París, Vargas Llosa, p. 193

En la exposición de la Biblioteca Nacional aparece un aspecto de la biografía de Sartre que nunca se ha aclarado del todo. ¿Fue de veras un resistente contra el ocupante nazi? Perteneció a una de las muchas organizaciones de intelectuales de la Resistencia, sí, pero es obvio que esta pertenencia fue mucho más teórica que práctica, pues bajo la ocupación anduvo muy atareado: fue profesor, reemplazando incluso en un liceo a un educador expulsado de su puesto por ser judío -el episodio ha sido objeto de virulentas discusiones en los últimos meses-, y escribió y publicó todos sus libros y estrenó sus obras, aprobadas por la censura alemana. A diferencia de resistentes como Camus o Malraux, que se jugaron la vida en los años de la guerra, no parece que Sartre arriesgara demasiado con su militancia. ¿Tal vez inconscientemente quiso borrar ese incómodo pasado con las posturas cada vez más extremistas que adoptó luego de la liberación? No es imposible. Uno de los temas recurrentes de su filosofía fue el de la mala conciencia, que, según él, condiciona la vida burguesa, induciendo constantemente a hombres y mujeres de esta clase social a hacer trampas, a disfrazar su verdadera personalidad bajo máscaras mentirosas. En el mejor de sus ensayos, San Genet, comediante y mártir, ilustró con penetrante agudeza este sistema psicológico-moral por el cual, según él, el burgués se esconde de sí mismo, se niega y reniega todo el tiempo, huyendo de esa conciencia sucia que lo acusa. Tal vez sea cierto, en su caso. Tal vez, el temible despotricador de los demócratas, el anarcocomunista contumaz, el «mao» incandescente, era sólo un desesperado burgués multiplicando las poses para que nadie recordara la apatía y prudencia que mostró frente a los nazis cuando las papas quemaban y el compromiso no era una prestidigitación retórica sino una elección de vida o muerte.


INCIPIT 1.452. BAUMGARTNER / PAUL AUSTER



Baumgartner está sentado a su escritorio de la habitación de la planta alta, que, según los casos, denomina estudio, cogitorium o madriguera. Pluma en mano, va por la mitad de una frase del tercer capítulo de su monografía sobre los seudónimos de Kierkegaard cuando se da cuenta de que el libro donde viene la cita que le hace falta para acabarla está abajo, en el  salón, donde lo dejó anoche antes de acostarse. Mientras baja a buscar el libro, se acuerda también de que ha prometido llamar a su hermana esta mañana, a las diez, y como ya es casi la hora decide ir a la cocina y hacer la llamada antes de recoger el libro del salón. Al entrar en la cocina, sin embargo, un olor acre y penetrante lo detiene bruscamente.


INCIPIT 1.451. CABINET D'AMATEUR / VILA.MATAS


Cabinet d’amateur,

una novela oblicua

Enrique Vila-Matas

De los museos -que tantas veces atravieso corriendo como en Bande a part, de Godard- lo que más me interesó siempre fueron los retratos pintados. Hay en ellos una escenificación mínima, muy codificada, en la que al pintor le queda muy poco margen, y aún así, si hay un gran artista al otro lado, una y otra vez consigue que se produzca en el cuadro ese gran milagro de la presencia real. Es, sin ir más lejos lo que sucede, por ejemplo, con los espectrales retratos de Manet.

A veces, esa presencia real no se asoma al mundo desde una pintura, ni desde la vida corriente, y nos encontramos entonces con "apariciones fantasmales", de las que sabe mucho Dominique Gonzalez-Foerster, que en las dos últimas décadas ha trabajado con pasión en ellas, encarnándolas en los más diversos escenarios.DGF (Dominique Gonzalez-Foerster) ha sido Fitzcarraldo, Lola Montez, Edgar Allan Poe, Marlene Dietrich, Franz Kafka ... No descarto que su gusto por esas "súbitas" apariciones provenga de la instalación que en 2001 tituló Petite. En esa obra, una niña, en un cuarto acristalado, veía cómo aparecía y desaparecía en la pared una figura que invadía y transformaba el espacio. DGF cuenta que, cuando tenía la edad de la niña de Pe tite, pasaba mucho tiempo entre el espacio construido y el espacio pensado o imaginado. Le pregunté hace poco cómo veía Petite ahora y me dijo que en la actualidad esa obra no tenía únicamente el significado de un regreso a aquel estado infantil, Sino que era también la rememoración de aquella pionera primera "aparición'' suya, que había tenido lugar en Yokohama, en Japón, en un país con tantos fantasmas y tantos espacios cerrados, todos siempre muy inspiradores.


DE SASTRE


Un bárbaro en Paris, Mario Vargas LLosa, p.149

Decía que frente a un niño que se muere de hambre La náusea no sirve de nada, no vale nada. ¿Significaba esto que escribir novelas o poemas era algo inútil, o, peor, inmoral, mientras hubiera injusticias sociales? Al parecer sí, pues en el mismo reportaje aconsejaba a los escritores de los nuevos países africanos que renunciaran a escribir por el momento y se dedicaran más bien a la enseñanza y otras tareas más urgentes, a fin de construir un país donde más tarde fuera posible la literatura.

Recuerdo haber pensado, repensado, vuelto a pensar en ese reportaje, con la deprimente sensación de haber sido traicionado. Quien nos había enseñado que la literatura era algo tan importante que no se podía jugar con ella, que los libros eran actos que modificaban la vida, súbitamente nos decía que no era así, que, a fin de cuentas, no servía de gran cosa frente a los problemas serios; se trataba de un lujo que se podían permitir los países prósperos y justos, pero no los pobres e injustos, como el mío. Para esa época ya no había argumento capaz de librarme de la literatura, de modo que el reportaje sirvió más bien para librarme de Sartre: se rompió el hechizo, ese vínculo irracional que une al mandarín con sus secuaces. Me acuerdo muy bien de la consternación que significó darme cuenta de que el hombre más inteligente del mundo podía también -aunque fuese en un momento de desánimo- decir tonterías. Y, en cierta forma, era refrescante, después de tantos años de respetuoso acatamiento, polemizar mentalmente con él y desbaratarlo a preguntas. ¿A partir de qué coeficiente de proteínas per cápita en un país era ya ético escribir novelas? ¿Qué índices debían alcanzar la renta nacional, la escolaridad, la mortalidad, la salubridad, para que no fuera inmoral pintar un cuadro, componer una cantata o tallar una escultura? ¿Qué quehaceres humanos resisten la comparación con los niños muertos más airosamente que las novelas? ¿La astrología? ¿La arquitectura? ¿Vale más el palacio de Versalles que un niño muerto? ¿Cuántos niños muertos equivalen a la teoría de los quanta?


PAUL AUSTER


Baumgartner, Paul Auster, p. 144

Nada que hacer, piensa, nada en absoluto. La pérdida de memoria a corto plazo forma inevitablemente parte de hacerse viejo, y si no es olvidarse de subirse la cremallera, es ir a registrar la casa en busca de las gafas de lectura mientras las llevas en la mano, o bajar a realizar dos pequeñas tareas, coger un libro del salón y servirse un vaso de zumo en la cocina para luego volver a la planta de arriba con el zumo pero no con el libro, o si no con nada, porque una tercera cosa te ha distraído en la planta baja y has vuelto arriba con las manos vacías y habiendo olvidado para qué bajaste en un principio. No es que no le pasaran esas cosas cuando era joven, o que no olvidara el nombre de esa actriz, de aquel escritor o del secretario de Comercio, pero cuanto más viejo te haces, con mayor frecuencia te ocurren esas cosas, y si empiezan a suceder tan a menudo que ya apenas sabes dónde estás y no puedes realizar un seguimiento de tus últimos pasos, estás acabado, aún vivo, pero acabado. Antes lo llamaban senectud. Ahora, demencia senil, pero de un modo u otro, Baumgartner es consciente de que si al final acaba así, aún le queda bastante camino por recorrer.


FRANKIE BOYLE

 


Baumgartner, Paul Auster, p. 60

Frankie Boyle nunca llegó a las selvas de Vietnam. Cinco semanas después de alistarse sufrió un accidente durante un ejercicio de instrucción básica en Fort Dix cuando un lanzacohetes falló y le estalló en las manos. La explosión lo hizo pedazos, convirtiéndolo en una masa de fragmentos que salieron disparados y se esparcieron por el aire en todas direcciones antes de caer de nuevo a tierra. Cuando llegó la ambulancia en busca de los trozos dispersos, estuvieron más de dos horas sobre el terreno recogiendo restos de dedos de manos y pies, de brazos y piernas, junto con numerosas porciones de carne achicharrada y huesos rotos sin identificar, pero con el sol empezando a ponerse hacia el horizonte y la proximidad de la noche, dieron la  búsqueda por terminada. Pese a tales esfuerzos, el día que lo enterraron quedaba tan poco de Frankie Boyle que el contenido de su ataúd pesaba veintisiete kilos y medio.


PALESTINA E ISRAEL


Un bárbaro en París., Vargas Llosa, p. 148

Será difícil, para los que conozcan a Sartre sólo a través de sus libros, saber hasta qué punto las cosas que dijo, o dejó de decir, o se pensó que podía haber dicho, repercutían en miles de miles de personas y se tornaban, en ellas, formas de comportamiento, «elección » vital. Pienso en mi amigo Michael, que ayunó y salió semidesnudo al invierno de París hasta volverse tuberculoso para no ir a pelear en la «sucia guerra» de Argelia, y en mi buhardilla atiborrada de propaganda del FLN argelino que escondí allí porque «había que comprometerse».

Por Sartre nos tapamos los oídos para no escuchar, en su debido momento, la lección política de Camus, pero, en cambio, gracias a Sartre y a Les Temps Modernes nos abrimos camino a través de la complejidad del caso palestino-israelí que nos resultaba desgarrador. ¿Quién tenía la razón? ¿Era Israel, como sostenía buena parte de la izquierda, una simple hechura artificial del imperialismo? ¿Había que creer que las injusticias cometidas por Israel contra los palestinos eran moralmente idénticas a las cometidas por los nazis contra los judíos? Sartre nos salvó del esquematismo y la visión unilateral. Es uno de los problemas en que su posición fue siempre consistente, lúcida, valerosa, esclarecedora. Él entendió que podía haber dos posiciones igualmente justas y sin embargo contradictorias, que tanto palestinos como israelíes fundaban legítimamente su derecho a tener una patria y que, por lo tanto, había que defender la tesis -que parecía entonces imposible, pero que ahora, gracias a Egipto, ya no lo parece tanto- de que el problema sólo se resolvería cuando Israel consintiera en la creación de un Estado palestino y los palestinos, por su parte, reconocieran la existencia de Israel.


DE LA LECTURA


Los últimos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 92

dejar la lectura de algunos libros. He renunciado más de una vez a El hombre sin atributos, Proust (un volumen de siete, dos veces), Los hermanos Karamazov (lo acabo de comprobar: entre las páginas 80 y 81 encontré la cuenta de un restaurante de Bolonia de 2012; pensaba que había avanzado más, en alguna fecha posterior), Los embajadores ( cada vez poseído por la convicción, a la vez borrosa e insistente, de que mis gafas de leer estaban cambiando de graduación a mitad de frase), y casi todo Faulkner. Me parece que leí Luz de agosto cuando tenía veinte años (las anotaciones lo demuestran), pero desistí de releerlo después de cincuenta páginas cuando tenía sesenta. El ruido y la furia fue un juego de niños: tres páginas bastaron para convencerme de que nunca lo lograría. Creo a la gente que dice que El ruido y la furia se vuelve genial cuando llegas a la segunda parte o, idealmente, cuando lo lees entero por segunda vez; lo que rara vez escuchas es cómo pasar de la primera parte por primera vez. Ojalá hubiera leído El hombre sin atributos y todo Dostoievski cuando tenía poco más de veinte años. Es extraño que resulte más fácil leer libros difíciles cuando uno sabía menos sobre libros y lectura. Y qué curioso el estatus de Dostoievski: uno de los más grandes, todo el mundo está de acuerdo, pero el mejor momento para leerlo parece ser cuando estás al final de la adolescencia, mientras tu gusto está en proceso de formación ... gracias a la experiencia de leer a escritores corno Dostoievski. (Hablarnos de crecer gracias a ciertos escritores y libros -El guardián entre el centeno o Trampa 22-, pero tal vez registren, corno las marcas de nuestra estatura en el marco de la puerta donde vivíamos de pequeños, cuánto nos han ayudado a crecer más allá de nosotros mismos). 


INCIPIT 1.450. EL DIA DE LA LIBERACION / GEORGE SAUNDERS


Es el tercer día del Ínterin.

Para nosotros, un Ínterin de lo más largo.

Y nos pasamos el día preguntándonos: ¿Cuándo volverá el señor U. a la Consola? ¿Están contentos los Untermeyer (el señor U., la señora U. y el hijo adulto Mike)? En caso de que sí, ¿por qué? Y en caso de que no, ¿por qué no? ¿Cuándo será la próxima vez que nos pedirán que Hablemos? ¿De qué y en qué tono?

Nos lo preguntamos con avidez. Aunque no en voz alta. Porque puede haber una Penalización. Te pueden Desamarrar ante las miradas inquietas de los demás y llevarte a una Zona de Penalización. ( Que aquí, en casa de los Untermeyer, es un cobertizo situado en el jardín.) La Penalización te la pasas sentado a oscuras entre palas. Puedes hablar. Pero no puedes Hablar. ¿Cómo ibas a poder? Para disfrutar de la euforia especial del Hablar, hay que estar Amarrado. Al Muro de Hablar.


INCIPIT 1.449. REPUBLICA LUMINOSA / ANDRES BARBA


Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor. Si tiene la mía respondo que comprender no es más que recomponer lo que solo hemos visto fragmentariamente, si es más joven le pregunto si cree o no en los malos presagios. Casi siempre me contestan que no, como si creer en ellos supusiera tenerle poco aprecio a la libertad. Yo no hago más preguntas y les cuento entonces mi versión de los hechos, porque es lo único que tengo y porque sería inútil convencerlos de que no se trata tanto de que aprecien la libertad como de que no crean tan ingenuamente en la justicia. Si yo fuese un poco más enérgico o un poco menos cobarde, comenzaría mi historia siempre con la misma frase: Casi todo el mundo tiene lo que se merece y los malos presagios existen. Vaya que si existen.


JAMESIANA


Los últimos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 168

La relación entre renunciar y continuar existe en todas las permutaciones y excepciones concebibles. Así como El periodista deportivo se centra en un escritor que renunció después de un libro, Henry James, en su relato «Los años intermedios», publicado por primera vez en 1893 y recopilado dos años después en Terminaciones, trata de un escritor que, como sugiere el título, está acabado a mitad de su carrera. Dencombe ha recibido una copia de su libro «más reciente», quizá el último, Los años intermedios. Durante varios años ha sido consciente «del reflujo del tiempo, de la reducción de oportunidades; y ahora no sentía tanto que su última oportunidad se estaba acabando como que realmente ya no existía. Había hecho todo lo que tenía que hacer y, sin embargo, no había hecho lo que quería». Después de desenvolver el libro, comienza a leer y gradualmente se «apaciguó y se tranquilizó. Todo le volvió a la memoria, pero le volvió en medio del asombro, le volvió, sobre todo, con una belleza elevada y magnífica. Leía su propia prosa, giraba sus propias hojas y, mientras estaba allí sentado con el sol primaveral sobre la página, sentía una emoción peculiar e intensa. Su carrera había terminado, sin duda, pero había terminado, después de todo, con aquello». Este sentimiento de satisfacción y plenitud pronto da paso a algo más, «el atisbo de un posible indulto», la sensación de que tal vez aún no está del todo acabado. Y no solo eso. Quizá es solo ahora cuando ha llegado a la verdadera posesión de su talento. Lo que necesita es una extensión y así, mientras pasa las últimas páginas, suspira: «¡Ah, por tener otra oportunidad!».


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