Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

DUQUESA DE GUERMANTES


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 186

Me hablaba de un lujo inaudito, de los criados, de las flores, de los cuadros, de las arañas de cristal, de las joyas, de los coches de caballos que invadían el barrio, llevando y esperando a los invitados.

-¡Era de una magnificencia increíble, Céleste, y a veces con unas excentricidades ... !

Y lo evocaba corno un sueño, aunque no lo aprobara todo.

-Figúrese que una noche, en una cena de madame Straus, compareció un hombre con un mono vestido con plastrón y traje completo. Aparte de que a mí no me gustan los animales, era algo de un mal gusto indecente. Y en casa de madame Greffulhe, con motivo de una fiesta de disfraces, vi a dos cachorros de león que tiraban de pequeñas carretillas que contenían los accesorios del baile, conducidos por cuatro de los cuarenta y cinco sirvientes de la condesa, vestidos de librea. También aquello me pareció excesivo. Además, aunque los cachorros de león habían sido bien adiestrados, nada les impidió arrancarle un brazo al portero al día siguiente.

Pero no cabía duda de que sentía una gran debilidad por madame Greffulhe.

-Hoy puedo confesarlo, Céleste -me dijo una noche-. Creo que, desde la primera vez que la vi, quedé totalmente seducido. Tenía raza, clase, prestancia, un modo de erguir la cabeza ... ¡Y qué forma de llevar un ave del paraíso en el cabello! ¡Era única! Y, con sus manos ágiles, imitaba la graciosa pose del pájaro sobre el peinado.

-Era innato en ella -me decía-. Era única. No sé cuántas veces habré ido a la Ópera sólo para admirar su porte al subir las escaleras. Yo estaba allí, al acecho. La veía pasar, el cuello graciosamente erguido bajo el pájaro que parecía haberse posado por sí mismo. Era una delicia.

Pero tuvo pocas ocasiones de ver a la condesa, salvo en algunas recepciones en su casa a las que era invitado, y en algunos festejos mundanos, fiestas o bodas. Y se debió en gran parte a los celos del conde, que no tenía reparos en decir que no le gustaba monsieur Proust y que no aprobaba la amistad que mantenía con su mujer.


PROUST AL FINAL


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 399

Aquella noche del 17 al 18 de noviembre, me llamó a medianoche, para que me quedara a su lado, tal como le había dicho a su hermano.

Me recibió con una voz casi alegre:

-Pues bien, mi querida Céleste, usted va a sentarse aquí, en el sillón, y vamos a trabajar juntos.

Añadió:

-Si supero esta noche, probaré a los médicos que soy más fuerte que ellos. Pero hay que superarla. ¿Cree que lo conseguiré? «Naturalmente», protesté con toda sinceridad, pues estaba segura de que sí. Me inquietaba pensar que iba a cansarse todavía más, pero eso era todo.

Me instalé y no le dejé hasta horas después, por muy breves momentos. Primero hablamos un poco; después retomó las correcciones y los añadidos. Empezó su trabajo dictándome, hasta las dos de la madrugada. Yo no debía de ir muy aprisa, porque empezaba a sentirme agotada, y además hacía un frío terrible en la habitación. Yo estaba helada.

En determinado momento, me dijo:

-Creo que me canso más de dictar que de escribir, a causa de la respiración.

Cogió su pluma y siguió solo, durante más de una hora.

La imagen de las agujas en la esfera de su reloj se me quedó grabada en el momento en que la pluma dejó de deslizarse sobre el papel y él la soltó. Eran exactamente las tres y media de la mañana.

Me dijo:

-Estoy demasiado cansado. Paremos, Céleste. No puedo más. Pero quédese aquí.

Más tarde, el profesor Robert Proust me explicó que fue seguramente a esa hora cuando el absceso del pulmón reventó, y provocó una septicemia.

Monsieur Proust todavía me dijo: -¿No se olvidará de pegar los papeles en su lugar, Céleste? Sobre todo no lo olvide ... Es importante.

Me dio todas las indicaciones sobre los lugares exactos. Después repitió:

-¿Lo hará bien, verdad, Céleste? ¿No lo olvidará?

Yo respondí:

-Claro que no, monsieur, puede estar tranquilo. Ahora descanse. ¿Y si tomara algo caliente?

Se negó y me dijo, con esa mirada de afecto que no he visto en nadie más:

-Gracias mi querida Céleste


INCIPIT 1.338. ALIAS / BORGES, BIOY


Transcribimos a continuación la silueta de la educadora, señorita Adelma Badoglio:

«El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año 1893. Después de interesantes estudios primarios, se trasladó con toda su familia a la Chicago argentina. En 1907, las columnas de la prensa de Rosario acogían las primeras producciones de aquel modesto amigo de las musas, sin sospechar acaso  su edad. De aquella época son las composiciones: Vanitas, Los Adelantos del Progreso, La Patria Azul y Blanca, A Ella, Nocturnos. En 1915 leyó ante una selecta concurrencia, en el Centro Balear, su Oda a la "Elegía a la muerte de su padre''. de Jorge Manrique, proeza que le valiera una notoriedad ruidosa pero efímera. Ese mismo año publicó: ¡ Ciudadano!, obra de vuelo sostenido, desgraciadamente afeada por ciertos galicismos, imputables a la juventud del autor y a las pocas luces de la época. En 1919 lanza Fata Morgana, fina o brilla de circunstancias, cuyos cantos finales ya anuncian al vigoroso prosista de ¡Hablemos con mds propiedad! (1932) y de Entre libros y papeles (1934). Durante la intervención de Labruna fue nombrado, primero, Inspector de enseñanza, y después Defensor de pobres. Lejos de las blanduras del hogar, el áspero contacto de la realidad le dio esa experiencia que es tal vez la más alta enseñanza de su obra. Entre sus libros citaremos: El Congreso Eucarístico: órgano de la propaganda argentina; Vida y muerte de don Chicho Grande;¡ Ya sé leer! (aprobado por la Inspección de Enseñanza de la ciudad de Rosario


BARON DE CHARLUS


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 293

Por supuesto, una de las cosas que más fascinaba a monsieur Proust en el personaje del conde era la particularidad de sus amores. Siguió y observó paso a paso, corno todo lo demás, el gran afecto que experimentaba Montesquiou por su secretario, Yturri, un sudamericano que ceceaba y llamaba a su jefe 

«Moussou lé Comté». La historia era la comidilla de todo París, y estoy segura de que monsieur Proust encontró en ella una fuente inagotable para su barón de Charlus. A menudo me decía que le caía bien Yturri y que no entendía por qué los amigos del conde se burlaban tanto de su secretario, pues era un muchacho amable y muy entregado a su jefe, al que sacaba de todos los problemas, sobre todo de los monetarios, que eran frecuentes.

-Le mató aquella devoción -me decía-. Cuando Yturri murió, poco después que mi madre, el mismo año 1905, escribí una larga carta al conde para hacerle saber que comprendía y compartía su dolor, pues, en el fondo, era un poco una madre lo que él había perdido. Yo le decía en la carta: «Su duelo es el mismo que el mío».

Pero cuando, inmediatamente, Montesquiou sustituyó a Yturri por otro secretario, Henri Pinard, todo terminó. Monsieur Proust perdió interés por el conde: había extraído de él cuanto necesitaba. Poco a poco, sus encuentros se fueron espaciando. La relación continuó por correspondencia, pero era sobre todo el conde quien la continuaba.

La principal razón era naturalmente que Montesquiou se reconocía en el barón de Charlus de los libros.

-La primera vez que creyó reconocerse -me decía Monsieur Proust riendo- estaba como un león enjaulado.

Naturalmente también, monsieur Proust le abrumó de explicaciones, y el conde se rindió a sus discursos.

-Al menos lo fingió -me dijo monsieur Proust-. Además, se acostumbró -añadió, riendo.

Y me contó que ya Huysmans se había servido de él para su personaje del duque Des Esseintes en su novela, A rebours. Uno acaba por preguntarse si, en el fondo, Montesquiou no se sentía halagado.

Entre los argumentos de monsieur Proust figuraba que el barón de Charlus era un hombre gordo, mientras que el conde Robert era delgado como un fideo. Pero no creo que monsieur Proust llegara a explicarle que había tomado la corpulencia de Charlus del barón Doasan, que pertenecía también a «la raza maldita de los hombres-mujer, descendientes de aquellos habitantes de Sodoma que escaparon al fuego celeste», como se dice en el libro. Lo seguro es que la última visita de Montesquiou a Monsieur Proust estuvo relacionada con el barón de Charlus.


MONSIEUR PROUST


Monsieur Proust, Celéste Albarte, p. 284

-Pero, Céleste, no se trata de un don. Es, en primer lugar, una facultad intelectual que se cultiva y que a la larga se convierte en una costumbre. Como había muchas actividades que me estaban prohibidas, permanecía inmóvil mucho tiempo, en medio del ajetreo de la vida, y aunque sólo fuera para distraerme, miraba agitarse a los demás, muchas veces con envidia, lo que me llevaba a observarlos aún mejor. Empecé de muy niño. A partir del día en que tuve asma, tanto en los Champs-Elysées como en el Pré Catelan de Illiers, en casa de mi tío Amiot, no podía correr, me paseaba. En Illiers, pasaba horas enteras mirando fluir el agua del Loir, y después leyendo o escribiendo en el pequeño pabellón con toda la naturaleza ante mis ojos. Lo mismo ocurría cuando acompañaba a mi tío en su tílburi; veía cómo se desplegaba y se movía el paisaje, y cómo los campanarios de los pueblos sonaban en la llanura. La vida, las personas, son también una naturaleza que se despliega y pasa; pero, a fuerza de mirar, de observar, uno acaba por interesarse en las relaciones y, como los sabios, a través de las relaciones, con reflexión, se llegan a descubrir las leyes.

También me decía, señalando con un gesto sus ojos y su frente:

-Todo está anotado aquí, Céleste. Si no hay memoria, no se puede comparar, y sólo comparando se llega a completar el pensamiento. Pero nunca se acaba. Por eso necesito siempre ir a ver las cosas una y otra vez.

-La verdad de la vida está en la observación y la memoria. Si no, se limita a pasar. He puesto toda mi observación y toda mi memoria en mis personajes, para que sean verdaderos. Para ser verdaderos, tienen que estar completos. Por eso a cada uno le he vestido y peinado a base de los detalles y el recuerdo de tantos otros a los que he observado a lo largo de mi vida.


GIDE Y PROUST


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 325

-He visto el paquete antes y después, Céleste -me decía-. Y estoy completamente seguro de que volvió intacto, tal como yo lo había enviado. Por muy artista que uno sea, deshacer un tipo de nudo tan especial como el que hace Nicolas, y repetirlo luego exactamente igual, y además en el mismo punto, reconocerá usted que es muy difícil, o incluso simplemente imposible. También Nicolas estaba seguro de que no se había deshecho el nudo.

A monsieur Proust le divertía mucho la historia. Siempre se reía cuando me la contaba, y lo hacía con gran sentido del humor. Me decía:

-Como el manuscrito era grueso y pesado, Nicolas fue a buscar papel muy fuerte a la librería de abajo. ¡ Y cuando pienso en todo lo que se esforzó con el nudo del cordón ... !

En cualquier caso, siempre estuvo convencido de que el rechazo de André Gide obedecía a un prejuicio, debido a que, precisamente porque había conocido a monsieur Proust en los salones y había seguido oyendo hablar de él en esos medios, le había clasificado de antemano como un «dandy mundano», sin ni siquiera tomarse la molestia de leer el libro.

-Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos. Mi camelia en el ojal seguramente les había incitado a él y a sus amigos a pensar que yo era un inútil -me decía monsieur Proust, con los ojos centelleantes de ironía.

Pero nunca, ni siquiera en los inicios de mi vida a su lado y en sus primeras confidencias, cuando el recuerdo era más o menos reciente, hizo alusión a ello con el menor rastro de acrimonia, rencor o despecho, ni siquiera para decirme que, a fin de cuentas, si Gide oía hablar de él en los medios mundanos era porque también los frecuentaba y quizá fuera tan «dandy» como él.


INCIPIT 1.337. LO QUE LA PRIMAVERA HACE CON LOS CEREZOS / MARTA ROBLES


Hablemos de amor. De pasiones. De sexualidad. Hablemos de todo aquello que no somos capaces de entender pero que necesitarnos sentir para saber que estarnos vivos. ¿Es posible vivir sin ningún tipo de amor? Amor a la humanidad, amor paternal, amor filial, amor cortés, amor romántico, amor de amistad ... Hay tantos amores corno personas y hasta explicaciones. Tantas formas de amar corno de mirar. Pero ¿son todas amor? ¿También las posesivas, tóxicas y hasta vampíricas? ¿Qué es el amor? Los griegos, que repartían el amor en muchas categorías y lo mencionaban con frecuencia, luego -al menos en la Atenas del siglo V a. C.- encerraban a las mujeres «amadas» por sus maridos, las decentes, mientras ellos compartían y departían entre sí y con esas otras mujeres, las hetairas, a las que, supuestamente, no podían amar, sino solo desear. Mi tan admirado corno querido Juan Eslava Galán asegura que es Safo, la poeta griega, quien inventa, un siglo antes y en la isla de Lesbos, el concepto de amor tal y corno lo conocernos hoy. Y es cierto que en lo poco que nos ha llegado de ella cabe casi todo el amor de todos los tiempos.
Inventado, real o puro espejismo cristalizado stendhaliano, el amor es un sentimiento tan inexplicable corno maravilloso, tan extraordinario corno perturbador, que muchos excelsos pensadores detestan por la zozobra que provoca. No solo nuestro gran Ortega y Gasset lo consideraba un «estado de imbecilidad transitoria”, también los griegos y romanos renegaron

SADO


Monsieur Proust, Céleste Albarte, p. 229
-Mi querida Céleste, lo que he visto esta noche es inimaginable. Llego de casa de Le Cuziat, como usted sabe. Me había indicado que había un hombre que iba a su casa para que le flagelaran. He asistido a toda la escena desde otra habitación, a través de una ventanita abierta en la pared. Es increíble, ¡se lo juro! Yo tenía mis dudas. Quería asegurarme, y lo he conseguido. Se trata de un gran empresario que hace el viaje desde el norte de Francia especialmente para esto. Figúrese que está allí, en una habitación, atado a una pared con unas cadenas provistas de candados, y que un tipejo inmundo, sacado de quién sabe dónde y al que pagan para ello, le da latigazos en la espalda, hasta que la sangre brota por todas partes. Sólo entonces el pobre diablo consigue disfrutar del máximo placer.
Yo estaba tan impresionada y tan horrorizada que le dije: -Monsieur, no es posible, ¡eso no puede existir!
-Sí, Céleste. No me invento nada.
-Pero, monsieur, ¿cómo ha podido usted mirarlo?
-Justamente, porque no es algo que se pueda uno inventar.
Y, comno yo le dijera que, a mis ojos, Le Cuziat era un monstruo, él me respondió:
-Ah, Céleste. No vaya usted a creer que a mí me gusta. Y usted tiene razón; no es un buen tipo. Todavía peor, me da asco. Pero esta tarde he aprendido algo.
-¿ Y ha pagado usted mucho por ver eso, monsieur?
-Sí, Céleste, pero era necesario.
-Pues bien, monsieur, cuando pienso que usted me dice que ese hombre horrible pasa temporadas en la cárcel, ¡yo creo que debería pudrirse allí!
Se echó a reír.
-Querida Céleste, ¡y él que la alaba tanto! El otro día me preguntó extasiado si era usted quien hacía relucir así mi bandeja de plata. Se deshacía en elogios.
Y yo:
-¡No quiero para nada los elogios de semejante monstruo!
En cualquier caso, aquella noche hablarnos de la horrible escena de la flagelación durante horas. Yo, abrumada, corno he dicho  y él, repitiéndola una y otra vez, corno para no olvidar nada y, a su manera, planificando ya en voz alta su redacción.

PROUST


Monsieur Proust, Céleste Albarete, p. 228

No voy a comentar las estupideces que se han contado y han sido recogidas en un libro, y que tendrían más o menos como escenario el establecimiento de Le Cuziat: una historia de ratas atravesadas por espinas cuya agonía habría ido él a contemplar, y aquella según la cual habría mostrado fotografías de su madre a los rufianes de la casa, para que se burlaran de ellas y disfrutaran el placer del sacrilegio. ¿ Cómo se atreven a publicar semejantes aberraciones? Monsieur Proust tenía desde siempre fobia a las ratas, hasta el punto, me contó un día, de que ni siquiera podía soportar su simple vista. Respecto a las fotografías de su madre, nunca salieron de los cajones de la cómoda de su habitación, excepto cuando me pedía que las cogiera para volver a verlas o para enseñármelas, siempre con amor y emoción. Por último, nunca sacaba nada de casa, y, salvo sus comidas, sus utensilios de aseo, su ropa, sus cuadernos y su portaplumas, nunca manipulaba nada con las manos. Aunque parezca extraordinario, si pienso que me llamaba a mí para que le diera cualquier cosa, por pequeña que fuera, la idea de que hubiera abierto un pesado cajón para escoger determinadas fotos, meterlas en un sobre, y después llevárselas y hacer las manipulaciones subsiguientes es completamente impensable para alguien que le conociera como yo. La única cosa que sacó de su casa fue azúcar, que me hizo preparar en un paquete para regalárselo a mi cuñada, madame Lariviére, durante las restricciones de la guerra.


DUELO


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 188

De todos modos, recuerdo que, cuando me habló del duelo que mantuvo en aquel tiempo con el escritor Jean Lorrain por un artículo malintencionado que éste había escrito sobre él, no pude evitar exclamar:

-Monsieur, ¡no es posible! ¡No me le imagino a usted con un revólver! ¡Qué idea, ir a pegar tiros!

-¿Por qué no?

-¡ Usted parece tan tímido y tan dulce!

-No podía escabullirme, Céleste. Era lo que había que hacer.

-¿Como las flores de Todos los Santos?

Se reía.

-Sé que no le gustan los comentarios desagradables -decía yo-. Se nota sólo con ver con cuánta energía arquea la espalda cuando me los repite. ¡Pero de ahí a recurrir a la pistola o a la espada! No me diga que acudió al duelo.

-Claro que sí, Céleste.

-¿Su madre estaba al corriente?

-Sí.

-¡Debió sentirse tan desdichada!

-Es cierto. ¡Pobre mamá! Ella no quería que fuera. Muchas otras damas tampoco. Pero aquel hombre me había ofendido y nadie me movió a hacerlo: fui yo quien quiso ese duelo. Jean Lorrain estaba celoso del prólogo que Anatole France había escrito para mi libro Los placeres y los días; sostenía que sólo era un cumplido de salón para un joven mundano enfermo de literatura. Intercambiarnos unos disparos en los bosques de Meudon al amanecer. Sólo se trataba de un gesto.

Y añadió, burlándose:

-Todo el mundo dijo que yo había sido «muy valiente» ... , aunque cometí la imprudencia de escribir en una carta que había llorado en las horas que precedieron al duelo. Cierto que también había escrito: “... Y sin embargo no soy un cobarde”.


INCIPIT 1.338. MONSIEUR PROUST / CELESTE ALBARET


Veo entrar a un gran señor

Hace ahora sesenta años que le vi por primera vez, y, sin embargo, parece que fue ayer. A menudo me decía: «Cuando yo haya muerto, usted recordará siempre al pequeño Marcel, porque no encontrará nunca a nadie como él». Y ahora me doy cuenta de que tenía razón, como, por otra parte, la tenía siempre. Nunca he dejado de pensar en él ni de tomarle como ejemplo. Las noches que no duermo, es como si me hablara. Surge un problema, me pregunto: «Si él estuviera aquí, ¿qué me aconsejaría? ». Y oigo su voz: «Querida Céleste ... », y sé lo que me diría. Creo que él me envía todas las cosas buenas que me pasan, porque sólo deseaba mi bien. ¡Se ponía tan contento cada vez que me ocurría algo bueno o que alguien le hablaba elogiosamente de mí! Cuando uno ha tenido de vivo el poder que él tenía, es imposible que lo pierda después, y estoy segura de que, incluso en el más allá, sigue a mi lado.

Diez años no es mucho tiempo. Pero se trataba de Monsieur Proust, y estos diez años en su casa, a su lado, constituyen toda una vida para mí, y agradezco al destino que me la concediera, porque no hubiera podido soñar una vida más hermosa. Yo no me daba enteramente cuenta. Vivía día a día, contenta de estar allí. Cuando  se lo decía, él me dirigía aquella miradita escrutadora, irónica y amable a la vez, y replicaba: «Veamos, querida Céleste, ¿no resulta un poco triste pasarse las noches enteras aquí, con un enfermo?». Y yo protestaba. Él bromeaba, pero había adivinado antes que yo lo que aquella existencia representaba para mí. Es difícil de expresar. Se trataba de su encanto, su sonrisa, su forma de hablar, con su pequeña mano apoyada en la mejilla. Marcaba el ritmo de la canción. Cuando la vida se detuvo para él, se detuvo también para mí. Pero la canción ha subsistido.


DUQUESA DE GUERMANTES


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 183

Pero creo que, entre todas estas damas, la que más importancia tuvo para monsieur Proust fue madame Straus, la viuda de Georges Bizet, que había vuelto a casarse. En su libro la convirtió en duquesa. Aunque no todos, sí una gran parte de los ingredientes de la duquesa de Guermantes se deben a ella, como a madame Lemaire y a madame de Caillavet los de las damas burguesas.

Hubo entre Proust y madame Straus una amistad que duró hasta la muerte; y en él, cuando era joven, e incluso después, antes de que yo le conociera, una gran ternura, de la que, por delicadeza, nunca me habló explícitamente. Pero yo lo percibía en la forma en que me pedía, con bastante frecuencia, que sacara del cajón de la cómoda una fotografía de ella vestida de luto, antes de que se Convirtiera en madame Straus. Y la miraba largo rato.

-¡Ah, Céleste! ¡Qué hermosa estaba con estos velos!

Era mucho mayor que él, puesto que se trataba de la madre de Jacques Bizet, su antiguo compañero de clase. Pero sentía por ella inmensa admiración y devoción, y no era difícil adivinar las emociones que habría despertado en él durante las turbulencias propias de la adolescencia, que sin duda se habían afirmado más tarde. Bastaba ver la tristeza con que me devolvía el retrato:

-¡Dios mío, cuánto ha cambiado!

Según lo que me contaba, ella también le había dedicado un aprecio, una admiración y un afecto muy especiales desde su juventud, pero teniendo siempre presente la diferencia de edad.

Monsieur Proust iba a las cenas y recepciones que ella organizaba, tanto para verla corno por el placer de relacionarse con escritores, pintores, músicos y nombres ilustres. Asistían  Paul Bourget, Charles Gounod, Jules Renard, el diseñador Forain, Degas, pero también la condesa de Chevigné y la condesa Greffulhe, en las que se inspiró asimismo para sus Guermantes, y Charles Haas, que aparece en parte reflejado en el personaje de Swann:

-¡Ah, Charles Haas, Céleste ... ! Era hijo de un corredor de Bolsa, y el único judío, junto con los Rothschild, que fue admitido en el Jockey Club por su comportamiento heroico en la guerra de 1870. Parecía que lo centrara todo, dinero, tiempo, ingenio, todo, en el arte de complacer a las damas. Y, por supuesto, obtenía su recompensa: se volvían locas por él. ¡Era tan distinguido, tan brillante! ¡Un auténtico dandy! ¡Parece que le veo todavía con su sombrero de copa gris forrado de verde!


MADAME VERDURIN


Marcel Proust, Céleste Albaret, p. 182

Recuerdo el retrato que me hizo de madame Lemaire, que regentaba un salón muy conocido en aquellos años de la Belle Époque, y en la que se basó para crear el personaje de madame Verdurin, que también tenía un salón burgués en su libro. Vivía en la rue de Monceau, en el mismo barrio que la familia Proust. Todos los grandes nombres de la aristocracia frecuentaban su casa, pues estaba de moda tratar con artistas y allí se reunían muchos. La propia madame Lemaire era pintora.

-¡ Había que verla, Céleste! Era a la vez imponente y encantadora. Sobre todo pintaba rosas, y lo hacía con una rapidez tan extraordinaria, y en tal cantidad, que el conde de Montesquieu solía decir: «Es, después de Dios, la única que ha pintado tantas rosas». Iba siempre vestida de cualquier modo y casi sin peinar, ¡como si para ella no hubiera existido el séptimo día!

Madame Lemaire consideraba al «pequeño Marce!» casi como un hijo, como el hermano de su hija Suzette, que era muy guapa y amable, pero a la que tiranizaba de tal forma que, según Monsieur Proust, le estropeó la vida. Poseía una hermosa mansión en Seine-et-Marne, el palacio de Réveillon, donde también organizaba fiestas. Un año, monsieur Proust pasó allí dos meses maravillosos, él decía que de los más felices de su juventud, acompañado de Suzette, su amigo Reynaldo Hahn y los invitados a las recepciones.

A ella le encantaba organizarlo y dirigirlo todo. Según Monsieur Proust, cuando daba un concierto en su estudio de pintura, entre las palmas y las flores verdaderas y pintadas, a veces parecía que fuera a subirse a una silla para gritar: «¡Silencio!», y no toleraba el menor ruido, cosa que monsieur Proust aprobaba, aunque se riera del modo en que la imponía. Era también una mujer decidida Recuerdo que una noche, cuando la guerra estaba a punto de acabar, monsieur Proust me pidió que fuera a buscarla, pues había un detalle que quería verificar. Como le hice ver que era ya muy tarde, me dijo:

-No se preocupe, Céleste. Vendrá inmediatamente, ya lo verá. Estará, como siempre, sin arreglar, pero saldrá corriendo y espera encontrarse en el coche para pintarse los labios. Pero ya verá usted, a pesar de todo, ¡qué gran señora!


PROUST


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 78

En la cocina y en mi dormitorio yo sabía todavía, al levantarme, lo que era el día. En el resto de la casa el día no entraba jamás, las cortinas permanecían siempre herméticamente cerradas. La habitación de corcho estaba aislada por los postigos cerrados, y las grandes cortinas azules, forradas y gruesas, también cerradas; y entre los postigos y las cortinas había un cristal doble contra el ruido. Ni siquiera se oían los tranvías que circulaban por el boulevard. Vivíamos a la luz de la electricidad o en una noche perpetua.

Ahora comprendo que toda la búsqueda de monsieur Proust, el gran sacrificio que hizo por su obra, consistió en situarse fuera del tiempo para poder reencontrarlo. Cuando ya no hay  tiempo, impera el silencio. Y él necesitaba ese silencio para oír sólo las voces que quería oír, las que están en sus libros. En aquel entonces yo no era consciente de ello. Pero ahora, algunas noches, cuando estoy sola y no puedo dormir y reflexiono, creo verle tal como era seguramente, en su habitación, cuando yo me había retirado: solo también, pero en su propia noche, mientras en el exterior ya reina desde hace mucho el día, monsieur Proust trabaja en sus cuadernos. E imagino que yo estoy allí, sin sospechar hasta el final, o casi, que él buscó esa soledad y ese silencio aun sabiendo que acabarían con su vida. Pero entonces recuerdo lo que me dijo en cierta ocasión el doctor Robert Proust: «Mi hermano podría haber vivido más tiempo, si hubiera aceptado vivir la vida de todo el mundo. Pero él lo quiso así, lo quiso así por su obra, y nosotros no podemos hacer otra cosa que aceptarlo». Y oigo, sobre todo, la voz de monsieur Proust: «Estoy muy cansado, querida Céleste. Pero es necesario, es necesario ... ».


MM


Lleva todo el día ensayando el breve Cumpleaños feliz que le cantará a Kennedy. Solo se ha levantado del piano para que la maquillen y la peinen. Y ahora, para que Jean Louis la ayude a enfundarse el vestido que él mismo ha diseñado para ella y por el que ha pagado una pequeña fortuna: doce mil dólares. 
Marilyn ha insistido mucho en que ha de ser un vestido más inolvidable que el de Rita Hayworth en Gilda o que el deslumbrante traje de baño de Deborah Kerr en De aquí a la eternidad, ambos firmados por él. Así que no ha sido un encargo sencillo para el modisto. Sobre todo, por la obsesión de Monroe respecto a que sea al vestido más sexy de la historia, en un tiempo donde el Código Hays impide cualquier osadía en la pantalla y prohíbe mostrar la desnudez de los cuerpos.
Marilyn está expectante por ver cómo le sienta esa creación única, confeccionada en color maquillaje y salpicada por dos mil quinientos cristales de Swarovski. Se lo pondrá sin ropa interior, para evitar cualquier imperfección, y el diseñador terminará de coserlo una vez puesto para que quede perfectamente encajado, casi esculpido sobre su propio cuerpo.
Cuando la diva se contempla ante el espejo, antes de salir para la gala, los propios destellos de lo que casi parece su propia piel, más que la tela adherida a ella, le hacen dibujar una inmensa y radiante sonrisa de triunfo en su rostro.
A su llegada, Peter Lawford, el cuñado presidencial, el más rígido galán de Hollywood, la anuncia con contenido entusiasmo, pero cuando pronuncia su nombre y la orquesta acompaña al cañón de luz que ilumina el escenario, nadie entra. Lawford no pierde la compostura y anima el momento con un par de frases hasta que ella llega y la vuelve a presentar con una broma, esta vez dirigida a la propia protagonista: «Mr President, the late Marilyn Monroe». “Late" significa demora, pero también «última», así que esa frase podría querer decirtanto «la demorada Marilyn como «la última Marilyn”.
Es la última vez que el público la ve con vida, porque apenas tres meses después, la encuentran muerta en su dormitorio.

TIERRA CIMOLIA


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.50

Antes de mediados del segundo milenio, Silvano, esta pequeña isla ya exportaba por mar, a lugares cercanos y lejanos, la singular arcilla conocida como tierra cimolia: una arcilla blanca-y, a veces, rojiza-formada en este mismo suelo, bajo la potente luz del sol, por la sedimentación milenaria de infinitos cristales de calcita, caparazones de erizo y conchas de minúsculos crustáceos. Esta tierra, que aún hoy puedes coger y deshacer entre los dedos, era muy apreciada en las ciudades palaciales de Creta y la península, que, a su vez, la exportaban como una mercancía valiosa a otros puertos lejanos. La lana y los tejidos que se inventariaban en las famosas tablillas de barro eran blanqueados con tierra cimolia; la misma tierra, mezclada con vinagre de vino, se utilizaba para curar inflamaciones en algunos órganos y pústulas de la piel; mezclándola, además, con aceite, se obtenía un ungüento para aliviar los pies hinchados, que había que dejar secar al sol y retirar, horas después, con agua de mar; y, por último, disuelta en agua dulce, con un poco de vino, formaba un espumoso jabón para lavarse, con el que, sin duda, se llenaron, un lejano día, aquellas elegantes bañeras de cerámica de Cnosos y de Pilos: [asáminthos] las llaman las tablillas, usando una palabra, para muchos pregriega, que Homero, sin embargo, utilizó también en sus poemas.

Como ves, con sólo tirar de este hilo-del ejemplo de esta humilde tierra arcillosa-, ya estamos hablando de extracción mineral, de comercio, de navegación, de manufacturas textiles, de elaboración de fármacos, de prácticas higiénicas sofisticadas y de refinamiento cultural, muchos siglos antes de Homero. Nada de esto debiera sorprendernos si tenemos en cuenta lo que fue, en su conjunto, el mundo del Egeo durante ese segundo milenio antes de Cristo, y lo que fue, también, en tiempos anteriores.


SANTORINI


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 125

Antes de la explosión, Santorini se llamaba Strongylé, «la Redonda»; después de la explosión, la mitad de Ja isla desapareció bajo las aguas y nació, en su lugar, un pequeño archipiélago: la media luna de Tera, la solitaria isla de Terasia, el diminuto islote de Aspronisi, y los brotes de lava aún caliente que dan forma a Nea y a Palaia Kameni. La visión de la cercana Po liegos, que ahí enfrente emerge con sus rocas volcánicas del azul del mar, me ayuda a imaginar ahora cómo tuvo que ser aquel terrible estremecimiento de la Tierra y aquel terrible golpe para la civilización del Egeo.

Por lo que dejan inducir sus huellas geológicas,'' la catástrofe debió de suceder más o menos así: al principio, algunos temblores sacudieron el suelo de la isla; las casas de Akrotiri sufrieron desperfectos, pero la situación no debió de alarmar demasiado a las gentes, pues algunas viviendas fueron, incluso, reparadas tras los seísmos. Después, apareció el humo, y, ante ese mal presagio, comenzó la evacuación. Las naves se alejaban de la isla mientras una funesta columna de humo, ceniza y piedra pómez se elevaba hacia el cielo desde dentro del cráter del volcán. Pavesas rojizas caían sobre el mar y la tierra, como copos de nieve, de una nube ígnea que el viento iba arrastrando, poco a poco, hacia Cárpatos, Rodas y las costas de Creta.


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