Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.639. EN PALABRAS SENCILLAS / RICHARD FORD


Nota del autor

Los lectores a menudo me plantean una cuestión, cuya respuesta es el tema de este librito: ¿me considero un novelista político? Y, en ese caso, ¿cómo he llegado a esa conclusión? ¿Y por qué? ¿Y cuándo? Al principio, este asunto no me interesaba mucho, pero con el tiempo he cambiado de opinión.

          Escribir narrativa siempre me ha proporcionado razones y oportunidades para intentar hacerlo cada vez mejor: eligiendo temas más interesantes, escribiendo frases más claras y afortunadas, siendo más exigente con las formalidades del relato, mostrándome más ambicioso al incorporar materiales dispares y, en definitiva, actuando con más inteligencia en el proceso de la escritura. Aunque a veces no se reconozca, una razón importante que subyace a la hora de escribir otro libro es conseguir que el nuevo sea mejor que el anterior.


iAbsalón, Absalón¡



En palabras sencillas, Richard Ford, p.16

Lo que podría haber observado, pero no lo hice, fue cómo mi otra lectura de ese momento, la obra maestra Faulkner iAbsalón, Absalón¡', retrataba Misisipí, un lugar que yo conocía íntimamente porque vivía y era de allí, como un entorno en ebullición de paradojas políticas: había personajes y comportamientos formidables extravagantes, declaraciones desmesuradas, engaños, odios, pasiones repentinas y tragedias casi interminables, todo ello de naturaleza intrínsecamente política Faulkner captaba Misisipi de manera tan completa que, para mí, lograba que no se pareciera en nada a ningún otro lugar del mundo; era tan vívidamente inmersivo como escenario de la narración que hasta ocultaba el hecho de que el gran tema de Absalón (el modo en que esclavitud y el odio racial corrompen irremediablemente la historia y a todos los que la crean) era el tema político perpetuo del Sur en el que yo había nacido y el que conviviría todos los días de mi vida. Si podemos medir el efecto de una novela política por cómo transforma el discurso público, puedo decir que Absalón, Absalón! no solo superó mi capacidad de comprensión. que también alteró de manera permanente mi diálogo conmigo mismo. Aunque tampoco es que me diera cuenta de ello en ese momento.    

 


DE LA VEJEZ


Se mía, Richard Ford, p. 108

"En cuanto vislumbramos los límites de nuestra existencia, se desvanece el sueño que nos llevó a creer que disponíamos de infinitas posibilidades: la comodidad, la ociosidad, tomarse las cosas a la ligera."

Leí esto de madrugada, segundos después de las 2.46, en el Hilton de Sioux Falls, con mi hijo profundamente dormido en la cama contigua. A menudo, cuando me despierto a esa hora, pienso en lo lejos que estoy de mi primer despertar -2.46, Biloxi, 1945- y me maravillo de la vida transcurrida entre esos dos momentos: llena de comodidad, ociosidad y cosas tomadas a la ligera. El viejo Heidegger solo escribía sol sobre el ser humano (aunque alemán), pero dio con una expresión bastante exacta de mi situación y la de mi hijo, juntos en la gran franja central del país. Nuestro dilema humano no es tan único como podría pensarse, sino parecido al de todos. Lo que significa que ser viejo es exactamente igual que tener una enfermedad mortal, al menos en la medida en que yo no estoy más dispuesto que mi hijo a renunciar a la comodidad, a la ociosidad y a tomarme las cosas serias a la ligera.


El Palacio del Maíz,


Se mía, Richard Ford, p. 264

El Palacio del Maíz, cuando siento a Paul en su silla y le empujo hacia la parte delantera del edificio, es tan gratificante como lo recordaba cuando era un niño de diez años que no sabía nada. Aunque también es ni más ni menos que como lo recuerdo: unos primeros recuerdos entrañables avivados por el glamur de la vida que acabas de conocer y apagados por el paso del tiempo. A menudo, no es una desventaja.

Concebido en un principio por los impávidos y melancólicos padres luteranos de la ciudad, que tenía una vena traviesa, como un homenaje festivo (si bien kremliniano) a Deméter en medio de la población, el Palacio del Maíz fue siempre, incluso hace ciento cuarenta años, una curiosidad arquitectónica. (¿Para qué querríamos dos?) Cuando servía de extravagante centro cívico en los días de la expansión al oeste, todo el exterior del palacio -varios muros de quince por treinta metros- estaba literalmente cubierto de «arte» hecho con mazorcas de maíz para crear imágenes gigantescas y rústicas que promovieran temas sólidos de la cámara de comercio, favorables a los negocios y edificantes para el municipio. «Setenta y cinco años de progreso en la pradera.» «El noble piel roja.» «Lewis y Clark.» «La fe de los colonos”. Cuando  mis padres me trajeron en el 54, de camino al monte Rushmore, el tema del año era «El regreso del Chico de Dakota», con grandes imágenes de un sonriente Mr. Welk (acordeón en ristre) y su Champagne Orchestra (que, de hecho, actuó mientras estábamos allí y la gente bailó dentro del palacio) y que a mi madre le gustó, y a mí más o menos, aunque mi padre, que tenía a gala no bailar nunca, se quedó en el vestíbulo fumando cigarrillos y contemplando la Amenaza Roja, cosa que a mi madre y a mí no nos importaba demasiado.


LA MUERTE


Se mía, Richard Ford, p. 108

la «regla» que me enseñaron en mi curso de escritura en Michigan y que decía que insertar una muerte en algo tan frágil como un relato no estaba permitido, ya que la muerte debe tener una importancia proporcional a la vida que se acaba, y los relatos cortos, según mi profesor, no eran buenos para relatar la enormidad de la vida humana. Ese era el terreno de la novela. Y como a mí no se me daba muy bien dar una importancia desmesurada a los personajes, mi destino estaba decidido. Pero ahora, como últimamente he tenido cada vez más trato con la muerte (la muerte en mayúsculas y en minúsculas), he llegado a la conclusión de que la regla de mi profesor era errónea. No es la vida la que es casi insondable y necesita amplificación y más luz. En el caso de la vida, hay muchos datos con los que trabajar, ya que todos tenemos una. El misterio profundo y la historia real es la muerte. Pensadlo: yo lo hago a menudo, escuchando la respiración de mi hijo durante las horas trascendentes de cada noche, cuando pienso que estoy muriendo junto a él. Extrañamente, nunca he sentido que tengo menos en común con él que en estos días y semanas de su evanescencia. Aunque puedo decir que le conozco mucho mejor, nunca he tenido menos «relación», nunca he estado más a oscuras sobre cómo piensa y siente las cosas. No es tan diferente a contemplar el espacio exterior, que intentamos imaginar pero en realidad no podemos. Como dice el viejo y genial Heidegger, solo la plena conciencia de la muerte (que solo se consigue de una manera) permite apreciar la plenitud y el misterio del ser. Bla, bla.


INCIPIT 1.472. SE MIA / RICHARD FORD


FELICIDAD

Últimamente, me ha dado por pensar en la felicidad más que antes. No es una consideración ociosa en ningún momento de la vida, pero ahora que me acerco a mi asignación bíblica estipulada (nací en 1945) ya no es un tema que pueda pasar por alto.

Como soy un presbiteriano histórico (no practicante, no creyente, como la mayoría de los presbiterianos), he pasado tranquilamente por la vida observando una versión de la felicidad que el mismísimo John Knox podría haber aprobado: recorriendo la delgada línea que separa esas dos frases hechas que parecen gemelas: «Lo que no te mata te hace más fuerte» y «La felicidad es lo que no es una lacerante infelicidad». La segunda es más agustiniana, aunque todos esos complejos sistemas te llevan al mismo misterio: «¿Qué hacer ahora?».

Este camino intermedio ha funcionado bastante bien en casi todas las situaciones a las que me ha abocado la vida. Una sucesión gradual de acontecimientos, a veces inadvertida, a través del tiempo, en la que no ha ocurrido nada grandioso, pero tampoco nada insuperable, y en general todo ha ido bastante bien. La dolorosa muerte de mi primer hijo varón (tengo otro). El divorcio (¡dos veces!). He tenido cáncer, mis padres han muerto. También ha muerto mi primera mujer.


RICHARD FORD

Sólo amigos, Richard Ford (Granta 7)
Pero claro, ¿quién puede decir que no se ha avergonzado alguna vez de su propia falsedad? No hace falta ser novelista para que ocurra. Basta con estar vivo. En algún momento posterior (me gustaría decir, por fin) unas cuantas almas perseverantes consiguen atravesar la tormenta de mis defectos personales y me encuentran más o menos aceptable. Aunque nunca sin haber tomado conciencia de cómo es en realidad la persona con quien han entablado amistad.

Aparte de eso, tiendo a ser duro con los pocos amigos que poseo. No me irrito con facilidad, pero sí tengo mal carácter y acostumbro a ofenderme, cosa que siempre lleva a primar a uno mismo a expensas de los demás. Cuando me enfado puedo ser muy pero que muy franco, algo que no complace a muchas personas (¿y quién podría culparlas?). En ocasiones tiro por la borda alguna amistad sin previo aviso y sin comunicárselo al otro, pero nunca (según mi punto  de vista) sin motivo; aunque los motivos varíen desde la perfidia manifiesta hasta la mera lasitud ante lo que parecen ser los requisitos bastante laxos de la amistad. La lista de mis ex amigos no es larga, pero me resulta alentador saber que por lo menos valoro lo suficiente el concepto de la amistad para dejar atrás a ciertos amigos. Cuando busco las razones para la falta de firmeza de mis amistades, estoy seguro de que el culpable soy yo. En mi experiencia, la naturaleza siempre vence a la educación. Y, de todos modos, es posible que no me criara con lo que podrian considerarse “modelos sólidos” de amistades duraderas. Tengo amigos de los viejos tiempos. Pero de nuevo, no demasiados. Mis padres conocían a gente a la que solían llamar “amigos”. Pero lo único que les vi hacer con esa gente era cenar juntos y beber unas copas. Y a menudo no decían cosas muy agradables de «sus amigos» ... Como si en realidad esas personas no fuesen en absoluto amigas. Y ya puestos, ni mi madre ni mi padre (sólo estábamos nosotros tres) eran demasiado amigos de sus respectivas familias, ni propias ni políticas. A mi madre no le caía bien ni la madre de mi padre ni su propia madre ni su padrastro. A mi padre (cuyo padre se había suicidado) no le caía bien el marido de su hermana. Bueno, a casi nadie le caía bien. Y así suma y sigue.

ANGELITO

Flores en las grietas, Richard Ford, p. 141
En los años transcurridos desde entonces ha habido otras ocasiones para esta especie de respuesta abrupta pero contundente a las señales contingentes del mundo, respuestas que hoy me parecen lamentables y cuyo relato no resulta demasiado interesante. (Aunque estoy seguro de que no se trata de una simple “cosa de hombres”, pues también he visto hacerlo a mujeres y he sido lo suficientemente desgraciado como para sufrir una o dos veces los golpes de ellas). Pero una vez le pegué a mi mejor amigo del momento entre dos downs de un partido informal de fútbol americano en que los equipos se distinguían por llevar camiseta o no. No volvimos a ser amigos después de eso. Una vez le pegué en la nariz a un hermano de fraternidad porque me había humillado en público, además de porque no me gustaba. En una comida, tras el funeral de un amigo, en un exabrupto, di un puñetazo a otro deudo que, con su manera exagerada de exteriorizar su duelo, agravaba la situación y ahondaba la pena de todos los demás, y lo «necesitaba”, o al menos eso era lo que yo sentía. Y hace muchísimos años, una tarde de sábado de mediados de mayo, en una calle de Jackson, Mississippi, me incliné y le besé el culo desnudo a otro muchacho con la expresa intención de evitar que me pegara. (Me temo que de todo esto hay muy poco que aprender, salvo que el honor no tiene nada que ver con ello.)

No puedo hablar en nombre de la cultura en general, pero lo cierto es que, durante toda mi vida, cada vez que me encontré con algo que me parecía absolutamente injusto, inmerecido, o un dilema insoluble, pensé en tratar el asunto a golpes o asestar un puñetazo en el rostro a su emisario. Eso mismo pensé hacer con los autores de ciertas críticas literarias injustas. Así como en relación con narradores a los que consideraba hipócritas y merecedores de algún castigo. Lo mismo en relación con mi mujer en un par de ocasiones. Una vez le lancé un imprudente swing a mi propio padre, un puñetazo que erré, pero que me deparó muy malas consecuencias. Incluso me ha sucedido con mi vecino de la acera de enfrente, quien en el calor de una simple discusión por un perro que ladraba, me dio un puñetazo muy fuerte en la cara, lo que justificaba (o así lo consideré) que le pegara hasta dejarlo en la acera cubierto de sangre.  Cuando ocurrió yo tenía cuarenta y ocho años; era todo un adulto. Todavía hoy, aunque, tal como prometí, ya no hago estas cosas,. Dar un golpe en la cara sigue siendo un acto cuya posibilidad conservo.

INCIPIT 883. FLORES EN LAS GRIETAS / RICHARD FORD

QUÉ ESCRIBIMOS, POR QUÉ LO ESCRIBIMOS Y A QUIÉN LE IMPORTA
Probablemente, pronunciar conferencias no sea una ocupación demasiado apropiada para un novelista. Philip Larkin decía que un escritor que se planta ante un público es «un yo que hace como que soy yo”. Pero es una oportunidad que no dejamos escapar porque es mucho más fácil que escribir relatos. En las conferencias se acepta, y a veces incluso se aprecia, la labia que normalmente no se admite en la escritura. En el atril, uno se «ayuda» con la voz y la presencia física, mientras que en los relatos es necesario partir cada vez de cero. En una charla como ésta, es posible reunir las opiniones más dispares, los prejuicios y los deseos de venganza que rondan inútilmente por la cabeza y presentarlo todo como un <

Y finalmente, por supuesto, en una conferencia se cuenta con una expectativa que la escritura no ofrece; la de que si el contenido no es bueno, o es inexistente, será rápidamente olvidado y no nos dejará huellas molestas cuando salgamos volando hacia el cóctel.

INCIPIT 760. INCENDIOS RICHARD FORD

En el otoño de 1960, cuando yo tenía dieciséis años y mi padre llevaba sin trabajo algún tiempo, mi madre conoció a un hombre llamado Warren Muler y se enamoró de él. Esto sucedió en Great Falls, Montana, en la época del boom del petróleo en Gypsy Basin, adonde mi padre nos había llevado en la primavera de aquel año desde Lewiston, Idaho, en la creencia de que la gente -gente modesta como él- estaba haciendo dinero en Montana -o lo haría muy pronto-, y con el deseo de llevarse un trozo del pastel mientras duraran los buenos tiempos, antes de ·que todo se fuese al traste y se esfumase en el viento.

Mi padre era golfista. Profesor de golf. Había ido a la universidad, pero no a la guerra. Y desde 1944, el año en que yo nací y dos años después de casarse con mi madre, había trabajado dando clases de golf en pequeños clubes residenciales y campos públicos de las ciudades cercanas a donde él había crecido, en la zona de Colfax y las Palouse Hills, al este del estado de Washington. Y por aquel entonces, durante los años en que yo estaba creciendo, vivimos en Coeur d'Alene y McCall, Idaho, y en Endicott y Paseo y Walla Walla

MENTIRA

Incendios, Richard Ford, p 75-76
Pero, hubiera lo que hubiere, había valido una mentira. Mi madre había mentido a mi padre, y también yo. Y quizá Warren Miller también había mentido a alguien. Y, si bien sabía perfectamente lo que era una mentira, ignoraba si existía alguna diferencia cuando quienes mentían eran los adultos. Posiblemente importaba menos en ellos, ya que, en su universo de relaciones, la verdad acababa haciéndose evidente a todo el mundo. Mientras que para mí -dado que no había hecho en la vida nada que sirviera de referencia de mi persona- importaba mucho más. Así, sentado en mi pupitre en la fría tarde de octubre, traté de imaginar una vida feliz para mí y una vida feliz y alegre para mis padres cuando todo aquello hubiera acabado, tal como auguraba mi madre. Pero en lo único que logré pensar fue en mi padre diciéndome: “¿Sí? ¿Sí, Joe? ¿Estás ahí?”, y en mí mismo diciéndole: “Adiós.”

DEL AMOR

Rock Springs, Richard Ford, p. 74
Pero yo ahora sabía cómo llega uno a ser un delincuente en este mundo, cómo lo pierde todo. De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontradas, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no queda que a mí me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de creados. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estada. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca.

DEL DIVORCIO

Rock Springs, Richard Ford, p. 54
Mientras caminaba hacia la escuela. pensé que mi vida habia dado un vuelco repentino, y que era posible que durante un tiempo -quizá largo- no supiera exactamente la naturaleza o el sentido de tal vuelco. Era posible incluso que jamás llegara a saberlo. Era una de esas cosas que pasan -lo sabía-, y a mí me había pasado así y en aquel momento. Y mientras subía por la calle en la fría tarde de Great Falls, fui haciéndome estas preguntas. ¿Por qué no permitía mi padre que mi madre volviera? ¿Por qué quiso Woody quedarse conmigo allí fuera, en la noche fría~ con riesgo de perder la vida? ¿Por qué tuvo que decir que mi madre había estado casada otra vez, si no era cierto? Y, en cuanto a mi madre, ¿por qué decidió hacer lo que hizo? Cinco años después mi padre se fue a Ely, Nevada, a romper la huelga del petróleo, y encontró una muerte fortuita. Y en los años transcurridos desde entonces he ido viendo a mi madre de cuando en cuando, en un lugar u otro con un hombre u otro, y puedo decir que, como mínimo, nos conocemos el uno al otro. Pero nunca he sabido la respuesta a esas preguntas, jamás le he pedido a nadie que me diera su respuesta. Aunque probablemente la respuesta es simple: es la vida baja, cierta frialdad que hay en todos nosotros, cierto desamparo que hace que no entendamos bien la vida cuando en rigor la vida es pura y simple, que hace que nuestra  existencia sea como una frontera entre dos nadas, y que nos hace ser idénticos a animales que se cruzan en el camino: vigilantes, implacables, carentes de paciencia y de deseo.
En la imagen Aprés Balthus

INCIPIT 575. ROCK SPRINGS / RICHARD FORD

Edna y yo salimos de Kalispell camino de Tampa-St. Pete, donde todavía me quedaban algunos amigos de los buenos tiempos, gente que jamás me entregada a la policía. Me las había arreglado para tener algunos roces con la ley en Kalispell, todo por culpa de unos cheques sin fondos, que en Montana son delito penado con la cárcel. Y o sabía que a Edna le rondaba la cabeza la idea de dejarme, porque no era la primera vez en mi vida que tenía líos con la justicia. Edna también había tenido sus problemas, la pérdida de sus hijos y evitar día tras día que Danny, su ex marido, se colara en su casa y se lo llevara todo mientras ella trabajaba, que era el verdadero motivo por el cual me fui a vivir con ella al principio; eso y la necesidad de darle a mi hija Cheryl una vida algo mejor.

No sé muy bien qué había entre Edna y yo; tal vez eran unas corrientes confluyentes las que nos habían hecho acabar varados en la misma playa. Aunque -como sé muy bien- a veces el amor se construye sobre cimientos aún más frágiles. Y cuando aquella tarde entré en casa, me limité a preguntarle si queda venirse a Florida conmigo y dejarlo todo tal como estaba, y ella me dijo: “¿Por qué no? Tampoco tengo la agenda tan llena.»

LO INEVITABLE

Canadá, Richard Ford, p. 494
Algo que se estaba extendiendo a Canadá, con el gobierno: la nerviosa intensidad estadounidense en favor de algo más. El inevitable desplazamiento hacia el norte de todas las cosas.
El hombre menudo de la gorra roja y las botas de cowboy fue hasta una segunda conejera y se puso a darles a los conejos más hojas de lechuga de un gran cuenco plateado que había dejado en el césped, a sus pies. Su impermeable llevaba una bandera confederada cosida en la espalda, con una leyenda debajo que no pude leer. Era un hombre encogido, fuerte, anguloso y seco, y mucho mayor que Berner. Una persona religiosa, redimido mucho tiempo atrás, imaginé, mirándole a través del fulgor del sol que daba en el parabrisas. En alguna parte habría una moro. Un televisor gigante. Una Biblia. Todos habían dejado de beber hacía tiempo, y ahora esperaban. Es lo que les sucedió, pensé. Acabar aquí, de este modo. Yo había dado en el hábito de abanderar el rumbo que decidí emprender en la vida, como si mi vida pudiera enseñarle algo a alguien. No era tan admirable, dado que no podía hacerlo. Y menos que nadie a mi hermana, que había tomado su vida en sus manos y la había aceptado. Caí en la cuenca de que no sabía cómo definirla.

El hombre menudo cerró la segunda conejera, y le echó el cerrojo con minuciosidad. Se agachó, cogió el cuenco plateado y miró hacia el coche cuando se estaba agachando. Luego se irguió y se quedó mirando fijamente el parabrisas y sus reflejos. Posiblemente podía verme en el asiento del acompañante, esperando a Berner; esperando a Bev. Alzó el cuenco a modo de saludo y sonrió con una sonrisa agradable que yo no me esperaba.  Se volvió y caminó de un modo tieso, digno hacia la esquina del remolque, y desapareció. No vio cómo le contesté al saludo con otro gesto. No quería encontrarse conmigo. Lo comprendía perfectamente. Había aparecido en escena demasiado tarde.

DE LA LITERATURA

Canadá, Richard Ford, p. 479-480
Siempre he aconsejado a mis alumnos pensar en la larga vida de Thomas Hardy. Nacido en 1840, muerto en 1928. Pensar en todo lo que vio, en los cambios que se operaron en su vida en tal período de tiempo. Trato de animarles a desarrollar un “concepto de vida”; a enrolar a su imaginación; a considerar su existencia en el planeta no un mero catálogo de  acontecimientos aleatorios que van desenrollándose sin fin, sino una vida, a un tiempo abstracta y finita. Lo que digo es una forma de tener en cuenta esto. .
Les enseño libros que a mí se me antojan secretamente sobre mi vida de joven: El corazón tk las tinieblas, El gran Gatsby, El cielo protector, Las historias de Nick Adams, El alcalde de Casterbridge. Una misión al vacío. Abandono. Una figura, posiblemente misteriosa, pero al final no lo es. (Estos libros ya no se  enseñan en el instituto en Canadá. Quién sabe por qué.) Mi idea es siempre “Cruzar una frontera”; la adaptación, el paso de una forma de vivir que no funciona a otra que sí funciona. También podría referirse a cruzar una línea y no poder volver jamás.

Y al tiempo que les enseño estos libros les hablo de mi larga vida, si no de los hechos, sí al menos de algunas de las lecciones aprendidas: que conocerme ahora a los sesenta y seis años es no poder imaginarme con quince años (lo cual es muy cierto en el caso de ellos); que no hay que buscar con demasiado denuedo sentidos opuestos u ocultos -ni siquiera en los libros que leen-, sino mirar todo lo de frente que puedan a las cosas que pueden ver a la luz del día. En el proceso de articular para uno mismo las cosas que uno ve, siempre se encontrará sentido y se aprenderá a aceptar el mundo.
(En la imagen Tess de Polansky)

PADRES E HIJOS

Catedral, Richard Ford, p. 389
Arthur Remlinger me miraba como miraba a todo el mundo, desde una existencia íntima que era sólo suya y que no se parecía en absoluto a la mía; la mía, para él, era sencillamente inexistente. Mientras que la suya era la más perentoria y valiosa, y cuya cualidad primera era que encarnaba una carencia, de la cual él era consciente; una carencia que deseaba con todas sus fuerzas llenar. (Era algo obvio en cuanto te acercabas a él.) Se enfrentaba a ella constantemente, hasta el punto de que, a sus ojos, constituía el problema central de ser él mismo; y, a los míos, lo que lo hacía tan fascinante y tan contradictorio: su empeño infructuoso por llenar esa carencia. Lo que él quería (llegué a esta conclusión más tarde, ya que tenía que querer algo porque de otro modo yo no habría estado allí) era la prueba -de mí o a través de mí- de que había logrado llenar ese vacío. Quería la confirmación de que lo había hecho, y de que merecía que no lo castigaran más por los graves errores que había cometido. Cuando no me hizo el menor caso durante las semanas que estuve en Partreau, tratando de no pensar que iba a seguir solo para siempre, fue porque no estaba seguro de que pudiera darle lo que quería, al menos no hasta que me hubiera acomodado a aquellas circunstancias adversas, dejara mis propias tragedias lo suficientemente atrás como para poder ocuparme de las suyas. Me necesitaba para que fuera su “hijo especial”, aunque sólo por un tiempo breve, ya que sabía cuáles eran las cosas malas que se le avecinaban. Me necesitaba para que hiciera lo que los hijos hacen por sus padres: dar fe de que son entes con sustancia, de que no están huecos, de que no son carencias sonoras. De que importan, cuando tan pocas cosas parecen importar.

INCESTO

Catedral, Richard Ford, p. 234-235
Se pegó más a mí. Olí su jabón, el Vicks, la pasta de dientes y el humo en el pelo. Apretó su cara irregular contra mi cuello; tenía las mejillas húmedas y frescas, y la nariz taponada.
-Estaba dormido -mentí.
-Pues vuelve a dormirte -dijo ella-. No voy a molestarte. Se oyó un tren en la noche. Yo tenía los brazos cruzados. Berner me cogió una mano.
-Voy a escaparme sola -me susurró, muy cerca del oído. Se aclaró la garganta y tragó saliva, y se sorbió de nuevo la nariz-.
Estoy loca -dijo-. Me tiene sin cuidado lo que hago.
Estuvo callada durante un rato. Yo estaba acostado a su lado, con la respiración acelerada. Y entonces, de repente, me besó con fuerza en el cuello, debajo de la oreja, y se pegó aún más contra mi cuerpo. No me importó que me besara. Me hizo sentirme a salvo. Su mano -áspera y huesuda- soltó la mía, y se movió.
-Quería hacerlo con Rudy esta noche -dijo-. Pero voy a hacerlo contigo.
-De acuerdo dije.
Yo también quería hacerlo. No me importaba.
-No dura mucho. Rudy y yo ya lo hemos hecho. En su coche. Tú deberías saber ya de esto, de todas formas.
-No sé de esto en absoluto -dije.
-Entonces, eres perfecto. Ni siquiera importará nada. Te olvidarás de ello.
-Muy bien -dije.
-Te lo digo de verdad -me susurró-. Ni siquiera es importante.
Y con esto es suficiente. No se puede repetir. Significó poco, lo que hicimos; sólo significó algo para nosotros, y sólo en aquel tiempo. Luego, en la noche, Berner se despertó y se incorporó en la cama, y me miró y me dijo (porque yo estaba despierto):
- No eres Rudy.
-No -dije-. Soy Dell.
-Bueno, bien -dijo ella-. Quería decirte adiós.
-Adiós -dije-. ¿Adónde vas?

Berner me sonrió -era mi hermana-, y luego volvió a dormirse entre mis brazos, por si tenía frío o le entraba miedo por algo.
(En la foto los hermanos Zeus y Hera por Ingres)

EL PALACIO DE LA RISA

Canadá, Richard Ford, p. 150
Me miró directamente a los ojos, como si estuviera diciendo algo que significara otra cosa. O como si me hubiera pillado en una mentira y estuviera tratando de hacerme entender la importancia de no mentir. En aquel tiempo yo no mentía.
-Hoy es el último día -dije. El anuncio podía leerse en el periódico sobre el que estaba limpiándose las botas. Probablemente lo había visto, y por eso lo sacaba a colación-. Aún podríamos ir.
Miró por la ventana en el instante en que pasaba un coche, y luego miró el globo terráqueo.
-Lo sé -dijo-. Pero hoy no me siento demasiado bien.

Una vez, en Mississippi, habíamos ido a una feria del condado ambulante que levantaba sus tiendas no lejos de donde vivíamos. Él y yo fuimos una noche. Lancé pelotas de goma contra muñecas de trapo con coletas rojas, pero nunca logré derribar ninguna. Luego disparé con un rifle cargado con corchos y tumbé unos patos, y gané un paquete de caramelos terrosos en forma de rombo. Mi padre me dejó solo y entró en  una tienda a ver un espectáculo no apto para menores. Me quedé fuera, sobre un suelo lleno de serrín, escuchando las voces de la gente y la música de las atracciones y el sonido de las carcajadas del Palacio de la Risa. El sol tenía un tono amarillento por las luces de la feria. Cuando mi padre salió de la carpa con un numeroso grupo de otros hombres, dijo que había sido toda una experiencia, pero no explicó nada más. Montamos juntos en los autos de choque, y comimos tofes, y nos fuimos a casa. No he estado en ninguna otra feria, y aquella tampoco me pareció gran cosa. Los chicos del club de ajedrez me habían dicho que en la feria de Montana exhibían ganado y aves de corral y cosas agrícolas, y que no tenía el menor interés. Pero yo seguía interesado en las abejas.

CULPAR A LOS PADRES

Canadá, Richard Ford, p. 22-23
Consecuentemente, lo que a mí me empezó a importar de verdad fue el colegio, algo que constituía un hilo constante en mi vida, además de mis padres y mi hermana. Nunca quería que se acabara el colegio. Me pasaba dentro de él todo el tiempo que podía, leyendo detenidamente todos los libros que nos daban, estando siempre al lado de los profesores, imbuyéndome de los olores escolares, que eran idénticos en todas partes y distintos de todos los demás. Saber cosas se convirtió en algo muy importante para mí, con independencia de cuáles fueran esas cosas. Nuestra madre sabía cosas y las apreciaba. Y o quería ser como ella a este respecto, ya que sería capaz de conservar las cosas que sabía, y éstas me acreditarían como alguien polifacético y prometedor, características que eran muy importantes para mí. No importaba si no pertenecía a aquellos lugares: pertenecía a sus colegios. Era bueno en lengua y literatura, en historia, en ciencias y en matemáticas, materias en las que también mi madre era buena. Cada vez que levantábamos el campo y nos mudábamos, lo único que era capaz de infundirme miedo de aquella circunstancia de la vida era que por una u otra razón no pudiera volver al colegio -fuera éste cual fuera-, o que el hecho de marcharme haría que me perdiera algún saber crucial capaz de asegurarme el futuro y que no pudiera obtenerse en ningún otro sitio. O que tuviéramos que irnos a algún sitio donde no existiera ningún colegio para mí. (En cierta ocasión se habló de Guam.) Me daba miedo acabar no sabiendo nada, no tener nada en que basarme, nada que pudiera distinguirme. Estoy seguro de que todo eso era herencia de mi madre, que albergaba el temor de una vida sin recompensa. Aunque también podría haber sido que nuestros padres, atrapados en el torbellino de la confusión cada día más densa de sus propias vidas jóvenes -no estando hechos el uno para el otro, probablemente no deseándose físicamente como lo habían hecho de forma breve al principio, convirtiéndose más y más en satélites del otro y acabando por sentir un resentimiento mutuo sin ser demasiado conscientes de ello-, no nos ofrecieron a mi hermana y a mí nada muy sólido a lo que aferrarnos, que es lo que se supone que los padres tienen que ofrecer a sus hijos. Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida al final no te lleva a ninguna parte.

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