El libro de Rachel, Martin Amis
En primer lugar, espero acertar
cuando doy por supuesto que la sexualidad adolescente es muy distinta de la
sexualidad postadolescente. No es una cosa que te limites a hacer, sino algo
que tienes que hacer. Para los mayores de veinte años, lo admito, también debe
de ser una obligación: pero para ellos es una obligación con respecto a la
pareja, no con respecto a uno mismo, como nos ocurre a nosotros. Échenle una
ojeada a las casposas furcias del supermercado de su barrio, muchas de ellas
cargadas de hijos. Vestidas tienen un aspecto realmentemente sobrío. ¡lmagínenselas
desnudas! Pellejos que les caen como un yoyó entre los muslos, pechos tan
fláccidos que hasta se podría hacer un nudo con ellos. Habría que estar
literalmente galvanizado de afrodisiacos para considerar la mera posibilidad de
tirárselas. Y sin embargo, sea como sea, la gente lo hace. Miren, si no,
cuántos niños. El adolescente podrá ser más espontáneo, perruno, etc., pero
solamente porque se trata añadir un nuevo nombre a la lista, de hacerse otra
muesca en la polla. Quizá exista una especie de meseta entre los veinte y los
treintaypoquísimos años. Quizá me decida a aumentar el peso estadístico de tan
asquerosas especulaciones bajando mañana por la mañana al pueblo, averiguándolo
personalmente. (No me costaría nada ligarme a la tonta del pueblo que, de todos
modos, nos la peló una noche a Geoffrey y mí simultáneamente desde el otro lado
de la verja del colegio; nosotros nos quedamos muy quietos, aferrados a los
barrotes, como presos.)
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