Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Trotsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trotsky. Mostrar todas las entradas

UTOPIA


Los espejismos de la certeza, Siri Hustvedt, p. 260

El optimismo de Moravec sigue intacto. En 2009, aunque reconocía los errores de las predicciones tempranas de la IA, pronuncia él mismo otra: «Creo que hacia 2040 alcanzaremos por fin el objetivo original de la robótica, así como un pilar temático de la ciencia ficción: una máquina de libre movimiento con las capacidades intelectuales de un ser humano»?

El pensamiento utópico no es nada nuevo. Ha tomado muchas formas, desde la República justa de Platón (que admitía como gobernantes a las mujeres, pero no a los poetas) hasta el hombre feliz en el estado de naturaleza de Rousseau, pasando por las falanges de Fourier, en las que todos trabajan por el bien colectivo y, por supuesto, el paraíso comunista. En un famoso pasaje cerca del final de Literatura y revolución, León Trotski predijo el nuevo mundo del hombre comunista: “El hombre se hará incomparablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo será más armonioso, sus movimientos más rítmicos, su voz más melodiosa. Las formas de su existencia adquirirán una cualidad fuertemente dramática. El hombre medio alcanzará la talla de un Aristóteles, de un Goethe, de un Marx. Y por encima de estas alturas se elevarán cimas nuevas”. Leí por primera vez este pasaje sentada en un cubículo de la biblioteca de mi universidad. Estaba haciendo un trabajo sobre el realismo socialista, la lamentable forma de arte aprobada por la República Soviética. Tenía veintiún años y recuerdo que, incluso esperanzada como estaba en hacer un mundo mejor, pensé que el tipo estaba loco. Sin embargo, aliado de la retórica de Moravec sobre nuestro futuro posbiológico, el lenguaje de Trotski suena casi insípido. Aun a riesgo de parecer amargada, no soy ni mucho menos la única en señalar que, aunque las fantasías utópicas han tomado muchas formas, tienen en común el fracaso. Ni un solo experimento utópico en la historia de la raza humana ha tenido éxito.


DE FRIDA

 Viva, Patrick Deville, p. 195
 «Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme a  esta mierda de "artistas" parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los "cafés", hablan sin cesar acerca de la c ul tura" , el arte, la "r evolución" , etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad.» Breton no tendrá necesidad de excluir a Frida, como no la tuvo con Artaud. Su encuentro con lo que queda de la pequeña banda de los surrealistas es una catástrofe. “A la mañana siguiente no tienen nada que comer en sus casas porque ninguno de ellos trabaja . Viven como parásitos, a costa del montón de viejas ricas que admiran su "genio'' de artistas". Mierda y sólo mierda es lo que son. Nunca he visto a Diego ni a ti perdiendo el tiempo con chismes estúpidos y discusiones "intelectuales"; por eso ustedes sí son hombres de verdad y no unos cochinos "artistas". ¡Carajo! Valió la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente, que no sirve para nada, provoca el surgimiento de los Hitler y los Mussolini.»
Frida cae enferma, y su historia médica es tan abundante que es preferible hospitalizada para hacerle exámenes. Es admitida en el Hospital Americano, y es de nuevo Breton quien sale malparado. «Me juego la cabeza a que adquirí las cochinas bacterias en casa de Breton. No cienes ni idea de la mugre con la que vive esa gente, ni de los alimentos que comen. Es algo increíble. No he visto nada igual en toda mi pinche vida”

En Ciudad de México, lo que explota es la cólera de Rivera cuando se entera de que Breton le ha metido un sablazo de doscientos dólares a Frida a la salida del hospital. Frida piensa en adelantar la fecha de su embarque a bordo de ille-de-France y abandonar París antes de la exposición. Sólo Marcel Duchamp, que había sido amigo de Cravan y Mina Loy en Nueva York veinte años antes y que ahora le procura el apoyo que necesita, merece ser eximido a sus ojos; es «el único que tiene los pies en la tierra entre este montón de hijos de puta lunáticos y trastornados que son los surrealistas». Finalmente, la inauguración de la exposición resulta una victoria para ella. Sus obras son elogiadas por Joan Miró, Kandinski, Picasso yTanguy. Antes de su partida, envía una carta a su amiga Ella Wolfe: «Un chisme: Diego se peleó con la Cuarta y le dijo de manera muy enfática al "piochitas" (Trotski) que se fuera al diablo. Les contaré las interioridades del caso. Diego tiene toda la razón.» A su regreso a México tal y como ella se temía, todo se desmorona con Diego Rivera y llega la ruptura. Ella se lo escribe a su amante neoyorquino: «Querido Nick, no te pude escribir antes. Desde que te fuiste, la situación con Diego ha empeorado y ya llegamos al final. Hace dos semanas solicitamos el divorcio. No tengo palabras para describirte lo que he sufrido. Tú sabes cuánto amo a Diego y comprenderás que estos problemas nunca desaparecerán de mi vida.»

LA REVOLUCION

Viva, Patrick Deville, p. 145
Trotski va a morir en el exilio, por supuesto, este último testigo que se niega a callarse, amenazado por los comunistas mexicanos y los fascistas sinarquistas, se lo huele. Pero todo volverá a comenzar, para bien y para mal. Ya conocemos la frase de Bolívar: «El que sirve una revolución ara en el mar.” La Revolución nunca se acaba. Dentro de veinte años, Ernesto Guevara y la pequeña banda de los clandestinos cubanos emprenderán en fila la ascensión del Popocatépetl, para endurecer sus cuerpos en la nieve y reafirmar su solidaridad antes de embarcarse en el Granma. Dentro de cuarenta años, los nuevos sandinistas derrocarán la dictadura somocista en Nicaragua. Dentro de sesenta años, los nuevos zapatistas se sublevarán en el estado de Chiapas. Las barquillas suben al cielo y descienden en cada revolución de la rueda de la gran noria, que da vueltas tanto en el Volcán de Malcolm Lowry como por encima de la Viena destruida de Graham Greene.

LA HUMANIDAD...

Viva, Patrick Deville, p. 142
El Proceso de los Dieciséis se había celebrado algunos meses antes, mientras Trotski estaba en Noruega, en agosto de 1936. Todos los acusados, y entre ellos Zinóviev y Kámenev, los viejos compañeros de Lenin,  fueron ejecutados al día siguiente del veredicto. La segunda puesta en escena, el proceso contra el «Centro antisoviético trotskista de reserva , llamado Proceso de los Diecisiete, comenzó en enero de 1937, justo después de la llegada de Trotski a Tampico. Los viejos héroes, torturados y con sus familias ya encarceladas, se acusan delante del fiscal Vishinski de crímenes de los que Trotski, mediante el estudio de sus archivos, se propone exonerarles. Sus refutaciones son implacables y poco a poco se impone, convence. Cuando al final le preguntan si todo esto ha sido realmente útil, si no ha vendido su alma al Diablo al aliarse con aquellos que hoy se mofan de la verdad, si no reconoce que, aun siendo inocente de los crímenes de los que le acusa Moscú, también él tiene una parte de responsabilidad en la propia Revolución, si merecía la pena Kazán para terminar en Lubianka, Trotski responde con una frase que quizás Natalia y Frida podrían comprender mejor que John Dewey: «La humanidad no ha podido hasta el presente racionalizar su historia. Es un hecho. Nosotros, los seres humanos, no hemos podido racionalizar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus. Es cierto que el psicoanálisis intenta enseñarnos cómo armonizar nuestro físico con nuestra mente, pero sin grandes resultados hasta el momento.”

>> 

TROTSKY Y MEXICO

Viva, Patrick Deville, p. 180
De pie, en este despacho de Coyoacán, Trotski sigue sin duda situando involuntariamente Siberia al este, a mano derecha, cuando aquí, en este despacho, debería situarla a mano izquierda. Si México fuera el centro del planisferio, se vería que Europa está al este, más allá de Tampico, y del otro lado, Siberia al oeste, más a1lá de Vancouver. El planisferio Mercator es un obstáculo epistemológico.
A los francéses, después del final de la guerra de Indochina y una vez que las tropas coloniales embarcaban en Marsella rumbo a Saigón, se les hada difícil imaginar, cuando los estadounidenses tomaron el relevo, que los B-52 no volasen también hacia el este, que Vietnam estuviera enfrente de California, que todo se desarrollara alrededor del Pacífico y que Europa se encontrase en la cara oculta del planeta.
Trotski es ucraniano, por tanto europeo, y al bajar del Montserrat junto a Arthur Cravan a su llegada a América, durante la Primera Guerra Mundial, está inquieto por el porvenir de Europa: «El hecho económico de importancia capital consiste en que, mientras Europa está demoliendo las bases de su economía, Norteamérica se enriquece. Y yo, que no he dejado todavía de considerarme como un europeo, me pregunto, contemplando con envidia esta ciudad de Nueva York: ¿lo resistirá Europa? ¿No se convertirá en un cementerio? ¿No se desplazará a Norteamérica el centro de gravedad del mundo, en lo económico y lo cultural?”

En medio del suicidio colectivo de los europeos y del sacrificio de la juventud europea en la carnicería de Verdún, él prevé que, «aun supuesto el caso de que triunfasen los aliados, disipados el vapor y la niebla, Francia quedaría en medio de la palestra internacional como una Bélgica grande” Trotski se sienta en su despacho, limpia sus gafas, enciende la lámpara, pasa de la Geografía a la Historia. Delante de él está la pequeña biblioteca sobre la historia de México que pidió al guapo Van que le reuniera. Él es así, Trotski, y su curiosidad es enciclopédica. Quiere meterse en la historia de este país, cavar en su subsuelo hasta el inicio del siglo pasado para comprender el presente. Desde las guerras de independencia del cura Hidalgo y de Morelos, con sus decenas de presidentes, hasta la aparición del héroe Benito Juárez. La vida ejemplar del niño indio nacido muy cerca de las sierras del sur, el huérfano cuya vida debería haber sido la de un pastor en medio de la maleza, pero que decide descubrir por su cuenta el mundo, recorre los kilómetros de colinas que van hasta Oaxaca y ve por vez primera una ciudad. Él sólo sabe hablar zapoteco y aprende español, latín y francés en muy poco tiempo, se convierte en abogado, en gobernador de Oaxaca, en presidente de México, e intenta promulgar la primera ley de separación de Iglesia y Estado.

EL TREN DEL CONSEJO REVOLUCIONARIO DE L AGUERRA

Viva, Patrick Deville, p. 40-41
Él ha pensado siempre que bastaba con tener razón e incluso en eso se ha equivocado. Creía que bastaría con el ejemplo de la acción, del coraje físico, de la probidad y la razón. Es un héroe de la Antigüedad, un hombre de Plutarco. Y tras la victoria de la revolución en Petrogrado, en vez  de permanecer en el lugar donde está el poder, en Moscú, parte. Hace montar el tren blindado, recorre los frentes, el limes rojo, arrolla a los rusos blancos y a sus destacamentos de cosacos. El tren del Consejo Revolucionario de la Guerra parece estar en todas partes a la vez. Surge entre la niebla y la nieve y galvaniza a las tropas que van en desbandada. Son decenas de miles de kilómetros recorridos a todo lo largo de la guerra civil. Trotski inspecciona los campamentos, lleva armas y comandos capaces de echar una buena mano. El tren pesa tanto que va tirado por dos grandes locomotoras negras con la estrella roja, una de  las cuales está siempre con la presión a punto y lista para partir. Con los ojos cerrados, Trotski recorre uno a uno, como si estuviera caminando aliado de los raíles, los vagones del tren blindado en el que pasó más de dos años de su vida, con el sueño de una sociedad utópica en marcha, un mundo de autarquía, de orden y de razón, perfectamente engrasado. En el horizonte se ve crecer la estrella roja y, con ella, la negra locomotora que se aproxima.

En los vagones hay una imprenta para el periódico del tren, una estación telegráfica, una radio y una antena que se despliega en las paradas para recoger las noticias del planeta, un vagón con los víveres y las vestimentas, cuero para coser las botas, materiales de ingeniería y una reserva de traviesas para reparar las vías saboteadas, grupos electrógenos, un vagón hospital, un vagón con baños y duchas, dos vagones con ametralladoras, un vagón cisterna con carburante, otro para un tribunal revolucionario y vagones garaje capaces de llevar camionetas y automóviles. Situado en medio de ese tren que recorre en su memoria, el reducto del comisario del pueblo es un despacho-biblioteca, flanqueado por una cabina de baño y por un diván. La mesa de trabajo ocupa todo un lado, con un gran mapa de Rusia encima. Del otro lado están las estanterías, las enciclopedias, los libros clasificados por autores y lenguas. Alfred Rosmer, que vivió durante muchas semanas a bordo del tren, hojea allí una traducción francesa de la obra filosófica de Antonio Labriola y encuentra el Alhum de versos y prosa de Mallarmé, con la cubierta azul de la edición de la Librairie Académique Perrin.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia