Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 868. LOS ANGELES FEROCES / JOSE OVEJERO

Ese chico que está ahí parado con una piedra en la mano podrías ser tú o cualquier otro. Desde esta distancia no queda claro si sonríe o si tan sólo entrecierra los ojos a causa del humo que sale de un contenedor de basuras en llamas. Su cuerpo refleja cierta lasitud, sorprendente en ese momento en el que la escena podría romperse por mil sitios, porque la amenaza lleva ahí demasiado rato y no creemos que vaya a tardar en desencadenarse la violencia.
Tiene clase, a su estilo, es decir, con ese estilo que incluye el cuero, los pendientes, descuido en el calzado y algún tatuaje no demasiado llamativo, apenas un signo, una afirmación de pertenencia. Y el mitón de cuero trenzado que protege la mano con la que empuña la piedra podría haber salido del cajón de su abuelo, de una tienda de moda vintage o de un basurero.
No está solo y sin embargo lo está. Es verdad, han ido llegando por decenas primero, después por cientos, y ahora son miles, pero no forman un auténtico grupo; no corean consignas ni cantan ni hay en ellos nada festivo o comunitario. La desesperación convierte su presencia en un asunto personal; esa rabia no es compartida sino que se multiplica en cada uno de ellos como una imagen sobre un espejo hecho añicos.

Aunque algunos son tan jóvenes que no es probable que los haya llevado allí la desesperación, y de hecho son los que parecen más felices, sonríen, se empujan, se apresuran, como sí acudiesen a un estadio y no a una confrontación violenta. 

DE LA COMIDA

Los ángeles feroces, José Ovejero, p. 262
Se imaginó parte de una cadena que atravesaba milenios, remontándose a los grandes saurios que despedazaban entre enormes incisivos restos vegetales junto con trozos de cadáveres, tejidos musculares, entrañas, grasa; vio a un buitre dando tirones con el pico de un tendón que asomaba por el cuello desgarrado de un herbívoro que aún pateaba el aire , vio a un individuo de frente huidiza y enormes arcos supraciliares sorbiendo la médula de un hueso mientras la baba le caía por la barbilla, se vio a sí mismo estrujando entre los dientes la guinda del martini, vio el líquido rojo, la masa espachurrada que pasaría al bolo alimenticio. Contuvo una arcada y se dijo: nunca más volveré a comer. No es un idiota, Cástor, así que aunque se negase a comer, sí consumía líquidos con valor nutritivo; caldos de carne y de verduras, sopas frías, refrescos, vino, chocolate a la taza. Nunca se había parado a pensar cuánto tiempo se ahorra si se prescinde de la comida. Sus compañeros lo miraban con una mezcla de admiración y miedo. Cástor no come, se decían, casi se susurraban en los pasillos de los ministerios, y no sabían cómo interpretarlo, pero sí discernían el celo con el que trabajaba, una especie de ferocidad que ponía en cada gesto, en cada frase, en gestiones que, sin esa tensión, habrían parecido insignificantes. Todavía piensa Cástor que parte de su carrera se la debe a la reverencia que provocaba su renuncia a comer.

Pero hace años de eso. Ni siquiera sabría decir cuándo volvió a ingerir alimentos sólidos; probablemente la transición fue lenta, unas aceitunas con una bebida, algunos tropezones en una sopa. Y aunque aún hay empleados que creen que Cástor sólo se alimenta de líquidos o del aire o de sangre humana, la verdad es que no hay razón para que renuncie a ese placer; porque Cástor se ha dado cuenta de que comer es también una manera de ejercitar el poder; él había necesitado la fuerza del anacoreta para ir acumulando informaciones, expedientes y tareas: pero más tarde el poder que necesitas es otro, es poder directo sobre la gente, saber cortocircuitar sus canales de comunicación, conocer las debilidades de éste y los rencores de aquél, y para ello es necesario salir, encontrarse, comer juntos. Invitar a comer es crear dependencias. Pero además, el hecho de exigir que pongan ante ti un plato de precio desproporcionado y devorarlo sin dejar restos es una demostración de quién eres, de lo que puedes hacer con vegetales, animales, productos elaborados, recursos naturales, de una dentellada engulles meses de fotosíntesis, células que se multiplican y se especializan, energía solar, funciones metabólicas, cadenas genéticas que interrumpes de un mordisco y empujas tráquea abajo junto con años de crecimiento vegetal, maceraciones, destilaciones, envejecimiento en barrica de acero. Comer es mostrar  al mundo quién coño manda aquí.

DE LA POLITICA

Los ángeles feroces, José Ovejero, p. 260
Cástor se olvidó de comer. Eran años complicados; había sido subsecretario de algo y acababa de ser ascendido a secretario de otra cosa. No lo digo yo así por desprecio a la política, es él quien lo habría dicho. Para él la actividad política no estaba ligada a un contenido. A partir de cierto nivel da igual en lo que trabajes: puedes pasar de asuntos sociales a política energética o a cuestiones de interior. Nadie espera que seas un experto; tu función es imponer medidas que otros elaboran, descabezar a la disidencia, presentar el producto de forma atractiva, mostrar capacidad de decisión, perspectiva, visión de futuro. Así que a Cástor le daba igual la materia con la que trabajaba, porque la auténtica materia era el poder. Lo digo con la misma ecuanimidad que habría mostrado Cástor, del que se pueden decir muchas cosas, pero es un hombre ecuánime que no se engaña; sí engaña a otros porque eso es absolutamente imprescindible. Cástor siempre cuenta cuál fue la clave del gran éxito de los nazis -a veces tiene que explicar a quienes le escuchan, si son muy jóvenes, quiénes eran los nazis, se ha habituado a ello-. La clave era dar a los alemanes lo que querían pero prometiéndoles algo distinto. Algo que pudieran aceptar con buena conciencia: la familia, la nación, el futuro, nuevos valores. Y a cambio les daban venganza, les daban eliminación de la competencia, les daban control. Pero casi nadie habría votado a un partido que les hubiera dicho directamente que gasearía a hombres, mujeres y niños, que repartiría sus despojos entre los alemanes, que llevaría a los hijos de los alemanes a morir en la guerra.

Cástor, a su modesto nivel, hace lo mismo. Promete lo que quieren oír los demás, no porque vaya a dárselo ni porque los demás lo esperen, sino para no tener que hablar de aquello que todos desean. El arte de la política no es mentir, tampoco ser sincero, sino saber qué se puede decir y qué no.

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