Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.598. EN EL CAFE DE LA JUVENTUD PERDIDA / MODIANO


De las dos entradas del café, siempre prefería la más estrecha, la que llamaban la puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo del local, que era pequeño. Al principio, no hablaba con nadie; luego ya conocía a los parroquianos de Le Condé, la mayoría de los cuales tenía nuestra edad, entre los diecinueve y los veinticinco años, diría yo. En ocasiones se sentaba en las mesas de ellos, pero, las más de las veces, seguía siendo adicta a su sitio, al fondo del todo.

No llegaba a una hora fija. Podía vérsela ahí sentada por la mañana muy temprano. O se presentaba a eso de las doce de la noche y se quedaba hasta la hora de cerrar. Era el café que más tarde cerraba en el barrio, junto con Le Bouquet y La Pergola, y el que tenía una clientela más peculiar. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto si no era sólo su presencia la que hacía peculiares el local y a las personas que en él había, como si lo hubiera impregnado todo con su perfume.


INCIPIT 1.596. CHEVREUSE / PATRICK MODIANO


Bosmans había recordado que una palabra, Che­vreuse, se repetía en la conversación. Y ese otoño po­nían con frecuencia una canción por la radio; la in­terpretaba un tal Serge Latour. La había oído en el pequeño restaurante vietnamita, vacío, una noche en que estaba con esa a quien llamaban «Calavera».

Douce dame

je rêve souvent de vous...1

Esa noche, «Calavera» había cerrado los ojos, emo­cionada aparentemente por la voz del intérprete y la letra de la canción. Ese restaurante con la radio siem­pre encendida encima de la barra estaba en una de las calles entre Maubert y el Sena.

Otras letras de canciones, otros rostros, e incluso versos que había leído por entonces, se le atropella­ban en la memoria, tantos versos que no podía ano­tarlos todos:

«El rizo de pelo castaño...» «... Del bulevar de la Chapelle, del gentil Montmartre y de Auteuil...»

Auteuil. Era ese un nombre que a él le sonaba de forma muy peculiar. Auteuil. Pero ¿cómo poner en orden todas esas señales y esas llamadas en morse, que llegaban desde una distancia de más de cincuenta años, y encontrarles un hilo conductor?


MODIANO

Recuerdos durmientes, Patrick Modiano, p 58
A esa señora Hubersen a lo mejor había querido hasta ahora borrarla de la memoria, al igual que a otras personas con las que me crucé en aquellos tiempos, digamos que entre los diecisiete y los veintidós años.
Pero, al cabo de medio siglo, las pocas personas que fueron testigos de tus comienzos en la vida han acabado por desaparecer; y, por lo demás, me pregunto si la mayoría de ellas podrían hallar una relación entre esto en que te has convertido y la imagen borrosa de un joven cuyo nombre ni siquiera podrían decir.

Mi recuerdo de la señora Hubersen es también bastante borroso. Una mujer morena de unos treinta años y de rasgos regulares y pelo corto. Nos llevaba a cenar cerca de su casa, a una de esas calles perpendiculares a la avenida de Foch, en la acera de la izquierda de la avenida cuando le damos la espalda al Arco de Triunfo. Y hete aquí que no siento ya temor alguno cuando doy estos detalles topográficos. Me digo que se trata de un pasado tan lejano que entra dentro de eso que la justicia llama amnistía.

INCIPIT 865. RECUERDOS DURMIENTES / PATRICK MODIANO

Un día, en los muelles, me llamó la atención el título de un libro, El tiempo de los encuentros. También hubo para mí un tiempo de los encuentros, en un pasado remoto. En aquella época, con frecuencia me entraba miedo al vacío. No notaba ese vértigo cuando estaba a solas, sino con algunas personas a las que, precisamente, acababa de conocer. Me decía, para tranquilizarme: ya se presentará una ocasión de hacer mutis. Algunas de esas personas no sabías hasta dónde podían llevarte. La cuesta abajo era resbaladiza.

Podría empezar por recordar los domingos por la noche. Me daban aprensión, como a todos los que han sabido lo que es volver a un internado, en invierno, a última hora de la tarde, esa hora en que va cayendo el día. Más adelante, es algo que los persigue en sueños, durante toda la vida a veces. Los domingos por la noche, unas cuantas personas se reunían en el piso de Martine Hayward, y yo me hallaba entre ellas.

INCIPIT 491. PARA QUE NO TE PIERDAS EN EL BARRIO / PATRICK MODIANO

Poca cosa. Como la picadura de un insecto, que al principio nos parece benigna. Al menos eso es lo que nos decimos en voz baja para tranquilizarnos. El teléfono había sonado a eso de las cuatro de la tarde en casa de Jean Daragane, en la habitación que llamaba el “despacho”. Se había quedado traspuesto en el sofá del fondo, resguardado del sol. Y esos timbrazos que ya había perdido desde hacía mucho la costumbre de oír no cesaban. ¿Por qué esa insistencia? En el otro extremo del hilo, a lo mejor se les había olvidado colgar. Se levantó por fin y fue hacia la parte de la habitación próxima a las ventanas, donde el sol pegaba con muchísima fuerza.
“Querría hablar con el señor Daragane.”
Una voz desganada y amenazadora. Ésa fue su primera impresión.
“¿Señor Daragane? ¿Me oye?”

Daragane quiso colgar. Pero ¿para qué? Los timbrazos se reanudarían sin interrumpirse nunca.

MELANCOLIA

De Para que no te pierdas en el barrio de Patrick Modiano, p. 43
Recordó de pronto las memorias de una filósofa francesa. Se escandalizaba ésta de algo que había dicho una mujer durante la guerra: “Qué quieren que les diga, la guerra no modifica mis relaciones con una brizna de hierba.” Seguramente a la filósofa esa mujer le parecía o frívola o indiferente. Pero para él, Daragane, la frase tenía un sentido diferente: en los períodos de cataclismo o de desvalimiento espiritual, no queda más recurso que buscar un punto fijo para guardar el equilibrio y no caerse por la borda. Los ojos se detienen en una brizna de hierba, en un árbol, en los pétalos de una flor como si se aferrasen a un salvavidas. Ese carpe -o ese tiemblo- tras el cristal de la ventana lo tranquilizaba. Y, aunque eran casi las once de la noche, lo reconfortaba su presencia silenciosa. Así que más valía acabar de una vez y leerse las páginas mecanografiadas. No le quedaba más remedio que rendirse a la evidencia: la voz y el aspecto de Gilles Ottolini le habían parecido de entrada los de un chantajista. Había querido superar ese prejuicio. Pero ¿lo había conseguido de verdad?

INCIPIT 239. EL LUGAR DE LA ESTRELLA / PATRICK MODIANO


1
En aquel tiempo malgastaba mi herencia venezolana. Algunos hablaban sin cesar de mi hermosa juventud, de mis rizos negros; otros me cubrían de injurias. Re- leo una vez más el artículo que Léon Rabatéte me dedicó en un número especial de Ici la France: «... ¿Hasta cuándo soportaremos las extravagancias de Raphael Schlemilovitch? ¿Hasta cuándo este judío paseará impunemente sus neurosis y epilepsias desde Le Touquet hasta el cabo de Antibes, desde La Baule a Aix-lesBains? Pregunto por última vez: ¿hasta cuándo los metecos de su ralea insultarán a los hijos de Francia? ¿Hasta cuándo tendremos que lavarnos continuamente las manos a causa de la pringue judía?...». En el mismo periódico, el doctor Bardamu vomitaba: «.. .Schlemilovitch?... ¡Ah! ¡La podredumbre maloliente de los guetos!... ¡Pasmo diarreico!... ¡fantoche, capullo!... ¡golfo líbanocananeo!... ¡ran rataplán... plan!... ¡Contemplad al macarra yiddish..., al desenfrenado sodomizador de jovencitas arias!... ¡engendro infinitamente negroide!... ¡abisinio frenético, joven nabab!... ¡Auxilio!... ¡ Montjoie-Saint-Denis!
¡Tralarí, tralará!... ¡Que lo destripen.., que lo castren!... ¡Evitad al doctor semejante espectáculo..., por Dios, que lo crucifiquen!... ¡Extranjero indeseable de cócteles infames!... ¡circunciso de grandes hoteles internacionales!... ¡de orgías made in Haifa!... ¡Cannes!... ¡Davos!... ¡Capri y tutti quanti!... ¡grandes burdeles extremadamente hebraicos!... ¡Libradnos de

EL NOMBRE DEL PADRE

De El lugar de la estrella, de Patrick Mediano, p. 44-45
Me besó en la frente y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Aquel señor gordo, de abigarrada indumentaria, era conmovedor. Atravesamos la plaza Vendóme cogidos del brazo. Mi padre cantaba fragmentos de Bagatelles pour un massacre con su hermosa voz de bajo. Pensaba en las malas lecturas de mi infancia. Especialmente la serie de Cómo matar al padre, de André Breton y Jean-Paul Sartre (colección «Lisez moi Bleu»). Breton aconsejaba a los jóvenes que se apostaran, armados con un revólver, en la ventana de su domicilio, en la avenida Foch, y disparasen sobre el primer peatón que se presentara. Ese hombre sería necesariamente su padre, un jefe de policía o un industrial textil. Sartre abandonaba momentáneamente los barrios elegantes y se situaba en el cinturón rojo; elegía a los obreros más musculosos, pidiéndoles perdón por ser hijo de papá, los llevaba al piso de la avenida Foch, rompían las porcelanas de Sévres y mataban al padre, tras lo cual el joven solicitaba educadamente ser violado. Este segundo método suponía mayor perversidad, ya que al asesinato seguía una violación, pero era más grandioso ya que se recurría a los proletarios de todos los países para zanjar una disputa familiar.
Se recomendaba a los jóvenes que injuriasen a su padre antes de matarlo. Algunos, que se distinguieron en el campo literario, usaron expresiones encantadoras. Por ejemplo: «Familias, os odio» (el hijo de un pastor francés). «Combatiré en la próxima guerra vistiendo el uniforme alemán.» «Me cago en el ejército francés» (el hijo de un jefe de policía francés). «Eres un GUARRO» (el hijo de un oficial de Marina francés). Apreté más fuerte el brazo de mi padre. Carecíamos totalmente de distinción. ¿Verdad, cariño? ¿Cómo podría matarle.., si le quiero?

INCIPIT 188. VILLA TRISTE / PATRICK MODIANO


1
Han derribado el Hotel de Verdun. Era un edificio curioso, enfrente de la estación, con una veranda alrededor cuya madera estaba pudriéndose. Dormían en él, entre dos trenes, viajantes de comercio. Tenía fama de ser un hotel de citas. El café de al lado, en forma de rotonda, ha desaparecido también. ¿Se llamaba Café des Cadrans o Café de l’Avenir? Entre la estación y las zonas de césped de la plaza de Albert 1º ahora hay un hueco grande.
La calle Royale, en cambio, está igual, pero como estamos en invierno y ya es tarde, según va uno por ella parece que está cruzando una ciudad muerta. Escaparates de la librería Chez Clément Marot, de la joyería de Horowitz, Deauville, Genèe, Le Touquet, y de la pastelería inglesa Fidel-Berger... Más allá, la peluquería René Pigault. Escaparates de Henry á la Pensée. La mayor parte de estas tiendas de lujo están cerradas fuera de temporada. Al entrar en los soportales, se ve el resplandor, al final y a la izquierda, del letrero
11

INCIPIT 135. REDUCCION DE CONDENA / PATRICK MODIANO

Era la época en que las giras teatrales no se limitaban a recorrer Francia, Suiza y Bélgica, sino también el norte de África. Yo tenía diez años. Mi madre se había marchado de viaje para interpretar una obra y mi hermano y yo vivíamos en casa de unas amigas suyas, en un pueblecito de los alrededores de París.
Una casa de una planta, con la fachada de hiedra. Prolongaba el salón una de esas ventanas saledizas que los ingleses llaman bow-windows. Detrás de la vivienda un huerto con bancales. Al fondo de la primera terraza del vergel se hallaba, oculta bajo unas clemátides, la tumba del doctor Guillotin. ¿Habría vivido en esa casa? ¿Habría perfeccionado en ella su máquina de cortar cabezas? En la parte más lata del hormazo, dos manzanos y un peral.
Las plaquitas esmaltadas que colgaban de unas cadenitas de plata de las garrafas de licor, en el salón, llevaban inscritos unos nombres: IZARRA, SHERRY, CURAÇAO. La madreselva invadía el brocal del pozo, en medio del patio que precedía al huerto. El teléfono descansaba sobre un velador, muy cerca de una de las ventanas del salón.
Una verja protegía la fachada de la casa, ligeramente apartada de la calle del Doctor Dordaine. Un día habíamos pintado la verja trás haberla cubierto de minio. ¿Era

INCIPIT 82. EN EL CAFE DE LA JUVENTUD PERDIDA

De las dos entradas del café, siempre prefería la más estrecha, la que llamaban la puerta de la sombra. Escogía la misma mesa, al fondo del local, que era pequeño. Al principio, no hablaba con nadie; luego ya conocía a los parroquianos de Le Condé, la mayoría de los cuales tenía nuestra edad, entre los diecinueve y los veinticinco años, diría yo. En ocasiones se sentaba en las mesas de ellos, pero, las más de las veces, seguía siendo adicta a su sitio, al fondo del todo.
No llegaba a una hora fija. Podía vérsela ahí sentada por la mañana muy temprano. O se presentaba a eso de las doce de la noche y se quedaba hasta la hora de cerrar. Era el café que más tarde cerraba en el barrio, junto con Le Bouquet y La Pergola, y el que tenía una clientela más peculiar. Ahora que ha pasado el tiempo me pregunto si no era sólo su presencia la que hacía peculiares el local y a las personas que en él había, como si lo hubiera impregnado todo con su perfume.

INCIPIT 80. DOMINGOS DE AGOSTO / PATRICK MODIANO

Su mirada acabó por cruzarse con la mía. Era en Niza, al principio del bulevar Gambetta. Estaba subido a una especie de podio delante de un tenderete de chaquetas y abrigos de cuero y yo me había deslizado hasta la primera fila de los curiosos que le escuchaban elogiar su mercancía.
Al verme se desvaneció su desparpajo de charlatán. Ahora hablaba de una manera más seca, como si quisiera establecer una distancia entre él y su público y hacerme comprender que aquel oficio que ejercía allí, al aire libre, era muy inferior a su condición.
No había cambiado mucho después de siete años: únicamente su cuti sme parecía un poco más rojizo. Empezaba a anochecer y una ráfaga de viento se coló en la avenida Gambetta trayendo las primera sgotas de lluvia. A mi lado, una mujer de cabello rubio se probaba un abrigo de cuero. Desde su podio el vendedor se inclinaba hacia ella y la observaba con ademanes convincentes:
-Le sienta a usted de maravilla, señora.
Aquella voz conservaba su timbre metálico, de un metal que con el tiempo se hubiese oxidado. Los curiosos empezaban a dispersarse a

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