Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MARXISMO


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 246

Los habitantes de los países civilizados, en la medida en que han sido capaces de actuar como seres creadores y racionales, han luchado para conseguir una disciplina y unos objetivos que pudieran aportar orden, belleza y salud a sus vidas; pero en la medida en que continúan divididos en grupos, interesados en hacerse daño mutuamente, están  limitados por barreras ineludibles. Solo a partir del momento en que tengan conciencia de dichos conflictos y comiencen a liberarse de ellos podrán iniciar el camino que los lleve hacia un código de ética, un sistema político o una escuela artística verdaderamente humanos y distintos de los imperfectos y tarados que ahora conocemos. Pero la corriente de las actividades humanas se orienta siempre en esta dirección. Cada uno de los grandes movimientos políticos que rompe las barreras sociales significa una fusión nueva y más amplia del elemento asaltado y absorbido, y del factor agresivo en ascenso. El espíritu humano sigue abriéndose paso contra la voraz presión animal, para formar unidades cada vez mayores de seres humanos, hasta que, finalmente, nos demos cuenta, de una vez para siempre, de que la raza humana es una y que no debe hacerse daño a sí misma. Entonces podrá fundarse sobre esta realización una moral, una sociedad y un arte más profundos y abarcadores de lo que en la actualidad el hombre puede imaginar.

Y aunque es cierto que ya no podemos recibir de Dios leyes que trasciendan las limitaciones humanas, y aunque también es verdad que no podemos ni siquiera pretender que las construcciones intelectuales del hombre tengan una realidad independiente del conjunto específico de condiciones terrenales que han estimulado a ciertos individuos a elaborarlas, cabe, sin embargo, afirmar en favor de esta nueva ciencia de cambio social, por rudimentaria que todavía sea, que es más verdaderamente, universal y objetiva que cualquier otra teoría anterior de la historia. Pues la ciencia marxista se ha desarrollado como respuesta a una situación en la que finalmente resulta claro que para que la sociedad pueda subsistir de alguna manera tiene que organizarse sobre nuevos principios de igualdad; por ello nos hemos visto obligados a formular una crítica de la historia desde el punto de vista de la necesidad inminente de un mundo liberado de nacionalismos y de clases. Si nos hemos comprometido a luchar por los intereses del proletariado, es porque queremos trabajar por los intereses de la humanidad en su conjunto. En ese futuro, el espíritu humano, representado por el proletariado, se desplegará para formar esa unidad más amplia cuya contemplación teórica es ya posible.

MARX


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 153

Karl Marx: Prometeo y Lucifer

En agosto de 1835, un joven judío alemán, alumno del Gymnasium Federico Guillermo de la ciudad de Tréveris, a orillas del Mosela, redactó un tema para su examen final. Se titulaba «Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión». Resplandecían en el trabajo esos altos ideales que son usuales en tales ocasiones; si han llamado la atención en este caso es solo por el hecho de que este joven logró vivir conforme a sus aspiraciones. Al elegir una profesión, decía Karl Marx a los diecisiete años, debe uno tener la seguridad de que no va a ponerse en la situación de actuar simplemente como un servil instrumento de los demás; dentro de su propia esfera, cada cual debe gozar de independencia y asegurarse de que dispone de un campo de acción que le permita servir a la humanidad; pues si no, aunque se pueda llegar a ser un erudito o un poeta famoso, jamás se será un gran hombre. No podremos realizarnos auténticamente a menos que trabajemos por el bien del prójimo: solo entonces conseguiremos que no nos quebranten nuestras cargas, y solo entonces nuestras satisfacciones no se limitarán a placeres pobres y egoístas. Hemos de permanecer en guardia para no ser víctimas de la tentación más peligrosa de todas: la fascinación del pensamiento abstracto.


LOS ICARIANOS


Hacia la estación de Finlandia, Edmund Wilson, p. 146

La historia de los icarianos es más larga. Étienne Cabet, hijo de un tonelero, pudo, gracias a la Revolución francesa, abrirse camino comno abogado y corno político. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona muy visible y extremadamente incómoda tanto para la Restauración borbónica corno para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su actitud de oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Buonarotti, descendíente de Miguel Ángel y antiguo compañero de armas de Babeuf. Durante su exilio en Inglaterra, Cabet escribió una novela, Voyage en Icarie, que describía la utopía de una isla comunista con impuesto progresivo sobre la renta, abolición del derecho de herencia, reglamentación estatal de los salarios, talleres nacionales, educación pública, control eugenésico del matrimonio y un solo periódico controlado por el Gobierno.

El efecto de esta novela sobre la clase trabajadora francesa durante el reinado de Luis Felipe fue tan grande que hacia 184 7 Cabet contaba con un número de partidarios que se estimaba entre doscientos mil y cuatrocientos mil. Estos discípulos estaban ansiosos de poner en práctica el icarianisrno; y Cabet publicó un manifiesto: Allons en Icarie. Icaria tenía que ser buscada en América: Cabet estaba convencido de que ni siquiera una revolución general podía solucionar los problemas europeos. Robert Owen le recomendó el estado de Texas, ingresado recientemente en la Unión y de población escasa. Cabet firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Cuando el primer contingente de sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los «contratos sociales» por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que «ante tales hombres de vanguardia» no podía «dudar de la regeneración de la raza humana». Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de zonas inexploradas. De añadidura, solo tenían derecho a ocupar diez mil acres, que además se encontraban desperdígados, en lugar de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludísmo, y el médíco se volvió loco.


UNA CIUDAD COMO LONDRES



La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels
Una ciudad como Londres, en la que se puede caminar horas enteras sin llegar siquiera al comienzo del fin, sin topar con el mínimo signo que permita deducir la cercanía de terreno abierto, es cosa muy peculiar. Esa centralización colosal, ese amontonamiento de tres millones y medio de hombres en un solo punto han centuplicado la fuerza de esos tres millones y medio ... Pero sólo después descubrimos las víctimas que ... ha costado. Vagabundeando durante un par de días por las adoquinadas calles principales es como se advierte que esos londinenses han tenido que sacrificar la mejor parte de su humanidad para consumar todas las maravillas de la civilización de las cuales su ciudad rebosa; se advierte también que cientos de fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas, han sido reprimidas ... Ya el hormigueo de las calles tiene algo de repugnante, algo en contra de lo cual se indigna la naturaleza humana. Esos cientos, miles que se apretujan unos a otros, ¿no son todos ellos hombres con las mismas propiedades  y capacidades y con el mismo interés por ser felices? ... Y sin embargo corren dándose de lado, como si nada tuviesen en común, nada que hacer los unos con los otros, con un único convenio tácito entre ellos, el de que cada uno se mantenga en el lado de la acera que está a su derecha, para que las dos corrientes de la aglomeración, que se disparan en uno y otro sentido, no se detengan una a otra; a ninguno se le ocurre desde luego dignarse echar una sola mirada al otro. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada uno en sus intereses privados, resaltan aún más repelente, hirientemente, cuanto que todos se aprietan en un pequeño espacio

IDEAS DE PAUL

De  Informe de interior, de Paul Auster, p.203 
El escepticismo conduce a la exaltación de métodos estrictamente objetivos para describir el universo, tales como la geometría y la lógica: piensa en Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant. Una glorificación de la ciencia: lo que implica dualidades tales como sujeto/objeto,  forma/contenido, etc., que en sí carecen de existencia. Eso lleva a la disociación entre pensamiento y acto ... y por tanto en el mundo económico ... a la idea del obrero considerado como una máquina. El contrato de trabajo se ve reducido a un contrato de capital, en vez de a un contrato entre hombres, lo que efectivamente es. Eso ha ocurrido porque a la gente se la enseñaba (se la enseña) a pensar en términos de ideas abstractas. De manera que, por ejemplo, hoy, pueden Ilevarse a cabo estudios sociológicos perfectamente científicos para determinar la eficiencia de los obreros durante determinadas horas del día, etc. Eso es deshumanización, porque ahora no se tiene a un hombre para tantas horas, sino tantas horas de hombre: como si fuera una máquina. El mundo capitalista es un mundo de objetos, y no de personas.

DE LAS CLASES SOCIALES


De viaje a pie, de Josep Pla, p.52
Lo cierto es que en 1936, para dar una fecha, la clase payesa era la más pobre del país. El obrero industrial vivía muchísimo mejor. Ahora sucede al revés. Los payeses viven hoy considerablemente mejor, no sólo por tener el problema de la comida automáticamente resuelto, sino porque además todos los  productos que venden tienen una remuneración muy alta. La vida es cara y las convulsiones políticas, económicas, sociales, tendieron siempre a la valoración de lo necesario, de lo indispensable en detrimento de lo superfluo, contra lo que sucede en épocas normales, en que la abundancia crea el fenómeno contrario.
En Francia -por las noticias que tengo- ha sucedido un fenómeno igual. Los payeses franceses, los paysans, no sólo han comido durante los últimos trágicos años, sino que a sus arcas han ido a parar todas las sucesivas monedas que desde el principio de la guerra se han producido en el país vecino. Toda catástrofe produce escasez. La escasez coloca los productos de la tierra en el centro mismo de la vida social. Por este hecho, los productores agrarios se convienen en la clave de bóveda de la sociedad entera. Desde 1917, la historia interna de Rusia no es más que una lucha feroz -a veces larvada, a veces sangrienta entre campesinos y obreros industriales.

EL CAPITAL, AGAIN

POLITICA
De El capital, de Karl Marx, resumido por Gabriel Deville, p. 111-112
III. TRABAJO DE LAS MUIERES Y DE LOS NIÑOS
Haciendo innecesario el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de escasa fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderé de la máquina, exclamó: «¡trabajo de mujeres, trabajo de niños!» La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del hombre, se convirtió al punto en medio de aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo el látigo del capital a todos los miembros de la familia, sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del capital, usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.
El valor de la fuerza de trabajo estaba regulado por los gastos de sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado, y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede ocurrir que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende ahora, le produzca más que antes la sola fuerza de su jefe; pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una, y es preciso que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital, no solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es como la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva al mismo tiempo el grado de explotación.
El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato, cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas libres, ambos comerciantes: poseedor uno de dinero o de medios de producción y otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el instante en que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.
Por la incorporación al personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y dócil de las mujeres y los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.
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