Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA MUERTE DE PAUL AUSTER


Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, p. 104

Nuestro querido Paul ha muerto hoy a las 6.58, Hemos puesto la música de Sophie. Hemos puesto Old On, de Tom Waits. No ha podido aguantar. “Os puede oir. Hablad con él”, ha  dicho Kettlie. Le he cogido la cara. Le he dicho: «Dios mío, nos hemos divertido, ¿verdad?», Es lo que me ha venido a la cabeza, la diversión. Parecía tan importante. Ha habido sufrimiento, pero también mucha diversión. Quería estar lo más cerca posible de su cuerpo antes de que muriera, de su cuerpo que respiraba, de su pecho que subía y bajaba, sentir su piel caliente. los pelos finos de la barba, grises con un toque negro y esos ojos enormes. Ojos embrujados- Lo he besado una luego me he apartado para que Sophie se sentara y pudiera abrazarlo, acariciarlo y besarlo también. Me he quedado mirando cada respiración entrecortada, y luego ha estado unos segundos sin respirar. ¿Cuántos segundos entre una respiración y otra? No Io sé. Yo observaba ¿Es la última? ¿Lo es? Estaba tan cerca de su boca, abierta y jadeante. Hemos esperado el siguiente aliento. pero no ha llegado. La muerte. Y entonces nos hemos quedado con él, con su cuerpo, su cuerpo sin vida, y la cabeza todavía estaba caliente al tacto. Kettlie ha dicho que esa era la última parte del cuerpo en perder el calor. He notado cómo se enfriaba su cabeza. Y lo he dicho en voz alta: «Ahora tiene la cabeza fría”. Quería conocer la muerte. tocarla. Quería que fuera real porque sabía que no lo seria Io suficiente. Y le he dicho a Sophie: “¿Ves? No da miedo». Lo he dicho también para mi. Le he apretado las piernas y los brazos, tan tan flacos, flacos a causa del cáncer, lo brazos y las piernas consumidos por la enfermedad. Y le he acariciado la cata muerta,  aún hermosa.                                                         

 


FRACASO

 


Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, p. 270

Las experiencias de rechazo que afrontaron escritores a los que admira: Dickinson. Hawthorne. Melville, Thoreau. Proust, Kafka, Bekckett. Murphy. de Beckett. fue rechazada treinta y seis veces.

«Independientemente de cómo tratara el mundo a escritores, con elogios, indiferencia o rechazo, todos siguieron escribiendo.»

Es importante destacar que las historias sobre escritores que se negaron a ceder ante la presión externa -entre ellos, Paul- se cuentan porque, en algún momento, antes o después de su muerte, se ha reconocido su obra, Si esos autores hubieran sido engullidos por la historia literaria, no habría nada que contar. A menudo me he preguntado cuántos grandes libros han desaparecido en esas fauces.

«Me resulta sorprendente que Melville tuviera sólo treinta y cuatro años cuando escribió Bartleby, el ecribiente, esa asombrosa historia sobre la obstinación humana ante la presión externa, incluso al punto dela muerte”-

                              

 


11S


Historias de fantasmas,  Siri Hustvedt, p. 231

Apuntes sueltos: 11 de septiembre de 2001

16.00

Nuestra hija de catorce años ha empezado hoy el instituto. Por primera vez en su vida, ha viajado sola en metro de Brooklyn a Manhattan.

No vendrá  a casa esta noche. Ya no funciona el metro en Nueva York, y mi mujer y yo hemos hecho arreglos para que sequede con unos amigos en el Upper West Side.

Menos de una hora después de que ella pasara por debajo del World Trade Center, las Torres Gemelas se han derrumbado.

Desde el piso de nuestra casa Se puede ver aún el humo que el de la ciudad. Hoy el viento sopla hacia Brooklyn y el olor del fuego se ha impregnado cada rincón de casa. Un hedor horrible y punzante: plástico quemado , cables eléctricos, materiales de construcción, cuerpos incinerados .

La hermana de mi mujer, que vive Tribeca, solo diez manzanas al norte de Io que fue el World Trade Center, nos ha llamado para hablarnos de los gritos que ha oído cuando ha caído la primera torre. A amigos suyos, que viven en John Street, aún más cerca del lugar de catástrofe, los ha evacuado la policía después de que la puerta de su edificio haya saltado por los aires tras el impacto. Han caminado hacia el norte entre los cascotes y los escombros, que, según le han dicho, estaban mezclados con restos humanos.

 


LAS BIBLIOTECAS MAÑANA


Aquí y ahora: Cartas, Paul Auster, JM Coetzee, p. 190

No cabe duda de que al diseñar la biblioteca los arquitectos siguieron el consejo de los bibliotecarios, esos bibliotecarios de la nueva generación que consideran que los libros están anticuados, y que sueñan con una biblioteca sin papel.

¿Qué tiene esa gente contra los libros? ¿Por qué no comparten mi idea de la biblioteca como hectáreas y hectáreas de estanterías sumidas en penumbra que sostienen hileras interminables de libros apelotonados extendiéndose hasta el infinito en todas direcciones?

El argumento en contra de la biblioteca borgiana es casi demasiado tedioso como para repetirlo: demasiado tedioso y demasiado concluyente, en una época en que la economía ha sido proclamada reina de las ciencias. Y es que los libros ocupan demasiado espacio. No hay forma de justificar la preservación de un objeto físico que ocupa veinte centímetros por quince por tres de costoso espacio, y que además puede pasarse décadas y hasta centurias cogiendo polvo en una estantería sin que nadie Io toque ni lo lea. Si dejamos a nuestros seres amados difuntos dentro de agujeros en el bien los consignamos a las llamas, ¿por qué iba a ser un sacrilegio deshacerse de los libros muertos?

Deshacerse de los libros, reemplazarlos por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos por fotografías.

Me llena de aflicción la perspectiva de las bibliotecas del futuro. Y estoy seguro de que muchos comparten ese sentimiento. Pero, sentimentalismos aparte, ¿qué puede justificar esa aflicción? ¿Un ansia de realidad en un mundo de sombras? Los libros no son reales, por lo menoS no lo son en ningún sentido importante. Las letras mismas de las páginas son signos, imágenes de sonidos, o sea imágenes de ideas. El hecho de que lo que llamamos libro se pueda coger con las manos y tenga Olor y tacto propios es un simple accidente de su producción que no tiene relevancia alguna para lo que transmite el libro.


INIPIT 1.620. AQUI Y AHORA : CARTAS 2008-2011 / PAUL AUSTER, JM COETZEE


14-15 de julio de 2008

Querido Paul:

He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto, empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha escrito sobre el tema.

Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva.


PAUL AUSTER


Cuchillo, Salman Rushdie, p. 170

Fui a visitar a Paul Auster en su casa de Park Slope, en Brooklyn. Qué mal año había tenido: primero la muerte de su nieta y luego la de su hijo. Y ahora el cáncer. Paul había empezado quimioterapia y ya no tenía pelo, él, que siempre había lucido un pelo precioso. Ahora se cubría la cabeza con una gorra. Estaba más delgado. Pero mantenía el buen ánimo. Tenían que darle cuatro dosis de quimio en intervalos de tres semanas, además de inmunoterapia. Confiaban en que así se reduciría el tumor. Después de eso, cuatro o seis semanas para recuperarse de los efectos debilitadores de la quimioterapia, y después, confiaba él, al quirófano. La operación requiriría extirpar dos de los tres lóbulos de uno de los pulmones, Le recordé que el dramaturgo y más tarde presidente checo Václav Havel, también fumador empedernido, acabó con la mitad de un pulmón tras ser intervenido, pero que se las apañó bastante bien así. Paul se echó a reír y dijo que esperaba salir mejor parado. Fue estupendo verle y oírle reír. Me alegró que se mostrara optimista. Pero el cáncer es muy traicionero. Solo puedes cruzar los dedos y esperar que la suerte te acompañe.


INCIPIT 1.467. LA HISTORIA DE MI MAQUINA DE ESCRIBIR / PAUL AUSTER


Tres años y medio después, volví a Estados Unidos.

Era julio de 197 4, y cuando deshice las maletas aquella primera tarde en Nueva York, descubrí que mi pequeña máquina de escribir, una Hermes, estaba destrozada. Con la tapa abollada, las teclas dobladas, torcidas y deformes, no parecía tener la más remota posibilidad de arreglo.

No podía comprarme una nueva. En aquella época rara vez me sobraba el dinero, pero en aquel preciso momento estaba sin blanca.


NUEVA YORK


Gontahm Handbook, Paul Auster

Sonreír

Sonríe cuando la situación no lo imponga. Sonríe cuando estés enfadada, cuando te sientas desdichada, cuando sientas que la vida te maltrata, y observa el efecto que eso produce. Sonríe a los desconocidos por la calle. Nueva York puede ser peligrosa, así que tienes que ser prudente. Si lo prefieres, sonríe solamente a las mujeres (los hombres son brutos, hay que evitar que se formen una idea equivocada).

Sonríe, sin embargo, tan a menudo como te sea posible a la gente que no conoces. Sonríe al empleado de banca que te da tu dinero, a la camarera que te trae la comida, a la persona que se sienta frente a ti en el metro.

Fíjate si alguno de ellos te sonríe a su vez.

Lleva la cuenta del número de sonrisas que te dirigen cada día.

No te decepciones cuando la gente no te devuelva la sonrisa.

Considera cada sonrisa que te dedican como un precioso regalo

Hablar con desconocidos

Algunas personas te dirigirán la palabra una vez que tú les hayas sonreído. Debes prepararte para ello con algunos comentarios aduladores.


Adoptar un lugar


Gotham Handbook, Paul Auster

En Nueva York no solamente se descuida a las personas. También se descuidan las cosas. No pienso sólo en las cosas importantes como los puentes o las vías del metro, sino también en las pequeñas cosas en las que apenas reparamos y que tenemos delante de las narices: trozos de acera o de muro, bancos públicos. Fíjate bien en los objetos que te rodean y verás que casi todos están en ruinas.

Elige un lugar en la ciudad y piensa en él como si te perteneciese. No importa ni dónde esté ni qué lugar sea. La esquina de una calle, una boca de metro, un árbol del parque. Asume este sitio como si tú fueras la responsable. Límpialo. Adórnalo. Piensa en él como si fuera una extensión de tu ser. Ten hacia él el amor propio que tendrías por tu propia casa.

Acude todos los días a la misma hora. Quédate una hora a observar lo que sucede, a anotar a todos los que pasan, si se paran o hacen cualquier cosa. Toma notas, haz fotografías. Graba  estas observaciones cotidianas, y mira si puedes aprender algo de estas personas, del lugar o de ti misma. Sonríe a los que se acerquen. Háblales siempre que te sea posible. Si no sabes qué decirles, empieza hablando del tiempo.

5 de marzo de 1994


INCIPIT 1.452. BAUMGARTNER / PAUL AUSTER



Baumgartner está sentado a su escritorio de la habitación de la planta alta, que, según los casos, denomina estudio, cogitorium o madriguera. Pluma en mano, va por la mitad de una frase del tercer capítulo de su monografía sobre los seudónimos de Kierkegaard cuando se da cuenta de que el libro donde viene la cita que le hace falta para acabarla está abajo, en el  salón, donde lo dejó anoche antes de acostarse. Mientras baja a buscar el libro, se acuerda también de que ha prometido llamar a su hermana esta mañana, a las diez, y como ya es casi la hora decide ir a la cocina y hacer la llamada antes de recoger el libro del salón. Al entrar en la cocina, sin embargo, un olor acre y penetrante lo detiene bruscamente.


PAUL AUSTER


Baumgartner, Paul Auster, p. 144

Nada que hacer, piensa, nada en absoluto. La pérdida de memoria a corto plazo forma inevitablemente parte de hacerse viejo, y si no es olvidarse de subirse la cremallera, es ir a registrar la casa en busca de las gafas de lectura mientras las llevas en la mano, o bajar a realizar dos pequeñas tareas, coger un libro del salón y servirse un vaso de zumo en la cocina para luego volver a la planta de arriba con el zumo pero no con el libro, o si no con nada, porque una tercera cosa te ha distraído en la planta baja y has vuelto arriba con las manos vacías y habiendo olvidado para qué bajaste en un principio. No es que no le pasaran esas cosas cuando era joven, o que no olvidara el nombre de esa actriz, de aquel escritor o del secretario de Comercio, pero cuanto más viejo te haces, con mayor frecuencia te ocurren esas cosas, y si empiezan a suceder tan a menudo que ya apenas sabes dónde estás y no puedes realizar un seguimiento de tus últimos pasos, estás acabado, aún vivo, pero acabado. Antes lo llamaban senectud. Ahora, demencia senil, pero de un modo u otro, Baumgartner es consciente de que si al final acaba así, aún le queda bastante camino por recorrer.


FRANKIE BOYLE

 


Baumgartner, Paul Auster, p. 60

Frankie Boyle nunca llegó a las selvas de Vietnam. Cinco semanas después de alistarse sufrió un accidente durante un ejercicio de instrucción básica en Fort Dix cuando un lanzacohetes falló y le estalló en las manos. La explosión lo hizo pedazos, convirtiéndolo en una masa de fragmentos que salieron disparados y se esparcieron por el aire en todas direcciones antes de caer de nuevo a tierra. Cuando llegó la ambulancia en busca de los trozos dispersos, estuvieron más de dos horas sobre el terreno recogiendo restos de dedos de manos y pies, de brazos y piernas, junto con numerosas porciones de carne achicharrada y huesos rotos sin identificar, pero con el sol empezando a ponerse hacia el horizonte y la proximidad de la noche, dieron la  búsqueda por terminada. Pese a tales esfuerzos, el día que lo enterraron quedaba tan poco de Frankie Boyle que el contenido de su ataúd pesaba veintisiete kilos y medio.


Black Lives Matter


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 175

Mientras, el asesino de George Floyd, miembro del Departamento de Policía de Mineápolis, está en la cárcel sentenciado a veintidós años, gracias sobre todo a la mano firme y a la mirada clara de Darnella Frazier, una valiente muchacha de diecisiete años que filmó en su integridad los ocho minutos y medio de aquel asesinato a sangre fría, sin sentido, para que lo vieran Norteamérica entera y el resto del mundo. Las manifestaciones subsiguientes al asesinato de George Floyd constituyeron la única señal de esperanza que sentí por nuestro bienestar colectivo durante los primeros y sombríos días de la pandemia, cuando grandes multitudes birraciales marcharon juntas en más de dos mil ciudades y pueblos de Estados Unidos, pero aún no es seguro que esas muestras de unidad entre blancos y negros marquen un auténtico cambio en el ambiente de la nación o no sean más que un momentáneo claro entre las nubes. Pienso, sobre todo, en los policías neoyorquinos que aporreaban los cuerpos de manifestantes pacíficos en Manhattan mientras pandillas de adolescentes saqueaban tiendas en el SoHo, a solo veinte o treinta manzanas al sur, sin ningún agente a la vista. Y, cuando no pienso en Nueva York, pienso principalmente en la pequeña ciudad de Wisconsin donde hace ciento dos años mi abuela mató a tiros a mi abuelo y en que, en esa misma ciudad de Kenosha, cuando una multitud de manifestantes marchaba en agosto pasado para apoyar a Jacob Blake, un negro desarmado que había quedado paralítico después de que un agente de policía blanco le disparase siete balazos en la espalda, un muchacho de diecisiete años llegó a la escena armado con un fusil semiautomático y mató a tiros a dos manifestantes e hirió a otro, crímenes premeditados que el ya antiguo presidente aprobó como actos de «autodefensa». Luego vuelvo mis pensamientos hacia la muchacha de diecisiete años con su teléfono móvil en Mineápolis y me pregunto si el futuro le pertenece a ella o al chico de diecisiete años del fusil de Kenosha, o si el mundo seguirá siendo el mismo de ahora y el futuro les pertenecerá a los dos.


INCIPIT 1.420. UN PAIS BAÑADO EN SANGRE / PAUL AUSTER



Nunca he poseído un arma de fuego. No una de verdad, en cualquier caso, aunque durante dos o tres años después de dejar los pañales, me paseaba por ahí con un revólver de seis tiros colgando de la cadera. Yo era texano, aunque viviera en el extrarradio de Newark, Nueva Jersey, porque entonces, en los primeros años cincuenta, el Salvaje Oeste estaba en todas partes e incontables legiones de chicos norteamericanos poseían con orgullo un sombrero de vaquero y una pistola de juguete barata enfundada en una cartuchera de imitación cuero. De cuando en cuando, una ristra de petardos de percusión se introducía frente al martillo de la pistola para imitar el sonido de una bala de verdad


«Sigue soñando, Paul».


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 141

Hay que remontarse a 1984 y recordar el caso muy publicitado de Bernhard Goetz, el « Vigilante del Metro» de Nueva York, que mató a tiros a cuatro adolescentes negros desarmados por temor a que estuvieran a punto de atacarlo para robarle, o, si no, el caso de 2012 de Trayvon Martín, un estudiante de instituto, de diecisiete años, negro y desarmado, a quien mató a tiros George Zimmerman, de veintiocho años, porque tenía un aspecto «sospechoso». Esos dos tiroteos estaban motivados por el miedo, y, ya sea real o imaginario, el miedo no es una justificación legítima para disparar con un arma de fuego contra otra persona. Al fin y al cabo, no todos los que poseen un arma son personas tan equilibradas y dueñas de sí mismas como el fontanero de Sutherland Springs, y si, tal como argumenta la ANR, los norteamericanos respetuosos de la ley deben estar armados para protegerse contra los infractores de la ley que amenazan nuestra seguridad, una enorme cantidad de gente temerosa, con frecuencia irracional, tendrá la capacidad de tomar decisiones instantáneas que inevitablemente conducirán a más muertes de desconocidos desarmados. Poner un arma en manos de cualquiera convertiría Estados Unidos en un país de soldados y retrocederíamos a los primeros días coloniales en los que cada ciudadano era un soldado con mosquete y servía de por vida en la milicia local. ¿Es eso lo que queremos en la Norteamérica de hoy, el derecho a vivir en una sociedad en permanente lucha armada? Si el problema consiste en que hay demasiados malhechores con armas, ¿no sería más sensato despojarlos de ellas en vez de dárselas a los denominados hombres de bien, que en muchos casos, si no en la mayoría, no lo son tanto, y así eliminar el problema de raíz? Porque si los malhechores no tienen armas, ¿para qué las necesitarían los hombres de bien?

Como solía decir mi madre cuando yo salía con alguna de mis apasionadas y desaforadas conjeturas sobre cómo mejorar el mundo: «Sigue soñando, Paul».


LA LEY SECA


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 85

La primera norma federal relativa al control de armas fue la Ley Nacional sobre Armas de Fuego de 1934, que imponía una carga fiscal tan fuerte y unas condiciones tan onerosas para la venta y la compra de ametralladoras de estilo militar que esas mortíferas armas quedaron prohibidas en la práctica. La proliferación de la metralleta fue una consecuencia directa del auge de las bandas criminales y del gansterismo de los años veinte, y la razón principal de ese auge era otra Enmienda de la Constitución, la Decimoctava, que prohibía la venta de bebidas alcohólicas y dio lugar a los caóticos y desenfrenados años de la Prohibición. No todos los motivos de la Enmienda eran rebatibles (sin duda, la plaga del alcoholismo destrozaba muchas vidas y causaba la ruina a muchas familias), pero en su mayor parte los consumidores de alcohol no eran alcohólicos, y en los muchos siglos transcurridos desde que Dioniso ofreciera al mundo el milagro del vino, esa bebida medianamente intoxicante ha sido parte integrante de la vida cotidiana de centenares de millones de personas y se consume como acompañamiento de las comidas, como propiciador de compañía y cordialidad, como bálsamo que alivia a las almas fatigadas e inquietas, y con frecuencia como elemento afrodisiaco del deseo erótico. A principios del siglo XX, con el consumo de cerveza, vino y diversas clases de bebidas destiladas profundamente arraigado en casi todas las culturas humanas, los norteamericanos se opusieron a las restricciones que les habían impuesto y se negaron a obedecer la ley. El resultado fue una catástrofe nacional, porque la Decimoctava Enmienda no solo no logró que los norteamericanos dejaran de beber, sino que tuvo el efecto contrario de inducirlos a beber más, lo que generó un ejército de contrabandistas y el negocio muy rentable de traficar con bebidas alcohólicas ilegales, lo que causó un incontable número de muertes y cegueras por causa del alcohol de fabricación casera y de las cubas de alcohol de madera domésticas


LA VIOLENCIA DE LAS ARMAS


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 59

Según una reciente estimación del hospital pediátrico del Philadelphia Research Institute, actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de residentes en Estados Unidos: más de una para cada hombre, mujer y niño de todo el país. Cada año, unos cuarenta mil norteamericanos mueren por heridas de arma de fuego, lo que equivale al número de muertes causadas por accidente de tráfico en las carreteras y autovías de Estados Unidos. De esas cuarenta mil muertes producidas por arma de fuego, más de la mitad son suicidios, lo que a su vez equivale a la mitad de todos los suicidios por año. Si a eso se añaden los asesinatos efectuados con pistolas y las muertes accidentales causadas por armas de fuego, el promedio indica que diariamente hay más de cien norteamericanos muertos a balazos. A ese mismo promedio diario hay que agregar más de doscientos heridos, lo que supone ochenta mil al año. Ochenta mil heridos y cuarenta mil muertos, o ciento veinte mil llamadas a la ambulancia y a Urgencias cada vez que el calendario marca doce meses, pero el número de casos producidos por la violencia de las armas va mucho más allá de los cuerpos perforados y ensangrentados de las propias víctimas, y se amplía a la devastación que sacude a sus parientes, cercanos y lejanos, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus vecinos, los colegios, las iglesias, los equipos de sóftbol y comunidades en general -la vasta legión de vidas afectadas por la presencia de una sola persona que vive o ha vivido entre ellos-, lo que quiere decir que el número de norteamericanos directa o indirectamente marcados por la violencia de las armas asciende a millones cada año.


INCIPIT 1.217. LA LLAMA INMORTAL DE STEPHEN CRANE / PAUL AUSTER


STEVIE

Nacido el Día de los Difuntos y muerto cinco meses antes de su vigésimo noveno cumpleaños, Stephen Crane vivió cinco meses y cinco días en el siglo XX, deshecho por la tuberculosis antes de haber tenido ocasión de conducir un automóvil o contemplar un aeroplano, ver una película proyectada en pantalla grande o escuchar la radio, un personaje del mundo del caballo y la calesa que se perdió el futuro que aguardaba a sus pares, no solo la creación de aquellas máquinas e inventos milagrosos, sino los horro­ res de la época también, incluida la aniquilación de decenas de millones de vidas en las dos guerras mundiales. Fueron sus con­ temporáneos Henri Matisse (veintidós meses más que él), Vladímiir Lenin (diecisiete meses mayor), Marce! Proust (cuatro meses más), y escritores norteamericanos tales como W. E. B. Du Bois, Theodore Dreiser, Willa Cather, Gertrude Stein, Sherwood An­ derson y Robert Frost, todos los cuales vivieron hasta bien entra­ do el nuevo siglo. Pero la obra de Crane, que rehuyó las tradiciones de casi todo lo que se había producido antes de él, fue tan radical para su tiempo que ahora se le puede considerar corno el primer modernista norteamericano, el principal responsable de cambiar el modo en que vernos el mundo a través de la lente de la palabra escrita.


LA LUNA

Una vida en palabras, Paul Auster, p. 183
lBS: ¿Qué me dice de la luna? ¿Le produjo una gran impresión el aterrizaje en la luna?
PA: Eso empezó con el discurso de Kennedy. Anunció que íbamos a mandar a un hombre a la luna. Por entonces yo estaba a punto de cumplir trece años, así que crecí con la expectativa de que los norteamericanos viajarían al espacio exterior.
lBS: ¿La nueva frontera?
P A: Eso es. El siguiente sitio al que Norteamérica tenía que ir.
lBS: La luna simboliza casi absolutamente todo en la novela. En una entrevista, dijo usted:
La luna es muchas cosas a la vez, una piedra de toque. Tenemos la luna como mito, la “radiante Diana, imagen de todo lo que es oscuro en nosotros”; la imaginación, el amor, la locura. Al mismo tiempo, está la luna como objeto, como cuerpo celeste, como piedra sin vida cerniéndose en el cielo. Pero también representa el deseo de lo que no tenemos, lo inalcanzable, el anhelo humano de trascendencia. Y sin embargo también es historia, en especial historia norteamericana ... Pero la luna también es repetición, la naturaleza cíclica de la experiencia humana. ( Collected Prose, 566)
PA: La novela intenta abarcar todo eso.
lBS: Son muchos significados, y muy dispares, para atribuir a un solo objeto.

P A: Sí, pero ya ve, una vez que se empieza a pensar en algo, se van estableciendo asociaciones. He descrito ese mecanismo asociativo como una especie de máquina de flipper, en donde un objeto toca a otro y luego a otro y a otro, de modo que pronto se forma un enorme sistema de referencias interrelacionadas.
En la imagen Hécate de William Blake

FRACASAR

Una vida en palabras, Paul Auster, p. 40
Paul Auster: Porque no creo que pueda aprehenderse plenamente a nadie. Es algo que se intenta, pero como he dicho antes, nunca se penetra en el misterio de un ser humano. En cierto sentido, toda obra es un fracaso. Ya conoce esa sentencia de Beckett -para citar a Beckett una vez más-, “Fracasa otra vez, fracasa mejor”. Fracasa mejor, sí, eso es lo que uno hace. Sigue adelante ... y trata de “fracasar mejor”
lBS: ¿Me lo podría explicar? ¿Por qué el éxito de una obra viene condicionado por el fracaso?
P A: Porque nunca se consigue lo que se espera lograr. Unas veces quizá te acerques más y puede que algunos aprecien tu trabajo, pero tú, el autor, siempre tendrás la impresión de que has fracasado. Lo has hecho lo mejor que podías, pero no ha sido suficiente. Quizá por eso sigues escribiendo. Para fracasar mejor la próxima vez.
lBS: Esas reflexiones sobre los procesos y mecanismos de la escritura que intercala usted en la narración constituyen otra razón de por qué el “Retrato de un hombre invisible” es tan bueno, en mi opinión. El sustrato de metacomentario atrae al lector de una forma que no hacen los textos autobiográficos tradicionales. Por ejemplo, en este caso:
Tengo la sensación de que intento llegar a algún sitio, como si supiera lo que quiero decir; pero cuanto más avanzo, más me doy cuenta de que el camino hacia mi objetivo no existe. Tengo que inventar la ruta a cada paso, y eso hace que nunca esté seguro de dónde me encuentro. Tengo la impresión de que me muevo en círculos, de que vuelvo constantemente atrás o de que voy en varias direcciones a la vez. Incluso cuando consigo avanzar un poco, no estoy muy seguro de hacerlo en el rumbo correcto. El hecho de que uno vague por el desierto no quiere decir que necesariamente haya una tierra prometida.
P A: Con ese libro iba encontrando el camino a medida que avanzaba. Y eso se refleja en la obra misma. Siempre me ha interesado exponer el mecanismo interior de lo que hago -o intento hacer-, porque el proceso del pensamiento me parece tan interesante como sus resultados.
lBS: Ésa es una de las razones por las que la gente dice que su obra es posmoderna.

P A: Eso no lo entiendo.

WIKIPEDIA

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