Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.434. QUERIDO CAPULLO / DESPENTES


OSCAR

Crónicas del desastre

Me crucé en Paris con Rehecca Latte. Me vinieron a la mente los personajes extraordinarios que ha llegado a interpretar: mujer peligrosa, venenosa, vulnerable, conmovedora o heroica, dependiendo de la ocasión; cuántas veces no me habré enamorado de ella, cuántas fotos suyas habré llegado a colgar, en cuántos apartamentos, encima de cuántas camas, y siempre me hicieron sonar. Trágica metáfora de toda una época que se está yendo a la mierda: una mujer sublime que, cuando estaba en su apogeo, inició a tantos adolescentes en el hechizo de la seducción femenina, convertida ahora en ese adefesio. No solo vieja. Sino burda, descuidada, de piel repulsiva, metida en ese personaje de mujer sucia, bulliciosa. Un bochorno. Me han dicho que se ha convertido en “musa de las jóvenes feministas” La Internacional de las Pordioseras ataca de nuevo. Nivel de sorpresa: cero. Me acuesto en el sofá en posición lateral de seguridad y me pongo a escuchar en bucle «Hypnotize», de Biggie.


INCIPT 1.433. LA MANCHA HUMANA / PHILIP ROTH


1. Todo el mundo sabe

Corría el verano de 1998 cuando mi vecino Coleman Silk, quien, antes de retirarse dos años atras, fue profesor de lenguas cláicas en la cercana Universidad de Athena durante veintitantos años y, a lo largo de dieciséis de ellos, actuó también como decano de la facultad, me dijo confidencialmente que, a los setenta y un años de edad, tenía relaciones sexuales con una mujer de la limpieza que contaba treinta y cuatro y trabajaba en la universidad. Dos veces a la semana la mujer limpiaba también la oficina de correos rural, una pequeña cabaña de grises tablas de chilla que evocaba el refugio de una familia okie, como se conoce a los trabajadores agrícolas migratorios, procedente de la región seca del sudoeste, allá por los años treinta y que, solitaria y con aspecto de abandono frente a la gasolinera y la única tienda del pueblo, exhibe la bandera norteamericana en el cruce de las dos carreteras que constituye el centro comercial de esta localidad en la ladera de una montaña.

Un día, a última hora, minutos antes del cierre, cuando fue en busca del correo, Coleman vio por primera vez a la mujer, alta, delgada y angulosa, el cabello rubio grisáceo recogido en una cola de caballo y los rasgos bien marcados y severos que suele asociarse a las amas de casa, dominadas por la Iglesia y muy trabajadoras que sufrieron las duras condiciones de vida en los comienzos de Nueva Inglaterra, severas mujeres de colonos aprisionadas por la moralidad imperante y sumisas a ella. Se llamaba Faunia Farley y, por mucho que hubiera sufrido, lo mantenía oculto tras una de esas caras huesudas e inexpresivas que, por otro lado, no esconden nada y revelan una soledad inmensa.


Para el progreso no hay cura


MANIAC, Benjamin Labatut, p. 279

Al final, miraba hacia un futuro tan sombrío, y concebía escenarios tan macabros, que guardó silencio y se rehusó por completo a compartir el contenido de su cabeza. En la última carta que me envió, hablaba de un cambio de estado esencial, una transformación que galopaba desbocada hacia nosotros: «Las horribles posibilidades actuales de guerra atómica pueden dar paso a otras aún más espantosas. Literal y figuradamente, nos estarnos quedando sin espacio. Después de muchísimo tiempo, hemos empezado a sentir, de forma crítica, los efectos del tamaño finito y real de la Tierra. Esta es la crisis de madurez de la tecnología. En los años que quedan entre hoy y el comienzo del próximo siglo, la catástrofe global seguramente superará todos los patrones anteriores. Cuándo y dónde llegará a su fin -y a qué estado de cosas dará lugar- es algo que nadie puede 'saber. Es un consuelo muy pequeño pensar que los intereses de la humanidad puedan cambiar algún día, la curiosidad de esta época sobre la ciencia puede cesar, y es posible que la mente humana se ocupe de cosas completamente diferentes. La tecnología, después de todo, es una excreción humana, y no debe ser vista como algo ajeno, como un Otro. Es una parte de nosotros, como la tela es parte de la araña. Sin embargo, parece que el progreso cada vez más rápido de los medios técnicos da muestras de estar acercándose hacia algún tipo de singularidad esencial, un punto de inflexión en la historia de nuestra raza más allá del cual los asuntos humanos tal como los conocemos no podrán continuar. El progreso se volverá tan complejo y veloz que no podremos comprenderlo. Porque el poder tecnológico en sí es un logro ambivalente, y la ciencia es neutra por completo; provee medios de control aplicables a cualquier propósito, pero permanece indiferente ante todos. Lo que crea el peligro no es el potencial destructivo particularmente perverso de un invento en específico. El peligro es intrínseco. Para el progreso no hay cura».


VON NEUMNN


MANIAC, Benjamin Labatut, p. 266

Mi padre quería conocer la lógica interna del cerebro. […] Él estaba fascinado por la diferencia entre la forma en que el cerebro y las computadoras procesan la información, pero también veía ciertas similitudes que parecían sugerir que tal vez, en el futuro, podíamos comenzar a fusionarnos con ellas, otorgándoles una parte de nuestra conciencia, o permitiéndonos existir de forma incorpórea, en materiales más firmes que nuestra carne, para ser inmunes a la corrupción y la enfermedad. No incluyó ninguna de esas fantasías en su artículo, por supuesto, pero ese tipo de ideas le devoraban la cabeza. Sé que soñaba con alguna forma de preservar su mente extraordinaria. Le dije que su artículo me parecía impresionante, y cuando abrió los labios secos y partidos sentí un golpe de felicidad ( cada día hablaba menos) y luego se me encogió el corazón al instante, ya que en vez de comentar su artículo, o preguntar por mi matrimonio, me hizo una petición tan extraña que me llenó el alma de terror, considerando que venía de parte de él, uno de los matemáticos más importantes del siglo, tal vez el más importante de todos; quiso que le dijera dos números al azar y que le preguntara por la suma de ellos. Pensé que estaba bromeando. ¿Había recuperado su antiguo sentido del humor? Sonreí, muy nerviosa, y luego me di cuenta de que estaba hablando en serio. Durante mi visita anterior, hacía poco más de un mes, su capacidad mental había estado tan afilada como siempre. Pero ahora su genialidad se había deteriorado hasta tal punto que no era capaz de manejar siquiera la aritmética básica. Había perdido su vasto poder intelectual. No quedaba ni una huella de la facultad que lo definía como persona, y la expresión de pánico que deformó sus rasgos mientras tomaba conciencia de ello, allí frente a mis ojos, fue la situación más desgarradora que presencié a lo largo de toda mi vida. Sentí su agonía como si fuera un dolor físico en mi propio cuerpo, y solo pude murmurar un par de números -¿Cuánto es dos más nueve? ¿Cuánto es diez más cinco? ¿Cuánto es uno más uno?- antes de salir corriendo de la habitación para no llorar delante de él.

DIOS


MANIAC, Benjamin Labatut, p 247

Von Neumann pensaba que, si nuestra especie iba a sobrevivir el siglo XX, necesitábamos llenar el enorme vacío dejado por la huida de los dioses, y la única candidata viable para realizar esa extraña y esotérica transformación era la tecnología. Me dijo que un saber técnico cada vez mayor, alimentado por la ciencia, era lo que nos diferenciaba de nuestros ancestros. Porque en términos de nuestra moral, filosofía y calidad de pensamiento, no éramos mejores (de hecho, éramos más pobres) que los griegos, el pueblo védico o las pequeñas tribus nómadas que aún se aferran a la naturaleza como única fuente de gracia y verdadera medida de la existencia. Nos hemos estancado, me dijo, en todas las artes salvo en una -tékne-, en la que nuestra sabiduría se ha vuelto tan profunda y peligrosa que incluso los titanes temblarían ante ella, porque su poder hace que los viejos dioses de los bosques parezcan simples duendecillos. Pero ese mundo había desaparecido. Y la ciencia tendría que dotarnos de algo mayor a los seres humanos, mostrándonos la nueva imagen que debíamos adorar. Para Von Neumann era evidente que nuestra civilización había progresado hasta un punto tal que los asuntos de la especie ya no podían confiarse de manera segura en nuestras propias manos. Necesitábamos otra cosa. Algo superior. A medio y largo plazo, si íbamos a tener siquiera una mínima posibilidad de supervivencia, debíamos encontrar una forma de ir más allá de nosotros mismos, de superar los límites actuales de la lógica, el lenguaje y el pensamiento, para hallar soluciones a los muchos problemas que indudablemente enfrentaríamos, a medida que expandíamos nuestro dominio sobre la faz de la Tierra y -más temprano que tarde- desde allí hasta el vacío que rodea las estrellas.


VON NEUMANN


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 51

Cuando el cáncer se extendió a su cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó en el Centro Medico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explicito del Pentágono. Un coronel de la Fuerza Aerea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos dias no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático judío de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados Unidos desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica, el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la Fuerza Aerea, el Ejército y la Marina, y los jefes del Estado Mayor Militar, atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que creó la primera computadora moderna, las bases  matemáticas de la mecánica cuántica, la teoría de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la implosión de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la inteligencia artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la singularidad tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio, muriendo al igual que cualquier otro hombre.


INCIPIT 1.432. LA ULTIMA COLONIA / PHILIPPE SANDS


NOTA AL LECTOR

Esta es una historia real, relatada por primera vez en una serie de conferencias que impartí en la Academia de Derecho Internacional de La Haya durante el verano de 2022. Dado que estoy personalmente involucrado en algunas de sus partes, no soy un observador independiente, y entiendo que los hechos pueden contemplarse desde distintos ángulos, con diferentes interpretaciones. En cualquier caso, he intentado presentar aquí una descripción personal de manera justa y equilibrada.

La historia, poco conocida, pero merecedora de llegar a un público más amplio, está integrada, de hecho, por varios relatos entrelazados. El primero hace referencia a la Corte Internacional de Justicia de La Haya y su papel en la desaparición gradual del colonialismo, centrándose en última instancia en el caso de Mauricio. Otro es de índole más personal: la evolución de mi propia relación con el mundo del derecho internacional. Y un tercero, auténtico corazón palpitante de este libro, es la historia de Liseby Elysé: las injusticias cometidas contra ella y otros chagosianos, y su búsqueda de justicia, que continúa hasta nuestros días.


INCIPIT 1.431 DIARIOS, A RATOS PERDIDOS 5 Y 6 / RAFAEL CHIRBES


2007

 8 de enero

Jornada larga. Llevo despierto desde las seis de la mañana, leyéndome esta novela insalvable,  que destapa mis limitaciones como escritor. Cabeza vacía y mano torpe, que se suman a una pérdida de referentes, a este no tener nada en la cabeza que me tortura. ¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir? Basta con ver la prosa, la mediocridad de la escritura, la falta de densidad, la ausencia o planura de ideas. Lo dicho: la lectura de hoy me ofrece un balance demoledor. Mientras tanto, la vida resbala fuera de estas cuatro paredes: días espléndidos, soleados, que ponen la naturaleza en primer plano y cuyos rayos no consigo que. se lleven o que traspasen esta especie de sombría jaula en la que me agito, no sé muy bien con qué fin, desde qué impulso, porque lo que hay es, sobre todo, vacío, y un silencio de dentro que es solo una forma de llamar a la incapacidad para mirar fuera, para cargarse con la energía de lo de fuera. Tampoco la economía tiene visos de arreglarse por el momento, ni hay perspectivas de trabajo a la vista (nada de fuera nutre). Todo tiene en esta encerrona un aire de inconsciencia suicida. Qué lejos la actitud del viejo Jünger, cuyos libros estoy leyendo estos días


GROSSMAN


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes, p. 306

Sobre la difícilmente explicable SUMISIÓN y mansedumbre de los que sabían que iban a morir en los campos de concentración alemanes:

En ese tiempo, una de las particularidades más sorprendentes de la naturaleza humana que se reveló fue la sumisión. Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. Se dieron casos en que algunas madres previsoras, sabiendo que habría que hacer cola desde la mañana hasta bien entrada la noche en espera de la ejecución, que tendrían un día largo y caluroso por delante, se llevaban botellas de agua y pan para sus hijos. Millones de inocentes, presintiendo un arresto inminente, preparaban con antelación fardos con ropa blanca, toallas, y se despedían de sus más allegados. Millones de seres humanos vivieron en campos gigantescos, no solo construidos, sino también custodiados por ellos mismos [ ... ]. Sobre la base de la esperanza -una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame- surgió la sumisión que a menudo era igual de miserable y ruin [ ... ]. Pero, naturalmente, la desesperación total y lúcida no generó solo levantamientos y resistencia: engendró también el deseo -extraño en un hombre normal- de ser ejecutado lo más pronto posible (págs. 261-263). Reviso la vieja edición de Vida y destino


DOSTOIEVSKY


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes, p. 189

Para culminar la extraordinaria, certera, a la vez trágica e hilarante visión de Zweig sobre Dostoievski, esta impagable descripción: Un gran francés, horrorizado, llamó al mundo de Dostoievski hospital de neurópatas, y realmente, ¡qué sombría y fantástica debe de aparecer esta esfera vista por primera vez desde fuera! Tabernas llenas de vapores de aguardiente, celdas, cuartuchos en casas de suburbios, callejuelas de burdeles y bodegones, y allí, sobre un fondo oscuro de Rembrandt, una turba de figuras extáticas: el asesino, con la sangre de su víctima todavía en las manos levantadas hacia el cielo; el borracho, en medio de las risas de quienes le escuchan; la muchacha de aspecto amarillo, en la penumbra de la callejuela; el niño epiléptico pidiendo limosna en las esquinas; el septuagenario asesino en la kátorga de Siberia; el jugador, entre los puños de sus compinches; Rogozkin, rondando como una fiera la habitación cerrada de su mujer; el ladrón honrado, agonizando en un lecho inmundo. ¡Qué mundo subterráneo de sentimientos, qué infierno de pasiones! ¡Ah, qué trágica humanidad, qué cielo tan ruso, bajo, gris, eternamente crepuscular, sobre estas figuras, qué tinieblas en el corazón y en el paisaje! Campos de  infortunio, yermos de desesperación, purgatorio sin gracia ni justicia.


JüNGER


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes

 Recuerdo las palabras de un personaje de Gaite en su novela Lo raro es vivir, dice: «Las vidas van siempre en borrador, tal que así las padecemos, nunca da tiempo a pasarlas en limpio».

En Italia, al ver a un monje encendiendo una vela, Jünger tiene la sensación de hundirse en el tiempo: no me refiero a cobrar consciencia del sentimiento melancólico que se apodera de nosotros cuando vemos cosas antiguas, sino al sentimiento de caída física; se abre un abismo. Las numerosas páginas que, en este volumen, dedica a Roma están llenas de estas caídas, de estas imantaciones. Coincide su estancia romana con la aparición en los periódicos de noticias sobre las subversiones de mayo del 68, entre las que recoge la historia de unos estudiantes que le gritaron al profesor: «Deja ya en paz a Tasso y háblanos del Che Guevara». Al parecer, tras el incidente, el profesor, un hombre sensible, se cortó las venas y luego se arrojó por un balcón. El periódico daba cuenta de que había ingresado moribundo en el hospital, donde permanecía agonizante, mientras Jünger vaticinaba: «Hasta nueva orden, todos los enjuiciamientos de la situación que partan de que aún existen valores que transmitir son errados. El valor es sustituido por el número; lo trágico, por el accidente; el destino, por la estadística; el héroe, por el criminal; el príncipe, por el cacique; Dios, por "el bien"». Reflexiones del aristócrata que siente que el mundo se le ha escapado de las manos.


INCIPIT 1.430. DIAS DE LECTURA / MARCEL PROUST


John Ruskin

Como las «Musas abandonando a su padre Apolo para ir a iluminar el mundo», una a una las ideas de Ruskin habían ido abandonando la cabeza divina que les había dado cobijo y, encarnadas en libros vivos, habían marchado a enseñar a los pueblos. Ruskin se había retirado a la soledad en la que suelen acabar las existencias proféticas, hasta que Dios se digna llamar a su vera al cenobita o al asceta cuya tarea sobrehumana ha concluido. Y sólo pudimos adivinar, a través del velo tendido por piadosas manos, el misterio que estaba teniendo lugar, la lenta destrucción de un cerebro perecedero que había albergado una posteridad inmortal.

Hoy la muerte ha hecho entrar a la humanidad en posesión de la herencia inmensa que Ruskin le había legado. Porque el hombre de genio sólo puede engendrar obras que no morirán si las crea, no a la imagen del ser mortal que es, sino del ejemplar de humanidad que lleva en su sino. Sus pensamientos son en cierta forma un préstamo que recibe durante su vida, a la que van escoltando. Tras su muerte, retornan a la humanidad y la muestran, como aquella morada augusta y familiar de la calle de La Rochefoucauld que se llamó casa de Gustave Moreau mientras él vivió y que, tras su muerte, se llama museo Gustave Moreau.


INCIPIT 1.429. MANIAC / BENJAMIN LABATUT


En la madrugada del 25 de septiembre de 1933, el físico austriaco Paul Ehrenfest entró en el Instituto Pedagógico del profesor Jan Waterink para niños discapacitados en Ámsterdam, le disparó a Vassily, su hijo de catorce años, y luego se pegó un tiro en la cabeza.

Paul falleció al instante, mientras que Vassily agonizó durante horas antes de ser declarado muerto por los mismos médicos que lo habían cuidado desde su llegada al instituto, en enero de ese año. Su padre lo había traído a Ámsterdam luego de decidir que la clínica donde el joven había pasado casi una década, ubicada en Jena, en el corazón de Alemania, ya no era un lugar seguro para su hijo después de la llegada de los nazis al poder. Vassily ( o, más bien, Wassik, como casi todos lo llamaban) padecía síndrome de Down y había tenido que soportar severas incapacidades físicas y mentales a lo largo de toda su vida; Albert Einstein, quien amaba al padre del joven como si fuese su hermano y era un invitado habitual en la casa de los Ehrenfest en Leiden, se refería al niño como «el diminuto y paciente gateador, porque el dolor en sus articulaciones llegaba a ser tan grande que muchas veces Wassik solo podía desplazarse por el suelo, arrastrando las piernas como si fuese un pequeño cocodrilo.


OSKAR MORGENSTERN


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 158

Un extraño ángel

Para los no iniciados, para quienes no entienden la lógica que hay detrás, es una locura.

Eso explica el acrónimo que alguien inventó para la implementación más torcida de una de las ideas de von Neumann: MAD, abreviatura de Mutually Assured Destruction. Destrucción mutua asegurada. Fue la estrategia que América usó para encarar la Guerra Fría, un juego de póquer con los ojos cerrados y el dedo en el gatillo de armas tan poderosas que podían causar el fin del mundo. MAD fue una doctrina de disuasión y represalia: suponía que la única forma de impedir una guerra nuclear entre las superpotencias era que Estados Unidos y la URSS acumularan una cantidad inmensa de bombas atómicas, de manera que cualquier ataque -sin importar su razón, escala u objetivo- terminaría con la aniquilación total de ambos. Fue una locura perfectamente racional: asegurar la paz mundial llevándonos al borde del Armagedón. Esa doctrina corrupta y demencial duró cuatro décadas, y estuvo basada, para mi eterna vergüenza, en la perversión de los conceptos que von Neumann y yo establecimos en la Teoría de los juegos y del comportamiento económico.

En la imagen Oskar Morgenstern y John von Neumann en la playa 


LA BOMBA ATOMICA


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 146

Hubo quienes nos quedamos en silencio, incluso algunos rezaban mientras veíamos esa nube ominosa colgando encima de nosotros, ascendiendo al cielo como un hongo de la muerte, con toda esa radiactividad en su interior, brillando púrpura y extraterrestre, subiendo más y más hacia la estratosfera, mientras un trueno terrorífico producto de la onda de choque rebotaba a lo largo de las montañas y hacía eco una y otra vez, una y otra vez, como si fuese el tañido de una campana anunciando el fin del mundo.

Justo después de la prueba, una carta comenzó a circular entre la comunidad de físicos. Era una petición para convencer al presidente de no usar la bomba contra los japoneses. Más de ciento cincuenta miembros del Proyecto Manhattan la firmaron. Porque la guerra en Europa ya se había acabado. O sea, Hitler se había pegado un tiro en la cabeza, por Dios, no había ningún motivo válido para asesinar a más de doscientos mil civiles como lo hicimos en Japón. Si la hubiesen visto. Lo juro. Si un solo general japonés hubiese visto la prueba de la bomba, habría bastado. Pero Truman nunca recibió la carta. Aunque no habría supuesto ninguna diferencia. Las bombas que nosotros creamos ya estaban en manos de los militares. Y las iban a usar, sin importar lo que dijéramos. Hasta tenían un comité listo para elegir los mejores objetivos, pero fue von Neumann quien los convenció de que no debían detonar sus aparatos al nivel del suelo, sino más alto. Porque de esa manera la onda de choque causaría un daño incomparablemente mayor. Él mismo calculó la elevación ideal -unos dos mil pies. Y esa fue exactamente la altura a la que volaban nuestras bombas cuando estallaron sobre los techos de  esas casitas de madera, tan pintorescas, en Hiroshima y Nagasaki.


NEUMANN JANOS LAJOS


MANIAC, Benjamín Labatut, p. 51

Cuando el cáncer se extendió a su cerebro y empezó a destruir su mente, el ejército de Estados Unidos lo recluyó en el Centro Médico Militar Walter Reed. Dos guardias armados custodiaban la puerta. Nadie podía verlo sin el permiso explícito del Pentágono. Un coronel de la Fuerza Aérea y ocho aviadores con el más alto nivel de autorización secreta fueron puestos a su disposición a tiempo completo, a pesar de que muchos días no era capaz de hacer otra cosa que gritar como un demente. Era un matemático judío de cincuenta y tres años, un extranjero que había emigrado a Estados Unidos desde Hungría en 1937, y sin embargo, a los pies de su cama, estaban el contraalmirante Lewis Strauss, el presidente de la Comisión de Energía Atómica, el secretario de Defensa, el subsecretario de Defensa, los secretarios de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Marina, y los jefas del Estado Mayor Militar, atentos a cada una de sus palabras, añorando un chispazo final del genio que les había prometido un control divino sobre el clima del planeta, el mismo que creó la primera computadora moderna, las bases matemáticas de la mecánica cuántica, la teoría de los juegos y del comportamiento económico y las ecuaciones para la implosión de la bomba atómica, el profeta que anunció la llegada de la inteligencia artificial, las máquinas autorreplicantes, la vida digital y la singularidad tecnológica, agonizando frente a sus ojos, perdido en el delirio, muriendo al igual que cualquier otro hombe.

En la imagen John von Newmann

GEORGE BOOLE


MANIAC, Benjmain Labatut, p. 43

En 1840, George Boole sufrió una visión religiosa mientras atravesaba un campo cerca de Doncaster al atardecer. De pronto, supo cómo se podían usar las matemáticas para descifrar los misteriosos procesos del pensamiento humano. Los mismos símbolos del álgebra podían emplearse para describir lo que sucedía dentro de la cabeza de las personas mientras seguían un hilo de pensamiento, expresando todos sus giros y vueltas en forma binaria. Si esto,  entonces aquello. Si aquello, entonces esto no. En 1854, Boole publicó un libro que causó sensación. Lo tituló An Investigation of the Laws of Thought. Su objetivo expreso era «investigar las leyes fundamentales de aquellas operaciones de la mente mediante las cuales se ejecuta el razonamiento ». A Boole lo impulsaba una creencia casi mesiánica en que Dios mismo le había permitido vislumbrar la verdad de la mente humana. Pero hubo quienes dudaron; el filósofo Bertrand Russell quedó asombrado por la genialidad de las matemáticas de Boole, pero no creía que él hubiese descubierto algo que tuviera que ver con el pensamiento humano. Los seres humanos, dijo Russell, no piensan de esa manera. Lo que Boole realmente estaba haciendo era otra cosa ...

ADAM CURTIS, Can 't Get You Out of My Head


INCIPT 1.428. MONSTRUOS / CLAIRE DEDERER


PRÓLOGO

El violador de niñas

Roman Polanski

Todo empezó para mí en la primavera lluviosa de 2014, cuando me vi inmersa en una batalla solitaria -vale, imaginaria- con un genio repugnante. Estaba reuniendo información sobre Roman Polanski para escribir un libro y su monstruosidad me dejó de piedra. Era monumental, como el Gran Cañón, enorme, hueca y ligeramente incomprensible.

El 10 de marzo de 1977 -cito los detalles de memoria- Roman Polanski llevó a Samantha Gailey a casa de su amigo Jack Nicholson, en Hollywood Hills. La incitó a meterse en el jacuzzi, la animó a desnudarse, le dio un Quaalude, la siguió a donde estaba sentada en un sofá, la penetró, cambió de posición, la penetró analmente y eyaculó. Los detalles se amontonaban, pero con lo que me quedé fue con un hecho muy simple: violación anal de una niña de trece años.

Y, aun así, pese a saber lo que había hecho Polanski, yo seguía disfrutando de su obra. Mucho. Durante la primavera y el verano de 2014, miré sus películas, de una belleza también monumental, inmune al hecho de que yo fuera consciente del delito cometido por su director. Se suponía que a mí no debía gustarme la obra de Polanski


INCIPIT 1.427. UN VERDOR TERRIBLE / BENJAMIN LABATUT


Durante un examen médico realizado en los meses previos a los juicios de N úremberg, los doctores notaron que las uñas de las manos y los pies de Hermann Goring estaban teñidas de un rojo furioso. Pensaron -equivocadamente- que el color se debía a su adicción a la dihidrocodeína, un analgésico del que tomaba más de cien pastillas al día. Según William Burroughs, su efecto era similar al de la heroína y al menos dos veces más fuerte que el de la codeína, pero con un filo eléctrico parecido al de la coca, razón por la cual los médicos norteamericanos se vieron obligados a curar a Goring de su dependencia antes de que compareciera frente al tribunal. No fue fácil. Cuando las fuerzas aliadas lo capturaron, el líder nazi arrastraba una maleta que no solo contenía el esmalte con que Goring se pintaba las uñas cuando se disfrazaba como Nerón, sino más de veinte mil dosis de su droga favorita, casi todo lo que quedaba de la producción alemana de ese fármaco a finales de la Segunda Guerra Mundial.


MI LIMONERO


Un verdor terrible, Benjamín Labatut, p. 212

El árbol más antiguo de mi terreno es un limón, su copa es un tupido enjambre de ramas. Hace poco, el jardinero nocturno me preguntó si yo sabía cómo morían los cítricos: cuando llegan a la vejez, si logran sobrevivir a sequías, enfermedades y a los incontables ataques de pestes, hongos y plagas, sucumben por sobreabundancia. Al alcanzar el fin de su ciclo de vida, dan una última cosecha gigantesca de limones. En su primavera final, sus flores brotan y florecen en enormes racimos y llenan el aire con un dulzor tan fragante que te hace picar la garganta y las narices a dos cuadras de distancia; sus frutos maduran todos a la vez, ramas completas se quiebran bajo su peso, y luego de un par de semanas el suelo a su alrededor está cubierto de limones podridos. Es extraño, me dijo, ver tanta exuberancia antes de la muerte. Uno puede imaginarla en el reino animal, esos millones de salmones copulando antes de caer muertos, o  los miles de millones de arenques que vuelven blancas las aguas de las costas del Pacífico con su semen y sus huevos, a lo largo de cientos de kilómetros. Pero los árboles son organismos muy diferentes, y esos espectáculos de monstruosa fertilidad no parecen propios de una planta y son más parecidos a los excesos de nuestra propia especie, con su crecimiento desbordado y fuera de todo control. Le pregunté cuánto tiempo le quedaba de vida a mi limón. Me dijo que no había forma de saberlo, al menos no sin cortar su tronco para mirar sus anillos. Pero ¿quién querría hacer una cosa así?


Schrodinger


Un verdor terrible, Labatut, p. 151

Lo maravilloso y horrible del proceso -le dijo la chica- es que las crías comenzaban a parir a sus propias hijas cuando solo tenían unas pocas horas de vida; esas nuevas criaturas se habían gestado dentro de ellas cuando aún estaban en el interior del cuerpo de la madre primigenia. Las tres generaciones anidaban una dentro de la otra, como en una muñeca rusa espantosa, formando un superorganismo que mostraba la tendencia de la naturaleza hacia la sobreabundancia, la misma que lleva a ciertas aves a empollar más crías de las que pueden alimentar, obligando al polluelo mayor a asesinar a sus hermanos, empujándolos fuera del nido. El caso de algunas especies de tiburón era aún peor, le explicó la señorita Herwig, ya que los pequeños escualos eclosionaban vivos dentro del vientre de la madre, con los dientes 1~ suficientemente desarrollados como para poder devorar a los que nacían después; esa depredación fratricida les daba los nutrientes necesarios para sobrevivir durante sus primeras semanas de vida, cuando eran tan vulnerables que podían ser carnada de los mismos peces de los que se alimentarían si lograban llegar a la adultez.  No se sentía capaz de prestar atención a una clase, le dijo, pero ¿sería posible que Herr Schrodinger la acompañara a caminar alrededor del lago, para ver si el aire frío le devolvía las fuerzas?


Alexander Grothendieck


Un verdor terrible, Benjamín Labatut, p. 77

Alexander Grothendieck reinó sobre las matemáticas como un príncipe ilustrado, atrayendo a su órbita a las mejores mentes de su generación, quienes postergaron sus propias investigaciones para participar de un proyecto tan ambicioso como radical: develar las estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos.

Su manera de enfrentar el trabajo era excepcional. Aunque fue capaz de resolver tres de las cuatro conjeturas de Weil, los mayores enigmas matemáticos de su época, a Grothendieck no le atraían los problemas difíciles ni le interesaban los resultados finales. Su afán era alcanzar una comprensión absoluta de los fundamentos, por lo que construía complejas arquitecturas teóricas alrededor de las interrogantes más simples, rodeándolas con un ejército de nuevos conceptos. Bajo la suave y paciente presión de la razón de Grothendieck, las soluciones parecían brotar por sí mismas, revelándose por voluntad propia, «como una nuez que se abre tras permanecer sumergida bajo el agua durante meses». Lo suyo fue la generalización, el zoom out llevado al paroxismo. Cualquier dilema se volvía sencillo si uno lo miraba desde la distancia suficiente. No le interesaban los números, las curvas, las rectas ni ningún otro objeto matemático en particular: lo único que importaba era la relación entre ellos. «Tenía una sensibilidad extraordinaria a la armonía de las cosas», recuerda uno de sus discípulos, Luc Illusie. «No es solo que haya introducido nuevas técnicas y probado grandes teoremas: cambió la forma en que pensamos sobre las matemáticas. »

Su obsesión fue el espacio y una de sus mayores genialidades fue expandir la noción del punto. Ante la mirada de Grothendieck, el humilde punto dejó de ser una posición sin dimensiones para bullir con complejas estructuras internas. Donde otros veían algo sin profundidad, tamaño, ancho ni largo, Alexander vio un universo entero. Desde Euclides no se había propuesto algo tan audaz.


H


Un verdor terrible, Benjamin Labatut, p. 33

Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año -cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas armadas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera-, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente.

Adi, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue enviado directamente a la batalla que en Alemania llegó a ser conocida como Kindermord bei Ypern, la matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas.


TURING


Un verdor terrible, B Labatut, p. 26

Pero la manzana nunca fue examinada para probar la hipótesis del suicidio (aunque sus semillas contienen una sustancia que libera cianuro de forma natural; bastaría medio tazón de ellas para matar a un ser humano) y hay quienes creen que Turing fue asesinado por el servicio secreto británico, a pesar de que había liderado el equipo que rompió el código con que los alemanes cifraban sus comunicaciones durante la Segunda Guerra Mundial, algo que fue decisivo en la victoria aliada. Uno de sus biógrafos plantea que las ambiguas circunstancias de su muerte ( como la presencia de un frasco con cianuro en su laboratorio casero, o la nota manuscrita que dejó en su velador, la cual solo contenía el detalle de las compras que pensaba hacer al día siguiente) fueron planificadas por el mismo Turing, para que su madre pudiera creer que su muerte había sido accidental, liberándola del peso de su suicidio. Aquella habría sido la última excentricidad de un hombre que enfrentó todas las particularidades de la vida con una mirada única y personal. Como le molestaba que sus compañeros de oficina usaran su tazón favorito, lo ató a un radiador y le puso un candado con clave; sigue colgado allí hasta el día de hoy. En 1940, cuando Inglaterra se preparaba para una posible invasión alemana, Turing compró dos enormes lingotes de plata con sus ahorros y los enterró en un bosque cerca de su trabajo. Creó un elaborado mapa en código para saber dónde estaban, pero los escondió tan bien que él mismo fue incapaz de encontrarlos al final de la guerra, incluso usando un detector de metales. En sus ratos libres le gustaba jugar a la «isla desierta», un pasatiempo que consistía en fabricar por sí mismo la mayor cantidad posible de productos caseros; creó su propio detergente, jabón y un insecticida cuya potencia incontrolable devastó los jardines de sus vecinos. Durante la guerra, para llegar hasta su oficina del centro de criptografía de Bletchley Park, usaba una bicicleta con una cadena defectuosa, que se negaba a arreglar. En vez de llevarla al taller, sencillamente calculó el número de revoluciones que la cadena podía aguantar y se bajaba de un salto segundos antes de que se volviera a caer.


INICPIT 1.426. LOS MUEBLES DEL MUNDO / RICARDO MENENDEZ SALMON


ANTE LA HOGUERA

Veintiún relatos en veinticuatro años, los que median entre 1999 y 2022, ambos inclusive, parecen cosecha suficiente. Máxime cuando la certeza de que el relato como asiento de la escritura ha agotado su sentido es al fin inconmovible. Una certeza a la que no he llegado por motivos de insatisfacción o de parálisis, sino debido a que la literatura, que en mi caso se revela cada vez con más intensidad como la manifestación de un permanente estado de crisis, ha mudado su aspecto y su objetivo, tanto en lo que se refiere al lugar desde el que contemplar el mundo como en lo que atañe a la estrategia mediante la que afinar esa mirada.  Sencillamente, el recipiente ha dejado de ser significativo como espacio en el que decantar la  sustancia de la escritura. No es un demérito del género, pues, sino una cuestión de perspectiva.


INCIPIT 1.425 / CONVERSACIONES CON DAVID FOSTER WALLACE


INTRODUCCIÓN

“Me siento fatal en las entrevistas”, me dijo Wallace en una carta enviada a finales del verano de 2007, “y sólo las concedo bajo una fuerte coacción”. La incomodidad de Wallace en las entrevistas tiene varias explicaciones. Su preocupación por las revelaciones públicas es razonable si se considera globalmente su carrera, que osciló entre lo que Wallace llamaba la “esquizofrenia de la atención» y el abatimiento del tormento privado (Stein). Igualmente, sus obsesiones temáticas-la inseguridad, el complicado equilibrio existente entre los paisajes interiores de los personajes y el mundo que los rodea- hacen uso de las mismas fuerzas que podrían darse en un proceso de entrevista. Al fin y al cabo, una de las técnicas marca de la casa Wallace para mostrar al personaje por medio del diálogo -la conversación unilateral, que podríamos denominar entrevista telefónica, gracias a un término acuñado por la crítica respecto de las conversaciones telefónicas de Nabokov en las que el lector sólo oye a un interlocutor- convirtió la mecánica de la entrevista en eje central de la narrativa intermedia de Wallace (La broma infinita [1996] y Entrevistas breves con hombres repulsivos [1999]). Este núcleo de actividad imaginaria provoca que el fragmento de una entrevista sea algo más que una fórmula de cortesía para Wallace


DFW


Conversaciones con DF Wallace, p. 82

L.M.: Muchas de tus obras (incluida La escoba) tienen que ver con esa crisis de los límites entre lo real y los “Juegos”, o los personajes que lo juegan comienzan a confundir la estructura del juego con la de la realidad. De nuevo, supongo que puede verse en “Animalitos inexpresivos”, donde el mundo real exterior a Jeopardy interactúa con lo que sucede en el interior del programa; la frontera entre el interior y el exterior es borrosa.

DFW: Y, también, en el relato lo que sucede en el programa tiene repercusiones para las vidas de todos en el exterior. La valencia es siempre distributiva. Es interesante que el arte más serio, incluso lo vanguardista que colisiona con la teoría literaria, todavía rechace reconocer esto, mientras que la ciencia seria se alimenta de que la separación  asunto/observador  y objeto/experimento es imposible. Está probado que la observación de un fenómeno cuántico altera el fenómeno. A la narrativa le gusta ignorar las implicaciones de este hecho. Todavía pensamos en términos de una historia que «cambie» las emociones del lector, su modo de pensar, tal vez incluso su vida. No nos entusiasma la idea de que la historia comparta su valencia con el lector. Pero la propia vida del lector “fuera” de la historia sí cambia la historia. Podría alegarse que ello afecta únicamente a “su reacción hacia la historia» o a “ su asunción de la historia)). Pero estas cosas son la historia. Así es como el posestructuralismo barthiano y derrideano me ayudaron en buena parte como escritor de ficción: una vez que he acabado la historia, estoy en esencia muerto, y probablemente el texto esté muerto; simplemente se convierte en lenguaje, y el lenguaje vive no solamente en sino a través del lector. El lector se convierte en Dios, para todo propósito textual. Veo que se enturbian los ojos, así que cerraré la boca.


TV


Conversaciones con David Foster Waqllace, p. 54

Un profesor que me caía bien decía que la función de la buena literatura es relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo, proporcionarle acceso imaginativo a otros yos. Dado que sufrir forma parte ineludible de tener un yo humano, los humanos se acercan al arte en  alguna medida para experimentar el sufrimiento, necesariamente como experiencia vicaria, más bien como una especie de generalización del sufrimiento. No sé si me explico. En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos. Podría ser así de simple. Sin embargo observamos que la televisión y el cine popular y la mayoría de los tipos de “baja” cultura -lo cual simplemente quiere decir arte cuyo objetivo fundamental es ganar dinero- son lucrativos precisamente porque asumen que el público prefiere un cien por cien de placer a una realidad que suele componerse de un 49 por ciento de placer y un 51 por ciento de dolor. Mientras que el arte “serio”, cuyo objetivo principal no es sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea cien por cien placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, yo no lo creo. Lo único que pasa es que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en cuanto a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.


UN JOVEN PRODIGIO


Conversaciones con David Foster Wallace, p. 34

UN JOVEN PRODIGIO Y SU ORIGINAL PRIMERA NOVELA

Helen Dudar / 1987

Wall Street journal, 24 de abril de 1987 © 1987, Estate ofHelen Dudar Goldman

En su último año en el Amherst College, David Foster Wallace se enfrentó a una difícil decisión profesional. Tuvo que resolver si su futuro se apoyaría en estudios superiores de filosofía o en lo que los académicos etiquetan como «escritura creativa),. Pocos habríamos resuelto el problema con tal habilidad: el señor Wallace presentó dos tesis de graduación sobresalientes que le reportaron sendos summa cmn laude. El trabajo de filosofía, un asunto matemático sumamente técnico, fue, dice, el esfuerzo más exitoso. Pero la ficción -que resultó ser una novela desenfrenada, divertida y un tanto alborotada- le proporcionó la felicidad total.

Se sentaba alrededor de la hora de comer para idear unas cuantas escenas, recordaba Wallace hace unos días, y cuando levantaba la cabeza, había llegado e incluso pasado la hora de cenar. «No sé dónde había estado, pero durante horas no había sido en la tierra. Nunca antes me había acercado a nada parecido en ningún tipo de esfuerzo emocional e intelectual.»

La sobresaliente tesis de graduación del señor Wallace, La escoba del sistema (Viking/Penguin), finalizada en 1985, cuando tenía veintitrés años, y revisada durante las vacaciones de verano, fue publicada este año y recibió bastante atención crítica, en su mayoría favorable.

En el instante de su lanzamiento, Wallace estaba en último curso del programa universitario de escritores de la Universidad de Arizona en Tucson. Cabría pensar que un joven brillante que ha escrito su primera novela antes de graduarse renunciaría a seguir estudiando, pero no estamos tan sólo ante alguien culto, sino además inteligente.


GRITAR


Los muebles del mundo, Ricardo Menéndez Salmón, p. 75

La primera vez que Balboa leyó el anuncio no pudo evitar sonreír:

SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR

ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN

Y aunque pasó la página del diario buscando las necrológicas, algo lo retuvo, una fuerza que tiró de él obligándole a volver atrás, a leer por segunda vez, muy despacio, con extraordinaria atención, como si cada una de aquellas ocho palabras pudiera contener un enigma, el texto que hacía solo un instante acababa de arrancarle una sonrisa.

SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR

ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN

El anuncio, estratégicamente situado entre los avisos de inmobiliarias y los de compraventa de muebles, automóviles y joyas, brillaba con luz propia, como un faro en la noche. Entonces, al leerlo por segunda vez, la sonrisa de Balboa dejó paso a la curiosidad. En efecto, minutos más tarde, mientras llamaba al número de teléfono indicado e imaginaba la clase de voz que respondería al otro lado de la línea, el ánimo de burla y la más pura admiración jugaban dentro de él una partida confusa. En cualquier caso, se sintió bastante reconfortado cuando una voz de hombre, una voz viril y autoritaria, un poco insolente, le comunicó un precio y le sugirió una hora.


INCIPIT 1.424. LE DEDICO MI SILENCIO / VARGAS LLOSA


¿Para qué lo habría llamado ese miembro de la élite intelectual del Perú, José Durand Flores? Le habían dado el recado en la pulpería de su amigo Collau, que era también un quiosco de revistas y periódicos, y él llamó a su vez pero nadie contestó el teléfono. Collau le dijo que el aviso lo había recibido su hija Mariquita, de pocos años, y que quizás no había entendido los números; ya volverían a telefonear. Entonces comenzaron a perturbar a Toño esos animalitos obscenos que, decía él, lo perseguían desde su más tierna infancia.

¿Para qué lo había llamado? No lo conocía personalmente,  pero Toño Azpilcueta sabía quién era José Durand Flores. Un escritor reconocido, es decir, alguien a quien Toño admiraba y detestaba a la vez pues estaba allá arriba y era mencionado con los adjetivos de «ilustre letrado» y «célebre crítico», los acostumbrados elogios que tan fácilmente se ganaban los intelectuales que en este país pertenecían a eso que Toño Azpilcueta denominaba «la élite». ¿Qué había hecho hasta ahora ese personaje? Había vivido en México, por supuesto, y nada menos que Alfonso Reyes, ensayista, poeta, erudito, diplomático y director del Colegio de México, le había prologado su célebre antología Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, que le editaron allá.


INCIPIT 1.423. LOS PAPELES DE ADMUNSEN / VAZQUEZ MONTALBAN


Yo quería ahorrarle inútiles preocupaciones. Por eso le había ocultado durante todos estos días pasados las incidencias de mis relaciones profesionales con Laarsen y con Bird' s, el lubrificante que es a la vida de los motores lo que la jalea real a la de los hombres. Pero lisa las había adivinado a través de mis largos paseos por el piso, las horas y horas muertas al lado de la cama, el silencio de la máquina de escribir sobre el portador metálico. Hoy ha comentado extrañada todos esos síntomas y se ha quejado de mi silencio. La discusión la ha ido entristeciendo otra vez más y finalmente dos lágrimas a punto de desprenderse le han hecho volver la cara hacia el ventanal. Le he acariciado las mejillas y de improviso me ha besado la palma de una mano.

-Tengo ganas de que no tengas que hacer esas odiosas campañas de publicidad. Escribe ... Hace meses que no intentas nada.

He compuesto un bonito discurso de disculpa. Nunca se cansa de oírlo y lo he repetido con cierta periodicidad a lo largo de nuestros cinco años de matrimonio. Nunca queda convencida, pero sirve para que busque urgentemente otro tema de conversación.


HUACHAFERIA


Le dedico mi silencio, Vargas Llosa, p. 211

He aquí algunas muestras de huachafería de alta alcurnia: retar a duelo, la afición taurina, tener casa en Miami, el uso de la partícula «de» o la conjunción «y» en el apellido, los anglicismos y creerse blanco. De clase media: ver telenovelas y reproducirlas en la vida real, llevar tallarines en ollas familiares a las playas los días domingos y comérselos entre ola y ola; decir «pienso de que» y meter diminutivos hasta en la sopa («¿Te tomas un champancito hermanito?”). Y proletarias: usar brillantina, mascar chicle, fumar marihuana, bailar el rock and roll y ser racista.

Los surrealistas decían que el acto surrealista prototípico era salir a la calle y pegarle un tiro al primer transeúnte con el que se cruzaran. El acto huachafo emblemático es el del boxeador que, por las pantallas de la televisión, con la cara hinchada todavía por los puñetazos que recibió, saluda a su mamacita que lo está viendo y rezando por su triunfo, o el del suicida frustrado que, al abrir los ojos, pide confesión.

Hay una huachafería tierna (la muchacha que se compra el calzoncito rojo, con blondas, para turbar al novio) y aproximaciones que, por inesperadas, la evocan: los curas marxistas, por ejemplo. La huachafería ofrece una perspectiva desde la cual observar y organizar el mundo y la cultura. Argentina y la India (si juzgamos por sus películas) parecen más cerca de ella que Finlandia. Los griegos eran huachafos y los espartanos no; y entre las religiones, el catolicismo se lleva la medalla de oro. El más huachafo de los grandes pintores es Rubens; el siglo más huachafo es el XVIII, y, entre los monumentos, nada hay tan huachafo como el Sacré Coeur, en París, y el Valle de los Caídos en España. Hay épocas históricas que parecen construidas por ella: el Imperio bizantino, Luis de Baviera, la Restauración. Hay palabras y expresiones huachafas: prístina, societal, concientizar, mi cielo (dicho a un hombre o a una mujer)


PERU


Le dedico mi silencio, Vargas Llosa, p. 185

Lo que se refería al Perú ocupaba tres cuartas partes de su libro y estaba -le pareció- bien sintetizado, desde el Imperio inca hasta los dramas políticos de la actualidad. Allí figuraban los periodos de surgimiento y eminencia del Tahuantinsuyo, su decadencia y división por culpa de los hermanos enemigos, Atahualpa y Huáscar, y la llegada de los conquistadores españoles, que lo habían cambiado todo, provocando una rebelión sistemática de los pueblos conquistados por el Incario e imponiendo una capa de seres supuestamente blancos y superiores en el gobierno del Perú desde entonces. Y allí estaba también el maravilloso español -el idioma de Cervantes-, que, despacio se va lejos, había alterado  el destino de los pueblos de América Latina, haciendo que todos se entendieran luego de mil años de encontronazos y contiendas debido a los muchos idiomas y jergas que se hablaban a lo largo y ancho del continente.

Venían después las guerras civiles y el larguísimo bostezo de tres siglos de la vida colonial: allí estaban santa Rosa y san Martín de Porres, todos los santos y las infinitas procesiones, el Tribunal de la Inquisición y la fundación del Virreinato, y de San Marcos, de los conventos y seminarios, de las interminables iglesias, y las luchas entre los propios conquistadores. La colonia terminaba y comenzaba la República con sus golpes militares y sus caudillos, uno tras otro, hasta dejar al Perú convertido en lo que era ahora: un país disminuido y agobiado por las enormes divisiones determinadas por la riqueza y las distancias entre los que hablaban español y quechua, y los demás idiomas regionales, entre los que eran pobres y los que eran más prósperos o hasta ricos y riquísimos (muy pocos, en verdad).


«Asturias patria querida»


Los papeles de Admunsen, Vázquez Montalbánn, p. 21

El 11 de mayo de I962 el autor y su esposa participan en las manifestaciones estudiantiles de apoyo a las reprimidas huelgas de los mineros en Asturias, resultando ambos detenidos. Entre los cargos figuraba haber cantado públicamente «Asturias patria querida». Las consecuencias fueron muy serias. Anna es condenada a seis meses de cárcel y el fiscal del tribunal militar pide seis años para él acusado del delito de «Rebelión Militar por Equiparación», como presunto cabecilla por haber participado con anterioridad en otra manifestación, y finalmente resulta condenado a tres años. Pasan los primeros tres meses incomunicados en la cárcel Modelo de Barcelona, y posteriormente Manuel es trasladado a la prisión de Lérida (que aparece con frecuencia en sus escritos referida como Aridel). Con la muerte del papa Juan XXIII se dio un indulto especial que recortó su prisión a 18 meses. Su estancia en la cárcel fue una experiencia traumática, pero también significó una importante época de estudio, crecimiento intelectual y formación como escritor. Durante su encarcelamiento escribe el libro de ensayo Informe sobre la información, los primeros poemarios (Una educación sentimental, Movimientos sin éxito y partes de Coplas a la muerte de mi tía Daniela), así como varios relatos que se publicarían en Recordando a Dardé y otros relatos, y probablemente también parte de Los papeles de Admunsen.


INCIPIT 1.422. MEMORIAL DEL ENGAÑO / J.VOLPI


Obertura

La mañana del 23 de abril de 2011, la secretaria depositó sobre mi escritorio un paquete enviado por correo ordinario, sin remitente y con matasellos de Colombo, en cuyo interior se alineaban una carta y un manuscrito titulado Memorial del engaño, firmado por J Volpi. Me imaginé frente a una broma de mal gusto o el desafío de algún malicioso autor de la agencia (pensé en dos o tres nombres). Como cualquier neoyorquino, había seguido con cierto interés la historia de Volpi, un inversor de Wall Street y mecenas de la ópera que, de acuerdo con una nota del Times de octubre de 2008, había estafado a sus clientes, en una suerte de esquema Ponzi, por un monto cercano a los 15 mil millones de dólares: una cifra considerablemente menor a los 65 mil millones defraudados por Bernard Madoff, pero suficientes para acreditarlo como otro de los grandes criminales financieros de la Gran Recesión iniciada ese año. Sólo que, mientras Madof fue condenado a ciento cincuenta años de prisión tras confesar su desfalco, Volpi huyó del país ante la inminencia de su arresto sin que a la fecha exista indicio alguno sobre su paradero .

En su carta, o en la carta escrita en su nombre, Volpi me pedía (casi me exigía) que leyese su autobiografía y, en caso de apreciar su «innegable valor documental y literario», me decidiese a representarlo. Me repelió su tono altivo e imperioso -un tono que, según la prensa, siempre caracterizó sus intervenciones públicas-, pero aun así le solicité a S. Ch., entonces vicepresidenta de la agencia, que me presentase un dictamen. Con un escepticismo idéntico al mío, ella intentó desembarazarse del encargo y lo delegó en un asistente.



INCIPIT 1.421. EL EXTRANJERO / ALBERT CAMUS


Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero eso no quiere decir nada. Quizá fuera ayer.

El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla; regresaré mañana por la noche. He pedido dos días de permiso a mi patrón y no ha podido negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía.» No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho eso. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto.


LA PANDEMIA


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushydie, p. 475

Yo no me creí nada, ni lo del castigo divino o terrenal, ni los sueños de un futuro mejor. Muchas personas quisieron creer que algo bueno saldría del horror, que como especie aprenderíamos de alguna manera lecciones virtuosas y saldríamos del capullo del confinamiento como espléndidas mariposas de la Nueva Era, y crearíamos sociedades más amables, más gentiles, menos codiciosas, más prudentes desde el punto de vista ecológico, menos racistas, menos capitalistas y más inclusivas. Esto me pareció, y me sigue pareciendo, un pensamiento utópico. No vi que el coronavirus fuera un presagio del socialismo. Las estructuras del poder mundial y quienes se benefician de ellas no se rendirían fácilmente a un nuevo idealismo. No pude evitar que me chocara nuestra necesidad de imaginar que algo bueno pudiera salir de lo malo. En Europa en la época de la peste negra, y más tarde en  Londres durante la Gran Peste, no hubo tantas personas tratando de ver el lado positivo. Estaban demasiado ocupadas intentando no morir. Al igual que los personajes del spin-off de Eric Idle Monty Python's Spamalot, no estar muerto era todo lo que había que celebrar:

Aún no estoy muerto,

puedo bailar y cantar.

Aún no estoy muerto,

puedo danzar el Highland Fling.

Aún no estoy muerto,

no es necesario que me vaya a la cama.

No hace falta que llame al médico

porque aún no estoy muerto.


BORGES Y LA POLITICA


Una referencia interesante: en Palermo, lugar al que se habían mudado antes de nacer su hermana, vivía gente de familia bien venida a menos con otra no tan recomendable. Él no era consciente de la presencia de los compadritos porque apenas salía a la calle. Cuenta que sus primeros años escolares no fueron placenteros, sus compañeros eran crueles burlándose porque usaba anteojos y vestía como un niño de Eton. Dice haber olvidado el nombre de la escuela pero en cambio recuerda el nombre de la calle: Thames.

En cuanto a la redacción en español escribe que «le enseñaron a escribir de una manera florida ... Más tarde, en Ginebra, me explicaronque esa forma de escribir carece de sentido y que debía ver las cosas por mis propios ojos».

Los nueve años más desdichados de su vida los pasó en la Biblioteca Miguel Cané, está en un medio hostil en el que no puede trabajar honradamente porque de hacerlo pondría de relieve la haraganería de los otros; un medio en el que la violación de una lectora en los baños fue justificada diciendo que eso tenía que pasar por la proximidad del baño de los hombres y del de las mujeres. Denuncia también la frivolidad y la incomprensión de sus amigas, damas de sociedad que le dijeron al visitarlo: «Quizá te parezca divertido trabajar en un sitio como éste, pero prométenos que antes de fin de mes encontrarás un empleo de por lo menos novecientos pesos». «Les di mi palabra de que lo haría.»

Recuerda que otra vez un compañero encontró en una enciclopedia el nombre de un tal Jorge Luis Borges y se sorprendió de la coincidencia de nombres y fechas, dice: «Aunque resulte  irónico, en esa época yo era un escritor bastante conocido, salvo en la Biblioteca».


WIKIPEDIA

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