Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NABOKOVIANA


La estrella de la mañana, KO Knausgrad, p. 735

Un soldado inglés llamado J. W. Dunne, importante inventor y eminente ingeniero aeronáutico, publicó en 1927 un libro titulado Un experimento con el tiempo, en el que lanzó una teoría que decía que el pasado, el presente y el futuro existen paralelamente, pero que nosotros, debido a limitaciones del aparato sensorial, solo tenemos acceso al presente. El tiempo lineal es una ilusión. La razón por la que Dunne empezó a interesarse por esto fue que, de joven, a finales del siglo XIX, se dio cuenta de que tenía sueños que predecían la realidad. Soñaba una y otra vez con sucesos que luego ocurrían. Los sueños que acaecían en el futuro tenían las mismas características que los que ocurrían en el pasado, eran igual de retorcidos que claros y misteriosos. La teoría de Dunne era que la conciencia del sueño no estaba ligada al momento de la misma manera que la conciencia, en la que el tiempo era filtrado  linealmente, sino que estaba abierta hacia el tiempo real. Tanto el libro como la teoría despertaron mucha atención cuando aquel se publicó, y un escritor por lo demás realista como Vladimir Nabokov hizo el mismo experimento, anotó todos sus sueños y buscó elementos de ellos en vivencias posteriores.

Los sueños pertenecen a lo irracional, y decir que son ellos los que nos permiten acceder a la realidad tal como es, obviamente no puede ser aceptado por lo racional.

Pero, curiosamente, también en el lado racional los límites  del tiempo se han desgastado: cuanto más ha penetrado la ciencia en sus misterios, menos obvia va siendo la separación, y un físico como Cario Rovelli llegó a la misma conclusión que Dunne -aunque basándose en premisas completamente distintas-, es decir, que el tiempo no existe, y que lo vivimos debido a limitaciones en nuestro aparato sensorial y nada más.


TANATOS E HIPONOS


La estrella de la mañana, KO Knausgard, p. 734

Si resulta que para ver la muerte hay que suprimir el conocimiento, se suprime a la vez la conciencia de la muerte, entonces desaparece la muerte, y ya no queda nada por ver. La paradoja recuerda a lo que ocurre en el mito de Orfeo cuando baja al inframundo a llevarse a Eurídice, y Hades se lo permite con una condición: que no se vuelva a mirarla antes de que hayan subido de nuevo al sobremundo. Pero él quiere verla, se vuelve, y Eurídice desaparece. Solo está cuando él no mira. Si él mira, ella ya no está.

Esa idea, y que el éxtasis siempre ha formado una parte importante de la vida religiosa, hizo al chamán buscar el sueño y las visiones, porque los sueños, las visiones y el éxtasis tratan de la disolución de la conciencia del yo, que es la que une el conocimiento y la mirada.

En la antigua Grecia, la muerte y el sueño eran fenómenos emparentados, en la mitología eran hermanos, y en la Ilíada, incluso gemelos, Tánatos e Hipnos, que transportan a los muertos al reino de los muertos. Racionalmente, los dos están separados, como es natural: el sueño  es un estado en el que entramos deslizándonos y del que luego salimos de la misma manera, la muerte es absoluta. La pregunta que plantean los mitos griegos es si también la frontera entre la muerte y la vida es deslizante, un desplazamiento de estado, como el que se da entre el sueño y el estado de vigilia, o si es, como nosotros lo entendemos, absoluta, una cuestión de esto o aquello. Dicho de otra manera: ¿la frontera entre la vida y la muerte es el resultado de las limitaciones de nuestros sentidos, o es real?


JESUS


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 98

Jesús nació entre los judíos, pero está construyendo su Iglesia sobre la fe de los gentiles. Ellos, mejor que nadie, han comprendido su espiritualidad y han creído en su esencia divina. Ellos son los que están divulgando su palabra: Aquila en Corinto, Narciso en Atenas, Apeles en Esmirna, A polo en Éfeso, Aristarco en Apamea, Tito en Creta, Andrónico en Roma ... Marcos quiere ayudar a sus hermanos en la fe fijando por escrito lo que cree que es verdad de cuanto dicen sobre Jesús los que refieren los recuerdos de los apóstoles; quiere contribuir a la fe fijando en la lengua de las naciones lo que en el fondo importa, más allá de los hechos de la breve existencia de Jesús entre los hombres. Para Marcos, lo que debe tenerse por verdad es que, desde el momento del bautismo, Jesús fue el Hijo de Dios, aunque después decidiera vivir sin revelar su identidad hasta el momento de resucitar y de subir al Padre. Él cree que lo importante es que el Espíritu divinizó a Jesús y le otorgó poder sobre los demonios, el mal y la muerte. Ésta es la esencia. Por eso ahora, Marcos toma el cálamo y, discerniendo entre los muchos dichos que llegan de Judea y otras tierras, empieza a escribir un valiente testimonio sobre la buena nueva de Jesús: un relato conciso que comienza aquel día en el Jordán, cuando, como paloma, el Espíritu descendió sobre él y Dios lo proclamó su hijo amado.


CICERON


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 88
Esta tarde, Marco disertará frente a Apolonio para ser admitido en su escuela. Ahora que cae el sol, los discípulos han empezado a congregarse en el patio, bajo las higueras, a la espera de escuchar al extranjero. El maestro le ha rogado que hable en griego, pues no comprende bien el latín, y Marco ha visto en ello una oportunidad de ser juzgado con mayor indulgencia.
Desde niño, Marco vive enamorado de la filosofía. Primero le fascinó el epicúreo Fedro, al que escuchó disertar en Roma cuando tenía quince años. Después, asistiendo a las lecciones de Filón de Larisa, conoció el pensamiento político y moral de Platón, al que aún hoy sigue teniendo por un dios. Luego, con gran esfuerzo, se aplicó a traducir al latín las lecturas que más le conmovían, teniendo que forjar para ello voces nuevas que dieran el sentido de aquellas luminosas ideas. Su vocación social lo llevó a la oratoria, a defender las causas de los justos en el foro, pero la inquina de los protegidos de Sila no tardó en obligarlo a abandonar Italia. Así, hace casi dos años, desembarcó en Atenas, y luego pasó a Asia al encuentro de Jenocles, de Dionisia, de Menipo, hasta llegar aquí, a Rodas, a casa de Apolonio, tratando de aprender de los mejores maestros.
El discurso ha concluido con una afirmación medida, precisa, cadenciosa, seguida de un silencio brevísimo roto por un brioso aplauso. Los alumnos de Apolonio se levantan y acuden hacia Marco, lo felicitan estrechando sus manos y sus hombros, sonríen y hacen corrillos donde intercambian palabras de elogio. Sólo el maestro permanece callado, rodeado de algunos que lo miran disimuladamente sin atreverse a preguntar. Luego, al ver que la mirada intranquila de Marco le busca esquivando cabezas, Apolonio se levanta y le dice: «Muchacho, te felicito y te admiro, pero lamento la suerte de Grecia viendo que los únicos bienes que nos quedan -la educación y la palabra- por ti van a pasar también a los romanos».

CATON EL CENSOR


Historia menor de Grecia. Pedro Olalla, p. 81

Quien toma la palabra es Catón el Censor, un adusto varón de ochenta y cinco años a quien todos conocen y estiman por su larga trayectoria política, su influencia sobre la sociedad romana y su conocimiento de la tradición. Catón es también uno de los pocos ciudadanos romanos que ha dedicado esfuerzo y tiempo a conocer la lengua y los escritos de los griegos. En el silencio de la espaciosa sala, Catón recuerda a todos los presentes que el fin de la educación romana es formar a los líderes en el ejercicio de la política y las armas. Por tanto, es de los magistrados y de los militares de quienes los jóvenes deben aprender la honestidad, la lealtad, el valor, la justicia y todas las virtudes de Roma, evitando prestar oídos a las extravagancias y las dudas de los filósofos. Moviéndose con lentitud por el estrado, Catón habla de Sócrates como de un charlatán perverso que aspiró a tiranizar a su patria abominando contra las costumbres e inculcando en sus conciudadanos pensamientos contrarios a la ley. En una pausa y con rictus de conmiseración, menciona a los alumnos de la escuela de Isócrates, que permanecían en ella hasta llegar a viejos, como si fuera en el Hades y ante Minos donde hubieran de poner en práctica lo que allí aprendían.

Recuperando el gesto de rigor y elevando la voz en ocasiones, el anciano Catón advierte a los romanos de lo subversivo de esos discursos que ahora admiran, del peligro de su persuasión-mayor aún que el de su doctrina-y de los males que los fiósofos pueden acarrear a la república. Y finalmente, en una última moción, propone que se dé pronta respuesta a la embajada de los atenienses y que se les envíe de vuelta a sus escuelas a confundir con sus brillantes pláticas a los jóvenes griegos, pues para él es evidente que, si nada se hace por impedirlo, la perdición de Roma vendrá por la influencia de lo griego.


INCIPIT 1.344. NOSOTROS / MANUEL VILAS


Poco sabíamos de la vida de los ángeles. Creíamos que eran criaturas inventadas, pero no es así. Los ángeles existen, tal vez discretamente. Son hombres y mujeres que pasan por este mundo sin otro cometido que el amor.

Son esperanzadores, sí.

Pero también son mortales y corrientes.

De una vulgaridad excepcional.

Que existan los ángeles es una gran noticia para el mundo.

Ellos dan belleza a este planeta.

Uno de esos ángeles se llama Irene, y su historia comienza en la página siguiente.


INCIPIT 1.343. LA EDAD DEL VICIO / DEEPTI KAPOOR


Nueva Delhi, 2004

Cinco sintecho muertos junto a la carretera de circunvalación interior de Delhi.

Parece el arranque de un chiste macabro.

Solo que, si lo es, a ellos nadie se lo ha contado.

Han muerto en el mismo lugar donde dormían.

O casi.

El Mercedes que venía a toda velocidad se ha subido a la acera, ha arrastrado diez metros sus cuerpos y los ha hecho pedazos.

Febrero. Tres de la mañana. Seis grados.

Quince millones de habitantes duermen profundamente.

Una neblina de azufre envuelve las calles.

Y una de las víctimas mortales, Ragini, tenía dieciocho años. Estaba embarazada de cinco meses. Su marido, Rajesh, de veintitrés, dormía a su lado. Los dos tumbados boca arriba, arrebujados en unos chales gruesos de la cabeza a los pies, amortajados como cadáveres en todo excepto en las señales de vida: la mochila bajo la cabeza, las sandalias  colocados ordenadamente junto a los brazos.

Una cruel ironía del destino: la pareja había llegado a Delhi justo el día anterior. Encontraron cobijo con Krishna, Iyaad y Chotu, tres trabajadores migrantes del mismo distrito del estado de Uttar Pradesh. Todos los días, los tres hombres se despertaban antes del alba para ir andando al mercado de reparto de trabajo de Company Bagh con la intención de sacarse un jornal  haciendo lo que fuese -de cocinero del dhaba, de camarero en una boda, de albañil-y enviar el dinero a su aldea natal para pagar la shaadi de una hermana, el colegio de un hermano, la medicación diaria de un padre. Esos trabajadores, los desposeídos, viven día a día, hora a hora, luchando por sobrevivir. Regresan cada noche a dormir a ese descampado, junto a la carretera de circunvalación, cerca del Nigambodh Ghat. Cerca de las barriadas de chabolas demolidas del Yamuna Pushta que habían sido su hogar.


ALEJANDRÍA 295 ANTES DE CRISTO


Todo está ya en marcha. El núcleo de este ingente proyecto será un santuario dedicado a las Musas que ya ha empezado a construirse. En él, las diosas de la creación y la belleza recibirán  su culto en las bocas del Nilo como desde los tiempos más antiguos lo reciben en el valle del Helicón, en las suaves majadas donde Hesíodo pastoreaba su rebaño. Un sacerdote nombrado por el rey se encargará de los oficios. En lo demás, el Museo seguirá la pauta del Liceo ateniense: un tranquilo jardín para el estudio y la meditación, unos escaños donde reunirse a disertar, pequeñas estancias para acoger a los amantes del conocimiento, un amplio comedor común y, claro está, un armonioso pórtico que favorezca los encuentros y el diálogo.

Al otro lado del jardín, cerca del puerto, los obreros trabajan ahora en revocar por dentro los innumerables anaqueles del edificio que acogerá muy pronto los papiros que Demetrío se encarga de comprar y de clasificar sin descanso. Cuando el Museo comience a funcionar, las obras contenidas en estos frágiles soportes serán copiadas, restauradas, salvadas del olvido, cotejadas con otras como nunca antes ha podido hacerse, sometidas a un contacto que ha de engendrar sin duda algo nuevo. Épica, lírica, tragedia, historia, leyes, física, medicina ... La labor es ingente, febril, casi un delirio, pero toda Alejandría lo es. La nueva biblioteca del rey Ptolomeo debe ser la memoria de los griegos; y no sólo eso, debe aspirar a contener además el saber reunido por los persas, por los indios, por los hebreos, así como los valiosísimos anales sagrados de los egipcios. Sólo así, la nueva creación será también la memoria de los hombres. Hasta la fecha, Demetrio ha reunido veinte mil volúmenes, pero el rey quiere poner los medios para que lleguen a ser cientos de miles. Quién sabe lo que habrá de durar esta locura.


EL MONUMENTO A PASOLINI


Manual corsario, PP Pasolini, p. 404

El lugar donde mataron a Pasolini es, de verdad, deprimente. No está en la misma playa, como yo había supuesto, sino en una parcela vallada junto a la carretera, en un páramo rodeado de suciedad, basuras y hierbas secas que es la viva imagen del olvido. Un lugar para morir como un perro. Y en cuanto al monumento, tampoco es una estatua del autor de Poesía en forma de rosa, que era lo que yo esperaba encontrar, sino una obra abstracta formada por un círculo, un saliente curvo que lo mismo podría ser una asta de toro que una hoz, y una peana, todo ello de cemento rugoso y pintado de blanco. No hay ninguna inscripción, ningún verso de Las cenizas de Gramsci o Transhumanar y organizar, ninguna sentencia recortada de sus novelas, sus ensayos o sus películas. Nada, absolutamente nada. En resumen, que aquella tierra baldía era ninguna parte, el sitio idóneo para acabar con alguien a quien todo el mundo deseaba ver muerto.

Porque allí, cerca de la feísima playa de Ostia, en ese espacio tan anodino y tan desdeñado que constituye parte de la nada, resulta que a Pier Paolo Pasolini, aquel hombre a quien tantos querían eliminar, no lo mató nadie. O lo mató un don nadie, un chapero, uno de esos individuos que la sociedad considera simple escoria, gente tan despreciable que cuando comete un crimen contagia a sus víctimas, las transforma en parte del delito. ¿Quién mató a Pasolini?, se preguntaron muchos, y la respuesta más general fue: sus propios vicios. Así, el asesinato del autor de Teorema ultimó su descrédito. A partir de ahí, empezó la leyenda, que se parece a aquel ángel de un relato de Borges que volaba a la vez hacia Oriente y Occidente porque es, al mismo tiempo, hermana gemela de la verdad y de la  mentira. Las leyendas son el antídoto de los hechos.


ATENAS 433 ANTES DE CRISTO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 40
Cuando el filósofo llegó a la ciudad, hace ya casi treinta años, Pericles era sólo un muchacho que entraba bajo su tutela intelectual; ahora, a la hora de partir, aquel muchacho es el genio indiscutible de la democracia ateniense, el preclaro estratega que, hace unos días, ha tenido que salir en defensa de su viejo maestro para que quienes exigen que pague con su vida un supuesto delito de impiedad se conformen con una multa de cinco talentos y una ignominiosa condena al exilio. Atenas ha cambiado mucho en las últimas décadas, pero no lo suficiente para que alguien que sostiene que el sol es una masa de rocas inflamadas por el choque y la ruptura del éter no sea acusado de impiedad. 
Anaxágoras deja una ciudad gobernada por el genio político de su discípulo Pericles, una ciudad que ha dado eco y reconocimiento al talento poético de su también discípulo Eurípides, una ciudad que, con el nuevo templo de Atenea, se ha convertido en capital indiscutible del espíritu griego. Pero las cosas, en el fondo, no han cambiado tanto, Atenas ha demostrado seguir siendo una ciudad tradicional, pía, supersticiosa y llena de fantasmas; fantasmas que, junto al templo de la diosa de la sabiduría, son invocados con solemnidad y sin rubor para desacreditar a cualquier disidente o a cualquier adversario político.
En sus últimas horas antes de partir para Lámpsaco, el maestro contempla desde lejos la Roca Sagrada. Con Anaxágoras, los atenienses envían al exilio al primer filósofo establecido en su ciudad, al primer hombre que, apartándose del lenguaje de los rapsodas, hizo circular una obra en prosa, al primero que se detuvo a indagar sobre el cielo y a escribir después un verdadero libro acerca de la naturaleza.

Comunismo y religión


Manual corsario, PP Pasolini, p. 472

Lo coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el noventa por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no solo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.

La Guerra Fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.

Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del «diálogo» no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.

Por tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.

Para terminar, quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).


INCIPIT 1.342. HISTORIA MENOR DE GRECIA / PEDRO OLALLA


INTRODUCCIÓN

 [ ... pues no es en las acciones más ilustres donde se manifiesta la virtud o la vileza, sino que, muchas veces, algo breve, un dicho o una trivialidad, sirven mejor para mostrar la índole de los hombres que sangrientas batallas, nutridos ejércitos o asedios de ciudades] . Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro 1,.2

Sin duda con cierta ingenuidad, siempre he pensado que el fin de la historia es ayudar a mejorar el mundo. Y precisamente con esa ingenuidad-que me gusta creer que es la misma que ha impulsado a otros hombres a acciones desprendidas y valientes-está escrito este libro, esta historia de Grecia. Se llama menor porque no es una historia de los grandes personajes y hechos (o, al menos, no trata de ellos en la forma en que suele tratarse): esta Historia menor es una colección de gestos humanos en los que se demuestra la grandeza, la vileza o la contradicción.

La idea de la obra es recorrer la historia rastreando en esos gestos la formación y la supervivencia de una actitud vinculada a lo griego desde los lejanísimos días en que Homero comenzó la búsqueda de lo universal: la actitud humanista. Una actitud que, por supuesto, no es exclusivamente griega, que incluso ha sido reiteradamente traicionada por los griegos, pero que, sin duda, ha sido concebida,


INCIPIT 1.341. SANTANDER, 1936 / ALVARO POMBO


-¡Tú eres un señorito, Alvarín! -exclama Rafael Mazarrasa, dando una palmada en el hombro a su amigo.

-¡No se puede ser menos, desde luego! -contesta Alvarín, fruncido el ceño. Añade luego-: También eres tú un señorito. Es lo único que somos, señoritos del Muelle.

-¡Señoritos, sí, a mucha honra! Sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos ... ¿Te acuerdas de esas frases? Tú acababas de llegar a Santander, a España, a finales de octubre de 1933. Comentamos, ¿te acuerdas?, ese discurso. Somos señoritos porque así lo fueron siempre, en la historia, los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra patria misma, supimos arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras ...

-Señoritos es despectivo, somos niños bien, diga lo que diga José Antonio Primo de Rivera.

Es un día nublado de finales de 1934. El Muelle está casi vacío esta tarde. Santander, en cambio, está repleta de agitación a finales de ese año. Será una Navidad agitada por fuera y remansada por dentro. Mercedes, la cocinera, hará una rica cena de Navidad: un pavo asado relleno de manzanas y de pasas.


KUOROS DE CRESO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 34

ANÁFLISTOS, ÁTICA

525 ANTES DE CRISTO

Según lo convenido con el maestro estatuario, esta mañana han llegado al taller los padres de Creso, el joven soldado de Anáflistos muerto en combate el pasado verano. Vienen a recoger la estatua funeraria que adornará la tumba de su hijo.

En la pequeña estancia dispuesta para la entrega, aquel inmenso bloque inerte traído desde Paros en barco y arrastrado hasta aquí sobre un carro de bueyes ha perdido su horizontalidad y su peso, se ha puesto sorprendentemente en pie apoderándose de la figura del muchacho, cobrando ligereza y vida ahora que ha pasado la muerte.

La visión de la estatua produce escalofríos. Por alguna razón, esta imagen de mármol no es como los colosos votivos del cercano santuario de Sunion, simbólicos y ausentes. Aquí, detrás de la sonrisa y la mirada, han quedado atrapadas la serenidad y la inocencia; ese pecho espacioso entregado a la luz parece aún lleno del aire limpio de la bahía; esos músculos nítidos y turgentes son, sin lugar a dudas, los de aquel muchacho que aún era un niño hace apenas tres años.

Pasados unos minutos, el lapicida entra en la sala con gesto reverente y solicita las palabras para grabar el epitafio. El padre le hace entrega de un trozo de papiro escrito la pasada noche. Su esposa y él han decidido que no habrá ningún elogio épico, ninguna alusión al valor o a la patria, ninguna mención al enemigo.

PARATE Y LAMENTATE

ANTE LA TUMBA DEL DIFUNTO CRESO

A QUIEN ANIQUILO EN EL FRENTE EL FURIOSO ARES


PIO PIO


Familia, infancia y juventud, Pío Baroja, p. 263

Estaba uno en esa edad en que todas las mujeres le gustan: las bonitas, las feas, las solteras, las casadas, las niñas y las viejas.

Las chicas aquellas, compañeras de la infancia, me manifestaron un desdén, que, a la larga, me produjo indignación. Si les hacía alguna pregunta, me respondían por compromiso y con aire fastidioso: «sí», «no», como si no valiera la pena de ocuparse de lo que se les decía.

Sin duda, para ellas no había que fijarse en un joven si no era rico o elegante.

En mi tiempo, las muchachas eran como plazas fuertes atrincheradas y amuralladas. Llevaban un corsé que era como la muralla de la China o el baluarte de Verdún. Si por casualidad ponía uno la mano en su talle, encontraba una coraza tan dura como la que podía llevar a las cruzadas Godofredo de Bouillon.

Si uno pretendía entrar en relación con uno de aquellos verdunes vivos, le contestaban varios días o semanas «sí» o «no», como Cristo nos enseña.

Únicamente si podía uno presentar en el estandarte un sueldecito o una renta, bajaba el puente levadizo del castillo y se parlamentaba.

Yo muchas veces he pensado que, quizá por la presión local, las mujeres jóvenes de esa época en España no tenían ningún sentido erótico. Quizá el sentido erótico lo tenían más tarde; pero en plena juventud no pensaban en el matrimonio más que como una carrera. Como en San Sebastián yo no tenía amigos y las chicas que conocía de hacía tiempo se mostraban tan desdeñosas conmigo, la estancia comenzó a serme aburrida, y empecé a acariciar la idea de regresar a Madrid, para lo que pronto encontré el pretexto.


HEDY LAMARR


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 322

Hedy Lamarr se deja querer y comparte estrellato con Charles Boyer, Clark Gable, Lana Turner o James Stewart. Pero, aunque la reclaman de todas partes, ella no acude a ninguna fiesta. No sale por la noche. No bebe. Pasa las noches enteras dedicada a lo que es, más que un hobby, una obsesión: inventar.

Primero se fija en las alas de los aviones y decide que no son lo suficientemente rápidos por su culpa, por lo que, tras estudiar las de los pájaros y los peces voladores más rápidos del mundo, realiza un dibujo muy parecido al de las alas actuales que le regala a su amigo Howard Hughes («El peor amante que he tenido»). Poco más tarde, preocupada por el avance del nazismo y ya con el título de ingeniera de telecomunicaciones en su poder, su amigo, el compositor musical George Antheil, con quien sostiene una relación magnética (es de suponer que también sexual), se convierte en su principal aliado en la creación de un sistema secreto de comunicaciones a partir de dos tambores perforados y sincronizados, que funciona con 88 frecuencias y es capaz de hacer saltar las señales de transmisión entre las frecuencias del espectro magnético.

La pareja registra la patente bajo el número 2.292.387 a nombre de H.K. Markey (las iniciales de su nombre real y el apellido de su segundo marido, con el que por entonces está casada) y de George Antheil y se la ofrece a la Armada de los Estados Unidos, además de entregarle la información recopilada por Hedy en todas esas reuniones de trabajo a las que su marido la obligaba a acompañarlo. Por sorprendente que parezca, el ejército rechaza el invento: es demasiado adelantado para su tiempo.

Pasan décadas hasta que el mundo reconoce la magnitud del descubrimiento. En 1996, cuatro años antes de la muerte de Hedy a sus ochenta y cinco, la Eletronic Frontier Foundation reconoce, por fin, su mérito y honra a los inventores como pioneros del mundo digital por ese invento que abrió las puertas a las redes inalámbricas. Pero Hedy no acude a recogerlo. George, ya fallecido, no llega a disfrutar del éxito. Mucho antes, la misma Marina, que no reconoce el hallazgo («Eso déjelo para nosotros. Usted aproveche su belleza para vender bonos de guerra», le dicen los altos mandos a Hedy, que sigue el consejo a rajatabla y vende bonos y besos para hacer su contribución al ejército), al vencer la patente sin que la actriz se preocupe por renovarla («No sabía que había que hacerlo», dice ella), se apropia del invento y lo usa, por primera vez de manera oficial en 1962 en las crisis de los misiles soviéticos en Cuba.


VIRGINIA Y VITA


Lo que la primavera, Marta Robles, p., 243
Vita adquiere un protagonismo extraordinario en la vida de Virginia. La amistad de las dos mujeres las enriquece a ambas. Les proporciona tanto placer estar juntas que Vita invita a su enamorada a conocer el castillo familiar y a sus padres. Y Virginia aprovecha para utilizarlo, al igual que la historia de los Sackville, en una de sus grandes novelas, Orlando, una obra muy curiosa que traspasa los géneros literarios y sexuales. La aristócrata sabe que Virginia es mucho mejor escritora que ella, pero también que ella lleva las riendas en el amor. De hecho, Virginia, en cierto modo, envidia su libertad y emancipación en todos los campos. «Es lo que yo nunca he sido) una mujer de verdad», llega a escribir en su diario al describirla controlando su casa, al servicio, los animales, conduciendo, habiendo pasado por la maternidad ... Admira su libertad y capacidad y la considera el modelo de mujer del futuro (no va descaminada), aunque critique su falta de reflexión y considere que «su cerebro no está tan bien organizado como el mío». Pese a todo, sus conversaciones, que escribe durante la amistad amorosa con Vita, guardan muchas referencias de la infinitud de temas que tratan y de los puntos de vista de ambas. Y su amistad siempre le va a servir para analizar muchas cuestiones en su literatura ... , porque el amor se acaba.
Virginia y Vita, como todos los enamorados, piensan que su amor durará para siempre, pero, como casi todos los amores, tiene fecha de caducidad. Y es Vita la que pone el punto y final a la relación propiamente amorosa. Durante un tiempo, la alterna con otras, y Virginia sufre con su promiscuidad mientras los celos la consumen. Pero es que Vita necesita más: más amor, más pasión, más sexo, más atención y menos apego de su amada a su marido ... Y un día, como pasa en tantos amores, hasta la propia Virginia deja de sentir todo lo que piensa que jamás dejará de sentir. Y así lo escribe en su diario:
Y ahora tengo que hacer una afirmación extraña: mi amistad con Vita ha terminado.

OSCAR WILDE


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 228

Aunque, como desahogo, también preso, alumbra la hondísima De profundis, una larga y doliente epístola que contiene una conmovedora reflexión sobre la actuación de Queensberry contra él, apoyada en una de las cartas que Wilde escribió a su hijo Bosie al poco de conocerlo. Es una obra repleta de despecho y de tristeza, donde expone su tormentosa relación con Alfred Douglas, pero también una epístola que exhala espiritualidad. En ella revisa no solo  los malvados actos de Bosie, sino la figura de Jesucristo y el cristianismo, como también sus propios errores, al tiempo que subraya el amor que ni aún entonces ha dejado de sentir por quien le ha utilizado, se ha gastado su dinero y le ha traicionado con mentiras. La ruina sentimental, emocional y económica (retiran sus obras de las librerías, venden su biblioteca, sus muebles y vacían sus cuentas bancarias para indemnizar a Queensberry) le incitan a intentar suicidarse en aquella celda de tres por dos metros, donde apenas cabe. Al salir es otro. Enfermo, apagado, destruido ... Su cabello se ha vuelto blanco y su mirada melancólica. Viaja a Francia empujado por el ostracismo social, bajo el nombre de Sebastian Melmoth, para eludir el agravio que le supone el suyo; pero antes claudica a la insistente demanda de Bosie (pese a que nunca lo visitó en la cárcel) y acude a verlo a Nápoles, en vez de regresar con su esposa y sus hijos. El fracaso de aquella segunda vuelta de la relación, sin el dinero de Wilde para pagar los caprichos de Bosie, se produce a los pocos meses. Wilde parte entonces definitivamente para Francia y se aloja en el hotel d'Alsace, donde escribe algunos artículos con pseudónimo y mal pagados y termina La balada de la cárcel de Reading, el bello poema que empieza a escribir en prisión y que alcanzará un notorio éxito. Enferma de meningitis, se convierte al catolicismo en sus últimas horas (¡qué habría dicho su padre!) y el 30 de noviembre de 1900 muere, alcohólico, tras un agónico estertor y dejando una deuda de ochocientos francos en el hotel, que paga su incondicional amigo Robert Ross. Solo cincuenta y seis personas acuden a la se encuentra su tumba.


INCXIPIT 1.340. UN PASEO EN COCHE POR GRETAER NOIDA / DEEPTI KAPOOR

Carta de la autora

Escribo estas líneas desde mi antigua casa de Nueva Delhi, sentada en una habitación de paredes frescas en una ciudad abrasadora mientras fuera, en la calle, las ramas de los árboles están llenas de periquitos y de koeles, y unas cometas negras cabalgan sobre las corrientes de aire por encima de la centenaria tumba de Humayun. La estación de Nizamuddin está a tiro de piedra de aquí. La circulación de los trenes es constante y el ruido de sus silbatos se me cuela en el cerebro mientras duermo. En momentos así, vuelvo a enamorarme de la ciudad, y aunque ahora vivo en Lisboa, pienso en este lugar como en mi verdadero hogar.

¿Y cómo no iba a hacerlo? Todo lo que escribo está impregnado con la vida de estas calles. Pasé años recorriéndolas de forma obsesiva, fumando un cigarrillo tras otro en mi coche, a la caza de buenas historias, muchas veces en el sitio equivocado. Era una periodista pésima, pero lo que es malo para el periodismo puede ser bueno para la ficción, y unos valores morales que hace un tiempo podían ser confusos e indolentes pueden esclarecerse y fortalecerse con los años hasta someter lo malo y convertirlo en lo que he escrito en estas páginas.


LORD BYRON


Lo que la primavera, Marta Robles, p. 34

Difícil saber cómo dispone de tiempo para todo, si se atiende a su propia leyenda, que cuenta que, tras abandonar su Inglaterra natal, Byron tiene más de doscientas cincuenta relaciones con las correspondientes mujeres. Y parece que hay incluso una prueba de ello, que es la recopilación que hace el poeta de muestras del vello púbico de cada una. Esa pubefilia está tan extendida entre el género masculino que existe un mercado de compraventa de las colecciones que, como Byron, atesoran con primoroso cuidado numerosos fetichistas.

Lord Byron, el hombre que ama a mujeres incontables y al que también se le conocen relaciones con jóvenes de todos los sexos en sus viajes por Oriente, al final de su vida, tal vez rememorando la Grecia clásica, cuenta con una historia personal que tiene mucho que ver con su obsesión por el sexo. O tal vez con la necesidad de multiplicar sus relaciones sexuales -que comienzan muy pronto, cuando él es tan solo un niño-, para agrandar su autoestima.

George Gordon Byron tiene tan solo nueve años cuando Mary Gray, su institutriz, fanática seguidora del calvinismo y devota religiosa, que le enseña la lectura a través de los pasajes bíblicos, lo inicia en las artes amatorias. Con ella, y a tan temprana edad, pierde la virginidad. Y desde ese encuentro sexual, seguramente determinante, el poeta sostiene innumerables relaciones carnales sobre todo con mujeres, pero también con hombres, que según muchos de sus biógrafos exceden las trescientas.


CELESTE ALBARET


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 412

La imagen que guardo de él en mi corazón es la más bella de todas y el más hermoso de los recuerdos. En ella está tan maravilloso como siempre. Príncipe entre los hombres y príncipe de los espíritus.

Nunca me ha abandonado. En la vida, cada vez que tuve que hacer una gestión, encontré a un admirador de monsieur Proust que me ayudara, y era como si, desde la muerte, hubiera seguido protegiéndome. Al igual que dije al principio de este libro, cada vez que tengo que resolver un problema personal, tomo consejo de su recuerdo, y el asunto se simplifica.

Muy recientemente ocurrió una extraña historia. En el tiempo del boulevard Haussmann, una noche en que me estaba enseñando objetos que me había pedido que sacara del cajón de recuerdos de la cómoda, especialmente unos bonitos pendientes, largos y de coral, que habían pertenecido a su madre, me dijo:

-Creo que le quedarían bien a mi sobrina Suzy. Lléveselos, Céleste.

Después, a mi vuelta:

-Ah, tenga, aquí está mi alfiler de corbata de ópalo. Desgraciadamente, lo he aplastado con el pie. Es una pena. El ópalo es tan bonito ... ¿Lo quiere? Se lo regalo.

Me lo hice montar en un anillo y ya no salió de mi dedo. Más tarde, mucho más tarde, quise dárselo a mi hija. Pero Odile tenía miedo de perderlo y, sabiendo que para mí era importante, prefirió dejármelo. Yo lo llevaba noche y día. Después, un día, lo pierdo. Desolada, hago como mi madre: rezo a san Antonio (ella me decía que gracias a él lo encontraba siempre todo).

Aquel mismo día, Odile me había llevado unas verduras que yo había elegido, lavado, cocido y picado. Llega la hora de sentarnos las tres a la mesa; la tercera era mi hermana Marie, que vive conmigo. Comemos la verdura. De repente, Odile se para en seco, con aire inquieto. Yo le digo:

-¿Qué pasa? ¿Te has roto un diente?

Era el ópalo de monsieur Proust.

Entonces supe que no me había abandonado, del mismo modo en que tampoco yo le había abandonado a él.


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