Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

HEMINGWAY


Ava en la noche, Manuel Vicent

David solo había leído algunos cuentos de este escritor, pero lo admiraba por su instinto para estar en el tiempo y en el lugar oportunos a la hora de salir en la foto en los momentos decisivos de la historia. Era uno de esos tipos fortachones que presumen de ser todo un hombre y siempre va retando a los amigos a echar un pulso o batirse en un combate de boxeo.  Parece ser que la violencia excitaba su imaginación. Hizo la Primera Guerra Mundial de conductor de ambulancias en el frente del norte de Italia. Recibió una esquirla de metralla en la pierna con la alegría con que un niño católico toma la hostia en la primera comunión. En el hospital se enamoró de una enfermera, una tal Agnes H. von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. David lo admiraba y odiaba a la vez. Le atraía la forma con que convertía cualquier percance de su vida en una categoría literaria, hasta el punto de que su miseria de los años de París la convirtió en una fiesta. Pero le repugnaba la forma de exhibir su fortaleza frente a la debilidad alcohólica de Scott Fitzgerald. Se paseaba por Saint Michel, se sentaba en la terraza de Le Cloiserie des Lilas, bebía en casa de  Gertrude Stein, con Ezra Pound, visitaba la librería Shakespeare & Company, en Odeón 12, en cuya puerta se cruzaba con James Joyce cuando también acudía a pedir libros prestados a Sylvia Beach, o en el Harry's Bar, donde dejó colgados sobre la barra sus guantes de boxeo. Todo lo hacía como un dios que crea el mundo. Pero la vida pastueña de corresponsal en París no iba con su carácter. Alguien le contaría que en una pequeña ciudad del norte de España se celebraba un rito de sangre con mucho sabor étnico. En Pamplona se corrían toros en un encierro y los mozos con pantalones y camisa blancos, faja roja y pañuelo al cuello del mismo color, se iniciaban ante sus novias jugándose la vida entre un bosque de cuernos de toros y cabestros. Era cosa del gremio de carniceros, que llevaban ese pañuelo  rojo en el hombro para no mancharse de sangre cuando trasportaban reses descuartizadas. Los sanfermines dejaron de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse como un icono en el café Iruña antes de escribir esa novela mediocre titulada Fiesta, que lo llevaría a la fama.

La violencia parecía ser solo una aventura, tenía un buen olfato para detectarla y eso había hecho en 1937 cuando, en plena Guerra Civil, se presentó en el hotel Florida de Madrid para mojar la pluma en sangre hasta saciada por entero. El resultado fue otra novela mediocre, Por quién doblan las campanas, que David había comprado en la trastienda de una librería que vendía libros prohibidos. ¿Valía la pena haber hecho una guerra civil solo por complacer a Hemingway, por ver a Ingrid Bergman con la cabeza de miliciana rapada o a Gary Cooper como un combatiente que no se entera de nada?


INCIPIT 1.137. EL EVANGELIO DE LA SANGUILAS / PATRIK SVENSSON


El nacimiento de la anguila se produce en esa zona del noroeste del Atlántico que se llama el mar de los Sargazos, un lugar adecuado para la génesis de la anguila en todos los sentidos. Y es que más que una región acuática claramente definida, el mar de los Sargazos es un mar dentro del mar. No resulta del todo fácil decir dónde empieza y dónde acaba, pues elude los sistemas de medición habituales del mundo. Se encuentra al nordeste de Cuba y las Bahamas y al este de la costa norteamericana, pero es, al mismo tiempo, un lugar en movimiento. Con el mar de los Sargazos pasa como con un sueño, casi nunca podemos decir con total seguridad cuándo entramos o cuándo salimos de él, solo podemos tener la certeza de que hemos estado allí. Esa condición inconstante se debe a que este mar no tiene fronteras terrestres, está delimitado exclusivamente por cuatro poderosas corrientes: Al oeste, la vivificante corriente del Golfo; al norte, una ramificación de esta que conocemos como la corriente del Atlántico Norte; al este, la corriente de las Islas Canarias; y al sur, la corriente Ecuatorial del Norte.


INCIPIT 1.136. LA ESPAÑA VACIA / SERGIO DEL MOLINO


EL MISTERIO DE LAS CASAS QUEMADAS

Cando la policía le contó que podía ser un ataque terrorista, el canónigo respiró. Quizá no pronunciaron la palabra terrorista. Motivación política, más bien. Creían que el ataque era parte de una campaña, aunque no habían detenido a nadie y no había sospechosos. Si no se atrevían a usar el término terrorista era porque había un terrorismo de verdad en Irlanda. Aquello parecía otra cosa. Al canónigo le pareció también otra cosa. Creyó que tenía que ver con gente del pueblo y temió que fuese el principio de una espiral de violencia, pero la policía le tranquilizó. No le habían atacado a él, ni siquiera su casa. Habían atacado lo que representaba. El canónigo era inglés y la casa que le habían quemado era su residencia de verano, un cottage aislado en la península de Llyn.

Entre 1979 y 1991, un grupo llamado Meibion Glyodwr (Hijos de Glyndwr) prendió fuego a 228 casas de campo en Gales. La policía sólo detuvo a una persona en 1993, acusada de enviar bombas por correo a ciudadanos ingleses. No averiguaron nada más. El caso de las casas quemadas sigue siendo un misterio. Nunca encontraron pruebas. Nadie fue procesado. Los  investigadores creían que detrás de Meibion Glyodwr sólo había un grupo muy pequeño que perpetraba los ataques en secreto.

En las décadas de 1970 y 1980, el terrorismo, tanto el nacionalista como el ideológico-revolucionario, era uno de los asuntos más graves en Europa. Alemania, Italia, Francia, el Reino Unido y, por supuesto, España, lo sufrían.


JULIAN GRIMAU


Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 240

En el extranjero hubo conatos de incendiar algunas embajadas españolas y en el bulevar de Saint –Germain de París se realizó una gran manifestación de protesta contra el juicio de Grimau, que había comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de Campamento ell8 de abril de 1963, y entre la multitud aparecía tres filas por detrás de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre. David recordaba el silbido en la noche de aquel tren que lo iba a llevar a París. Si aquel viaje se hubiera realizado, tal vez ahora David iría detrás de esa pancarta con el puño en alto en compañía de una novia francesa, con la que viviría en una buhardilla y se besaría bajo los puentes del Sena después de cruzar el puente de las Artes con una baguette bajo el brazo. Tal vez habría publicado una novela, tal vez sería ayudante de algún director de cine de gafas con montura negra y escribiría en Cahiers du Cinema, o tal vez no sería nada, pero viviría en París. Mientras se celebraba el juicio contra Julián Grimau ardía la Feria de Abril en Sevilla y al mismo tiempo Berlanga estaba terminando de rodar en los estudios CEA la película El verdugo, con guion de Rafael Azcona.

Julián Grimau acababa de ser ejecutado y también en su caso, como una premonición de arte, hubo una resistencia por parte del pelotón de fusilamiento, como una nueva versión del verdugo pusilánime. En teoría le correspondía a la Guardia Civil apretar el gatillo, pero su director alegó que solo tenía la responsabilidad de custodiar al reo. Por su parte, el capitán general se negó a que fuera ejecutado por militares de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que aJulián Grimau lo fusilara un pelotón de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer, según los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un tiro de gracia en la nuca. Este militar acabó años más tarde en un psiquiátrico al no lograr disolver este crimen en su conciencia.

La Iglesia fue fundada por un inocente condenado a muerte. Era partidaria de la pena de muerte y en este caso también había callado. En la televisión la escueta noticia del cumplimiento de la sentencia capital de Grimau en la madrugada del 20 de abril de 1963 fue acompañada de imágenes de Ava Gardner y de Orson Welles en la Feria de Sevilla.


AVA


Ava en la noche, Manuel Vicent, p. 164

A partir de ese día, el mono Manolo se hizo el dueño y señor del Café Gijón, y el lance del león fue suficiente para que David fuera admitido como pasajero con todos los honores en aquella barcaza de náufragos hambrientos de gloria y de pepitas de ternera. Días después tuvo la oportunidad de conocer en persona a Fernando Fernán Gómez, de darle la mano, de decirle que de chaval había llorado viendo Balarrasa y todas esas cosas que se dicen de forma algo babosa ante un personaje al que se admira. David le confesó con cierta timidez que quería ser director de cine, que había ingresado en la escuela y que lo que más deseaba en el mundo era conocer a Ava Gardner.

-Pero ¿tú eres idiota o qué? -exclamó Fernán Gómez.

-Idiota ... Sí, sin duda. Ya que usted lo dice ...

-Ava Gardner no es nada, muchacho –exclamó-. Oye lo que te digo que te lo voy a explicar: Se sabe, según cuentan los gitanos de los tablaos flamencos, que Ava Gardner elige cada noche a un ejemplar moreno y de pelo rizado para llevárselo a la cama. Tanto es así que algunos la siguen al hotel Castellana Hilton, hasta el mismo pie del ascensor, y una vez allí puede que ella los invite o no a subir a la habitación, según su capricho o la lucidez que le permita el alcohol. Es como una lotería. Una madrugada la seguimos de cerca Paco Rabal y yo desde la venta de Manolo Manzanilla para probar suerte y logramos coincidir con la Gardner en la entrada del hotel; la saludamos al pie del ascensor y ella nos miró medio borracha sin dirigirnos ni una sonrisa, ni un gesto, ni una palabra. Nos quedamos muy corridos, pero de vergüenza. Habíamos hecho el gilipollas, ¿entiendes? En ese momento bajó el ascensorista, un bell boy muy experimentado, y al vernos tan decepcionados a los dos, que nos creíamos glorias nacionales, nos dijo: “Les advierto que no es para tanto. No merece la pena. No es nada del otro mundo”.


El buen hombre


El amanecer podrido, Juan Benet, p. 84

-Yo bien sé que él me quiere, aunque a veces se pone así, raro. Y grita y también me pega. No puede ver a mi madre y la llama bruja; dice que mi madre es una bruja. Y a los niños los quiere mucho. Es fontanero pero luego se quedó sin trabajo y ahora trabaja en casa por su cuenta y yo tengo que salir también a ver qué apaño. Algunas veces él hace la comida y cuida de los niños, le gusta mucho cuidar a los niños. Algunas veces yo tengo que estar dos o tres días fuera y entonces es cuando bebe y cuando me insulta y a veces me pega. No quiere que no esté en casa y dice que tengo abandonados a los niños. Dice que mi madre es una bruja y no la puede ver. Él tiene sus tubos y sus latones y sus estaños y está allí con el martillo y el soldador. Gana muy poco y por eso yo tengo que apañármelas por ahí fuera, pero él se enfada porque no quiere que yo esté fuera y que salga y que no esté en casa ¡y entonces es cuando se enfada y algunas veces me pega! Pero él me quiere. Yo sé que me quiere a pesar de todo.

-Yo ya sabía que ella tenía un niño de otro, pero a mí ni me importaba ni nada así que le dije: ahora a vivir todos juntos y yo también le quiero. Es muy cariñoso y le gusta estarse conmigo mirando cómo trabajo, y yo creía que era una mujer buena, pero su madre empezó a enredarla, que es una bruja, que tiene muy mala entraña y es una malasangre y lo que quiere es infernarnos la vida, y va y viene y me dice: Quita, hombre, tú crees que va a estarse mi hija contigo que eres un gandul; tú no sirves más que para cuidar de los hijos de los otros. Y esto es algo que no se debe decir, porque no sirve más que para infernar el matrimonio y yo hago lo que buenamente puedo en estos tiempos tan difíciles. Contigo va a estar. Tú no eres más que un pobre hombre; y yo tengo que pegarla para que se vaya porque es una vieja borracha que no debía decirme a mí eso, porque cuando me casé ya sabía que tenía un hijo de otro y yo también le quiero como si fuera mío y a todos los quiero y que estén bien cuidados y limpios y que coman, que a ella no le preocupan y los tiene abandonados

SALOME


El amanecer podrido, Juan Benet

Salomé

Elí, Elí, lamma sabacthani. Mateo 15, 4 5-49, XII

Tenía un dolor de muelas atroz.

Se puso un paño caliente en la mejilla y se miraba al espejo con cara demacrada. Abrió la boca tristemente y salió un olor negro, interno, de algo que se pudría allí dentro, y la encía hinchada y negra. Acercó más la cara y vio el paladar movedizo lleno de agüillas. Luego dijo:

-Aaaah ... -Y le dolieron mucho todos los huesos de la cara.

Pero de repente, acercándose más, ya casi con la boca metida en el espejo, vio allá abajo, en el fondo negro de su estómago, dos ojos que le miraban consternados como dos almejas húmedas.

-¿Qué es esto? -se preguntó doliéndole mucho.

Los ojos se asustaron, cambiaron de expresión y cerraron sus párpados lentamente, como avergonzados.

-¿Qué haces ahí? ¿Eres un bicho?

No se atrevía a tocarse la tripa porque temía hacer daño a aquello, fuese lo que fuese. Era una situación muy dolorosa. Los ojos miraban y retrocedían acobardados. Parecían pedir perdón por haber sido descubiertos.

-¿Qué bicho eres tú? ¿Eres la solitaria?

Porque realmente su mirada desde el fondo era la imagen de su soledad perdida entre jugos y gases y paredes húmedas y flácidas.

-Pero di: ¿qué haces ahí? ¿Qué clase de bicho eres?

El de los ojos hizo un esfuerzo hacia lo alto mientras su vergüenza iluminaba de rojo la carne de allá abajo.

Y dijo:

-Soy Jesucristo Bendito.


INCIPIT 1.135. HAWTHORNE / HENRY JAMES


LOS PRIMEROS AÑOS

Será necesario, por distintas razones, dar a este breve esbozo la forma del ensayo crítico más que la de una biografía. Los datos para una vida de Nathaniel Hawthorne son todo lo contrario de copiosos y, aunque fueran abundantes, no serían de mucha utilidad para los propósitos del biógrafo. La carrera de Hawthorne quizá sea la más tranquila y sin incidentes que pueda caerle en suerte a un hombre de letras. Fue, de un modo casi sorprendente, pobre en acontecimientos y en lo que podríamos llamar calidad dramática. Pocos hombres de igual genio e igual eminencia habrán llevado una vida tan sencilla. Sus seis volúmenes de Cuadernos de notas dan fe de esta sencillez: representan una especie de monumento a un destino tan libre de perturbaciones. La carrera de Hawthorne fue pobre en vicisitudes y cambios. Transcurrió, en su mayor parte, en el interior de una sociedad reducida y homogénea, en una comunidad rural y provinciana; no tuvo demasiado contacto con eso que llamamos el mundo, los acontecimientos públicos, las costumbres de la época, e incluso la vida de sus vecinos.


INCIPIT 1.134. LOS EDUARDIANOS / VITA SACKVILLE-WEST


Chevron

Entre los muchos quebraderos de cabeza del novelista no es el menor el de escoger el momento en que ha de comenzar su novela. Es necesario, es de hecho inevitable, que entrecruce las vidas de sus dramatis personae a una hora determinada; lo que hay que decidir es qué hora sea ésa, y en qué situación deberán ser descubiertos. La misma razón hay para que aparezcan tendidos en un moisés -donde se les acaba de depositar por vez primera- como para que el lector los conozca en su desalentada madurez, recién sacados de un canal. La vida, considerada de este modo desde el punto de vista del novelista, es una larga extensión llena de variedad, en la que cada hora y cada circunstancia poseen su mérito particular, y podrían servir de adecuado trampolín para iniciar un relato. La vida, además, según seguimos considerándola desde el punto de vista del novelista, aunque variada, se aparece continua; no hay más que un comienzo y no hay más que un final, no hay comienzos ni finales intermedios, como los que el pobre novelista ha de imponer arbitrariamente; lo cual quizá explique por qué tantas novelas, esquivando el desagradable recordatorio de la muerte, acaban en el matrimonio, como única ruptura admisible y efectiva de la continuidad.


BENETIANA


El amanecer podrido, Juan Benet

Una tarde de primavera me dijo Luis que quería presentarme a una joven que había conocido en el departamento de Psiquiatría del Hospital General, que dirigía López Ibor, y en el que trabajaba como enfermera. Se llamaba Rocío y mi presencia era requerida para acompañar a su hermana que como todavía estaba en edad colegial se aburría mucho y necesitaba distracción. La primera vez que vi a Solange vestía uno de esos uniformes azul marino con falda plisada y cuello blanco, propio de los colegios de monjas y que -me parece- no tardó una semana en arrojarlo para siempre al cajón de los desechos. En la segunda ocasión, con jersey negro de cuello vuelto, largo hasta las caderas, falda lisa y zapato de medio tacón, era una criatura deslumbrante. Rocío entró en tromba en la vida de Luis y a la vuelta de un verano que él pasó en Heidelberg, para perfeccionar su rudimentario alemán, ya eran novios por lo que las catoblepas poco a poco fueron cambiando de carácter. Dejamos de frecuentar los locales golfos para ser más asiduos de los no-golfos -la Red, Castelló, Prim, la parrilla del Rex- donde las chicas se sentían más a gusto, agradecidas por cierta sensación de seguridad adicional cuando el maitre les conducía a la mesa de costumbre. Casi todos los maítres de Madrid habían militado en la CNT y combatido en un batallón de camareros en la Ciudad Universitaria y cuando a altas horas de la madrugada, ya cerrado el local, despachada la clientela y retirados los camareros, realizado el arqueo y colocadas las sillas sobre las mesas en espera de la llegada de la mujeres de la limpieza, corría una última ronda a cuenta de la casa y se evocaba la epopeya del puente de los Franceses, el maitre –situado detrás de la barra como en sus años mozos- apenas podía retener las lágrimas. «El tiempo es vuestro, hay que aprovechar la juventud», era la frase preferida de los maitres que tanto enternecía a las chicas, recién salidas de la Asunción.


LOS EDUARDIANOS


Los eduardinaos, Vita Sackville-West

En honor a su abuela hay que decir que le propinó los golpes más duros que pudo. -iMajaderías! -dijo cuando Sebastian terminó-. En la vida he oído tales majaderías. Los muchachos de mi época no hablaban así. Los muchachos de mi época eran hombres. Cazaban y bebían y cortejaban a las mujeres, y no se preocupaban de si cumplían con su deber. No eran tan delicados. -Se rascó la espalda con la manita de marfil-. No te andes con esos tiquismiquis, hijo. Si has nacido para tener ciertos privilegios, disfRútalos, y alégrate. No es que yo esté de acuerdo con tu madre ni con sus costumbres. Con rey o sin él, a mí no me gustan esos judíos; hoy he visto un montón de esos apellidos horrendos, hojeando el libro de visitas. Debería haberlo guardado antes de que yo viniera si no quería que me enterase. No son buena compañía ni para ella ni para ti. Seguro que te han estado metiendo ideas en la cabeza; a lo mejor quieren que entres en negocios con ellos. Tú no hagas caso. Y no tengas ideas. Las ideas lo trastornan todo. Las cosas marchan bastante bien, aún hoy en día. Déjalas estar. No tengas ideas.

-Las cosas marchan bien para nosotros, abuela.

-iMira el mocoso este! ¿y qué otra cosa importa? Nosotros dirigimos el país, ¿no? Los que dirigen se merecen sus privilegios. ¿ Qué sería del país, quisiera yo saber, si los de arriba no tuvieran sus comodidades? ¿ Qué sería de las modistas si tu madre no se hiciera más vestidos bonitos? Además, al país le gusta. En eso no te engañes. La gente necesita algo que admirar. Es bueno para ellos; les proporciona un ideal. No les gusta ver que un señor se degrada.


BENETIANA


El amanecer podrido, Juan Benet

Una tarde de primavera me dijo Luis que quería presentarme a una joven que había conocido en el departamento de Psiquiatría del Hospital General, que dirigía López Ibor, y en el que trabajaba como enfermera. Se llamaba Rocío y mi presencia era requerida para acompañar a su hermana que como todavía estaba en edad colegial se aburría mucho y necesitaba distracción. La primera vez que vi a Solange vestía uno de esos uniformes azul marino con falda plisada y cuello blanco, propio de los colegios de monjas y que -me parece- no tardó una semana en arrojarlo para siempre al cajón de los desechos. En la segunda ocasión, con jersey negro de cuello vuelto, largo hasta las caderas, falda lisa y zapato de medio tacón, era una criatura deslumbrante. Rocío entró en tromba en la vida de Luis y a la vuelta de un verano que él pasó en Heidelberg, para perfeccionar su rudimentario alemán, ya eran novios por lo que las catoblepas poco a poco fueron cambiando de carácter. Dejamos de frecuentar los locales golfos para ser más asiduos de los no-golfos -la Red, Castelló, Prim, la parrilla del Rex- donde las chicas se sentían más a gusto, agradecidas por cierta sensación de seguridad adicional cuando el maitre les conducía a la mesa de costumbre. Casi todos los maitres de Madrid habían militado en la CNT y combatido en un batallón de camareros en la Ciudad Universitaria y cuando a altas horas de la madrugada, ya cerrado el local, despachada la clientela y retirados los camareros, realizado el arqueo y colocadas las sillas sobre las mesas en espera de la llegada de la mujeres de la limpieza, corría una última ronda a cuenta de la casa y se evocaba la epopeya del puente de los Franceses, el maitre –situado detrás de la barra como en sus años mozos- apenas podía retener las lágrimas. «El tiempo es vuestro, hay que aprovechar la juventud», era la frase preferida de los maitres que tanto enternecía a las chicas, recién salidas de la Asunción.


LO LI TA


Las cosas como son, Pau Luque, p. 85

Es decir, la novela -salvo ese prólogo- está narrada desde el punto de vista único y exclusivo de Humbert. No hay un narrador omnisciente que nos remita a una suerte de descripción de lo que ocurre que al menos aspira a ser objetiva: la acción de la novela es la acción vista a través de los ojos de Humbert y, por lo tanto, lo que en ella ocurre es una descripción por parte de un ser retorcido y pedófilo. Nabokov no nos dice que haya una niña que apoye lascivamente el pie sobre el regazo de un señor de más de cuarenta años o que Lolita se contonee como una “putilla; Nabokov nos dice que se imagina que Humbert ve algunas acciones de una niña que entra en la pubertad como acciones eróticas y lascivas, como episodios activadores del juego de la sexualidad y, en consecuencia, como legitimadoras de un avance sexual.

Lolita no es una novela acerca de cómo un macho adulto no puede resistirse a las provocaciones de una adolescente. Lolita es una novela acerca de cómo un macho adulto no puede resistir sus propias ganas de follarse a una niña.

Por lo demás, son más numerosos e intensos los pasajes en que Humbert da a entender que lo que le atrae de forma enfermiza de las nínfulas no es lo que estas últimas hacen sino lo que son: nínfulas. No es que las nínfulas adopten un comportamiento provocador, es que, sencillamente, son nínfulas. Así, Humbert se jacta de poder «reconocer de inmediato, por signos inefables -el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; pero allí está, sin que nadie, ni siquiera ella, sea consciente de su fantástico poden”. El hechizo maniaco se da cuando Humbert reconoce a una nínfula, el deseo pútrido se activa como si la nínfula fuera una criatura inanimada y su mera presencia lo arrebatara. N o hay seducción por parte de ella, no hay nada que ella tenga que hacer para atraerlo y, en este sentido, no hay nada que pueda hacer para no atraerlo. Las nínfulas son para Humbert un objeto más del mundo inanimado: objetos sin agencia moral, sin voluntad.

Podría pensarse que estos pasajes contradicen aquellos pocos, señalados anteriormente, en que Humbert «denuncia » ser la víctima que ha caído seducida bajo los encantos de Lolita. Y, efectivamente, son contradictorios. Humbert cree simultáneamente que una nínfula lo seduce y que no lo seduce, trata a Lolita como un objeto inanimado y a la vez sostiene que lo provoca. La mente de Humbert es incoherente. No creo que este rasgo del personaje sea un despiste de Nabokov en la narración. Más bien al contrario. Los seres retorcidos suelen ser contradictorios y seguramente así quería retratar Nabokov a ese viudo europeo de raza blanca. Que Nabokov sea capaz de hacer creíble a un personaje como el de Humbert es un mérito literario, no un error. Al imaginarse cómo funciona la mente de Humbert, Nabokov desacredita algo que solemos dar por hecho: que el mal y la crueldad son, por así decir, internamente coherentes.


LA COMPASION


Las cosas como son, Pau Luque, p. 60

La compasión. Y como imaginarse al otro no es sino una manera de vernos a nosotros mismos en dimensiones que rara vez habríamos considerado, la imaginación contribuiría a la piedad con los demás, porque, si excluimos el látigo de la autoflagelación, tendemos a ser más piadosos con nuestras faltas que con las del otro. La imaginación arrastra la piedad hacia el otro. Para decirlo con las palabras que Gonzalo Torné pone en boca de uno de los personajes de Años Jelices: «Las personas suelen ser más delicadas en nuestra imaginación.” Ser más piadosos, por cierto, no debe entenderse aquí como sinónimo de lástima o conmiseración sino, más bien, como lo entiende la versión más imperfeccionista de la moral cristiana, es decir, como la virtud que da pie a actos de generosidad hacia el prójimo. Steven Pinker sostiene que, en la historia de la humanidad, la invención de la imprenta supuso un punto de inflexión en cuanto a la disminución de la violencia. Construye esta hipótesis en The Better Angels of Our Nature (2011) , un libro más aburrido que tocar la batería con el gran Leonard Cohen. Según Pinker, la difusión de la literatura -la novela, básicamente- estimuló la imaginación de las personas y, con ella, el otro se hizo menos otro. El artificio de la novela imaginativa habría contribuidoa combatir el escenario hobbesiano del estado de naturaleza.


INCIPIT. 1.133 23 FEBRERO 1981 / JUAN FRANCISCO FUENTES


ÉRASE UNA VEZ EL GOLPISMO

Esta no es una historia del golpismo español, pero sí de uno de sus episodios de mayor impacto y trascendencia, tanto por su repercusión mediática -fue la primera asonada militar retransmitida en directo- como por sus consecuencias históricas. El estrepitoso fracaso del golpe trajo consigo la consolidación de una democracia tambaleante y la derrota definitiva del golpismo, del que puede decirse que ya nunca levantó cabeza. El principal protagonismo en la defensa del orden constitucional correspondió al rey Juan Carlos I, jefe de las Fuerzas Armadas, asistido por aquellas autoridades civiles y militares que consiguieron evitar el temido vacío de poder. También Adolfo Suárez, rehén de los golpistas, como el resto del Gobierno y del Congreso, contribuyó a reafirmar con su actuación de aquella noche la supremacía del poder civil frente a sus enemigos, aunque fuera de manera simbólica. Primero permaneció sentado en la cabecera del banco azul, desafiando las órdenes de Tejero -«¡Al suelo todo el mundo!»-, mientras los asaltantes ametrallaban el techo del hemiciclo. Unas horas después, aislado en una salita del Congreso, hizo valer su auctoritas ante el teniente coronel de la Guardia Civil en un tenso cara a cara que el presidente del Gobierno resolvió con una fórmula castrense: “¡Cuádrese!”. Tejero, que entró en aquella salita retándole con la mirada y empuñando su pistola, dio media vuelta y se fue. Suárez acababa de escribir, sin saberlo, el epitafio del poder militar en España.


INCIPIT. 1.132. LA NOCHE INTERUMPIDA / REBECA WEST


El día era tan agradable que me hizo fantasear con la posibilidad de vivir lentamente, igual que se puede tocar un instrumento con lentitud. Fue hace unos cincuenta años, en un barrio de las afueras de Londres, una calurosa tarde de finales de mayo. Yo estaba con mis dos hermanas -Cordelia y mi gemela Mary- y nuestra prima Rosamund, sentada en el cuarto de estar de nuestra casa de Lovegrove. Hacía un calor de pleno verano y la luz se reflejaba en unas tiras color miel en el suelo, el aire que había sobre ellas titilaba repleto de motas de polvo y las abejas zumbaban alrededor de una rama violeta de viburno que había en un florero sobre la repisa de la chimenea. Las cuatro estábamos sumidas en una sensación de tranquilidad que nunca habíamos experimentado antes y que nunca volveríamos a experimentar después, porque al final de aquel trimestre iba a acabar nuestro paso por el colegio y ya habíamos hecho todos los exámenes que habilitaban nuestra entrada al mundo de los adultos. Nos sentíamos tan felices como unas prisioneras que acaban de huir de la cárcel, y es que todas habíamos odiado la infancia. En aquella época existía una creencia que ha ido creciendo con el paso del tiempo desde entonces: la de que los niños no pertenecen a la misma raza que los adultos y tienen distintos tipos de percepción e inteligencia que les permiten llevar una vida aislada y satisfactoria, una creencia que me parecía entonces -y me sigue pareciendo ahora- un absurdo total.


NABOKOVIANA


El roce del tiempo, Martin Amis, p. 395

Nunca tenían dinero, por frugales y ahorrativos que fueran; debieron mirar cada pftnnig, luego cada centime, luego cada nickel y dime, hasta Lo lita (a finales de los años cincuenta, cuando llevaban más de treinta años casados). Sus tres primeras novelas, Mashenka (1926), Rey, Dama, Valet (1928) y La defensa (1929) eran, innegablemente, obras maestras; había hablado y leído a auditorios extasiados en Berlín, Praga, Bruselas, París y Londres; todo el mundo podía ver que era un genio de talla insólita. (Ivan Bunin, el primer premio Nobel de Literatura ruso, dijo, con laconismo: “Este joven ha empuñado una pistola y ha liquidado de golpe a toda la generación anterior, yo incluido».)

Pero nunca conseguía ver dinero contante y sonante. Su hijo único, Dmitri, vino al mundo en 1934 y fue recibido con arrobo (si se separaba de él, Vladimir echaba en falta “los circuitos de la corriente de dicha que siente cuando su pequeño le pasa un brazo por el hombro»). Sin duda fue un apremiante sentido de la responsabilidad lo que lo sacó de casa con una determinación inflexible. Recorrió Europa en busca de contactos y contratos, escribiendo críticas, elaborando informes, haciendo traducciones (algunas de ellas ingratamente técnicas, del ruso, inglés y francés). En fecha tan tardía como la primavera de 1939, estaba en Londres intentando por todos los medios conseguir un puesto docente en Leeds -o quizá Sheffield-. ¿Nabokov en Yorkshire? Fue una de las numerosas posibilidades frustradas por la Segunda Guerra Mundial.

El padre de Vladimir, el señor Nabokov, era un distinguido hombre de Estado liberal (descrito con resentimiento memorable por Trotski en su Historia de la Revolución Rusa), a quien dieron muerte -medio accidentalmente- en Berlín, en 1922, unos matones fascistas. Pese a ello, uno tiene la impresión de que su hijo contemplaba la realidad política como una mera distracción,  una serie de lo que él llamaba actualidades "infladas". La familia permaneció en Berlín incluso después de la aprobación de las leyes de Núremberg, en 1935 (algo que Vladimir no menciona  en las cartas). Vera y Vladimir habían huido de los bolcheviques por separado; en 1936, Vladimir sintió, con un miedo largamente sublimado, que la Alemania nazi no era un buen lugar para su esposa judía y su hijo mestizo.


JAMESIANA


El roce del tiemo, Martin Amis, p.43

El único norteamericano que le plantea un grave problema es Henry James.

Todo escritor entabla un matrimonio platónico con sus lectores y, en este aspecto, la narrativa de James describe un arco peculiar: cortejo, luna de miel, estrecha convivencia, desafecci6n creciente y alejamiento final; camas separadas y, finalmente, cuartos separados. Como en cualquier matrimonio, la relaci6n se mide por la calidad de su interacción diaria, por la calidad de su lenguaje. Y la prosa de James, incluso en sus momentos más ecuánimes y seductores (la delicadeza andrógina, el ojo maravillosamente ajeno), adolece de un grave fallo conductual.

Los estudiosos de los usos lingüísticos han identificado este hábito como “variante elegante”.  La frase quiere ser irónica, porque la elegancia a la que aspira es en realidad seudoelegancia y antielegancia. Por ejemplo: «Siguió hacia la izquierda, hacia el Ponte Vecchio, y se detuvo frente a uno de los hoteles que daban a esa estructura deliciosa.” Se me ocurre aquí otra manera de referirse al Ponte Vecchio: ¿qué tal el vulgar y escueto pronombre “él”? De forma similar, «desayuno”, más adelante, en la misma frase en que así se denomina, se convierte en «esta refacción”, la tetera en «receptáculo”, lord Warburton en «ese noble» (o “el maestro de Lockleigh”), las cartas en «epístolas» y sus brazos en “esos miembros''· Y así sucesivamente.

Aparte de hacer que el lector rezongue sonoramente unas tres veces en cada frase, las variantes de James apuntan a deficiencias más grandes: elitismo, quisquillosidad y falta de calidez, falta de candor y compromiso. Todos los ejemplos citados antes se han tomado de Retrato de una dama (1881), de su generosa y complaciente etapa temprana-media. Cuando entramos en el laberinto ártico conocido como el James tardío, su alejamiento del lector, su enclaustramiento en la introversión es tan rotundo como el de Joyce y mucho más endiabladamente prolongado.

El matrimonio fantasmático con el lector es la base del equilibrio creativo del escritor. Una relación tal precisa ser inconsciente, silente, tácita y, lógicamente, también es necesario que la inspire el amor.


PENELOPE


La versión de Penélope, Margaret Atwood

La mía fue una boda planeada. Así es como se hacían las cosas en aquellos tiempos: siempre que había boda había planes. Y no me refiero a cosas como los trajes nupciales, las flores, los banquetes y la música, aunque también teníamos todo eso. Eso está en todas las bodas, incluso ahora; pero me refiero a unos planes más sutiles.

Según las antiguas normas, solo la gente importante celebraba bodas, porque solo la gente importante tenía herencias. Todo lo demás eran simples cópulas de diversos tipos: violaciones o seducciones, romances o ligues de una noche, con dioses que decían ser pastores o pastores que decían ser dioses. De vez en cuando, intervenía también alguna diosa y tenía sus escarceos adoptando forma humana, pero en esos casos la recompensa que recibía el hombre era una vida corta y, a menudo, una muerte violenta. La inmortalidad y la mortalidad no se llevaban bien: eran fuego y barro, solo que siempre ganaba el fuego.

Los dioses nunca se mostraban reacios a organizar un jaleo. De hecho, les encantaba. Ver a algún mortal con los ojos friéndose en las cuencas durante una sobredosis de sexo divino les hacía reír a carcajadas. Los dioses tenían algo infantil y cruel. Ahora puedo decirlo porque ya no tengo cuerpo; estoy por encima de esa clase de sufrimiento, y de todos modos los dioses no me oyen. Que yo sepa, están durmiendo. En vuestro mundo, la gente no recibe visitas de los dioses como antes, a menos que haya tomado drogas.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Las bodas. Las bodas servían para tener hijos, y los hijos no eran juguetes ni mascotas. Los hijos eran vehículos para transmitir cosas. Esas cosas podían ser reinos, valiosos regalos de boda, historias, rencores, enemistades familiares. Mediante los hijos se forjaban alianzas; mediante los hijos se vengaban agravios. Tener un hijo equivalía a liberar una fuerza en el mundo.

Si tenías un enemigo, lo mejor que podías hacer era matar a sus hijos, aunque estos fueran recién nacidos. Si no, ellos crecían y te buscaban. Si no te sentías capaz de matarlos, podías disfrazarlos y enviarlos lejos, o venderlos como esclavos; pero mientras siguieran con vida supondrían un peligro para ti.

Si tenías hijas en lugar de hijos, necesitabas criarlas deprisa para que te dieran nietos. Cuantos más varones dispuestos a empuñar espadas y arrojar lanzas hubiera en familia, mejor, porque todos los linajudos de los alrededores estaban esperando un pretexto para atacar a algún rey o algún noble y robarle todo lo que pudieran, incluidos seres humanos. Una persona débil que ocupara un puesto de poder era una oportunidad para otra que ocupara puesto de poder, de modo que todos los reyes y nobles necesitaban toda la ayuda que pudieran conseguir.


LA INFANCIA


La noche interrumpida, Rebeca West, p. 12

Un niño no es más que un adulto sometido temporalmente a unas condiciones que inhabilitan su felicidad. En la infancia se actúa bajo unas circunstancias tan incapacitantes desde el punto de vista físico y mental que son comparables a las de alguien que ha sufrido un terrible accidente o enfermedad; pero mientras que se tiene piedad de los mutilados y los incapacitados porque no pueden caminar, han de ser transportados por otras personas y no son capaces de comunicar sus necesidades ni pensar con claridad, nadie siente piedad por los bebés, a pesar de que no paran de llorar a causa de la frustración y el orgullo herido. Es cierto que cada año que pasa mejora su situación y les otorga un poco más de autonomía, pero todo eso no conduce más que a una trampa. En la infancia nos vemos obligados a vivir en desventaja en el mundo de los adultos como miembros de una raza sometida que encima ha de admitir que existen motivos para su sometimiento. Nadie puede negar que los adultos saben más que los niños, pero eso no se debe a ningún tipo de superioridad, sino a que conocen mejor las mentiras de este mundo por la sencilla razón de que han vivido un poco más en él. Es como si se enviara al desierto a un grupo de personas, a unos se les dieran brújulas y a otros no, y aquellos que tuvieran brújulas trataran a los que no las tienen como si fueran inferiores y se burlaran de ellos y los regañaran sin considerar la injusticia de su condición, preocupándose al mismo tiempo amablemente por su seguridad. Sigo creyendo que la infancia es un periodo de tremendo desequilibrio, y que aquellas cuatro muchachas no éramos nada tontas al sentirnos aliviadas por haber llegado al límite del desierto.


DE LA UNIVERSIDAD


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 211

La vida universitaria es un mundo ajeno sin apenas roces con el mundo real y verdadero. Se parece a la vida eclesiástica de los enclaustrados, en la que sólo importa lo que sucede dentro de la reclusión universitaria y entre los rijosos frailes, sus rencillas, sus venganzas, sus seducciones, sus abominaciones, pero con la diferencia de que el claustro universitario está persuadido de que puede cambiar el mundo. En parte es cierto, porque de allí han salido todos los movimientos totalitarios europeos. A finales del siglo XIX se forjaron los movimientos antisemitas, fascistas y nazis. En el siglo xx los movimientos comunistas, nacionalistas y maoístas. Encerrados en su burbuja artificial, profesores y estudiantes creen tener una grandiosa importancia social. En realidad, si tuvieran que pagar lo que en verdad cuestan sus estudios a la sociedad trabajadora, comprenderían el engaño en el que viven. Por parte del profesorado es aún peor, porque un personal contratado, se supone, por su valía intelectual (aunque el sistema de elección está corrompido) se encuentra en un callejón sin salida con un sueldo de miseria y un peso social inexistente, así que la mayor parte del profesorado se derrumba hacia la lucha política, ya que si gana alguno de sus disparatados principios a lo mejor cambia su condición, aunque, de no ser así, por lo menos se ha entretenido unos años a costa del contribuyente. La vida universitaria, que tuvo sentido como sustento intelectual del siglo XIX mientras se construyó el poder burgués, es ahora un lodazal, excepto para las almas bellas.


ECFRASIS


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 117

Terminada la terapia libresca, me dejaba caer por la iglesia de Saint-Sulpice, en la plaza del mismo nombre, para mirar durante un buen rato los frescos de Delacroix, casi testamentarios, ya que murió a los dos años de terminarlos. Aéreos, sublimes, luminosos, aunque era mi favorito el de la lucha de Jacob contra el ángel, escena misteriosa que ningún comentarista de la Biblia ha sabido explicar, pues en ella el humano se enfrenta a un ángel (que bien pudiera ser el mismísimo Y ah ve) y casi le vence. Delacroix lo imagina como una escena al aire libre y bien iluminada (yo siempre lo había pensado como lucha entre la niebla, porque dice el Génesis que el encuentro comenzó al alba) y los luchadores trabados en un abrazo estático, detenido en un sin tiempo de exaltadora ligereza, como si no hicieran esfuerzo alguno ni el ángel ni Jacob, quizás porque este último había conocido del mejor modo posible a los ángeles cuando uno de ellos (¿el mismo de ahora?) detuvo la mano de su padre armada con un cuchillo de degüello y, según la estampa de Rembrandt, el cuchillo quedó flotando en el aire, estancado en otra parálisis temporal. Lo tremendo de aquella lucha es que el ángel no vence a Jacob, sino que, desesperado por la duración del combate, le descoyunta el anca (así dice el texto del Oso) y como ni aún con eso ceja Jacob, el ángel le informa de que ya nunca más se llamará Jacob, sino Israel, pero cuando Jacob le pregunta al ángel cuál es su nombre, éste no responde, sino que se disuelve en el aire. Ahora bien, la palabra «Israel» significa en hebreo «luchó con Dios”, y quedó Jacob cojo, así que decía muy ufano a sus huestes que había visto el rostro de Dios y luchado con él. Delacroix da cuenta de todo ello.


INCIPIT. 1.131. TERCER ACTO / FELIX DE AZUA


UNAS PALABRAS PARA EL POSIBLE LECTOR

Aun cuando ésta es la cuarta y última parte de una falsa autobiografia, sigue siendo tan falsa corno las otras o incluso más si cabe. En ningún momento, ni ahora ni antes, he querido escribir un relato de mi vida, si acaso tuviera yo una, sino más bien dar cuenta del mundo tal y corno lo he conocido. Corno decían los antiguos sobre los pintores de paisajes, lo interesante no es representar lo que uno ve sino la conciencia que en uno produce lo que ve. Tener conciencia de un mundo o de una parte del mismo es todo lo que podernos llevarnos a la tumba, y ésa es la tarea de la literatura.

Al igual que las tres partes anteriores, esta cuarta es totalmente libre, quiero decir que se puede leer, como cada una de sus antecesoras, sin contar con la existencia de las otras  tres. En la última parte trato de repasar algunos finales de comedia que nos atañen a todos y al protagonista en particular. A todos nos llega el final de la comedia y, como quiso Beethoven, cuando llega lo más adecuado es aplaudir. Me  gustaría que este libro fuera un aplauso al caer el telón tras el tercer acto.

Corno es lógico, nada de lo que aquí aparece es real o verdadero en el sentido legal o científico. Por pura honestidad debo adelantar que tampoco los personajes de esta novela creen que haya nada real, aparte de las sentencias judiciales y las matemáticas.


INCIPIT 1.132. EL AMANECER PODRIDO / LM SANTOS, J BENET


Prefacio

l. Entre los papeles inéditos de Luis Martín-Santos y de Juan Benet figura un nutrido grupo de relatos breves, ya reunidos por ambos autores bajo el título El amanecer podrido. Escritos a máquina, y con numerosas correcciones a mano, no están fechados -aunque sabemos que fueron redactados entre I948 y I951-y por ende no se conoce hoy con precisión el momento exacto ni el orden en que fueron escritos, aunque se publicaron dos de ellos, uno por cada autor, en 1950, un momento crucial en sus vidas.

Podemos ver aquí los curiosos preludios de un par de escritores en ciernes. Son «pruebas de escritura» hechas paralelamente, y fueron corregidas varias veces por ellos. Resulta significativo de su confianza mutua, y de su valor testimonial, el hecho de que sus familias tengan cada una copia de estos documentos desde hace seis décadas.

Uno de los originales se conserva en un archivador color magenta que contiene cuartillas u holandesas insertas en camisas separadas y mecanografiadas todas, salvo algunas líneas. El título que figura en el lomo, Más apólogos, apenas tiene que ver con el volumen Apólogos y otras prosas inéditas, de Martín-Santos, impreso por Seix Barral únicamente en I970 y dividido en fábulas más bien breves, artículos y ensayos.


LA NOCHE DEL SABADO


El amanecer podrido, J Benet, p.288

Pero lo importante era la noche del sábado. No creo que la noche del viernes de hoy sea comparable a la noche del sábado de entonces aunque sólo sea porque la semana inglesa ha duplicado, cuando menos, el número de días para hacer excesos. Entonces sólo había uno a la semana y había que aprovecharlo en su totalidad y para todo: para el alcohol, para las conversaciones literarias, para el sexo, para los amigos, para bailar, para visitar lugares poco recomendables, en fin para gastar la asignación semanal y llenar el domingo con un descanso bien ganado. Cuando tal asignación daba para ello nos tomábamos unas chuletas de cordero en Casa Pedro, La Tienda de los Vinos, Hylogui, las únicas casas de comidas -ni siquiera restaurants- de cierta decencia que estaban al alcance de nuestros bolsillos; incluso en alguna ocasión -y más que nada por no disolvernos- llegamos a cenar en El figón de Santiago, un   comedor social donde se servía rancho en platos de aluminio y los cubiertos -tan sólo repasados por la servilleta del mozo a cada nuevo asiento- se hallaban unidos por una cadenilla a una argolla fija a la cara inferior de la mesa corrida; todo un salón cuyo propietario no había introducido el menor cambio desde los tiempos de La busca.


DE LIBROS


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 115

La obsesión por los libros, más que la lectura misma, ha sido el gran consuelo de mi vida a todo lo largo del segundo acto, que comenzaba en ese momento sin que yo lo sospechara. He estado atado a los libros y les he dedicado la mayor parte de mi tiempo, los he comprado, tomado en préstamo, robado, coleccionado e incluso escrito, buscado por todos los países y en todas las librerías, nuevas, de ocasión, de lance, de anticuario, cualquier cosa con hojas impresas. Ya en la edad tardía llegué a acumular hasta doce mil libros en una de mis últimas casas, libros de los que hoy sólo quedan unos tres mil. ¡Cuántas horas he podido dejar resbalar entre los dedos mirando, hojeando, oliendo libros en todas las estanterías imaginables, grandes, pequeñas, mezquinas, lujosas, limpias, sucias! Era exactamente el mismo fervor que ponen los creyentes cuando van a la iglesia y no sólo los días de precepto, sino cualquier día en busca de silencio, serenidad y consuelo en el interior oscuro, acompañados por la voz muda de la eternidad. También yo buscaba serenidad y consuelo en los libros, y nunca he tenido el corazón tan alegre como en las inmensas, las señoriales, las ilimitadas librerías del viejo Oxford, mimando hoja a hoja libritos, libracos, libros normales, encuadernados, en rústica, en cartoné, de bolsillo, daba igual, porque en todos y en cada uno de ellos podía encontrarse lo que andaba buscando con desesperación desde que perdí la infancia, a saber, el secreto de la vida y de la muerte, un enigma escondido entre las páginas librescas de importancia decisiva  para llegar a entender nuestra absurda naturaleza mortal y la razón insondable por la que no éramos dioses a pesar de haberlos inventado. Allí estaba la frase, esperando en cualquiera de aquellos libros, el escrito a mí dedicado desde los más lejanos siglos. Abría los ensayos de Francis Bacon, puro dibujo de florete, los poemas de Gilgamesh escritos a mazazos, las páginas ardientes y dolorosas de Faulkner, los lejanos efluvios romanos escritos en un campamento nórdico por un emperador Marco Aurelio mordido por el frío, el desprecio y el cáncer, en cualquiera de ellos podía estar el párrafo que me daría, por fin, la clave de mi vida y sobre todo de mi muerte.


JUNGER


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 105

Jünger era menudo de cuerpo, con un cabello blanco cortado a lo militar, iba forrado en un chándal deportivo de algodón gris y tenía el ágil cuerpo de un atleta circense octogenario. Era dificil imaginarlo cuando en la primera guerra mundial se convirtió en un  héroe de leyenda, con acciones militares inverosímiles y atravesado más de doce veces por la metralla enemiga. Un breve foco de luz llamaba la atención, en una de las mesillas, sobre un rizado hierro que le había sido extraído del cráneo y que nos señaló con una sonrisa, pero sin más comentario. Jünger fue el único soldado condecorado con la máxima orden alemana, la medalla pour le mérite, insignia que databa de la Prusia del siglo xvm, razón por la cual llevaba leyenda francesa, y estaba reservada para los altos oficiales en actos de extrema valentía. Ésa era la más importante, pero también tenía todas las restantes insignias al mérito.

Yo trataba de ver en él no sólo al escritor de prosa más olímpica desde Goethe, sino sobre todo al ciudadano que se enfrentó a Hitler y no fue inmediatamente aplastado porque el dictador le tenía miedo. El hombre que se negó a declarar ante el tribunal americano de la desnazificación porque aquel juicio era propio de ignorantes vengativos, ya que todos los alemanes sabían que había pertenecido al grupo que trató de asesinar al dictador. Era, además, el padre que vio morir a su hijo en el frente ruso porque Hitler lo envió a primera línea de fuego con ese fin. También era el artista que había escrito el más fascinante texto sobre la segunda guerra mundial, el diario de la ocupación de París, en el cual se despachaba con ferocidad contra los franceses colaboracionístas y antisemitas. Era el intelectual que presagió el nazismo en novelas de alta fantasía como Acantilados de mármol, el inventor de la figura del Gran Emboscado en la utopía de Eumeswill, el hombre perfectamente vulgar que ejerce de camarero, pero lleva siempre un maletín lleno de dinamita, personaje que tanto nos había influido a ]osean y a mí sin la menor consecuencia porque jamás llevamos maletín alguno, ni cartucho de dinamita ninguno.


INCIPIT 1.130. MADRID / ANDRES TRAPIELLO


PRÓLOGO

MADRID es una ciudad estrepitosa y bizarra (por decirlo con dos italianismos) y, si se le pilla el punto, fascinante. No hace falta haber nacido en Madrid, ni vivir aquí, para darse cuenta. Claro que si dijera lo contrario tampoco se molestaría nadie, porque la mayoría de los madrileños que yo he conocido no son narcisistas, y las madrileñas menos aún; presumidos, quizás algo más que en otras partes, pero narcisistas no me lo han parecido. Además, casi nadie es de Madrid, y cuando te encuentras con alguien que nació en la famosa «Villa del oso y el madroño» tampoco te cobra una perra por ello: «haber nacido en Madrid no da derecho a nada” y “en Madrid todo es de todos». Lo primero lo dijo Giménez Caballero, que escribió un libro que se titula Madrid nuestro, y lo segundo, Tomás Borrás, uno de los personajes de La tertulia del Café de Pombo. A menudo oímos: “No sé cómo podéis vivir en Madrid». Y llevan razón. Yo tampoco me lo explico. Pero si puedo, nunca me iré de esta casa ni de este barrio; cada día los encuentra uno, cómo decirlo, más cercanos, sin que por ello vea que se lo estemos quitando a nadie. Esta ciudad nos sienta a todos como ropa de niño pobre, “Corta y larga». Lo que tiene de urbe lo tiene también de “Campesino y lugareño», como se encargan de recordar una vez al año los rebaños de merinas que atraviesan la cañada que pasa por la Puerta de Alcalá. “Huele a tomillo y espliego», decía Meléndez Valdés, y Madrid (pueblo grande y revuelto, decía también Galdós) es más rumboso que rico, y más de viejo que de nuevo. Para los que nos gusta lo nuevo tanto como lo viejo, es una ventaja, aunque sin salir de España hay lo menos media docena de ciudades que la superan en todo o en parte, y saliendo, muchas más.

Alguien quería saber el nombre que les dan algunos aborígenes a los que han ido a trabajar a Cataluña o al País Vasco desde otras regiones españolas: charnegos, maquetas ... ¿Y en Madrid a los que aquí nos hemos aclimatado? Madrileños


INCIPIT 1.129. GENTE NORMAL / SALLY ROONEY


Marianne abre la puerta cuando Connell llama al timbre. Va todavía con el uniforme del instituto, pero se ha quitado el suéter, así que lleva solo la blusa y la falda, sin zapatos, solo las medias.

Ah, hola, dice él.

Pasa.

Marianne da la vuelta y echa a andar por el pasillo. Él cierra la puerta y la sigue. Bajan los escalones que dan a la cocina; la madre de Connell, Lorraine, se está quitando un par de guantes de goma. Marianne se sienta de un brinco en la encimera y coge un tarro abierto de crema de cacao, en el que había dejado clavada una cucharilla.

Marianne me estaba contando que hoy os han dado los resultados de los exámenes de prueba, dice Lorraíne.

Nos han dado los de lengua, dice él. Vienen por separado. ¿Quieres ir tirando?

Lorraine dobla los guantes de goma con cuidado y los vuelve a guardar debajo del fregadero. Luego comíenza a quitarse las horquillas del pelo. A Connell le parece que eso es algo que podría hacer en el coche.

Y me han dicho que te ha ido muy bien, dice Lorraine.

El primero de la clase, apunta Marianne.

Sí, dice Connell. A Marianne también le ha ido bastante bien. ¿Nos vamos ya?

Lorraine hace un alto en el desanudado del delantal.

No sabía yo que tuviéramos prisa.


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