Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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K.

Klaus Wagenbach, Franz Kafka: una biografía. p. 11
[...] en octubre de 1909, contra la ejecución del fundador de la Escuela Libre, el catalán Francesc Ferrer i Guardia. Esa fue la primera conferencia a la que asistió Kafka, que había pertenecido durante el bachillerato a la asociación Escuela Libre:

Solía sentarse solo; nadie le conocía, no era más que un oyente silencioso y atento, con un vaso de cerveza delante, que apenas tocaba. A la salida de la sala se recogían donativos, como era costumbre por entonces: en favor de los prisioneros políticos, de los mineros huelguistas del norte de Bohemia, o para cubrir los gastos. Cada uno contribuía según sus posibilidades; la mayoría entregaba calderilla; las monedas de más valor eran cosa rara. Pero el invitado entregó con toda discreción una moneda de cinco coronas ... Kafka también participó en la agitada asamblea que la policía disolvió en la sala Uvelké Prahy [La gran Praga), donde Borek dio una conferencia contra la ejecución del anarquista Liabeuf en París. Era difícil pasar por alto a una persona como Kafka, que superaba en más de un palmo de estatura al común de los mortales, y él tampoco se esforzó en pasar desapercibido: se quedó quieto de pie en medio de la batalla entre la policía y los manifestantes. Y como no obedeció la orden de disolverse en nombre de la ley, lo condujeron a la comisaría más cercana. La policía no fue demasiado severa: una multa de un florín o un día de arresto, de conformidad con las normas. Kafka, que sin duda llegaba cada mañana puntual al trabajo, no se quedó a pasar la noche allí: pagó la multa y se fue.

LA MUERTE DE K

De El mal de Montano de Vila-Matas, p.260
Llegas a ese modesto edificio, al 187 de Hauptstrasse de Kierling, un pequeño pueblo cerca de Klosterneuburg. En él, el3 de junio de 1924, murió Kafka cuando el lugar era el sanatorio del doctor Hoffman. Ahora es una casa de viviendas y has llegado fácilmente a ella gracias a que hallaste la dirección exacta en Danubio, el lugar está bastante igual a como en ese libro lo describe Magris tras su visita allá por los años ochenta. La habitación de Kafka daba al jardín, en la primera planta. Era un cuarto muy adornado con flores. En esa primera planta, en el espacio exacto en el que murió Kafka, una vieja dama muy amable te deja pasar a su vivienda para que veas desde el balcón el jardín de abajo. La señora va vestida con una especie de camisón blanco recamado de marfil, casi parece que se hubiera vestido para recibirte. En el jardín ahora hay una barraca de madera llena de carretillas y hoces. Desde su mecedora, Katka contemplaba ese jardín, fue el último jardín que vio. Ladra el perro de una casa vecina, intentas imaginar este paisaje en invierno, con el cielo gris de hielo y manchas de nieve. Estás algo impresionado, estás en el lugar exacto donde Kafka se despidió de la vida. Según cómo mires, puedes ver lo que veía él al final de sus días. “Veía, escribe Magris, aquel verde que se le escapaba, o sea el florecer, la estación, la linfa que en cambio el papel le absorbía del cuerpo, desecándolo en una sensación de pura e imponente aridez.”
-¿Tomará el té conmigo, señor Walser? -te propone la amable señora.
Le dices que por supuesto y que estás encantado de su hospitalidad. Aquí murió Kafka, piensas. Y piensas que si se lo dijeras a la señora, te diría que también piensa morirse ella ahí. Y recuerdas otra frase de Magris sobre esta habitación: Aquí hemos muerto realmente Todos, como en las sacras representaciones medievales.

Cuando te sirve el té, le preguntas si ha leído a Kafka.

DAVID DOSTER WALLACE, VILA-MATAS Y K; Y LA STATSI

Seguimo scon la línea K, esa marca que nos dice que noimporta abrir las pueras porque ya estamos dentro. Hay he encontrado un texto el El País que me ha dado más pistas.
Es un artículo de opinión de Santiago Roncagliolo titulado Refinamiento del verdugo:
"
Hoy, el búnker de Berlín-Hohenschönhausen es conocido mundialmente por La vida de los otros, el último gran éxito del cine alemán. Pero durante cuarenta años, nadie supo de su existencia. Su posición no figuraba en los mapas, ni su nombre en las listas de edificios oficiales. [...]
Berlín-Hohenschönhausen estaba dedicada exclusivamente a presos de conciencia. [...]
Tras la caída del Muro de Berlín, el edificio fue convertido en un museo, y muchos de sus antiguos prisioneros hoy guían a los visitantes. Uno de ellos es un ex hippy que se pasó un año y medio encerrado por tener un grupo de rock.[...]
Entre los instrumentos de tortura que se exhiben al visitante en este pabellón destacan tres: el primero, una habitación hermética donde encerraban al prisionero con unos diez centímetros de agua cubriendo el suelo. [...] El último sistema no es tan fácil de comprender a simple vista: se trata de una puerta abierta en un muro, pero la puerta no da a ninguna parte. El guía explica que la celda es el muro. El prisionero era emparedado en un espacio de 1,5 por 0,4 metros. Ése era el más eficiente.[...]
Significativamente, la tortura más extrema y última parada de la visita es el cuarto oscuro. Encerrado ahí, el preso no sabía si era de día o de noche, y las paredes estaban acolchadas para que ni siquiera pudiese darse cabezazos contra las paredes. No sólo estaba privado de un lugar y de un nombre, sino que ni siquiera era capaz de distinguir el día de la noche, y la cordura de la demencia. En esa habitación, donde se diluían las últimas certidumbres de los hombres, la prisión alcanzaba el punto más alto de burocratización de la crueldad.
Veramente K

DAVID DOSTER WALLACE, VILA-MATAS Y K

DAVID DOSTER WALLACE, VILA-MATAS Y K
Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no “pillen” el humor de K sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de las misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de K: que la horrible pugna por establecer un 2yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “pillen” a K. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre…y se abre hacia fuera: que durante todo este tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.
Hablemos de langostas, de David Foster Wallace, p.86

-No pienso abrirles ni loco –les dije.
-¿por qué? –preguntaron, cada vez más muertos de miedo.
Decidí hablarles con el estilo de un predicador.
-Porque el mundo es grande y en él hay sólo una puerta cerrada y todas las demás están abiertas, con toda la gente fuera. Y porque hay una idea general, por parte de todos, de lo que se podría ver si la única puerta cerrada se abriera. Pero lo que todos creen que se podría ver, nunca es realmente lo que se ve su se abre la puerta.
Silencio.
-No les abriré –repetí.
Por la mirilla, sigilosamente, comprobé que les había hecho un favor. Se oyeron de repente, al ver que no les abría, sus suspiros de profundo alivio. Casi parecía que lloraran de alegría y de tranquilidad recuperada. Se quedaron un rato allí, sin la menor intención de dar un paso más, y menos aún de pedir que les dejar entrar. Era como si supieran que su salvación estaba en el abismo, pero que no era nada urgente que cruzaran el bendito umbral.
Materia oscura, en: Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas, p. 110

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