Prólogo
Explicaciones
No tengo que ir demasiado lejos
de casa para descubrirlo. Solo he de dirigirme a la frontera entre el Eixample
y el barrio popular de Sants, al edificio de la calle Tarragona, números 84 al
90. Allí el portero automático es una frontera distópica en la que se confunden
las eras de una civilización. Aquí hay una batalla silenciosa. En el frente,
según el último comunicado de guerra, se enquista la batalla que destruye la
identidad de Barcelona. La ganan quienes la han transformado en mercancía. La
pregunta es incómoda, pero es obligada: ¿es democrática una ciudad donde no
pueden vivir quienes han nacido en ella?
Para llamar al piso, un código.
Ni una llave necesitas. Contrasta su modernidad digital con la portería de los
días del desarrollismo de posguerra y los punzones en el marco de la puerta para
que no se caguen las palomas. Una antigua vecina explica que algunos conserjes
se prejubilaron, al mayor lo despidieron y ahora la propiedad ha externalizado
el servicio. Me siento en el banco de una parada de autobús, frente al
edificio. A media mañana, ventanas abiertas de par en par. No es por el calor.
Son nubes de polvo. Cuando acaben con un bloque de pisos, seguirán con otro que
ahora tiene la puerta tapiada. Cada cinco minutos el tipo del carrito amarillo
vacía sacos y más sacos de baldosas rotas en el contenedor de residuos de la
construcción. Obras por todo el bloque para reconvertir lo que eran pisos de
alquiler, cada vez menos, en pisos de alquiler de temporada, aprovechando una
rendija administrativa.

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