Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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NAPOLES


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 311

Bruno Arpaia muestra un desconsolado pesimismo al hablar de Nápoles. Según él solo una pequeña parte de los habitantes de la ciudad trabajan en algo confesable, y a esos, el resto los tolera con desagrado. Los trabajadores legales son el elemento extraño. Los demás aportan una masa de labores oscuras, esfuerzos sin forma definida, pero organizada minuciosamente. Son los dueños de la ciudad, generadores de anticuerpos que los libran de los extraños. Nápoles, según él, está condenada a muerte. Asegura que, cada vez que vuelve, se refuerza en esa idea. Es verdad que, desde la última vez que la visité, han rehabilitado bastantes edificios, incluidos unos cuantos interiores de palacios e iglesias. Pero, mientras charlamos, caminamos entre montañas de basuras, cajas, papeles, suciedad. Lo turbio encuentra en Nápoles un humus favorable que lo hace crecer sin control. La violencia es cada vez más ecuménica y afecta a los propios napolitanos más atrevidos. Los noctámbulos dejan sus monederos antes de salir de casa, se despojan de sus joyas, relojes y teléfonos móviles. Las nuevas generaciones de delincuentes ya no se conforman con robarte. Quieren hacerte daño, me explica Bruno. Y añade: la marea de la violencia ha crecido imparable durante los últimos años, sin que lo impida ninguna medida de prevención, ocupa descarada los espacios públicos. En ese sentido, Nápoles ha empeorado. Pero tampoco puede decirse que ha mejorado la higiene de la ciudad, que, por lo demás, siempre ha sido ínfima. Me cuenta que su padre era geómetra y que él, con catorce o quince años, lo acompañaba a medir los patios del Barrio de los Españoles, o de Spaccanapoli, y que fue así como empezó a descubrir ese Nápoles de habitaciones en las que vivían catorce o quince personas, microviviendas que, en el mejor de los casos, contaban con un retrete que era solo un agujero metido en alguno de los armarios de la cocina. La ducha, por supuesto, ni se conocía.


INCIPIT 936. DENKBILDER / WALTER BENJAMIN


NÁPOLES
Hace algunos años, un clérigo era conducido en un carro a través de las calles de Nápoles acusado de abuso moral. Se lo seguía en medio de maldiciones. En una esquina, apareció un cortejo nupcial. El clérigo se levanta, hace el signo de la bendición y todo lo que va detrás del carro cae de rodillas. En esta ciudad, la tendencia del catolicismo a restablecerse a partir de cualquier situación es tan incondicional que, si desapareciera de la superficie de la tierra, tal vez el último lugar no sería Roma sino Nápoles.
En ninguna parte este pueblo puede vivir con tanta tranquilidad su profusa barbarie, nacida del corazón mismo de la gran ciudad, como en el seno de la Iglesia. Necesita del catolicismo porque junto con él se extiende una leyenda, el aniversario de un mártir, por encima de sus excesos, legalizándolos incluso. Aquí nació Alfonso de Ligorio, el Santo, quien flexibilizó la práctica de la Iglesia Católica para atender con pericia las artes de la delincuencia y la prostitución, controlando estas artes con penitencias más severas o más indulgentes en la confesión, sobre la cual escribió un tratado en tres tomos. Sólo la Iglesia, no la policía es capaz de hacer frente a la  autonomía de la delincuencia, la camorra.

MOTORINOS

De A propósito de Majorana, p. 216
La ciudad de Nápoles tiene más de cuatro millones de habitantes, la mayor parte de los cuales se desplaza en motorino por sus calles como si de las arterias de un enorme hormiguero se tratase, y creo no exagerar si digo que en nuestro camino hacia el castillo de Sant'Elmo nos cruzamos al menos con la mitad. No existe ningún tipo de regla que regule el tráfico en ese sitio como no sean los gestos que los conductores intercambian mirándose a los ojos para intentar interpretar las espontáneas intenciones del otro y oponer la máxima resistencia a las mismas, hasta el punto en que se ven superados por la evidencia de que el espacio que quieren ocupar ya ha sido conquistado, lo cual conduce a una serie de insultos y bocinazos que al instante siguiente se desdibujan en ese torrente imparable que mezcla máquinas y humanos sin ningún concierto. Y sin embargo, y según la escala desde la que se mire, puede llegar a hallarse una cierta armonía en todo aquello, una cierta cadencia casi musical que no deja de exhibir su propia forma de belleza: más allá de los elementos aislados, parece como si existiese una comunión de nivel superior que los involucra a todos y los funde. Y no sólo de motorinos se compone esta jungla; los coches y los taxis ejercen la misma anarquía a la hora de desplazarse. Los primeros minutos de conducción fueron francamente intimidantes, como si se tratara de un jueguito electrónico en el que de cualquier parte podía surgir un obstáculo y hubiera que estar muy atento para ir sorteándolos. Poco a poco, sin embargo, mi cerebro fue comprendiendo que debía dejar de intentar procesar los datos, que era mucho más provechoso dejarse llevar por el instinto, ese que nos permite aprovechar todos los resquicios y reaccionar antes de que el otro lo haga para ganar el par de centímetros que hacen falta para conquistar el cruce de una bocacalle. Cuando se alcanza la confianza necesaria, el disfrute que semejante grado de improvisación depara se adueña de los reflejos de uno, y entonces el paseo se convierte en una mezcla de danza ritual y de ejercicio de lucha que hace aflorar lo más primario de cada uno.

NAPOLITANOS

De A propósito de Majorana, p. 241
Un pequeño altercado llamó mi atención. Un parroquiano con alguna copa de más al parecer había importunado de algún modo a una dama y otro más caballeresco lo había invitado a retirarse. ¿Qué costumbre era aquella que ·tan bien conocía yo de pasarse las horas en una barra, apaleando la conciencia hasta que nos dejase tranquilos, hasta que nos permitiera volver a ser niños por un rato, espíritus sin cuerpo que no sienten el peso de las responsabilidades ni el paso del tiempo? ¿A qué respondía esa necesidad tan antigua? El hecho es que ahí estábamos cumpliendo con el ritual, y sintiendo los dientes ya reblandecidos pensé en los espíritus del gringo Ross, y concluí que se trataba de una de las bromas de la vida, de esas de las que tanto le gusta gastar: mientras ellos querían un cuerpo para poder emborracharlo, los que teníamos uno nos dedicábamos a intoxicarlo hasta olvidamos de su existencia, hasta convertirnos en almas libres que revolotean por el espacio en un tiempo infinito. Era evidente que no formábamos parte de una raza facil de contentar. Al cabo de un momento el gringo se dejó caer en su silla con dos nuevos vasos en las 

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