Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.500.AUTOBIOGRAFIA DE PAPEL / FELIX DE AZUA


PRÓLOGO

En una cinta menos memorable de lo que se pregona, un célebre personaje de ficción musitaba mirando al abismo que él había visto arder sistemas solares más allá de Sirio, tempestades de fuego en estrellas extinguidas, chocar galaxias en el vacío infinito y otras grandezas semejantes. No voy a compararme con este prodigio cibernético, pero es cierto que yo he conocido un mundo literario tan desaparecido como la Atlántida. A lo cual se puede añadir «y me congratulo», o bien «lo deploro». Pero ni lo uno ni lo otro.

Los cambios en ese ámbito estratosférico que suele llamarse «cultura» y donde, a medida que se extinguían las viejas actividades cultas, han ido entrando cada vez más sorprendentes actividades


LA NOVELA,2


Autobiografía de papel, Félix de Azúa, p. 95

La gente de mi generación aún tuvo la suerte de aprender con maestros, a la manera de los antiguos artesanos que entraban en los talleres (pagando) para observar cómo trabajaban los expertos. Mío y de mis amigos fue Benet maestro consciente, voluntarioso y gratuito. Peor que gratuito: le desvalijábamos el bar y la cocina cada vez que nos reuníamos en su casa, en confusa mezcla de hijos, discípulos e invitados de alcurnia a veces con esposas. Ejercía de maestro con plena conciencia y gran teatralidad. Nos llamaba siempre por el apellido y nunca mostró la menor debilidad, sentimentalismo o cobardía. Destruyó una por una, con argumentos implacables y retórica ciceroniana, todas nuestras novelas, menos la primera de Marías.

Nos enseñó cosas esenciales para un novelista adolescente. No sólo con qué gesticulación se debe preparar la primera bebida de la noche, cómo se cuenta una misma historia diez o doce veces sin que parezca la misma, cuáles son los ridículos imperdonables en cualquier escritor español y quién los comete con mayor frecuencia, qué libros hay que evitar como si fueran la lepra, cuál es la carretera con menos socavones de la provincia de Madrid, cómo actúa un revisor de la Renfe al abrir el camarín a las cinco de la madrugada, cuál era el único novelista aceptable de la Francia contemporánea y por qué tampoco había que leerlo, en fin, cuestiones fundamentales, porque la enseñanza verdadera, como en los talleres medievales, no es la materia misma del arte ( eso se aprende mirando con atención una y otra vez) sino el modo de ser, la vestimenta, el trato social, la música favorita, el comportamiento, la actitud moral del artista, vaya. La enseñanza principal de un maestro ha de ser tanto moral como física, porque la relación del artista con su obra es, además de moral, una relación indudablemente física.


LA MERCANCIA


Autobiografía de papel, Félix de Azúa, p. 74

Las novelas, como las enciclopedias antes de internet y como los libros de texto negociados con los gobiernos, son la rica base nutricia del mundo del libro, sus mercancías más populares. Todos creemos saber lo que es una mercancía, sin embargo el concepto ha variado de tal manera desde los tiempos de Marx que debe aclararse alguna de sus oscuridades.

Para la economía clásica una mercancía es un producto del trabajo, generalmente en forma de objeto con valor de uso y que, producido para el intercambio, encuentra un precio final en el mercado. Su ampliación, a partir de Marx, incluía, dentro del conjunto de mercancías, la fuerza de trabajo y otros entes inmateriales. En la actualidad es mercancía prácticamente todo. Quiero decir que yo soy una mercancía, es más, soy varias mercancías: mi hígado, mi corazón, mis riñones tienen precio y son bienes mercantiles de los que hay incluso redes de contrabando. También lo es el semen de los donantes que luego fertilizará a las mujeres con problemas de concepción y seguramente podríamos decir, sin levantar ampollas, que una criatura engendrada in vitro es una mercancía industrial.


LEOPOLDO MARIA PANERO


Autobiografía de papel, Félix de Azúa, p. 36

De hecho había comenzado también el romanticismo hippie y el mediocre Jack Kerouac provocaba espasmos: todo el mundo quería vivir on the road. En esa opción extrema sólo Leopoldo Panero llegó a consumirse hasta acabar encerrado de por vida en un manicomio. Aún ahora (y lo conocí mucho y durante muchos años) no sabría decir si fue la testarudez voluntariosa de la poesía lo que le llevó a la locura verdadera, o si ya estaba todo decidido de antemano. Panero es un caso extraordinario de cómo un joven autodidacta en aquella sociedad desértica podía, sin embargo, llegar a leerlo todo, Lacan, Deleuze, Pound, claro, pero también Frances Yates, Nostradamus (uno de sus favoritos) o Agrippa d'Aubigné. O sea, todo.

Panero ha sido el más acabado ejemplo de cómo algunas de las teorías más avanzadas de la época podían convertirse en trampas mortales para quienes ya venían inclinados a la autodestrucción desde la cuna. Bataille, Blanchot, Barthes, Foucault habían puesto en claro el valor de las voces externas a la sociedad: los locos, los enfermos, los parricidas, los marginados, los salvajes y los excéntricos. Fue entonces cuando se reivindicó de tal modo a los locos como ciudadanos de peculiar valía que en algunos hospitales italianos, allí donde tenía predicamento un orate llamado Battaglia, los soltaron y no volvieron a encerrarlos hasta que el índice de criminalidad dio un salto vertiginoso. La voz de los salvajes, de los primitivos, de los locos, un invento de la Sezession alemana y de los surrealistas, llegó a su paroxismo en estas fechas y comenzó su declive cuando Althusser, uno de sus defensores desde el marxismo-lacanísmo, asesinó a su mujer a martillazos, Deleuze se mató tirándose por la ventana y Foucault murió de sida jurando que era un invento del Pentágono para oprimir a los homosexuales.


INCIPIT 1.306. SALIDAS DE TONO / FELIX DE AZUA


AVISO AL LECTOR

Comienzo a escribir la entrada para esta colección de artículos en un lluvioso día de enero de 1996. Faltan dos meses para las elecciones generales y todos los pronósticos indican que con ellas va a concluir el período de hegemonía socialista iniciado en 1982. Según parece, va a tomar el control del Estado otro partido que representa a una España mucho más tradicional, más próxima a la España barroca, inquisidora y milagrera de los Austrias que a la paleoilustrada de los Borbones. Un Estado, dicho sea de paso, que la España tradicional siempre ha considerado como su finca de recreo, negocio y esparcimiento, excepto durante esta década de poder socialista. Y ni siquiera ...

Pero las elecciones traen resultados a veces sorprendentes, imprevisibles, inauditos. Por eso me alegro de escribir este Aviso sin conocer a ciencia cierta lo que va a suceder dentro de dos meses. Tengo para mí, sin embargo, que aunque de nuevo ganara las elecciones el Partido Socialista, el mandato de mi generación ha concluido. Nuestra oportunidad de pavonearnos sobre el escenario, a la manera de los célebres borrachos de Shakespeare, ya se ha  consumado. Como todos los que se pavonearon antes que nosotros sobre el gran teatro del mundo, en algún momento creímos poder cambiar el argumento de la obra, pero ahora ya sabemos que «envejecer, morir, es el único argumento de la obra». Y no es mal argumento.


GODARD


Salidas de tono, Félix de Azúa, p. 191

Como a tantos otros, tampoco a mí me ha escandalizado la audacia de los prelados católicos que han tildado de «sacrílega » la última película de Godard. ¡Ojalá fuera sacrílega! Lo cierto es que Godard es un pelmazo de muchísimo cuidado desde hace un montón de años y que sigue agarrado a la cámara como otros derelictos se agarran a la frasca de aguardiente. De haber osado una película verdaderamente sacrílega y obscena, es posible que hubiera salido del túnel impotente en el que se consume como suizo y como cineasta, y como cineasta suizo.

Ahora bien, la falta de respeto de los católico-islámicos hacia la pornografía es algo lamentable. ¡Mira que confundir a ese hoy scout inflado de libros de bolsillo con un autor sacrílego! El sacrilegio es algo de dificilísima obtención; no todo el mundo está capacitado para renovar el género. Sacrílegos, lo que se dice sacrílegos, en los últimos documentos años han sido escasísimos: Voltaire, Nietzsche, Dostoievski, Buñuel... cuatro gatos. Para poder construir un sacrilegio de altura, un sacrilegio que no sea como una blasfemia de autobús, hay que ser teólogo y el pobre Godard no conoce ni el primer capítulo de la Teodicea.

Pero la clientela de Wojtila tampoco. El único sacrilegio real de los últimos años han sido los disparos de Ali Agca, cuya monumental estupidez ha acabado por deslucir el teocidio. Ese turco de aspecto prehistórico le pegó de tiros al representante de Jesucristo, a su Vicario en la tierra, el Administrador del Redentor. Sin embargo, los católicos no han dejado de mirarle y oírle; y lo que todavía es más significativo, el propio Wojtila acudió a comprobar de cerca la complexión antropoide del sacrílego y cuchicheó con él durante un buen rato; lo que no ha hecho, ni hará, con Godard. ¿Por qué puede permitirse la contemplación inocente de ese pornógrafo televisivo que dice ser Jesucristo, pero no se permite la visión de una película francesa? Porque Ali Agca SÓLO atentó contra un cuerpo vivo, en tanto que Godard se ha atrevido a utilizar imágenes y símbolos que son propiedad privada del inconsciente colectivo católico, cuya policía del símbolo es de las más crueles que han existido jamás.


MUSICA EN LA TV


Salidas de tono, Félix de Azúa, p.148

Con esta larga explicación intento justificar la siguiente petición al señor Calviño: ¿podría usted respetar los fondos musicales de las películas extranjeras? Porque, como habrán advertido los aficionados, TVE no sólo dobla la palabra, sino también la música de las películas, con lo que todas las películas grabadas en los vídeos españoles no sirven pero absolutamente para nada. Son como reproducciones en blanco y negro de las pinturas de Rembrandt.

Es comprensible el doblaje porque hay que dar de comer a los jefes de doblaje y a sus locutores (la otra excusa, la de que los españoles somos más imbéciles que los franceses, ingleses, etc., y no entendemos los subtítulos, es demasiado humillante para ser tomada en serio), y eso puede justificar que trituren la labor de los actores, pero ¿es realmente imprescindible cambiar, como hace usted, la banda musical? La incuria de TVE es tan sólida que uno se siente ingenuo pidiendo algo que a los poderosos debe de parecerles una chifladura. Pero crea usted que ver El idiota de Kurosawa con el conocido tema de «Morena, la de los ojos oscuros» es algo muy duro. También lo es ver Caminando con un zombie con fondo de Mahler, o Carta a una desconocida con la inevitable reverie cuando los dedos del pianista iban por otro lado como gusanos locos. Bien es verdad que luego se veía una banda de música militar y lo que sonaba era una orquesta sinfónica. La imaginación de sus técnicos es desbordada, descomunal. Que no elimine usted la música de los telefilmes me parece mal porque es abyecta, pero que se la quite, en cambio, a las películas que forman el conjunto más interesante y entretenido de la cultura euroamericana, es un acto de barbarie. Cualquier cineasta, si le queda alguno, le explicará hasta qué punto la imagen y el sonido son indisociables en las películas no directamente imbéciles. Quizás, por su cargo, sólo utiliza usted el ojo y no el oído, en cuyo caso este artículo es de una inutilidad abrumadora, pero imagine que su próximo discurso pasara por TVE con el fondo de «Yo soy la falsa monea». Bueno, pues eso hace usted con los discursos ajenos.


INCIPIT 1.230. OVEJAS NEGRAS / FELIX DE AZUA


Según recuerdo, comencé a escribir con una cierta seriedad, quiero decir, sabiendo lo que me hacía, cuando cumplí los doce años de edad. Lo sé porque ese año concluí mi primera novela y pasé a cuarto de bachillerato, en donde dábamos latín, mi asignatura favorita aunque yo era de ciencias. Uno de mis personajes hablaba como Tácito, en frases cortas y contundentes, sin saber yo entonces que «tácito», el adjetivo, venía de ahí.

Quienes empezamos tan temprano se dice que lo hacemos para amurallarnos, aunque sea imaginariamente, en un mundo más ordenado que el que habitamos de verdad. Algo de eso hubo, pero sería más exacto decir que traté de habitar un mundo más desordenado y sin embargo más grato. En mi infancia, no es difícil de adivinar, dominaba el frío. Mucho frío. Un frío de orfanato.

Desde entonces raro es el día en que no tecleo dos o tres horas como quien improvisa preludios, dejándome llevar por esa segunda voz que todos los escritores compulsivos llevamos dentro y que no coincide ni mucho menos con la nuestra, quiero decir, con la que oyen aquellos que viven en nuestra cercanía.


ARTE MODERNO


Ovejas negras, Félix de Azúa, p. 111

Dada la importancia de la artista, en la Bienal de necia antes mencionada, Ostojic presentó una segunda pieza titulada I'll be your Angel. Una vez afeitada ( o no; eso sólo lo sabe Szeemann), le siguió como su sombra durante cuatro días allí adonde fuera, «poniendo en crisis la dicotomía comisario/artista». Aquello fue, afirma Milevska, una «deconstrucción de la política cultural y de género» que dejará huella indeleble, sobre todo en Szeemann, «un hombre de setenta y pico de años, simpático, casado y aún atractivo». El texto de Milevska reivindica con elegancia el intercambio sexual no alienado, entre ancianos y jovencitas, y denuncia «los rituales marido/mujer/amante» siempre reducidos al ámbito alienante del chisme.

No acaba ahí la intensidad crítica de la artista servia. Subvencionada por Christian Lacroix, la muchacha iba primorosamente vestida (notable cambio estructural de su estilo) y sonreía sin descanso «como denuncia de la hipocresía de los famosos», y (aspecto sacrificial) «bajo el despiadado sol mediterráneo». Como conclusión, Milevska afirma que el pubis rapado de Ostojic es «el mejor instrumento para viviseccionar las complejas relaciones entre las esferas de lo privado y lo público, la jerarquía y la marginación, la subjetividad y la mercantilización». Nunca algo tan minimal ha conseguido un efecto tan maximal.

No obstante, un grupo de feministas radicales está preparando un proyecto para que en la próxima Bienal se repita la performance, pero esta vez realizada por una mujer de la misma edad que Szeemann. Quieren poner de manifiesto que no sólo los ancianos (atractivos) tienen derecho al arte y al sexo con jovencitas. Las ancianas se han sentido agraviadas.


LAWRENCE DURREL


Ovejas negras, Félix de Azúa, p. 53

Así que te vas desesperando hasta que das con un pueblecito en donde parece no haber cultura alguna que echarse a la boca. ¡ Vaya suerte! Un apaño de tres líneas en la Guide Bleue para que no se enfaden los indígenas. Diminuto, destartalado, sucio, estupendo. A la orilla del río han dispuesto unas sillas de plástico en donde sorben filosóficamente su Pernod los lugareños. Sopla una brisa fresca, pides un Pernod, estás feliz: ¡por fin un lugar sin el menor interés cultural!

¡Maldición! En la mesa contigua oyes hablar en inglés. Allí adonde llega el turista anglosajón, allí hay cultura. Nunca falla. Te levantas airado y en cuanto tuerces un callejón te das de narices con el «Espace Lawrence Durrell». ¡Dios mío!, es cierto, aquí acabó sus días, en la desolación y el alcoholismo, otro infeliz escritor ... Su antigua casa es ahora un bloque de apartamentos, absolutamente nadie en Sommieres lo lee, pero algún dinero se le podrá sacar incluso a un tipo como éste, tan cultural, de modo que: «Espace Lawrence Durrell.»

Los pintores, escritores, arquitectos y músicos que en el pasado justificaron sus horrendas vidas con una obra que fue la alegría del universo, están viviendo una segunda explotación perfectamente independiente de su obra. No es necesario leerlos, verlos, escucharlos. Basta con que sean «cultura», aunque nadie tenga la menor idea de lo que significa esta palabra en una sociedad analfabeta. Ahora que su obra ya no le importa a nadie, precisamente ahora, están dejando una herencia millonaria en todos los pueblos de Francia. Por fin sirven para algo.


TANJA OSTOJIC


Ovejas negras, Félix de Azúa, p. 109

En julio de 2001, Tanja Ostojic se depiló el triángulo púbico y le dio la forma de un cuadrado. La decisión de Tanja podría parecer un capricho privado, pero tuvo lugar en la Bienal de Venecia y fue una de las obras artísticas más valoradas por el comisario Harald Szeemann. Bien es verdad que sólo Szeemann pudo ejercer semejante juicio sobre la obra, ya que la depilación tuvo lugar en su presencia. Nadie más pudo contemplar la acción llamada Black Square on White. Quizá podría haberse titulado Black Square on Pink, pero nunca sabremos si el título se adecua a la pieza, del mismo modo que nadie sabrá nunca cómo pudo Szeemann tomar la decisión de incluir la obra en la Bienal, sin antes haberla visto.

Aunque para Ostojic su acción es una denuncia del Cuadrado Negro de Malevitch, algunos teóricos afirman que para llevar la obra a su perfección habría que haber utilizado otra parte de la anatomía humana, quizá la zona anal de un varón muy hirsuto, por ejemplo. El valor simbólico transgresor del culo es muy superior al del Monte de Venus, cuyo nombre ya lo dice todo.

No es la primera vez que Ostojic utiliza una materia artística tan efímera. En 1998 se la podía ver en el ascensor del Museo de Historia de Luxemburgo, desnuda y rapada de arriba abajo. Los usuarios del ascensor subían y bajaban acompañados por la escultura humana «Ostojic». La obra, titulada Personal Space, se incluyó en la «Manifesta 2» de la ciudad, y tampoco en este caso hemos podido averiguar si el comisariado la juzgó aceptable tras haberla estudiado apreciativamente. Con ser interesante, lo mejor de la producción de Ostojic no es el objeto artístico material (posiblemente mejorable), sino los comentarios que suscita entre los teóricos. En un artículo de Suzana Milevska (NU. vol. III, n.º 5, 2001. The Nordic Art Review) se relaciona Personal Space con una crítica al régimen de Milosevic, ya que el dictador impedía cualquier «espacio personal», incluso en los ascensores. También permitía una reflexión sobre la mirada, dado que los usuarios que miraban a la chica, eran, a su vez, mirados por otros usuarios y por la chica, lo cual suele ocurrir en los ascensores pero más intensamente cuando los utiliza una chica desnuda. Además, usuarios y chica se convertían en un grupo viviente ( del que Luxemburgo pagaba sólo una parte mínima) con el consiguiente «reexamen de las dicotomías establecidas». Según la experta, en esta obra es evidente la influencia de A!thusser


LA CULTURA OLALA


Ovejas negras, Félix de Azúa, p. 51

En cuanto cruzas la frontera, comienza el calvario. Ya en Céret, villa de siete mil habitantes próxima a Perpignan, ves el primer cartelito: «Céret, ville d'art moderne. » ¿No pueden anunciar otra cosa? En la Guide Bleue dice que allí «l'on danse la fameuse sardane» y que hay corridas de toros. ¿No podrían ofrecer sardana y toros, o ensaladas de atún? No: el ayuntamiento de Céret sabe que lo que realmente da dinero es la cultura. La cultura es como el cerdo, no tiene desperdicio.

Querías ver el Pont du Gard porque admiras al arquitecto Agripa, que era cuñado del emperador Augusto cuando los cuñados todavía podían hacer algo de provecho, hace dos mil años. No obstante, es muy difícil que lo veas. Tienes que aparcar ( 4 €) en una inmensa playa a sol de plomo con otros dos mil automóviles y luego recorrer cientos de metros flanqueados por galerías comerciales, cafés latinos, museos romanos, espectáculos de Asterix, hasta llegar a la imponente mole de cincuenta metros de altura y tres pisos de arcadas, absolutamente tomada por turistas culturales como tú. Imposible emocionarse ante  la grandeza de los ingenieros romanos que levantaron este prodigio en cinco años, cuando hoy (y usando hormigón armado) tardarías diez. Familias devorando carnernbert, niños escupiéndose pipas de sandía, ciclistas agresivos, montañas de mochilas, la madre de todas las mochilas. Y tú, lamentable con tu Suetonio sudado.

Esquivas entonces lo monumental y decides perderte en el agujero negro de Francia, en Fontaine-de-Vaucluse, apartado de todo circuito oficial y en donde nace el manantial más misterioso de la geografía francesa. Los espeleólogos han bajado ya a trescientos metros de profundidad en esta gruta verde esmeralda de donde brota un océano de agua helada, y aún es un enigma. Por desgracia, aquí estuvo Petrarca con su péñola y su inspiración, de modo que hay media docena de restaurantes llamados «Las Rimas gastronómicas» o «Laura Bonita» o «El  cancionero de la pizza», un museo ecológico del agua, un molino de papel con visita pedagógica, y así sucesivamente. Miles de turistas culturales que jamás han leído a Petrarca comen bocadillos de salchichón «italiano» y compran muñequitos que figuran a Petrarca haciendo el sesenta y nueve con Laura.

No hay lugar en Francia que no se haya infectado de cultura. No hay pueblecito o aldea que no dedique su calle a René Char, o anuncie la casa donde Cocteau pasó un fin de semana acompañado por su peluquero, que no se ufane de su museo y su mediateca.


DE LA UNIVERSIDAD


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 211

La vida universitaria es un mundo ajeno sin apenas roces con el mundo real y verdadero. Se parece a la vida eclesiástica de los enclaustrados, en la que sólo importa lo que sucede dentro de la reclusión universitaria y entre los rijosos frailes, sus rencillas, sus venganzas, sus seducciones, sus abominaciones, pero con la diferencia de que el claustro universitario está persuadido de que puede cambiar el mundo. En parte es cierto, porque de allí han salido todos los movimientos totalitarios europeos. A finales del siglo XIX se forjaron los movimientos antisemitas, fascistas y nazis. En el siglo xx los movimientos comunistas, nacionalistas y maoístas. Encerrados en su burbuja artificial, profesores y estudiantes creen tener una grandiosa importancia social. En realidad, si tuvieran que pagar lo que en verdad cuestan sus estudios a la sociedad trabajadora, comprenderían el engaño en el que viven. Por parte del profesorado es aún peor, porque un personal contratado, se supone, por su valía intelectual (aunque el sistema de elección está corrompido) se encuentra en un callejón sin salida con un sueldo de miseria y un peso social inexistente, así que la mayor parte del profesorado se derrumba hacia la lucha política, ya que si gana alguno de sus disparatados principios a lo mejor cambia su condición, aunque, de no ser así, por lo menos se ha entretenido unos años a costa del contribuyente. La vida universitaria, que tuvo sentido como sustento intelectual del siglo XIX mientras se construyó el poder burgués, es ahora un lodazal, excepto para las almas bellas.


ECFRASIS


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 117

Terminada la terapia libresca, me dejaba caer por la iglesia de Saint-Sulpice, en la plaza del mismo nombre, para mirar durante un buen rato los frescos de Delacroix, casi testamentarios, ya que murió a los dos años de terminarlos. Aéreos, sublimes, luminosos, aunque era mi favorito el de la lucha de Jacob contra el ángel, escena misteriosa que ningún comentarista de la Biblia ha sabido explicar, pues en ella el humano se enfrenta a un ángel (que bien pudiera ser el mismísimo Y ah ve) y casi le vence. Delacroix lo imagina como una escena al aire libre y bien iluminada (yo siempre lo había pensado como lucha entre la niebla, porque dice el Génesis que el encuentro comenzó al alba) y los luchadores trabados en un abrazo estático, detenido en un sin tiempo de exaltadora ligereza, como si no hicieran esfuerzo alguno ni el ángel ni Jacob, quizás porque este último había conocido del mejor modo posible a los ángeles cuando uno de ellos (¿el mismo de ahora?) detuvo la mano de su padre armada con un cuchillo de degüello y, según la estampa de Rembrandt, el cuchillo quedó flotando en el aire, estancado en otra parálisis temporal. Lo tremendo de aquella lucha es que el ángel no vence a Jacob, sino que, desesperado por la duración del combate, le descoyunta el anca (así dice el texto del Oso) y como ni aún con eso ceja Jacob, el ángel le informa de que ya nunca más se llamará Jacob, sino Israel, pero cuando Jacob le pregunta al ángel cuál es su nombre, éste no responde, sino que se disuelve en el aire. Ahora bien, la palabra «Israel» significa en hebreo «luchó con Dios”, y quedó Jacob cojo, así que decía muy ufano a sus huestes que había visto el rostro de Dios y luchado con él. Delacroix da cuenta de todo ello.


INCIPIT. 1.131. TERCER ACTO / FELIX DE AZUA


UNAS PALABRAS PARA EL POSIBLE LECTOR

Aun cuando ésta es la cuarta y última parte de una falsa autobiografia, sigue siendo tan falsa corno las otras o incluso más si cabe. En ningún momento, ni ahora ni antes, he querido escribir un relato de mi vida, si acaso tuviera yo una, sino más bien dar cuenta del mundo tal y corno lo he conocido. Corno decían los antiguos sobre los pintores de paisajes, lo interesante no es representar lo que uno ve sino la conciencia que en uno produce lo que ve. Tener conciencia de un mundo o de una parte del mismo es todo lo que podernos llevarnos a la tumba, y ésa es la tarea de la literatura.

Al igual que las tres partes anteriores, esta cuarta es totalmente libre, quiero decir que se puede leer, como cada una de sus antecesoras, sin contar con la existencia de las otras  tres. En la última parte trato de repasar algunos finales de comedia que nos atañen a todos y al protagonista en particular. A todos nos llega el final de la comedia y, como quiso Beethoven, cuando llega lo más adecuado es aplaudir. Me  gustaría que este libro fuera un aplauso al caer el telón tras el tercer acto.

Corno es lógico, nada de lo que aquí aparece es real o verdadero en el sentido legal o científico. Por pura honestidad debo adelantar que tampoco los personajes de esta novela creen que haya nada real, aparte de las sentencias judiciales y las matemáticas.


DE LIBROS


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 115

La obsesión por los libros, más que la lectura misma, ha sido el gran consuelo de mi vida a todo lo largo del segundo acto, que comenzaba en ese momento sin que yo lo sospechara. He estado atado a los libros y les he dedicado la mayor parte de mi tiempo, los he comprado, tomado en préstamo, robado, coleccionado e incluso escrito, buscado por todos los países y en todas las librerías, nuevas, de ocasión, de lance, de anticuario, cualquier cosa con hojas impresas. Ya en la edad tardía llegué a acumular hasta doce mil libros en una de mis últimas casas, libros de los que hoy sólo quedan unos tres mil. ¡Cuántas horas he podido dejar resbalar entre los dedos mirando, hojeando, oliendo libros en todas las estanterías imaginables, grandes, pequeñas, mezquinas, lujosas, limpias, sucias! Era exactamente el mismo fervor que ponen los creyentes cuando van a la iglesia y no sólo los días de precepto, sino cualquier día en busca de silencio, serenidad y consuelo en el interior oscuro, acompañados por la voz muda de la eternidad. También yo buscaba serenidad y consuelo en los libros, y nunca he tenido el corazón tan alegre como en las inmensas, las señoriales, las ilimitadas librerías del viejo Oxford, mimando hoja a hoja libritos, libracos, libros normales, encuadernados, en rústica, en cartoné, de bolsillo, daba igual, porque en todos y en cada uno de ellos podía encontrarse lo que andaba buscando con desesperación desde que perdí la infancia, a saber, el secreto de la vida y de la muerte, un enigma escondido entre las páginas librescas de importancia decisiva  para llegar a entender nuestra absurda naturaleza mortal y la razón insondable por la que no éramos dioses a pesar de haberlos inventado. Allí estaba la frase, esperando en cualquiera de aquellos libros, el escrito a mí dedicado desde los más lejanos siglos. Abría los ensayos de Francis Bacon, puro dibujo de florete, los poemas de Gilgamesh escritos a mazazos, las páginas ardientes y dolorosas de Faulkner, los lejanos efluvios romanos escritos en un campamento nórdico por un emperador Marco Aurelio mordido por el frío, el desprecio y el cáncer, en cualquiera de ellos podía estar el párrafo que me daría, por fin, la clave de mi vida y sobre todo de mi muerte.


JUNGER


Tercer acto, Félix de Azúa, p. 105

Jünger era menudo de cuerpo, con un cabello blanco cortado a lo militar, iba forrado en un chándal deportivo de algodón gris y tenía el ágil cuerpo de un atleta circense octogenario. Era dificil imaginarlo cuando en la primera guerra mundial se convirtió en un  héroe de leyenda, con acciones militares inverosímiles y atravesado más de doce veces por la metralla enemiga. Un breve foco de luz llamaba la atención, en una de las mesillas, sobre un rizado hierro que le había sido extraído del cráneo y que nos señaló con una sonrisa, pero sin más comentario. Jünger fue el único soldado condecorado con la máxima orden alemana, la medalla pour le mérite, insignia que databa de la Prusia del siglo xvm, razón por la cual llevaba leyenda francesa, y estaba reservada para los altos oficiales en actos de extrema valentía. Ésa era la más importante, pero también tenía todas las restantes insignias al mérito.

Yo trataba de ver en él no sólo al escritor de prosa más olímpica desde Goethe, sino sobre todo al ciudadano que se enfrentó a Hitler y no fue inmediatamente aplastado porque el dictador le tenía miedo. El hombre que se negó a declarar ante el tribunal americano de la desnazificación porque aquel juicio era propio de ignorantes vengativos, ya que todos los alemanes sabían que había pertenecido al grupo que trató de asesinar al dictador. Era, además, el padre que vio morir a su hijo en el frente ruso porque Hitler lo envió a primera línea de fuego con ese fin. También era el artista que había escrito el más fascinante texto sobre la segunda guerra mundial, el diario de la ocupación de París, en el cual se despachaba con ferocidad contra los franceses colaboracionístas y antisemitas. Era el intelectual que presagió el nazismo en novelas de alta fantasía como Acantilados de mármol, el inventor de la figura del Gran Emboscado en la utopía de Eumeswill, el hombre perfectamente vulgar que ejerce de camarero, pero lleva siempre un maletín lleno de dinamita, personaje que tanto nos había influido a ]osean y a mí sin la menor consecuencia porque jamás llevamos maletín alguno, ni cartucho de dinamita ninguno.


Algunas consideraciones sobre la actual caída libre

Félix de Azúa en El estado Mental, octubre 2014
Entre los años ochenta del siglo pasado y el comienzo del siguiente se dio en España un crecimiento acelerado, acompañado de ambiciosas reformas democráticas, que causó una impresión indiscutible de salida del agujero franquista. Era engañoso. Ha bastado una crisis financiera, neutralizada en otros países con escasas pérdidas, para desnudarnos y devolver las cosas a donde estaban antes de la muerte de Franco.
Nadie sabe cuánto se ha detraído de las clases medias a favor de las cajas de ahorro y la administración del Estado, pero ha sido lo suficiente como para pauperizar severamente a la población hasta situarla, como en el franquismo, en dos grupos: aquellos que se encuentran próximos al poder y los abandonados a su suerte. Todo este inmenso sacrificio, además, no ha comportado ni siquiera que sus causantes hayan tenido que pagar por ello. La mayoría de los culpables siguen gozando de sus sueldos y privilegios en partidos, sindicatos y demás instituciones del aparato del Estado, como si nada hubiera pasado.
Lo cual, como es de ley, sólo facilitará que vuelva a producirse otro expolio en breve plazo. En algún caso aislado la justicia está actuando profesionalmente, pero en la mayoría se esfuerza por encubrir a unos y otros. No ha faltado, en la izquierda, quien ha intentado ocultar su temeraria ineptitud echando la culpa a un fantasmal poder financiero similar al que Podemos agita como origen de todos los males terrestres. Es como envolverse en la bandera.

El segundo gran desastre tiene su origen en la reforma trivializadora de la educación en España, iniciada por los socialistas, pero secundada por la derecha con verdadero entusiasmo. Gracias a ello han ido desapareciendo los mecanismos que permitían a los más jóvenes usar herramientas críticas personales para defenderse de las mentiras del poder y del contrapoder. Ahora sólo cuentan con los útiles informativos para masas, los cuales dirigen a su inmensa clientela siempre en el sentido del menor esfuerzo intelectual, la simplificación y el maniqueísmo. El colectivismo y el gregarismo han ganado terreno.

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