Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.203. EL HOMBRE EN EL CASTILLO / PK DICK


Durante toda una semana el señor R. Childan había examinado ansiosamente el correo, esperando encontrar el valioso envío de los Estados de las Montañas Rocosas. Cuando abrió la tienda el viernes por la mañana y vío que en el suelo sólo había cartas pensó que iba a tener dificultades con el cliente.

Se sirvió una taza de té instantáneo del aparato automático de la pared, y enseguida se puso a barrer con una escoba. Artesanías Americanas, S. A. quedó pronto preparada para recibir a los clientes del día, limpia y reluciente, con abundante cambio en la caja registradora, un florero lleno de caléndulas nuevas, y música de fondo en la radio. Afuera, en la calle Montgomery, los hombres de negocios corrían a las oficinas. Lejos, pasaba un coche funicular. Childan se detuvo a mirarlo, complacido. Mujeres con largos vestidos de seda de color ... Sonó el teléfono y Childan se volvió hacia el aparato.

-Sí -dijo una voz familiar, y Childan sintió que se le encogía el corazón-. Habla el señor Tagomi. ¿Mi cartel de reclutamiento para la guerra civil no llegó todavía, señor? Recuerde, por favor, que me hizo usted una promesa la semana pasada. -La voz encocorada y rápida, era apenas cortés, a punto de traspasar los límites del código.- ¿No dejé un depósito, señor Childan, con esa condición? Se trata de un regalo, como usted sabe. Ya se lo expliqué. Un clierite.

-He hecho largas averiguaciones a mis expensas, señor Tagomi -dijo Childan-, acerca de esa mercadería, pero usted sabe que no se imprimió en esta región, y por lo tanto ...


H


Trilogía de Copenhaguen,. p. 216

No estará usted prometida, ¿verdad?, me pregunta llevándose una mano al corazón. No, contesto. Gracias a Dios, suspira aliviada como si acabase de superar algún peligro. ¡Hombres! Yo he estado casada, querida. Me molía a palos cuando bebía y encima me tocaba mantenerlo. Esas cosas no pasan en Alemania, Hitler no lo permitiría. A la gente que no quiere trabajar la  mandan a un campo de concentración.  […] Estoy helada, aunque llevo el abrigo puesto, y no puedo concentrarme y escribir porque los gritos de Hitler atraviesan las paredes y retumban como si él estuviese aquí, pegadito a mí. Su discurso es amenazador y vociferante, y me llena de terror. Habla de Austria, y yo me abotono el abrigo hasta el cuello y se me encogen los dedos de los pies. Unos Heil! rítmicos lo interrumpen sin cesar y no hay rincón en el cuarto donde me pueda ocultar. Cuando termina el discurso, la señora Suhr entra en mi cuarto con los ojos brillantes y las mejillas encendidas de puro éxtasis. ¿Lo ha oído?, grita embelesada, ¿ha entendido lo que ha dicho? No hace falta entenderlo.Se te mete por los poros como un baño de vapor. Me he bebido cada una de sus palabras. ¿Le apetece una tacita de café? Declino su ofrecimiento con mucha educación, aunque llevo todo el día sin probar bocado. Lo declino porque me niego a sentarme bajo el retrato de Hitler. Tengo la impresión de que si lo hago, me descubrirá y hallará la manera de aplastarme. Lo que yo hago es entartete Kunst, y aún recuerdo lo que dijo el señor Krogh de la intelligentsia alemana. Al día siguiente, yo empiezo a trabajar en los despachos de la Oficina de Cambios y Hitler invade Austria.


MUERTE EN PAZ


Trilogía de Copenhaguen, p. 210

¿Le ponemos la última?, dice hablando más bien consigo mismo mientras saca la jeringa. Sí, suplica mi madre, es terrible verla sufrir así. Sí, sí. Le da un pinchazo en la pierna, esquelética, y al instante se relajan todos los músculos. Caen los párpados y la enferma se sume en el sueño  entre ronquidos. Gracias, le dice mi madre al médico, y lo acompaña sin reparar en su camisón arrugado. Luego nos quedamos juntas al pie de este lecho de muerte y a ninguna de las dos se nos ocurre ir a despertar a mi padre. La tía Rosalia es nuestra, en su vida solo es un personaje secundario. Ya de madrugada, mi tía deja de roncar y mi madre acerca el oído a sus labios para comprobar si respira. Se acabó, anuncia, gracias a Dios ya descansa en paz. Vuelve a sentarse en la silla y me lanza una mirada desvalida. Me da una pena terrible y siento que debería acariciarla y darle un beso, algo completamente imposible. Ni siquiera puedo llorar delante de ella, por más que sé que algún día irá por ahí diciendo que ni siquiera lloré cuando se murió mi tía. Lo exhibirá como prueba de mi insensibilidad, tal vez dentro de no mucho, cuando me vaya de casa. No le he hablado de mis planes. Estamos las dos muy juntas, pero hay kilómetros de distancia que separan nuestras manos. Y justo ahora, dice, que iba a disfrutar de la vida. Sí, admito yo, pero ya no sufre más. A pesar de que es muy tarde, mi madre hace café y lo tomamos en mi cuarto. Mañana tendré que ir a contárselo a la tía Agnete, dice mi madre. Solo ha venido a verla tres veces en todo el tiempo que ha estado aquí. Cuando mi madre empieza a indignarse por el comportamiento de los demás, por el momento está a salvo de caer en la desesperación. Habla de todas las veces que la tía Agnete les ha fallado a la hora de la verdad, incluso cuando eran niñas. Siempre iba con el cuento de lo que hacían sus dos hermanas y siempre tenía que ser un poco mejor que ellas. Yo la dejo hablar y no necesito intervenir demasiado. Me apena muchísimo la muerte de la tía Rosalia, pero no tanto como me habría apenado de haber tenido lugar cuando era una niña. Esa noche, a pesar del barullo de Bing y Bang, duermo con la ventana abierta, esperando que el hedor pútrido y asfixiante abandone la casa poco a poco. La muerte no es un dulce adormecerse, como creí un día. Es brutal, asquerosa y maloliente.


K


Cuentos completos, Piglia, p 277

La historia de las relaciones entre Kafka y Max Brod es conocida: en el momento de morir, Kafka le ordena a su amigo que queme todos sus manuscritos, es decir, que destruya El castillo, El proceso, etc., como si nunca hubieran sido escritos. Gesto ambiguo, habría que decir que ese mandato es el último gran relato kafkiano. Max Brod se ve sumergido en el mismo sentimiento de culpa y de postergación típico en los textos que debe destruir. Está obligado a elegir: ¿traiciona a su amigo o traicionar a la literatura? Fidelidad contradictoria, doble ley que lo sitúa -como vemos- en el espacio clásico de Kafka. Sin embargo no es aventurado pensar que la gran duda (y en esto también tiene algo de razón Kostia), la gran tentación de Max Brod no fue publicar los textos o quemarlos. En el juego de esta doble obediencia puedo pensar que la respuesta del enigma estaba en la orden misma: si Kafka hubiera deseado realmente destruir sus manuscritos, él mismo los habría quemado. Tampoco es aventurado pensar que otra duda asedió en algún momento a Max Brod. La duda fue (debió de ser) esta: «Nadie -salvo yo, salvo Kafka que ha muerto- conoce la existencia de estos escritos. Entonces: ¿publicarlos con el nombre de Kafka o firmarlos y hacerlos aparecer como míos? Estos textos ya no son de nadie: no son de su autor, que no los quiso. No son de nadie.” ¿La inmortalidad, la fama o el simple papel de albacea, del suave y humilde ayudante que dedica su vida a la mayor gloria de un escritor entrañable pero desconocido? Reverso de Eróstrato (que fascinó a Kafka), la elección de Max Brod lo ennoblece pero a la vez -por una extraña paradoja, otra vez, típica de Kafka- lo aniquila. ¿No hubiera complacido mejor (¿no podemos pensar que eso deseaba?) al genio distante y perverso de Franz Kafka un Max Brod que usurpa la fama del difunto y que en el momento de morir revela a alguien (a otro albacea servicial, a otro Max Brod) la propiedad secreta de esos textos?


ENTENDER A LAS MUJERES

Cuentos completos, Piglia, p. 151

Quienes entendían a las mujeres escribían libros muy elegantes: Flaubert, Henry James. Quienes no las entendían escribían libros caóticos: Melville, Malcolm Lowry. Había que hacer una teoría sobre esa relación. Kerouac había escrito su confesión en una noche y Pavese su libro a lo largo de treinta años, pero la cuestión era la misma. Connolly: un verano en Londres. Todo era una cuestión de intensidad. De metamorfosis.

Los libros escritos por amor a una mujer, durante el amor o después del amor. Se podría hacer una cartografía. Los que no pueden separarse de una mujer (F. Scott Fitzgerald) y escriben sobre ella. Los que se separan de todas las mujeres (Kafka) y no escriben sobre ellas en absoluto. Los que son abandonados (Pavese) y le escriben a ella. Transformaciones de Beatrice.

Entender a las mujeres. Pavese era incapaz. Pero había sospechado algo. Renzi recordó una observación muy sagaz en el principio mismo de El oficio de vivir y la leyó ahora en el Manuscrito, en la vitrina.

«2/0ctubre/1936. Estoy desolado por haber descuidado siempre hasta ahora las formas, las maneras, por no haberme hecho un estilo de comportamiento. ¿Por qué las mujeres en general tienen mejores maneras que los hombres? Porque deben esperarlo todo de su efecto formal, mientras los hombres lo esperan todo del contenido de sus actos. Hay que volverse más mujer.»

Si se hubiera vuelto más mujer se habría salvado. Buscaba la forma en la vida. Así se entiende el título del Diario (y su fracaso). Solo había aprendido a escribir.


CESARE PAVESE


Cuentos completos, Piglia, p. 144

Esa misma tarde una amiga de Pavese, Bona, lo encontró por casualidad en la via Po. Estaban en plena feria de agosto, la ciudad vacía, como ahora. Con la mirada ardiente, Pavese   caminaba a grandes pasos y parecía afiebrado. Bona tuvo que seguirlo hasta el cercano café Florio. Estaba enamorado de una actriz norteamericana y ella lo había abandonado. No podía dejar de pensar en esa mujer. La veía en todos lados. Pavese le dijo que estaba en Turín de incógnito, que quería descansar, nadie tenía que saber que lo había visto. Estuvo firme y sosegado, implacable y exacto. Fueron luego a cenar a una cervecería a la orilla del Po. Charlaron con serenidad, de cosas sin importancia. De pronto, mirando el agua oscura del río, observó que no le habría gustado ahogarse. «Mejor el veneno”, dijo. Se separaron hacia medianoche.

Luego, presumiblemente, Pavese había estado rondando la ciudad vacía hasta que al fin había vuelto a subir al hotel tarde en la noche. El recepcionista lo había visto entrar y Pavese le había pedido que no lo molestaran. La luz estuvo encendida toda la noche. A la madrugada del 18 de agosto, escribió la última página de su Diario.

Lo que tememos más secretamente siempre ocurre. Escribo: oh, tú, ten piedad ¿Y luego? Basta un poco de coraje. Cuanto más determinado y preciso el dolor, más se debate el imtinto de vida, y cae la idea del suicidio. Al pensar en ello, parecía fácil. Sin embargo mujeres frágiles lo han hecho. Se requiere humildad, no orgullo. Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.

El Diario terminaba ahí. Todo estaba decidido.

Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse. Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía. Busca la  fuerza para matarse. Qué hizo. Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo.


INCIPIT 1.202. YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTAIS MUERTOS / EMMANUEL CARRERE


l. BERKELEY

El16 de diciembre de 1928, en Chicago, Dorothy Kindred Dick dio a luz a una pareja de mellizos prematuros nacidos con seis semanas de antelación y muy flacuchos los dos. Los llamaron Philip y Jane. Dicen que por ignorancia, porque la madre no tenía suficiente leche para alimentarlos y porque nadie, familiar o médico, le aconsejó el uso del biberón para completar la dieta, Dorothy dejó que los bebés pasaran hambre las primeras semanas de vida. J ane murió el 26 de enero.

La enterraron en el cementerio de Fort Margan, en Colorado, de donde era originaria su familia paterna. Junto a su nombre, en la lápida, grabaron el nombre de su hermano, con la fecha de nacimiento, un guión y un espacio en blanco. Poco después los Dick partieron rumbo a California.


INCIPIT 1.201. EL REINO / EMMANUEL CARRERE


PRÓLOGO (París, 2011)

Aquella primavera participé en el guión de una serie de televisión. El argumento era el siguiente: una noche, en una pequeña población de montaña, se aparecen unos muertos. No se sabe por qué ni por qué aquellos muertos en vez de otros, Ellos mismos no saben que están muertos. Lo descubren en la mirada asustada de las personas a las que aman y que les amaban, y a cuyo lado les gustarla recuperar su sitio. No son zombies, no son fantasmas, no son vampiros. No estamos en una película fantástica, sino en la realidad. Se plantea seriamente la pregunta: ¿qué ocurriría si, supongamos, esta cosa imposible sucediese de verdad? ¿Cómo reaccionarías si al entrar en la cocina encontrases a tu hija adolescente, muerta hace tres años, preparándose un cuenco de cereales, temerosa de que le eches una bronca porque ha vuelto tarde, sin acordarse de nada de lo que pasó la noche anterior? Concretamente: ¿qué gesto harías? ¿Qué palabras pronunciarías?

No escribo textos de ficción desde hace quince años, pero sé reconocer un potencial narrativo cuando me lo proponen, y aquél era con mucho el más intenso que me hayan propuesto en mi carrera de guionista.


REDES DE MUJERES


Odiseicas, Carmen Estrada, p. 245

Virginia Woolf llama la atención en Una habitación propia sobre lo poco frecuente que es en la literatura el que se presente a dos mujeres como amigas y no solo como madres o hijas, y que se las muestre por algo distinto a su relación con los hombres.

Siguiendo la misma idea, el llamado test de Bechdel, popularizado a partir de la tira cómica de Alison Bechdel The rule en 1985, permite calificar a las películas -aunque podría aplicarse igualmente a las obras literarias de ficción- como aceptables desde el punto de vista feminista si se cumplen tres condiciones: que aparezcan al menos dos personajes femeninos, que se comuniquen entre sí y que la conversación se refiera a algo distinto a un hombre .

Si bien es cierto que en ningún episodio de la Odisea hay mujeres individualizadas que se relacionen entre sí de manera directa, más allá de los vínculos que se establecen entre ama y esclavas, y que en toda la obra las mujeres participan en función de los desplazamientos del protagonista masculino, Odiseo, sí que aparecen conexiones específicamente femeninas desde la distancia.

Una de ellas, muy interesante por su contenido y sus circunstancias, atraviesa incluso la frontera que divide a vivos y muertos. Odiseo lleva casi doce años fuera de Ítaca: diez de guerra y dos de viajes fallidos que no le permitieron regresar. No sabe nada de su familia. Las primeras noticias sobre su mujer las recibe en el Hades, donde encuentra al espíritu de su madre, Anticlea, que ha muerto durante su ausencia. Por ella sabe que Penélope continúa esperándolo en el palacio, que aún no se ha casado con nadie y que llora por él. Tras informarle sobre el resto de la familia y las circunstancias de su propia muerte, Anticlea le habla con cierto detalle de la condición de los mortales una vez que perecen, y añade: “¡Ay, hijo mío, el de más funesto destino entre los hombres! [ ... ] esta es la condición de los hombres cuando mueren. No sujetan ya carne ni huesos sus tendones, pues los consumió la fuerza del incandescente fuego en cuanto su ánimo abandonó los blancos huesos,  mientras que su espíritu anda revoloteando por aquí y por allá semejante a un sueño. Así que dirígete rápidamente hacia la luz del día para que, ya que sabes todo esto, al volver se lo cuentes también a tu mujer”. Es curioso que no pide que se lo cuente a su nieto Telémaco, el heredero, o a su marido Laertes, más próximo a la muerte a causa de su avanzada edad,· sino a su nuera, a la mujer.


COSAS DE HOMBRES


Odiseicas, Carmen Estrada, p.223

Al comienzo de su libro Mujeres y poder, Mary Beard hace referencia a una escena de la Odisea como punto de partida para desarrollar la idea de cómo las voces de las mujeres no se han dejado oír en la esfera pública. En ella, Penélope baja de las habitaciones de las mujeres al gran salón de la casa, en el que se encuentran su hijo Telémaco y los pretendientes bebiendo vino y escuchando al aedo que canta el regreso de los héroes de Troya. Ella se dirige al cantor pidiéndole que cambie de tema porque aquel le despierta la añoranza de Odiseo, que aún no ha retornado después de tantos años. A Telémaco no le gusta nada la intervención de su madre, se acerca a ella y le reprocha que se meta en esos asuntos, porque a los hombres les gustan los cantos novedosos y aquello es. Y termina diciéndole: “Regresa ahora a tus habitaciones y ocúpate de tus labores, el telar y la rueca, y ordena a las sirvientas aplicarse a la faena. De la palabra se deben ocupar los hombres, y sobre todo yo, de quien es el poder en esta casa”

Para interpretar bien la escena es necesario conocer lo que ha ocurrido inmediatamente antes. Estamos en el canto I de la Odisea. Atenea ha convencido a los dioses reunidos en asamblea de que deben facilitar el regreso de Odiseo a su casa. Ella misma, adoptando el aspecto de un antiguo huésped de Odiseo, acude a Ítaca para animar al inexperto Telémaco a asumir responsabilidades y a hacer un viaje que, con el pretexto de recabar noticias de su padre, le enseñe un poco de mundo. Entre otras cosas le dice: “Convoca mañana a los aqueos a una asamblea y dile a todos tu palabra, y que los dioses sean testigos”. Él jamás había convocado una asamblea ni hablado en público hasta ese momento pero, en cuanto Atenea se despide, en esa misma escena, es cuando se dirige a su madre y le dice que la palabra es cosa de hombres.

La expresión utilizada por Telémaco para quitar la palabra a su madre es una fórmula procedente de la tradición oral que, con distintos referentes, aparece una vez en la Ilíada y en tres ocasiones en la Odisea. En todos los casos, la pronuncia un hombre que reivindica su competencia exclusiva en una materia, una exclusividad que, de una forma u otra, ha sido previamente cuestionada por una mujer.


CARY GRANT¡¡¡¡¡¡



Yo estoy vivo , PK Dick, p. 123

Al borde de una crisis nerviosa, Phil viajó a San Rafael para ver al doctor Flibe, el cual, con aire suspicaz, le preguntó si por casualidad no había tomado esa droga alucinógena de la que tanto hablaban las revistas. Se hablaba (y esa información intrigaba particularmente al doctor) de terapias a base de LSD que los psicoanalistas más chic de Los Angeles ofrecían a sus pacientes más chic por una sesión de doscientos dólares. El actor Cary Grant había revelado al Time Magazine que desde hacía un año se sometía todas las semanas a esas sesiones, una  costumbre que había cambiado radicalmente su visión del mundo y su manera de actuar. Al enterarse, el doctor Flibe había ido a ver su última película, Charade, esperando detectar ese cambio que, de hecho, los advertidos notaban. El entusiasmo no solo se limitaba a unos cuantos locos sueltos de Hollywood, también se propagaba en los ambientes académicos más respetables: un profesor de Harvard acababa de perder su cargo por haber preconizado entre sus estudiantes el consumo intenso de esa droga. Bajo sus efectos, aseguraba haber vivido unas experiencias indescriptibles 

Dick se encogió de hombros: sí, había oído hablar de eso, había leído a Huxley, que decía más o menos lo mismo; pero nunca había tomado LSD, no era algo que fuera fácil de obtener en Point Reyes; además, su experiencia no se parecía en absoluto a la del profesor de Harvard. Quizá porque no entendía el proselitismo de este. Si hubiera visto lo que él había visto, ese rostro monstruoso en el cielo, seguramente no habría incitado a sus estudiantes a seguirlo. A menos que fuera el peor de los canallas: un siervo de Satán que arrastraba las presas hacia su amo. Pensándolo bien, puede que fuera posible. Posible, aunque espantoso: si ese Leary se prestaba a eso, Adolf Hitler era un monaguillo comparado con él...

-Tranquilo, tranquilo -dijo el doctor Flibe, a quien su paciente ponía cada vez más nervioso.

-¿Sabe lo que decía John Collier? -preguntó Phil-. El universo es un tipo que vierte cerveza en un vaso. Esto genera mucha espuma, y nuestro mundo no es más que una burbuja en medio  de esa espuma. A veces algunos, desde sus burbujas, llegan a vislumbrar la cara del tipo que vierte la cerveza, y desde ese momento ya nada es como antes para ellos. Eso es lo que me ha pasado.


EL TEMPLO DE JERUSALEN


El Reino, Carrère, p. 240

Se lo ve desde todas partes, coronado de mármol y de oro, y según la hora del día resplandeciente como el sol, cuyos rayos refleja, o parecido a una montaña cubierta de nieve. Es absolutamente gigantesco, tiene una superficie de quince hectáreas, seis veces la de la Acrópolis, y es casi flamantemente nuevo. Destruido por los babilonios en la época remota en que los judíos fueron conducidos al exilio, fue reconstruido a principios de la ocupación romana, bajo el reinado de Herodes el Grande, un megalómano riquísimo y refinado que lo convirtió en una de las maravillas del mundo helenístico. El historiador inglés Simon Sebag Montefiore, que después de dos libros apasionantes sobre Stalin escribió un compendio sobre Jerusalén a través de los siglos, asegura que cada uno de los bloques ciclópeos de los cimientos, los que actualmente forman el muro occidental y en cuyos intersticios los devotos deslizan sus plegarias escritas en pequeños papeles, pesan seiscientas toneladas. Esa cifra me parece exagerada, pero el propio Simon Sebag Montefiare cita con el mismo aplomo, entre los grandes hechos del rey de Egipto Tolomeo Filadelfo II, el que ordenó en el siglo m la traducción griega de las Escrituras judías conocida con el nombre de Biblia Septuaginta, la organización de una fiesta en honor de Dionisos en la que se podía admirar un odre gigantesco, hecho con pieles de leopardo, que contenía no menos de ochocientos mil litros de vino. La reconstrucción del Templo requirió bastante tiempo porque en vida de Jesús, treinta años antes de que Lucas pisara las explanadas, se le consideraba recién terminado. En la época de la que hablo, Lucas no conocía todavía la respuesta de Jesús a sus discípulos de provincias, que al llegar por primera vez a Jerusalén se maravillaron de tanto esplendor: “¿Admiráis esas piedras y esas grandes construcciones? No quedará piedra sobre piedra.” No conoce todavía la historia de los  mercaderes a los que Jesús expulsó del inmenso atrio donde se tratan los negocios, pero habituado como está al dulce fervor de las sinagogas, lo imagino turbado por el barullo, los empujones, el griterío, los regateos, los animales arrastrados por los cuernos en medio de un concierto de balidos angustiados mientras suenan las trompas que llaman a la oración, y a los que sangran y despedazan y exponen humeantes sobre los altares para agradar al gran dios que sin embargo ha manifestado por medio del profeta Oseas lo poco que le gustan los holocaustos; lo que le gusta es la pureza de alma, y Lucas no encuentra muy puro nada de lo que ve en el recinto del Templo.


INCIPIT 1.200. ERASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD / TARANTINO


«Llámame Marvin»

Suena el timbre del dictáfono de la mesa de Marvin Schwarz. El agente de la William Morris presiona con el dedo la palanca del aparato.

-¿Me está llamando por mi cita de las diez y media, señorita Himmelsteen?

-Sí, señor Schwarz -dice la vocecita aguda de su secretaria por el minúsculo altavoz-. El señor Dalton le está esperando fuera.

Marvin vuelve a presionar la palanquita.

-Cuando a usted le venga bien, señorita Himmelsteen.

Se abre la puerra del despacho de Marvin y la primera en entrar es su joven secretaria, la señorita Himmelsteen. Se trata de una joven de veintiún años y filosofía hippy. Lleva una minifalda blanca que deja al descubierto sus piernas largas y bronceadas, y el pelo largo y castaño recogido en unas coletas estilo Pocahontas que le cuelgan a ambos lados de la cabeza. Detrás de ella, entra el apuesto actor de cuarenta y dos años Rick Dalton, con su característico tupé castaño y reluciente.


SINTECHO


Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 181

Un cuarenta por ciento de los presos americanos tienen problemas mentales. La relación entre locura y mendicidad salta a la vista. Y de ahí a tener un problema con la policía sólo hay un paso. Si un pobre desgraciado comete tres delitos, por menores que sean, podrá verse enfrentado a la cadena perpetua. Las cárceles están llenas de seres extraviados, de mendigos perturbados, y en muchos casos personas de avanzada edad. Allí se hacen viejos, allí mueren. En la tristemente célebre cárcel de Attica hay todavía tumbas numeradas de los presos a los que nadie fue a visitar y por los que nadie rezó una oración cuando murieron.

Homeless hay en todas las ciudades, pero aquí se los ve tan perdidos, tan ajenos al ciudadano integrado, que se diría que hay un tipo de loco sin hogar propio de Manhattan. Viven ignorados por el resto de los seres humanos. Es aconsejable esquivar su mirada para no invitarlos a la cercanía. La profilaxis del nulo contacto visual es el mejor escudo de protección de los neoyorquinos. En el metro los pasajeros cambian de vagón: desprenden un olor insoportable, visten con capas de ropa amarronada por la suciedad y el tiempo; parecen mendigos de otro siglo, con los ojos enajenados de los pobres de Goya. Esa vestimenta que acumula suciedad y hedor es su casa, la llevan a cuestas en invierno y en verano. A veces se mean en el vagón, a tu lado, como si no registraran tu presencia, murmuran cosas que nadie entiende, beben restos de café que han sacado de las papeleras y duermen tumbados en los asientos.

Hay, a pesar de la precariedad extrema en la que viven y en su indefinible perturbación, algo soberano e incorruptible, una voluntad infranqueable de ser ellos mismos. Es la excentricidad que comparten con algunos ricos, tal vez poseídos por el tipo de locura que provoca esta ciudad. Richard Avedon, que retrató a los mendigos como si fueran filósofos, sabría verlo.


INDIOS


Recuerdos, sueños, pensamientos, CG Jung

El pueblo indio es extremadamente reservado e impenetrable por completo en lo que respecta a su religión. Del ejercicio de su culto hace intencionadamente un misterio. Es algo tan celosamente guardado que abandoné sin esperanzas el camino de la pregunta directa. Nunca anteriormente había notado aún tal atmósfera de misterio, pues las religiones de los actuales pueblos civilizados son todas accesibles; sus sacramentos hace ya mucho tiempo que han dejado de ser misteriosos. Pero aquí el aire estaba saturado de misterio, lo que era consciente para todos, pero inaccesible a los blancos. Esta extraña situación me recordó a Eleusis, cuyo secreto era conocido por una nación y, sin embargo, nunca fue revelado. Comprendí lo que sintió un Pausanias o Herodoto cuando escribía « ... no me está permitido citar el nombre de aquel Dios». Sin embargo, no lo sentí como un secreto insidioso, sino como un secreto vital, cuya revelación comportaba peligro tanto para el individuo como para la colectividad. El guardar el secreto da al “pueblo” orgullo y fuerza de resistencia frente al predominío del blanco. Le da unidad y firmeza y se siente como certeza que los “pueblos” existirán como colectividad independiente mientras sus misterios no sean desvelados.

Me resultó asombroso ver cómo varía la expresión del indio cuando habla de sus concepciones religiosas. En la vida corriente demuestra el indio un notable autodominio y dignidad, hasta una indiferencia casi apática. Si, por el contrario, habla de cuestiones que tienen relación con sus misterios, experimenta una súbita emoción que no puede ocultar, hecho que contribuía mucho a mi curiosidad. Tal como ya dije, tuve que abandonar por inútil el interrogatorio directo. Pero si quería saber algo esencial hacía observaciones de tanteo y me fijaba en el rostro de mi interlocutor en los para mí bien conocidos gestos emotivos. Si yo había acertado en lo esencial, el indio callaba o daba una respuesta evasiva, pero con todos los signos de una profunda emoción, con frecuencia se le saltaban las lágrimas de los ojos. Sus concepciones no son para él teoría alguna (que debería ser de naturaleza muy especial para poder provocar lágrimas), sino hechos de significado tan grande y conmovedor como las realidades externas que les corresponden.


FREUD-JUNG


Recuerdos, sueños, pensamientos, Jung, p. 181

Freud era el primer hombre realmente importante que yo conocía. Ningún otro hombre de los que entonces conocía podía equiparársele. En su actitud no había nada de trivial. Le encontré extraordinariamente inteligente, penetrante e interesante en todos los aspectos. Y pese a ello mis primeras impresiones sobre él fueron poco claras y en parte incomprendidas. Lo que me decía acerca de su teoría sexual me impresionó. Sin embargo sus palabras no lograron disipar mis dudas y reflexiones. Se las planteé más de una vez, pero siempre me objetaba mi falta de experiencia. Freud llevaba razón: entonces no poseía yo la experiencia suficiente para fundamentar mis argumentos. Vi que su teoría sexual era extraordinariamente importante para él, tanto en el sentido personal como filosófico. Ello me impresionó, pero no podía explicarme exactamente hasta qué punto esta valoración positiva dependía en él de premisas subjetivas y hasta qué punto de experiencias concluyentes.

En especial, la posición de Freud respecto al espíritu me pareció muy cuestionable. Siempre que en un hombre o en una obra de arte se manifestaba el lenguaje de la espiritualidad, le parecía sospechoso y dejaba entrever una “sexualidad reprimida”. Lo que no podía explicarse directamente como sexualidad, lo caracterizaba como “psicosexualidad”. Yo objetaba que su hipótesis, llevada a sus lógicas conclusiones, conducía a un juicio demoledor sobre la cultura. La cultura aparecía como una mera farsa, como fruto morboso de la sexualidad reprimida. “Ciertamente -concedía él-, así es. Ello es una maldición del destino contra la cual nada podemos.» Yo no estaba dispuesto en absoluto a darle la razón. Sin embargo, no me sentía maduro todavía para entablar una polémica.


BEBEDORES


Erase una vez en América, p. 64

El Salón de la Fama de los Bebedores es una cómoda taberna de ambiente nostálgico para residentes de San Gabriel, actores y músicos. Las paredes están atiborradas de recuerdos de famosos ciudadanos de Hollywood que echaron a perder sus vidas a causa de la bebida. Los cuatro pósteres de mayor tamaño, enmarcados en la parte más alta,  es decir, honorífica, pertenecen a los cuatro santos patrones del bar.

W C. Fields con su chistera gris, mirando una mano de cartas de póquer; Humphrey Bogart en una pose sexy con su gabardina y su sombrero de fieltro de ala vuelta; John Barrymore en su  época de apuesto actor de cine mudo, exhibiendo su famoso perfil, y finalmente Buster Keaton con sombrero de copa baja y chaleco negro típicos de sus días más gloriosos del cine mudo.

Otros bebedores famosos decoran la parte alta del bar, por encima de los estantes de botellas, en fotografías enmarcadas de veinte  por veinticinco, que ya se han puesto amarillentas o de color marrón. Algunas son fotos publicitarias, otras son de películas y algunas están dedicadas personalmente al bar: Lee Marvin con la camisa blanca y el chaleco negro de Liberty Balance, mostrando ante la cámara una sonrisa lasciva (dedicada por Lee al Salón de la Fama); Sam Peckinpah, con un pañuelo rojo atado a la cabeza, junto a una cámara de cine, señalando algo (dedicada por Sam al bar); el fornido Aldo Ray con camiseta de tirantes sudorosa en un fotograma de La pequeña tierra de Dios (dedicada por Aldo al barman, Maynard); una foto bastante reciente de un corpulento y mofletudo Lon Chaney Junior (dedicada por Lon al bar);   Martha “Bocaza” Raye mirando a cámara con unos ojos como platos y la boca muy abierta en una cómica foto publicitaria de los años treinta (sin dedicatoria), y Richard Burton en un fotograma de La noche de la iguana (sin dedicatoria).

En la esquina izquierda del bar, en torno a una máquina de escribir antigua, hay cuatro fotografías en marcos de pie de escritores alcohólicos famosos: F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, William Faulkner y Dorothy Parker (todas sin dedicatoria).


LA SEMILLA DEL DIABLO


Erase una vez en Hollywood. Tarantino, p. 64 

La novelita de Levin, que era más bien un relato largo, cuenta la historia de Rosemary Woodhouse (Mia Farrow), una joven recién casada con un ambicioso actor llamado Guy Woodhouse (John Cassavetes). Tras casarse, ambos se mudan al típico apartamento de Nueva York y entablan relación con una pareja de ancianos excéntricos, Minnie y Roman Castevet (Ruth Gordon y Sidney Blackmer). La pobre Rosemary ni se imagina que en realidad se trata de una pareja de satanistas en busca de un cuerpo que dé a luz al Anticristo de las antiguas profecías. Esa visión adivinatoria que tuvo Evans de que debía ser Polanski quien dirigiera aquella película pasará a la historia como una de las decisiones más inteligentes que ha tomado nunca un ejecutivo de los estudios.

Después de leer el material, Polanski solo vio un inconveniente para dirigirlo, pero era considerable. Polanski era ateo. Y, si no crees en Dios, tampoco crees en el diablo. Por supuesto, muchos directores podrían haber dicho, y dirían: “¿Qué importa eso? Solo es una película. Para dirigir King Kong no hay que creer en los monos gigantes”. Y no estarían equivocados. Pero Roman no se sentía cómodo haciendo una película que reforzara la fe en la religión, una filosofía que él rechazaba de plano. Al mismo tiempo, el cineasta era consciente de que podía ser una película excelente. Así pues, ¿cómo reconcilió sus creencias personales con el material que debía filmar? Lo que hizo fue escenificar la historia tal como estaba escrita, pero añadiéndole un cambio de perspectiva casi imperceptible.

Hasta el último momento de la película, nada confirma las siniestras sospechas de Rosemary. Polanski no muestra en ningún momento un solo indicio de algo que pueda catalogarse de sobrenatural. Todas las “pruebas” que tiene Rosemary de la siniestra conspiración que cree que se está urdiendo contra ella son anecdóticas y circunstanciales. Dado que el público siente simpatía por Rosemary, además del hecho de que está viendo una película de terror, la mayoría de los espectadores adopta, sin cuestionarla, la misma perspectiva investigadora que la protagonista.

Pero es posible que la anciana pareja que vive en el mismo rellano no sean los cabecillas de un aquelarre de siniestros satanistas, y también es posible que su marido no haya vendido su alma y la del bebé nonato al diablo, porque es igual de verosímil, y francamente más probable, que Rosemary esté sufriendo un brote psicótico provocado por su depresión posparto.


INCIPIT 1.199. LOS PAPELES DE HERRALDE


PREÁMBULO: UN YONQUI DE LA EDICIÓN

El empleo del tiempo en la editorial hasta 2017, fecha en la que cedo la dirección literaria a la gran Silvia Sesé, ha sido idéntico durante muchos años. Cuando llego por la mañana a Anagrama primero atiendo en mi despacho el correo, las incidencias de las que, durante décadas y hasta su jubilación, me informó María Cortés, y desde entonces, hace ya muchos años, Noemí Marín, ambas excelentes colaboradoras.

Después me dirijo a la mesa de Teresa Ariño, quien, desde 1989, se ocupa de la revisión de las primeras pruebas de las futuras primeras ediciones de los libros con inaudita precisión: ningún error, ninguna imperfección escapan de su despiadada mirada.

Durante los seis o siete primeros años me ocupaba, entre otras cosas y en solitario (la plantilla la formábamos una secretaria y yo), de la revisión de todos los textos con mejor o peor fortuna, pero a partir del sexto año trabajé con frecuencia en colaboración con el recién fichado Michael Faber-Kaiser, que ingresó, a media jornada, como ayudante de producción (imprentas, calidades de papel, existencias, etc.).


INCIPIT 1.198. EL CANTO DEL CISNE / KELLEIGH GREENBERG-JEPHCOTT


1974

Tema

Por primera vez en su vida las palabras se niegan a salir. Está en la cama, recostado sobre un montón de almohadones de cretona cuya asfixiante maraña de rosas de té recuerda vagamente al salón de una gran dama sureña.

En un momento u otro, todas hemos pensado que bajo su apariencia de gnomo cascarrabias se oculta una refinada matrona de Nueva Orleans martirizada por la tosquedad de la forma que la alberga.

Mira con expresión ausente la hoja de papel que tiene delante, con el pensamiento en otra parte. En fechas de entrega que no ha cumplido, en anticipos ya gastados. En el pisapapeles de Fabergé con el que acaba de hacerse en una subasta, en cómo cambia de color cuando la luz lo atraviesa, con tonos de citrino que evocan las hortalizas mini de Babe, las divertidas zanahorias diminutas que no crecen más.

En las ochocientas páginas de mentiras que ha contado o no, según a quién se pregunte. Según lo que haya dicho y a quién.


NABOKOVIANA


Los papeles de Herralde, p. 176

La Biblioteca Nabokov será un proyecto lleno de complicaciones, incluido el tardío descubrimiento de un desaguisado grave relacionado con Lolita. La excelente traducción del gran editor Enrique Pezzoni (con el seudónimo de Enrique Tejedor) publicada en 1959 por Sur, en Buenos Aires, no había podido eludir enmiendas, atenuaciones e intervenciones forzadas por la censura argentina. Esa era la traducción que había comprado Grijalbo en 1975 y esa fue la que diez años después compró Herralde. Todo ello se enmendó en 2000 mediante una traducción firmada por Francesc Roca, cuando otras obras de Nabokov circulaban ya en las fiables traducciones de Aurora Bernárdez, y quiso Herralde que de otras se encargasen expresamente escritores como Sergio Pito], Juan Antonio Masoliver, Enrique Murillo o Jesús Pardo.


LENIN O HIGHSMITH


Los papeles de Herralde, p. 164

Ha recordado a menudo Herralde la frase de la responsable de la librería Cinc d'Oros de Barcelona: los que antes leían a Lenin, ahora leen a Highsmith. Solo con los años la progresión crecerá de forma cuantitativa, mientras persisten los tiempos «tres durs pour la non-fiction  serieuse”, corno escribe a Grasset en mayo de 1981, o “literalmente catastróficos”, según escribe a José Luis Pardo en julio de 1982 para renunciar a un manuscrito que quizá podría asumir Taurus, «una de las poquísimas editoriales con capacidad económica para hacerlo”.

Se acabó el tiempo de la guerrilla virtual y apenas quedan en el catálogo vestigios del antiguo espíritu con alguna obra de Toni Negri o de Félix Guattari, o un Cinismo y pasión, de André Glucksmann, tan ruinoso corno lo ha sido Posiciones, de Louis Altbusser. No queda vida ahí fuera para la colección de Debates, y ha ido adelgazándose hasta casi la extinción en 1979 Cuadernos Anagrama. No quedan lectores tampoco para una republicana Ibérica sin salida (aunque cabrá aún una Teoria y presencia de la tortura en España, a medias entre Fernando Savater y Gonzalo Martínez-Fresneda, en 1983), y desde luego no hay rastro en los ochenta de Elementos Críticos, al menos como los de antes. Son los anticipos de desapariciones tan traumáticas corno la de una revista roja de humor plagada de amigos corno Por favor, en 1978, y se acaban desde entonces las semblanzas gamberras de la serie Señoras y señores de Juan Marsé, las peroratas irónicas de V ázquez Montalbán, los desmadres de Maruja Torres, las anarquías hedonistas de Fernando Savater, el costumbrismo contracultural de Joan de Sagarra, la sensible cinefilia de José Luis Guarner o el crudo humor gráfico de Forges y, muy en particular, de Jaume Perich, cómplice radical y compañero de viaje del PSUC, corno Herralde, y cuya muerte salvajemente prematura en 1995 motivaría una de las cartas más conmovedoras de toda su correspondencia, dirigida a su pareja Anna Berini. En 1982 también agoniza hasta desaparecer el órgano oficial de la izquierda intelectual antifranquista, T riun.fo, y tampoco la efímera conversión a semanario logra salvar al denso Cuadernos para el Didlogo, de tintes democratacristianos y socialistas. Hasta Bocaccio cambia de manos en 1982, y también entonces deja de ser lo que fue.


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