Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

AUSTER Y LORCA

4321 de Paul Auster, p. 559
Le asignaron una habitación en la décima planta de Carman Hall, la residencia más moderna del campus, pero en cuanto deshizo las maletas y colocó sus cosas, Ferguson se dirigió a Furnald Hall, una residencia contigua que estaba unos cuantos metros más arriba, y subió en ascensor a la sexta planta, donde permaneció unos instantes frente a la habitación 617, y luego bajó por las escaleras, caminó en dirección este por el sendero de ladrillos que corría a lo largo de la biblioteca Butler y se encaminó a una tercera residencia, el edificio John Jay Hall, donde subió en ascensor hasta la duodécima planta y se quedó unos momentos frente a la habitación 1231. Federico García Lorca había vivido en aquellas dos habitaciones durante los meses que pasó en Columbia en 1929 y 1930. La 617 de Furnald y la 1231 de John Jay eran los sitios en donde había escrito “Poemas de la soledad en la Universidad de Columbia”,” Vuelta a la ciudad”, “Oda a Walt Whitman” y la mayoría de los poemas recogidos en Poeta en Nueva York (Nueva York de cieno / Nueva York de alambres y  muerte) libro que acabó publicándose en 1940, cuatro años desde que Lorca fuese apaleado, asesinado y arrojado a una fosa por esbirros de Franco. Suelo sagrado.
(En la foto, Poeta en Nueva York)

PARIS

4 3 2 1 de Paul Auster, p. 610
Aquella tarde bajó para su sesión de estudio de los jueves Vivian llevando en la mano las páginas sin grapar de Cómo Laurel Hardy me salvaron la vida en vez de su ejemplar de Hamlet. tendría que esperar, decidió Ferguson. Hamlet, que no hizo más esperar, tendría que seguir esperando un poco más, porque que el libro había llegado a buen término, Ferguson estaba desesperado por que alguien lo leyera, ya que él mismo era incapaz de gar lo que había escrito y no tenía ni idea de si había producido libro de verdad o un falso libro, un jardín rebosante de rosas y violetas o un camión cargado de estiércol. Con Gil al otro lado del no, Vivian era la inevitable candidata, la preferida, y Ferguson que podía confiar en que leyera su obra con una actitud justa e parcial, porque ya había demostrado ser una excelente preceptora siempre diligente y preparada para sus dos clases particulares a semana e increíblemente aguda, con incontables cosas que decir sobre las obras que estudiaban juntos (lectura atenta, el método de explication de texte para determinados pasajes cruciales, tal como mostraba en el capítulo de la Mímesis de Auerbach sobre la de Ulises), pero también el entorno en que se inscribían las las condiciones sociales y políticas en la antigua Roma, por ejemplo, el exilio de Ovidio, el destierro de Dante y la revelación de que Agustín procedía del norte de Africa y por tanto era negro o moreno, una continua afluencia de manuales de referencia, libros de historia y estudios críticos sacados de la cercana Biblioteca Norteamericana y de la biblioteca del Instituto Británico de un poco allá, y a Ferguson lo impresionaba y divertía el hecho de que la sumamente mondaine y a menudo frívola madame Schreiber se reía en las fiestas, qué carcajadas soltaba con los chistes verdes fuese al mismo tiempo una erudita y consagrada intelectual, ciada summa cum laude por Swarthmore , doctora en Historia arte por la que ella denominaba la Sor Buena de París (tesis sobre Chardin: su primer acercamiento al tema que acabaría transformado en libro) y escritora de pluma clara y fluida (Ferguson había leído partes de su libro), y además de instruirle en la forma de leer y asimilar obras literarias de la lista de Gil, se tomaba la molestia de enseñarle a mirar y estudiar las obras de arte con visitas sabatinas el Musée de l'Art Moderne, el Jeu de Paume o la Galerie Maegth 

AMORES

4 3 2 1 de Paul Auster, p. 296
Esto fue lo que ocurrió. Primero: Todos los presentes estaban sentados o de pie en el salón, comiendo y bebiendo, manteniendo conversaciones cruzadas entre parejas y grupos. Ferguson vio a Jim de pie en un rincón junto a la ventana delantera hablando con su padre, se abrió paso hasta aquel rincón y le pregunto a Jim si podía hablar con él a solas. Jim dijo que sí y ambos recorrieron el pasillo Y pasaron a la habitación de Ferguson, donde, sin más preámbulos ni  previo aviso de ninguna especie, Ferguson lo rodeó con
los brazos Y le dijo que lo quería, que lo quería más que a nada, en el mundo, lo quería tanto que estaría dispuesto a dar la vida por él, y antes de que pudiera reaccionar, Ferguson, que ahora medía uno ochenta y dos, cubrió de numerosos besos el rostro de Jim, que tenía una estatura de un metro ochenta y cuatro. El bueno de Jim no se enfadó ni se escandalizó. Supuso que Ferguson estaba borracho o gravemente alterado, de modo que envolvió en sus brazos a su primo más joven, lo apretó en un largo y ferviente abrazo y dijo: Yo también te quiero,  Archie. Somos amigos para toda la vida. Segundo: Media hora después, todos los presentes seguían de pie o sentados en el salón, comiendo y bebiendo, manteniendo conversaciones cruzadas entre parejas y grupos. Ferguson vio a Amy de pie en un rincón junto a la ventana delantera hablando con su prima Ella, se abrió paso hasta allí y preguntó a Amy si podía hablar un momento con ella a solas. Amy dijo que sí y ambos recorrieron el pasillo y pasaron a la habitación de Ferguson, donde, sin más preámbulos m previo aviso de  ninguna especie, Ferguson echó los brazos en torno a Amy Y le dijo que la quería, que la quería más que a nada en el mundo, la quería tanto que estaría dispuesto a dar la vida por ella, y antes de que Amy pudiera reaccionar, Ferguson la besó en los labios, y Amy, que ya conocía la boca de Ferguson por los muchos besos que le había dado en los pasados días de su aventura pubescente, abrió la suya y dejó que Ferguson le lanzara la lengua en picado, y al poco Amy abrazó a su primo y ambos se desplomaron en la cama, donde metió la mano bajo la falda y empezó a subírsela entre las piernas enfundadas en medias mientras Amy hurgaba en los pantalones de Ferguson y le cogía el pene endurecido, y cuando se hubieron satisfecho mutuamente Amy sonrió a Ferguson y dijo: Qué bien ha estado esto, Archie. Lo necesitábamos desde hacía mucho.

CARACTER Y DESTINO

Lo que no está escrito, Rafael Reig, p. 157
Le han colgado el teléfono. ¿Ha sido su hijo?
No quiere ni pensarlo: tiene que haber sido Carlos. Qué raro, cuando nadie contestaba, ella sabía que estaban allí; ahora que sabe que hay alguien, porque ha colgado, le entra miedo a que la hayan dejado sola, a que se hayan ido todos de puntillas mientras ella tenía los ojos cerrados. Quizá Carlos haya decidido llevarse al chico a otra ciudad, quitarle a su hijo, igual que ella y Natalia, la abogada, se lo quitaron a él. También piensa que haya podido pasar algo, una desgracia.
Dicen que el carácter es el destino. Eso será para los que lo tienen, porque para Carmen, que había tenido que sufrir el carácter de Carlos, sólo era una pesadilla interminable: el carácter era la infancia, lo que ha quedado intacto del niño, sus caprichos, su cabezonería, el recurso a la rabieta. Encerrado en la resina de la resignación adulta, permanece ese niño fósil, el pequeño déspota, un insecto con el caparazón tan rígido que le impide cambiar de dirección o de costumbres, y también volver a ponerse por sí mismo boca abajo: se agita, patalea y exige ayuda a gritos.

O quizá el destino fuera el retorno a la infancia. Volvíamos a no tener dentadura, a balbucear, a dormir con pañales y a ser felices con sólo sentir calor, con ser abrazados, con hacernos caca encima, tan a gusto, y que nos limpien con una esponja. Y a ser mezquinos también volvíamos, a esconder magdalenas bajo llave, a ser intransigentes, a exagerar cualquier dolor; y volvíamos a sentir miedo, el mismo miedo a la oscuridad, a nuestro cuerpo, a que nos hayan dejado solos.

MATRIMONIO

Lo que no está escrito, Rafael Reig, p. 61
El matrimonio es un espejo, siempre le descubre a uno algo de sí mismo que habría preferido no saber. Al vivir con alguien, como al escribir, uno se delata. La historia que contamos también nos cuenta a nosotros nuestra propia historia, lo que no queríamos saber de nosotros mismos.
Los matrimonios no se rompen cuando uno conoce  la verdad del otro y descubre que no es como esperaba; se deshacen cuando uno se conoce por fin a sí mismo y se encuentra con lo que en secreto temía que apareciera.
Para Carmen y Carlos todo sucedió muy deprisa. Entre el encuentro en el autobús y el primer beso en el Hispano pasaron tres días; entre aquel beso con los ojos cerrados y el primer polvo en el chalet de los padres de Carmen, en Alpedrete, una semana; entre aquel polvo y el matrimonio en la calle Pradillo, cuatro meses.
Del autobús al Hispano les llevó la llamada de Carlos; del Hispano a la cama, la curiosidad impaciente; de la cama al juzgado, cierta idea de sí mismos que les separaba de todos los demás y de sus propias vidas, tan incómodas como la ropa de otro.

Carlos tenía entonces treinta años y su padre había muerto cuando él era niño. Dicen que todos los hijos de viuda se parecen, sienten el mismo miedo a la pobreza y esa confianza en su propio esfuerzo que les hace creer que no le deben nada a nadie y les castiga con una rigidez de carácter insoportable para los demás.

REDIOS

4321 de Paul Auster, p. 271
Eso tampoco importa. Una de dos: o bien coges la principal o la secundaria, y cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Digamos que eliges la carretera principal y llegas a tiempo a la cita. Ya no pensarás si has elegido bien, ¿verdad? Y si vas por la carretera secundaria y llegas a tiempo, una vez más, ningún problema, y nunca volverás a pensar en ello durante el resto de tu vida. Pero ahora es cuando la cosa se pone interesante. Coges la carretera principal, hay un choque múltiple de tres vehículos, el tráfico queda colapsado durante más de una hora, y mientras estás sentado en el coche lo único en que piensas es en la carretera secundaria y en por qué no has ido por ese camino. Te maldecirás a ti mismo por no haber elegido bien y, sin embargo, ¿cómo ibas a saber que no era la elección acertada? ¿Acaso puedes ver la carretera secundaria? ¿Saber lo que está pasando allí? ¿Te ha dicho alguien que una enorme secuoya se ha caído en medio de esa carretera y ha aplastado un coche que pasaba, matando al conductor y parando el tráfico durante tres horas y media? ¿Ha consultado alguien el reloj y te ha dicho que si hubieras ido por la carretera secundaria el coche aplastado sería el tuyo y el muerto serías tú? O de otro modo: no se ha caído ningún árbol y coger la carretera principal ha sido la elección errónea. O si no: coges la carretera secundaria y el árbol se cae sobre el conductor que va justo delante de ti, y mientras estás sentado en el coche deseando haber ido por la carretera principal, no sabes nada de la colisión en cadena de los tres vehículos que de todas formas te habría hecho llegar tarde a la cita. O incluso: no se ha producido ningún accidente múltiple y coger la carretera secundaria ha sido la mala elección.
¿Qué sentido tiene todo eso, Archie?
Te estoy diciendo que nunca sabes si has elegido bien o mal. Para saberlo, tendrías que conocer todos los hechos de antemano, y la única forma de conocer todos los hechos de antemano es estar en dos sitios a la vez, cosa que es imposible.
¿Y?

Y por eso es por lo que la gente cree en Dios.

DE DIOS

4 3 2 1 de Paul Auaster, p. 269
De manera que allí estaban, en julio de 1961, a punto de emprender viaje rumbo a Camp Paradise al principio de aquel verano  crucial cuando todas las noticias del mundo exterior parecían malas: el muro alzándose en Berlín, Ernest Hemingway volándose la tapa de los sesos en las montañas de Idaho, turbas de racistas blancos atacando a los Pasajeros de la Libertad que recorrían el Sur en autobuses. Amenaza, desaliento y odio, prueba evidente de que el universo no lo regían hombres racionales, y mientras Ferguson se adaptaba al agradable y conocido ajetreo de la vida en el campamento, regateando pelotas de baloncesto y robando bases mañana y tarde, oyendo la cháchara y las chorradas de sus compañeros de cabaña, disfrutando de la ocasión de estar de nuevo con Noah, lo que por encima de todo significaba mantener con él una conversación incesante durante dos meses, bailando al anochecer con las chicas de Nueva York que tanto le gustaban, la animada y pechugona Carol Thalberg, la delgada y pensativa Ann Brodsky y en su caso Denise Levinson, llena de acné pero muy atractiva y de acuerdo con él para perderse la “reunión social” de después de cenar y realizar en cambio intensos ejercicios de lengua en boca en el prado de atrás, tantas cosas buenas que agradecer, y sín embargo ahora que tenía catorce años y la cabeza rebosante de pensamientos que no se le habían ocurrido ni siquiera seis meses antes, Ferguson estaba siempre buscándose a sí mismo en relación con personas desconocidas y distantes, preguntándose, por ejemplo, si no habría besado a Denise en el preciso momento en que Hemingway se volaba la tapa de los sesos en Idaho o si, justo cuando bateaba una doble en el partido de Camp Paradise contra Camp Greylock el jueves pasado, un miembro del Klan de Mississippi no atizaba un puñetazo en la mandíbula a un Pasajero de la Libertad flacucho y de pelo corto  rocedente de Boston. Uno recibe un beso, otro un puñetazo, o, si no, alguien asiste al entierro de su madre a las once de la mañana del 10 de junio de 1857, y en el mismo momento, en la misma manzana de la misma ciudad, una mujer coge en brazos por primera vez a su hijo recién nacido, el dolor de una persona acaeciendo al mismo tiempo que la alegría de otra, y a menos de ser Dios, que debía estar en todas partes y ver lo que pasaba en todo momento, nadie podría saber que esos acontecimientos estaban ocurriendo a la vez, y mucho menos el hijo de luto y la madre feliz. ¿Era por eso por lo que el hombre había inventado a Dios?, se preguntaba Ferguson. ¿A fin de superar los límites de la percepción humana?

ADOLESCENCIA

4321 de Paul Auster, p. 260
Luego cumplieron catorce, primero Amy en diciembre y luego él en marzo, y de pronto Ferguson se encontró habitando un cuerpo nuevo que escapaba a su control, un cuerpo que producía jadeos y erecciones espontáneas, la temprana fase masturbatoria en la que en su cabeza no cabía ningún pensamiento que no tuviese un tinte erótico, el delirio de convertirse en hombre sin los privilegios de serlo, desconcierto, consternación, caos incesante en su interior, y ahora siempre que miraba a Amy su primer y único pensamiento era cuánto quería besarla, lo que quizá pudiera decirse también de ella por el modo en que lo miraba, según  observaba Ferguson. Al anochecer de un viernes de abril, cuando Gil y su madre salieron a cenar al centro con unos amigos, Amy y él se encontraron solos en el apartamento del séptimo piso discutiendo la expresión besos de primos, que Ferguson no acababa de entender, según    reconoció, porque invocaba la imagen de unos primos normales que se besaban educadamente en la mejilla, lo que chocaba un poco, en cierto modo, porque a esa clase de besos no se los podía calificar de besos, besos de verdad, y si eran normales, por qué se los iba a llamar besos de primos, momento en el cual Amy soltó una carcajada y dijo: No, bobo, esto es lo que significa besos de primos, y sin decir una palabra más se inclinó hacia Ferguson en el sofá, lo abrazó y le plantó un beso en los labios que pronto se convirtió en un beso que se deslizaba por el interior de su boca, y a partir de ese momento Ferguson decidió que, al fin y al cabo, no eran primos de verdad.

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

4321 de Paul Auster, p.219-220
Dios había sido injusto con él, y ahora Dios se esforzaba en compensarlo tratándolo con divina clemencia y delicadeza. Si la voz ya no podía decirle lo que necesitaba saber, tal vez Dios podría comunicarse con él de otra forma, mediante alguna señal inaudible que demostrara que seguía escuchando sus pensamientos, y así se inició la última etapa de su prolongada indagación teológica, los meses de silenciosa oración en que suplicaba a Dios que se le manifestara o renunciase a Su derecho de llevar el nombre de Dios. Ferguson no pedía una grandiosa revelación bíblica, un trueno poderoso o la súbita partición de los mares, no, se contentaría con algo más modesto, un milagro infinitesimal del que sólo él fuese consciente: que el viento de pronto soplara lo bastante fuerte para hacer que un errante trozo de papel cruzara la calle antes de que el semáforo cambiara de color, que su reloj dejara de andar durante diez segundos para luego ponerse de nuevo en marcha, que una solitaria gota de lluvia cayera de un cielo sin nubes para depositarse en su dedo, que su madre pronunciara la palabra misterioso dentro de treinta segundos, que la radio se encendiera sola, que diecisiete personas pasaran frente a la ventana durante minuto y medio a partir de aquel mismo momento, que el petirrojo de Central Park sacara un gusano entre la hierba antes de que otro avión pasara por encima, que tres coches  tocaran el claxon al mismo tiempo, que el libro se le cayera de las manos abriéndose por la página 97, que el periódico de la mañana llevara una fecha errónea, que se encontrara una moneda de veinticinco centavos en la acera al bajar la vista a sus pies, que los Dodgers anotaran tres carreras al final de la novena y ganasen el partido, que el gato de su tía abuela Pearlle guiñara el ojo, que todos los presentes en la habitación bostezaran al mismo tiempo, que todos los presentes en la habitación soltaran una carcajada al mismo tiempo, que nadie en la habitación hiciera un solo ruido durante treinta y tres segundos y un tercio. Una por una, Ferguson deseaba que ocurrieran esas cosas, ésas y otras muchas, y cuando ninguna ocurrió a lo largo de seis meses de muda súplica, dejó de desear nada y apartó a Dios de sus pensamientos.

RECOMENDACIONES

4321 de Paul Auster, p. 205
“He leído tres libros desde que estoy aquí -escribía en la última carta, fechada el 9 de agosto- y creo que los tres son geniales. Dos de ellos me los envió mi tía Mildred, uno pequeño de Franz Kafka que se titula La metamorfosis y otro más extenso de). D. Salinger titulado El guardián entre el centeno. El otro me lo dio Gary, el marido de mi prima Francie: Cándido, de Voltaire. El de Kafka es con mucho el más raro y más difícil de leer, pero me ha encantado. ¡Un hombre se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto enorme! Parece una historia de terror o ciencia ficción, pero no lo es. Trata sobre el alma humana. El guardián entre el centeno es sobre un chico de instituto que deambula por Nueva York. No ocurren muchas cosas, pero la forma de hablar de Holden (el protagonista) es muy realista y verdadera, y no puedes evitar que te caiga bien y pienses que ojalá fuera amigo tuyo. Cándido es un libro antiguo del siglo XVIII,  pero es disparatado y divertido, y me he reído a carcajadas casi en cada página. Gary la ha calificado de sátira política. ¡Yo digo que es fenomenal! Tienes que leerlo, y los otros también. Ahora que los he leído todos, lo que me choca es lo diferentes que son los tres. Todos están escritos con su propio estilo, y los tres son muy buenos, lo que significa que no hay una sola forma de escribir un buen libro. El año pasado, el señor Dempsey nos repetía que había dos formas, una buena y otra mala; ¿te acuerdas? Puede que así sea con las matemáticas y la ciencia, pero no con los libros. Cada uno los hace a su manera, y si tu forma de hacerlo es buena, podrás escribir un buen libro. Lo interesante es que no puedo decidir cuál de ellos me ha gustado más. Se supone que tendría que saberlo, pero no lo sé. Todos me han encantado. Lo que significa, supongo, que toda forma buena es válida.

PSIQUE

4321 de Paul Auster, p. 233
En griego, explicó su tía, psique significa dos cosas: Dos cosas diferentes pero muy interesantes.  Mariposa y alma. Pero si te paras a pensarlo detenidamente, la mariposa y el alma no son tan distintas después de todo, ¿verdad? La mariposa empieza siendo una oruga, una cosa fea, prosaica, como un gusano, y luego un día la oruga hace un capullo y después de cierto periodo de tiempo el capullo se abre y sale la mariposa, la criatura más bella del mundo. Eso también le pasa al alma, Archie. Lucha en las profundidades de la oscuridad y la ignorancia, sufre duras pruebas e infortunios y poco a poco se va purificando por el sufrimiento, fortaleciendo por las calamidades que le ocurren, y un día, si el alma en cuestión se lo merece, sale de su capullo y se remonta en el aire como una magnífica mariposa.

INCIPIT 880. LOS OJOS VENDADOS / SIRI HUSTVEDT

Aún hoy a veces creo verle en la calle, de pie junto a una ventana o inclinado sobre un libro en una cafetería. Y en ese instante, antes de caer en la cuenta de que se trata de otra persona, se me encoge el estómago y me quedo sin respiración.
Lo conocí hace ocho años. Yo acababa de graduarme en la Universidad de Columbia. Ese verano hacía mucho calor y me costaba mucho dormir por las noches. Me quedaba echada en mi apartamento de dos habitaciones en la calle Ciento nueve Oeste escuchando los ruidos de la ciudad. Me dedicaba a .leer, escribir y fumar hasta que se hacía de día, pero algunas noches en las que el calor me abatía hasta el punto de impedirme trabajar, contemplaba a mis vecinos desde la cama. Miraba a través de la ventana atrancada, por el estrecho extractor al apartamento enfrente del mío y veía a los dos hombres que vivían allí deambular de una habitación a otra, medio vestidos y sofocados de calor. Un día de julio, no mucho antes de conocer a Mr. Morning, uno de los hombres se acercó desnudo a la ventana. Había oscurecido y se quedó allí durante un buen rato con el cuerpo iluminado desde atrás por una lámpara amarilla. Me camuflé en la oscuridad de mi habitación y en ningún momento supo que estaba allí.

Esto sucedía dos meses después de que Stephen me dejara, y yo pensaba incesantemente en él

INCIÌT 879. LO QUE NO ESTA ESCRITO / RAFAEL REIG

Estaba esperando a que Carlos viniera a por el chico para irse al trabajo. Siete años después, las aguas habían vuelto a su cauce y Carmen ya ni recordaba cómo habían llegado tan lejos, hasta la demanda de divorcio, las medidas provisionales y la prohibición de que el padre viera a solas a su hijo. Se le había ido de las manos, se había dejado llevar por la abogada, pero había sabido rectificar. Al final, con el tiempo, habían reconstruido una relación nueva basada en lo único que tenían en común: para los dos lo más importante era el bienestar de Jorge. Carlos siempre sería el padre de su hijo. Puede que hubiera sido el peor de los maridos, pero ahora hasta ella misma reconocía que era un buen padre. No había más que ver a Jorge. Durante la última media hora había ido cuatro veces a hacer pis.
-¿Nervioso?
-¿Yo? Pero qué dices. Es que he bebido demasiado zumo.
Ese viernes no había instituto y su padre se lo llevaba los tres días de acampada, hasta el domingo por la tarde.
-¿De qué tienes miedo? ¿De los lobos?
-Muy graciosa. Es que me parto. Ja, ja y ja. En el Guadarrama no hay lobos, para que lo sepas.

-Siempre hay un lobo -dijo Carmen cuando sonó el telefonillo-. Ese es tu padre, ábrele la puerta.

INCIPIT 878. TODO CUANTO AME / SIRI HUSTVEDT

Ayer encontré las cartas de Violet a Bill. Su dueño las tenía escondidas entre las páginas de uno de sus libros, y al abrirlo cayeron al suelo. Hacía años que sabía de su existencia, pero ni él ni ella me habían hablado nunca de su contenido. Lo que sí me dijeron es que a los pocos minutos de leer la quinta y última carta, Bill cambió de opinión con respecto a su matrimonio con Lucille, salió del edificio de Greene Street y se dirigió directamente al apartamento de Violet en el East Village. Yo, mientras las sostenía en la mano, percibí en ellas ese misterioso peso que tienen las cosas que se han visto hechizadas por historias relatadas y vueltas a relatar una y otra vez. Mi vista ya no es tan buena como antes, por lo que tardé largo rato en leerlas, pero al fin conseguí descifrar hasta la última palabra, y cuando terminé con ellas supe que iba a comenzar a escribir este libro hoy mismo.

«Allí, tumbada en el suelo del estudio -decía Violet en la cuarta misiva-, me dediqué a observarte mientras me pintabas. Me fijé en tus brazos y en tus hombros, y especialmente en tus manos mientras trabajabas en el lienzo. Hubiera querido que te volvieras hacia mí y te aproximaras y me frotaras la piel igual que frotabas la pintura. Quería que me oprimieras la carne con el pulgar del mismo modo que hacías con el cuadro, y pensé que si no me tocabas me volvería loca, pero ni me volvi loca ni tú me tocaste una sola vez. Ni siquiera me estrechaste la mano.”

TOLSTOI

4 3 2 1, de Paul Auster, p. 39
Entre ellos Suave es la noche, La casa de la alegría, Moll Flanders, La feria de las vanidades, Cumbres borrascosas, Madame Bovary, La cartuja de Parma, Primer amor, Dublineses, Luz de agosto, David Copperfield, Middlemarch, Washington Square, La letra escarlata, Calle Mayor, Jane Eyre y muchos más, pero de todos los autores que descubrió durante su confinamiento fue Tolstói el que más le dijo, el colosal Tolstói, que entendía la vida toda, pensaba Rose, todo lo que había que saber sobre el corazón humano y la mente humana, con independencia de a quién perteneciera el corazón o la mente, a un hombre o a una mujer, y cómo era posible, se preguntaba, que un hombre supiera lo que Tolstói sabía de las mujeres, no tenía sentido que  un hombre pudiera ser todos los hombres y todas las mujeres, y por tanto caminó con paso firme a lo largo de casi todo lo que Tolstói había escrito, no sólo las grandes novelas como Guerra y paz, Ana Karénina y Resurrección, sino también las obras breves, las novelas cortas y los relatos, ninguno de ellos más impactante para ella que Felicidad conyugal, la historia en cien páginas de una joven recién casada y su gradual desilusión, una obra que le llegó a lo más hondo y la hizo llorar al final, y cuando Stanley volvió a casa por la noche se alarmó al verla en tal estado, porque a pesar de que había terminado de leerla a las tres de la tarde seguía teniendo los ojos húmedos de lágrimas.

ARTE MODERNO

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 248
-Que Giles expone la glorificación de la violencia dentro de la cultura norteamericana -dijo Jillian-. Que efectúa una deconstrucción del horror de Hollywood, o algo así.
-Jillian y yo fuimos a ver la exposición -dijo Fred-. A mí me pareció bastante falsa y vacía de contenido. Pretende  escandalizar, pero en realidad no lo consigue. Resulta pueril cuando uno piensa en los artistas que verdaderamente transgredían los límites. Esa mujer que se sometió a cirugía plástica para modificar su rostro y parecerse a un Picasso o un Maneto un Modigliani. Siempre me olvido de su nombre. ¿Y recordáis cuando Tom Otterness le pegó un tiro a aquel perro?
-A aquel cachorro -dijo Violet.
A Lola se le demudó el semblante.
-¿Le pegó un tiro a un cachorrito?
-Está todo filmado -explicó Fred-. Se ve al animalito brincando de un lado a otro y, de repente, bang. -Hizo una pausa-. Aunque parece ser que tenía cáncer.
-¿Quieres decir que estaba enfermo y se iba a morir?
Nadie respondió a la pregunta de Lola.
-Chris Burden hizo que le dispararan en el brazo –apuntó Jillian.
-En el hombro -corrigió Bernie-. Fue en el hombro.
-En el brazo, en el hombro ... -sonrió Jillian-. Es la misma zona. Pero si quieres arte radical, ahí tienes a Schwarzkogler.
-¿Qué hizo? -preguntó Lo la.
-Bueno -intervine yo-, pues para empezar se cortó el pene en sentido longitudinal e hizo fotografiar la escena. Todo bastante sangriento y espeluznante.
-¿No hubo otro tipo que también hizo lo mismo? –preguntó Violet.
-Bob Flanagan -dijo Bernie-. Pero fue con clavos. Se clavó unos cuantos clavos en él.
Lola nos contemplaba, boquiabierta.
-Eso es enfermizo -dijo-. Eso es estar mentalnente enfermo. A mí no me parece que eso sea arte; eso no es más que locura.
Me volví para examinar sus facciones, con sus cejas perfectamente depiladas, su naricilla menuda y sus labios relucientes.

.-Si yo te cogiera y te expusiera en una galería, tú misma serías arte -le dije-. Y mejor que muchas otras cosas que he visto. Las definiciones establecidas ya han perdido su vigencia.
(En la foto Beuys)

ANOREXIA

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 204
Violet insistía en que nuestros cuerpos están construidos de ideas tanto como de carne, y que no cabe culpar a las modas de la obsesión contemporánea con la delgadez, toda vez que no constituyen sino una de tantas formas de expresión de una cultura más amplia. En una época que ha conseguido asimilar la amenaza nuclear, la guerra biológica y el SIDA, el cuerpo perfecto representa nuestra armadura: una armadura acerada, reluciente e impenetrable. Violet reunía pruebas procedentes de vídeos de ejercicios físicos y de anuncios de programas y de máquinas en los que se empleaban términos tan reveladores como «glúteos de acero» y «abdominales a prueba de balas». Santa Catalina había desafiado la autoridad de la Iglesia al ayunar por amor a Jesucristo. Las muchachas de finales del siglo XX ayunan por amor a sí mismas y en contra de sus padres y de un mundo hostil y sin fronteras. En un mundo de abundancia, el cuerpo demacrado es testimonio de que su dueña se encuentra por encima de los deseos ordinarios, mientras que la obesidad denota la protección de un relleno capaz de proteger al cuerpo de cualquier ataque. Violet citaba a psicólogos, analistas y médicos, y rebatía la extendida opinión según la cual la anorexia en particular no es más que una tentativa errónea de alcanzar la autonomía por parte de adolescentes cuyos cuerpos son focos de rebelión contra aquello que no pueden manifestar. No obstante, las historias particulares no bastan para explicar una epidemia, y Violet exponía una persuasiva argumentación según la cual tras los trastornos de la alimentación subyacen diversas alteraciones en el comportamiento social entre las que se incluía la desaparición de los rituales de cortejo y de los códigos sexuales, lo que despojaba a las jóvenes de sus formas y las tornaba vulnerables; asimismo, desarrollaba su concepto de la «mezcla”, citando diversas investigaciones en torno a los “Vínculos” y también estudios acerca de niños pequeños de diversas edades para los que la comida se convierte en el elemento tangible de una batalla emocional.

ONAN

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 156
Por medio de Matt recobré mis propios días de aprensión y secretismo. Recordé aquel cálido fluido que se derramaba sobre mis muslos y mi vientre y se enfriaba inmediatamente después del sueño, los rollos de papel higiénico que escondía bajo la cama para las sesiones vespertinas de masturbación, y mis viajes clandestinos al cuarto de baño para arrojar los pringosos amasijos por el retrete, siempre de puntillas y conteniendo la respiración, como si aquellas efusiones de mi propio cuerpo fueran objetos robados. El tiempo ha convertido mi joven cuerpo en una especie de chiste, pero en aquella época no tenía nada de gracioso. Recuerdo cómo acariciaba los tres cabellos que de la noche a la mañana me brotaron en el pubis y cómo examinaba mis axilas todas las mañanas en busca de presagios de nuevos brotes pilosos. Me estremecía de excitación para a continuación encerrarme en la dolorosa soledad que subyacía bajo mi piel aún tierna

LA CARTA NO ENVIADA

Todo está perdonado, Rafael Reig, p. 158
De todo esto el único culpable soy yo. Tú eres la misma de siempre, una mujer excepcional y digna de alguien mucho mejor que yo. Soy yo el que estoy cambiando y sigo buscando mi propio sentido.
A fmales de mes volveré a Madrid. Un día, cuando ya hayas asimilado todo esto, me gustaría verte. Como amigos. Con la amistad y el cariño sincero que sigo sintiendo por ti. Quizá entonces logremos entender los dos que esta ruptura, aunque sea muy dolorosa, es lo mejor que nos podía pasar. A los dos. Tú no te mereces a alguien como yo y yo no me siento a la altura de tu afecto. Mariví querida, espero que algún día me puedas perdonar. Hasta que llegue ese momento lo único que puedo hacer es pedir perdón. Perdón. Perdóname, es lo único que te pido.
Sé que esta carta es una despedida, pero me gustaría que con el tiempo la convirtiéramos en un «hasta pronto». Confio en que volveremos a encontrarnos en otra vuelta de la vida y entonces tú serás capaz de entenderme y de concederme tu perdón. Te envío un fuerte abrazo de amigo.
Perico
La leyó por última vez. La carta estaba escrita a máquina. Añadió de su puño y letra: «Espero que puedas perdonarme». La metió en un sobre de avión y puso la dirección a mano:
Srta. María Victoria Montovio von Kleitt Cl Gral. García Morato, 66 Madrid 10
Se metió el sobre en el bolsillo de la chaqueta y salió. De camino a casa de Jeena Juggs, al pasar por la esquina de Elm y la Once detuvo el coche y se acercó al buzón azul, levantó la tapa y dejó caer el sobre. Ya no había lugar para el arrepentimiento y, por eso mismo, se sintió aliviado, casi feliz. Le dio por pensar que echar una carta en un buzón era una de las pocas cosas irreversibles que uno podía hacer en esta vida. Casi todo lo demás, la Historia, la realidad, el universo entero, podía ser corregido, borrado, desfigurado. La muerte y el servicio postal, en cambio, eran una fatalidad de toda confianza. Eso pensaba Perico, aunque no contaba con la intervención de Cupido, que impidió que la carta llegara a su destino.
Cuando Perico aterrizó en Barajas, Mariví estaba esperándole con el resto de la familia.
-Cariño, llevo semanas sin recibir carta tuya -se quejó de inmediato.
-¿No te ha llegado ninguna? Te he escrito.
-Nada de nada.
-Se habrá perdido.
En ese momento Perico decidió rendirse o tal vez se dio cuenta de que tenía la oportunidad de corregir un error. Nunca mencionó la carta perdida y siguieron adelante con los planes de boda.

Perico y Mariví se casaron como quien salta al terreno de juego con la única ambición de empatar.

INCIPIT 882. LA MUJER DE MARTIN GUERRE / JANET LEWIS

I. Artigue

Una mañana de enero de 1539, se celebró una boda en el pueblo de Artigue. Esa noche, los dos niños que se habían desposado yacían el uno al lado del otro en la cama, en casa del padre del novio. Se trataba de Bertrande de Rols, de once años, y de Martin Guerre, de la misma edad, descendientes ambos de pudientes familias campesinas tan antiguas, tan feudales y tan orgullosas como cualquiera de las grandes casas señoriales de la Gascuña. Hacía frío en la habitación. Fuera, una fina capa de nieve cubría el suelo rocoso, o apilada en largos bancos poco profundos en las esquinas de las casas, dejaba la tierra desnuda. Pero a mayor altitud se extendía hacia arriba formando grandes mantos y dunas, cubriendo las crestas y ahogando los valles boscosos hacia el pico de La Bacanere y el largo macizo de Burat, y hacia el sur, más allá del largo valle de Luchon, el pico granítico de la Maladeta se alzaba revestido de hielo y nieve. Los pasos hacia España estaban enterrados en la blancura

INCIPIT 881. 4 3 2 1 / PAUL AUSTER

Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salió a pie de Minsk, su ciudad natal, con cien rublos cosidos en el forro de la chaqueta, y pasando por Varsovia y Berlín viajó en dirección  oeste hasta Hamburgo, donde sacó billete en un buque llamado The Empress of China, que cruzó el Atlántico entre agitadas tormentas invernales y entró en el puerto de Nueva York el primer día del siglo xx. Mientras esperaba la entrevista con un agente de inmigración en la isla de Ellis, entabló conversación con otro judío ruso. Su compatriota le dijo: Olvida el apellido Reznikoff. Aquí no te servirá de mucho. Necesitas un nombre americano para tu nueva vida en América, algo que suene bastante en este país. Como en 1900 el inglés aún era una lengua extraña para él, Isaac Reznikoff pidió una sugerencia a su compatriota, mayor y con más experiencia. Diles que te llamas Rockefeller, le contestó aquel hombre. Con eso no puedes  equivocarte. Pasó una hora, luego otra, y cuando el Reznikoff de diecinueve años se sentó para que lo interrogara el agente de inmigración, había olvidado el nombre que su compatriota le había sugerido. ¿Cómo se llama?, preguntó el agente. En su frustración, el cansado inmigrante soltó en yidis: Ikh hob fargessen! (¡Se me ha olvidado!). Y así fue como Isaac Reznikoff empezó su nueva vida en Estados Unidos con el nombre de Ichabod Ferguson.

Lo pasó mal, sobre todo al principio, pero incluso después de que ya no fuera el principio, nada ocurrió tal como había imaginado que sería en su país de adopción. 

INCIPIT 877, TODO ESTA PERDONADO / RAFAEL REIG

Estimado compatriota: soy un superviviente. En 1964 asistí en persona a la victoria de España sobre la Rusia soviética. Por paradojas de la vida aquel año, el de los 25 años de paz, empezó la decadencia del franquismo: rebeldía estudiantil, huelgas, Comisiones Obreras, marejadillas en la periferia nacionalista. Aquel año empezó el deterioro de la Patria madre y eterna a pesar del gol de Marcelino contra Marcelino (Camacho). Aquel gol no logró renovar la furia de nuestra unidad de destino en lo universal. Pero todo llega: veo de nuevo que la roja y gualda campea por los aires de nuestra España, vuelve la furia española y el podemos, podemos. Pero me da pena que pueda pasar como en el 64 y desperdiciemos la victoria. Le escribo esta carta como convocatoria: propongo que no desaprovechemos la energía que la alegría otorga: nada de bocinazos por las calles o banderas en la Cibeles: TODOS A GIBRALTAR. ¡Podemos! ¡Podemos! Oé. Oé. Oé.
Antonio Menéndez VigiL, Madrid
Carta publicada en la sección «Cartas al director»,

Público, 2 de julio de 2008

COVADA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 273
O, para citar otro ejemplo, ¿cómo un deseo vehemente de quedarse embarazada puede resultar en un embarazo psicológico conocido en la literatura médica como pseudociesis? Aunque este fenómeno es común entre los perros y algún que otro mamífero, en los seres humanos está vinculado tanto a la imaginación como a la cultura. Es mucho menos frecuente que antes, al menos en Occidente, probablemente porque el embarazo hoy día es contemplado como una condición médica y las ecografías son rutinarias, pero en la literatura hay muchos casos bien documentados, junto con la amenorrea, la hinchazón abdominal y el aumento de los senos, la ampliación del útero, las contracciones y los cambios mesurables en los niveles de las hormonas neuroendocrinas.  En un estudio sobre la pseudociesis de 1978, los autores Jane Murray y Guy Abraham escribieron: «El papel que desempeñan los factores psicógenos en el control del sistema neuroendocrino se está convirtiendo en una de las áreas más emocionantes de la medicina psicosomática». ¿Qué aspecto toma un deseo en el cerebro?

Por otra parte, se han dado casos de embarazo psicológico en hombres y, en algunas culturas, el marido de una mujer embarazada comparte el embarazo en un ritual conocido como la couvade. En un pueblo en la provincia Sepik de Nueva Guinea, al cónyuge de una mujer embarazada se le llama «el padre embarazado». Éste observa los tabúes alimentarios específicos para las mujeres, adopta un nombre femenino durante el periodo de gestación, se le abulta supuestamente el vientre a la par que el de ella, y durante el parto se azota a sí mismo con ortigas hasta que sangra para compartir su dolor. Se coloca en la posición acuclillada del parto mientras su hijo nace y se queda exhausto y postrado cuando acaba. La pseudociesis es un fenómeno patológico. La couvade, no. Es un ritual de imitación, empatía e identificación que prepara a un hombre para la paternidad, pero durante esa preparación algunos hombres desarrollan signos reales de embarazo. El teatro ritual y las metamorfosis corporales no pueden separarse fácilmente de la couvade. Quisiera recalcar este punto. La imaginación debe ser entendida como una realidad corpórea, que puede pasar de una persona a otra.

MUJERES ESCRITORAS

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 259-260
Boyd informa a su lector de que el impulso competitivo en los hombres es más fuerte que en las mujeres y, acto seguido, cuenta la ya conocida historia que se originó con Darwin de la hembra tímida que se muestra exigente a la hora de aparearse y el macho promiscuo que fecunda a tantas hembras como le es posible. Hay pocas hembras que no son madres, mientras que la competencia entre los machos por las hembras significa que los machos fuertes pueden tener tanto éxito con las hembras que se reproducen a diestra y siniestra, y privan a otros machos de la oportunidad reproductiva, lo que da lugar a una mayor variabilidad en el éxíto reproductivo de los hombres. Boyd pasa por alto las considerables pruebas científicas que demuestran que no es tan simple. Existen innumerabies especies que no encajan en este pulcro esquema. La promiscuidad femenina existente entre varias especies está mucho más extendida de lo que se creyó en otro tiempo. También hay muchos ejemplos de inversión de roles: la hembra es la que se exhibe y el macho el que atiende el nido. La diversidad de los hábitos de apareamiento en el mundo animal es enorme, pero Boyd no lo menciona.

Para Boyd, el anhelo masculino de dominar a otros machos se hace extensivo al arte de la narración. “Desde un cuentista tribal, Homero, Shakespeare o Tolkien”, afirma, los hombres se hallan en una posición de ventaja. Están tan decididos a aplastar a sus rivales que son más propensos que las mujeres a “participar en comportamientos extremos”, lo que a su vez explica por qué están “excesivamente representados en los dos extremos: el éxíto y la Genialidad, así como el fracaso”. Este relato se ha convertido en un mantra entre los psicólogos evolucionistas. “A pesar de Murasaki, Jane Austen y J. K. Rowling -señala Boyd-, los hombres superan en número a las mujeres como narradores clásicos e incluso populares [ ... J aunque, en el otro extremo del espectro, también superan a las mujeres por más de cuatro a uno en autismo, lo que concuerda con un pobre desempeño en cognición social y juegos imaginativos. Por otra parte, las mujeres, en general, además de no perseguir con tanto apremio como los hombres una posición social, se vuelcan, por término medio, más en la crianza de los hijos y son para ellos las principales narradoras de historias, cuentos y rimas populares.»

MNEMOSINA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 246-247
El arte de la ficción no puede reducirse a la autobiografía de un escritor. En mi caso, la geografía de mi ficción proviene de paisajes y de espacios urbanos que recuerdo. Sin embargo, las historias de los personajes también deben de salir de alguna parte y, de una manera u otra, están relacionadas con sus autores, con su percepción del mundo y sus experiencias del mismo. La imaginación de un escritor no es impersonal y está necesariamente conectada con su memoria. La Odisea de Hornero comienza con una llamada a la musa Mnemósine: «Habla, memoria”.

En la filosofía occidental, el vínculo entre la memoria y la imaginación se remonta a los griegos. El imago latino, con el significado de imagen o cuadro, está integrado en la misma  palabra: imaginación. Tradicionalmente se entendía por imaginación las imágenes que están en la mente que no son percepciones inmediatas, las imágenes mentales que llevarnos la cabeza. Aristóteles insistió en el carácter pictórico de la imaginación y observó que, a diferencia de la percepción recta, podía ser falsa. Localizó la imaginación y la memoria en la misma parte del alma, una idea de la que se hizo Aquino y que posteriormente han recogido otros muchos escritores durante siglos. Para Descartes, la imaginación, fantasie, era un espacio intermedio entre los sentidos corporales y el intelecto. En Leviatán (1651), Hobbes escribió: «imaginación y memoria son una misma cosa que para diversas consideraciones posee también nombres diversos”, Hobbes era un materialista mecanicista para quien el pensamiento podía reducirse a la maquinaria del cerebro. Sin embargo, había una jerarquía. El razonamiento, no la memoria y la imaginación, era el camino que llevaba a la verdad. Cavendish conocía a Hobbes, p ero él se negó a tratar directamente con ella por considerar que no tenía el cuerpo adecuado para dedicarse a la filosofía. A diferencia de Hobbes, Cavendish propuso un continuo ( continuum) de pensamiento que iba de lo conceptual a la imaginación. Para Spinoza, en cambio, el nivel más bajo del conocimiento era la imaginación y ésta comprendía la memoria. En Principios de ciencia nueva (1725), el filósofo e historiador Vico también contemplaba la memoria, la fantasía y el ingegno (ingenio) corno partes de la misma función mental, pero todos emergían del cuerpo. Hegel entendió la conciencia, con su capacidad para llevar el pasado al presente en la memoria, corno un movimiento de la imaginación. 
En l aimagen Mnemosina de DG Rossetti

HIPERESTESIA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 242
El asmático e hipersensible Marcel Proust no tenía sinestesia de tacto-espejo, que yo sepa, pero sufría varias hiperestesias, entre ellas la “hiperestesia auditiva”, el término que utiliza el personaje de Proust Robert de Saint-Loup para describir los oídos del narrador de En busca del tiempo perdido. El autor escribió su obra maestra en un dormitorio revestido de corcho y con las persianas bajadas de un piso parisino situado en el número 102 del bulevar Haussmann que también se esforzó por mantener libre de olores. Desde esa burbuja limpia de estímulos sensoriales, Proust escribió una colosal obra de precisa y a menudo voluptuosa sensualidad, pero también de compasión humana. La ironía es aguda, y es fácil convertir a Proust en el mejor ejemplo de una trémula sensibilidad artística, tan delicada que hubo que envolverla en capas de gasa protectora.
Sin embargo, Proust ilustra la complejidad del carácter humano. Su extrema sensibilidad sensorial estuvo acompañada de una fortaleza, una voluntad y una resistencia extraordinarias.
La sinestesia de tacto-espejo participa de un espacio intermedio intercorporal, dinámico y en continuo cambio en el que nos encontramos todos, un espacio de diferencia y semejanza, de intercambios de sentimientos, gestos y palabras. Imitamos y empatizamos porque los seres humanos no somos criaturas cerradas y totalmente autónomas. Nacemos de otra persona y estamos abiertos a los otros desde el comienzo de nuestra existencia, y esta apertura es por su misma naturaleza ambigua, recíproca y ambivalente. Los sinéstetas de tacto- espejo tal vez vivimos más intensamente en el entre. Hay momentos en que parece que somos demasiado sensibles para este mundo, pero en otras ocasiones esa misma sensibilidad puede ser un catalizador para crear o penetrar nuevos mundos: en la música y la pintura, la danza y las palabras.

TRANSICION

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 233-234
[…] por Jacques Lacan, el psicoanalista francés, quien a su vez fue influenciado por el filósofo Alexandre Kojeve, que en la década de 1930 impartió clases sobre Hegel en la École Pratique des Hautes Études de París. La “fase del espejo” de Lacan convirtió la lucha de Hegel por la autoconciencia en un drama puramente intrapsíquico. El otro de Hegel se transformó en la imagen que tiene la niña de sí misma en el espejo. Cuando se reconoce, se ve a sí misma como objeto unificado. Winnicott hizo retroceder esta dialéctica en el tiempo y la devolvió a una
relación entre dos personas reales: “En el desarrollo emocional individual, el precursor del espejo es el rostro de la madre”. Para el bebé, una madre receptiva se antepone al “mÍ”
reconocido en el espejo. El niño se ve a sí mismo en el rostro de su madre porque en las expresiones de ésta encuentra lo que ella ve: él mismo. El Yo y el otro están íntima y  expresivamente vinculados. Cuando pierdo el rostro del otro, pierdo algo de mí mismo.
Los investigadores ya no hablan de transitivismo, un fenómeno explorado por la psicóloga infantil Charlotte Bühler, pero es algo con lo que está familiarizado cualquier progenitor. Un niño ve cómo su amigo se cae y rompe a llorar. Una niña da una bofetada a su amiga y luego insiste en que es ella quien la ha recibido. Los niños pequeños parecen moverse entre el Yo y el otro de maneras que los adultos no lo hacen. El transitivismo se parece mucho a la sinestesia de tacto-espejo, ¿no es así? ¿Cómo analizar esta zona virtual, indirecta e imitativa entre tú y yo en un recién nacido o en niños pequeños? ¿Encontramos un “yo” y un “tú” distintos o quizá un “nosotros” más borroso?

Winnicott creó entre el niño y la madre una abertura quepodría llamarse zona borrosa o una especie de “entre nosotros”. Se refirió a ella como “espacio transicional” y, aunque él no lo dice, lo tomó del concepto de transferencia del psicoanálisis freudiano. Para Freud, la transferencia tenía lugar en una “zona intermedia” entre el paciente y el analista. Entre otras descripciones, Freud utilizaba el término Tummelplat  para representar esta cargada zona intermedia de proyección que luego se convirtió en un «patio de recreo” en la traducción de james Strachey. El espacio transicional de Winnicott no está totalmente dentro de una niña, pero tampoco está del todo fuera, y es un lugar donde ella puede jugar. Los “objetos  transicionales» y las «extensiones del yo» son cosas que la niña utiliza, la punta mordisqueada de una manta o un peluche muy querido, por ejemplo, pero también los cadenciosos balbuceos, palabras o canciones a través de los cuales crea una conexión simbólica e ilusoria con su madre, cosas que no están ni aquí ni allá, que no son ni el yo y el no-yo del mundo exterior. En este espacio potencial o imaginativo es donde el niño juega y el artista trabaja, es «una tercera área» que, según Winnicott, nunca dejamos atrás sino que volvemos   continuamente a ella como parte de la creatividad humana corriente. Se podría decir que asistimos a un entremezclarse normal. La creación de arte se realiza en una zona fronteriza  entre el Yo y el otro. Es un espacio ilusorio y marginal pero no alucinante.

INCIPIT 876. LA MUJER QUE MIRA A LOS HOMBRES QUE MIRAN A LAS MUJERES / SIRI HUSTVEDT


El arte no puede ser la aplicación de un canon de belleza, sino la aplicación de lo que el instinto y el pensamiento pueden concebir independientemente del canon. Cuando amamos a una mujer no empezamos a medir sus formas; amamos con nuestros deseos y, sin embargo, hemos hecho lo imposible por introducir el canon hasta en el amor. 
PABLO PICASSO


Lo importante es tener un amor verdadero por el mundo visible que está fuera de nosotros mismos, así como conocer el profundo secreto de lo que sucede en nuestro interior. Pues el mundo visible en combinación con nuestro yo interior proporciona el terreno donde podemos buscar infinitamente la individualidad de nuestra propia alma.  
MAX BECKMANN

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