Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.565. LA FORJA DE UN PLUMIFERO / SANCHEZ FERLOSIO


Tengo la convicción de que al menos desde la adolescencia fui el predilecto de mi padre, en lo que pudo influir nuestro vicio común de manejar la pluma, aunque él nunca llegó a los extremos patológicos de grafomanía que he alcanzado yo. Tendría yo 17 o 18 años cuando un día irrumpe en mi cuarto y, sin más preámbulos, me espeta: “Rafael, ¿tú crees que se puede escribir gémula iridiscente? ¡Gémula iridiscente"!». Era de Ortega. Antes de la guerra mi padre había sido, con José Antonio Primo de Rivera, Ruiz de Alda, creo que Fernández Cuesta y algún otro más joven, como Alfaro, o menos relevante, fundador de la Falange; ya entonces se reía de la pasión que por Ortega (involuntario precursor de la Falange) demostraba Primo de Rivera, y, como éste tenía, creo que sobre la chimenea de su despacho de la calle de Serrano, un retrato dedicado del ínclito filósofo, mi padre se burlaba de José Antonio, señalando el retrato y diciendo: «¡ La estampita, la estampita!».


INFANCIA


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 47

No sé de qué manera, pero la rupia y el cronómetro de oro irán conmigo juntos ya para siempre, como signos desesperados de nobleza y honor. Pequeños gestos, oscuros símbolos, que encierran algo esencial y misterioso de la naturaleza humana. Como dice Juan Benet: «La conciencia atesora lo incomprensible».

También van juntos en mi memoria, formando un trío inseparable, Stevie, Ike y Alfanhuí, los personajes de Conrad (El agente secreto), de Faulkner (El villorrio) y de Sánchez Ferlosio. Tres niños que representan mejor que nadie la inocencia primordial de esa edad en que aún somos naturaleza, en que amamos la vida más que su sentido, y a las cosas y a los hechos por sí mismos y no por su finalidad. Cuando los animales son nuestros semejantes, el caballo semejante de Stevie, la vaca de Ike, los bueyes de Alfanhuí. Juntos van conmigo, y con mi propia infancia, inseparables cofrades no contaminados aún por la condena del pan y del sudor, ni por el pacto de la razón con la necesidad de vivir con cordura y provecho ...


INCIPIT 1.412. BORRIQUITOS CON CHANDAL / SANCHEZ FERLOSIO


Sobre el «Pinocho» de Collodi

1. Lenguajes adaptados. Cuando los colonizadores dicen que los colonizados no están «maduros para la autodeterminación” juzgan la cosa sobre el canon de sus propias maneras de existencia; pero, aun dando por bueno ese criterio y suponiendo que respecto de él sea cierto el veredicto, no hay que perder de vista hasta qué punto éste se ha dictado desde el hecho de la propia colonización y a la luz de las relaciones por ella establecidas. Como con los animales domésticos, se juzga la inteligencia del colonizado principalmente por su capacidad para entender al colonizador, para comunicarse con él. Pero ya que la lengua es el medio en cuyo seno tiene que medirse tal capacidad, hay que ver en primer lugar qué es lo que pasa con la lengua que corre entre uno y otro; y lo que pasa es que le propio colonizador empieza por fijar esa lengua -que es la suya- en un estadio de aprendizaje absolutamente grosero y elemental


INCIPIT 1.352. LA VERDAD DE LA PATRIA / RS FERLOSIO

Villalar por tercera y última vez

Desde que el honorable salió al balcón y dijo: «Cataluña soy yo», se ha redoblado por estos andurriales el estridente griterío de los gatos que quieren zapatos, de las mariquitas que quieren ir de guantes, de las monas que quieren vestirse de seda. En los manuales de historia próximos futuros, bajo un epígrafe en negrita que dirá «El regionalismo », los estudiantes de bachillerato leerán: «Hacia finales de la década de los setenta, bla bla bla, el fenómeno histórico del regionalismo, bla bla bla». Pero este futuro «fenómeno histórico » no fue en principio más que una pelotita de papel que López Rodó echó al aire una mañana tonta y que el rapidísimo pelotari Suárez, a la voz de «¡mía!», empalmó de volea mientras pensaba: «¡Qué bola, Señor, qué bola!». Y así, el más listo de todos los políticos (si bien en la era de los Carter y los Giscard no es al fin tan difícil que un castellano fino, con instinto y reflejos para el carpe diem, llegue a brillar como un Solón o un Lorenzo el Magnífico)


VICTIMATO


La verdad de la Patria, RS Ferlosio, p. 237

Se considera a las víctimas como algo sagrado y no lo son. Han armado una nueva configuración mental; han transformado el sentimiento en venganza sagrada, con su ganar y perder, al que no le falta su negra honrilla; se han constituido en asociación con lista de socios, que son los parientes de los muertos, con su organización burocrática, sus declaraciones públicas, su doctrina; al resultado de esta inversión capital es a lo que yo llamo Victimato


CATALUNYA


La verdad de la Patria, RS Ferlosio, p. 223

El artículo se encuadra en la polémica desatada por la publicación en El Pais del artículo de Juan Benet titulado «Catalunha en la Espanya moderna» (2 de junio de 1983), que dio lugar a un aluvión de «cartas al director», algunas muy airadas. El artículo de Benet concluía con el siguiente párrafo: «Y he aquí que en pleno centro de Madrid, en la plaza de Colón, se abre una exposición que se anuncia al público con grandes y elegantes caracteres: «Catalunya en la España moderna». ¿Quién habrá sido el salvaje, me pregunto, que, por sí y ante sí ha decidido enviar a la ñ a hacer punyetas? Sin duda un personaje adulador y nada sobrado de conocimientos, pero ¿se habría atrevido a hacer algo semejante con un «La France en la España moderna»? ¿ Y por qué no Espanha, o Espanya o Spagna? ¿Qué escrúpulo le detuvo para respetar la segunda ñ? ¿O es que quiere marcar las diferencias? ¿ Y qué intención le puede llevar a tal apuntamiento? Sin duda que, de una manera oblicua, no ha pretendido sino vejar a los catalanes por no haber sabido en su día dar a la ñ el tratamiento que merece; para recordarles una historia lingüística que tiene ciertas limitaciones, como la imposibilidad de utilizar el signo de interrogación inicial que, de poderlo hacer, concedería mayor flexibilidad a sus múltiples aseveraciones. Porque, lo quiera o no el autor del letrero, Cataluña, en nuestra lengua, se escribe con ñ, con una tilde como la copa de un pino.


La demencia senil de la cultura española


La verdad de la Patria, RS Ferlosio, p. 30

La cultura española no recuerda, pero anda loca por conmemorar. Una vez más, con una recurrencia que alcanza obstinación de pesadilla, se pide la traída a España de los restos de Machado. No sé cuándo se tendrá la delicadeza de recordar que no fue circunstancia fortuita ni trivial la que le llevó a dar con sus huesos en Colliure, y sobre todo que no debe su sepulcro a algún anónimo e indiferente azar administrativo, sino al personal impulso de piedad de una mujer francesa, y comprender que ni aquella última huella de su vida tiene por qué ser borrada ni tan tierno acto de hospitalidad postrera merece ser deshecho, sino perpetuado. Por lo demás, Colliure está tan cerca que la breve y grata excursión no viene más que a aumentar el incentivo y estimular el apetito para los fervorosos jubileos de la fauna necrófaga española. Pero lo último que se está urdiendo contra el descanso de aquellos pobres huesos es nada menos que confiar el encargo a una comisión constituida por la Real Academia y presidida por el Rey, con lo que la amenaza tocaría esta vez en dimensiones de homenaje nacional. Justo el gasto que estaba haciendo falta para aliviar el superávit del presupuesto de cultura! Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas.


ExPAÑA


La verdad de la patria, Ferlosio, p. 9

Puede que la de Rafael Sánchez Ferlosio -la de los llamados «niños de la guerra»- sea la primera generación de intelectuales y escritores españoles que se desentendió de España como patria. La primera que no quiso saber nada de España como «problema», y a la que la misma España ni le dolía ni le dejaba de doler, simplemente se la repampinflaba.Así dicho, puede que esto suene demasiado chocante y hasta un punto provocador, pero, hechas las correspondientes matizaciones, se ajusta bastante bien a la realidad de los hechos. Educados y crecidos en el franquismo, esos «niños de la guerra» padecieron en carne propia, durante sus años de formación, la exaltación partidaria de la más rancia ideología nacional, y fueron la primera generación para la que los símbolos y distintivos patrióticos -la bandera y el himno, por supuesto, pero también Don Pelayo, el Cid Campeador y Agustina de Aragón, el flamenco, la jota, los toros, el pasodoble, la paella, todo el beaterio nacionalcatólico, El Escorial y hasta la mismísima Giralda de Sevilla- quedaron indeleblemente impregnados de la refitolera fraseología de un régimen autárquico, vengativo, zafio y anacrónico, entre cuyos daños más prolongados se cuenta el quizá irreparable desapego de muchos españoles respecto de todos esos símbolos y distintivos, y hasta de la misma palabra «España», y la noción que de ella se desprende.


¡Ultraje a la paella!

Diálogos con Ferlosio, p. 68

Por todo lo cual ya desde ahora advierto que, si por azar, afortunadamente harto impensable, me viese algún día -Dios no lo quiera, aunque tampoco dejaría de afrontar valientemente mis responsabilidades convertido de pronto en presidente de Gobierno, tengo muy meditado que, por el bien de los españoles, mi primer acto de gobierno no podría ser otro que un decreto-ley prohibiendo inmediatamente y sine die los Sanfermines de Pamplona, las Fallas valencianas, la Feria y Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío y toda especie semejante, amén de incoar, simultáneamente y por la vía de urgencia, un proyecto de ley orgánica para la abolición de la Virgen del Pilar (¡Dios, que descanso para Zaragoza, para Aragón, y para España entera!).

LOS 300


Diálogos con Ferlosio, p. 336
Santiago Romero: ¿Vio una superproducción de Hollywood titulada Los 300?
RSF: Yo no voy al cine hace ya doce o quince años.
SR: Es una revisión de la batalla de las Termópilas en clave de cómic. RSF: Lo sé. Pero es una revisión absurda, por lo que me cuentan. ¡Los espartanos van desnudos, como salvajes, no van vestidos de hoplitas! Es todo falso. Los espartanos no eran unos salvajes, eran combatientes implacables. Existe la anécdota famosa de que Jerjes mandó un espía poco antes de la batalla. Va, mira y vuelve. «¿Qué están haciendo?”, le pregunta Jerjes. «Se están peinando», responde el emisario. En un primer momento no comprenden, hasta que un consejero de Jerjes rompe el silencio: «Entonces es que van a batirse hasta morir”. Yo me imagino de una forma muy bonita cómo se peinaban: lo hacían en rueda, el de atrás peinaba al de adelante. De bárbaros, nada.

INCIPIT 974. DIALOGOS CON FERLOSIO


ANOCHE LLEGÓ DON RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, GANADOR DEL PREMIO NADAL 1955
La Vanguardia Española, 1956
Rafael Sánchez Ferlosio, ganador del Premio Eugenio Nadal 1955,  se encuentra en Barcelona desde anoche, acompañado de su esposa la joven escritora Carmen Martín Gaite. Llegaron ambos sigilosamente, del mismo modo que habían partido de Granada a las cuatro de la tarde, y escalaban en Barajas a las siete. Sin que nadie se enterase, cuando eran tantos y tantos los periodistas que les perseguían vanamente en las últimas veinticuatro horas. Las c9nferencias telefónicas con Madrid y Úbeda no habían dado resultado, naturalmente, porque el autor de El ]arama descansaba plácidamente, anteanoche, en un hotel de Granada. “Desde luego quisimos escuchar la radio -nos ha dicho--. Pero no supimos a quién acudir, para estar a la vera del receptor. Optamos, finalmente, por el descanso, puesto que hoy regresábamos a la capital”.
Las facciones y estatura de Sánchez Ferlosio recuerdan mucho a su ilustre padre, el académico y exministro don Rafael Sánchez Mazas. En el salón del hotel nos recibe en unión de su esposa y del escritor Goytisolo.
Rafael Sánchez Ferlosio: El paradero de Úbeda era, ciertamente, la última pista de mi padre. Estuvimos allí, pero hace unos días.

GRANDE GRANDE GRANDE ES EL SEÑOR


Diálogos con Ferlosio, p. 199
»Así que seguí trabajando por mi cuenta y me hundí en las anfetaminas y la gramática durante quince años. No quería ver a nadie. Por aquellos años venía a visitarnos casi cada día un escritor, que se aburría soberanamente, pero yo apagaba la luz de mi cuarto y Carmen Martín Gaite le decía que estaba durmiendo y que no podía despertarme. Allí esperaba, a oscuras, a veces horas, hasta que se iba, para poder seguir con lo mío. Llegue a estar seis días y seis noches sin parar. Me tragaba un tubo entero de Centramina o de simpatina, que eran muy malas.
»Con las anfetaminas, lo normal era trabajar intensamente sobre los cuatro días, luego dormía un día entero con una maravillosa bajada de tensión. Y después cogía a mi niña y me pasaba tres días con ella. Íbamos a ver cuadros; le gustaba mucho El Bosco porque, como ella decía, "tiene mucho"; y La laguna estigia de Patinir. Éste que cuelga de la pared [El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo] era su favorito. Yo no quería enseñárselo, por esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión de la muerte, y me la llevaba hacia El carro del heno, que está al lado, pero me cazó. Era muy difícil de engañar. Se convirtió en su cuadro favorito.
>>Al cabo de tres días me encerraba otra vez. Primero tomaba dos Centraminas para ponerme en marcha, luego cuatro; el segundo, tercer y cuarto día eran los mejores y en los dos últimos venía el descenso. Me quedaba despierto sin necesidad de tomar pastillas; la excitación cerebral era de tal categoría ... Luego caía tumbado. Fueron quince años, del 57 al 72, de máxima intensidad gramatical; nunca lo he pasado mejor. Siempre he escrito o leído a la luz de la bombilla, así que fueron cinco mil noches, más o menos, las que dediqué a la gramática y a las anfetaminas.
>>En 1970 me fui a vivir a la calle Prieto Ureña, en donde sucumbí al desorden y la animalización, casi a la destrucción. Volví al mono. La anfetamina (ahora usaba la extraordinaria Dexedrina spansuls) es (al menos imaginariamente) muy industriosa. Me aficioné a las herramientas  y a los pegamentos (fue la gran temporada de los "epoxi"); dibujaba muebles, como "El vargueño rampante" del que desarrollé muchos modelos, que luego era incapaz de construir. Todo el piso estaba cubierto de basura menos un caminito que llevaba al armario de herramientas. Yo hacía manualidades, jugaba con tornillos, con pegamentos, hacía manufacturas con tubos de plástico y diversas carpinterías inútiles ... Cuando me sacaron de allí había sacos enteros llenos de tubitos de plástico. A veces perdía la conciencia, gateaba a cuatro patas y gruñendo, y no entendía ni siquiera los tornillos, no sabía lo que eran. Me dio por usar un soldador y me quemé el brazo izquierdo; eran quinientos o seiscientos grados. Llegué al extremo de la degradación. Tenía lo que denominé "alucinaciones olfativas".
»De modo que la química me encerró entre dos frentes [el de la anfetamina y el de los epoxi] y me tuvo sitiado casi un par de años hasta que me salvó el dueño de la casa que me dio 400 mil pesetas para recobrar el piso.

(Toros contra caballos)


De algunos animales, RS Ferlosio, p. 94
Tengo entendido que los primeros escandalizados ante la crueldad de las corridas de toros no fueron ni los catalanes ni los castellanos sino los ingleses, y no por la gente y la muerte del toro sino por las de los caballos. No hay ni que decir lo que para un inglés es un caballo. En el entresiglo XIX-XX los ingleses tenían buenas razones para venir a España, tal vez aún poco turísticas, pero sí industriales y mineras: sobresalen al norte la producción de hierro y al sur las minas de cobre de Río Tinto. En el invierno de 1956 tuve la suerte de pasar diez días en el precioso Hotel Victoria, de Ronda, todavía en su forma prístina -victoriana, como su nombre indica- y no en la detestable remodelación posterior. Seguramente construido para los ingleses que frecuentaban Gibraltar, fue a situarse precisamente en Ronda, con su famoso “tajo”, un verdinegro abismo vertical que la divide en dos, aunque con tres puentes, el más alto de ellos, en la cota superior de la ciudad. Pero Ronda era además una antigua y célebre ciudad taurina, con la primera plaza levantada sobre planos de arquitecto, muy arrimada al “tajo” y con el propio Hotel Victoria en sus proximidades. Lóbrega fama la de aquella plaza: a los caballos muertos por el toro los sacaban hasta el borde del barranco y los precipitaban vertiginosamente al fondo del abismo, cien metros más abajo, donde servían de pasto a las aves carroñeras. ¡Virgen Santísima!, ¡qué pesadilla de caballos muertos para una dama inglesa hospedada en el Hotel Victoria!
Muy distintos motivos y circunstancias, y desde luego totalmente remotos a la compasión, fueron los que removieron la “cuestión caballos” entre los taurinos nacionales. Hubo una época, creo que fijada desde una ordenanza de 1846, en que el ministerio obligaba al empresario de cualquier corrida ordinaria corriente de seis toros a tener dispuestos en la cuadra hasta cuarenta caballos para la suerte de varas; de modo que cada toro tenía asegurados seis caballos que matar, y todavía quedaban cuatro por si alguno no se había saciado con su cupo.

DEL HOMBRE


De algunos animales. RS Ferlosio
El don de la palabra hizo que el hombre se expatriara para siempre de la naturaleza; por eso la artificiosa y fraudulenta invocaci6n de la naturaleza, de una «armonía natural”, para fundamentar la economía, ha terminado por convertir al hombre en un producto de la publicidad, que se le ofrece por teatro y por espejo en que fingirse, exhibirse y contemplarse, haciendo de él un animal falsificado; una figura cabalmente inversa, pero no menos ridícula o sangrantemente degradante, a la de un chimpancé de circo en camiseta y con gorra de visera o la de un oso de zíngaro bailando a son de pandereta o aun la del mismo aleccionado y malhablado loro de la barbería.

(Lobos no tan feroces)


De algunos animales, RS Ferlosio, p.71
La milenaria propaganda infamatoria -promovída, sin duda, primordialmente por el gremio de los pastores- contra el lobo, cuya figura ha llegado a constituirse en paradigma universal del malo, ha sido de una eficacia sólo comparable con la que los romanos proyectaron contra los cartagineses -que desde entonces vienen arrastrando pareja mala fama entre todos los pueblos civilizados de la historia-, siendo así que lo más cierto es que el lobo, al igual que todo el resto de los cánidos, y en contraposición, por ejemplo, a los felinos, es uno de los animales más dulces y más capaces de amor hacia sus semejantes y sus desemejantes de entre todos cuantos están catalogados en los registros de la zoología. Y manifestación de ello considero el hecho, tan resaltante, de que en la nómina de los casos conocidos de niños adoptados, criados y educados por algún animal no sea otro que el lobo el que por aplastante mayoría cubre el papel de animal adoptante. ¿Y cuántas veces no hemos visto en los periódicos alguna perra a cuyas tetas aparece agarrado no un perrito sino un cerdito, un gatito, etcétera? Por el contrario, frente a lo que en un primer momento esperaríamos, esa nómina está bien lejos de apoyar con datos de experiencia el mito de Tarzán (mito, dicho sea de paso, de lo más idiota y más falto de imaginación que se haya conocido, tanto en la originaria invención novelesca de Edgad Rice Burroughs corno en los ulteriores traslados cinematográficos, a cuyo inexplicable éxito de público debieron de contribuir en gran medida los especiales atractivos anatómicos de Johnny Weissmüller), ya que ninguno de los cuatro grandes monos antropoides -gorila, orangután, chimpancé y gibón- prestigia su propia especie apareciendo siquiera con un solo caso entre los animales adoptantes.

(El rabo de los perros)


De algunos animales, RS Ferlosio, p.43
Cualquier perro alcanza pronto la más sensible receptividad para cualesquiera indicios expresivos de la actitud afectiva que en cada momento y en cada circunstancia pueda tener el amo con respecto a él, al que comprende igual de bien, si no mejor, que a otro individuo de su propia especie. La excepcional compenetración afectiva y comunicación expresiva que se da entre el hombre y el perro llega hasta el extremo de que éste sabe distinguir entre un reproche hecho en firme y en serio y un reproche en que una leve inflexión de broma da a entender cierta predisposición a la indulgencia, como lo demostraría en su peculiar actitud ante una frase como «¿De dónde vienes tú ahora, sinvergüenza?”, ante la cual ni se intimida del todo, ni se lanza a saludar con la despreocupada y confiada cordialidad que suele, sino que se mantiene en un prudencial término medio de circunspecta timidez, que no excluye el tantear y tentar, al mismo tiempo, la buena disposición del amo, con apenas iniciados avances de reconciliación: ese rabo, que en parte está metido entre las piernas y en parte está moviéndose, aunque sólo por la punta y con una oscilación muy atenuada, no parece, en su ambivalencia, sino el correlato expresivo y afectivo más exacto que pueda imaginarse de la inflexión, mezcla de broma y de reproche, de la frase de su amo y de la actitud afectiva que comporta, hasta el punto de que nos hace sospechar de si no estará también el perro jugando al oficioso rito sentimental de los falsos enfados y las reconciliaciones teatrales.

(Un alma buena)


Páginas escogidas, Ferlosio, p. 133
Mi padre me contó cómo yendo una vez en un metro atestado hasta el extremo humanamente posible de apreturas, sus ojos se encontraron con los de un cura pequeñito que venía al lado de él, aún más agobiado y sudoroso que todos los demás a causa  de la inferioridad de la estatura, y que mirándole con una sonrisa llena de dulzura y de  soportación le dijo: “Así cupiéremos en el paraíso”. Aquel corazón piadoso estaba dispuesto a aceptar que la Eterna Bienaventuranza fuese un lugar tan oprimente e incómodo como aquel vagón de metro con tal de que todos los hombres se salvaran.

EL LEÓN DE LYON


Páginas escogidas, Ferlosio, p. 230
Habiendo caído yo una tarde de domingo hace más de treinta años, y por las más indiferentes, inertes y azarosas circunstancias, en el solitario y bastante abandonado zoo de Lyon y habiéndome parado aburridamente a contemplar -acaso sólo por la arraigada rutina de una antigua deferencia, por un ya vacuo y formulario resto de respeto y cortesía hacia el que en otro tiempo por no menos que por Rey de la selva solía vender su vida-, y en exclusiva compañía de un francés desconocido, que en ostensible actitud de no menor nonchalance lo miraba, al león en su jaula, vimos ambos de pronto, por entre los arbustos que nos separaban de los barrotes tras los que la fiera levantaba el hondo y prolongado bostezo de sus fauces hacia el gris del domingo provinciano, deslizarse, espléndida de gracia, de sigilo y de libertad, una gran rata; a su vista, a los dos se nos iluminó de golpe y simultáneamente la mirada, y la voz del francés rompió, llena de júbilo, el hasta aquel instante melancólico silencio, exclamando en voz alta, y tanto para mi como para sí mismo: «Oh! Quel beau  rat!». Yo, que jamás he sido capaz de superar mi timidez y mi torpeza para chapurrear en francés ni tan siquiera una frase tan sencilla como “Bien sur, pardieu! Vous avez dit fort juste!”, no pude sino mirarlo con una sonrisa de plena aprobación, como asintiendo de todo corazón a sus palabras, pues en verdad que había acertado con ellas a expresar lo que yo mismo, ante la inopinada aparición, indiscernidamente había sentido: que el león no era allí más que un pobre pensionado del Ayuntamiento de Lyon, subvencionado para representar a una presunta Naturaleza, a la que, por lo demás, a causa de esta misma circunstancia, mal podía ya, en verdad, representar, y que naturaleza, en todo caso, no era allí sino lo que había traído y había hecho surgir y campear por un momento ante nuestros ojos la admirable rata que, imprevista, inconsentida, indeseada y hasta prohibida, había cruzado por delante de él.

(Imagen invertida)


Páginas escogidas, Ferlosio, p. 251
Me escandalizo cada vez que oigo hablar de respeto a la intimidad y de derecho a la vida privada. ¡Encima! Por lo visto, se ve como un pecado de la vida pública la indiscreción que fisga y saca a la vergüenza de la calle hasta los últimos reductos de lo particular. El privatismo dominante ha lesionado la mirada misma, que ya sólo es capaz de adoptar el punto de vista del particular, compadeciéndose de la gran diva acechada y perseguida por el tenaz teleobjetivo de la prensa del corazón hasta en sus más recoletas cotidianidades. Pero, vistas las cosas socialmente, ¿quién es realmente el invadido y quién el invasor? Basta pasar por un quiosco de periódicos para advertir el impudor y la osadia con que la vida privada ha tomado por asalto los medios de comunicación e invadido y ocupado con sus obscenas huestes el interés del público. Y para mayor escarnio, todos comprenden que la ley persiga la divulgación de intimidades contra la voluntad de los particulares afectados, pero levantarían el grito al cielo si se atreviese a restringir la divulgación de asuntos semejantes, no por respeto a la privacidad individual, sino por el decoro de la vida pública y en beneficio de sus intereses. La lente de una mentalidad privatizada ha invertido la imagen misma del fenómeno, pues la verdad social es que la vida pública es el agredido, y la vida privada, el  agresor.

LA HUMANIDAD Y LA HUMANIDAD


Páginas escogidas, Ferlosio, p. 143
Siempre me ha escandalizado que cada vez que se comenta una muerte producida por mano terrorista no falte casi nunca la inmediata consideración de cómo tal cosa contribuye a la “desestabilización de la democracia»; la mirada no se detiene apenas en el muerto y en los que le lloran (en aquel para quien se ha terminado para siempre no sólo el irrisorio bien de la democracia, sino la vida misma, y en aquellos para los que vida y mundo han quedado terriblemente desgarrados), para volverse acto seguido a las peligrosas consecuencias políticas que la reiteración de tal clase de hechos podría llegar a tener sobre la situación política vigente. En ningún caso, como en este rápido saltar por encima del absoluto de una vida singular para volver la vista hacia las repercusiones colectivas de su destrucción, resalta más claramente toda la siniestrez de ese fetiche ideológico que se designa como el Bien Común y que parece tener por cometido distraer y desviar constante y sistemáticamente la mirada –casi como en un puro automatismo defensivo- de cualquier mal  particular hacia un bien general que eternamente aplaza su promesa de revertir sobre sus únicos posibles beneficiarios: los sujetos singulares o, mejor dicho, los sujetos, ya que no hay otros que los singulares. Al fin, los que así remiten inmediatamente a las posibles consecuencias públicas, sin detenerse, como en algo absoluto, en la desaparición de un particular de la condición que fuere -ya que la vida no viste ni de militar ni de paisano-, se ponen en el mismísimo punto de vista que los matadores, supuesto que, al igual que en la acción de éstos, la vida o la muerte de los individuos resulta valorada sólo en función de su capacidad de amenazar o de atentar a la estabilidad de lo total.

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