Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

BERLIN 1946


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 60

Era un automóvil excelente para la Alemania ocupada. Recorrió zumbando la larga carretera arenosa que bordeaba los alegres lagos suburbanos hasta que el horror individual del Berlín bombardeado manifestó su personalidad de repente. Las distintas ciudades presentan diferentes modos de desolación. A primera vista aquí no había escombros, y pocos solares, sino kilómetro tras kilómetro de enormes casas huecas, depuradas por el viento y la lluvia, meros diagramas de vivienda. Después de haberse pasado la vida dibujando la opulenta arquitectura de los antiguos romanos y sus descendientes renacentistas, Piranesi enloqueció en sus últimos años y se dedicó a dibujar  edificios igual de majestuosos, pero despojados hasta mostrar el ladrillo desnudo, y entregados a la áspera necesidad de ser prisiones. Berlín había experimentado precisamente ese mismo cambio. Antaño presumía de muchas grandes avenidas, bordeadas de grandes casas, ornamentadas con exceso. Los caparazones de esas casas aún se erguían. A menudo podía imaginarse que la casa entera se mantenía en pie, aunque despojada de todo ornamento, para servir a algún propósito utilitario: ser un mejor asilo o cuartel. Pero las ventanas sin cristales miraban hacia dentro, a través de la ruina sin habitaciones, hacia las otras ventanas sin cristales en el otro extremo, y mostraban el cielo vacío más allá, en una mirada fija de demente.

No resultaba fácil saber qué sentían los berlineses. Por la calle, las mujeres vestían abrigos de invierno mejores que los que habíamos visto en lnglaterra en años. Los teatros estaban abiertos: había un festival Oscar Wilde y por las fotos se veía que el vestuario era muy bonito. Pero por descontado, ninguna persona, ninguna institución, eran las mismas en esta ciudad que, mientras Londres era castigada con látigos, lo había sido a su vez con escorpiones; una continuamente se desconcertaba a su vez al dar con alguna forma familiar sin su contenido acostumbrado. Los locales a pie de calle de los edificios en ruinas estaban siendo restaurados como tiendas y un buen número de ellos abrían como librerías. Las librerías alemanas rara vez -o nunca- habían resultado tan acogedoras como lo son las mejores librerías inglesas, francesas o finlandesas, pero sí habían constituido la desembocadura de un negocio editorial inmensamente poderoso y eficiente. Ahora, sin embargo, meramente contenían propaganda aliada y una cierta cantidad de volúmenes que brindaban a algunos autores alemanes una clase de fama singularmente desagradable. Cada librería exhibía un buen montón de ejemplares de unas pocas obras de desconocidos autores alemanes; era obvio que cuando estos libreros habían retomado sus actividades con permiso de los Aliados, se habían visto forzados a surtir sus estanterías recurriendo a la exhumación de remanentes de títulos publicados antes de la guerra, que habían resultado un fracaso y habían tenido que ser almacenados.


INCIPIT 1.189. VIDA METROPOLITANA / FRAN LEBOWITZ


Un día cualquiera: introducción destemplada

12.35 de la tarde. Suena el teléfono. No tiene gracia. No es ésta mi manera preferida de despertarme. Mi manera preferida de despertarme consiste en que cierta estrella de cine francesa me susurre suavemente al oído a las dos y media de la tarde que, si quiero llegar a Suecia a tiempo para recoger mi Premio Nobel de literatura, tengo que pedir ya el desayuno. Lo que ocurre con bastante menos frecuencia de lo que una querría.

Lo de hoy es un ejemplo perfecto, ya que quien me llama es agente en Los Angeles y me informa que no nos conocemos. Así es, y no sin razón. Está audiblemente bronceado. Se interesa por mi obra. Y su interés le ha llevado a pensar que sería una buena idea encargarme una comedia para el cine. Tendría, por supuesto, total libertad artística, ya que es evidente que los escritores cómicos se han hecho con el negocio cinematográfico. Miro a mi alrededor (cosa que cumplo con sólo mirar hacia arriba) y me doy cuenta de que Dino de Laurentiis se sentiría ciertamente sorprendido de oir semejante cosa. Ríe con desenvoltura y sugiere que hablemos. Yo le sugiero a él que ya estamos hablando. El, sin embargo, quiere decir que allá y con gastos por mi cuenta. Le replico que la única forma de ir a Los Angeles pagándomelo yo, sería por correo.


INCIPIT 1.188. ODISEICAS / CARMEN ESTRADA




LA MUJER EN LA SOCIEDAD ARCAICA

Los acontecimientos narrados en la Odisea se ambientan en la sociedad micénica, alrededor del siglo XII a. C.; se transmitieron de forma oral a lo largo de varios siglos sobre los que no disponemos de mucha información; fueron más o menos fijados tras la adquisición del alfabeto, hacia el siglo VIII a. C.; y fueron recopilados, transcritos y es posible que modificados entre los siglos VI y m a. C. La sociedad helénica en todo ese larguísimo periodo fue estrictamente patriarcal. Por ese motivo, en una primera ojeada a las mujeres que aparecen en la Odisea, la atención se centra en sus estilos de vida, que, como es lógico, reflejan la sociedad en la que se desenvuelven. Si no fuera así, la Odisea no sería un poema épico ni una novela de costumbres, sino una obra de ciencia ficción o una utopía.


DANY DEL SALON WEST


Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 116

Dani me ama porque soy una buena clienta. Bienhumorada y desprendida. Cada mes le hago un gasto considerable: me tiño, me dejo cortar las puntas si él lo estima oportuno, aplicarme cremillas que fortifican e hidratan y no sé cuántos ungüentos más que Dani recomienda y que van sumando dólares a la cuenta. Sé que tener a un Dani en la vida cuesta un dinero. Y aunque el muy pomposamente llamado Salon West no es más que un local de barrio, las peluquerías en Nueva York son abusivamente caras.

Dani también me ama porque le escribí su biografia para la página web de la peluquería, un párrafo que ahora acompaña a su foto y que habla de esa especialidad tan codiciada entre las latinas: los moños. También me adora porque le conté que una noche nos invitaron a cenar en el apartamento de uno de los propietarios de Chanel, frente a Central Park, y que a pesar del dineral que se respiraba en el ambiente y en las paredes, pasamos hambre. Cada vez que voy, tengo que volver a contarle a Dani esta historia, como el niño que exigiera siempre el mismo cuento y disfrutara aún más por tenérselo sabido. Responde invariablemente: “¿De veldá?». Y entonces diserta sobre la mezquindad de los ricos y la generosidad de la clase trabajadora a la que él pertenece, y me describe todos aquellos manjares con los que me agasajaría si yo fuera un día a su casa en Nueva Jersey. Y sé que es cierto, que así lo haría, y que hay algo de verdad en eso de la roñosería del que más tiene. También sé que la próxima vez que vuelva le daremos nuevo brío al cuento de la cena en el apartamento del Upper East. Él comenzará con una sonrisa maliciosa: “¿No has vuelto a casa de los de Chanel?”. Y yo le diré que no, y él dirá que mucho mejor así, que para pasar hambre ... Y esperará a que yo le vuelva a describir las impresionantes vistas sobre el parque, las dimensiones del apartamento, las pinturas de valor incalculable que nos rodeaban y, una vez que lo haya situado en el centro de aquel salón, una vez que lo haya abducido convirtiéndole en un invitado más de aquella cena, vendrá el momento en que el anfitrión me ofrecerá algo de beber y yo le diré: «Un vino blanco» y él me dirá: “No tenemos vino blanco», y entonces será cuando Dani, que cada mañana viene desde Nueva Jersey desafiando los incontables inconvenientes que esta ciudad depara a los trabajadores en el camino al trabajo, dejará de aplicarme el Carrot Cake unos segundos para enfatizar su asombro, su indignación, e improvisará un discurso más humano que  reivindicativo sobre los ricos y el resto del universo; no porque tenga aspiración alguna de que el mundo cambie, sino para constatar lo que viene siendo, como ley natural, el  comportamiento del poderoso hacia los inferiores.


JAMESIANA


Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 140

Tóibín resultó ser un encanto. Generoso con Antonio y muy agudo literariamente, Tóibín tiene una peculiaridad cómica, una sonrisa que rompe en risa cuando menos lo esperas y unos gestos nerviosos, como de persona a la que asaltan varias ideas buenas a la vez y ha de hacer un esfuerzo para seleccionar una. Mueve las manos muy expresivamente dejando los dedos índice y corazón tiesos, lo cual le confiere un cierto aire de marioneta.

Después de la charla, fuimos a cenar al Pámpano, el mexicano aliado del Cervantes. Me gustó que se dejara preguntar sin reservas y con alegría. Le pregunté por Brooklyn, su novela sobre la muchacha irlandesa que emigra a Nueva York en los años cincuenta. Nos contó que está basada en una historia que le había contado su madre. La sobrina de la mujer que inspiró la historia se presentó en una de las charlas que ha dado Tóibín estos días en Columbia, donde imparte clases de literatura durante un semestre. El novelista siempre está expuesto a que le persigan sus personajes. Le pregunté por The Master, su libro sobre Henry James, al que siguió, con sólo seis meses de diferencia, el de David Lodge también sobre  James, Author,Author. Una desafortunada casualidad en la que salió perdiendo Lodge, por aquello de que su libro se publicó más tarde y de que, aun siendo Lodge un novelista reputado e ingenioso, goza de menos prestigio literario. Ya se sabe que haber escrito humor resta puntos. A mí me gustaron las dos novelas, las leí una después de la otra, aunque es más penetrante la de Tóibín, donde la homosexualidad de Henry James es una sugerencia sutil que recorre todas sus páginas. Colm dijo: “La novela de Lodge es buena. Yo me leí la suya, en cambio sé que él no se ha leído la mía”.


CIRCE


Odiseicas, Carmen Estrada, p. 135

Lo incómodo del episodio de Circe en la Odisea, lo que queda enmascarado en la tradición posterior, es que la diosa asume un rol nada habitual ni en la sociedad real ni en la ficción. Circe es independiente, toma la iniciativa erótica, constituye el elemento poderoso y sabio de la pareja, y es el quehacer amoroso de Odiseo el que le permite obtener contrapartidas de la diosa, salvando así a sus compañeros. La mujer es la que otorga favores a cambio de sexo y esto no se perdona fácilmente. Es casi un prototipo inverso de numerosas escenas que se han prodigado no solo en la mitología griega, en la que los dioses salen de caza y ellas son la presa,  lo que se consume y se olvida, sino también en distintos géneros literarios a lo largo de siglos, desde Las mil y una noches a la novela negra americana, sin olvidar la llamada copla española.

Es interesante también hacer un repaso de las imágenes de Circe que ha transmitido la pintura occidental de distintas épocas. Salvo contadas excepciones, se la suele representar como una mujer solitaria, a veces con animales o con objetos mágicos, a menudo con documentos escritos, y rara vez en compañía. Sola, autosuficiente, sabia. Decididamente peligrosa para la mentalidad de muchos.

La Circe de la Odisea es más que eso. Un personaje complejo que no responde solo a la lujuria aunque disfrute de ella, que acepta el amor cuando se presenta y sabe darlo por terminado con elegancia cuando llega el momento. La cama, en la que ambos se encuentran desnudos en su última noche de amor, es el lugar elegido por Odiseo para obtener de ella permiso y ayuda para partir. Al levantarse, concedido el permiso y planificado el viaje, ambos se demoran y se miran mientras ella lo va vistiendo y le coloca con cuidado cada una de las prendas, en silencio. Y como un coletazo de aquel amor y de aquella estancia en la isla, aún le llega a Odiseo un recuerdo muchos años después, en Esqueria, cuando está guardando sus tesoros para regresar, finalmente, a Ítaca. La reina Arete le advierte que cierre bien el cofre, no le vayan a robar, y, evocando a Circe, Odiseo hace un nudo que ella le enseñó. El ingenio y la habilidad de Circe. Sonríe mirando a Arete, quizás imaginando que ambas se llevarían bien si se hubieran conocido. Pero la literatura en la que aparecen mujeres que son amigas entre sí tardaría aún mucho en llegar.

TRABAJO


León en el jardín, W Faulkner, p. 340

P: ¿Qué clase de trabajos hacía para ganar ese «algo de dinero de vez en cuando»?

FAULKNER: Lo que surgiera. Podía hacer un poco de casi todo, manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca precisé demasiado dinero, porque la vida en Nueva Orleans era muy barata entonces y lo único que necesitaba era un sitio donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas a las que podía dedicarme durante dos o tres días y ganar dinero suficiente para vivir el resto del mes. Por temperamento, soy un vagabundo y un golfo. El dinero no me gusta lo bastante como para trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes de la vida es que lo único que una persona puede estar haciendo ocho horas diarias, día tras día, es trabajar. No se puede comer durante ocho horas diarias, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas: lo único que se puede hacer ocho horas seguidas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan infeliz y desdichado a sí mismo y a todos los demás.


FAULKNER


León en el jardín, W Faulkner, p. 334

Puesto que ninguna de mis obras ha cumplido mis propios estándares, tengo que juzgarlas en función de la que mayor dolor y angustia me causó, igual que una madre quiere más al hijo que se convirtió en ladrón o asesino que al que se hizo cura.

P: ¿Qué obra es esa?

FAULKNER: El ruido y la furia. La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia, para verme libre del sueño que siguió atormentándome hasta que lo hube hecho. Es la tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos, porque es valiente, decidida, generosa, amable y honesta. Es mucho más valiente, honesta y generosa que yo.

P: ¿Cómo empezó El ruido y la furia?

FAULKNER: Se inició con una imagen mental. En el momento, no me di cuenta de que era simbólica. La visión era el fondillo embarrado de las bragas de una niñita subida a un peral, desde donde miraba por una ventana el velatorio de su abuela, para contarles a sus hermanos al pie del árbol lo que estaba pasando. Para cuando hube explicado quiénes eran y qué estaban haciendo, y cómo se le habían manchado de barro las bragas, me di cuenta de que sería imposible meterlo todo en un relato corto y que tendría que ser un libro. Y entonces caí en la cuenta del simbolismo de las bragas sucias y esa imagen fue sustituida por la de la niña huérfana de padre y madre bajando por el canalón de la lluvia para huir del único hogar que había conocido, donde nunca le habían ofrecido ni cariño, ni afecto, ni comprensión. Ya había empezado a contar la historia a través de la mirada del niño idiota, porque me pareció que resultaría más eficaz contada por alguien que sólo era capaz de saber lo que había ocurrido, pero no por qué. Vi que no había conseguido contar la historia esa vez. Traté de contarla de nuevo, la misma historia vista por otro hermano. Pero seguía sin ser lo que quería. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Seguía sin ser lo que quería. Intenté juntar todas las piezas y rellenar los huecos asumiendo  el papel de portavoz. Seguía sin estar completa. No lo estuvo hasta quince años después de publicado el libro, cuando escribí como apéndice de otro libro un intento final de contar la historia entera y sacármela de la cabeza, para poder descansar. Es el libro por el que más cariño siento. No pude dejarlo estar y nunca conseguí contarlo bien, por mucho que me esforzase, y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente volvería a fracasar.


INCIPIT 1.187. ESTE LIBRO TE SALVARA LA VIDA / AM HOMES


Mira por el ventanal. La ciudad se extiende a sus pies, envuelta en un sopor nebuloso. Baja presión. Las nubes ruedan sobre las colinas, emanando de grietas y fisuras como si la geografía misma enviara señales de humo.

Allá abajo, al final de la cuesta, una mujer nada y su larga melena castaña flota en el agua. Su bañador es un precioso punto rojo vivo, un ave tropical rara en una superficie de un azul celestial. Nada crawl todas las mañanas; bracea como una olímpica. Se solaza nadando, se recrea en su determinación, el ritmo, la rutina, en el hecho de estar despierta cuando él está despierto.Bracea con urgencia; no puede no nadar. Ella, la nadadora, es su confidente, su musa, su sirena.

Él está en el ventanal; no suele estar ahí, al menos a esas horas. Normalmente se levanta y se sube a la máquina: él corre mientras ella nada. Corre observando cómo circula la  teleimpresora electrónica, negocia desde un teclado atado a la cinta rodante, teclea mientras corre, hace sus apuestas, ajusta posiciones, juega a corto y a largo, calcula cuánto se puede jugar al alza y a la baja, a lomos de una onda electrónica invisible.

Él suele, suele. Hoy nada es igual y sin embargo es exactamente igual y nunca volverá a ser lo mismo.

INCIPIT 1.186. NOCHES SIN DORMIR / ELVIRA LINDO


Enero

Hace ahora diez años le conté mi vida a una psicóloga de Harvard que estaba haciendo un estudio sobre el Nest Syndrome, ese mal que aqueja a las madres cuando los hijos abandonan el nido. Aquí, en Estados U nidos, esa fecha está dramáticamente marcada en el calendario. Madres y padres saben que cuando los hijos cumplen los diecisiete, la edad habitual a la que se entra en la universidad, los perderán en gran medida para siempre. Los perderán. Mi profesora de pilates era hermana de esta académica de Harvard y, habiéndole contado mi caso, que nos habíamos venido a Nueva York dejando nosotros a los chicos en nuestro país, estaba interesada en hacerme una entrevista. Mi caso era el de una madre que abandona el nido antes que su hijo. Escribir esta frase me duele.

Aunque evidentemente era así, me sentí de pronto culpable o dolida o pillada en falta y le dije a la monitora de pilates que no tenía sentido que prestara mi testimonio a su hermana; al fin y al cabo, una madre española no abandona jamás a su hijo porque no existe una separación abrupta como ocurre en las familias americanas. Por el camino de vuelta a casa lo medité y finalmente acudí a la cita de la psicóloga. Su despacho estaba en una de esas preciosas edificaciones de no más de cuatro pisos que hay en el Upper East, frente a Central Park, en la Setenta y tantos. El lugar donde el cine nos ha hecho situar siempre a los psicoanalistas. Pero aquí no había diván sino dos sofás en ángulo.


JAMESIANA

Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 29

Hoy he decidido que ya no quiero ser escritora. Escribiré hasta que me muera, porque estoy acostumbrada desde niña a emplear el tiempo de esa manera y porque así me gano la vida, pero siento muy profundamente mi falta de ambición, mi miedo cada vez más insuperable a escribir un libro y que esté en manos de todo el mundo. Esto es algo que debería comunicarles a las siguientes personas: A Antonio, a Elena (mi editora) y a los amigos que me preguntan desde hace tres años que qué ando escribiendo. A nadie más. Si yo desaparezco de los escaparates, ¿a quién puede importarle?

Escribiré para ganarme la vida, tal y como hacía cuando escribía para la radio y sólo me preocupaba el programa del día siguiente. Sólo quiero sentirme implicada en el presente continuo. Creo que me entregué demasiado emocionalmente en ciertas páginas que escribí hace unos años y no me sentí recompensada. Aquella frustración se me enquistó y se ha convertido en desapego, en descreimiento. Escribo sin creer que mi vida sea la literatura.

Para colmo, me duele la mano derecha. Un dolor que se me extiende hasta el húmero, un hueso que ha entrado en mi vida para quedarse. Yo creía vivir sin húmero hasta hace unos meses, y ahora hay días en que después de escribir mi artículo tengo que reposar la mano sobre un cojín, y la miro como si fuera la extremidad de otro. A Henry James le pasó lo mismo, tan inútil y dolorida se le quedó la mano derecha que tuvo que contratar a un secretario para dictarle. Pero para qué quiero yo, secretarios si ya no voy a escribir o si voy a escribir sin vocación. Tampoco soy Henry James. Lo cual supone en este caso un ahorro y una ventaja.


EL RUIDO Y LA FURIA


León en el jardín, Faulkner, p. 213

FAULKNER: Eso empezó como un relato corto, era un cuento sin argumento, acerca de unos niños a los que echan de casa durante el funeral de su abuela. Eran demasiado pequeños para explicarles lo que estaba pasando y sólo veían las cosas, es decir, el lúgubre asunto de sacar el cadáver de la casa, etcétera, en relación con sus juegos infantiles, y de pronto me asaltó la idea de cuánto más se podría sacar del concepto de la inocencia ciega, centrada en sí misma, tan típica de los niños, si uno de esos niños fuese completamente inocente de verdad, vale decir, un idiota. Así nació el idiota, y entonces me interesé por la relación del idiota con el mundo en que moraba, pero nunca sería capaz de entender, y de dónde podría sacar la ternura, la ayuda que lo protegieran en su inocencia. Quiero decir «inocencia» en el sentido de que Dios lo había  cegado al nacer, es decir, privado de mente al nacer, no había nada que se pudiera hacer al respecto. Y así empezó a emerger el personaje de la hermana, y luego el del hermano, luego apareció ese Jason (que para mí representaba el mal absoluto. Es, en mi opinión, el personaje más perverso que se me ha ocurrido nunca). Luego hacía falta el protagonista, alguien que contara la historia, y así surgió Quentin. A esas alturas, ya me había dado cuenta de que no había forma de contarlo todo en un relato breve. Así que referí la experiencia que tenía el idiota de ese día, y resultó incomprensible, ni siquiera yo mismo habría podido decir qué estaba pasando, así que tuve que escribir otro capítulo. Entonces decidí dejar a Quentin narrar su versión de ese mismo día, o esa misma ocasión, y eso hizo. Y luego tenía que haber un contrapunto, que era el otro hermano, Jason. A esas alturas, resultaba todo completamente confuso. Sabía que me faltaba mucho para darlo por terminado, así que tuve que escribir otra sección, vista desde fuera, por un forastero, que era el escritor, para contar qué había ocurrido ese día en particular. Y así es cómo creció ese libro. Quiero decir, que escribí esa misma historia cuatro veces. Ninguna de las versiones estaba bien, pero había pasado tanta angustia escribiéndolas que no fui capaz de descartar nada y volver a empezar, así que la publiqué en cuatro secciones. No se trató en absoluto de un tour de force deliberado, es que el libro sencillamente creció de esa manera. Estaba tratando de contar una historia que me había conmovido mucho y fracasé cada vez, pero había puesto tanta preocupación en cada intento que no fui capaz de abandonarlo, como la madre que ha tenido cuatro niños malos y que habría vivido mejor si los hubiesen eliminado a todos, pero es incapaz de renunciar a ninguno. Y esa es la razón por la que este es el libro por el que más ternura siento, porque fracasó cuatro veces.


SANTUARIO


León en el jardín, William Faulkner, p. 182

FAULKNER: Bueno, llevaba algún tiempo escribiendo libros y disfrutándolo mucho, cuando un día se me ocurrió que quizás se pudiera ganar algún dinero escribiendo. Así que pensé en la historia de la que más convencido estaba que alguien estaría dispuesto a dar dinero por ella, y la escribí. Se la envié al editor y me escribió a vuelta de correo diciendo: «¡Cielo santo, no podemos publicar esto, acabaríamos los dos en la cárcel!». Así que me olvidé de la historia y escribí otros dos libros, y se publicaron. Un buen día, me llegaron por correo las galeradas de Santuario. Habían pasado dos años. Me la leí y estaba muy mal escrita, lo había enfocado de forma muy vulgar, El impulso que me había llevado a escribir el libro era tan evidente en cada palabra, que me dije que no podía dejar que saliera así. Pero ya habían hecho lo que llaman las planchas, la impresión metálica de la que sacan el libro. La única forma de reescribirlo era destruir esas planchas y hacer otras nuevas. El editor era joven también por entonces, acababa de estrenarse en el negocio, y me dijo que no podía pagarlo. Yo le dije que no podía publicarlo tal cual, pues sólo era un mal libro. Así que llegamos a un acuerdo por el que pagaríamos a medias entre los dos el coste de hacer las nuevas planchas de impresión. Mi parte eran 270 dólares y yo no disponía de 270 dólares en aquellos tiempos. Así que esa fue la primera lección que aprendí: a no escribir con vulgaridad, a hacerlo siempre lo mejor posible. El libro se publicó y se hizo muy popular, Fue la primera vez que gané un montón de dinero. Y justo antes de que me pagara, el editor se declaró en bancarrota. Así que me llevé mi merecido y aprendí otra lección, en adelante, cuando escribiera, lo haría con toda la honestidad de la que fuera capaz, y es una lección por la que estoy muy agradecido ahora. Así que ese libro, tal como ha quedado, es lo mejor que pude hacer con él.

P: Señor Faulkner, le ruego que me conceda la libertad de poner en tela de juicio lo que acaba de afirmar, No puedo creer que estuviera mal escrito. A mi entender, y tal vez peque de ingenuo, hay algo más profundo bajo la superficie. En mi opinión, tiene que ver con la injusticia. Tal como está escrito, no puedo evitar sentir la injusticia universal del [mundo]. Considere lo siguiente: el protagonista de la historia, Popeye, muere, pero no por haber asesinado al policía, sino por otra razón, por lo que no pude dejar de pensar en lo injusta que era la ley, ni dejar de sentirme terriblemente impresionado por la injusticia del mundo. Y desde ese punto de vista, la novela me estremeció.


INCIPIT 1.185. LA MITAD FANTASMA / ALAN PAULS


Siempre había vivido en departamentos alquilados. Sus finanzas, bastante estables para un país más bien propenso a la zozobra, le daban la posibilidad de elegir los edificios y barrios que le gustaban, disponer de las comodidades que necesitaba una vida como la suya y, en ocasiones, darse lujos muy por encima de su condición, una cochera, por ejemplo, o un balcón terraza, que por lo demás rara vez usaba. Pero esa situación de desahogo no le habría alcanzado para comprar, y tampoco para consuelos portátiles como imaginarse en el papel de propietario, un ejercicio que al menos le habría permitido evaluar mejor, desde una posición más idónea, las ventajas y desventajas de la condición que le estaba vedada. Al parecer, como la gran mayoría de sus semejantes, Savoy alquilaba porque no podía comprar. Sin embargo, el argumento, probablemente válido para otros, era en su caso poco convincente, a tal punto desconocía los placeres específicos que le proporcionaba el carácter de locatario. La relación   con sus locadores era uno, no el menor. Pagaba, iba especialmente a pagar todos los meses él mismo en persona, con la puntualidad de un aprendiz de enamorado, menos por obsecuencia o exceso de responsabilidad que para no privarse de un deleite cuyo hábito había contraído muy temprano, con sus primeros alquileres: el contacto con sus locadores, tanto más gratificante cuando más fugaz y superficial. Le gustaban esas frases de cortesía, esos gestos formales, esos embriones de conversación que morían tan pronto


Incipit 1.184. Cómo ordenar una biblioteca / Roberto Calasso


1. Cómo ordenar una biblioteca

¿Cómo ordenar la propia biblioteca? Es un tema altamente metafísico. Me sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado. De hecho, ofrece una buena ocasión para indagar en la cuestión capital: ¿qué es el orden? El orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se  puede vivir. Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre esas dos afirmaciones.

En lo que se refiere a los libros, el mejor orden no puede sino ser plural, al menos tanto como  lo sea la persona que usa esos libros. Debe ser, además, sincrónico y diacrónico a la vez: geológico (por estratos sucesivos), histórico (por fases y caprichos), funcional (en relación con el uso cotidiando en un momento determinado), técnico (alfabético, lingüístico, temático)


SI SE PUEDE


Volver la vista atrás, Juan Gabriel Vásquez, p. 257

Pasó la noche de Navidad con Leiva y con su hermano el cardiólogo y con un puñado de hombres y mujeres de pelo más largo que el suyo que lo querían saber todo, absolutamente todo, de China y de Mao y de la Revolución Cultural, y querían saber si el proletariado era tan feliz como se decía, y si era tan heroico. “¿Es verdad?», le decían. “¿Es verdad que están rompiendo con el pasado feudal, con miles de años de historia? ¿Es verdad que eso se puede?» Sergio pensó en los hombres y las mujeres humillados en público, las cabezas bajas, los sombreros de un metro de alto que acusaban a su portador de complicidad con el capitalismo, los letreros colgando de sus cuellos con otros cargos en letras grandes -déspotas, terratenientes, simpatizantes del enemigo, elementos de las pandillas contrarrevolucionarias-,y recordó los museos y los templos arrasados por multitudes violentas y las noticias de fusilamientos que llegaban del campo, de las que sólo se enteraban muy pocos. Recordó todo aquello y sintió por razones misteriosas que no podía hablar de nada, o que no le entenderían si contaba lo que sabía.

“Sí”, les dijo. “Es verdad que se puede.”


COMUNISMO


Volver la vista atrás, Juan Gabriel Vásquez, p. 196

Para Marianella, mientras tanto, los días en la comuna fueron mucho más que el satisfactorio cumplimiento de un deber: fueron una verdadera transformación. La experiencia fue tan potente que lo primero que hizo al regresar al Hotel de la Paz fue escribir una carta para la Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana. Eran diez páginas escritas en papel translúcido y con tinta verde que describían la vida en la comuna, y en ellas cada coma era una coma conmovida, y cada error de ortografía temblaba de fervor. No hay palabras para expresar, comenzaba diciendo, toda esa felicidad y agradecimiento a la gran comuna popular donde me han acogido como si fuera un miembro de la familia. Era una de las seis jóvenes huéspedes de una mujer de edad que vivía sola con su niño de diez años, pues su marido y su hijo mayor se habían enrolado en el ejército popular. Se levantaban a las seis de la mañana, y media hora después ya estaban saliendo al frío cortante del amanecer. Desde el primer día fue evidente que no tenía ropa adecuada para protegerse del frío, pero no se le ocurrió quejarse ni pedir ayuda: notaba la voluntad de las otras compañeras haciendo lao tun, sin temor a ensuciarse o cansarse, y había que ver para creer el entusiasmo en las horas más difíciles de la mañana. En esos momentos buscaba refugio en las sabias palabras de Mao: «Sin temor al sacrificio y a las dificultades, esforzarse por la victoria final».

A las ocho volvían para desayunar (nos peleábamos por hacer los tallarines o partir la coliflor, pero como no todas podíamos hacerlo todo, barríamos el patio y nos turnábamos para escribir en el tablero las citas de Mao ), almorzaban a las doce y a la una estaban de regreso en el campo, cantando canciones revolucionarias, reuniéndose con los comuneros, estudiando el Libro Rojo en las pausas del trabajo agotador. Por las noches, después de comer, las seis jóvenes visitaban a la suegra de su anfitriona. La abuelita era una mujer encorvada y casi ciega que se sentaba en una esquina para contar cómo era el mundo antes de la Revolución, y eran tan tristes sus historias que Marianella, aunque hacía esfuerzos por no llorar, sentía un gran odio a esa clase explotadora que se nutre del dolor y de la sangre de los hombres. Dos veces a la semana, los martes y los jueves, la comuna las llevaba a ver una película al aire libre. No retuvo una sola de las tramas ni recordó a uno solo de los personajes, pero sabía que nunca se le iba a olvidar el acto de sentarse en el suelo de tierra, sobre esteras que antes llamaría incómodas pero que allí, compartiéndolas con sus camaradas, le parecieron almohadas de plumas.


REVISIONISMO


Volver la vista atrás, Juan Gabriel Vásquez, p. 174

El profesor de Dibujo, un hombre delgado y de gafas que todos los alumnos querían, había comenzado a discutir en su clase el concepto de aerodinámica. De eso estaba hablando cuando comparó espontáneamente el MiG soviético, un avión de combate concebido en 1939 y producido tras la guerra en pequeñas cantidades, con el F-4 Phantom II, que McDonnell Douglas había puesto en servicio en 1960. Los dos aviones, el soviético y el norteamericano, habían participado en la guerra de Vietnam, pero el profesor no tenía por qué pensar en esas implicaciones cuando elogió el diseño del Phantom II y se atrevió a decir que era mejor. En la clase se hizo un silencio incómodo. «Pero es el avión del enemigo», dijo un alumno al cabo de un instante. Sergio no supo si el profesor se había dado cuenta de su error, pero trató brevemente de defenderse: “Sí, lo es. Pero el diseño es mejor. Por ejemplo, es más rápido. ¿Por qué es más rápido?”. Pero sus intentos cayeron al vacío. La clase estaba indignada. Un murmullo de desaprobación se hizo cada vez más fuerte. Y fue entonces cuando un alumno dijo: “Si prefiere las armas del enemigo, enemigo será”.

“Sí, es el enemigo”, dijeron otros. “¡Traidor!», gritó una voz, y luego:  “¡Contrarrevolucionario”.  Ante la mirada de Sergio, los alumnos avanzaron amenazantes hacia el hombre, que agarró sus cosas como pudo y salió de la clase. Pero el grupo lo alcanzó en el corredor y lo arrinconó contra una pared. “Usted desprecia a nuestro ejército”, le dijo alguien. “No, no es eso, no es verdad», empezó el hombre, pero sin éxito. “¡Sí es verdad!», le gritaban. “¡Usted desprecia a nuestros héroes!» Sergio, que había salido siguiendo a los demás, vio en la cara del profesor una mueca de miedo cuando recibió los primeros escupitajos. “¡Revisionista!», le gritaban. “¡Burgués!» El profesor se cubría la cara, trataba de decir algo, pero su voz era inaudible en medio de los insultos. Alguien lanzó entonces el primer golpe, y las gafas del profesor volaron por los aires. “No, no», gritaba el hombre. Otros golpearon también: al cuerpo, a la cara. Entonces, ante la mirada aterrada de Sergio, el profesor se desplomó. Sergio habría querido intervenir, decirles a los demás que ya basta, que ya era demasiado, pero la fuerza de la multitud se lo llevaba por delante y las palabras no se formaban en su boca. Era inverosímil: sus compañeros, sus compañeras, los alumnos con los que había compartido horas y días y conversaciones se habían convertido en una bestia feroz de muchos pies que pateaban el cuerpo vulnerable del profesor de Dibujo.


EL HOMBRE SURREALISTA


Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso, p. 82

La conversación se abre con una pregunta de Breton: “Un hombre y una mujer hacen el amor. ¿En qué medida el hombre se hace cargo del placer de la mujer? ¿Tanguy?”Antigua cuestión. Respuestas ambiguas. Tanguy: “En muy escasa medida.” Intervienen otras voces. Breton dirige y juzga: “¿Naville considera en ton ces que materialmente el placer de la mujer y el del hombre, en el caso de que estos sucedieran simultáneamente, podrían traducirse en la emisión de fluidos seminales confusos e indiscernibles?” Naville confirma. Breton replica: “Es imposible constatarlo, a menos que se mantengan con una mujer relaciones verbales muy discutibles.”

No se dice nada más al respecto: nunca sabremos qué son estas “relaciones verbales muy discutibles”. Se pasa a continuación a la homosexualidad (denominada como pederastia). Acerca de esta Queneau se atreve a decir que no tiene «ninguna objeción moral». Protestas. Pierre Unik declara: “Desde el punto de vista físico, la pederastia me disgusta del mismo modo que los excrementos y, desde el punto de vista moral, la condeno.” Queneau rebate que ha observado “entre los surrealistas un particular prejuicio contra la pederastia”. En este punto Breton se siente obligado a intervenir para poner las cosas en su lugar: “Acuso a los pederastas de proponer a la tolerancia humana un déficit mental y moral que tiende a erigirse en sistema y a paralizar todas las empresas que yo respeto. Hago algunas excepciones; una, al margen de todas las categorías, en favor de Sade y otra, más sorprendente para mí mismo, a favor de Lorrain.” Dudas acerca de estas excepciones: «Entonces, ¿por qué no los curas?>> Breton precisa: “Los curas son los hombres más opuestos a la instauración de esa libertad de costumbres.”

Se sigue adelante, entre sobresaltos. Prévert dice que no está interesado en hacer el amor en la iglesia, «por miedo de las campanas”. Péret, siempre extremado, dice: «No pienso en ello y tengo grandes ganas de hacerlo.” Breton coincide y especifica: «Desearía que estuviera acompañado de todos los refinamientos posibles.” Péret desvela entonces cómo se propone actuar: «En tal ocasión quisiera profanar las hostias y, si fuera posible, depositar excrementos en el cáliz.” Breton no se pronuncia sobre este punto.


LA MUJER SURREALISTA


Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso, p. 92

Uno podría preguntarse cuándo y cómo apareció ese personaje numinoso y ominoso que fue la mujer surrealista. Encontramos un punto de partida en la página 17 del primer número de La Révolution Surréaliste: una secuencia de pequeñas fotos cuadradas de veintiocho hombres jóvenes, en orden alfabético. En el centro, más grande y también en formato cuadrado, la foto de una mujer sin nombre. Abajo se lee, en cursiva: “La mujer es el ser que proyecta la sombra más grande o la luz más grande en nuestros sueños. Ch. B.”, es decir, Charles Baudelaire, el primero de los videntes.

¿Quiénes son los veintiocho hombres? Los surrealistas del momento, junto a tres de sus altos protectores: Freud, De Chirico y Picasso. En segundo lugar, en la secuencia, Artaud, “bello como una ola, simpático como una catástrofe”, según Simone Kahn, la mujer de Ereton. A continuación, Crevel, “el más apuesto de los surrealistas”; Carrive, el más joven (tiene dieciséis años); los últimos son Man Ray y Savinio.

¿Quién es la mujer que aparece en el centro, en una foto como de prontuario policial? Mirada melancólica y dolorida. Es Germaine Berton, hoy definida por las enciclopedias como “obrera, sindicalista, anarquista”. El22 de enero de 1923 había matado de un balazo a Marius Platean en la sede de Action française, de la que era secretario. Asesinado por error. La autora del  atentado buscaba a alguien de mayor rango, Maurras o Léon Daudet -los jefes políticos, además de influyentes literatos.

Durante el juicio por el asesinato, Aragon escribió, para defender a la imputada, que era legítimo «recurrir a medios terroristas, en particular al asesinato, para salvaguardar, con el riesgo de perderlo todo, lo que parece -con razón o sin ella- como lo más precioso del mundo”. Germaine Berton fue absuelta en 1924 y se dedicó a dar una serie de conferencias, que resultaron tumultuosas y provocaron nuevamente su arresto. No se sabe mucho más de su vida posterior; se suicidó en 1942.

La mujer surrealista surgía con un halo de sangre y de muerte. Existía, sin embargo, una imagen alternativa. También en el primer número de La Révolution Surréaliste, en la página 4, se reproducía la magnífica foto tomada por Man Ray del torso desnudo y acéfalo de Lee Miller, rayado de sombras. La mujer surrealista estaba compuesta de la mirada alarmante de Germaine Berton y del torso reconocible de Lee Miller.


INCIPIOT 1.183. ALGUIEN CAMINA SOBRE TU TUMBA / MARIANA ENRIQUEZ


LA MUERTE Y LA DONCELLA

Cementerio Monumental de Staglieno, Génova, Italia, 1997

N o sé por qué la ciudad de Génova estaba en el itinerario. Eran los años noventa, mi madre tenía el dinero para su primer viaje a Europa y me invitó. Exigí algunos destinos, pero Génova no estaba en mi lista. Mi paso obligado en Italia era Bomarzo: necesitaba ver el Parque de los Monstruos que Mujica Láinez había usado para escribir su  novela. Y pude verlo y entrar en la gran boca del orco y traerle una piedra a mi mejor amigo. Venecia también era obligatoria, sobre todo por Lord Byron, para caminar por donde había caminado él, por los versos “I stood in Venice, on the Bridge of Sighs, 1 A palace and a prison on each hand» (“Me paré en Venecia, sobre el Puente de los Suspiros, / un palacio y una prisión a cada lado”), de “Childe Harold»; por Tadzio y la peste y los callejones inundados.

El cementerio de Staglieno no estaba entre las paradas obsesivas que había planeado. Sabía, sí, que existía. Sabía que una de sus espectaculares tumbas había sido la tapa del disco Closer y otra la del single Love Will Tear Us Apart, ambos de Joy Division, pero nunca me gustó Joy  Division y las tumbas en las tapas eran hermosas, pero no las imaginaba necesarias para mi peregrinaje.


1.182. KLARA Y EL SOL / KAZUO ISHIGURO


Cuando Rosa y yo éramos nuevas, nos colocaron en la parte central de la tienda, en el lado de la mesa de las revistas, y eso nos permitía tener vistas a través de algo más de la mitad del escaparate. De modo que veíamos el exterior: los empleados de las oficinas siempre con prisas, los taxis, los corredores, los turistas, Mendigo y su perro, la parte inferior del Edificio RPO. Cuando ya llevábamos cierto tiempo en la tienda, Gerente nos permitía acercarnos a la parte delantera, justo detrás del escaparate, y desde allí podíamos ver lo alto que era el Edificio RPO. Y si estábamos allí en el momento adecuado, podíamos ver cómo se desplazaba el Sol desde los tejados de los edificios de nuestro lado de la calle hacia la acera del Edificio RPO.

Cuando tenía la suerte de poder verlo así, echaba la cara hacia delante para absorber toda la energía posible, y si Rosa estaba a mi lado, le decía que hiciera lo mismo. Pasados uno o dos minutos, teníamos que regresar a nuestros puestos, y en la época en que éramos nuevas eso nos inquietaba, porque desde la parte central de la tienda a menudo no alcanzábamos a ver el Sol y eso significaba que cada vez estaríamos más débiles.


LOS MUERTOS


Alguien  camina sobre tu tumba, Mariana Enriquez, p. 262

No conozco muchas de las tumbas del Este, pero quiero ver la de Anna Mahler, que es una reproducción de una de sus hermosas esculturas, Vision: representa a su hija Marina tapándose la cara, como si estuviese llorando, o no quisiera ver algo. Anna Mahler se quedó sola muy pronto: su padre Gustav murió cuando ella tenía seis años, y antes había muerto su hermanita, de escarlatina; Alma, la madre, había acusado a Gustav de convocar a esa muerte con sus Kindertotenlieder, las canciones de los niños muertos. Con su madre la vida fue complicada: Alma tuvo romances con los artistas Walter Gropius y Oskar Kokoschka, pero esos eran apenas sus amantes famosos; había muchos más. Anna no soportaba bien esa vida doméstica hipersexual y se casó a los 16 para huir. La escultura sobre su tumba está rodeada de un follaje precioso. En oportunidades como esta me gustaría tener una idea remota de  botánica. ¿Cómo se llaman las flores amarillas, blancas y azules que, en muchas macetas, rodean la tumba de Michael Arbab Zadeh, muerto a los dieciséis años? La lápida es estilizada, una flecha que recuerda al chico y sus pocos años; las macetas son puro cuidado y amor. Muy cerca está Douglas Adams y los fans le pusieron un portalápices enorme que está muy bien surtido; esperaba alguna toalla, como las que cargan los obsesivos de la Guía del autoestopista galáctico los 25 de mayo. Pero no: solo lápices, lapiceras y un autito solitario, muy pequeño, que no se sabe si .es ofrenda o un juguete abandonado. La tumba de Malcolm MeLaren, el mánager de los Sex Pistols, tiene el mejor epitafio: «Mejor un fracaso espectacular que un éxito benigno.» También tiene su cara en máscara mortuoria y escultura: es sorprendente porque es anticuada, esperaba algún tipo de demencia punk, pero no. Cerca está Pat Kavanagh, la legendaria agente literaria que dejó a su esposo, el escritor Julian Barnes, para tener un romance con la escritora Jeanette Winterson. Después volvió con él. ¿La visitarán juntos? ¿Se odian, se conocen? La lápida es negra y dorada, y tiene sus iniciales, PK, como si su nombre fuera irrelevante de tan poderoso. Barnes la recuerda así en Niveles de vida: «Le dije a uno de los pocos cristianos que conozco que mi mujer estaba gravemente enferma. Me respondió que rezaría por ella. No puse reparos, pero espantosamente pronto tuve que informarle, no sin amargura, que su dios no había sido muy eficaz. Me contestó: "¿Has pensado alguna vez que ella podría haber sufrido más?"


LA CATRINA


Alguien camina sobre tu tumba, Mariana Enriquez, p. 134

Las calacas son esqueletos decorativos, que se usan para la celebración del Día de Muertos, pero se consiguen todo el año: la artesanía de muertos es apabullante. Los alfeñiques son dulces que se ofrecen a los muertos y a los vivos, cráneos o calaveritas de azúcar o de pasta de almendra decorados con nombres de difuntos, también angelitos o pequeños ataúdes con el muertito dentro (con frecuencia, rellenos de miel). La flor de cempasúchil es la que se usa para decorar los altares del Día de Muertos y también las tumbas. Es una flor de un amarillo intenso, anaranjado, y sus pétalos se arrancan para dibujar caminos en los cementerios o en las casas, pequeños caminos amarillos que guían al alma de vuelta al hogar o al panteón. El pan de muerto es una rosca que se come para esta fecha y se cocina diferente en distintos lugares: puede ser circular, puede tener alguna forma -de esqueleto, por ejemplo-, puede  tener azúcar. La Catrina es una calavera que dibujó originalmente el extraordinario ilustrador José Guadalupe Posada.  Entonces, a principios del siglo XX, se llamó Calavera Garbancera y era una especie de denuncia de los mexicanos pobres que andaban desnudos -la calavera está desnuda-, pero usaban sombrero: gente de sangre indígena que pretendía ser europea y renegaba de su cultura. Diego Rivera la bautizó Catrina para su mural de los años cuarenta Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central· ahí esta la Catrina, elegante, vestida de blanco, junto a Frida Kahlo. Leí mucho sobre el Día de Muertos, vi muchas fotos, pero no me lo puedo imaginar. Sé lo que sucede: las almas

regresan a la casa de los parientes a comer con los familiares vivos. Las familias, para recibirlos, les preparan altares que tienen el color de las flores de cempasúchil, agua –los muertos están terriblemente sedientos-, queman copal para ahuyentar a los malos espíritus que puedan andar por la casa, ponen sal para que el cuerpo no se descomponga y velas para que sienta la luz y el calor y se acerque, hay calaveras de azúcar y otro tipo de comida -mole, según leí, en muchas comunidades indígenas y rurales-, alcohol -el trago favorito del muerto-, cigarrillos, una cruz grande de ceniza y el papel picado. N o es el papel picado que conocemos en Argentina, pedacitos de papel para tirar al aire en señal de celebración, sino un papel especial, troquelado artesanalmente, de diferentes colores, de diferentes tamaños (algunos enormes, como cortinas), con diferentes figuras: calaveras revolucionarias, calaveras que bailan, Catrinas, a veces sencillamente una trama, un adorno. Se produce tanto que se pueden hacer pedidos especiales. Este papel se vende todo el año y en la calle se pueden ver anuncios que dicen «papel de muerto”; es muy extraño.

Entonces, las almas vienen y comen y es noche de fiesta. Después, se arreglan las tumbas, las familias se quedan unas horas en el cementerio -las tumbas decoradas con velas, con flores amarillas, con cruces, con papel de muerto que flamea- y probablemente hay misa o algún servicio religioso.


CHRISTINA ROSSETTI


Alguien camina sobre tu tumba, Mariana Enríquez, p.269

Dos de las grandes artistas prerrafaelitas están enterradas aquí. En el Este, Christina Rossetti, hermana de Dante Gabriel, autora de Goblin Market y la canción de Navidad “ln the Bleak Midwinten”, que se volvió famosa gracias a la serie de la BBC Peaky Blinders: «En el medio del invierno sombrío / el viento glacial gemía, / la tierra estaba dura como el hierro, 1 el agua como la piedra; / la nieve había caído, nieve sobre nieve, / nieve sobre nieve, / en el medio del invierno sombrío / hace mucho tiempo.” Dante pintó a su hermana Christina muchas veces. Pero quizá sea más famosa la imagen de su cuñada Elizabeth Siddal, Lizzie, muerta a los treinta y dos años, esposa de Dante Gabriel. Ella es la hermosa Ofelia, la que flota como un gran lirio en el cuadro de Sir John Everett Millais, con flores a su alrededor y los ojos abiertos, con las palmas de las manos hacia el cielo. Millais sumergió a Elizabeth en una bañadera: controlaba la temperatura del agua con velas. Un día se descuidó y Lizzie no dijo nada; se enfermó de neumonía. Su padre demandó a Millais, que pagó los tratamientos. Fue la gran modelo de los prerrafaelitas y también una par: estudiaba dibujo con Rossetti, que se enamoró de ella y la recordó, después de su muerte, en la pintura Beata Beatrix, que es su imagen. También escribía poesía. Ella y Rossetti se casaron en 1860 y pronto la pareja dejó de tener vida social, vivían absorbidos y obsesionados el uno con el otro. Dante, además, prefería no tener relación con su familia, que desaprobaba la relación con Lizzie porque ella era de clase obrera. Además, estaba enferma: las imprecisiones de la época no dejan claro un diagnóstico, y se especula tuberculosis, anorexia, adicción al láudano. Tuvo que ser trasladada en brazos hasta la iglesia para el casamiento y perdió varios embarazos. Murió de una sobredosis de láudano en 1862: Rossetti la encontró y no pudo revivida, a pesar de la presencia de médicos y de un primitivo lavaje de estómago. Se cree que Dante encontró una nota suicida pero su amigo Ford Maddox Ford lo convenció de quemarla, porque en esa época el suicidio era considerado una inmoralidad espantosa.


1.181. LA SUERTE DE OMENSTTER / WILLIAM H. GASS


EL TRIUNFO DE ISRABESTIS TOTT

Bien, amigos, hoy vamos a subastar los objetos de la señora Pimber. Creo que todos conocíais a la señora Pimber y sabéis que tenía algunos objetos bastante bonitos. Esta va a ser una venta buena de verdad y hace para ello un día bueno de verdad. Aun así, puede que haga calor, más tarde, de ahí que queramos que las cosas marchen a buen ritmo. Y ahora voy a empezar la venta con los objetos de aquí atrás junto al granero. Ya habéis tenido ocasión de echarle un ojo a todo así que vamos a pujar ya mismo por estos estupendos objetos y a hacer que las cosas marchen a buen ritmo. La venta es como siempre en efectivo y dentro está la señora Grady para encargarse de ello. Las damas de la Iglesia metodista tendrán la bondad de brindarnos el almuerzo. Podéis ver sus mesas allá en frente en la parcela de la señora Root y me consta que queréis servir a todas estas damas lo mismo que ellas van a serviros a vosotros. Sé que va a salir todo estupendamente. Muy bien, voy a empezar la venta aquí atrás de manera que, si me seguís, amigos, nos pondremos manos a la obra.


INCIPIT 1.180. VOLVER LA VISTA ATRAS / JG VASQUEZ


Según me lo contó él mismo, Sergio Cabrera llevaba tres días en Lisboa cuando recibió por teléfono la noticia del accidente de su padre. La llamada lo sorprendió frente al Jardín de la Plaza del Imperio, un parque de senderos amplios y empedrados donde su hija Amalia, que por entonces tenía cinco años, trataba de dominar la bicicleta rebelde que acababa de recibir como regalo. Sergio estaba sentado junto a Silvia en una banca de piedra, pero en ese instante tuvo que alejarse hacia la salida del jardín, como si la cercanía de otra persona le impidiera concentrarse en los detalles de lo sucedido. Al parecer, Fausto Cabrera estaba en su apartamento de Bogotá, leyendo el periódico en el sofá de la sala, cuando se le ocurrió que la puerta de la casa no tenía puesto el seguro, y al levantarse bruscamente sufrió un desvanecimiento. Nayibe, su segunda esposa, que lo había seguido para pedirle que volviera a su silla y no se preocupara, pues el seguro ya estaba puesto, alcanzó a recibirlo en sus brazos antes de que Fausto se fuera de bruces contra el suelo. Enseguida llamó a su hija Lina, que pasaba unos días en Madrid, y era Lina quien ahora le daba la noticia a Sergio.

“Parece que ya va a llegar la ambulancia”, le dijo. “¿Qué hacemos?”

“Esperan”, le dijo Sergio. “Todo va a estar bien.”

Pero no lo creía de verdad. Aunque Fausto había tenido siempre una salud envidiable y la fortaleza física de alguien veinte años más joven, también era cierto que acababa de cumplir noventa y dos años muy cargados, Y a esa edad todo es más grave


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