Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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STRACHEY


Bloomsbury, Leon Edel, p. 351

Strachey disfrutó de su recién estrenada fama. Frecuentó la alta sociedad, fomentó a toda una serie de nuevas anfitrionas allá donde Lady Ottoline habia ocupado previamente el trono en solitario. El dinero llegaba a raudales. Con La reina Victoria se hizo lo bastante rico para comprar su propio Ferney y no depender de la amabilidad de sus amigos. Pagó sus deudas al contado y también por medio de dedicatorias. Dedicó Victorianos eminentes al matemático H. T. J. Norton, quien le había proporcionado fondos para una de sus casas. Isabel y Essex a Maynard Keynes, que de algún modo fue uno de los propietarios de Tidmarsh. A Virginia Woolf le dedicó su Reina Victoria. Ella le correspondió con su primera colección de ensayos, El lector común. Virginia examinaba la obra de Strachey con grandes reservas. Le gustaba su madurez personal, su encanto, su ardor. No le gustaba su prosa. Era viva y frágil, totalmente superficial y cargada de tópicos; sin duda, era una forma brillante de periodismo. En las páginas iniciales de Isabel y Essex leemos frases como «la sangre fluía por sus venas con vigorosa vitalidad» o «la nueva estrella, que apareció con suma rapidez, fue vista repentinamente brillando sola en el firmamento». Imágenes tan gastadas, palabras tan deterioradas por el uso hicieron que Virginia decidiese en privado que Lytton no era «de primera clase». Y pudo reírse a su vez del gran burlón. No se ha señalado que su histórico pastiche Orlando, que centra su atención en Knole y Vita Sackville-West, es también una brillante parodia de la prosa histórica de Strachey. Lytton tenía un estilo personal en todo lo que hacía, pero decididamente no era un  “estilista».


VIRGINIA


Bloomsbury, Leon Edel, p. 128

Aquel hermano adulto «prodigaba caricias, frases cariñosas, peticio.p.es y abrazos como si, después de cuarenta años en la selva australiana, hubiese vuelto por fin al hogar de su juventud y hubiera encontrado una madre anciana que todavía vivía para darle la bienvenida». Virginia repetía que era «anormalmente estúpido». No consiguió aprobar ningún examen, rechazaba todo razonamiento y sólo decía «Bésame, bésame, querida mía». Los besos eran los sustitutos de la razón. «Sus pasiones crecieron y sus deseos se hicieron más vehementes», de forma que Virginia se sentía como «un pececillo desafortunado, encerrado en un mismo depósito con un tiburón turbulento y voluminoso».

Virginia relata la escena culminante como una escena de seducción, al parecer con cierta exageración. Había ido con George a una de aquellas fiestas interminables en las que su amor propio sufría terriblemente. Describe a los Holman Hunt en su más brillante estilo. «Las señoras eran corpulentas y desaliñadas, los caballeros de frentes despejadas llevaban pantalones cortos de vestir que, en algunos casos, dejaban asomar un par de brillantes calcetines rojos de estilo prerrafaelista. George se introdujo entre ellos como un príncipe disfrazado. Yo me uní rápidamente a un grupo de señoras de Kensington ... » El pintor Holman Hunt, que vestía una bata que le llegaba a los pies, peroraba acerca de las ideas que le habían impulsado a pintar La luz del Mundo; bebía cacao a sorbos mientras se acariciaba su larga barba. El tono de la reunión era «brillante y altruista». «Por fin, por fin, se acabó la velada», escribió Virginia. Cuando volvieron a Hyde Park Gate se fue a su habitación, se quitó el vestido de satén del que desprendió un ramillete de claveles, y empezó a pensar en las lecciones de griego.

«En mi mente daban vueltas muchas cosas diferentes: diamantes y condesas, cópulas, los diálogos de Platón.» Pensó en lo agradable que sería dormirse y olvidarlo todo. Estaba casi dormida, cuando la puerta crujió. «No tengas miedo», musitó George. -«No enciendas la luz, oh querida, querida», y «se arrojó sobre mi cama y me tomó entre sus brazos». A lo que Virginia añadió: «Sí, las señoras de Kensington y Belgravia no supieron nunca que George Duckworth ejercía no sólo como padre y madre, hermano y hermana de aquellas pobres jóvenes Stephen; era su amante también”


JM KEYNES


Bloomsbury, Leon Edel, p. .78

Los que se burlan por sistema del «detalle significativo» no lo comprenderán, pero para los que saben cuánto expresan los hombres y las mujeres en las cosas más pequeñas que hacen, el juego de diagnósticos privados de Maynard Keynes añadía un amplio margen de certeza -si no de infalibilidad- a sus juicios. Giovanni Morelli utilizó este juego cuando buscaba el detalle significativo que escondía todo cuadro: podía ser un uso especial del pincel, la manera particular de pintar unas uñas o unos lazos, el revelador trazo marcadamente expresivo; todos ellos eran sellos de la «personalidad». El genio de Freud se derivó exactamente de este tipo de observación, unida a su destreza para utilizar el conocimiento escondido en ella. El biógrafo de Maynard, muy apropiadamente, sintió la necesidad de hablarnos de sus manos: «Eran suaves, de dedos largos y delicados.» No llevaba guantes de cabritilla; tenía la costumbre de meter cada mano en la manga del brazo contrario de forma que quedaban invisibles. Maynard, que en ocasiones podía desnudarse totalmente, no quería exhibir sus manos desnudas. Harrod interpretaba ese gesto como indicador de su «sentido del reposo», de su forma de instalarse para ver, absorber, aprender, racionalizar. Pero ¿no era más bien la consecuencia de la vertiente inescrutable de aquel genio sobresaliente, a veces abrumador? Sus manos, metidas en las mangas «como una gata que oculta sus garras bajo su cuerpo» ... En tales momentos Maynard se convertía en un misterio para el mundo.

En la foto, la casa de JM Keynes


INCIPIT 1.301. BLOOMSBURY / LEON EDEL


A conciencia

Si nos preguntamos por los comienzos de nuestra historia podríamos iniciarla en diversos lugares de Inglaterra, Escocia o Gales, o en Cambridge, donde se educaron los varones de Bloomsbury, o incluso en algún ghetto de Europa, pero también podríamos comenzarla en el mismo Bloomsbury, con un judío llamado Benjamín Woolf. Nació en Londres en 1808, es decir, en tiempos de Napoleón. Aprendió el oficio de sastre, una profesión a la que se encontraban ligados por tradición muchos judíos de la pequeña burguesía y de la clase trabajadora. Benjamín Woolf era muy competente en su trabajo. Tenía una tienda en Regent Street y otra en Picadilly. Acometió otras empresas en las que prosperó. Cuando la reina Victoria subió al trono, vivía en una casa cómoda situada en Tavistock Square o en sus alrededores, en Bloomsbury, un simpático barrio londinense.


JULIA STEPHEN


Bloomsbury, Leon Edel, p. 105

«¡Aquella casa, que encerraba tantas muertes, pobre de mí», exclamó Henry James que conocía a Leslie Stephen desde los años sesenta. A «la hermosa Julia, pálida, trágica», ¿cómo olvidarla? «Era hermosamente bella -escribió-, y su belleza junto con su condición eran elementos activos, prácticos, que producían los mejores resultados para todos. El no verla más supone un placer de menos en la vida.» El novelista americano, con su estilo elegíaco, dijo de Julia que había sido «una fuerza absolutamente preciosa a favor del bien». No sabía qué pensar de un mundo que «no pudo hacer nada con ella ... más que suprimirla». La bella Julia había sido el centro de la casa; daba clase a sus hijos en la habitación de arriba y mantenía unida aquella gran familia doble cuando, de repente, cogió la gripe y murió al cabo de una semana, probablemente a causa de tantos embarazos. Quizá por el esfuerzo agotador de mantener su hermosa compostura. ¿Quién podría decirlo? Fue descrita como «una mezcla de madonna y mujer de mundo». Will Rothenstein había dicho de las hijas: «Con lo hermosas que eran, no lo eran más que su madre.»

Cuando James habló de «la casa de todas las muertes» aludía a la súbita muerte de la hermanastra de las niñas Stephen, Stella Hills, muerte que ocurrió dos años después de la de Julia durante un embarazo, y a la agonía prolongada de Sir Leslie a causa del cáncer ( dos años más tarde, inesperadamente, murió el joven Thoby en Bloomsbury). El número 22 era la casa de la desolación, una casa de espíritus. Leslie Stephen estuvo al borde de una depresión nerviosa durante meses, se apoyó en sus hijas como se había apoyado en Julia y tomó la actitud de la madre ausente en vez de la del padre estructurador. Hizo a sus hijas partícipes de su pesar de tal forma que sus amigos le advirtieron que el luto perpetuo era pernicioso para las jóvenes, a las que se les debía permitir vivir.


VIRGINIA Y VANESSA


Bloomsbury, Leon Edel, p. 96

Las dos hermanas Stephen eran más que «guapas». Leonard dijo que «su belleza le dejaba a uno literalmente sin respiración». Las conoció en las habitaciones de Thoby cuando fueron con su padre a visitar a su hermano, al que las dos adoraban. Su primera visita fue probablemente la que quedó descrita en una carta que escribió Virginia a una amiga: las hermanas fueron a Cambridge con motivo de la Semana de Mayo y estuvieron en el baile del Trinity, donde conocieron a Clive Bell. Hubo una segunda visita en 1901. En la habitación de Thoby, Leonard observó a Virginia y Vanessa como si fueran retratos en una galería de arte. Iban vestidas de blanco con grandes sombreros, e irradiaban «limpieza» e interés por las cosas, una mezcla de timidez, curiosidad y ostentación de valor. «De repente, al verlas, uno se quedaba atónito.» Era como encontrarse cara a cara con un Rembrandt o un Velázquez; las comparó también con los templos griegos. El joven judío, que provenía de una familia matriarcal, sentía adoración por cierta clase de mujeres, y aquellas señoritas victorianas, adecuadamente acompañadas por su primo -director del Newham College-, en cuya casa residían muy como debía ser, representaban objetos exquisitos de veneración. Su primo las había llevado a tomar · el té a ]as habitaciones de Thoby, donde se encontraban los amigos de éste para conocerlas a ellas y a su formidable padre. El mismo Thoby -el Godo- revoloteaba en medio de aquella escena de sociedad, tan alto como su padre pero dando la sensación de ser mucho más grande a causa de su corpulencia y masculinidad clásicas. Ante las hermanas Stephen, y especialmente Vanessa, Leonard se sintió en presencia de una «belleza asombrosa», mientras que Lytton, que por constitución era incapaz de asombro ante el encanto femenino, sólo las encontraba «guapas». Leonard recordó: «Era casi imposible para un hombre no enamorarse de ellas y creo que yo me enamoré inmediatamente.” Su reserva -¿o quizá la de Leonard?- las hacía parecer inalcanzables, como un espejismo, con sus vestidos victorianos, su animada charla, sus delicados cutis arrebolados de rosa. Eran como diosas griegas, «era como enamorarse del retrato que hizo Rembrandt de su mujer, de la pintura de Velázquez de una infanta o del templo de Segesta». Pasarían años antes de que Leonard viese realmente  aquella belleza no como pintura o arquitectura, sino en carne y hueso.


LEONARD WOOLF

Virginia Woolf, Quenton Bell, p. 276
11 de enero de 1912
Mi querida Virginia, debo escribirte antes de meterme en cama y poder, creo, pensar con mayor calma.
No tengo un recuerdo demasiado preciso de lo que realmente te he dicho esta tarde, pero estoy seguro que sabes a qué vine, quiero decir, no meramente que yo estaba enamorado de ti, sino que esto junto con la incertidumbre hacen que uno haga este tipo de cosas. Quizás obré mal, puesto que, hasta esta semana, siempre tuve intención de no hablarte de ello sin estar antes seguro de que estabas enamorada de mí y te casarías conmigo. Pensaba que tú me apreciabas, pero que esto era todo. Nunca llegué a darme cuenta de lo mucho que te amaba, hasta el momento en que hablamos de mi vuelta a Ceilán. Después de esto, no pude pensar en nada más que en ti. Me encuentro en un estado de desvalida incertidumbre, sin saber si me amas, si podrás llegar a amarme algún día, o simplemente a apreciarme. Dios mío, espero no tener que pasar nunca más unos momentos como los que he pasado hasta telegrafiarte. Primero te escribí pidiéndote hablar contigo el próximo lunes, pero luego me di cuenta de que me volvería loco si esperaba hasta entonces para verte. Por esto telegrafié. Sabía que me dirías con exactitud lo que sientes. Te comportaste exactamente como yo esperaba que lo harías, y, si antes no hubiera estado enamorado de ti, lo estaría ahora. No es, no es en absoluto, meramente porque eres tan bella –aunque sin duda es una razón importante y así debe ser- que yo te amo: es tu mente y tu carácter, nunca he conocido a nadie como tú. ¿Lo creerás?
Ahora haré lo que tú quieras que haga. No creo que quieras que me aparte de ti, pero si es así, lo haré de inmediato. Si no, no veo razón para que no sigamos como antes -creo que puedo- y luego, si ves que puedes llegar a amarme, me lo dirás.

Dios mío, veo el riesgo de casarse con cualquiera y ciertamente conmigo. Soy egoísta, celoso, cruel, lujurioso, embustero y, probablemente, muchas cosas más. Me he dicho a mí mismo una y otra vez que nunca me casaría con nadie por estos motivos, sobre todo porque creo que nunca podría controlar estos defectos en presencia de una mujer que fuera inferior a mí, y que me enfurecería gradualmente con su inferioridad y sumisión ... Debido a que tú no eres así, el riesgo es infinitamente menor. Puedes ser vana, egoísta e infiel, como dijiste, pero no es nada comparado con tus cualidades, con tu inteligencia magnífica, tu agudeza, tu belleza, tu sinceridad. A fin de cuentas, nos gustamos mutuamente, amamos el mismo tipo de cosas y de gente, ambos somos inteligentes y, por encima de todo, son las realidades lo que  comprendemos y lo que nos importa ...
(En la imagen, Leonard por Roger Fry)

LYTTON STRACHEY

Virginia Woolf, Quentin Bell, p. 218
El 17 de febrero de 1909, Lytton se presentó en el 29 de Fitzroy Square, se declaró a Virginia y fue aceptado.
En el momento mismo de declararse, Lytton se dio cuenta de que la idea, una idea que había estado meditando durante cierto tiempo y que consideró como una solución a los problemas de su vida privada extremadamente complicada, en realidad no era ninguna solución. Descubrió que le alarmaba el sexo y la virginidad de ella, y le horrorizaba la idea de que ella le besara. Percibió que su imaginado «paraíso de paz matrimonial» era una imposibilidad, no iba a resultar bien en absoluto. Le horrorizaba la situación en la que se había metido, y mucho más porque creía que ella le amaba.
Virginia percibió algo de esto y con tacto cordial le ayudó a escapar. Después de un segundo encuentro, en el que él finalmente declaró que no podía casarse con ella, mientras que ella le aseguraba que no lo amaba, proyectaron juntos un pacífico desenlace.

Para Lytton esto fue, quizás, el fin del asunto. Debió ser totalmente consciente de la naturaleza de sus sentimientos, y es difícil suponer que pudiera de nuevo pensar en semejante boda.Pero para Virginia era distinto. Aunque debió darse cuenta de que las probabilidades eran remotas, aún consideró la posibilidad de casarse con él. Le había dicho a Lytton que no estaba enamorada de él, y creo que no lo estaba. Podía aceptar su personalidad, pero no, cuando llegaba el momento decisivo, su persona. Siempre había sido, Virginia, como más tarde admitió, cobarde en materias sexuales, y su única experiencia de la sensualidad masculina había sido horrible y desagradable. Sin embargo quería casarse: tenía veintisiete años, estaba cansada de su soltería, muy cansada de vivir con Adrian, y apreciaba mucho a Lytton. Necesitaba un marido cuya inteligencia pudiera respetar; valoraba, por encima de todo, la eminencia intelectual y, a este respecto, aún no había aparecido ningún rival. La homosexualidad de Lytton podía muy bien ser una fuente de tranquilidad; como marido, no sería sexualmente exigente y una unión con él, casi fraterna en carácter, podía crecer gradualmente hasta llegar a ser algo real, sólido y profundamente afectuoso.

GEORGE MALLORY

Momentos de vida, Virginia Woolf, p. 249
De repente se abrió la puerta y la larga y siniestra figura del señor Lytton Strachey quedó detenida bajo el dintel. Señaló con el dedo una mancha en el blanco vestido de Vanessa.
"¿Semen?", dijo.

¿Es que realmente se puede decir una cosa así? Todos nos echamos a reír. Una sola palabra abatió todas las barreras de reticencia y reserva. Pareció que un torrente del sagrado fluido nos arrastrara a todos. La sexualidad empapó nuestra conversación. La palabra sodomita nunca estaba lejos de mis labios. Discutimos sobre el acto de copular con la misma excitación y franqueza con que habíamos disentido la naturaleza del bien. Era extraño recordar cuán reticentes y cuán reservados habíamos sido, y durante cuán largo tiempo. Ahora nos maravillaba que, hasta el año 1908 ó 1909, Clive se hubiera ruborizado, como también yo me ruboricé, cuando, yendo a bordo de un expreso francés, le dije que me dejara pasar para ir al retrete. Ni siquiera había soñado en preguntarle a Vanessa qué pasó en la noche de bodas. Thoby y Adrian hubieran preferido la muerte a explicar las aventuras amorosas de sus compañeros de estudios. Y mientras todos los temas intelectuales se discutían con gran libertad, la sexualidad ni siquiera se mencionaba. Ahora, un chorro de luz iluminó también este tema. Lo sabíamos todo, pero nada habíamos dicho al respecto. Ahora no hablábamos de otra cosa. Escuchábamos con absorto interés relatos de las relaciones amorosas de los sodomitas. Seguíamos los altibajos de sus arlequinadas historias; Vanessa, con simpatía; yo -acaso no había escrito, en 1905, que las mujeres son mucho más divertidas que los hombres-, frívolamente, riendo. Vanessa decía: "Norton me ha dicho que James está desesperado. Rupert se ha acostado dos veces con Hobhouse", y yo complementaba las historias de Vanessa con otra información de cotilleo, igualmente excitante, acerca de un divino estudiante con la cabeza de un dios griego -aunque con mala dentadura, por desdicha- llamado George Mallory.
(En la imagen George Mallory por Duncan Grant)

EN CASOS DE DUDA

Ludwig Wittgenstein, Justus Noll, p. 14-15
-¿Debe el coito causar placer?
-¡No! -responde la mayoría.
-¡Sí! -contesta Moore, y añade-: El placer está bien cuando viene al caso.
Moore rescata además una sensibilidad filosófica del placer. Su ensayo La naturaleza del juicio da la gratificante sensación de cortar el cordón umbilical con Kant, Hegel y con todo el idealismo. «Fue algo valiente y emotivo –recuerda Russell en su Autobiografía- volver a creer en la realidad de cosas tales como mesas y sillas, mientras que hasta ahora se consideraba que todo lo sensible era irreal... Me alegró descubrir que las relaciones son también reales.» Convertido en realista ingenuo tras el primer entusiasmo pasajero, Russell celebra que «el césped sea realmente verde, a pesar de la opinión contraria de todos los filósofos desde Locke».
Pero la veneración de Russell no es siempre retribuida. Su primer biógrafo, Alan Wood, da cuenta de este diálogo notable, que tendría lugar mucho más adelante:
-¿No te caigo bien, Moore?
-No -dice Moore, tras larga reflexión.
Luego conversan animadamente sobre otros temas.
En 1903, aparece la obra capital de Moore, Principia ethica. Causa sensación en Bloomsbury, donde adquiere el rango de profeta, un lógico que piensa con claridad, que afirma que lo «bueno» es indefinible, pues lo que signifique «bueno» sólo puede demostrarlo el uso racional en una sociedad. Las únicas cosas que son buenas en sí son los «estados de conciencia» (states of mind), y las más valiosas son la alegría del trato humano y el goce de las cosas bellas. Por otra parte, las acciones humanas nunca pueden ser buenas en sí; a lo sumo son un medio para alcanzar estados de conciencia buenos. Para Bloomsbury y los jóvenes «apóstoles», los dos últimos capítulos de Principia ethica, «Ética en relación a la conducta» y «El ideal», tienen más peso que las reflexiones lógico-filosóficas del principio. A pesar de que Moore acepta los preceptos morales convencionales, en tanto se justifiquen con el sano juicio de los hombres, para el programa de liberación sexual de Bloomsbury carecen prácticamente de efecto. Por ejemplo, Moore no cree que las reglas de castidad que rigen los «celos matrimoniales» y el «afecto paterno» sean concluyentes, y puede imaginarse fácilmente una sociedad en la que no tengan peso.

«En casos de duda, el individuo deberá orientar su decisión más por el escrutinio directo de las consecuencias que su acción conlleve, que por las reglas que seguir, cuyos buenos efectos no está, en su caso particular, en condiciones de ver.»
En la foto el Grupo de Bloomsbury disfrazado de abisinios

BLOOMSBURY

Virginia Woolf, Nigel Nicolson, p. 88-89
Bloomsbury volvió a reunirse durante los años de posguerra. Trece miembros del grupo formaron una sociedad llamada Memoir Club, que perduraría hasta 1956 reemplazando con jóvenes a los fallecidos. El club tenía un propósito extraño: leerse unos a otros recuerdos de juventud. Los textos se escribían para entretener y a menudo se sacrificaba la verdad en beneficio de la fantasía. Cuando años más tarde se publicaron algunos de los relatos, faltaron las matizaciones y las puntualizaciones a las procacidades. Por ejemplo, la hiriente versión de George Duckworth ofrecida por Virginia mancha desde entonces la reputación de un individuo convencional pero que, en esencia, fue un buen hombre. Bloomsbury tenía mucho de lo que mostrarse reticente en público, aunque no avergonzado. Sus componentes se habían aposentado en piscinas separadas pero comunicadas. Los Woolf vivían en Rodmell, tan felices que en opinión de Virginia formaban la pareja más satisfecha del país. Además estaba Garsington, donde Ottoline Morrell ofrecía su generosa  hospitalidad a los bloomsburianos para recibir en recompensa las burlas de ellos, si bien Virginia, que enseguida se sumó a las visitas, admitiría «la integridad fundamental » de Ottoline y cierto «elemento de magnificencia». Estaba también Mili House, en Tidmarsh, donde Lytton Strachey cohabitaba con Carrington, que estaba enamorada de él aunque Lytton amaba a Ralph Patridge, quien acabaría casándose con Carrington. Y por último, Charleston, el centro de todo el circuito, donde Vanessa presidía las reuniones junto con su amante Duncan Grant y David Garnett. Cuando una prima de las hermanas, Dorothea Stephen, desaprobó la moral de Vanessa y dudó si debía visitarla, Virginia cambió la pluma por el lanzallamas: «No puedo permitir que vengas sin decirte primero que estoy plenamente de acuerdo con la conducta y las opiniones de Vanessa». No se trataba solo de lealtad hacia una hermana. Era la confirmación de que la gente de Bloomsbury podía vivir con quien quisiera, fuera del sexo que fuera, porque se querían y eso era mucho más decente que seguir viviendo por decoro con alguien a quien ya no amabas.

De vez en cuando Virginia se encontraba demasiado enferma para trabajar. En el verano de 1921 estuvo tan a menudo postrada en cama con jaqueca e insomnio, síntomas de que se aproximaba otra crisis nerviosa, que a veces temía por su vida.
En l aimagen Virginia y sus amigos disfrazados de de la realeza abisinia.

DIARIO DE LA CRIADA DE VIRGINIA

De Una habitación ajena de Cristina Giménez Bartlett, p.98
Día 27 de noviembre de 1919

Escribo para decir algo importante lo más importante y es que el lunes fuimos Lottie y yo a ver a la señora `Virginia Woolf] y le dijimos que nos marchamos que nos despedimos. Yo no quería de ninguna manera pero al final supongo que Lottie lleva razón y que no tenemos ayuda de ninguna asistenta y nos pagan poco. En pocos días los señores han dado tres cenas y dos tes. Por si fuera poco Angelica el bebé de la señorita Vanessa [Belll, de soltera Woolf]y su niñera están en casa desde hace una semana y la niñera no sabe hacer nada ni tampoco se ofrece a hacer nada que parece  mentira que en su día la contrataran. Pues bien la señora se ha puesto seria y nos miraba fijamente pero después mientras nosotras hablábamos se ha tranquilizado y decía que sí con la cabeza y al final ha dicho que lo comprendía y que lo lamentaba mucho pero que estábamos en nuestro derecho de no querer trabajar tanto y de querer buscar un puesto mejor. La verdad es que nos hemos quedado bastante paradas porque Lottie juraba que la señora se quedaría de una pieza y que se vería caer encima un montón de problemas y que intentaría  convencemos para que no lo hiciéramos. Pues bien hoy es jueves y aún estamos esperando que la señora nos diga algo. Lottie decía que nos subiría un poco el sueldo o que a lo mejor contrataba una asistenta aunque fuera un día a la semana. Pero nada la señora se comporta como si nada hubiera pasado y yo tengo mucho miedo porque no tenemos ninguna otra casa buscada y si de repente sale con que tiene dos nuevas criadas entonces nos quedaremos en la calle. Le digo a Lottie que vayamos a decirle que nos quedamos y que lo olvide todo pero ella dice que aguantemos un poco más a ver qué pasa. Me paso los días muy nerviosa y duermo mal porque estoy convencida que la señora es capaz de dejamos marchar como si no nos conociera de nada y la verdad que pensarlo no es agradable después de tanto como yo he hecho por ella y además a ver a quién encuentra que bañe al bebé cada día sin tener obligación y que le haga tantos cariños como yo e incluso papillas especiales con fruta fresca que busco en el mercado. Pero la vida es así y me doy cuenta de que Lottie lleva razón que estás muy sola y hasta incluso con la familia siempre estás muy sola.
Rn la imagen Vanessa por Virginia

SEÑORES Y CRIADAS

De Una habitación ajena de Alicia Giménez Bartlett, p.60
A principios de siglo el número de criadas en las casas ricas continuaba siendo alto. Nadie pensaba de modo práctico acerca de qué número de ellas necesitaba en relación al trabajo doméstico. Tampoco eran un simple detalle suntuario. No, estaban allí porque habían estado siempre, y nadie concebía un
apellido digno que anduviera escaso de ellas. Seis criados es una cifra media que nos permite hacemos una idea. Sin embargo, en algunas familias adineradas, no necesariamente grandes fortunas, podía haber fácilmente diez. En el caso de los Vanderbilt, los Rothschild y otros millonarios de la época, debe contarse siempre a partir de veinte, por cada una de las casas que poseían, naturalmente. Los Stephen, padres de Virginia Woolf, tenían ocho criadas en el22 de Hyde Park Gate. Durante la guerra estas condiciones variaron radicalmente. Había posibilidad de trabajar y obtener buenos salarios en las fábricas, de modo que la mano de obra femenina llegó a escasear. En especial porque las muchachas más jóvenes empezaron a considerar aquel trabajo como algo poco deseable, y no por su dureza, no olvidemos lo que era el trabajo en cadena de fabricación durante agotadoras jornadas, lo que le hacía tener mala prensa era el aislamiento al que una muchacha se ve por fuerza sometida en régimen de criada interna. Si los señores vivían continuamente en el campo o pasaban temporadas en una segunda residencia, el servicio estaba por completo cautivo de las circunstancias. Pero también en la ciudad la dificultad de hacer amistades o moverse con libertad existía. La misma Vrrginia
Woolf, en sus diarios, concluye que la gran dificultad de relación con el servicio es el hecho de tener encerradas a dos jóvenes en la cocina mientras Leonard y ella están en el sa16n.

CRIADOS Y SEÑORES

De Una habitación ajena de Alicia Giménez Bartlett, p.92-93
Ni en los diarios ni en toda la bibliografía al caso que he consultado existe referencia alguna a que los criados de los miembros del grupo de Bloomsbury se reunieran con una frecuencia concreta. Sin embargo, se denominaban a sí mismos como «la pandilla» y Nelly alude a alguna celebración en la que habían estado todos juntos, partiendo la iniciativa de ellos mismos. Es fácilmente deducible que se encontraran en visitas que sus señores se hacían los unos a los otros y durante las que los acompañaban. Tampoco esta costumbre debía ser demasiado común, por cuanto en aquella época y teniendo el grupo de Bloomsbury las ideas que tenía, parece probable que el uso de que los criados viajaran o acompañaran a los amos en sus compromisos estaba ya bastante superado.
Sin embargo, todos los criados del ilustre y selectivo grupo se conocían, se trataban y eventualmente se reunían. El dato más significativo de este hecho es justamente el apelativo con el que ellos mismos se bautizaron: “la pandilla”. Hay ahí no pocos datos sustanciosos para la novela que estoy escribiendo. En primer lugar puedo notar una distinción de camarilla. Reconocían la singularidad del conjunto de sus amos, su entidad como grupo con especiales características, y sentían en su propia existencia colectiva la pertenencia a una élite muy alejada de la sociedad circundante. Ellos eran «la pandilla», y aunque el resto de criados con los que debían relacionarse no entendiera la particularidad de su unión, ellos sí estaban en el secreto del vínculo. Sus señores eran artistas e intelectuales, excéntricos, despectivos con las normas, amorales en cuanto a sexo, superiores en el conocimiento, burlones con la sociedad  convencional, bohemios en las costumbres ... a todas luces diferentes. Por tanto, los criados. capaces de comprender tanta singularidad, cercanos a tanta ilustración, son por definición también distintos al resto de criados y disfrutan por emanación y por contacto de las virtudes de sus amos.

Es imposible no ver en esa autodefinición una sutil ironía. «El grupo de Bloomsbury» es paralelo a «La pandilla de Bloomsbury”. El término pandilla encierra una divertida rechifla. A esos señores a los que sirven, y que los distinguen frente a los demás, los criados los conocen en profundidad: sus reuniones, sus fiestas, sus conversaciones a menudo algo infantiles, sus quimeras, sus deseos de originalidad, sus miserias sexuales, sus idealismos fantasiosos, sus egoísmos y megalomanías. ¿Y ... ? Junto a esta frecuentación casi íntima con sus señores, está la indiscutible permanencia de los sirvientes en el mundo diario, en la vida normal, en la realidad social más común, muy distinta de la realidad que el grupo de Bloomsbury creó para propio disfrute. Son algo así como hermanos mayores que tienen que bregar con la existencia, mientras que los pequeños pueden seguir en su ensoñación. Esto los dota de suficiencia, de retranca, incluso de una cierta superioridad sobre sus empleadores, una actitud parecida a la de Sancho frente a Don Quijote, si bien a menudo menos compasiva. Y existe también solidaridad entre ellos: “menuda pandilla estamos hechos”, “nosotros sí sabemos lo que es aguantar a gente especial”... cualquiera de estas frases podría ser atribuida a cualquiera de los sirvientes.
(En la foto, la cocinera de Virginia)

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